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domingo, 13 de noviembre de 2016

Mollat


    


La feria (2)

Doña María la Matraca estaba acostada en su cama. Entró Celso José con sus pantalones de dril claro, apretados y rabones. Con su camisa recién planchada. Siempre llega como arcángel, con su halo de santidad: el sombrero de palma echado hacia atrás, aplana­do y deslumbrante. Le gusta quedarse en los umbrales, con una mano en el canto de las puertas y la otra en la cintura. Ahora trae una cajita de cartón colgada de un hilo, que sostiene temeroso con la punta de los dedos. Doña María se levantó las faldas, enjugándose de paso los ojos con el borde, porque había llorado, acordándose del Licenciado: "¡Ay María, con lo guapa que tú eras, yo debí haberme casado contigo!"
-Cierra la puerta, Celso. (Entornó los ojos, suspirando.) Duelen más que una inyección, pero hacen mejor provecho. Pobres, me da una lástima...
Celso se puso de rodillas junto a la cama. Con gran precaución abrió un poco la cajita y sus hábiles dedos de costurera cogieron la primer abeja por las alas. Se la puso a doña María poco más arriba del tobillo, haciendo un mohín con los labios. Al sentir el piquete, la señorita se quejó suavemente, abanicándose con la mano.
-¡Ay Dios ay Dios! Qué se me hace que ahora me trajiste de las más bravas... (Celso le dio una palmadita en la pierna):
-Ándele, ándele... La primera es la que duele más, doña Mariquita. Aguántese tantito. Le traje puras mansitas, de esas güeras güeras que les dicen italianas... (La abeja, ya destripada, iba subiendo por la pierna de doña María. Con la yema del dedo, Celso José exprimía sobre la piel blanda el aguijón de la abeja.)
-Eso es, eso es... Apriétela bien ¡ay... ay...! que salga toda la ponzoña... (Y al ver que la abeja moribunda seguía caminando sobre su pierna)
-Mátala, Celso, mátala. Ya te he dicho que las mates luego para que no sufran. (Celso José puso la abeja en el suelo, y la aplastó con el guarache.)
-Pobres abejitas ¡me da una lástima! En vez de seguir haciendo su miel, vienen aquí a curarme las reumas. Me dan de comer y son mis doctores... Ándale, Celso, pónmelas todas, que cuando tengo la hilera de piquetes, siento que toda la pierna se me duerme...

...

-A mí me cayó en las manos Concha de Fierro. ¿Han oído hablar de ella? Yo creía que eran mentiras, pero es la pura verdad. Lleva tres meses con Leonila y sigue virgen y mártir porque todos le hacen la lucha y no pueden. Es la principal atracción de la casa. Y claro que no pueden, porque se necesita operarla. Se enojó porque no le dimos su tarjeta, ¿habráse visto? Quedó libre y no quiso salirse de la cárcel hasta que vino Leonila por ella. Antes de irse me preguntó que cuánto le costaba la operación. Pero Leonila le dijo: "¿Estás loca? Ya quisiéramos todas haber empezado como tú. Ojalá y nunca halles quien te rompa para que sigas cobrando doble y acabes tu vida de señorita..."

...

Concha de Fierro siempre estaba triste. Desde lejos venían los hombres atraídos por el run run: "Yo le quito los seis centavos porque tengo lo que tengo y ella tiene por donde." Bailaban primero y luego se echaban sus copas. "¿Vamos al cuarto?" Y volvían del cuarto acomplejados:
-Palabra, le hice la lucha, pero me quedé en el recibidor.
Doña María la Matraca consolaba a Concha de Fierro.
-¿Qué quieres, muchacha? Ya no le hagas la lucha, tú no eres para esto, dale gracias a Dios.
Pero ella era terca:
-Ya vendrá el que pueda conmigo. Yo no voy a vestir santos.
Y llegó al fin su Príncipe Azul, para la feria. El torero Pedro Corrales, que a falta de toros buenos, siempre le echan bueyes y vacas matreras. Después de la corrida, borracho y revol­cado pasaba sus horas de gloria en casa de Leonila. Y alguien le habló de Concha de Fierro.
-¡Échenmela al ruedo!
Poco después se oyeron unos alaridos. Todos creyeron que la estaba matando. Nada de eso. Después del susto, Concha de Fierro salió radiante. Detrás de ella venía Pedro Corrales más gallardo que nunca, ajustándose el traje de luces y con el estoque en la mano.
-¡El que no asegunda no es buen labrador!, gritó un espontáneo.
-Al que quiera algo con ella, lo traspaso. Dijo Pedro Corrales tirándose a matar.
Y ésa fue la última noche de Concha de Fierro en el burdel. Dicen que Pedro Corrales se casó con ella al día siguiente y que los dos van a retirarse de la fiesta.

