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jueves, 9 de enero de 2020

Girona Temps de flors 2019


Ensayos (74)

Lo que resaltan como raro de Perseo, rey de Macedonia, que, al no atarse su pensamiento a ninguna circunstancia, iba errante por todo tipo de vida manifestando costumbres tan volubles y vagabundas que no era conocido ni por él mismo ni por cualquier otro, paréceme convenir más o menos a todo el mundo. Y por encima de todos he visto a otro de su talla a quien podría aplicarse esta conclusión más adecuadamente aún, creo yo; sin término medio, dejándose llevar siempre de un extremo a otro por motivos imposibles de adivinar, sin conducta libre de travesía o contradicción extraordinaria, sin facultad simple alguna; de modo que lo más verosímil que se podrá decir de él algún día, será que se esforzaba y trataba de hacerse conocer por ser irreconocible.
Se han de tener oídos harto fuertes para escuchar cómo le juzgan a uno francamente; y puesto que hay pocos que puedan sufrirlo sin irritarse, aquéllos que se arriesgan a hacerlo con nosotros muéstrannos singular favor de amistad; pues es amar sanamente el decidirse a herir y a ofender para hacer el bien. Considero difícil el juzgar a aquél cuyas malas cualidades superan las buenas. Platón preconiza tres cosas para aquél que quiera examinar el alma de otro: ciencia, bondad, osadía.

No ha de creerse a un rey cuando se jacta de su constancia para soportar los embates del enemigo en aras de su gloria, si por su propio provecho y enmienda no puede sufrir la libertad de palabra de un amigo, la cual no tiene más trascendencia que pellizcarle el oído, quedando en sus manos el resto de las consecuencias. Y es el caso que no existe otra condición humana que necesite tanto como éstos de verdaderas y libres advertencias. Llevan una vida pública, y han de contentar a tantos espectadores, que, como acostumbran a callarles todo cuanto les desvía de su camino, vense, sin sentirlo, hundidos en el odio y la antipatía de su pueblo, con frecuencia por motivos que habrían podido evitar, incluso sin menoscabo de sus placeres, si se les hubiera avisado y corregido a tiempo. De ordinario sus favoritos miran más por sí mismos que por su señor; y hacen bien, pues, verdaderamente, la mayoría de los oficios de la auténtica amistad son, para con el soberano, una prueba difícil y peligrosa; de modo que es menester no sólo mucho afecto y mucha franqueza, sino también mucho valor.

Deleitóme un alemán, en Augsburgo, demostrando la incomodidad de nuestros hogares con el mismo argumento que nosotros solemos utilizar para criticar sus estufas. Pues, verdaderamente, ese calor reconcentrado y además el olor de ese material recalentado del que están constituidas pone la cabeza pesada a la mayoría de los que no están habituados; a mí, no. Mas por lo demás, al ser el calor igual, constante y general, sin luz ni humo, sin el aire que nuestras chimeneas abiertas nos acarrean, bien puede compararse al nuestro. ¿Por qué no imitamos la arquitectura romana? Pues dícese que antaño no se encendía el fuego en sus casas más que fuera y por debajo de ellas: desde donde se aspiraba el calor para toda la casa por unas tuberías practicadas dentro del muro, las cuales iban rodeando los lugares que habían de ser calentados; lo cual he visto yo claramente significado en algún párrafo de la obra de Séneca. Este, oyéndome alabar las ventajas y bellezas de su ciudad, que ciertamente lo merece, comenzó a compadecerme por haber de alejarme de ella; y uno de los primeros inconvenientes que alegó fue la pesadez de cabeza que me provocarían las chimeneas de otros lugares. Había oído que alguien se quejaba de ello y nos lo achacaba, privado como estaba por la costumbre de notario en su país. Todo calor que provenga del fuego me debilita y entorpece. Sin embargo, decía Eveno que el mejor condimento de la vida era el fuego. Prefiero cualquier otra manera de evitar el frío.

No es la virtud más grande por ser más antigua.

No por ser más vieja es más sabia la verdad.

¿No será que buscamos más el honor de la cita que la verdad del razonamiento? 

