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lunes, 6 de agosto de 2018

Bagá




Reflexiones de un casi humano (3)

Al día siguiente bajé y los encontré cavando la tierra, y uno o dos se acercaron y alargaron las bocas y estrecharon las manos. Estaban contentos. Al poco rato se puso a llover. Todos se metieron en las cabañas. Yo los seguí. Quería estar con Ellos junto a su dócil fuego. En la puerta de la primera cabaña me gritaron y agitaron los brazos, pero en la siguiente estaba la Hembra y evitó que me impidieran entrar. Estuve asustado bastante tiempo, a las puertas del agujero de la cabaña, viendo cómo las llamas daban pequeños saltos en el interior, pero la Hembra siguió haciendo gestos con las manos y yo sabía que significaban entra, y por fin entré y me senté lo más lejos posible de Ellos y del fuego, de espaldas a los troncos de la pared. El fuego podía saltar a salvo allí, rojo y maravilloso y cálido ante mis piernas, que estiré, y fuera la lluvia era fría. Sobre las llamas había una piedra que era hueca y dentro había comida, y entonces pusieron parte de la comida sobre una cosa llana, como una piedra, y me la dieron. Comí y dije a mi manera que me gustaba. Hablaban mucho, nunca paraban de hablar, y luego cada uno de Ellos se acercó a mí, todos con miedo, para tocarme, para tocar mi pelo tieso y áspero, para tocar mi cara y mis brazos. Entonces uno, que todavía no era adulto, un muchacho, colocó la mano en mis partes sensibles y se rió y tiró; en ese momento ya se habían enfadado con él y uno le golpeó y el muchacho hizo un ruido fuerte y el agua corrió de sus ojos. 
La Hembra me acarició con sus manos suaves, que no tenían pelo. 
Su largo y delicado cabello estaba cerca de mí y puse mi mano sobre este, pero ella sacudió la cabeza y se apartó de mí y se sentó con los otros. 
Ese día me quedé en la cabaña mientras la lluvia caía, fría, y cuando oscureció iba a salir, pero Ellos me hicieron saber que me podía quedar. Así que esa noche dormí como lo hacemos en nuestra cueva, sentado con la espalda contra la pared, los brazos cruzados para darme calor, porque mis hermanos no estaban allí para abrazarme. Pero al día siguiente todavía llovía y empecé a preocuparme por mis hermanos: debían de estar pensando que Ellos me habían matado y empezarían a lanzar piedras a sus casas. De modo que levanté los brazos hacia Ellos y los agité un poco arriba y abajo e hice un ruido que para nosotros significa «me pone triste irme», y salí bajo la lluvia y regresé aquí arriba. 
Se lo conté a mis hermanos. Pero ahora no solo estaban enfadados: estaban preocupados. Me di cuenta de que no querían estar cerca de mí. No dejaban de olerme: eso significaba que me había impregnado del olor de los Otros. Esa noche, cuando fuimos a nuestra cueva en busca de cobijo y sueño, se apiñaron al fondo y yo me quedé tan solo como lo había estado la noche anterior con Ellos. y mis hermanos me miraban del mismo modo que Ellos: como si fuera tan diferente que no quisieran estar cerca de mí. Pensé que no debía volver con Ellos; no quiero que mis hermanos me alejen. Así que fui con mis hermanos al valle donde había fruta madura, y esa noche dormimos bajo un gran árbol donde solemos dormir cuando la fruta está en sazón, y al día siguiente tres de nosotros atrapamos una liebre y la matamos y nos la comimos. Pero yo estaba pensando en que Ellos ponían la carne en una piedra hueca y echaban agua en ella, y aquello sobre el fuego se transformaba en otra cosa. No se lo expliqué a mis hermanos. Estaba pensando en Ellos. Los quería. Quería estar donde están Ellos. Quería más de esa comida blanda porque es lo que Ellos comen. Quería ver el negro cabello de la Hembra a la luz de las llamas, que es como el agua cuando el sol escarlata se pone. Lo quería todo de Ellos, sus rápidas voces, agudas como pájaros, y el delicado calor de su fuego. Los quería. 
Y tenía que regresar. Una mañana, mientras mis hermanos aún dormían, me fui y vi que de las cabañas no salía humo. Sabía que a menudo abandonaban un asentamiento y se iban a otro, pero esta vez no pretendían estar fuera mucho tiempo, porque tenían a sus animales metidos en un lugar con piedras lo bastante altas alrededor para que no pudieran escapar. Son animales grandes, más grandes que Ellos o nosotros. Y tienen cuatro patas, como un ciervo, pero son incluso mayores que nuestro ciervo más grande. Tienen un pelaje largo que les cae por el pescuezo, pelo negro que me recordó al de la Hembra. Me metí donde estaban los animales y al principio se asustaron de mí, pero después ya no, y siguieron comiendo la hierba seca que Ellos habían puesto allí para que se alimentaran. Fui hacia el animal negro, con reluciente pelo negro que le caía por el pescuezo, y acaricié ese pelo, aunque no era tan suave como el de la Hembra. Y entonces lo entretejí, tal y como había visto que uno de Ellos hacía con el suyo, separando el pelo y después trenzándolo igual que nosotros juntamos ramas delgadas para hacer una cama o hierbas largas para evitar el sol abrasador. Mientras lo hacía pensé en la Hembra y en su cabello. Pensé que me gustaría tener una de sus hembras para que viniera a donde mis hermanos y yo vivimos, pero sé que es demasiado delicada y pequeña, en vez de fuerte, y que no tiene el suficiente pelo por todas partes para mantenerse abrigada en las alturas nevadas donde vivimos. 
Mientras estuve con los animales, jugando con su pelaje, no miré hacia las cabañas, y después lo hice y vi que algunos niños habían salido sigilosamente, con piedras y palos, y estaban a mi alrededor. Entonces chillé y salté entre las piedras, y subí corriendo hasta aquí. 
Vi muchas veces salir y ponerse el sol, y todo el tiempo pensaba en Ellos, y me preguntaba por qué eran tan delicados y sin pelo y sabían cómo cubrirse y tenían fuego y hacían que creciesen plantas en la tierra desnuda. Y cómo lograban que sus voces subieran y bajaran. ¿Por qué son como son? ¿Por qué nosotros somos como somos?  
Cuando la nieve cayó sobre Ellos, metieron las semillas de las plantas en una cabaña. Estas semillas son lo que muelen en una piedra hueca para hacer esa comida blanda. Me escondí entre las rocas a la espera de que salieran y me preguntaran si quería entrar con Ellos, pero la apertura de las cabañas había desaparecido, y luego la cabaña se abrió y la Hembra salió con un Varón, y ella me hizo un gesto con la mano, pero el Varón la metió otra vez en la cabaña y la cabaña se cerró. Me di cuenta de que debía regresar aquí arriba. 
Ha sido una larga época de nevadas duras. Muy fría. Hemos pasado hambre. Dormíamos la mayor parte del tiempo. Hizo tanto frío que yo estaba junto a ellos acurrucado, abrazándonos los unos a los otros, y yo no quería permitir que me apartaran. Debí de perder pronto el olor a Ellos, porque mis hermanos estaban contentos de que mi calor estuviera junto al suyo. A veces pienso que olvidan rápido, más rápido que yo. Este pensamiento me asusta. Una vez, cuando la tormenta cesó durante un rato, salimos y encontramos una liebre enferma y nos la comimos. Había nueces en un árbol y teníamos hambre, pero entonces me acordé de Ellos y de lo que Ellos hacen, y arranqué algunas ramas con nueces y las arrastré hasta la cueva. Mis hermanos me regañaron y me golpearon, pero después vieron que lo que estaba haciendo era útil. Si sabemos hacer lechos de hierba para el invierno, ¿por qué no guardar nueces o brotes de hierba? Siempre comemos brotes de hierba de nuestro lecho cuando no hay más comida. En varias ocasiones, cuando dejó de nevar, salimos y encontramos nueces y algunas bayas que los pájaros han dejado, y así conseguimos un poco de comida para los peores días. Fue una época larga, muy larga, de frío. Ocho lunas estuvieron afiladas y llenas, y afiladas y llenas otra vez, y entonces vi que muy por debajo de nuestro lugar, más abajo de las nieves, el verde había vuelto. Todo ese tiempo estuve pensando en Ellos y en sus cálidas cabañas con fuegos ardiendo y en cómo hablaban con sonidos como los pájaros o el agua. Siempre que estaba despierto pensaba en Ellos. A veces mis pensamientos sobre Ellos me despertaban, y entonces me sentaba en la boca de la cueva deseando estar con Ellos, hasta que me entraba frío y tenía que regresar a apiñarme con mis hermanos. 
Cuando el aire fue cálido, cuatro de nosotros descendimos a través del montón de nieve que se estaba fundiendo en los ríos y fuimos a donde nuestras Hembras vivían junto a su Varón. Las encontramos fuera de su cueva en un lugar donde la nieve había desaparecido. Cada una tenía una criatura. Su Varón no estaba allí: había muerto. Era un Varón anciano. Y entonces mis hermanos y yo nos miramos enfadados. Gruñimos y casi nos peleamos, pero todos, corriendo entre los árboles y la nieve que había medio desaparecido, fuimos hacia las Hembras, que estaban esperando, abrazando con fuerza a sus criaturas. Ahora no había ningún Varón que nos obligara a esperar a su partida, o a entrar a hurtadillas mientras se apareaba con una de ellas. Mis hermanos se enfrentaban entre sí y se pegaban, y yo entré rápidamente y me apareé con la que me proporcionó el calor la última vez. Los tres vieron lo que estaba haciendo y vinieron a pelearse conmigo, pero entonces uno aprovechó la ocasión y se hizo con una Hembra y después con otra. No tardamos en establecer el turno de cada uno, y repetir una vez y otra. Yo pensaba en Ellos yen sus pequeñas y delicadas Hembras, con sus largos cabellos, y ahora estas Hembras me parecían duras y grandes y feas, con su hirsuto cabello rojizo. 

