Mundus y Paulina
Hubo en Roma una dueña llamada
Paulina, noble en dignidad, casta, honesta y de gran fama, y muy rica y muy
hermosa. Y un caballero que llamaban
Mundo tuvo muy gran amor hacia ella, y le prometió muchos dones y muchas
riquezas, y enviándole muchos y diversos mensajeros, nunca la pudo inclinar a
consentir en que se oyese maldad.
Y él, encendiéndose siempre más
porque ella no consentía, enfermó
gravemente, y una sirvienta que tenía, le prometió que si se levantase y
siguiese su consejo, ella trataría
que tuviese efecto lo que él deseaba con Paulina. Y él, alegre, se levantó del
lecho y la sirvienta le mandó cien
marcos de plata, aunque él había prometido mucho más a Paulina.
Y la sirvienta tomó la plata, y conociendo la codicia de
los sacerdotes de un templo que llamaban Isis, prometió al mayor de los
sacerdotes que le daría la plata si callada y encubiertamente pudiera hacer que
Mundo, que estaba enamorado de Paulina, pudiese
haber efecto de lo que deseaba con ella.
Y él, codiciando el dinero, fue hacia Paulina, y fingióse que el dios
Anubio de Egipto le enviaba a ella, diciendo
que él le tenía muy gran amor y le mandaba que llevase recado cómo era enamorado suyo. Y ella, oyendo esto, recibió al mensajero de buena voluntad y contó estas
palabras a su marido y a sus amigos, gloriándose de que el dios Anubio era su enamorado y la deseaba.
Y el marido se lo concedió
generosamente, sabiendo la castidad de su mujer. Y ella fue al templo de Isis y allí
preparó a la diosa y compuso el
lecho. Y cuando vino la hora de ir a dormir, el sacerdote cerró todas las
puertas y tenía ya dentro a Mundo. Y después que fueron todas las luces y
candelas apagadas, Mundo que estaba en un rincón oscuro del templo, se fue
hacia Paulina que estaba esperando al dios Anubio muy secretamente. Y ella, pensando que era dios, recibiólo con muy gran reverencia. Y
así estuvo ella toda la noche, y
antes de que amaneciese, se fue. Y ella por
la mañana fue a su marido y a sus
amigos, vanagloriándose y diciendo que toda la noche había dormido con el dios Anubio carnalmente, y los que la oían
no la creían y otros pensaban que era un milagro, viendo la castidad y dignidad
de esta mujer.
Y al tercer día que se hizo esto,
este Mundo que hacía estas cosas, se encontró con Paulina y le dijo: -¡Oh,
Paulina! Me hiciste ganar cien marcos de oro que serían tuyos porque te los
prometía, y yo obtuve todo lo que deseaba, pues toda la noche estuviste con
Mundo, y no faltó nada para concluir el negocio. Y yo me llamé Anubio.
Y dicho esto, se fue. Y ella
volvió en sí comprendiendo aquella maldad, y rompió sus vestiduras y fue al
marido, y díjole la traición de tanta maldad, rogándole que vengase su injuria.
Y ella fue al emperador y le
contó todo lo que le había sucedido. Entonces el emperador Tiberio quiso saber
la verdad, y halló toda la avaricia y el pecado de los sacerdotes. Y porque
fueron causa de toda maldad, los mandó ahorcar y destruyó el templo desde los
cimientos. Y la imagen de Isis la mandó echar al río Tíber, y al caballero
Mundo lo desterró para siempre.
Anónimo