Juan José Arreola

viernes, 11 de noviembre de 2016

Librería General


La feria

-Por acá está el enfermo, doctor.
-Déjame primero ver tu corral. Ya me han dicho que lo tienes muy bonito, con tantos animales y matas...
-Pásele, doctor.
-Estos puercos chinos que parecen borregos ¿cómo te hiciste de la cría?
-Con las Contreras, doctor, ellas tienen un puerco entero. Sabe, aquel Sebastián pasó muy mala noche, quéjese y quéjese.
-De esta rosa de Alejandría me tienes que dar un codito, a ver si prende. Mi mujer tenía una y se le secó. Todo lo que planta se le seca, y a mí me gusta que haya flores en mi casa.
-Con mucho gusto, doctor. Le di tres veces sus gotas a Sebastián y no se durmió...
-¿De dónde sacaste ese guajolote? Hacía mucho tiempo que no veía yo un guajolote canelo así de grande y de gordo... ya los guajolotes se están acabando por aquí.
-Es que da mucho trabajo criarlos, doctor. De diez o doce que nacen, sólo me viven dos o tres. Es una lata enseñarlos a comer, porque las guajolotas ni siquiera eso les enseñan. Andan allí nomás con el pescuezo estirado, grito y grito sin ver la comida en el suelo, y los guajolotitos se mueren de hambre y de frío porque ni los cobijan. Y esto si no les ponen la pata encima y los apachurran...
-Me lo tienes que guardar para la Navidad, porque a este coruco yo me lo como.
-Como usted quiera, doctor. Este Sebastián...
-No le hagas tanto caso a Sebastián, que se está chi­queando como todos los enfermos. Desde que lo sacamos del hospital, su herida está cicatrizando que da gusto mirarla...
Así es siempre este doctor. Le gusta hacer un inventario lo más completo posible de los bienes terrenales de sus clientes, para formarse una idea clara de las condiciones y de la duración del tratamiento, sin cometer injusticias. Porque... según el sapo es la pedrada.

...

-Tú no eres hija de Marcial, me extraña que no lo sepas. Tú eres hija de Pedazo de Hombre, que de Dios goce. Yo era amiga de tu madre y vivía cerca de ustedes, por eso me di cuenta, pero todo el barrio lo supo. Pedazo de Hombre era fontanero y no salía de las casas, diario destapando los caños, remendando los cazos de cobre y arreglando las máquinas de coser. Era muy ocurrente pero le faltaba una pierna. Tu madre lo mandó llamar una vez para que le compusiera la puerta del horno, porque le gustaba hacer pan. Cosas que pasan. El caso es que en mala hora llegó tu padre, quiero decir, Marcial. Pedazo de Hombre largó la pata de palo y se fue con los pantalones en la mano brincando bardas de corral con una sola pierna, del miedo que llevaba, hasta que cayó en mi casa. Lo tuve escondido hasta que el carpintero le hizo su pata, porque la bendita de tu madre, Dios la haya perdonado, echó la otra con el susto al fogón de la cocina. Pedazo de Hombre estuvo tres días conmigo, y me arregló de balde todo lo que yo tenía descom­puesto. Era un hombre muy ocurrente. Pero entre tu madre y yo se acabó la amistad. Dios la tenga en su Santa Gloria...

...

-Me acuso Padre de que tengo novia.
-Eso no es pecado, pero tú no tienes edad.
-Y el otro día le tenté...
-¿Qué le tentaste?
-Cuando yo era chico, mi tía Jesusita con una mano me levantaba el brazo y con el filo de la otra iba haciendo como que me cortaba con un cuchillo: "Cuando vayas a comprar carne, no compres de aquí, ni de aquí, ni de aquí... ¡Sólo de aquí!" Y de repente me hacía cosquillas debajo del arca.
-¿Y eso a qué sale?
-Es que yo también jugué a eso con Mela, pero se lo hice en la pierna, empezando por el tobillo... "Cuando vayas a com­prar carne..."

