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domingo, 24 de noviembre de 2019

La Setmana del Llibre en Català


Ensayos (52)

Odio los espíritus huraños y tristes que no tienen en cuenta los placeres de su vida y se aferran a las desgracias alimentándose de ellas; como las moscas que no pueden sostenerse contra un cuerpo bien pulido y liso y se pegan a los lugares escabrosos y ásperos para descansar en ellos; y como las ventosas que sólo aspiran y absorben la mala sangre.

Sócrates dijo a aquél que le advertía de que hablaban mal de él: No, nada hay en mí de cuanto dicen. Por lo que a mí respecta, nada le agradecería a aquél que me alabara por ser buen timonel, por ser muy modesto o por ser muy casto. Y de igual modo, consideraríame muy poco ofendido por aquél que me llamare traidor, ladrón o borracho. Aquellos que se desconocen pueden alimentarse con falsas aprobaciones; no así yo, que me veo y me busco hasta las entrañas, que sé bien lo que me pertenece. Gusto de ser menos alabado con tal de ser mejor conocido. Podríanme tener por sabio en tal situación de sabiduría que tengo por necedad.

Los de Calicut hacen de los nobles una especie por encima de la humana. Les está prohibido el matrimonio y toda otra ocupación que no sea bélica. Pueden tener concubinas hasta hartarse, y las mujeres, amantes, sin celos unos de otros; mas es crimen capital e imperdonable ayuntarse con personas de distinta condición a la suya. Y considéranse mancillados con sólo ser rozados, y viéndose por ello prodigiosamente injuriada e interesada su nobleza, matan a aquéllos que se les hayan acercado en demasía; de manera que los innobles han de gritar al andar, como los gondoleros de Venecia al dar la vuelta a la esquina para no chocarse; y ordénanles los nobles echarse al lado que ellos quieran. Éstos evitan así esa ignominia que consideran perpetua; aquéllos, una muerte segura. Ni el transcurso del tiempo, ni el favor de un príncipe, ni oficio, virtud o riqueza alguna puede hacer que un plebeyo llegue a ser noble. A lo cual contribuye la costumbre de prohibir los matrimonios entre una y otra profesión; no puede una de familia zapatera casar con un carpintero; y los padres están obligados a enseñar a sus hijos el oficio del padre precisamente, y no otro, con lo que se mantiene la distinción y constancia de su destino.
Un buen matrimonio, si es que los hay, rechaza la compañía y las cualidades del amor. Intenta imitar las de la amistad. Es una dulce sociedad de vida, llena de constancia, de confianza y de un infinito número de útiles y sólidos oficios y obligaciones mutuas. Ninguna mujer que la saboree, [optato quam junxit lumine taeda. («Unida según su deseo por el matrimonio» (Catulo, LXIV. 79).)] querría tener rango de amante y amiga de su marido. Si ocupa en su afecto el lugar de esposa, ocupa lugar harto más honorable y seguro. Aun cuando se haga el apasionado y el solícito con otra, pregúntenle sin embargo entonces quién preferiría que fuese mancillada si su mujer o su amante; qué infortunio afligiríale más; para quién desea mayor grandeza; estas preguntas no admiten duda alguna en un matrimonio sano. El que se vean tan pocos buenos es señal de su precio y su valor. Formándolo y entendiéndolo bien, no hay nada más hermoso en nuestra sociedad. No podemos prescindir de él, y cada vez lo envilecemos más. Ocurre como con las jaulas: los pájaros que están fuera se desesperan por entrar; y con el mismo afán se desesperan por salir los que están dentro. Sócrates, habiéndole preguntado alguien qué era mejor si tomar mujer o no tomarla, respondió: Hágase lo que se haga, se arrepentirá uno. Es una unión que tiene mucho que ver con lo que se dice, «homo homini» o «Deus» o «lupus». Es menester que coincidan muchas cualidades para construirla. Resulta más fácil en estos tiempos, para las almas sencillas y del pueblo, pues las delicias, la curiosidad y la ociosidad no la enturbian tanto. Los naturales libertinos, como el mío, que odia toda especie de lazo y compromiso, no son apropiados, [Et mihi dulce magis resoluto vivere collo. «A mí me es más agradable vivir libre de ese yugo.» (Pseudo-Galo, I.61).].