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domingo, 5 de agosto de 2018

Botánico



Reflexiones de un casi humano (2)

La primera vez que bajé y traspasé la línea de las nieves perpetuas más allá de lo que lo había hecho hasta entonces y vi el lugar de los Otros, salía humo de la hierba que cubría una cabaña y pensé que se estaba incendiando. Me asusté. Cuando la tierra está seca después de los meses de calor, a veces arde todo, los árboles también, y tenemos poca comida. Me escondí detrás de la roca, en la colina que está detrás de las cabañas, y observé, pero a pesar de que no dejaba de salir humo del tejado, la hierba no se quemó. Luego vi que Ellos amontonaban ramas en un lugar entre las cabañas, y después sacaron en una rama hueca la materia roja que hace fuego y la pusieron en las ramas, y el fuego prendió pero no se propagó por todas partes ni quemó las cabañas, la hierba o los árboles. Se fueron todos al río y no quedó nadie en el lugar. Descendí con cautela, me metí en la cabaña humeante y coloqué un poco de la sustancia roja en una gran rama, tal como Ellos habían hecho. Me quemé los dedos. Entonces regresé corriendo hacia lo alto, donde tenemos nuestras cuevas, y les dije a mis hermanos: «Mirad, he traído el fuego que Ellos han dominado para que no les queme. Ya os lo había explicado, ¿os acordáis?». No se acordaban, y cuando puse la sustancia roja -como piedras de luz, que es lo que arde en los enormes árboles muertos después de que haya pasado el fuego en un haz de ramas, se oscureció y después se enfrió. Entonces me pregunté por qué no habíamos pensado nosotros en usar el fuego como Ellos lo hacían. Pero mis hermanos no me creyeron cuando les conté que Ellos construían un lugar dentro de un refugio donde el fuego vive como un pájaro y no es ningún peligro para Ellos. Fue entonces cuando me dijeron por primera vez que ya no era uno de ellos, y cuando respondí que lo que decía era cierto y que podríamos aprender a hacerla, me golpearon. 
Traté de hacerme con el fuego otra vez más, y de nuevo el rojo abrasador estaba frío y negro cuando subí y regresé a donde vivimos mis hermanos y yo. Ese día me quedé pensando un buen rato, y más adelante con frecuencia volví a pensar, en cómo montaban Ellos los haces de ramas y ponían el fuego en estos y luego pedacitos de madera en las llamas. A veces una persona se sienta frente al fuego y lo observa y va añadiendo ramas. Se sientan todos alrededor del fuego y charlan. A veces, del mismo modo que nosotros, se cuentan historias, pero no siempre es así. A veces hay uno que habla durante largo tiempo y los otros permanecen sentados y no hablan, pero entonces Ellos abren sus bocas de oreja a oreja y hacen ruidos como nosotros cuando estamos asustados o nos gritamos, o como el Pájaro Ruidoso cuando informa de que se acerca el tigre. Ellos no tienen miedo, creo. Parecen estar a gusto. ¿Hacemos nosotros algo así? He estado observándonos y escuchándonos a nosotros mismos, pero no somos iguales. Nunca nos quedamos sentados mucho tiempo mientras uno habla. Solo decimos: Hay un árbol bonito. O: Ten cuidado, por ahí es peligroso. O: Si haces eso te morderé. A veces Sus charlas no tienen nada que ver con las nuestras, sino que suenan más bien como si fueran pájaros que hablan o tigres que cantan cuando hay luna llena. A veces, cuando mis hermanos no están cerca, intento producir sonidos como los suyos, pero todo lo que logro son gruñidos como los del cerdo o el oso. Entonces me pongo triste. He estado triste a menudo desde la primera vez que bajé por la montaña y los vi. A veces desearía no haber descubierto jamás su lugar y no haberlos visto, porque duele demasiado. 
¿Por qué son tan diferentes? ¿En qué son distintos? A veces me parece que en todo, pero después pienso que tienen el mismo aspecto y que caminamos igual. 
Cuando los vi por primera vez pensé: Pero si son como nosotros; después supe que no. Los veo y nos veo con más claridad que al principio. 
En la estación fría, después de que los viera por primera vez, estaba con mis hermanos en una cueva mientras caía la nieve y nos estábamos calentando, y pensé: Nos mantenemos calientes aunque no tenemos el fuego como Ellos. Estamos cubiertos de pelo y eso nos da calor. Y luego pensé: Nosotros nos calentamos a pesar de que no tenemos fuego como Ellos. Tenemos pelo por encima y eso nos da calor. Y entonces pensé: Pero Ellos llevan un abrigo, como una corteza o las hojas que colocamos sobre la cabeza cuando hace calor. Durante todos los meses fríos pensé en Ellos y en sus abrigos, y entonces, cuando llegó el calor otra vez, me escondí detrás de las rocas y miré hacia abajo, al río, y vi a la Hembra sola en el río. No llevaba abrigo. Se lo había quitado. Vi que solo tenía pelo en la cabeza y más abajo, por donde daría a luz. Toda ella es tersa, de un color marrón como el del interior de la corteza de un espino, y brilla. El pelo de la cabeza es muy largo y liso, como la cortadera o el largo pelaje del pescuezo de sus animales grandes. Es suave y largo, no rojizo e hirsuto como el nuestro. Solo entonces me di cuenta de lo distinto que era ser suave y no estar cubierto de pelo. Por eso Ellos usan el fuego para calentarse. Sin el fuego morirían, incluso con los abrigos, que están hechos de algo que no conozco. Seguí pensando en lo distintos que son. Miré en el interior del pozo que hay junto a la cueva y me di cuenta de que no era como Ellos sino como mis hermanos, y pensé que somos muy feos, y me puso triste pensar que tenemos los mismos brazos y piernas y cabeza, y el mismo tamaño, pero que Ellos tienen el cabello largo y suave, negro, brillante, que cae de sus cabezas, mientras que nosotros tenemos un feo pelo rojizo por todas partes. 