Juan José Arreola

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Universidad Autónoma de Madrid











Los justos

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur
juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta
página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los
tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar
un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Jorge Luis Borges

lunes, 7 de noviembre de 2016

Caja España



Exámenes para ascender de grado

El profesor de geografía, Galkin, me tiene inquina; créame, hoy no me aprobará -decía, frotándose nerviosamente las manos, sudoroso, el empleado de la estafeta de correos de X, Efim Zajárich Féndrikov, hom­bre canoso, barbudo, con una respetable calva e impo­nente abdomen-. No aprobaré... ¡Como hay Dios!... Y me tiene inquina por una verdadera tontería. Se me presenta una vez con una carta para certificar y se cuela ante todos para que le tome a él primero la carta. Eso no está bien... Aunque pertenezca a la clase instruida, ha de observar el orden establecido y esperar. Yo le hice una observación muy correcta. «Tenga la bondad de esperar en la cola -le digo-, señor mío.» Se sonrojó, y desde en­tonces me pone la proa, como Saúl. A mi pequeño Egó­rushka le abrasa con malas notas y a mí me saca motes que luego hace correr por la ciudad. Una vez iba yo por delante de la posada de Kutjin, y Galkin, borracho, asomándose por una ventana con el taco de billar en la mano, gritó de modo que se le oyera por toda la plaza: «Miren, señores: ¡ahí va un sello retirado de la circu­lación!»
El profesor de lengua rusa Pivomiódov, de pie en el vestíbulo de la escuela de X, fumando, condescendiente, un pitillo de Féndrikov, se encogió de hombros y respondió tranquilizador:
-No se preocupe. No ha habido ni un solo suspenso en estos exámenes. ¡Son pura forma!
Féndrikov se tranquilizó, pero no por mucho tiempo. Cruzó el vestíbulo Galkin, hombre joven de barbita rala, como si le hubieran arrancado pelos, con pantalones de tela blanca y un nuevo frac azul. Miró severamente a Féndrikov y siguió su camino.
Luego se corrió la voz de que venía el inspector. Fén­drikov sintió escalofríos y se puso a esperar con el miedo que tan bien conocen todos los procesados y todos los que se examinan por primera vez. Por el vestíbulo salió apresuradamente a la calle el prefecto de plantilla de la escuela del distrito, Jámov. Tras él fue, diligente, al encuentro del inspector, el profesor de religión Zmiezhá­lov, con su birreta y su cruz pectoral. Acudieron en se­guida los demás maestros. El inspector de escuelas pú­blicas Ajádov saludó con fuerte voz, manifestó su descontento por el polvo y entró en la escuela. Cinco minu­tos más tarde dieron comienzo los exámenes.
Examinaron a dos hijos de pope para maestros de escuela rural. Uno, aprobó, el otro suspendió. El suspenso se sonó con un pañuelo rojo, se quedó unos momentos parado, reflexionó un poco y se fue. Examinaron a dos soldados voluntarios de tercera categoría. Después sonó la hora de Féndrikov...
-¿Dónde presta usted sus servicios? -le preguntó el inspector.      
-En la estafeta de correos del distrito, Señoría; en la sección de recepción -articuló irguiendo la cabeza y procurando ocultar del público sus temblorosas ma­nos-. Llevo veintiún años de servicio, Señoría, y ahora me piden documentación para solicitar el título de regis­trador colegiado; y por esto me atrevo a presentarme a los exámenes a rango de primera clase. ­
-Está bien... Escriba el dictado.
Pivomiódov se levantó, carraspeó y empezó a dictar con su pastosa y penetrante voz de bajo procurando ca­zar al examinando con palabras que no se escriben como se pronuncian: «El benerable abad ebangelizó el salba­jismo indíjena de los barrios estremos», y así por el estilo.