Montaigne, Michel de

viernes, 22 de noviembre de 2019

Ceuta


Ensayos (51)

A mi parecer, es el vivir con acierto, y no como decía Antístenes, el morir con acierto, aquello en lo que consiste la humana felicidad. No me he aplicado a atar monstruosamente la cola de un filósofo a la cabeza y al cuerpo de un hombre perdido; ni confío en que ese extremo insignificante haya de desmentir y desacreditar la parte más hermosa, entera y larga de mi vida. Quiero presentarme y mostrarme siempre uniformemente. Si hubiera de volver a vivir, viviría como lo he hecho; ni me quejo del pasado, ni temo el porvenir. Y si no me decepciono, ha ido lo de dentro más o menos como lo de fuera. Es una de las cosas principales que le debo a mi fortuna, que en el curso de mi estado corporal haya traído cada cosa a su tiempo. He visto la hierba y las flores y los frutos; y veo la sequía. Con felicidad puesto que es natural. Soporto mucho más dulcemente los males que padezco porque están en su lugar y también porque me hacen recordar más favorablemente la larga ventura de mi vida pasada.

«Favellar in punta di forchetta». («Hablar sobre la punta de un tenedor.» (Proverbio italiano que significa: hablar con rebuscamiento y afectación).).

El primer hombre de la primera escuela filosófica y superintendente de las otras, aquel gran Zenón, dice sobre la muerte: Ningún mal es honorable; la muerte lo es, por lo tanto no es un mal.

¡Oh! ¡Gran maestro de verdugos era aquel gran emperador que mandaba ligar la verga a los criminales para hacerlos morir por no orinar! Hallándome en esa situación, consideraba cuán livianas eran las causas y los objetos con los que mi imaginación alimentaba en mí la nostalgia de la vida; con qué átomos tomaba cuerpo en mi alma el peso y la dificultad de aquel desalojo; cuán frívolos eran los pensamientos a los que dábamos cabida en tan grande asunto; un perro, un caballo, un libro, un vaso, ¿y qué no?, contaban en mi pérdida. Para otros cuentan sus ambiciosas esperanzas, su bolsa, su ciencia, no menos estúpidamente, a mi parecer. Veía la muerte con indolencia cuando la veía totalmente, como final de la vida; desafíola en bloque; mas detalle por detalle, me destroza. Las lágrimas de un lacayo, el otorgar testamento, la caricia de una mano conocida, un consuelo común, me desconsuela y emociona.

Gran simpleza es alargar y anticipar, como hacen todos, los males humanos; prefiero ser viejo menos tiempo que ser viejo antes de serlo. 

A nosotros nos toca soñar y perder el tiempo, y a la juventud tener la fama y la sartén por el mango: va hacia el mundo, y hacia la gloria; nosotros venimos.

«Tetrica sunt amaenanda jocularibus». (Hay que alegrar la tristeza con bromas (Sidonio-Apolinar. Cartas, I. 9)). Gusto de una cordura alegre y sociable, y huyo de la dureza de costumbres y de la austeridad, considerando sospechoso todo rostro hosco.

Montaigne, Michel de

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Πολιτεία - De colores son los pajaritos...


Ensayos (50)

«Lo que le es más natural a cada uno es lo que más le conviene.» (Cicerón, De las obligaciones, I. 31).