He aquí otro más. No hace mucho, topéme con uno de los hombres más sabios de Francia, entre aquéllos de fortuna no muy mediocre, estudiando en un rincón de una sala que habían hecho rodeándole con tapices; y en torno suyo, el estruendo licencioso de sus criados. Díjome, y lo mismo dice Séneca de sí mismo, que sacaba provecho de aquella batahola, como si, golpeado por aquel ruido, se centrara y encerrara más en sí mismo para la contemplación, y aquella tempestad de voces repercutiera sus pensamientos dentro de sí. Siendo estudiante en Padua realizóse su estudio durante tanto tiempo en medio del jaleo de los coches y del tumulto de la plaza que no sólo se acostumbró a despreciarlo sino a aprovechar el ruido al servicio de sus estudios. Sócrates respondió a Alcibíades que se extrañaba de que pudiera soportar el continuo escándalo de la cabeza de su mujer: Como aquéllos que están acostumbrados al sonido cotidiano de las norias para sacar agua. Soy yo justo al contrario: tengo la mente blanda y presta a emprender el vuelo; cuando se ve estorbada por algo de fuera, el mínimo zumbido de una mosca la asesina.
Séneca, en su juventud, habiéndole impresionado profundamente el ejemplo de Sextio de no comer cosa alguna que hubieren matado, prescindió de ello con placer durante un año, según él mismo dice. Cejó en ello únicamente porque no sospecharan que adoptaba esta regla de otras religiones nuevas que la preconizaban. Siguió también los preceptos de Atalo de no acostarse más sobre colchones que se hundieran y continuó hasta su vejez usando los que no ceden bajo el cuerpo. Lo que la costumbre de su época atribuyó a dureza, la nuestra lo achaca a molicie.
Considerad la diferencia entre el vivir de mis braceros y el mío: no tienen ni los escitas ni los indios nada tan alejado de mis fuerzas o mis maneras. Sé que libré de pedir limosna a algunos niños para que me sirvieran, los cuales dejáronme en seguida, y conmigo, mi cocina y su librea, nada más que para volver a su vida primera. Y encontré a uno de ellos recogiendo caracoles para comer en mitad de un camino, al que ni con ruegos ni con amenazas pude apartar del sabor y de la dulzura que hallaba en la indigencia. los mendigos tienen sus magnificencias y voluptuosidades, como los ricos, y, según dicen, sus dignidades y grados políticos. Son cosas de la costumbre. Puede habituarnos no sólo a cualquier manera que le plazca (por ello dicen los sabios que hemos de adoptar la mejor de las que nos facilite de inmediato), sino también al cambio y a la variación, que es la más noble y útil de sus enseñanzas. Mi mejor cualidad física es ser flexible y poco obstinado; tengo tendencias más propias y normales, y más agradables que otros; mas con muy poco esfuerzo líbrome de ellas para amoldarme fácilmente a la manera contraria. Un joven ha de alterar sus normas para despertar su vigor y evitar que se entumezca y apoltrone. Y no hay modo de vida tan necio ni tan débil como aquél que se conduce por ordenanza y disciplina.

Montaigne, Michel de

martes, 7 de enero de 2020

Francia - Création Denière - Puzzle


Ensayos (73)

Nuestra justicia sólo nos tiende una de sus manos, y encima la izquierda. Cualquiera sale perjudicado.

Ninguna prisión me ha albergado ni siquiera para pasearme por ella. Sólo el imaginarme su vista, incluso desde fuera, resúltame desagradable. Estoy tan loco por la libertad que si me prohibieran el acceso a algún rincón de las Indias, viviría en cierto modo más incómodo. Y mientras halle tierra o aire abierto en otro lugar, no languideceré en uno en el que haya de esconderme. ¡Dios! ¡Cuán malamente podría sufrir la situación de tantas gentes, clavadas a un pedazo de este reino, privadas de la entrada a las ciudades principales y de las cortes, y del uso de los caminos públicos, por haber infringido las leyes! Si éstas a las que sirvo me amenazaran sólo la punta de un dedo, iríame al punto a buscar otras, fuere donde fuere. Toda mi pequeña prudencia, en estas guerras civiles en las que nos vemos, empléase en conseguir que no estorben mi libertad de ir y venir.