Mas, pese a las tretas del astuto Pivorniódov, el dicta­do salió bien. El futuro registrador colegiado hizo pocas faltas, aunque puso más atención en la hermosura de la letra que en la gramática. En la palabra «conciencia» añadió una «s» antes de la primera «c»; puso «h» después de «x» en «exornar», y las palabras «la convenien­cia axiomática de la práctica del bien» arrancaron una sonrisa al inspector, pues Féndrikov había escrito «la connivencia axiomática...», pero éstas, al fin y al cabo, no eran faltas graves.
-El dictado puede pasar -dijo el inspector.
-Me tomo la libertad de poner en conocimiento de Su Señoría -dijo Féndrikov sintiéndose algo animado y mirando de soslayo a su enemigo Galkin-, me tomo la libertad de informarle que he estudiado la geometría por el manual de Davídov y, en parte, me la ha ense­ñado mi sobrino Varsonofi, que ha venido de vacacio­nes del seminario de Troitsa-Serguiévski, llamado tam­bién de Vifanski. Y he estudiado planimetría y estereo­metría... todo tal como está en el libro.
-La estereometría no está incluida en el programa.
-¿No está incluida? Y me he pasado un mes entero estudiándola... ¡qué lástima! -suspiró Féndrikov.
-Dejemos por ahora la geometría. Vamos a ocupar­nos de una ciencia por la que usted, como empleado de correos, debe sentir especial predilección. La geografía es la ciencia de los carteros.
Todos los maestros se sonrieron deferentemente. Fén­drikov no estaba de acuerdo con que la geografía fuera la ciencia de los carteros (eso no estaba escrito en ningún lugar: ni en las normas para los empleados de correos ni en las circulares regionales), mas por cortesía respondió: «Así es». Tosió nerviosamente y se puso a esperar las preguntas, horrorizado. Su enemigo Galkin se repantigó en su asiento y, sin mirarle, preguntó pausada­mente:
-Bueno... dígame, ¿qué régimen gubernamental hay en Turquía?
-Pues, ya se sabe... el turco...
-¡Vaya!... el turco... Éste es un concepto muy elás­tico. Allí hay un régimen constitucional. ¿Y qué afluen­tes del Ganges conoce usted?
-He estudiado la geografía por el manual de Smir­nov y, usted perdone, no la he aprendido con mucho detalle... El Ganges es el río que pasa por la India... ese río desemboca en el océano.
-No es esto lo que le pregunto. ¿Qué afluentes tiene el Ganges? ¿No lo sabe? ¿Y por dónde pasa el Araxes? ¿Tampoco sabe esto? Es raro... ¿A qué provincia per­tenece Zhitomir?
-Distrito postal 18, punto 121.
La frente de Féndrikov se cubrió de sudor frío. El hombre parpadeó aceleradamente, e hizo un movimien­to de deglución como si se hubiese tragado la lengua.
-Lo juro por el verdadero Dios, Señoría -balbu­ceó-. Hasta el padre arcipreste lo puede confirmar... Llevo veintiún años de servicio y ahora eso, que... Ro­garé a Dios toda la vida...
-Está bien, dejemos la geografía. ¿Qué ha preparado usted de aritmética?
-Tampoco he aprendido la aritmética con mucha precisión... Hasta el padre arcipreste puede confirmar... Rogaré a Dios toda la vida... Vengo estudiando desde la fiesta de la Intercesión de la Santa Virgen; estudio... y no me entra nada... He envejecido ya para los estudios.... Sea bondadoso, Señoría, toda la vida le tendré presente en mis oraciones.
Las lágrimas quedaron prendidas en las pestañas de Féndrikov.
-He servido con honradez y sin tacha... Comulgo todos los años... Hasta el padre arcipreste lo puede con­firmar... Sea magnánimo, Señoría.
-¿No ha preparado nada?
-Lo he preparado todo, pero no recuerdo nada...
Pronto cumpliré los sesenta, Señoría, ¿cómo van a en­trarme las ciencias en la cabeza? ¡Hágame la merced!
-Y pensar que ya se ha encargado la gorra con es­carapela... -comentó el arcipreste Zmiezhálov sonrién­dose.
-Está bien, ¡retírese! -dijo el inspector.
Media hora más tarde, Féndrikov iba, triunfador, con los maestros a tomar el té en la posada de Kutjin. Tenía radiante la cara, le brillaba la felicidad en los ojos, mas el hecho de que a cada momento se rascara el pescue­zo demostraba que se sentía atormentado por alguna idea.
-¡Qué lástima! -balbuceó-. ¡Qué tontería la que he hecho, Señor mío!
-¿A qué se refiere usted? -preguntó Pivomiódov.
-¿De qué me ha servido estudiar la estereometría si no figura en el programa? Un mes entero estuve pelean­do con ella, ¡la condenada! ¡Qué lástima!