Pues un hombre de honor puede hablar como los lacedemonios al ser vencidos por Antipatro, en el momento de los acuerdos: Podéis encomendarnos tantas cargas pesadas y perjudiciales como queráis; mas perderéis el tiempo si nos las encomendáis vergonzosas e innobles. Cada cual ha de jurarse a sí mismo lo que los reyes de Egipto hacían jurar solemnemente a los jueces: que no se desviarían de su deber fuere cual fuere la orden que ellos mismos les dieren. En tales encargos hay muestra evidente de ignominia y condena; y aquél que os los hace os acusa, y os lo hace, si os fijáis bien, como pena y carga; tanto mejoran los asuntos públicos con vuestra hazaña como empeoran los vuestros; hacéis tanto mal como bien hacéis. Y no será nuevo ni quizá del todo injusto que os castigue el mismo que os ha encomendado esa tarea. La perfidia puede ser perdonable en algún caso; sólo lo es cuando se emplea para castigar y traicionar a la perfidia.

Y fueron muy dignas las palabras de Julio Druso a los obreros que le ofrecían ponerle la casa, por tres mil escudos, de tal manera que sus vecinos no tuvieran la vista que sobre ella tenían entonces: Os daré, dijo, seis mil, si hacéis que todos vean desde todas partes. Llama la atención la honorable costumbre de Agesilao de alojarse, al viajar, en las iglesias para que el pueblo y los mismos dioses viesen sus actos privados. Fue un prodigio para el mundo aquél del que ni siquiera su mujer ni su criado vieron algo digno de señalar. Pocos hombres fueron admirados por sus criados.

El otro día, estando en Armañac, en la tierra de un pariente mío, vi a un campesino al que todos apodan el ladrón. Así contaba su vida: habiendo nacido mendigo y estimando que ganándose el pan con el trabajo de sus manos jamás llegaría a protegerse lo bastante contra la indigencia, decidió hacerse ladrón; y había dedicado a este oficio toda su juventud, gozando de seguridad gracias a su fuerza corporal; pues segaba y vendimiaba las tierras de otros, mas hacíalo tan lejos y en tan grandes montones que resultaba inimaginable que un hombre hubiera transportado tanto peso a hombros en una noche; y cuidábase además de igualar y dispersar el daño que hacía, de modo que el total importaba menos a cada particular. Es ahora, en su vejez, rico para un hombre de su condición, gracias a ese tráfico que confiesa abiertamente; y para congraciarse con Dios por sus adquisiciones, dice estar siempre desde entonces satisfaciendo con favores a los sucesores de aquéllos a los que robó; y si no acaba (pues no puede devolverlo todo de una vez) se lo encargará a sus herederos, en la medida del conocimiento que sólo él tiene del mal hecho a cada cual. Según esta descripción, ya sea falsa o verdadera, éste considera el latrocinio como acto deshonesto y lo odia, mas menos que la indigencia; arrepiéntese muy sencillamente, mas, dado que tenía tal contrapeso y compensación, no se arrepiente. Esto, no es ese hábito que nos incorpora al vicio y a él adapta nuestro propio entendimiento, ni tampoco es ese viento impetuoso que confunde y ciega nuestra alma a sacudidas, precipitándonos en ese momento, con todo nuestro juicio, en poder del vicio.

Montaigne, Michel de

lunes, 18 de noviembre de 2019

Πολιτεία - En la playa




Ensayos (49)

Los babilonios llevaban a la plaza a sus enfermos; el médico era el pueblo; pues todo el que pasaba preguntábales por humanidad y civismo sobre su estado, y, según su experiencia, dábales algún consejo salutífero. No hacemos nosotros otra cosa.

Lo que Homero y Platón decían de los egipcios, que todos eran médicos, se ha de decir de todos los pueblos, no hay nadie que no se jacte de alguna receta y que no se arriesgue a probarla en el vecino, si quiere creerle.
Estaba el otro día en cierta compañía, cuando no sé quien de mi cofradía trajo la nueva de una especie de píldoras formadas por ciento y pico de ingredientes contados; prodújose una alegría y un consuelo singulares: pues, ¿qué roca soportaría la fuerza de tan numerosa batería? Sé sin embargo, por aquéllos que las probaron, que ni el más mínimo granito de arena dignóse conmoverse con ellas.

Nadie está libre de decir necedades. 