Preferiría entenderme bien a mí mismo que entender a Cicerón. Con mi propia experiencia tendría bastante para hacerme sabio, si fuera buen estudiante. Quien conserva en su memoria los excesos de su pasada cólera y hasta dónde le llevó esa fiebre, ve la fealdad de esta pasión mejor que leyendo a Aristóteles, y alimenta odio más justo contra ella. Quien recuerda los males que ha sufrido, aquéllos que lo han amenazado, las livianas circunstancias que le han hecho pasar de un estado a otro, prepárase así a las mutaciones futuras y a la asunción de su condición. La vida de César no es más ejemplar que la nuestra, para nosotros; y por emperadora o popular que sea, siempre será una vida expuesta a todos los acontecimientos humanos.
Escuchemos esto sólo: nos repetimos todo aquello de lo que precisamos principalmente. ¿Quién se acuerde de tantas y tantas veces como ha errado su propio juicio, no es un necio si no desconfía de él para siempre?  Cuando la razón ajena me convence de la falsedad de una idea, no aprendo tanto lo nuevo que me ha dicho ni esa ignorancia particular (poco fruto sería) como aprendo en general mi debilidad y la traición de mi entendimiento; por lo cual llego a dominar todo el conjunto. Con todos mis demás errores hago lo mismo; y siento que es esta regla muy útil para la vida. No considero a la especie ni al individuo como una piedra en la que he tropezado; aprendo a temer mi andar en todo y prepárome a ajustarlo. El aprender que se ha dicho o hecho una tontería no es nada; es menester aprender que se es un necio, enseñanza harto más amplia e importante. Las malas pasadas que tan a menudo me ha jugado mí memoria, incluso cuando más segura estaba de sí misma, no se han perdido inútilmente; por mucho que me jure y me asegure hogaño, meneo la cabeza; la primera objeción formulada contra su testimonio me deja en vilo y no osaría fiarme de ella en cosa de peso, ni ponerla como garantía del proceder ajeno, y si no fuera porque lo que yo hago por falta de memoria los demás lo hacen aún más a menudo por falta de fe, aceptaría siempre la verdad de otros labios antes que de los míos para lo acontecido. Si cada cual espiase de cerca los efectos y las circunstancias de las pasiones que lo dominan, como he hecho yo con aquélla a la que le he tocado en suerte, veríalas venir y aminoraría algo su impetuosidad y su carrera.

Pues también es menester cierto grado de inteligencia para poder percatarse de que se ignora, y es menester empujar una puerta para saber que nos está cerrada. De donde nace esta sutileza platónica de que ni aquéllos que saben han de preguntarse, puesto que saben, ni aquéllos que no saben, puesto que para preguntarse es menester saber sobre lo que uno pregunta. 

Declaro por propia experiencia la ignorancia humana lo cual es a mi parecer, el partido mas seguro de la escuela del mundo.

Todo lo estudio: aquello que he de evitar,  aquello que he de imitar.

Montaigne, Michel de

domingo, 5 de enero de 2020

Francia - Création Denière - Faros (2)



Ensayos (72)

Reprochábanle a Aristóteles, según dicen, el haber sido demasiado misericordioso con un hombre malo. He sido misericordioso con el hombre, ciertamente, dijo él, no con la maldad. Los juicios ordinarios se exasperan y se lanzan a la venganza por horror del crimen. Precisamente esto enfría el mío: el horror del primer crimen me hace temer un segundo y el odio por la primera crueldad me hace odiar toda imitación. A mí que no soy más que un valet de tréboles puede alcanzarme lo que decían de Carilo, rey de Esparta: No puede ser bueno puesto que no es malo con los malos. O bien esto; pues preséntalo Plutarco de estas dos maneras, como otras mil cosas, distinta y contrariamente: Forzoso es que sea bueno puesto que lo es incluso con los malos. Así como me desagrada emplearme en acciones legitimas con aquéllos que no gustan de ellas, tampoco, a decir verdad, me remuerde la conciencia emplearme en ilegítimas con aquéllos que las consienten.

