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jueves, 29 de enero de 2015

Museo Sorolla II





















Moby Dick (Fragmento)

Hace unos cincuenta años se produjo en Inglaterra un curioso litigio en torno a una ballena. Los demandantes de­clararon que después de una ardua caza en los mares nórdicos y cuando ya habían logrado arponear el pez, el peligro que corrían sus vidas los había obligado a abandonar no sólo las líneas, sino también el bote. A continuación, los deman­dados (la tripulación de otra nave) se habían precipitado hacia la ballena para herida, matarla, atraparla y al fin apro­piársela ante las mismas narices de los demandantes. Y al recibir estos demandados las correspondientes reclamaciones, el capitán había hecho una castañeta en la cara de los deman­dantes, declarando que para celebrar su hazaña se quedaría también con la línea, los arpones y el bote, todavía unidos a la ballena en el momento de su captura. Por eso los deman­dantes exigían indemnización por el valor de la ballena, la línea, los arpones y el bote.
El señor Erskine era el abogado de los demandados; Lord Ellenborough era el juez. En el transcurso de la defensa, el in­genioso Erskine ilustró su posición citando un reciente caso de adulterio en que un caballero, después de procurar en vano refrenar la depravación de su mujer, la había abandonado en los mares de la vida; pero con los años, arrepentido, había entablado una acción para reclamar la posesión de esa mujer. Erskine representaba a la otra parte, y se había defendido ale­gando que aunque el caballero había sido el primero en arpo­near a la dama y en amarrarla, y si bien la había abandonado sólo a causa de su excesiva depravación, con todo la había abandonado. Por consiguiente, cuando un caballero ulterior la había arponeado nuevamente, la dama había pasado a ser propiedad de ese caballero ulterior, juntamente con cualquier arpón que se le hubiese podido encontrar en el cuerpo.
Ahora bien, en el presente caso Erskine sostenía que los ejemplos de la ballena y de la dama se ilustraban recíproca­mente.
Oídas estas razones y las opuestas, el docto juez decla­ró en términos precisos lo siguiente: En cuanto al bote, lo asignaba a los demandantes, porque lo habían abandonado para salvar sus vidas; pero en cuanto a la ballena, los arpo­nes y la línea en controversia pertenecían a los demandados. La ballena, porque era un pez suelto en el momento de la captura final; los arpones y la línea, porque cuando el pez había huido con ellos había adquirido posesión de esos ele­mentos y, por lo tanto, cualquiera que después atrapara al pez tenía derecho a ellos. Ahora bien: los demandados ha­bían atrapado al pez; ergo, los mencionados artículos les pertenecían.
Un hombre corriente quizá podría objetar esta decisión del muy docto juez. Pero si cavamos hasta las rocas fundamen­tales de este asunto, los dos grandes principios expuestos en las dos leyes balleneras antes citadas y explicadas por lord Ellen­borough en el susodicho caso, esas dos leyes acerca del Pez Amarrado y el Pez Suelto, descubriremos que son las bases de toda la humana jurisprudencia; pues a pesar de la complica­ción de sus esculturas, el Templo de la Ley, como el Templo de los Filisteos, sólo tiene dos puntales como sostén.
¿Acaso no está en boca de todos esa frase según la cual «la posesión es la mitad de la ley» (es decir, sin considerar cómo ha llegado a ser poseído el objeto)? Pero con frecuencia la posesión es la ley entera. ¿Qué son los músculos y las almas de los siervos rusos y los esclavos republicanos si no Pez Amarrado, cuya posesión es la ley entera? ¿Qué el último céntimo de la viuda para el rapaz propietario, sino Pez Ama­rrado? ¿Qué es la casa de mármol de ese granuja aún no desenmascarado, con una chapa en la puerta a guisa de ban­derola, sino Pez Amarrado? ¿Qué es el ruinoso interés que Mordecai, el prestamista, cobra al pobre Infeliz, que está en bancarrota, sobre un préstamo que salvó a la familia del In­feliz del hambre; qué es ese ruinoso descuento, sino Pez Amarrado? ¿Qué es la renta de 100.000 libras que el arzobis­po de Salvánima sustrae del magro pan y queso de cientos de miles de obreros con el espinazo roto (todos seguros de ob­tener el cielo sin necesidad de Salvánima), qué es esa cifra de 100.000 libras, sino Pez Amarrado? ¿Qué son las ciudades y aldeas heredadas por el duque de Badulaque, sino Pez Ama­rrado? ¿Qué es la pobre Irlanda para John Bull, ese temible arponero, sino Pez Amarrado? En todos estos casos, ¿la po­sesión no es la ley entera?
Pero si la doctrina del Pez Amarrado es casi siempre aplicable, lo es más la doctrina gemela del Pez Suelto: se la aplica internacional y universalmente.
¿Qué era América en 1492, sino un Pez Suelto en el cual Colón plantó la bandera española como marca de sus reales amos? ¿Qué era Polonia para el zar? ¿Y Grecia para los tur­cos? ¿O India para los ingleses? ¿Qué será un día México para Estados Unidos? Todos son Peces Sueltos.
¿Qué son los Derechos del Hombre y las Libertades del Mundo, sino Pez Suelto? ¿Qué son las mentes y las opinio­nes humanas sino Pez Suelto? ¿Qué es el principio de la fe religiosa, sino Pez Suelto? ¿Qué son los pensamientos de los filósofos para los pomposos plagiarios, sino Pez Suelto? ¿Qué es este enorme globo, sino Pez Suelto? ¿Y qué eres tú, lector, sino un Pez Suelto y también un Pez Amarrado?

Herman Melville