Blogs que sigo

domingo, 13 de abril de 2014

Barcelona inspira - Barcelona m´inspira

    

          

Son dos series distintas, curiosamente con un nombre similar. Ambas publicadas por el Ajuntament de Barcelona. La primera de ellas para los Centros Cívicos y la segunda con motivo de la publicación del libro "Barcelona m'inspira" en que se recopilan los dibujos de rincones de la ciudad que el artista francés Lapin ha realizado desde que se instaló en Barcelona. (La primera creo que está completa y en cuanto a la segunda, Irati en su blog "Marcapáginas para compartir", entrada de 14 nov. 2013, expone 7 mps diferentes)

El sistema Robert Hein

Consciente de mis palabras, puedo afirmar que he conocido pocas personas víctimas de una desgracia tan grande como la que afligía a mi amigo Lluís Ordal. Le quería, pero no podía dejar de reconocer las limitaciones de su inteligencia.
Compartíamos un pequeño piso, en virtud de una asociación pasajera establecida sobre la base de que cada cual pagaría la mitad del alquiler. El acuerdo fracasó desde el principio porque Ordal cambiaba de trabajo casi semanalmente. Mejor dicho: perdía los empleos que buscaba con afán y nunca tenía dinero, de modo que yo no sólo pagaba íntegros los gastos que nos habíamos comprometido a cubrir entre los dos, sino que tenía que ayudarle además con préstamos que no eran cuantiosos, pero sí frecuentes.
¡Que todo eso no suene a reproche! Si lo cuento es para que se vea cuán extraordinario fue lo que ocurrió después. Ordal era un buen camarada, ya que en todo momento tenía más cosas para escuchar que para decir. Así daba la agradable impresión de interesarse siempre por los demás. Era discreto y educado, silencioso y pulcro, conjunto de valores muy estimables en un compañero de cuarto. No puedo decir otra cosa en favor suyo; probablemente no había nada más. Todo el resto era una vaciedad absoluta, a veces angustiosa, ya que, en materia de saber y entender el universo, Ordal era diminuto. No leía nunca, ni mostraba apenas curiosidad por lo que sucedía en el orden político y social. Ni tan sólo por los sucesos callejeros. Su carácter tenía una sola complicación, tal vez el único movimiento de defensa contra la languidez dentro de la cual flotaba. De vez en cuando se permitía pequeños misterios, era reservado, hacía cuanto buenamente podía para conferir importancia a secretos minúsculos.
La convivencia con una persona semejante era sencilla. Las dos veces que nos veíamos al día, a primeras horas de la mañana y de la noche, transcurría todo en medio de una agradable rutina, porque las mutuas molestias eran tácitamente eliminadas. Al anochecer, yo encendía la lamparilla de mi cama para leer durante un buen rato y Ordal se ponía las manos debajo de la nuca, contemplaba el techo (estoy seguro de que nunca había visto nada en él) y al cabo de pocos minutos se dormía, sin cambiar de postura y soñando con una gran mediocridad.
En cierta ocasión, como principio del gran enigma, le vi llegar con un libro bajo el brazo.
-¡Eso sí que me gusta, hombre! -le dije-. ¿Cómo se titula?
Iba a cogerle el volumen, con un gesto maquinal, pero él retrocedió para evitarlo y me miró severamente.
-Cada cual sabe sus cosas -me dijo como si quisiera puntualizar las bases fundamentales de un pacto.
El libro adquirió desde entonces una importancia decisiva. Yo no volví a referirme a él, porque quería demostrar que estaba ofendido por la reticencia. Pero no podía dejar de notar con estupor que mi compañero leía, que día tras día la lamparilla de su cabecera permanecía encendida más tiempo que la mía.
Pocos días después, cuando acabábamos de levantarnos, me pilló de improviso y me dijo:
-¿Cuánto dinero te debo?
Entendí que habíamos llegado al clímax de una situación tirante y que él, al margen de la cortedad de su entendimiento, poseía una dignidad natural que le llevaba a reaccionar contra una actitud injusta. Esta idea, que me desarmó, me obligó a contestarle con vehemencia que no se preocupara.
-Es que ahora puedo pagarte -replicó con una candorosa sonrisa.
Se sacó del bolsillo un fajo de billetes de banco y, mientras los sostenía con la mano, con la otra comenzó a hacer números, reclamando mi ayuda, esclareciendo dificultosamente antiguas cuentas.
Cuando llegamos a fijar una cifra, Ordal se humedeció la punta de los dedos y separó con parsimonia unos cuantos billetes. «Cuéntalos -me dijo en el momento de dármelos-. Ya sabes que yo me equivoco siempre.»
-¿Has encontrado trabajo? -le pregunté afectuosamente, con ganas de dejar solventadas las diferencias.
El sonrojo le cubrió la cara. Bajó la mirada y, con un hilillo de voz, me dijo que no, mientras se volvía de espaldas demostrando su decisión de abandonar el tema, cosa que renovó mi disgusto.
Reanudamos una aparente normalidad, pero por debajo de la costumbre seguía manifestándose un hecho incomprensible. Los días sucesivos, Ordal se compró varios trajes, un reloj de oro de una de las mejores marcas y objetos de uso personal o simplemente de lujo que iban cambiado el aspecto de nuestra habitación. Todo era bueno, con el sello inconfundible de las cosas caras, y todo lo dejaba al alcance común con una generosidad que la timidez llenaba de distinción.
Llegó entonces mi cumpleaños y Ordal me regaló una excelente cámara fotográfica. Hacía tiempo que yo la deseaba, pero su precio quedaba muy por encima de mis ingresos.
-Disculpa que no la acepte -le dije-. No podría corresponder a regalos de esta categoría.
-No tiene importancia -contestó con el tono apocado de siempre-. A mí no me cuesta ningún esfuerzo.
Era evidente la ausencia de esfuerzo, la rara facilidad que parecía suponer aquel cambio de fortuna. Yo, en ocasiones, lo relacionaba con el libro que Ordal seguía leyendo cada noche, con una afición creciente, abriendo de par en par los ojos para que el sueño no le dominara. Pero creía en otras causas; no ignoraba que los traficantes de drogas se valen en ocasiones de ingenuos, para llevar de uno a otro lado unos paquetitos cuyo contenido desconoce el ingenuo recadero. Estaba la lotería, claro, y las herencias y los tesoros ocultos que alguien encuentra casualmente.
Pese a todo, me impresionaba el hecho de que un hombre que nunca había leído por propia iniciativa manifestara de repente tanto amor por un solo libro. No niego que el hecho avivaba mi imaginación y, menos lícitamente, mi curiosidad. Me obsesionaban las tapas verdes y la brillantez dorada de las letras que, desde mi cama y de reojo, no me permitían adivinar el título.
Una noche, Ordal se durmió con el libro abierto sobre el pecho. Lo protegía instintivamente con el peso de sus manos, pero me fascinó la brillantez del papel satinado y el silencio me llevaba a sentirme impune. Me guardaré de buscar atenuantes a mi conducta. Ya entonces me sentía culpable -no sabía muy bien de qué- cuando aparté poco a poco el rebozo de la cama y las sábanas y posé suavemente los pies en el suelo para acercarme de puntillas a Ordal. Por desgracia, las páginas abiertas correspondían a la izquierda unas pocas líneas con el nombre del autor, «Robert Hein», y a la derecha presidida por una cifra en números romanos, una línea en letra cursiva: «El primer automóvil». Las manos ocultaban todo el resto, impidiéndome la captación de otros datos que me permitieran llegar a una conclusión. Tenía que ver el título y estaba decidido a no retroceder. Cogiendo con la punta de los dedos un extremo de la cubierta, comencé a levantarla lentamente. Ordal se removió, encogió las piernas e inclinó la cabeza. Pero el libro quedó en la misma posición. El corazón se me desbocó y por un instante temí que sus latidos despertarían a mi amigo. Pese a esto, mi decisión se mantuvo inalterable y la continuación del anhelo me valió el triunfo: impreso en oro fino sobre una tela excelente, relucía el título de la obra: «Método para hacerse rico».