¿Para quién no será detestable la perfidia puesto que Tiberio la rechazó a costa de tan grande interés? Enviáronle a decir de Alemania que, si le parecía bien, libraríanle de Arminio envenenándole (era el enemigo más poderoso de los romanos, habíalos tratado villanamente bajo Varo y era el único que impedía la expansión de su dominación en aquellas regiones). Respondió que el pueblo romano acostumbraba a vengarse de sus enemigos abiertamente, empuñando las armas, no mediante el engaño y a escondidas. Renunció a lo útil por lo honrado. Era un cínico, me diréis. Lo creo; no era raro en gentes de su profesión. Mas no pesa menos la confesión de la virtud en boca de aquél que la odia. Pues arráncasela la verdad a la fuerza y si no quiere albergarla dentro de sí, cúbrese al menos con ella para adornarse.

«No es tomar una vía intermedia, es no coger ninguna: es esperar el acontecimiento con objeto de pasar cerca de la fortuna.» (Tito Livio, XXXII. 21).

Nada impide poder comportarse correcta y lealmente entre hombres que son enemigos; actuad, si no siempre con afecto igual (pues esto es susceptible de distintas medidas) sí al menos equilibrado y sin que os comprometa tanto con uno de ellos que pueda exigir todo de vos; y contentaos también con una medida mediana de su favor y con nadar en agua turbia sin querer pescar en ella. 
Lo otro, el ofrecerse con todas las fuerzas a éstos y a aquéllos, revela aún menos prudencia que conciencia. Aquél por el cual traicionáis al otro para el que sois igualmente bienvenido, ¿acaso no sabe que con él hacéis otro tanto a su vez? Os considera un malvado; sin embargo os escucha y saca provecho de vos y hace su agosto con vuestra deslealtad; pues los hombres dobles son útiles por lo que aportan, mas se ha de velar para que sólo se lleven lo menos posible.
Nada digo al uno que no pueda decir al otro en su momento únicamente con el acento algo cambiado; y sólo cuento las cosas indiferentes o conocidas, o que a ambos sirven. No hay utilidad por la cual me permita mentirles. Lo que ha sido confiado a mi silencio, cállolo religiosamente, mas tomo lo menos posible para callar; es importuno guardar el secreto de los príncipes para aquél que para nada lo quiere. De buen grado hago el trato de que me confíen poco, mas se fíen sin miedo de lo que les traigo. Siempre he sabido más de lo que he querido.
Un hablar abierto abre otro hablar y lo saca fuera como hace el vino con el amor.
Filípides respondió sensatamente al rey Lisímaco que le decía: ¿Cuál de mis bienes quieres que te entregue? El que quieras con tal que no sea uno de tus secretos. 

Montaigne, Michel de

sábado, 16 de noviembre de 2019

Librería Sementeira - Noia




Ensayos (48)

Jactábase un médico ante Nicocles de que era su arte de gran autoridad: En verdad que ha de serlo, dijo Nicocles, para poder matar impunemente a tantas gentes.

Incluso la elección de la mayoría de sus drogas es de algún modo misteriosa y divina: la pata izquierda de una tortuga, la orina de un lagarto, el excremento de un elefante, el hígado de un topo, la sangre extraída del ala derecha de una paloma blanca; y para nosotros, los aquejados de cólico (de tanto como abusan desdeñosamente de nuestras miserias), heces de rata pulverizadas y otras necedades semejantes que más parecen encantamiento mágico que ciencia sólida. Dejo a un lado el número impar de sus píldoras, la predestinación de ciertos días y fiestas del año, la distinción de ciertas horas para recoger las hierbas de sus ingredientes, y esa mueca huraña y seria de su porte y actitud de la cual el propio Plinio se burla. Mas fallaron, quiero decir, en no añadir a este buen comienzo el hacer sus asambleas y consultas más religiosas y secretas: ningún profano habría debido tener acceso a ellas, como no lo tenía a las secretas ceremonias de Esculapio. Pues ocurre con este fallo que al ser descubiertas por todos su irresolución, la debilidad de sus argumentos, adivinaciones y fundamentos, la acritud de sus contestaciones llenas de odio, envidia y vanidad, hemos de estar extraordinariamente ciegos para no sentirnos en peligro estando en sus manos. ¿Quién vio alguna vez a un médico que se sirviera de la receta de un colega suyo sin quitar o añadir algo? Bastante traicionan así su arte y nos hacen ver que les importa más su reputación y, por lo tanto, su propio provecho que el interés de sus pacientes. Aquél que ordenó antaño que sólo un médico tratase al enfermo fue el más sabio de los doctores: pues si no hace nada que valga, el reproche contra el arte de la medicina no será muy grande por la falta de un solo hombre; y por el contrario, la gloria será grande si llega a resultar algo; mientras que cuando son muchos, desprestigian de todas todas el oficio, pues ocurre que hacen el mal con más frecuencia que el bien. Deberían contentarse con el eterno desacuerdo que hay entre las opiniones de los principales maestros y autores antiguos de esta ciencia, el cual sólo es conocido por los hombres versados en los libros, sin dar a conocer también al pueblo las controversias e inconstancias de juicio que alimentan y mantienen entre ellos.