Una vez, después de haber estado mirándolos un buen rato mientras Ellos cavaban la tierra con palos, me di cuenta de que me había apartado de las rocas y me encontraba en un lugar donde Ellos podían verme. Dejaron de trabajar y se apiñaron, de la misma manera que lo hacemos mis hermanos y yo cuando estamos en peligro ante un tigre o un oso. Allí estaban. Yo no me acerqué más. Quería que supieran que no iba a hacerles daño. Se quedaron allí, y entonces lanzaron sus reclamos y gritos, y los otros salieron de las cabañas y se quedaron mirándome y emitiendo sus sonidos. Uno me arrojó una rama, pero otro lo detuvo, y todos Ellos gritaron al que había tirado la rama. Empecé a caminar hacia Ellos. Tenía que hacerlo. Sentí que debía estar con Ellos. Los deseaba. Al principio algunos retrocedieron e incluso hubo uno que salió corriendo, pero los otros permanecieron allí y miraban, y cuando estuve a un salto me detuve. Me preguntaba si me deseaban tanto como yo los deseaba. Entonces la Hembra a la que antes había visto en el río sin su abrigo sacó de este un poco de comida y se acercó hacia mí, ofreciéndomela. Los otros hacían sonidos, como los gemidos del viento, pero ella siguió avanzando poco a poco, un paso y luego otro paso, y yo cogí la comida. Sabía que quería que me la comiera. No sabía qué era. Ni fruta ni animal, sino una cosa blanda, insípida.  Me lo comí porque ella me lo había dado. Todos estaban mirando. Estuvieron hablando todo el tiempo, hablando no del mismo modo que nosotros, sino en un delicado rumor continuo que subía y bajaba de tono, como los trinos de los pájaros. Yo no quería irme. Uno de Ellos echó a correr y se alejó, penetrando entre los árboles, pero entonces algunos fueron tras él y lo trajeron de vuelta. Gritó y agitó los brazos y me di cuenta de que quería lastimarme. Entonces algunos regresaron a sus labores. Estaban cavando como nosotros cuando intentamos atrapar insectos y raíces, y cuando me di cuenta de esto cogí un palo y empecé a hacer lo que Ellos hacían. Los ruidos que emitían eran como los que también hacían a veces cuando uno de ellos hablaba y los otros escuchaban. Pero yo seguí, y la Hembra se acercó y me mostró cómo sostener el palo afilado, y después otro le entregó mi palo que tenía el borde duro y yo lo usé y trabajé allí con Ellos. No demasiado cerca de Ellos, porque no quería que pensaran que iba a lastimarlos. Entonces vi que las sombras que descendían de la montaña se volvían oscuras y frías; pronto oscurecería. Así que me despedí, aunque sabía que no me entendían, y me alejé caminando hacia las rocas y regresé arriba. Se lo conté a mis hermanos. Se enfadaron. Tenían miedo. Dijeron que no debía hacerla. Dijeron que Ellos vendrían a cazarnos. Dijeron que estábamos allí en esa montaña porque los Antiguos nos habían traído desde la otra montaña que se podía ver a lo lejos: Nos habían dado caza allí mucho tiempo atrás. Debíamos tener cuidado con Ellos y mantenemos fuera de su vista. Pero yo quiero estar con Ellos. Eso es lo que quiero. 

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sábado, 4 de agosto de 2018

Barcelona inspira



Reflexiones de un casi humano  (1)

Hace algunos años leí un libro de memorias o de viajes del que no recuerdo nada, salvo que en algún lugar de lo que entonces era el Cáucaso soviético vivía una criatura más parecida a una persona que a un simio, un «Yeti» que descendió desde su hogar en las montañas a observar la vida de los vecinos del pueblo. A veces les ayudaba con el trabajo del campo, pasaba la noche en un cobertizo y comía su comida. Lo consideraban un amigo. Esto sucedió durante la Segunda Guerra Mundial. Los soldados llegaron y, a pesar de las protestas de los habitantes del lugar, mataron a la criatura. Mientras tanto, los rumores sobre el Yeti habían llegado a la civilización. Al pueblo acudieron científicos, pero nadie era capaz de recordar el lugar en que los soldados habían enterrado el cuerpo. Los científicos acabaron marchándose. 

DORIS LESSING 

Extractos de un artículo de Stuart Wavell aparecido en el Sunday Times el 29 de marzo de 1992: 

Boom, boom, boom. Este sonido característico del escurridizo alma, una especie de hombre de Neanderthal retrasado, retumbará por el mundo entero si la expedición franco-rusa logra este verano su misión de capturar a este primo del Yeti, el abominable hombre de las nieves y el Bigfoot en las remotas montañas caucasianas de Kazajistán. 
Lidera la cacería Marie-Jeanne Koffmann, una doctora de setenta y tres años que ha reunido quinientos informes de testigos oculares sobre la mítica criatura en sus veinte años de travesías a caballo o en todoterreno por las inmensidades casi despobladas de Kabardino Balkaria. Siempre un paso por detrás de su presa, ha tomado muestras de las enormes huellas y ha estudiado los voluminosos excrementos. Su pesquisa ha cobrado nuevo impulso gracias a que su colega Gregori Patchenkov afirma que vio a un alma en la misma región, durante seis minutos, el pasado agosto. «Su aspecto coincidía exactamente con lo que relataron otros testimonios.» Sylvain Pallix, organizador de la expedición Alma '92, declaró la semana pasada: «Era un primate grande, un bípedo que caminaba a la perfección sobre dos pies. Medía entre un metro setenta y tres y un metro ochenta y ocho y estaba cubierto de pelo rojizo a lo largo de quince centímetros. Su cara era una mezcla entre la de un simio y la de un hombre de Neanderthal. Patchenkov lo descubrió en un aprisco donde había caballos. Los almas se sienten atraídos por estos animales porque les encanta hacerles trenzas en las crines...». De acuerdo con la doctora Koffmann, acostumbran a asaltar las cabañas de los pastores en busca de restos de comida y ropa, que a veces visten, aunque su pelaje es un buen aislante. 
Los recién nacidos, según uno de los testigos, ofrecen exactamente el mismo aspecto que los humanos, salvo que son más pequeños. Tienen la piel rosada, como las criaturas humanas, la misma cabeza, los mismos brazos y piernas. Sin vello... El alma vive a alturas entre 2.500 y 4.000 metros, y a veces busca refugio en regiones mucho más elevadas. 
La expedición, que dispone de un millón de libras, realizará un despliegue tecnológico que incluye cámaras infrarrojas, «insectos» en miniatura con cámaras, ultraligeros, vehículos de cuatro ruedas y motocicletas. La pieza más importante de su equipamiento es una pistola de dardos hipodérmicos. «Nuestra intención es capturar a un alma con la ayuda de la población local. Queremos hacer un molde de su cara, obtener muestras de pelo, piel y sangre, y después soltado con un brazalete localizador por ondas. No habrá ningún espectáculo de captura y traslado al estilo del de King Kong.» 