Me quedé un rato estupefacto, pensando cuán condenable era que autores y editores sin escrúpulos especularan con la idiotez humana. Después me costó dormirme, por los pensamientos que se me ocurrían mientras relacionaba con Ordal –necesariamente– la influencia que podía ejercer un libro como aquél. ¡Quién sabe a qué desatinos le arrastraba, tal vez al borde del delito y de la abyección!
A medida que reflexionaba, nacía en mí un sordo rencor contra Ordal. Nadie tenía el derecho, me decía a mí mismo, de ser tan iluso. Dejarse enredar por una torpe promesa, poner las propias esperanzas en magos de feria o pretender encontrar en la letra impresa de un manual la fórmula de una alquimia salvadora, me parecían extremos criticables en un adulto y tomé la decisión, tal vez inconscientemente, sin planteármelo, de acentuar mi actitud de enojo.
Él fingía que no se daba cuenta, o bien disimulaba el dolor que yo llegara a causarle. Al cabo de dos días, me pidió con humildad que saliera al balcón. Me mostró un Jaguar último modelo, rutilante bajo el resplandor del farol cerca del cual estaba aparcado.
-Mi primer automóvil -dijo, soslayando la mirada.
-¡Sí, ya lo sé! Capítulo quinto -exclamé casi gritando.
Y tumultuosamente, atragantándome porque tenía acumulados más argumentos que palabras para expresarlos, condené el charlatanismo y la gente que caía en él, la imbécil propensión a los patrones de éxito y de felicidad en los que hombres pusilánimes como él perseguían un triunfo sin lucha.
-Todo eso es peligroso, Ordal -decía-. ¡Acabarás mal!
-¿Por qué? ¿Qué puede ocurrirme? -preguntó, sinceramente asustado.
Me sorprendió su tono suplicante. No pensé entonces en lo que podía ocurrirle, y como recurso, procurando que un inflamado acento profético supliera la pobreza polémica, le dije:
-¡Tu serías de ésos que llegan a curarse el cáncer con hierbas de pastor!
Horrorizado, se tapó la cara con las manos y balbuceó:
-Ahora ya no puedo retroceder. La ilusión es demasiado fuerte...
Todo, pues, siguió su curso. Sucesivamente, Ordal tomó a su servicio un chófer, una secretaria rubia (redondeada de pies a cabeza con sabio equilibrio), compró una casa en la ciudad y un chalet cerca del mar, un avión, un yate y otros automóviles que hacían juego con diferentes estados de ánimo. Hay que decir que ofreció compartirlo todo conmigo, pero yo mantenía un celo de misionero y un enfado de agitador social que, ahora que lo pienso a distancia, no dejan de sorprenderme. Insistía en presagiar a mi amigo accidentes que no llegaron a producirse nunca, con el único resultado de irnos distanciando hasta que se produjo la ruptura definitiva.
Debo confesar que la culpa fue mía y que este sentimiento se mezcló en seguida con otro de rabia contra mí mismo. «¿Por qué no ha de ser posible, eh? -pensaba-. Si hoy todo se pule y se perfecciona, si existen institutos que enseñan a tocar el violín por correspondencia y sistemas que aprovechan la hora de sueño para enseñar matemáticas, a base de algún ingenio acústico que va repitiendo la lección, ¿por qué no ha de haber un método para hacerse rico?» En realidad, me parecía conveniente, casi indispensable y de una urgencia de carácter internacional.
El caso es que me fui animando y una tarde, al salir de la oficina, visité una librería. Un cierto pudor me obligó a hojear unas cuantas revistas y a interesarme por las últimas novedades literarias. Me daba cierta vergüenza entrar de lleno en la materia, pero por fin, con una sonrisa de hombre de mundo, como si me enfrentara de buen humor con las debilidades de los demás, pregunté:
-¿No tienen el «Método para hacerse rico», de Robert Hein?
-Está agotado.
Me resultó difícil disimular la contrariedad y mantener dignamente la sonrisa de una persona bregada. Ya había hecho un montón de proyectos y de cálculos. En una palabra, contaba con ello. ¡Es tan difícil encerrar de nuevo la esperanza cuando ya se ha abierto la caja íntima que la contiene!
Pero todavía no estaba todo perdido. Había más librerías y un libro no desaparece del mercado así como así. Inicié un recorrido penoso, por el desengaño que iba en aumento a cada negativa. Me sentía irritado contra la imprevisión del editor que escatimaba un título tan extraordinario.
Tenía un amigo que era librero de lance, hombre experto como pocos y con una memoria prodigiosa. Me costaba decidirme a mostrar mi obsesión a un conocido. Por el mismo motivo, exacerbado por razones fácilmente comprensibles, hubiera renunciado a cualquier fortuna antes que pedir el libro a Ordal.
Pese a esto, la entrevista con el amigo librero se me hizo inevitable. Al entrar en la librería tenía la boca seca, un sudor insólito en las manos, e imagino que debía ir ligeramente despeinado y con la corbata torcida. Ya no me quedaban ánimos para el disimulo, y prescindiendo de los preámbulos de cortesía, pregunté de buenas a primeras:
-¿Tienes el «Método para hacerse rico» de Robert Hein?
-No. Y no lo encontrarás en ninguna parte.
Me explicó que la editorial había desistido de hacer nuevas ediciones de la obra, porque los linotipistas, los correctores, todo el personal que intervenía en la confección de la obra, se retiraba a vivir de renta y la empresa perdía valiosos colaboradores. Por otra parte, los gobiernos tendían a prohibirlo y las autoridades recogían los ejemplares. Así que ni en las bibliotecas públicas era posible estudiarlo...
-¿Y algún particular? Pagando bien el simple alquiler del libro...
-Lo hemos intentado todo.
Me apoyé en el mostrador, con una sensación de ardor en la garganta. El librero intentaba ayudarme con frases amables.
-No te diré que el dinero no lo es todo. Habiendo leído tanto y a tu edad, no te queda más remedio que saberlo. Mira: si quieres, tengo otro manual de la misma serie...
-¿Otro título de Robert Hein?
-Sí.
La noticia me espabiló.
-¿Cómo se titula?
-El «Método para encontrar la felicidad en la pobreza».
La escasa seducción que se desprendía del título de la obra volvió a hundirme en mi desencanto. Maquinalmente, más que otra cosa, por un resto de ganas de quedar bien, la adquirí prescindiendo de regateos, saliendo en seguida sin despedirme, de la misma manera que había entrado sin saludar.
Desvelado por el cansancio y el aburrimiento, me metí pronto en la cama, con el deseo malsano de dejarme torturar por el insomnio. Quería acumular más motivos de queja, pero no contaba con lo larga que es la noche cuando falta la ayuda del sueño. Después de dar innumerables vueltas y de deshacer la cama, cogí como un autómata el «Método para encontrar la felicidad en la pobreza». Fue un gesto dictado por la desesperación.
Pero me parece un deber manifestar que la lectura me fascinó desde las primeras líneas. El autor tenía un estilo sugestivo, insinuante, que llevaba la paz al espíritu. Comenzaba con una larga relación de todas las cosas no indispensables de las que podríamos prescindir aliviando el peso de nuestras responsabilidades. A continuación se dedicaba a aflojar sutilmente los vínculos sociales y las obligaciones derivadas de las normas de convivencia. A la mitad del libro, me importaban un rábano las fluctuaciones de la moneda, las crisis periódicas de la economía occidental y el problema de los parados. Por primera vez, veía el futuro con una indiferencia burlona.
Justo a la mañana siguiente abandoné la oficina. Dos días después, rescindía el contrato del piso, regalando a la portera mis pertenencias, para dedicarme a vagabundear y observar.
Y al cabo de dos semanas, saltándome dos capítulos del libro (o adelantándome, mejor dicho, al sistema correlativo del método), me descubrí el primer piojo. Recuerdo que estaba apoyado en el tronco de un melocotonero, cerca de una acequia que me adormecía con el murmullo de su agua. Con la alegría que con frecuencia va emparejada al descubrimiento de nuevos compañeros, contemplaba encima de la palma abierta aquella ínfima criatura que llevaba mi sangre. Le cayó encima una gota de rocío y para protegerla de elementos tan desproporcionados a su indefensión, lo volví a introducir delicadamente en mi pecho. 
  
