Es el nombre dado a
los hombres que vivían en bandas armadas fuera de la ley en el nordeste
brasileño desde mediados del siglo XIX hasta la década de 1930. La gran mayoría
vivía del robo de grandes haciendas y del bandolerismo, tornándose en un problema
social de la región pero pasando a ser parte del folklore brasileño.
Las áridas regiones del oeste de
Pernambuco reciben el nombre de sertão, caracterizadas por ser una planicie de
poca fertilidad y de vastos prados aptos para el pastoreo, debido a su difícil
acceso estas zonas se convirtieron en refugio, durante casi un siglo, de un
variopinto grupo de disidentes locales conocidos como los cangaceiros; este
nombre surge por el modo de llevar las municiones cruzadas al pecho, como el
cangazo que tiran los bueyes.
La gran mayoría de los cangaceiros eran hombres que se dedicaban al bandolerismo, incluyendo entre sus delitos a secuestros, robos de almacenes, violaciones, e incendios, aunque algunos llegaban a incluir a sus familias y esposas en esta clase de vida. Numerosos campesinos pobres apoyaban a los cangaceiros cuando éstos se rebelaban contra los abusos de un fazendeiro, pero la lealtad de los cangaceiros solía cambiar con frecuencia: si bien en ocasiones aterrorizaban a los ricos en defensa de los pobres, otras veces ofrecían sus servicios a los hacendados para someter o dominar a los peones o jornaleros que se mostraban «desobedientes».
El más conocido jefe de estos grupos fue Virgulino Ferreira más conocido por Lampião. Después de la Revolución de 1930, el régimen de Getúlio Vargas desplegó una feroz represión policial y militar contra los cangaceiros al considerarlos "causantes de desorden social"; como resultado a inicios de la década de 1940 casi la totalidad de cangaceiros fueron muertos o capturados.
Ideas de Canario
Un hombre dedicado a los estudios de ornitología, llamado Macedo,
contó a un grupo de amigos un suceso tan extraordinario que nadie le creyó.
Algunos llegan a suponer que Macedo perdió el juicio. He aquí el resumen del
relato.
A principios del mes pasado -dijo
él-, yendo por una calle, pasó un tílburi. A toda carrera que casi me arrojó
al suelo. Pude eludir la embestida
saltando al interior de una tienda de baratillos. Ni el estrépito del caballo y
del vehículo, ni mi entrada intempestiva hicieron que el dueño del local se
incorporara: siguió durmiendo, allá en
el fondo, cabeceando en una silla plegable. Era un guiñapo de hombre, barba de
color paja sucia, la cabeza encasquetada en un gorro deshilachado, que
probablemente no había encontrado comprador. No se adivinaba en él ninguna
historia; sí se podía, en cambio, presumir la de algunos de los objetos que
vendía; tampoco se sentía en él la tristeza austera y desengañada de las vidas
que fueron vidas.
El local era oscuro, abarrotado
de cosas viejas, retorcidas, rotas, ajadas, oxidadas como las que suelen
encontrarse en tiendas de ese tipo, todo en ese semidesorden propio de un
negocio de compraventa. Semejante hibridez era, en su innegable banalidad, interesante.
Ollas sin tapa, tapas sin olla, cotones, zapatos, cerraduras, una pollera
negra, sombreros de paja y de felpa, marcos, largavistas, sacones, un florete,
un perro embalsamado, un par de
chinelas, guantes, macetas, charreteras, una bolsa de terciopelo, dos perchas,
una ballesta de bodoque, un termómetro, sillas, una litografía del finado
Sisson, un juego de chaquete, dos máscaras de alambre para el próximo carnaval,
todo eso y el resto que no vi o no
recuerdo, colgado o expuesto en cajas de cristal, igualmente viejas. Allí
dentro había más cosas y en cantidad, y con el mismo aspecto, predominando los
objetos grandes, cómodas, sillas, camas, unos sobre otros, perdidos en la
oscuridad.
Estaba por salir, cuando vi una
jaula colgada de la puerta. Aunque era tan vieja como el resto, faltaba, para
que tuviese el mismo aspecto desolador de todo lo demás, que estuviese vacía.