Jamás dos hombres pensaron igual de una misma cosa, y es imposible que se den dos opiniones exactamente semejantes, no sólo en hombres distintos sino en un mismo hombre a distintas horas. Suelo tener más dudas sobre aquello que se ha dignado tocar el comentario. Tropiezo más en terreno liso, como ciertos caballos que conozco, que tropiezan más a menudo por caminos llanos.

Igual que aconteció a los perros de Esopo, los cuales, habiendo descubierto cierta apariencia de un cuerpo muerto que flotaba en el mar y no pudiendo acercarse a él, decidieron beberse aquel agua y secar el paso, ahogándose por ello. 

Hay más quehacer en interpretar las interpretaciones que en interpretar las cosas, y más libros sobre los libros que sobre otro tema: no hacemos sino glosarnos unos a otros.
Es un hormiguero de comentarios; de autores, hay gran escasez.
El principal y más honroso saber de nuestros siglos, ¿no es acaso saber entender a los sabios? ¿No es el fin común y último de todo estudio?

He visto en Alemania que Lutero ha dejado tantas discusiones y divisiones sobre la duda de sus ideas como las que promovió sobre las Santas Escrituras, y más. Nuestra disputa es verbal. Pregunto qué es naturaleza, voluptuosidad, círculo y sustitución. La cuestión es de palabras y se resuelve de igual modo. Una piedra es un cuerpo. Mas, quien embistiera de este modo: ¿Y qué es un cuerpo? Sustancia. ¿Y sustancia?, y así cada vez, terminaría acorralando al interlocutor al final del calepino. Cámbiase una palabra por otra, a menudo menos conocida. Sé mejor lo que es un hombre que un animal o un mortal o un ser racional. Para satisfacer una duda, ofrécenme tres: es la cabeza de la hidra. Preguntaba Sócrates a Menón lo que era la virtud. Hay, dijo Menón, virtud de hombre y de mujer, de hombre público y privado, de niño y de anciano. ¡Pues estamos buenos!, exclamó Sócrates: buscábamos una virtud y he aquí un enjambre. Hacemos una pregunta y nos dan a cambio un colmenar. Así como ningún hecho ni ninguna forma se asemeja enteramente a otra, así tampoco ninguna se diferencia enteramente de la otra. Ingeniosa mezcla de la naturaleza. Si nuestros rostros no fueran parecidos no podría distinguirse al hombre de la bestia; si no fueran distintos, no podría distinguirse al hombre del hombre. Todas las cosas están unidas por alguna semejanza; todo ejemplo falla y la relación que se saca de la experiencia es siempre defectuosa e imperfecta; únense sin embargo las comparaciones por algún lado. Por ello, sirven las leyes y se acomodan así a cada uno de nuestros asuntos por alguna interpretación desviada, forzada y torcida.

¿Cuántos inocentes castigados no hemos descubierto?, y digo sin culpa de los jueces; ¿y cuántos ha habido que no hemos descubierto? Esto aconteció en mi época: fueron unos condenados a muerte por homicidio; la sentencia, si no pronunciada, sí al menos concluida y decretada. En este punto, los oficiales de un tribunal subalterno vecino avisan a los jueces de que tienen a algunos presos, los cuales confiesan abiertamente este homicidio y aportan a todo aquel hecho una luz indudable. Delibérase si por ello ha de interrumpirse y diferirse la ejecución de la sentencia dictada contra los primeros. Considérase la novedad del caso y sus consecuencias para suspender los juicios; que la condena se ha realizado jurídicamente y que los jueces están privados de arrepentimiento. En suma, se sacrifica a aquellos pobres diablos en aras de las fórmulas de la justicia. Filipo, o algún otro, subsanó inconveniente similar de este modo: había condenado a un hombre a pagar grandes multas a otro, mediante juicio resuelto. Al descubrirse la verdad algún tiempo después, resultó que había juzgado inicuamente. Por un lado estaba la razón de la causa, por otro la razón de las formas judiciales. Cumplió de algún modo con las dos, dejando la sentencia como estaba e indemnizando de su bolsillo el interés del condenado. Mas habíaselas con un hecho reparable; los míos fueron colgados irreparablemente. ¿Cuántas condenas no he visto yo, más criminales que el crimen?

