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jueves, 18 de abril de 2019

Editions Gypoète









Historia de los Animales (6)

Después de atrapar a una tortuga de tierra, las águilas se ciernen en lo alto para arrojarla contra las rocas; así, roto el caparazón, pueden sacar las carnes y comerlas. Según me han referido, de esta manera perdió la vida Esquilo el eleusino, poeta trágico. Fue así: Esquilo se hallaba sentado en una roca, presumo que reflexionando y escribiendo, tal como tenía por costumbre; su cabeza era completamente calva, sin un solo pelo. Un águila, creyendo que esa calva era una roca, dejó caer sobre ella la tortuga que había apresado. El animal cayó sobre la cabeza del poeta y lo mató.

Ahora he de referirme al carácter maligno de la hiena libia, de la que también me han llegado noticias. Se esconde en lo hondo del bosque, para oír a los leñadores, que se llaman unos a otros y que conversan entre sí. Más tarde, imita las voces oídas y hasta llega a hablar -por más que esto parezca un cuento fantasioso- con un tono semejante al de los hombres, repitiendo los nombres que haya oído; el hombre así llamado se aproxima; la bestia se aparta un poco y vuelve a llamar; el hombre sigue en busca de la voz y cuando la hiena libia lo ha apartado de sus compañeros de trabajo y lo ha aislado, se arroja sobre él y lo mata, con lo que se convierte en su comida quien fuera atrapado por su voz.

Aseguran los mauritanos que sus rebaños engordan gracias a la música y no por lo que pastan; se complacen con las comidas saladas, porque la sal impulsa a las bestias a beber agua. También saben las ovejas que los vientos septentrionales y meridionales, tanto como los carneros que se aparean con ellas, tienen que ver con su preñez. Conocen, asimismo, el carácter favorecedor del viento norte en las pariciones de machos, y saben que un viento sur trae hembras. Así es que una oveja, tras ser cubierta, si quiere tener prole de uno u otro sexo, se ubica en la dirección del viento correspondiente.

Tales de Mileto impuso un castigo a la perversidad de una mula, una perversidad que puso en descubierto con mucha astucia. La mula llevaba una carga de sal y cierta vez, al cruzar un río, resbaló y cayó en el agua, patas arriba. Después de mojarse, la sal se disolvió y la mula se sintió muy feliz al comprobar que la carga era menos pesada. La mula, comprobada ya la diferencia que existe entre la faena dura y la vida fácil, tomó nota de las enseñanzas de la fortuna y comenzó a hacer deliberadamente lo que una vez fuera un hecho involuntario. El mulero no podía utilizar otro camino que no cruzara el río; cuando Tales escuchó la historia de su esclavo, consideró que debía imponer un castigo singular a la perversidad de la milla y ordenó que la cargaran con esponjas y lana. El animal, ajeno a la trampa, se dejó caer como siempre y, mojada la mercadería que llevaba encima de la sal, vio que su ardid la perjudicaba; desde esa ocasión cumplió con su trayecto sin accidentes y, manteniendo firmes sus patas, conservó la sal íntegra.

Claudio Eliano

martes, 16 de abril de 2019

ArtSalud




Historia de los Animales (5)

Un domador indio halló un elefante pequeño, blanco, lo adoptó y crió durante algunos años; con paciencia logró domesticarlo: montaba sobre el elefante y se encariñó con aquel animal, que también lo quería y le devolvía sus atenciones y afanes. Al saber estas cosas, el rey indio pidió al domador que le entregara su elefante; el hombre sintió el pinchazo de los celos, como cualquier enamorado, y sintió una pena profunda al pensar que otro hombre sería el amo de aquella criatura. Respondió que no lo entregaría y se marchó, camino de un sitio desierto, montado en su elefante. Airado, el soberano envió a sus hombres en busca del animal y para que, a la vez, llevaran a aquel domador ante la justicia. Al llegar, los enviados intentaron emplear la fuerza. El domador los atacó desde su montura y el elefante ayudó a su amo a defenderse, porque consideraba que la agresión era injusta. En un primer momento no sucedió nada más. Pero cuando el domador, herido, cayó del lomo del elefante, el animal daba vueltas alrededor de su amo, tal como los soldados protegen el cuerpo de un compañero caído, y mató a varios atacantes antes que los otros se dieran a la huida. Luego tomó con la trompa el cuerpo de su señor y lo llevó hasta su cobertizo: allí permaneció como un amigo fiel, para mostrarle su cariño. ¡Ah, hombres malignos, siempre entregados a los placeres de la comida, al estrépito de las cacerolas y a los bailes de los banquetes, traidores ante el peligro, que sólo en la boca y nada más que en la boca pueden llevar la palabra amistad!

Sin embargo, el camellero de un rebaño cubrió por entero a una hembra, de la que sólo quedaban a la vista los órganos genitales. Después acercó el hijo a la madre. El animal, ignorante y urgido por su deseo de contacto sexual, cumplió con su instinto, pero al comprender lo que había hecho, se volvió al que motivara su unión incestuosa, lo mordió, lo pateó y lo golpeó con las rodillas, con lo que le propinó una muerte horrible, antes de tirarse él mismo al abismo. En una ocasión semejante, Edipo hizo mal al no entregarse al suicidio, al cegar tan sólo sus ojos, y no fue capaz de huir de tantos males, aunque podía haberse arrancado la vida, en lugar de echar una maldición sobre su casa y su estirpe; por último, no fue justo cuando intentó poner remedio a desdichas ya acontecidas apelando a una desdicha sin remedio.

Pero nadie repara en que las vacas, cuando está a punto de llover, se echen sobre su lado derecho, mientras que lo hacen sobre el izquierdo cuando el tiempo va a ser bueno.

Sin duda, la cabra tiene gran pericia para poner remedio a esa película blancuzca de los ojos; a la que los asclepíadas denominan cataratas, y, según se afirma, los seres humanos han aprendido de ella el modo de curar tal enfermedad. El método es el siguiente: cuando la cabra advierte que su vista se entorpece, se acerca a un zarzal y se hurga los ojos con una espina; dicha espina pincha la superficie del ojo, del que se desprende el humor, la pupila no queda sentida ni dañada y el animal recobra la vista, sin apelar a los conocimientos ni a las curas de los hombres.

Claudio Eliano