Anales 44. Éstas fueron las medidas que se tomaron desde un punto de vista humano. Después se buscó aplacar a los dioses y se consultaron los libros de la Sibila; siguiendo sus indicaciones se hicieron súplicas a Vulcano, a Ceres y a Proserpina, y Juno fue desagraviada por las madres de familia, primero en el Capitolio y después en la orilla del mar más próxima, de donde se sacó agua para rociar con ella el templo y la estatua de la diosa; y las mujeres que tenían marido celebraron selisternios y cultos nocturnos. Pero ni por todos los medios humanos, ni por los donativos del príncipe, ni por las expiaciones a los dioses disminuía la creencia infamante de que el incendio había sido provocado. Por ello, para eliminar tal rumor, Nerón buscó unos culpables y castigó con las penas más refinadas a unos a quienes el vulgo odiaba por sus maldades y llamaba cristianos. El que les daba este nombre, Cristo, había sido condenado a muerte durante el imperio de Tiberio por el procurador Poncio Pilato. Esa funesta superstición, reprimida por el momento, volvía a extenderse no sólo por Judea, lugar de origen del mal, sino también por la Ciudad, a donde confluyen desde todas partes y donde proliferan toda clase de atrocidades y vergüenzas. Pues bien, en primer lugar fueron apresados los que confesaban; y luego, delatada por ellos, fue condenada una enorme multitud, acusada no tanto del incendio, como de odio al género humano. Además, cuando morían, se les añadían humillaciones tales como hacerles perecer despedazados por perros después de haber sido cubiertos con pieles de fieras o clavados en cruces, o se les preparaba para ser quemados y se les ponía fuego cuando faltaba la luz del día para que sirviesen de iluminación nocturna. Nerón había ofrecido sus jardines para ese espectáculo y además patrocinaba unos juegos de circo, vestido de auriga y mezclado entre la plebe o subido en un carro; de ahí que, aunque se actuara contra unos culpables merecedores de los más duros escarmientos, surgía la compasión hacia ellos cuando se pensaba que no morían por el interés general, sino por la crueldad de uno solo.