Hasta los tiempos de Plinio, ningún romano se había dignado ejercer la medicina; practicábanla extranjeros y griegos, así como entre nosotros los franceses, practícanla los latinizantes: pues, como dice un gran médico, no aceptamos fácilmente la medicina que entendemos como tampoco la droga que recogemos. Si las naciones de las que obtenemos el guayaco, la zarzaparrilla y la madera de esquinanto tienen médicos, ¿cuánto no celebrarán por este mismo prestigio de lo escaso, de lo exótico, de lo raro y de lo caro, nuestras coles y nuestro perejil? Pues, ¿quién osaría despreciar cosas venidas a buscar desde tan lejos, con el riesgo de tan larga y peligrosa peregrinación? Desde aquellas antiguas mutaciones de la medicina ha habido infinidad de ellas hasta nosotros, y casi siempre mutaciones enteras y totales como las que provocan en nuestra época Paracelso, Fioravanti y Argenterio, pues no sólo cambian una receta, sino, por lo que me han dicho, toda la contextura y organización del cuerpo de la medicina, acusando de ignorancia y engaño a aquéllos que la han profesado antes que ellos. ¡Dejo que imaginéis cuál es la situación del pobre paciente!

Esto cuenta Esopo, que uno que había comprado un esclavo moro, estimando que aquel color le había venido accidentalmente y por los malos tratos de su primer amo, puso gran cuidado en tratarlo a base de muchos baños y brebajes; aconteció que el moro no cambió en absoluto su color moreno, mas perdió por completo la salud.

Igual seguridad tienen en los consejos que nos dan sobre nuestro régimen de vida: Es bueno orinar a menudo pues sabemos por experiencia que si dejamos estancarse la orina permitímosla descargarse de sus excrementos y de sus posos que servirán de materia para formar el cálculo en la vejiga; es bueno no orinar a menudo, pues no acarreará los pesados excrementos que arrastra consigo si no hay violencia, así como sabemos por experiencia que un torrente que corre con fuerza barre muy limpiamente el lugar por el que pasa, cosa que no hace el curso de un riachuelo suave y flojo. De igual modo, es bueno tener relación frecuente con las mujeres pues ello abre los conductos y expulsa el cálculo y la arenilla; es también muy malo pues calienta los riñones, fatigándolos y debilitándolos. Es bueno bañarse en agua caliente pues ello relaja y ablanda los lugares donde se estanca la arenilla y la piedra; malo es también porque esta aplicación de calor externo ayuda a los riñones a cocer, endurecer y petrificar la materia allí depositada. Para los que toman los baños es más saludable comer poco por la noche para que el brebaje de aguas que han de tomar al día siguiente haga más efecto por encontrar el estómago vacío y libre; por el contrario, es mejor comer poco en el almuerzo para no turbar la acción de las aguas que aún no ha terminado, y no cargar el estómago tan bruscamente tras ese otro trabajo, y para dejar la tarea de digerir para la noche que sabe hacerlo mejor que el día cuando el cuerpo y la mente están en continuo movimiento y acción.