(Pere Calders)

viernes, 11 de abril de 2014

Barcelona



El barco que se hunde

-Señor, -dijo el teniente irrumpiendo en el camarote del capitán-, el barco está hundiéndose.
-Está bien, señor Spocker –dijo el capitán- pero esa no es razón para que usted se presente a medio afeitar. Haga uso de su inteligencia por un momento, señor Spocker y usted verá que para una mente filosófica nada nuevo ha ocurrido Puede decirse que el barco, si es que está hundiéndose, estaba hundiéndose desde el momento en que fue botado.
-Está hundiéndose a prisa –dijo el teniente primero, cuando volvió afeitado.
-¿A prisa, señor Spocker? –Preguntó el capitán-. Esa frase me extraña, porque pensándolo bien, el tiempo es relativo.
-Señor –dijo el teniente-, creo que no vale la pena embarcarnos en esta discusión, ya que estaremos en el fondo del mar dentro de diez minutos.
-Razonando de esa manera –dijo el capitán suavemente-, sería inútil iniciar cualquier investigación importante. Lo más probable es que muramos antes de haberle dado fin. Usted no ha considerado, señor Spocker, la situación del hombre –agregó sonriendo y moviendo la cabeza.
-Prefiero considerar la situación del barco –dijo el señor Spocker.
-Como buen oficial –contestó el capitán, poniendo la mano sobre el hombro del teniente.
Desde la cubierta anunciaron que los marineros se habían metido en la bodega, donde ahora estaban emborrachándose.
Marineros, esto es insensato –dijo el capitán- el buque está hundiéndose. En diez minutos ustedes me dirán: ¿y entonces que? Para una mente filosófica nada nuevo ha ocurrido. En el curso de nuestra vida se nos podría haber roto una arteria, o nos podría haber partido un rayo, no solo dentro de diez minutos sino dentro de diez segundos; eso no nos ha impedido almorzar ni depositar dinero en el banco. Les aseguro con la mano en el corazón que no acabo de entender vuestra actitud.
La tripulación ya estaba demasiada borracha para oír sus razones.
-Se trata de una escena muy penosa, señor Spocker –dijo el capitán.
-Sin embargo, para una mente filosófica –dijo el teniente podría decirse que empezaron a emborracharse desde el momento que se embarcaron.
-No sé si usted sigue mi razonamiento, señor Spocker -dijo el capitán suavemente-. Pero sigamos.
En la santabárbara dieron con un viejo lobo de mar que estaba fumando su pipa.
-Dios mío –dijo el capitán- ¿Qué está haciendo?
-Bien, señor –dijo el viejo marinero, como disculpándose- me dijeron que el barco está hundiéndose.
-Y aunque así fuera –dijo el capitán- para la mente filosófica nada nuevo ha ocurrido. La vida, viejo amigo, la vida desde cualquier momento, desde cualquier punto de vista, no es menos peligrosa que un barco que se hunde. Sin embargo la gente suele usar paraguas y zapatos de goma y emprende grandes obras, y se conduce como si fuera inmortal. En cuanto a mí, desprecio al hombre que aún a bordo de un barco que se hunde, deja de tomar una píldora o darle cuerda a un reloj. Semejante conducta no sería humana.
-Disculpe, señor –dijo el señor Spocker- ¿Pero que diferencia hay entre afeitarse en un barco que se hunde y fumar en la santabárbara?
-O hacer algo en cualquier circunstancia –dijo el capitán-. Estoy convencido, convídeme con un cigarro.
Dos minutos después el barco estalló en una gloriosa explosión.
(Robert Louis Stevenson)