No estaba vacía. Dentro de ella saltaba un canario. El color, la vivacidad y la
gracia del pajarito infundían a aquel montón de destrozos una nota de vida y de
juventud. Era el último pasajero de algún naufragio, que allí había ido a parar
íntegro y alegre como antes de la catástrofe. Apenas lo miré, empezó a saltar hacia abajo y hacia arriba, de
varilla en varilla, como si quisiera decir que en medio de aquel cementerio
resplandecía un rayo de sol. No atribuyo esta imagen al canario, sino porque me
dirijo a gente proclive a la retórica; a decir verdad, él no pensó ni en el
cementerio ni en el sol, según me confesó después. Yo, subyugado por el placer
que me produjo aquel paisaje, me sentí indignado con el destino del pájaro, y
murmuré por lo bajo palabras de amargura.
-¿Quién sería el dueño execrable
de este animalillo, que tuvo el coraje de deshacerse de él por algunas monedas?
¿Qué mano indiferente, no queriendo retener a ese compañero del dueño difunto,
lo dio de regalo a algún pequeño, que lo vendió para poder comprar golosinas?
Y el canario, deteniéndose en la
varilla, trinó lo siguiente:
-Seas tú quien fueres,
ciertamente no estás en tu sano juicio. No tuve un dueño execrable, ni fui
entregado a ningún niño que me vendiese. Solo una imaginación enferma puede ser
capaz de tales conjeturas; ve a tratarte, amigo…
-¿Cómo? -lo interrumpí yo, sin
tiempo para asombrarme-. ¿Pretendes hacerme creer que tu dueño no te vendió a
esta casa? ¿No fue la miseria o la indolencia quien te trajo a este cementerio
como un rayo de sol?
-No sé que quiere decir sol o
cementerio. Si los canarios que has visto suelen usar el primero de esos
nombres, tanto mejor, porque es lindo,
pero presumo que te confundes.
-Perdón, pero tú no estás aquí por propia iniciativa; alguien
debió traerte, salvo que tu dueño haya sido desde siempre el hombre que está
allí sentado.
-¿Dueño? El hombre que está allí
sentado es mi criado, me da agua y comida todos los días. Con tal regularidad
que yo, si tuviese que pagarle sus servicios, debiera contar con mucho; pero
los canarios no pagan a sus criados. En verdad, si el mundo es propiedad de los canarios, sería extravagante que ellos
pagasen por lo que hay en él.
Pasmado por las respuestas, no
sabía qué admirar más, si el lenguaje o las ideas. El lenguaje, aunque me
parecía humano, salía del ave en trinos graciosos. Miré a mi alrededor, para
cerciorarme de que estaba despierto; la calle era la misma, el local era el
mismo sitio oscuro, triste y húmedo. El canario, moviéndose de un lado a otro, esperaba que yo le hablase. Le
pregunté entonces si tenía nostalgia del
espacio azul e infinito…
-Pero, mi querido amigo, -trinó
el canario-, ¿qué quiere decir espacio azul e infinito?
-Perdóname, pero… ¿qué piensas de
este mundo? ¿Qué es el mundo?
-El mundo, -retrucó el canario
con aire profesoral-, el mundo es una tienda de baratillos, con una pequeña
jaula de tacuara cuadrada que cuelga de un clavo; el canario es el señor de la jaula que habita y
del negocio que la rodea. Todo lo demás es ilusión y mentira.
En eso estábamos cuando el
viejo se despertó y se acercó a mí
arrastrando los pies. Me preguntó si quería comprar el canario. Indagué si lo
había adquirido como el resto de los
objetos que vendía, y supe que sí, que
lo comprara a un peluquero, junto con
una colección de navajas.
-Las navajas están en muy buen
estado -concluyó él.
-Lo que quiero es el
canario.
Le pagué lo que quería. Mandé a
comprar una jaula más amplia, circular,
de madera y alambre, pintada de blanco y ordené que la ubicasen en el balcón de
mi casa, de dónde el pajarito podía ver
el jardín, la fuente y un poco de cielo azul.
Yo tenía la intención de realizar
un largo estudio del fenómeno, sin decir
nada a nadie, hasta poder asombrar al siglo con mi extraordinario
descubrimiento. Empecé por alfabetizar la lengua del canario, por estudiar su estructura, las relaciones con la música, los
sentimientos estéticos del ave, sus ideas y reminiscencias. Tras este análisis
filológico y psicológico, me introduje decididamente en la historia de los canarios, su origen, los
primeros siglos, geología y flora de las islas Canarias; traté de saber si se
trataba de un pájaro con sentido de la
orientación marítima, etcétera. Conversábamos largas horas; mientras yo tomaba
mis apuntes, él esperaba, saltando de
aquí para allá, trinando.