Montaigne, Michel de

jueves, 14 de noviembre de 2019

Éfeso

   

Ensayos (47)

No tenemos por qué ir a buscar prodigios y dificultades extrañas; paréceme que entre las cosas que vemos de ordinario hay rarezas tan incomprensibles que superan cualquier prodigiosa dificultad. ¿Qué milagro es éste de que esta gota de simiente de la que procedemos lleve en sí impresas, no sólo la forma corporal, sino las ideas e inclinaciones de nuestros padres? ¿Dónde alberga esta gota de agua ese número infinito de formas?

No me angustio por estar sin médico, sin boticario o sin socorro; los cuales veo que afligen a la mayor parte más que el propio mal. ¡Pues qué! ¿Es que acaso ellos nos hacen ver con la ventura y longevidad de sus vidas algo que pueda dar testimonio de la eficacia evidente de su ciencia?
No hay nación que no haya estado varios siglos sin medicina, y los primeros siglos, es decir, los mejores y más felices; y la décima parte del mundo aún no hace uso de ella ahora; infinitas naciones en las que se vive más sana y largamente que aquí, la desconocen; y entre nosotros, el pueblo llano prescinde de ella con felicidad. Los romanos estuvieron seiscientos años sin aceptarla, mas, tras haberla probado, expulsáronla de su ciudad por la intervención de Catón el Censor, que demostró cuán fácilmente podía pasarse de ella, habiendo vivido ochenta y cinco años y habiendo hecho vivir a su mujer hasta la extrema vejez, no ya sin medicina, sino sin médico: pues todo cuanto sea salubre para nuestra vida puede llamarse medicina. Según Plutarco, mantenía a su familia con salud mediante el consumo de la liebre; como los arcadios, dice Plinio, curan todas sus enfermedades con leche de vaca, y los libios, dice Herodoto, gozan popularmente de una rara salud por la costumbre que tienen, una vez que sus hijos han cumplido cuatro años, de cauterizarles y quemarles las venas de la cabeza y de las sienes, con lo que cierran el paso para toda la vida a toda defluxión catarral. Y las gentes del pueblo de aquel país, para cualquier accidente, no utilizan más que el vino más fuerte que pueden, mezclado con mucho azafrán y muchas especias, todo ello con igual fortuna.

Hízose médico un mal luchador: Valor, díjole Diógenes, haces bien; tumbarás tú ahora a aquéllos que te tumbaron a ti antaño.

Pues cuenta que un enfermo, al preguntarle su médico qué efectos sentía con los medicamentos que le había dado, respondió: He sudado mucho. Eso es bueno, dijo el médico. Otra vez, volvióle a preguntar cómo se había encontrado desde entonces: He tenido un frío extremo y he tiritado mucho. Eso es bueno, prosiguió el médico. Por tercera vez preguntóle de entrada cómo se hallaba: Siéntome hinchado y abotargado como de hidropesía. Eso está bien, añadió el médico. Entrando luego uno de sus criados para enterarse de su estado, dijo él: Pues, amigo mío, a fuerza de estar bien, me muero.
Había en Egipto una ley más justa por la cual hacíase cargo del paciente el médico los tres primeros días por cuenta y riesgo del paciente; mas transcurridos los tres días, por los suyos propios; pues, ¿qué razón hay para que Esculapio, su patrono, haya sido alcanzado por el rayo por haber vuelto a Elena de la muerte a la vida,

Montaigne, Michel de

martes, 12 de noviembre de 2019

Generalitat de Catalunya



Ensayos (46)

El orador Celio era extraordinariamente colérico por naturaleza. A uno que cenaba con él, hombre de suave y dulce trato, que para no excitarlo tomaba el partido de aprobar todo cuanto decía y de asentir a ello, él, sin poder soportar que su furia transcurriese así sin alimentarse, díjole: ¡Niégame algo, por los dioses! Para que seamos dos. Del mismo modo, ellas, sólo se enojan para que a nuestra vez nosotros nos enojemos, a imitación de las leyes del amor. Foción, con un hombre que turbaba su conversación injuriándolo rudamente, no hizo sino callarse y dejar que agotase su cólera a sus anchas; hecho esto, sin mencionar para nada aquel disturbio, comenzó de nuevo su conversación allí donde la había dejado. No hay réplica tan acerada como semejante desprecio.