miércoles, 9 de abril de 2014

Terres Llunyanes


   
Terres Llunyanes lleva más de 12 años trabajando en el diseño de viajes alternativos, tanto para grupos como a medida, por África, Asia, América, o Europa y Oceanía. Su espíritu aventurero, pero a la vez perfeccionista hace que siempre estén buscando nuevas rutas, ofreciendo viajes para vivir y sentir más que para observar y para involucrar al viajero al máximo en la experiencia que supone viajar a Tierras Lejanas.
Sus rutas son un reflejo de esta actitud. Intentar ofrecer vivencias, recuerdos imborrables, sensaciones que, aún con el paso del tiempo, nos hagan emocionar...

Canastas de piedra, islas de piedra, grietas y las cosas que hay en ellas

Los Papalagi viven como los crustáceos, en sus casas de hormigón. Viven entre las piedras, del mismo modo que un ciempiés; viven dentro de las grietas de la lava. Hay piedras sobre él, alrededor de él y bajo él. Su cabaña parece una canasta de piedra. Una canasta con agujeros y dividida en cubículos.
Sólo por un punto puedes entrar y abandonar estas moradas. Los Papalagi llaman a este punto la entrada cuando se usa para entrar en la cabaña y la salida cuando se deja, aunque es el mismo y único punto. Atada a este punto hay un ala de madera enorme que uno debe empujar fuertemente hacia un lado para poder entrar. Pero esto es sólo el principio; muchas alas de madera tienen que ser empujadas antes de encontrar la que verdaderamente da al interior de la choza.
En la mayoría de estas cabañas vive más gente que en un poblado entero de Samoa. Por consiguiente, cuando devuelves a alguien la visita, debes saber el nombre exacto de la aiga (familia) que quieres ver, ya que cada aiga tiene su parte propia en la canasta de piedra para vivir: la superior o la inferior, la central o la de la derecha, la izquierda o la de enfrente. A menudo, un aiga no sabe nada de la otra aiga, aunque sólo estén separadas por una pared de piedra.
Generalmente, apenas conocen los nombres de los otros y cuando se encuentran en el agujero por el que pasan furtivamente, se saludan con un corto movimiento de la cabeza o gruñen como insectos hostiles, como si estuvieran enfadados por vivir tan cerca.
Cuando un aiga vive en la parte más alta de todo, justo debajo del tejado de la choza, el que quiera visitarlos debe escalar muchas ramas que conducen arriba, en círculo o en zig-zag, hasta que se llega a un sitio donde el nombre de la aiga está escrito en la pared. Entonces, ve delante de sus ojos una elegante imitación de una glándula pectoral femenina, que cuando la aprieta emite un grito que llama a la aiga. La aiga mira por un pequeño atisbadero para ver si es un enemigo el que ha tocado la glándula; en ese caso, no abrirá. Pero si ve a un amigo, desata el ala de madera y abre de un tirón. Así el invitado puede entrar en la verdadera cabaña a través de la abertura.
Incluso esta cabaña está dividida por paredes de piedra en pequeños cubículos. Para pasar de una parte a otra, entras en cubículos cada vez más pequeños. Cada cubículo, llamado habitación por los Papalagi, tiene un agujero en la pared, y los mayores a veces tienen dos o tres para dejar pasar la luz. Estos agujeros están tapados con una pieza de vidrio que puede ser movida cuando ha de entrar aire fresco en la habitación, lo cual es muy necesario. Hay también muchos cubículos sin agujeros para la luz y el aire.
La gente como nosotros se sofocaría rápidamente en canastas como éstas, porque no hay nunca una brisa fresca como en una choza samoana. Los humos de las chozas-cocina tampoco pueden salir. La mayor parte del tiempo el aire que viene de afuera no es mucho mejor. Es difícil entender que la gente sobreviva en estas circunstancias, que no se conviertan por deseo en pájaros, les crezcan las alas y vuelen para buscar el sol y el aire fresco. Pero los Papalagi son muy aficionados a sus canastas de piedra y ni siquiera sienten lo malas que son.
Cada cubículo tiene su propia función. El mayor y mejor iluminado sirve a la familia para el fono (salutaciones) y la recepción de invitados, y otro cuarto está reservado para dormir. Allí yacen las esteras para dormir, o mejor dicho, están extendidas sobre un andamiaje de madera que se levanta sobre altas patas, de modo que el aire circula bajo las esteras. Un tercer cubículo se usa para ingerir comida y producir olas de humo. En el cuarto se guarda la comida, el quinto está usado para su preparación y el último cubículo, el más pequeño, se usa para bañarse. Ésta es la habitación más bonita. En las paredes están colgados espejos, el suelo está decorado con llamativas baldosas y en el centro se yergue un enorme recipiente, hecho de metal o piedra y lleno de agua, caldeada o no. A este recipiente, quizá más grande que la tumba de un rey, sube el Papalagi para lavarse y quitarse las arenas de las canastas de piedra. Naturalmente hay canastas con incluso más cubículos. En algunas cada niño tiene también su propio criado, e incluso sus perros y caballos.
Entre estas canastas, los Papalagi pasan su vida entera. Ahora en una canasta, después en otra, dependiendo de la posición del sol. Sus niños crecen en el interior de estas canastas, por encima del suelo, más arriba que la palmera más alta. De vez en cuando los Papalagi dejan sus canastas privadas, como ellos las llaman, para ir a una canasta donde hacen sus trabajos y no quieren ser molestados por la presencia de esposa y niños. Mientras tanto, las mujeres y las muchachas están atareadas en la cabaña-cocina preparando los platos, abrillantando las pieles de los pies o lavando taparrabos. Cuando son lo suficientemente ricos para mantener criados, entonces éstos hacen el trabajo, mientras ellos van devolviendo visitas o salen a comprar comida fresca.
Tanta gente como hay viviendo en Samoa, vive de este modo en Europa, y quizás incluso más. Con todo, hay poca gente que anhele el sol, la luz y los bosques, pero como norma esto se considera una enfermedad contra la cual uno tiene que defenderse. Cuando uno se siente infeliz en esta vida pedregosa, los demás dicen que no es natural, con lo que dan a entender que él no sabe lo que Dios ha querido que fuera.