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viernes, 3 de agosto de 2018

Música y Tradición (2)





India, India (3)

Despierto durante la noche estuvo pensando en cuanto le había dicho la maharaní. La cama era un elevado tálamo rodeado de columnas y delgadas gasas protectoras. Por eso era agradable meditar. Sobre todo en lo referente a la atmósfera vital del país, cargada de moscas, de polvo, de cuanto fuera contrario a la más elemental higiene. ¿Era aquello en realidad una parte del mundo como otras de lejanas latitudes? En Londres, por ejemplo, él tenía su propio mundo, sus propios amigos, estaba rodeado de personas igual que él, respetables, que a su vez le ayudaban a tomar contacto con otras personas diferentes. Por supuesto que sabía de millones de hombres y mujeres que no tenían con él más punto de unión que el clima en que se veían obligados a convivir. No estaba seguro de que fueran seres humanos en el mismo sentido en que lo era él. Aquí, por ejemplo, mientras permaneciera en su papel de inglés estaría seguro de ser aceptado, sin que nadie le preguntara sus gustos, tolerado en un grupo humano que le era por completo ajeno, con el que no tenía nada en común, del que no le gustaban las comidas ni entendía la lengua. Aceptaba que todos se limitaran a tenerlo entre ellos como era y sin propósito de modificarlo. Se esforzaban, eso sí, en tenerlo contento. Si, por ejemplo, no salía agua caliente del baño, ellos le traían el agua caliente en jarras adecuadas y se disculpaban diciendo que la caldera se había estropeado. Adivinaban sus deseos y necesidades antes que él hubiera sido capaz de expresarlas. Se esforzaban en probarle que no les importaba que fuese como era. Cuando se enfadaba, y esto le había ocurrido un par de veces, le escuchaban en silencio y decían a todo que sí, sin llevarle jamás la contraria.
En algún momento debió quedarse dormido. Cuando despertó a la mañana siguiente se encontró con el ánimo alegre y cuya desconocida causa vino a revelársele cuando recordó la conversación tenida la noche anterior con la maharaní.
Estaban desayunando los dos esposos en la pequeña terraza privada de blanco mármol, cuando de pronto lo recordó.
-Querida, tengo algo que confesarte.
-Pues confiésamelo.
-Déjame decirte a modo de preámbulo que estás muy guapa con ese vestido azul.
 -Leonard, nunca me habías dicho cosas semejantes.
-Lo daba por dicho, querida, desde el momento que acepté como verdad absoluta que me casé contigo porque estoy enamorado de ti.
Ella se ruborizó.
-Me confundes, Leonard. Nunca sé cómo comportarme contigo.
-Querida -dijo él con tacto-, ¿por qué no me dijiste que Lawrence era cruel contigo?
Ahora palideció ella.
-¿Quién te lo ha dicho?
Él replicó tranquilizándola:
-Quiero que sepas que ya no estoy celoso de él. Porque ahora lo conozco tal como era. Y sé también que no es por él por lo que tú has querido regresar a la India.
-Por supuesto que no -confirmó ella.
-Entonces, ¿por qué has querido venir?
Movió la cabeza dubitativa:
-No lo sé.
-Ha de haber alguna razón.
-Quizá que aquí me siento confortada.
-Y necesitabas sentirte confortada por causa mía.
Bajó tanto la cabeza que los cabellos cayeron sobre su pecho.
-Tal vez.
-Porque me estaba volviendo cruel, como Lawrence.
-No.
-Sin embargo, yo creo que sí.
Por encima de la mesa le alcanzó las manos y las acarició entre las suyas con ternura.
-Querida, la India ha estado aquí mucho tiempo. Yo diría que ha estado siempre, y que seguir  estando. Tú podrás volver a ella cada vez que quieras.
Un pajarillo voló desde el jardín hasta la terraza. En seguida, asustado por un extraño movimiento, emprendió otra vez el vuelo. Ella casi gritó:
-No lo asustes, por favor. Está acostumbrado a comer cerca de las personas.
El pajarillo, un vencejo o golondrina quizá, de plumaje oscuro y pecho de plumas blancas, se acercó hasta el plato y hasta picoteó en la tostada. Ellos esperaron en silencio y quietud a que el pájaro terminara de comer y echara a volar de nuevo. De verdad que se trataba de una tierra extraña. Los árboles de la ciudad llenos de monos saltadores y chillones, las vacas paseando tranquilamente por las calles apretadas de gente, y todos los animales aceptando aquí o allá un poco de pan, una fruta o un puñado de vegetales. Había visto a una vaca comiendo sin ninguna prisa, de una bolsa de papel, algo que alguien le había preparado. Los perros dormían en mitad de la calle, mientras los hombres y las máquinas daban la vuelta para no despertarles. Ayer, que había acompañado a Laura a comprar algunos regalos para sus hijos, una especie de ardilla se había comido sin ningún temor un girasol que el florista le ofreció.
-¿Su mascota? -preguntó él.
-No; soy yo su mascota -dijo el florista riendo. 
Siguieron la conversación.
-Ahora que nuestro amigo el pájaro se ha ido, ¿puedo continuar? Siempre que estés interesada en el tema. 
-Jamás he estado más interesada que ahora.
-En ese caso, continúo. Ya veo que mi rival en tu amor no es un hombre, sino un país. ¡La India! Es la India lo que amas, querida. A un hombre podría yo arrebatarle tu amor, pero ¿cómo podré pelear con todo esto? -Hizo un gesto con sus manos como si abarcara en un abrazo la ciudad entera con sus palacios, su lago, las montañas que se recortaban sobre el cielo azul-. ¿No podría yo procurarte un paisaje así en Inglaterra?
-Podrías intentarlo -dijo ella tras unos momentos de duda.
Le tendió las manos abiertas para que ella pusiera encima las suyas.
Luego lo miró largamente a los ojos; escrutadoramente, y movió la cabeza de derecha a izquierda, que es el gesto afirmativo en la India, gesto que él había considerado extraño hasta comprobar ahora su presente maravilla.
-Sí, sí... Entre los dos lo intentaremos, querido.