Un campesino español, habiendo sido sometido a tortura como cómplice en el homicidio del pretor Lucio Pisón, gritaba en medio de los tormentos que no se movieran sus amigos y que lo presenciaran con total tranquilidad pues no era capaz el dolor de arrancarle una sola palabra de confesión; y no se sacó más de él el primer día. Al siguiente, cuando lo llevaban para volver a empezar el tormento, escapando vigorosamente de manos de sus guardianes, fue a romperse la cabeza contra una pared, matándose.

Y aquél que inventó el cuento de la mujer a la que ningún castigo de amenazas ni palizas pudo obligar a que dejara de llamar piojoso a su marido, y que, hundida en el agua, ahogándose, aún alzaba las manos y hacía por encima de su cabeza gestos de matar a los piojos, inventó un cuento cuya imagen expresa vemos en verdad todos los días en la obstinación de las mujeres. y es la obstinación, hermana de la constancia, al menos en vigor y firmeza.

Tras la batalla de Farsalia, habiendo enviado a su ejército por delante a Asia y pasando con un solo navío el estrecho del Helesponto, topóse en el mar con Lucio Casio y diez grandes navíos de guerra; tuvo no sólo el valor de esperarlo sino de ir derecho hacia él y conminarle a rendirse; y lo consiguió. Habiendo emprendido aquel furioso sitio de Alesia donde había ochenta mil hombres para defenderla, habiéndose levantado toda la Galia para abalanzarse sobre él y levantar el sitio, y organizado un ejército de ciento nueve mil caballos y doscientos cuarenta mil hombres de a pie, ¿cuán osada y maniaca no fue su confianza para no querer abandonar la empresa y afrontar juntas dos dificultades tan grandes? Las cuales a pesar de todo, venció; y tras haber ganado aquella gran batalla contra los de fuera, puso en seguida a su merced a los que tenía encerrados. Lo mismo acaecióle a Lúculo en el sitio de Tigranocerta contra el rey Tigranes, mas en circunstancias distintas, dada la molicie de los enemigos con los que Lúculo había de vérselas.

Habiendo acaecido lo peor cerca de Dirraquio, los propios soldados fueron a que los castigara y sancionara, de manera que hubo de consolarlos más que reprenderlos. Una cohorte suya repelió ella sola a cuatro legiones de Pompeyo durante más de cuatro horas, hasta que quedó prácticamente destrozada a fuerza de flechazos; y halláronse en la trinchera ciento treinta mil flechas. Un soldado llamado Sceva que mandaba en una de las entradas, mantúvose invencible con un ojo reventado, un hombro y un muslo atravesados y su escudo agujereado por doscientos treinta sitios. Acaeció con muchos de estos soldados hechos prisioneros, que aceptaron la muerte antes que prometer abrazar otro partido. Habiendo hecho prisionero Escipión a Granio Petronio en África y habiendo hecho morir a sus compañeros, mandó decirle que le daba la vida pues era hombre de alcurnia y cuestor. Respondió Petronio que los soldados de César acostumbraban a dar la vida por los demás y no a recibirla; y matóse bruscamente de propia mano.

Y Antístenes el estoico, hallándose muy enfermo por lo que exclamaba: ¿Quién me librará de los males?, al ofrecerle un cuchillo Diógenes que había ido a verle, diciéndole: Este, en seguida, si quieres, replicó: No digo de la vida sino de los males.

¡Oh! ¡Por qué no tendré la facultad de aquel soñador de Cicerón, el cual soñando que abrazaba a una mujer se liberó del cálculo entre las sábanas! ¡Apártanme los míos de las mujeres asombrosamente!

Montaigne, Michel de