Actualmente estas canastas se yerguen a menudo unas cerca de otras, en enormes cantidades, ni siquiera separadas por una palmera o un arbusto, como la gente de pie, hombro contra hombro. Dentro de cada canasta vive tanta gente como habitantes hay en un pueblo entero de Samoa. Y directamente enfrente, sólo a un tiro de piedra, una segunda fila de canastas aparece, también hombro contra hombro y con gente viviendo en su interior. Por consiguiente, entre las dos filas hay apenas una grieta estrecha que los Papalagi llaman calle. Algunas veces estas grietas son tan largas como ríos y están cubiertas de duras piedras. Uno tiene que andar hasta muy lejos para encontrar un lugar abierto, y en este lugar abierto confluyen muchas otras grietas. Éstas también son largas como riachuelos de agua fresca e intercomunicadas por grietas de igual longitud. Durante días sin fin puedes caminar por estas grietas sin salir a un bosque o ver un poco de cielo azul. Mirando hacia arriba desde estas grietas, difícilmente puedes ver un poco de espacio claro, porque dentro de cada choza arde como mínimo un fuego y la mayor parte del tiempo muchos a la vez. Por eso los firmamentos están siempre llenos de humos y cenizas, como después de una erupción del volcán en Sauaü. Las cenizas llueven sobre las grietas, por eso las canastas de piedra han tomado el color del barro de los pantanos de mangle y la gente tiene hollín negro en el ojo y el pelo, y arena entre los dientes.
A pesar de todo, los Papalagi caminan entre estas grietas desde la mañana hasta la noche. Hay algunos que incluso lo hacen con cierta pasión. He visto grietas en las que había agitación todo el tiempo y por las que una masa de gente fluía como grueso estiércol húmedo. Han construido en estas calles enormes cajas de cristal en las que toda clase de cosas están expuestas, cosas que el Papalagi necesita para vivir: taparrabos, pieles para pies y manos, ornamentos para la cabeza, cosas de comer, carne y también frutas reales y legumbres, y muchas otras cosas más. Estas cosas están expuestas para que todo el mundo pueda verlas y además aparecen muy tentadoras. Pero no se permite a nadie coger nada de allí, aunque lo necesite con urgencia, hasta después de pedir permiso y de hacer un sacrificio.
Hay muchas grietas en las que el peligro acecha por todas partes, porque la gente no sólo camina una contra otra, sino que se embisten también desde dentro de enormes cajas de vidrio que se deslizan en correderas de metal. Hay un ruido tremendo. Nuestras orejas empiezan a silbar a causa de los caballos que golpean el pavimento con sus pezuñas y de la gente que patea con fuerza con sus pieles de los pies; a causa de los niños berreando y de los hombres chillando. Y todos ellos gritan, por alegría o por miedo. Es imposible hacerte oír, a menos de que grites tú también. Hay un repiqueteo, retumbar, crujir y aporrear continuo, como si estuvieras de pie ante los acantilados de Sauaü durante una gran tormenta. Pero ese ruido al menos es agradable y no te roba la voz como sucede con el ruido de estas grietas de piedra.
Estas canastas de piedra con toda esa gente, estas profundas grietas de piedra entrelazándose como largos ríos, la actividad febril y el movimiento, el humo negro y la suciedad flotando en lo alto sin un simple árbol, sin una mancha de cielo azul o bellas nubes, todo esto junto es llamado «ciudad» por los Papalagi. La ciudad es su creación y su orgullo. La gente que está viviendo allí no ha visto nunca un árbol o un bosque, jamás han visto el cielo claro ni han encontrado al Gran Espíritu cara a cara, son gente que vive como los reptiles en las lagunas o en los arrecifes de coral, aunque estos animales, al menos, son bañados por la clara agua del mar y besados por los labios cálidos de los rayos del sol. ¿Están los Papalagi orgullosos de haber reunido tanta piedra? No lo sé. Los Papalagi son gente con gustos raros. Sin ninguna razón en especial, hacen toda clase de cosas que les ponen enfermos, pero aún se sienten orgullosos de ellas y cantan odas a su propia gloria.
Así llaman ciudad a lo que he descrito. Y hay muchas ciudades semejantes, pequeñas y grandes. En la más grande vive uno de los jefes del país. Las ciudades están dispersas sobre las tierras, como nuestras islas están dispersas en el mar. Algunas veces no hay más que la distancia de un baño entre ellas, otras veces un día de viaje. Todas estas islas de piedra están muy bien comunicadas por caminos. Pero también puedes viajar en un barco de tierra, largo y estrecho como un gusano, despidiendo humo todo el tiempo y deslizándose muy rápido sobre caminos de hierro, más rápido que una canoa con doce hombres remando al límite de velocidad. Pero si quieres llamar a un «tafola», a un amigo que está lejos, no necesitas caminar o desplazarte hasta él, puedes soplar tus palabras en una cuerda de metal que corre entre una isla de piedra y otra como una larga enredadera. Más rápido de lo que un pájaro puede volar llegarán a su destino.
Entre estas islas de piedras se encuentra la verdadera tierra llamada Europa. Fuera de allí, hay regiones tan bellas y fértiles como nuestras islas, donde hay pájaros, ríos y bosques y también pueblos de verdad.
En estos pueblos vive otra gente que en las ciudades, gente de carácter diferente. Se les llama gente de campo. Tienen manos más grandes y taparrabos más sucios. Su vida es mucho más saludable y hermosa que la de la gente de las grietas, pero no se dan cuenta. Están celosos de la gente de la ciudad, a los que llaman huesos-gandules porque no trabajan la tierra, ni plantan las frutas o las recogen. Viven en animosidad unos contra otros porque tienen que darles comida de sus tierras, coger las frutas para que la gente de las grietas se las coma y criar y cuidar al ganado hasta que haya engordado y entonces compartirlo con los otros. Naturalmente, es difícil proveer a toda esa gente de la ciudad de comida y no entienden, con razón, por qué esos huesos-gandules llevan taparrabos más limpios y por qué tienen manos más bellas y blancas que ellos, y por qué no tienen que sudar al sol y tiritar en la fría lluvia.
A la gente de las grietas no les importa mucho todo esto. Están convencidos de que tienen más derechos que la gente del campo y de que su trabajo es más importante que plantar legumbres en la tierra. A pesar de todo, este conflicto entre los Papalagi no es lo suficientemente serio para acabar en guerra. Pero ya vivan en el campo o en las grietas, a los Papalagi les gustan en general las cosas tal como son. El hombre del campo admira las viviendas de la gente de las grietas cuando ocasionalmente va allí, y la gente de las grietas gorgea y canta todo su poderío cuando pasa por un pueblo. La gente de las grietas permite a la gente del campo cebar sus cerdos artificialmente, y la gente del campo les deja construir sus canastas de piedra y regocijarse en ello.
Pero nosotros, niños libres del sol y de la luz, permaneceremos leales al Gran Espíritu y no oprimiremos nuestros corazones con piedras pesadas. Sólo gente enferma y perdida que se ha alejado de la mano de Dios puede vivir en grietas, donde el sol, el viento y la luz no pueden entrar. Con placer dejamos al Papalagi su dudosa felicidad, pero nos defenderemos contra sus esfuerzos de construir canastas de piedra también en nuestro soleado país y de matar la alegría de la vida con rocas, grietas, suciedad, ruido, humo y polvo, como es su intención.
(Erich Scheurmann - Los Papalagi)