Montaigne, Michel de

viernes, 3 de enero de 2020

Mujeres transgresoras





Ensayos (71)

Estos frangollos de lugares comunes con los que tantas gentes se ahorran el estudio, sólo sirven para sujetos comunes; y sirven para mostrarnos, no para conducirnos, ridículo fruto de la ciencia que tan cómicamente critica Sócrates contra Eutidemo. He visto hacer libros sobre cosas jamás estudiadas ni entendidas, encargando el autor a distintos amigos sabios la búsqueda de esta y aquella materia para construirlos, contentándose por su parte con haber hecho el proyecto y apilado industriosamente ese montón de provisiones desconocidas; al menos son suyos la tinta y el papel. Eso, en conciencia, es comprar un libro o tomarlo prestado, no hacerlo. Es demostrar a los hombres no que se sabe hacer un libro, sino aquello sobre lo que les podía caber la duda, que no se sabe hacerlo. Vanagloriábase un presidente, allí donde yo estaba, de haber acumulado doscientas y pico citas ajenas en un decreto suyo presidencial. Al contárselo a todos parecióme borrar la gloria que le atribuían. Pusilánime y absurda jactancia, a mi modo de ver, para tal asunto y tal persona. Entre tantos préstamos, alégrome yo si puedo ocultar alguno, disfrazándolo y deformándolo para nuevo servicio. A riesgo de que digan que es por no haber entendido su fin natural, les doy cierta forma particular con mis propias manos, para que sean tanto menos puramente ajenos. Estos exhiben y cuentan sus robos: tienen más confianza en sus facultades que yo. Nosotros, naturalistas, estimamos que tiene grande e incomparable preferencia el honor de la invención sobre el honor de la citación.

Dice Aristóteles que corresponde a los bellos el derecho a mandar y que, cuando hay algunos cuya belleza se acerca a la de las imágenes de los dioses, también les es debida la veneración. A aquél que le preguntaba por qué se frecuenta a los bellos más a menudo y más largamente, contestóle: Esa pregunta sólo puede hacerla un ciego. La mayoría de los grandes filósofos pagaron su formación y adquirieron su sabiduría por intervención y favor de su belleza.

Parece que hay algunos rostros felices y otros desgraciados. y creo que hay cierto arte en distinguir los rostros bondadosos de los necios, los severos de los duros, los malos de los tristes, los desdeñosos de los melancólicos, y otras cualidades vecinas semejantes. Hay bellezas no sólo orgullosas sino agrias, hay otras dulces e incluso sosas. El pronosticarles acontecimientos futuros es materia que dejo indecisa.

