Un día, cuando Esopo aún era un
muchacho, su amo partió con un tren de esclavos en peregrinación al templo de
Zeus, situado en Atenas, que se encontraba a más de dos semanas de marcha.
Llevaba con él dos pesadas barras de oro para ofrecérselas a Zeus en
agradecimiento por el nacimiento de un hijo y también cuantos víveres
necesitaban para la larga jornada. Cada uno de los esclavos tenía que llevar
algo sobre sus espaldas. Cuando Esopo llegó a recoger su carga, a su amo le dio
lástima, al verle tan pequeño y tan delgado. "Eres tan delgado, que debes
estar muy débil -le dijo-. Más vale que elijas el fardo más ligero que puedas
encontrar para llevarlo hasta Atenas." Esopo dio las gracias a su amable
amo y examinó cuidadosamente el montón de fardos. Por fin, ante la sorpresa de
todos, escogió el más grande y pesado, el que contenía todo el pan que los
esclavos comerían durante el viaje. "Éste es el que he elegido" dijo,
y desapareció casi bajo el enorme fardo. El amo le miró y se echó a reír.
"Estás loco. Has cogido el fardo más grande y pesado de todos."
"Espere y observe, mi amo, antes de llamarme loco", repuso Esopo.
La comitiva inició la marcha, y
cada día que pasaba los esclavos comían un poco de pan del fardo que llevaba
Esopo, que cada vez iba haciéndose más pequeño y ligero. Todos los demás
seguían exactamente igual. Por fin, cuando se hubieron comido todo el pan,
Esopo entró alegre en Atenas, libre de su fardo y pudo gozar tranquilamente del
espectáculo de la gran ciudad. Y aquí tenemos otra historia sobre Esopo cuando
ya era algo mayor: Por aquella época, su amo le había tomado gran cariño por
su manera de ser despreocupada e ingeniosa, y había dejado a su cargo la
dirección de la casa. Un día, su amo le llamó y le dijo: "Esta noche, tengo
invitados y quiero que se les dé de comer las mejores cosas del mundo".


¡Cuál no sería su sorpresa cuando
vieron que les volvían a servir lengua! De entrada, lengua en escabeche; como
platos fuertes, lengua asada y estofada y, para postre, lengua confitada.
"¡Explícame!", ordenó
el iracundo amo a Esopo, que sonreía ante los invitados, que de nuevo dejaron
su comida a medio terminar. "Bueno, mi amo, pediste lo peor del mundo y, ¿qué puede haber peor que la lengua? -repuso
el esclavo-. Con la lengua, los hombres dicen mentiras, disputan y hieren
mutuamente sus sentimientos. En realidad, puede decirse que las malvadas
lenguas de la gente han sido el origen de algunas guerras." Tanto el amo
como los invitados hubieron de reconocer que, una vez más, el inteligente
esclavo tenía razón.