lunes, 7 de abril de 2014

China









El chino es el último pueblo del mundo que aún fabrica escupideras, orinales, máquinas de coser de pedal, calentadores de camas, martillos de orejas, plumillas (con plumín de acero, para mojar y escribir), yugos de madera para bueyes, arados de hierro, bicicletas de más de una plaza y locomotoras de vapor.
Aún fabrican relojes de caja, ese mecanismo de cadena que hace tic-tac y bang. ¿Es interesante? En mi opinión, sí, pues los chinos inventaron el primer reloj mecánico del mundo a finales de la dinastía Tang. Como tantos otros inventos chinos, lo olvidaron; la idea se les escapó y el reloj fue reintroducido en China desde Europa. Los chinos fueron los primeros en producir hierro colado y poco después inventaron el arado de hierro. Los metalúrgicos chinos fueron los primeros en fabricar acero («gran hierro»). En el siglo IV a.C. los chinos inventaron la ballesta y en 1895 seguían utilizándola. Fueron los primeros en observar que los copos de nieve son hexagonales. Inventaron el paraguas, el sismógrafo, la pintura fosforescente, la rueca, el compás de corredera, la porcelana, la linterna mágica y la bomba fétida (una receta incluía siete kilos y medio de mierda humana, así como arsénico, acónito y cantáridas). En el siglo I d.C. inventaron la noria de cangilones y aún la utilizan. Fabricaron la primera cometa dos mil años antes de que la hicieran volar en Europa. Inventaron los tipos móviles y diseñaron el primer libro impreso: el texto budista Sutra del diamante, en el año 868 de nuestra era. En el siglo XI ya tenían prensas y hay pruebas inequívocas de que Gutenberg asimiló la tecnología de los portugueses que, a su vez, la habían aprendido de los chinos. Construyeron el primer puente colgante y el primero escarzano (éste, erigido en el 610, aún está en uso). Inventaron los naipes, los carretes de pescar y el whisky.
Corría el año 1192 cuando un chino se lanzó en paracaídas desde un minarete de Guangzhou, aunque hay que reconocer que experimentaban con paracaídas desde el siglo II a.C. El emperador Guanyun (que reinó del 550 al 559) sometió a prueba las «cometas humanas» -forma primitiva del planeador- arrojando condenados desde una torre alta, haciendo que se aferrasen a artilugios de bambú; un pobre prisionero voló tres kilómetros antes de estrellarse contra el suelo. Los chinos fueron los primeros navegantes del mundo que utilizaron el timón; los occidentales se basaron en los remos de gobierno de la nave hasta que, alrededor del 1100, tomaron prestado de los chinos el timón. Cualquier escolar sabe que los chinos inventaron el papel moneda, los fuegos de artificio y la laca. Además, fue el primer pueblo del mundo en emplear papel pintado (en el siglo XV, los misioneros franceses trasladaron de China a Europa la idea del papel pintado). El papel siempre volvió locos a los chinos. Las excavaciones realizadas en la depresión de Turfán dieron por resultado un sombrero, un cinturón y un zapato de papel realizados en el siglo V. Ya he mencionado el papel higiénico. También hicieron cortinas de papel y armaduras del mismo material, cuyos pliegues impedían que las flechas penetraran. En Europa el papel sólo empezó a fabricarse en el siglo XII, unos mil quinientos años después de que fuese inventado en China. Crearon las primeras carretillas y algunos de los mejores diseños chinos de carretillas aún no se han estrenado en Occidente. Y hay muchas cosas más. Cuando el profesor Needham termine Ciencia y civilización en China: la obra ocupará veinticinco tomos.

(Paul Theroux - En el gallo de hierro)

Recuerdo una mañana clara...

Recuerdo una mañana clara del Noveno Mes cuando ha­bía llovido toda la noche. Aunque brillaba el sol queda­ban gotas de rocío en los crisantemos del jardín. En los cercos de bambú y en los bordes entrecruzados vi jirones de telaraña y donde se habían roto los hilos vi pendientes gotas de lluvia que parecían cuentas de perlas blancas. Me sentí conmovida y encantada. Al aumentar la luz del día, el rocío fue desapareciendo del trébol y de las otras plan­tas donde antes abundaba; las ramas se agitaron y luego se elevaron a un tiempo como si se hubieran puesto de acuerdo. Luego conté a la gente lo bello que había sido todo eso. Lo que más me impresionó fue que nadie se im­presionara.