No teniendo más familia que dos
criados, les ordenaba que no me interrumpiesen, ni siquiera cuando el motivo
fuese una carta o un telegrama urgente, o alguna visita de importancia. Dado
que ambos estaban al par de mis
ocupaciones científicas, la orden les pareció natural, y no sospecharon que el
canario y yo nos entendíamos.
Demás está decir que dormía poco,
me despertaba dos o tres veces en la noche, deambulaba, me sentía
afiebrado. Finalmente, retornaba al trabajo, para releer, agregar, corregir. Rectifiqué más de una
observación, ya sea porque la entendí mal, o porque él no me la había expresado
con claridad. La definición del mundo fue una de ellas. Tres semanas después de
la entrada del canario a mi casa, le pedí que me repitiese esa definición.
-El mundo, -respondió él-, es un
jardín muy basto con una fuente en el medio, flores y arbustos, algo de césped,
aire claro y un poco de azul en lo alto; el canario, dueño del mundo, habita en
una jaula amplia, blanca y circular, de donde contempla cuanto lo rodea. Todo
lo demás es ilusión y mentira.
El lenguaje también sufrió algunas
rectificaciones, y a ciertas conclusiones, que al principio me habían parecido
simples, luego las vi como temerarias.
Aún no podía escribir la monografía que habría de enviar al Museo Nacional, al
Instituto Histórico y a las universidades alemanas, no porque me faltase
información, sino porque deseaba, ante todo, acumular las observaciones
necesarias y ratificarlas. En los últimos días, no salía de casa, no contestaba las cartas, no quise
saber nada de amigos ni de parientes.
Todo yo era un canario. De mañana, uno de los criados tenía a su cargo limpiar
la jaula y ponerle agua y comida. El pajarito no le decía nada, como si supiese
que a aquel hombre le faltaba formación
científica. La atención que, por lo demás, le concedía el sirviente, era
absolutamente sumaria: él no amaba a los pájaros.
Un sábado amanecí enfermo, la
cabeza y la columna me dolían. El médico ordenó reposo total; estaba agotado
por el exceso de estudio, no debía leer ni pensar; ni siquiera debía enterarme
de lo que ocurría en la ciudad y en el mundo. Así estuve cinco días; al sexto
me levanté y solo entonces supe que el
canario, mientras el criado se ocupaba de él, había huido de la jaula. Lo
primero que sentí fueron ganas de estrangular al criado; la indignación me sofocó, caí en la
silla, mudo, alelado. El culpable se defendió, juró haber tomado todos los
recaudos, el pajarito había logrado huir gracias a su astucia…
-¿Pero no lo buscaron?
-Sí, señor; al principio se trepó
al tejado, yo lo seguí, el huyó, fue
hacia un árbol, después se escondió no sé dónde. Desde ayer no hago más que
averiguar, pregunté a los vecinos, a los jardineros de las quintas cercanas,
nadie sabe nada.
Sufrí mucho; felizmente el
agotamiento estaba superado, y luego de algunas horas pude salir al balcón y al
jardín. Ni rastros del canario. Pregunté, corrí de aquí para allá, pedí que me
informaran y nada. Ya había organizado las notas para redactar la monografía, que de todas maneras quedaría
truncada e incompleta, cuando fui a visitar a un amigo, dueño de una de las quintas
más hermosas y grandes de los alrededores. Paseábamos por ella antes de cenar,
cuando oí trinar esta pregunta:
-Hola, señor Macedo ¿por dónde
andaba que hace tanto que no lo veo?
Era el canario; estaba en la rama
de un árbol. Pueden imaginarse cómo me quedé, y lo que le dije. Mi amigo creyó
que yo estaba loco; ¿pero qué me
importaba lo que podía pensar? Le hablé al canario con ternura, le pedí que
prosiguiéramos nuestra conversación, en nuestro tan querido mundo, compuesto
por un jardín y una fuente, un balcón y una jaula blanca y circular…
-¿Qué jardín? ¿Qué fuente?
-Nuestro mundo, mi querido
pajarito.
-¿Qué mundo? Tú no pierdes tus malas costumbres de profesor.
El mundo, concluyó solemnemente, es un espacio infinito y azul, con un sol en
lo alto.
Indignado, le respondí que,
si tuviese que creerle, el mundo podía
ser cualquier cosa; hasta una tienda de baratillos…
-¿Una tienda de baratillos? -trinó
él a pulmón pleno-. ¿Es que acaso existen las tiendas de baratillos?
(Joaquim Machado de Assis)