Pearl S. Buck

jueves, 2 de agosto de 2018

Música y Tradición






India, India (2)

Unos cuantos días más tarde, preguntó intrigado:
-Querida, me gusta tu voz, pero, ¿es necesario que te pases el día cantando?
Ella estaba colocando flores en un búcaro en el vestíbulo, tarea que le gustaba realizar por sí misma. Quedó sorprendida, los ojos muy abiertos, como de costumbre. 
-Pero, ¿estoy cantando?
-En efecto, y no es que te censure, pero tu canto es un poco desafinado, creo yo. Al menos, lo es en la forma usual.
-Sí, es desafinado -admitió ella rápidamente-, te lo concedo. Intentaré mejorarlo.
Así lo hizo, pero pareció olvidar sus adelantos porque la siguiente vez se sorprendió tarareando, se detuvo de repente y se mandó callar poniéndose una mano en la boca. 
-¡Oh, lo siento!
Él quiso caminar hacia la paz.
-No tiene importancia. Cantas muy bien. No debería haberte dicho nada.
-Todo lo contrario. ¿Cómo iba a saberlo si no? Soy tan descuidada... También Lawrence me reñía de vez en cuando. 
Quiso defenderse de la comparación.
-Pero, querida, yo no te estoy riñendo.
-No, pero es casi lo mismo, querido. Intentas corregirme, ¿no? No te lo reprocho. Al revés, te lo agradezco. Deseo que se me corrija. Lo que más me habría gustado es que Lawrence me hubiese amoldado mejor para evitarte incomodidades, querido… -Se echó a reír-. Es gracioso pensar que un marido eduque a su mujer para que otro marido posterior se beneficie de esa educación.
Se quedó tan atónito que no supo si enfadarse o tomarlo a broma.
-Sería para mí muy tranquilizador, Laura, que no mencionaras tantas veces a tu primer marido. Me da la sensación de que él sigue estando vivo y está aquí con nosotros. No es que quiera exigirte que te olvides de él, pero al menos...
La respuesta fue clara.
-No puedo olvidarlo. Ni te he pedido que tú olvides a Marian. No sé si serías capaz de hacerlo. Ellos están ya apartados de nuestras vidas, ¿no? Pero a la vez inevitablemente siguen viviendo en nosotros, ¿verdad? Sería triste que nos olvidáramos de ellos definitivamente, ¿no crees?
Comenzaron los celos. Pese a que él estaba seguro de que, era feliz con Laura, estaba celoso. Ella y Lawrence habían sido esposos con una misma, edad. Habían nacido y vivido en una misma ciudad, y hasta habían sido compañeros de colegio. Cuando Lawence fue destinado a la India, en los últimos tiempos del Imperio británico, ella lo había seguido meses después. ¿Significaba esto que no podían vivir separados? Él la observaba hora por hora mientras estaban juntos, queriendo adivinar si estaba triste, si se aburría, si necesitaba algo.
Cuando llegó el invierno se trasformó en una criatura distinta. A él le sorprendió comprobar que se había convertido en una mujer irritable y recelosa. Para ella no había nunca suficiente calor en la casa, usaba la ropa de más abrigo y tenía siempre sonrosada la punta de la nariz. Durante la noche, en la cama, sus pies estaban absolutamente fríos. Él mismo se los frotaba antes de meterse en la cama y le preparaba botellas de agua caliente. Sin embargo no se trataba de un invierno especialmente frío. Había conocido otros mucho peores. Y se lo dijo.
-Querida, tendrás que hacer algún ejercicio. Un buen, paseo te sentaría bien.
-Oh, no, Leonard... No me obligues a pasear en medio de la niebla.
-El aire es fresco.
-¿Fresco? Querrás decir helado. Y sabes que odio el frío. Un poco antes de ir a reunirme con Lawrence en la India...
Era demasiado, Aquellos dos nombres juntos lo irritaban. Tendría que llevarla a la India para descubrir de una vez el verdadero lugar del corazón de su mujer.
-Querida -dijo él ahora, mientras merendaban juntos en el Dorchester el día de su cumpleaños-, quiero sacarte de aquí y llevarte a un lugar donde brille el Sol a tu gusto. ¿A dónde te gustaría ir?
La cara le brilló de alegría:
-¡A la India!
A él se le enfrió el corazón como tocado por el hielo. Ella quería ir a Ranapur. Al parecer, allí había vivido con Lawrence cinco años de su matrimonio. Él no hizo protesta alguna. La dejaría adonde quisiera y la acompañaría con la esperanza de descubrir la verdad. Tuvo la sensación de que ocupaba un lugar que no le pertenecía al estar Lawrence muerto y él casado con Laura. Habría podido ser todo natural si el pensamiento y el corazón de ella no continuaran perteneciendo a Lawrence en vez de a él. Pasaron dos días en Bombay. El calor era insoportable en aquel hotel diseñado por algún inglés con espíritu imperial. Ella insistió.
-No, Bombay no. No me gusta Bombay, querido. Es una ciudad confusa y amalgamada. Estar aquí es estar en cualquier parte. Vayamos a Ranapur. 
Un lugar es igual que otro, y los aviones hacen posible que pueda irse, aquí y allá con sólo quererlo. Y fueron a Ranapur. A el le sorprendió la instalación en el nuevo hotel, donde las habitaciones tenían todas su baño privado. Era, mi noble edificio construido en medio de un lago, al que sólo podía irse en un barquito con motor fuerabordo. Lo que al principio habría parecido un inconveniente fue al cabo de unos días como un encanto. Hasta el hotel no podían llegar vagos y paseantes desocupados, ni esa muchedumbre equívoca que halaga a los viajeros mientras éstos son amables y generosos, y acude a la violencia cuando se niegan a la generosidad. 
Sin embargo, Laura no parecía totalmente contenta, y era evidente que se aburría en aquella soledad de los mármoles solemnes del hotel. Estaba siempre impaciente por ir y venir de la ciudad. Una mañana, desayunando, dijo con emoción:
-¡Oh, Leonard! No seas tan inglés. No esperes encontrar aquí la propia Inglaterra porque esto es la India. Lawrence y yo tomábamos sólo alimentos locales adrede porque, como él decía siempre, la comida es el alma de un país.
Habían pasado así tres días, y él quiso poner las cosas en su justo punto:
-Querida, quisiera rogarte seriamente que no insistas en compararme con Lawrence. Quiero ser yo mismo, solamente yo.
Ella se echó a reír:
-Por supuesto, querido. Si es eso precisamente lo que te hace más interesante. Lamento no poder prepararte aquí el desayuno, ni ayudarte en tu negativa a probar .un solo bocado de los platos indios. Aunque te advierto que pueden cocinar para ti si prefieres comida al estilo de Inglaterra. Pero deberías al menos probar en la India lo que los indios comen.  
-¿Y porqué?
Laura abrió sus grandes ojos.
-Bueno, quizá no debieras hacerlo -admitió. 
Que se había transformado en una criatura distinta era innegable. El cambio había sido más acusado de lo que pudiera imaginar. Se extendía tanto al cuerpo como al alma. Aquella nariz enrojecida del invierno inglés era ya la nariz perfecta de una mujer encantadora. Florecía como una planta feliz en la ciudad caliente por un sol hermoso  Su piel estaba fresca, sus labios eran rojos, y sus manos y pies se ofrecían tibios como los de un niño. Consumía naranjas hasta extremos que a él le alarmaron, porque había leído en alguna parte que los gérmenes de la disentería estaban en la piel de las naranjas. 