(Sei Shonagon - El libro de la almohada)

Marcapaginasporuntubo dedica esta entrada a Joan Ramón Gálvez

sábado, 5 de abril de 2014

Instituto Español de Oceanografía (I Centenario)

           
             

El Instituto Español de Oceanografía es uno de los primeros organismos del mundo que comenzó a dedicarse íntegramente a la investigación del mar y sus recursos. Sus orígenes se remontan a finales del siglo XIX, en una época en que algunos naturalistas españoles se ponen como meta mejorar la investigación sobre el mar, en un intento de equipararla a la que se venía haciendo en otros países más avanzados.
Surgen así figuras como Augusto González de Linares, que en 1886 funda la Estación Marítima de Zoología y Botánica Experimental de Santander, vinculada a la Universidad de Valladolid y, más adelante, el profesor Odón de Buen, creador en 1906 del Laboratorio Biológico Marino de Baleares, en Porto Pi y de la Estación Biológica-Marina de Málaga en el año 1908.
Pocos años después, en 1914, tiene lugar el nacimiento del organismo: Odón de Buen funda el Instituto Español de Oceanografía, que aglutina y coordina los trabajos que se estaban realizando en los centros antes mencionados. En el Real Decreto fundacional se establece, entre otras cosas, que la red de laboratorios costeros se ampliará con dos nuevas instalaciones, “que se establecerán en Vigo y en Canarias”. Además, se definen las funciones del IEO, que “tendrá por objeto el estudio de las condiciones físicas, químicas y biológicas de los mares que bañan nuestro territorio con sus aplicaciones a los problemas de la pesca”, con lo que ya se señalaba el carácter de servicio público del organismo como uno de sus pilares.

Los dos sastres
  
Dos sastres trabajaban el uno frente al otro desde hacía muchos años. Cortaban y cosían incansablemente, hablando de vez en cuando de distintas cosas.
Uno le dijo al otro:
-¿Irás de vacaciones este año?
-No -contestó el segundo tras un momento de reflexión.
Regresaron a su silencio. Más tarde, el segundo sastre dijo de repente:
-Fui de vacaciones hace veinte años.
-¿Fuiste de vacaciones hace veinte años? -preguntó el primero, muy sorprendido.
-Sí.
Entonces el primer sastre, que no recordaba ninguna ausencia de su compañero, le dijo:
-¿Y adónde fuiste?
-A la India.
-¿A la India?
-Sí. Fui a cazar el tigre de Bengala.
-¿Fuiste a cazar el tigre de Bengala? ¿Tú?
Los dos hombres habían dejado de trabajar y se miraban. El segundo sastre, que parecía muy tranquilo, retomó la palabra para contar lo siguiente:
-Partí al alba sobre un magnífico elefante que un gran príncipe me había prestado. Armado con cuatro fusiles de culatas de plata y acompañado por una escolta de ojeadores, me aventuré en una montaña solitaria. De repente un tigre enorme se levantó rugiendo frente a mi montura, el tigre más grande que nunca se había visto en aquella región de Bengala. Mi elefante, asustado, se tiró para atrás, me caí en unos matorrales espinosos y el tigre se me echó encima y me devoró.
-¿Te devoró? -preguntó el primer sastre, que había estado escuchando estupefacto.
-Me devoró... por completo, hasta el último pedazo de carne.
-Pero bueno, ¿qué me cuentas? ¡Ningún tigre te devoró! ¡Sigues vivo!
Entonces el segundo sastre retomó el hilo, retomó la aguja y le dijo al primero:
-¿A esto le llamas vida?
(Anónimo)


jueves, 3 de abril de 2014

La Passió d´Olesa





La Pasión es una obra de teatro de grandes dimensiones, tanto por lo que se refiere a escenografía como a número de actores figurantes que suele llegar a los 500 en cada representación. Las representaciones se llevan a cabo, normalmente, durante los fines de semana de los meses de Marzo y Abril.
La obra se estructura en 3 actos de aproximadamente una hora cada uno.
En el primer acto se explica la vida pública de Jesús, con escenas como las de las Bodas de Canaán, el Sermón de la Montaña, la resurrección de Lázaro o la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, una de las escenas más espectaculares, ya que es en donde aparecen el máximo número de actores figurantes.
El segundo acto describe la parte más humana del personaje de Jesús, que prevé su muerte y se despide de su madre y sus discípulos. Este acto también incluye la sesión del Sanedrín, que decide llevar a Jesús delante de Pilatos para que lo condene a muerte, y escenas donde se ven los motivos que incitan a Judas a traicionar a su maestro y a entregarlo al Sanedrín. Esta decisión hará que Judas remueva toda su consciencia y acabe suicidándose.
El tercero y último acto muestra el proceso de condena de Jesús ante Pilatos, su muerte en cruz y, finalmente, su resurrección.
El espectáculo de La Pasión no es solamente una gran representación teatral, es la fuerza de los olesanos y olesanas que trabajan desinteresadamente para plasmar en el escenario la herencia de casi 500 años de historia. Todo el espectáculo, artística y técnicamente, es llevado a cabo por colaboradores que, con su esfuerzo altruista, se suman al espectáculo para ofrecer toda su creatividad y dar a los espectadores una buena calidad teatral.


(17 de abril - 1919)

He tenido curiosidad de ver en qué estado se encuentra esto que llamamos aquí «matar judíos». En tal día como hoy, en la época de mi infancia, los niños del pueblo acudíamos a la iglesia, después de comer, a matar judíos. Acudíamos con toda clase de cachivaches para hacer ruido. Los unos, con los garrotes, golpeaban el suelo; los otros percutían una lata de petróleo con un trozo de hierro; el pequeño comercio ponía en venta unos mazos «ad hoc» para golpear sobre cualquier cosa; se podía comprar también un juguete hecho con un engranaje de madera, que se hacía rodar y producía un ruido desagradable, absolutamente molesto. En la iglesia se producía un barullo enorme, inmenso. Aquella tremolina representaba una matanza hipotética de judíos.
¿Qué origen tiene este acontecimiento? ¿Es una venganza por la muerte de Nuestro Señor, una venganza teórica pero de sentido clarísimo? ¿Es una reminiscencia de un pogrom evitado por desviación -y realizado nada más que simbólicamente?
Esta tarde he constatado que había menos niños para matar judíos que en mis tiempos. En aquella época estaban todos los niños de buena casa del pueblo. Hoy estaban los más andrajosos: se les debe de haber dado un trozo de pan y chocolate para que viniesen a matar ju­díos. De esta manera la tradición se habrá mantenido un año más.
Me produce una gran satisfacción constatar la de­cadencia de este barullo brutal y grotesco.