Un fulano decidió tomar mi casa y a mí. Su procedimiento fue llegar solo a mi puerta y forzar la entrada con cierta insistencia. Conocíalo de nombre y tenía motivos para fiarme de él como vecino mío y, en cierto modo, como aliado. Mandé abrirle, como hago con todos. Hele aquí harto asustado, con el caballo sin aliento y extenuado. Contóme esta historia: Que acababa de toparse a media legua de allí con un enemigo suyo al que yo también conocía y había oído hablar de su discordia; que este enemigo había picado espuelas extraordinariamente y que habiéndose visto desconcertado por la sorpresa y menor en número, habíase lanzado a mi puerta para ponerse a salvo; que estaba muy preocupado por los suyos a los cuales decía creer muertos o prisioneros. Traté ingenuamente de reconfortarlo, tranquilizarlo y refrescarlo. Poco después he aquí que se presentan cuatro o cinco soldados suyos en la misma actitud y con el mismo espanto, para entrar; y luego otros y otros más después, bien equipados y armados, hasta veinticinco o treinta, fingiendo tener al enemigo pisándoles los talones. Aquel misterio comenzaba a despertar mis sospechas. No ignoraba en qué siglo vivía, cuán envidiada podía ser mi casa, y sabía de otros casos de conocidos míos a los que les había acontecido otro tanto. De todos modos, considerando que nada ganaba habiendo comenzado a dar satisfacción si no terminaba, y sin poder librarme a no ser huyendo de todo aquello, tomé el partido más natural y más sencillo, como hago siempre, ordenando que entraran. Además, soy en verdad poco desconfiado y malpensado por naturaleza. Suelo tender a la excusa y a la interpretación más suave. Tomo a los hombres según el orden común y no creo en esas tendencias perversas y desnaturalizadas más que en fantasmas o milagros, si no me veo forzado a ello por alguna gran prueba. Y soy hombre, por añadidura, que gusto de encomendarme a la fortuna y me pongo sin reservas en sus manos. De lo cual, hasta ahora, he tenido más motivos para alabarme que para quejarme; y hela hallado más enterada y más amiga de mis asuntos que yo. Hay ciertos actos en mi vida de los que se puede citar con justicia el proceder difícil o, si se quiere, prudente; incluso en éstos, poned que la tercera parte haya sido de mi cosecha, ciertamente, son dos tercios largos de ella. Fallamos, a mi parecer, porque no nos confiamos bastante al cielo y pretendemos de nuestro proceder más de lo que nos corresponde. Por ello tuércense tan a menudo nuestros designios. Está celoso de la extensión que concedemos a los derechos de la prudencia humana en detrimento de los suyos, y nos los recorta tanto como los ampliamos. Aquéllos, quedáronse a caballo en el patio, su jefe conmigo en la sala, el cual no había querido que llevaran su caballo a las caballerizas, alegando que había de retirarse en cuanto tuviera noticia de sus hombres. Viose dueño de su empresa y ya no le quedaba en aquel punto más que ejecutarla. Después dijo a menudo, pues no temía contar aquella historia, que mi rostro y mi franqueza habíanle arrebatado la traición de las manos. Volvió a montar en su caballo mientras sus gentes no le quitaban ojo por ver qué señal les haría, harto extrañados de verlo salir y renunciar a su ventaja.

Montaigne, Michel de

miércoles, 1 de enero de 2020

Arc Iris






Ensayos (70)

La verdadera libertad es poderlo todo sobre sí. «Potentissimus est qui se habet in potestate» («El hombre más poderoso es el que tiene poder sobre sí mismo.» (Séneca, Epístolas, 90).).

Acto tan alto, en cierto modo, como el de los soldados romanos a los que hallaron, tras la batalla de Cannas, con la cabeza hundida en unos agujeros que habían hecho y tapado con sus manos para asfixiarse en ellos, En suma, toda una nación adoptó de inmediato, por costumbre, una actitud que nada tiene que envidiarle a ninguna resolución estudiada y meditada.

Mientras tanto, goza; cree aquello que refieras. ¿De qué te sirve ir acogiendo y previniendo tu mala fortuna y perder el presente por temor al futuro y ser ahora miserable porque debas serlo con el tiempo?

Si no sabéis morir, no os importe, la naturaleza os informará en el momento mismo, plena y suficientemente; hará exactamente ese trabajo por vos, no os toméis la molestia de cuidaros de ello.
«Es menos penoso soportar de repente un mal seguro que sufrir durante mucho tiempo la pena de temerlo.» (Pseudo Galo, l, 277-278.)

Si no hemos sabido vivir, es injusto enseñarnos a morir y deformar el final del todo. Si hemos sabido vivir firme y tranquilamente, sabremos morir igual. Se jactarán tanto como quieran. «Tota philosophorum vita commentatio mortis est» («Toda la vida de los filósofos es una meditación sobre la muerte.» (Cicerón, Tusculanas, I. 30).) Mas creo que es el final, no por ello el fin de la vida; es el extremo, la punta, no por ello el objeto. Ha de ser ella misma su propia meta; su designio, su estudio recto es ordenarse, conducirse, sufrirse. En el número de muchos otros deberes comprendidos en este capítulo general y principal de saber vivir, está éste artículo de saber morir, y sería de los más livianos si no le diera peso nuestro temor.
«Sufre más de lo necesario el que sufre antes de que sea necesario.» (Séneca, Epístolas, 78).

Si yo muero y os dejo con vida, sólo los dioses ven a quién le va mejor, si a vosotros o a mi. 

Las gentes de bien ni vivas ni muertas han de temer cosa alguna de los dioses.

Montaigne, Michel de