-Ten cuidado... No debieras pelarlas y tocar acto seguido los gajos.
-¡Bah! Nosotros lo hicimos así mismo durante años y no nos ocurrió nada.
Lo dijo sin la menor intención de molestar a Leonard. Y siguió tomando con absoluta indiferencia y ningún temor los más extraños dulces. Azúcares y cremas, pastas y jarabes y frutas confitadas alternaban en su entusiasmo con salsas, arroces y vegetales. Y, sin embargo, su salud era mejor que nunca, mientras que él, ocupado en mantener su dieta a la inglesa, no se sentía en pleno vigor.
-Eso es porque te mantienes a la defensiva. Deberías darte un poco de libertad a ti mismo.
-¿Para qué? -inquirió él.
-Oh, para lo que sea... -respondió ella vagamente.
No era todo cuestión de comidas. Ella tenía muchos amigos indios. Hablaba con ellos en el idioma nativo y ni siquiera se preocupaban de aclararle lo que pasaba en la conversación.
-¡Oh, perdóname! -decía alguna vez ella-. Me olvido de que no entiendes el idioma. Lawrence y yo, ya lo sabes, lo estudiamos juntos y ahora creo que tú también lo hayas estudiado.
¡Lawrence y yo, Lawrence y yo! Advirtió que ella tenía una pequeña foto de Lawrence, que usaba como señalizador de lectura. Por lo que vio, ella no la ocultaba, Más bien, pareció casi accidental que hubiera estado entre algunas cartas antiguas, no las de Lawrence, que un amigo indio había encontrado en la casa que ella dejara tras la muerte de su primer marido y las había guardado con la esperanza de entregarlas a la viuda cuando la viera de nuevo. La explicación de Laura fue absolutamente natural.
-¿Qué es eso? -había preguntado él, descubriéndola en el libro que estaba leyendo ella.
-¡Oh, es una foto de Lawrence de cuando vino por vez primera a la India! ¡La tomó un amigo!
La estuvo mirando unos minutos. Parecía un hombre guapo y joven.
-¿Realmente era así...?
-Sí, cuando estaba en su mejor momento. Tenía un genio más bien violento, no creas. Podía cambiar de la luz a la oscuridad en un instante. Nunca podía saberse cómo iba a reaccionar un segundo más tarde.
Nunca habría llegado él a la verdad de no ser por la maharaní. El maharajá de Ranapur los invitó a cenar, aunque él no estaba seguro de que la invitación: fuese por los dos, y siempre entendió que la habían hecho por Laura. De todos modos, su influencia en los círculos ingleses de los grandes negocios, como alto funcionario de un gran Banco, hacía comprensible que el maharajá, que era financiero de alto nivel, quisiera invitado a su casa. Acaso su intervención podría conseguir para el maharajá la autorización que estaba esperando para iniciar unas explotaciones de cinc.
La cena fue típicamente inglesa, servida por tres criados de uniforme, con chaqueta escarlata y turbante. El marahajá y él hablaron con mutua prudencia. El indio  retoño joven y moderno de un viejo príncipe, tenía grandes ideas para la prosperidad de su ciudad de Ranapur. Con un inglés perfecto, salvo alguna arista insalvable, habló de sus ideas y propósitos.
-Salimos de una era, señor, y vamos a integramos en otra nueva, la era del avión supersónico. Y esa transformación no sólo afectará a los pasajeros que quieran ir de un lugar a otro, sino a las mercancías. Yo haré de Ranapur el gran centro turístico de la India. Los hoteles más modernos y confortables... En cuanto a las minas, no me limitaré al cinc, sino que trabajaré, otros distintos metales. En esas montañas, señor, que usted ve cubiertas de árboles o de arbustos y hierbas se esconden enormes tesoros de metales raros y valiosos. Tengo aquí trabajando para mí a espléndidos geólogos, científicos de primera categoría, que me están diciendo constantemente que aquí está la mejor inversión que Inglaterra podría encontrar. No me gustaría ofrecerla a los americanos antes que a los ingleses, aparte de que los rusos no dejan de presionarme...
Estaba claro que el joven indio quería convencerlo e interesarlo. En este momento se levantó la maharaní. La cena había concluido. Con palabras sin color y sin tono determinado, dijo como ausente:
-Iremos al salón dorado una vez que estemos los cuatro solos.
En el salón dorado tomó asiento la maharaní en un largo sofá tapizado con brocado de oro. Los criados ofrecieron dulces. Leonard comprendió que estaba obligado a conversar con la maharaní puesto que se había pasado toda la cena conversando con el maharajá., Había varias pieles de tigres en el vestíbulo y en el salón.
 -Estamos en el país de los tigres, querida señora -le estaba diciendo el maharajá a Laura-. Me gusta cazar y también les gusta a mis hijos. Tenemos en la montaña puestos de caza reservados. Todos los años subo algunos días a cazar. Ahora no, porque estoy demasiado ocupado, y de verdad lo siento. Tenemos ya bastantes pieles de tigre... de modo qué buscaré otras actividades más excitantes, con la ayuda de su marido, por supuesto.
Salieron de la estancia y Leonard quedó solo con la maharaní, una brillante figura vestida con un blanco sari de seda. La maharaní era entre joven y no tan joven, mujer madura, en esa edad que hace a las mujeres mantenerse sin cambio aparente durante años. Pero, como él podía ver, era de naturaleza reflexiva y cultivada, y sus oscuros ojos contempladores, faltos de curiosidad.
-¿Le gusta cazar tigres? -preguntó cuando la voz del maharajá le llegó desde el vestíbulo. Estaba explicándole a Laura algunos secretos del arriesgado deporte. 
La maharaní miró a Leonard.
-¿Yo? Oh, no. Yo soy ahimsa. No apruebo la matanza de los animales.
-¿Ni siquiera tigres?
Mientras dejaba en la mesa la pequeña copa dorada, dijo con una media sonrisa:
-Ni siquiera tigres. No le hacen daño a nadie a menos que se vean en peligro. Quieren vivir en la jungla, donde son absolutamente felices.
-Pero para vivir necesitan matar.
-Sí, pero yo no soy responsable de lo que ellos hacen... Me limito a no comer carne alguna.
-Pero sus hijos...
Ella le interrumpió.
-Tampoco soy responsable de lo que hagan... Sólo respondo de mis actos.
No era una mujer hermosa. Supuso Leonard que su matrimonio había sido de conveniencia familiar. No acababa de comprender que un hombre como su marido, tan lleno de vida y con naturaleza tan fuerte, pudiera sentirse satisfecho con una esposa tan distinta de él. La India estaba llena de mujeres hermosas y bellas. Pero ella le estaba hablando de nuevo:
-Me alegro de estar a solas con usted un momento.
Quiero decirle que su esposa es una entrañable amiga mía.
-¿De verdad, alteza? Nunca me ha dicho nada sobre esto.