(Josep Pla - El cuaderno gris)

(Marcapaginasporuntubo dedica esta entrada a Elvira, Pilar, Remei y Rosa María)

martes, 1 de abril de 2014

Sentir la Habana Vieja

             

El desertor y la mujer que hacía cálculo

Si hubiera vivido mi pobre marido, el Carmelo, no me habría pasado todo esto. Pero el Carmelo ya me va costando muchas velas, quizá quinientas; Pepe dice que quinientas es un número que puede abarcar mucho, que todo Yala puede cos­tar quinientos, pero yo sé que mil doscientos son más que qui­nientos, y también dos responsos y con solo el primero el cu­ra me llevó los únicos cabritos que tenía, pero ahora me anda diciendo que ya es tiempo de otra misita y que con las únicas dos y todo, no va a llegar el Carmelo ni al Purgatorio, pero ya no tengo más los dos cabritos. Lo que el cura no sabe es lo de mi pensión, pero esa platita es sólo para mí.
Yo lo había visto largarse del camión viguero, colora­do y grande, y después lo vi tres veces más y lo seguí viendo cada vez que iba y volvía llevando los quesillos. Tenía una flor en la oreja y una camisa a cuadros. Se bajó del camión y gritó: "Aquí me quedo", sentándose después en esa piedra grande debajo del ceibo seco. Allí estaba todas las mañanas y todas las tardes, con la flor en la oreja. Hasta que empezó a tocar el acordeón en el boliche y entonces, de la piedra deba­jo del ceibo seco se pasó a la galería y desde allí tocaba el acordeón por la comida y el techo.
La primera vez que me habló, yo andaba con el ves­tido azul y también me había puesto este pañuelo que se me ocurrió comprarle al Turco. Me dijo:
-¿No gusta una copa, moza? -y mirando a don Er­menegildo agregó-: El bolichero paga; total, para animar, digo.
Yo me quedé parada junto al palo del palenque, con­templándome las alpargatas y acariciando con una mano el palo suave ya de tanto sobarlo con los tientos de las riendas. Después tomé el vaso de vino, de un solo golpe, y ahí digo yo que estuvo la mala suerte, porque ni a los muertos les de­jé nada.
-Así me gusta -dijo él. Pero yo ya me había ido y ligero me escabullí en el recodo de la pirca.
Desde entonces ya no me sacaba el vestido azul ni el pañuelo del Turco. Desde ese día todas las veces que pasaba me invitaba la copa, y al dármela, se quedaba tironeándome la mano y riéndose con su risa ancha y con todos sus dientes blancos y completos. Hasta que una noche me encontró por el camino; iba a mi casa de regreso con el canasto de los que­sillos vacío; yo tenía ganas ya y sus veinte años me ayudaron. Doroteo Mendoza, se llamaba.
¡Ah, si no se hubiera muerto el Carmelo!, digo yo.
Después de esa noche se vino a vivir al rancho, y una mañana me dijo:
-Ahora vamos a casarnos.
-¿Para qué? -dije yo.
-¿Cómo para qué? La gente debe casarse.
Y yo dije:
-Está bien.
Continué contando los quesillos del canasto y él vol­vió a hablar:
-Mirá, Natalia, que te conviene: yo con mi sueldo del Correo tengo dos mil pesos y ahora me toca el servicio militar; mientras yo esté en el cuartel vos cobrás la mitad, o sea mil, con eso, más los doscientos de tu pensión tenés mil doscientos, sin contar los quesillos.
Toda esa mañana anduve atolondrada, haciendo su­mas, yendo de aquí para allá con los quesillos, sin hallarme. A la noche volví. Él estaba recostado fumando y cuando en­tré se sentó en el borde del catre y dijo:
-¿Y, estás decidida?
Yo dejé el canasto con todos los quesillos y dije:
-Está bien.
¡Ah, Carmelo!; "maldito Carmelo" diría, si no estuviera difunto. Y todo por cabeza dura; por chupar tanto con esos bo­livianos roñosos se murió como una vaca hinchada y apestada.
Doroteo me dijo:
-No hay que perder tiempo. Nos vamos al Registro Civil y listo.
Yo estaba todavía atolondrada con la cuestión de la suma: mil más doscientos, mil doscientos, y los quesillos y por eso quizá no me di cuenta cuando él dijo que por civil bastaba, que para la Iglesia había tiempo. Él dijo que eso era suficiente y yo que no lo oí bien me dejé llevar. Si hubiera sido con el cura tal vez no hubiera fallado.
Fuimos al Registro Civil y allí escribieron. Al final le preguntó al empleado:
-¿Con esto ya estamos seguros, ya estamos casados?
-Sí, señor -dijo el empleado.
Él ni siquiera esperó la noche. Dijo que tenía que llevar los papeles a la ciudad y se fue. Pero antes me pidió los setecientos setenta y cinco pesos que yo tenía debajo del San Roque.
Pasaron días y meses y ni señales.
Un día fui hasta la ciudad, para cobrar mis mil pesos en el Correo y allí me dijeron.
-¿Quién?
-Doroteo Mendoza.
-A ése ni lo conocemos.
Al cabo el jefe de la Estación me explicó: se casó para pedir la excepción y no hacer el servicio militar. Pero yo tengo que seguir mintiendo, y cuando alguien me pregunta por mi marido digo:
-Está de receptor del ejército. Tiene que andarse escondiendo para que no lo pillen.
Pero yo sé que es mentira. ¡Ah, si hubiera vivido el cochino del Carmelo, si no se hubiera muerto como una va­ca apestada! Todo por su culpa.
¿Ahora qué hago yo, casada y sin libertad?
(Héctor Tizón)