Anton Chejov


sábado, 5 de noviembre de 2016

Parc Natural del Montseny



La cura de avispas

El invierno se fue y dejó tras de sí los dolores reumáticos. Un ligero sol meridiano acudía a alegrar las jornadas, y Marcovaldo permanecía alguna que otra hora contemplando el despuntar de las hojas, sentado en un banco, en espera de la vuelta al trabajo. Junto a él solía sentarse un vejete, engibado en su gabán que era un puro remiendo: tratábase de cierto señor Rizieri, jubilado y solo en el mundo, asiduo él también a los bancos soleados. De vez en cuando ese señor Rizieri daba un respingo, exclamaba «¡Ay!» y se engibaba todavía más en su gabán. Estaba cargado de reumatismos, de artritis, de lumbagos, que pescaba en el invierno húmedo y frío y le seguían acompañando el resto del año. Para consolarle, Marcovaldo le contaba las diversas fases de los reumatismos suyos, y los de su mujer y de su hija mayor Isolina, que, la pobrecilla, no crecía  demasiado sana. 
Marcovaldo llevaba cada día la comida en un paquete de papel de periódico; sentado en el banco lo desenvolvía y pasaba el trozo de ajado diario al señor Rizieri, quien tendía impaciente la mano, diciendo:
-Veamos qué noticias trae -y lo leía con no disminuido interés, aunque datara de dos años antes.
De ese modo topó un día con un articulo sobre el sistema de curar el reúma con el veneno de las abejas.
-Será con la miel -dijo Marcovaldo, siempre propenso al optimismo.
-No -objetó Rizieri-, con el veneno, dice aquí, con el del aguijón -y le leyó algunos pasajes. Conversaron largo rato en torno a las abejas, sus virtudes y sobre cuanto podría costar aquella cura.
A partir de entonces, al transitar por los paseos, Marcovaldo aguzaba el oído al menor zumbido, seguía con la vista a cualquier insecto que le volara alrededor. Así, observando los giros de una avispa de considerable abdomen listado de negro y amarillo, vio que se metía por la oquedad de un árbol y que por allí salían otras avispas: un jaleo, un ir y venir que anunciaba la presencia de todo un avispero dentro del tronco. Marcovaldo se aprestó, sin perder momento, a la caza. Tenía un bote de cristal, todavía con dos dedos de mermelada. Lo depositó, destapado, junto al árbol. De allí a poco una avispa le andaba zumbando alrededor, y entró, atraída por el olor azucarado; Marcovaldo se apresuró a tapar el bote con un trozo de papel.
Y al señor Rizieri, en cuanto le vio, pudo soltarle:
-¡Ea, ea, ahora mismo le pongo la inyección! -mostrándole el tarro con la enfurecida avispa prisionera.
El vejete estaba indeciso, pero Marcovaldo por nada del mundo se avenía a aplazar el experimento, e insistía en hacerlo allí mismo, en su banco: ni siquiera hacía falta que el paciente se desnudase. Con temor y a la vez esperanza, el señor Rizieri levantó un faldón del abrigo, de la chaqueta, de la camisa, y abriéndose paso entre las agujereadas prendas de punto destapó la parte de los lomos que le dolía. Marcovaldo le puso allí la boca del frasco y quitó de un tirón el papel que hacía de tapadera. Al principio nada sucedió; la avispa permanecía quieta: ¿se habría dormido? Marcovaldo, para despertarla, dio un manotazo en el fondo del bote. Exactamente el golpe necesario: el insecto salió como una flecha y clavó el aguijón en los lomos del señor Rizieri. El vejete soltó un alarido, se incorporó de un salto y echó a andar como un soldado a paso de marcha, frotándose el lugar del pinchazo y articulando una serie de confusas imprecaciones.
Marcovaldo estaba más que satisfecho, jamás el vejete se había visto tan erguido y marcial. Pero un guardia se había parado allí cerca, y miraba con los ojos como platos; Marcovaldo tomó a Rizieri del brazo y se alejó silbando.
De regreso a casa llevaba otra avispa en el bote. Convencer a su mujer de que se dejara pinchar no fue empresa de poca monta, mas al fin lo consiguió. Y durante un buen rato, Domitilla se quejó sólo, algo es algo, del escozor de la avispa.