-Quizá no quiera recordarlo ahora, pero es cierto que me ayudó mucho... cuando yo necesitaba que alguien me ayudara. Por eso me alegra verla ahora feliz y mucho más joven de lo que parecía en aquel tiempo. Tengo la seguridad de que usted la ama mucho.  
-Es cierto... -Dudó si confiar o no sus sentimientos por Laura a la maharaní, pero necesitaba desahogarse-. Es lo que más quiero en el mundo. Yo amaba mucho a mi primera esposa, pero Laura necesita de mi amor mucho más porque es como un niño que sin felicidad moriría. Hay personas así. Algunos seres son capaces de vivir sin felicidad y sin amor. Pero otros mueren de pena si les faltan ambas cosas. No sé si soy yo el hombre ideal para crear esa atmósfera que Laura necesita para ser feliz. Soy un poco más viejo que ella y bastante más exigente, aunque procuro disimularlo.
La maharaní hizo un gesto de paz con sus manos. En la cara morena hubo un instantáneo brillo de los ojos.
-No siga, querido señor. Yo le aseguro que usted procura a Laura exactamente la atmósfera que ella necesita. Si usted, hubiese conocido a su primer marido... Era un hombre cruel, soberbio, insoportable...
A sus oídos llegaron estas palabras como una lluvia caída en un desierto reseco. Cargadas de vida y esperanza.
-¿Es posible?
-Como se lo digo.
Miró cara a cara a la  mujer intentando encontrar un mensaje nuevo en sus ojos. Tenía ella una extraña belleza. Entonces, un pensamiento interrumpió su éxtasis.
-¿Y por qué no me lo ha dicho ella nunca?
-Quizá ni ella misma lo supiera. Al principio, estaba muy enamorada de él. Ambos eran jóvenes. Ella tomaba a broma las urgencias de él y se resistía a obedecerle. Pero pronto advertí que su carácter y su conducta cambiaban. Nunca más la vi reírse cuando él le llamaba la atención... A veces sólo porque le parecía que no iba correctamente peinada. Ah, su hermoso cabello, aunque algo blando y delgado... Comprendí que había comenzado a obedecer a su marido en lugar de echarse a reír cuando él le reprochaba algo. El cambio era tan notorio que siempre tuve la duda de que se tratara de un acto voluntario y consciente por su parte. Y advertí también que ella empezaba a buscar refugio y amparo entre nosotros.
-¿En usted?
-No en mí de  a manera personal. En definitiva, yo soy aquí casi un recluso. Mi carácter es retraído. He sido educada en la soledad. Hija única en un palacio lleno de varones. Nunca fui al colegio. Un ama inglesa se ocupaba de mí. Este tipo de vida me hizo mala compañera para, mis posibles amigas. No, cuando yo le digo a usted nosotros, me estoy refiriendo a la India.
El guardaba silencio, pensativo. Ella le sirvió otra taza de café. Cuando por casualidad, él rozó la mano de ella la sintió absolutamente fría, cubierta de diamantes y esmeraldas. La maharaní continuó hablando:
-Me hago cargo perfectamente de lo que está usted pensando. Está usted recordando de la India las calles sucias, los niños famélicos y los jardines abandonados. Tengo que aceptar sus pensamientos. Es posible que no le seamos agradables y simpáticos. Por supuesto, nosotros vivimos en un área desierta. El agua escasea en todas partes, excepto en el lago, que alguien hace siglos hizo construir levantando un muro entre dos montañas. Ese lago pertenece a nuestra familia, no al pueblo, aunque, cuando lo desean, les permitimos que laven, sus ropas y sus cuerpos en las escaleras que hay delante del templo. No hay todavía ninguna esperanza de que esta gente llegue a tener agua en su casa. Y nadie podrá culparlos de ir sucios, cuando la poca agua que tienen en el hogar la han de trasladar en recipientes colocados sobre la cabeza de las mujeres...
-Claro que no -dijo él, admitiendo el orgullo autodefensivo.
-Supongo que usted está ahora pensando que con el dinero que nuestros antepasados gastaron en construir estos palacios podrían haber creado trabajo para esta gente... Y en cuanto a mi esposo el maharajá...
-Perdón -dijo él-, ¿no estábamos hablando de mi esposa? Le agradezco mucho cuanto me ha dicho de ella.
Por un momento la maharaní guardó silencio. Y luego volvió a hablar con aquella suavidad y aquella lejanía que la hacían parecer ausente. Poco a poco su voz fue haciéndose cálida y viva.
-Su esposa lo hace todo más bello de lo que realmente es. Nunca parece ver la suciedad de los niños indios, ni advierte sus diferencias con los niños ingleses.
Toma a un niño cualquiera en sus brazos y lo besa y acaricia sin fijarse en su suciedad. Parece que sólo viera la cara. Recuerdo una vez que cogió a una niña que jugaba en un montón de basura y me la enseñó ilusionada. «¡Oh, mira qué ojos tan bonitos! ¿Por qué todos los niños tienen esta mirada tan limpia?» Y en efecto, los ojos de la criatura eran bellísimos.
-Ya lo he observado...
No quiso decirle que ayer mismo, cuando paseaba con Laura por una de las calles de la ciudad, se detuvieron frente a un bazar, y un grupo de chiquillos había corrido hacia ellos. Él había gritado con miedo:
-Laura, no dejes que te toquen.
-¿Por qué no? -había respondido ella-. Son encantadores.
-Pero están sucios...
-¿Cómo quieres que estén si juegan en el polvo?
Cuando yo era niña también me divertía jugar en la basura.
Él había sufrido mientras ella acariciaba la cabeza de un chiquillo, jugando con él. Ahora la maharaní había vuelto a tomar la palabra. Y decía:
-Y no sólo los niños... Todos nosotros éramos para ella como un refugio, como un modo de mantener una flor en cada persona que tenía cerca, cuidándola para que nunca se le secara. Y nosotros la queríamos. ¿Sabe usted por qué? Porque ella no intentaba jamás juzgarnos y modificarnos. Nos dejaba ser como somos y cambiar cuando queremos y hacia donde queremos. Aquí todo es diferente.
Mirándola y oyéndola tuvo él la sensación de que conocía a aquella mujer desde mucho tiempo atrás. Con franqueza le preguntó:
-¿Está usted intentando decirme algo especial?
Ella lo negó con una leve sonrisa.
-¡Oh, no! No soy tan presuntuosa ni tan ingenua. No tengo nada que enseñarle a usted. Deberá aprender usted  solo por qué su esposa ha querido regresar a la India. Hasta que usted lo averigüe estará ella queriendo volver aquí, y si usted no lo averigua nunca, un día se vendrá sola y se quedará con nosotros para siempre. Y la perderá...
Con estas palabras cabalísticas terminó la conversación. Ambos quedaron como mudos. El, por su parte, porque no sabía qué decir. El maharajá y Laura llegaban en ese momento.
-El tigre no sale a cazar hombres -decía él-, y si le ataca es porque huele la sangre humana.
La maharaní los interrumpió:
-Por favor, no hablen de tigres y de sangre humana.
El maharajá se echó a reír:
-Si por ella fuera, estaríamos todo el día acariciando a los tigres.
Laura intervino:
-La maharaní no cometería jamás el pecado de infligir dolor.
Las dos mujeres cruzaron una profunda mirada de total entendimiento.

