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martes, 17 de septiembre de 2019

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Ensayos (18)

«No hay más victoria que la que fuerza al enemigo a confesarse vencido.» (Claudio, Del sexto Consulado, 248).

Hay además derrotas triunfantes que emulan a las victorias. Ni siquiera esas cuatro victorias hermanas, las más bellas que con sus ojos haya visto jamás el sol, la de Salamina, la de Platea, la de Micala, la de Sicilia, osaron nunca oponer toda su gloria a la gloria del aplastamiento del rey Leónidas y de los suyos en el paso de las Termópilas.

El verdadero vencer tiene como misión el combate, no la salvación; y el honor del valor consiste en combatir.

Sé de una canción inventada por un prisionero en la que se halla esta bravata: que todos unidos osen ir a comer su cuerpo y comerán con él a sus padres y abuelos que le sirvieron de alimento y sustento. Estos músculos, decía, esta carne y estas venas, son las vuestras, pobres locos; no os percatáis de que la substancia de los miembros de vuestros antepasados permanece aún en ellos: saboreadlos bien, notaréis el sabor de vuestra propia carne. Idea que en modo alguno se parece a la barbarie. Quienes describen su agonía y reproducen el momento de su muerte, pintan al prisionero escupiendo a la cara de aquéllos que le matan y haciéndoles muecas. Ciertamente, hasta el último suspiro no dejan de provocarles y desafiarles con sus palabras y actitud. Sin mentir, comparados con nosotros, he aquí a unos hombres bien salvajes; pues verdaderamente, o bien lo son ellos o bien lo somos nosotros; extraordinaria es la distancia que hay entre su comportamiento y el nuestro.

Eso es sacar dos moliendas de un mismo saco y soplar frío y caliente por la misma boca. 

Y el que quisiera justificar el que Arrio y su papa León, principales jefes de esta herejía, muriesen en momentos distintos, de muertes tan iguales y extrañas (pues habiéndose retirado de la disputa al excusado por un dolor de vientre, ambos entregaron su espíritu repentinamente), exagerando esta venganza divina con la circunstancia del lugar, podría también añadir a ello, la muerte de Heliogábalo que murió igualmente en el retrete. Mas ¿qué digo? Ireneo tuvo el mismo destino. Dios, queriendo mostrarnos que los buenos han de esperar y los malos temer algo más que las venturas o desventuras de este mundo, las maneja y aplica según su oculta disposición, privándonos de los medios para aprovecharnos de ellas neciamente. No tienen en cuenta esto los que quieren hacer uso según la razón humana. Jamás dan un ejemplo sin recibir dos. San Agustín lo demuestra claramente con sus adversarios. Es una conflicto que se decide con las armas de la memoria más que con las de la razón. Es menester contentarse con la luz que el sol tiene a bien comunicarnos por  sus rayos; y aquél que eleve sus ojos para captar una mayor en su cuerpo, no ha de extrañarse si, por el pecado de su excesiva avidez pierde la vista. 

Montaigne, Michel de