(Sigue)

miércoles, 1 de agosto de 2018

Músicos








India, India

Estaban merendando tranquilamente en su hotel favorito en Londres. El lo había planeado todo para el día de su cumpleaños. Aunque él venía a Londres cada día, no siempre estaba ella dispuesta a acompañarlo, alegando que la ciudad le producía dolor de cabeza. Podía quedarse en casa y pasar la tarde cortando rosas en su jardín sin que le doliera la cabeza en absoluto, pero se dejaba convencer para reunirse con él en la ciudad para merendar o cenar, incluso ir de compras, provocándose entonces una ligera tensión entre ambos. No tenía por qué guardarse su molestia y podía explicar con mínimos detalles cómo sus sienes le estallaban y le impedían prestar atención a nada. Menos aún atender una cena.
-Podríamos merendar en el Dorchester el día de tu cumpleaños -le había anunciado él una semana antes-, pero procura no acordarte allí de tu dolor de cabeza.
A esto ella había replicado sólo con una triste sonrisa y una lánguida mirada de sus ojos oscuros que a él siempre le producía alteraciones en su ritmo cardíaco. No le costaba nada admitir que amaba a su segunda mujer mucho más que había amado a la primera. Marian había sido una excelente esposa y una buena madre para sus dos hijos, ahora ya mayores, pero nunca supo superar el prosaísmo de su conducta conyugal y maternal. Mientras ella vivió no tuvo jamás quejas de él. Y cuando murió repentinamente, dos años atrás, la lloró sinceramente.
Durante veinte años había sido muy tolerante con ella, y más de una vez se había preguntado si esta tolerancia no la había modelado con aquellos matices de prosaísmo.  Le resultaba molesto recordar la conducta de su mujer en los primeros tiempos de matrimonio. Y luego, cómo había ido trasformándose aquella mujer deliciosa en una auténtica matrona insoportable. Jamás se le habría ocurrido pensar que ella moriría antes que él. Al contrario, siempre había estado convencido de que sería ella la viuda, y que con la compañía de otras viudas como ella procuraría consolarse de la pérdida del esposo sin olvidarlo.
En contra de todo pronóstico ella había muerto una noche durante el sueño. No lo hubiera creído cuando la vio acostarse con la mayor naturalidad. Les resultaría a todos extraño no veda levantada antes que los demás, como siempre hiciera. Por ley inexorable de la vida, él y los dos muchachos no tuvieron más remedio que ajustarse a las nuevas condiciones del hogar. Aunque por supuesto la sombra de la madre de familia seguía como vigilando la casa. Todo conservaba su personalidad. Había conseguido en tantos años dar un carácter propio a todo el ámbito del hogar. Había flores en los búcaros, frutas en los fruteros, paquetes de cigarrillos en su sitio y toallas limpias en el baño. Todo cuidado era poco para mantener el ambiente agradable y limpio. Y cuando el hijo mayor se marchaba a su trabajo y el más pequeño se iba a la Universidad, él se quedaba como abandonado, entristecido, agobiado por el peso de su soledad. Así fue cómo un año después de la muerte de ella se tomó unas vacaciones en Grecia, país que nunca había visitado, conoció a Laura y se enamoró de ella inmediatamente, aunque no fuese ni mucho menos como había sido Marian. Quizá precisamente porque no le era.
Laura se estaba recuperando entonces del dolor que le había producido la muerte de su esposo, ocho meses antes, víctima de una larga enfermedad. Cuando ella comprendió que se estaba enamorando otra vez sintió una especie de horror.
-¡Oh, no, todavía no! ¿Cómo puedo yo, cuando...? 
Pero él no la había dejado continuar.
-¿Importa eso? Al contrario, debemos estar contentos. Una nueva vida se nos ofrece y no podemos renunciar a vivirla.
Ella se resistió a todo compromiso hasta que hubiera pasado un año desde la muerte de su marido, y para evitar tentaciones peligrosas le rogó que se alejara durante ese tiempo. Se marchó de Grecia y, pasado el plazo señalado, ella vino a Inglaterra y se casaron modestamente en una pequeña iglesia cercana a la Abadía de Westminster. Ninguno de los dos tenía familia, excepto los dos hijos de él, que parecieron aceptar la forja de un nuevo hogar y así se lo dijeron:
-Eres demasiado joven para permanecer viudo -le había dicho su hijo mayor, Jonathan.
Pero la verdad era que los muchachos necesitaban liberarse, sentirse dueños de sus propios destinos, entrar y salir a su comodidad, sin la carga de consolar la soledad del padre. Era muy poco lo que una generación podía hacer por la otra y, por otro lado, aunque Laura era casi quince años más joven que él, no se le ocurrió pensar que tenía edad suficiente para ser su padre. Pero las cosas no fueron absolutamente en regla, hasta el punto de que la conducta descuidada de ella en el hogar le obligó a llamarla al orden cariñosamente, meses después de su matrimonio.
-Laura, querida, ¿no crees que sería mucho mejor para todos si pusieras un poco de orden en tus cosas?
Él estaba acostumbrado a un hogar absolutamente ordenado. Hasta en sus menores detalles. Marian había sido una de esas mujeres que son incapaces de tolerar que un paraguas o un sombrero estén colocados fuera de su lugar habitual. Por ejemplo, él nunca habría tenido que preguntar por sus chanclos, porque sabía que estarían siempre y exactamente en el pequeño trastero bajo la escalera. La sirvienta no era así de ordenada, ni mucho menos, y después de la muerte de Marian no le faltaron motivos de irritación por el estado general de la casa, en algunos de cuyos rincones se acumulaba el polvo lamentablemente.
A él le había hecho mucha ilusión la idea de que cuando regresara a casa con Laura después de la luna de miel, ella impondría orden y daría al hogar un nuevo aire de comodidad y de familiaridad satisfecha y feliz. Pero comenzó a desilusionarse cuando vio que nada de esto estaba sucediendo. Al revés de lo esperado, ella añadió a la natural confusión de la casa la nueva confusión de dejar sus cosas allí mismo donde había dejado de utilizarlas, su sombrero de paja en el perchero del vestíbulo, los guantes en la mesa, las flores al sol del verano que, las quemaría sin remisión...
Ante la reprimenda cariñosa, ella había abierto mucho los ojos y había terminado con una alegre carcajada. Aceptó los hechos:
-Estás en tu completo derecho. Soy una descuidada. Y es natural. Me malcrié en la India. La culpa fue de Lawrence. No me lo decía por no herirme..., un criado se ocupaba de ir siempre tras de mí, recogiendo lo abandonado y poniendo orden en lo desordenado.
-La India no es Inglaterra -dijo él.
Ella le volvió a dar la razón con una sonrisa. 
-Estás totalmente en tu derecho, Leonard.
Había examinado su bonita cara. ¿Había allí reflejado algún indicio de su alma, de su manera de ser? No, por supuesto que no. Entonces tarareó ella una canción al ritmo de su respiración, hábito al parecer inconsciente. Ante esto, él no estaba seguro de si daba por terminada la discusión, si la ignoraba o si le era indiferente. Al menos su canturreo siempre anunciaba el fin de la conversación.

(Sigue)