Marcovaldo se dedicó a capturar avispas a troche y moche. Puso una inyección a Isolina, otra a Domitilla, pues únicamente una cura sistemática procuraría alivio. A continuación se decidió a hacerse punzar también. Los niños, ya sabemos cómo son, decían: "Yo también, yo también", pero Marcovaldo prefirió dotarles de tarros y encomendarles la captura de más avispas para proveer al consumo cotidiano.
El señor Rizieri vino a casa en su busca; le acompañaba otro vejete, el caballero Ulrico, que arrastraba la pierna y quería empezar de inmediato la cura.
Se corrió la voz; Marcovaldo ya trabajaba en serie: tenía siempre su media docena de avispas de reserva, cada una en su bote de cristal, dispuestas en una mesilla. Aplicaba el tarro en la espalda del paciente como si fuera una jeringuilla, tiraba de la tapa de papel, y después del picotazo de la avispa frotaba con un algodón empapado de alcohol, con la soltura de mano de un médico experto. Su casa constaba de una sola habitación, en la que dormía toda la familia; la dividieron con un biombo improvisado, acá sala de espera, allá gabinete. En la sala de espera, la mujer de Marcovaldo acomodaba a los clientes y recibía los honorarios. Los chicos tomaban los tarros vacíos y corrían hacia el avispero a hacer provisión. A veces alguna avispa los picaba, pero casi ni les daba ganas de llorar, porque ya sabían que era bueno para la salud.
Aquel año los reumatismos culebreaban entre la población como los tentáculos de un pulpo; la cura de Marcovaldo cobró mucha fama; y el sábado por la tarde vio su pobre buhardilla invadida por un pequeño tropel de hombres y mujeres afligidos, alguno apretándose con una mano la espalda o el costado, unos con aspecto astroso de mendigos, otros con aire de personas acomodadas, atraídos todos por la novedad de aquel remedio.
-Aprisa -dijo Marcovaldo a sus tres hijos varones-, tomad los botes y a ver si atrapáis el mayor número de avispas posible -los muchachos allá se fueron.
Era un día de sol, infinidad de avispas revoloteaban por el paseo. Los muchachos solían darles caza a cierta distancia del árbol en que se hallaba el avispero, dedicándose a los insectos aislados. Pero Michelino aquel día, por acabar antes y agarrar más, se puso a cazar precisamente alrededor de la entrada del avispero.
-Así es como se hace -decía a sus hermanos, e intentaba atrapar una avispa poniéndole encima el tarro en cuanto se posaba. Pero ésta escapaba cada vez y volvía a posarse más y más cerca del avispero. Se hallaba ya en el propio borde de la cavidad del tronco, y Michelino se disponía a ponerle el frasco encima cuando advirtió que otras dos avispas gordas se lanzaban contra él como si quisieran picarle en la cabeza. Se hizo a un lado, pero sintió la puñalada de los aguijones y, gritando de dolor, soltó el bote. Al instante, la aprensión por lo que acababa de hacer le quitó el dolor: el tarro había caído dentro de la boca del avispero. Ya no se oía el más leve zumbido, no volvió a salir ninguna avispa; Michelino, sin fuerzas siquiera para gritar, retrocedió un paso cuando del avispero brotó de súbito una nube negra, espesa, con un zumbido ensordecedor; ¡era la totalidad del enjambre que avanzaba en furioso jabardillo!
Los hermanos oyeron que Michelino lanzaba un alarido y le vieron salir por pies como jamás había corrido en toda su vida. Parecía movido a vapor, a tal punto la nube que arrastraba consigo recordaba el humo de una chimenea.
¿Adónde escapa un niño a quien persiguen? ¡Corre para casa! Así lo hizo Michelino.
A los transeúntes no les daba tiempo de entender qué era aquella aparición, mitad nube y mitad ser humano, disparada por las calles con un retumbo acompañado de zumbido.
Marcovaldo estaba diciendo a sus pacientes:
-Tened paciencia, en seguida llegan las avispas -cuando la puerta se abrió y el enjambre invadió la habitación. No vieron siquiera a Michelino que corría a sumergir la cabeza en un barreño de agua: toda la habitación se llenó de avispas y los pacientes agitaban sus brazos en el vano intento de sacudírselas, y los reumáticos hacían prodigios de agilidad y los miembros tullidos se desataban en movimientos furiosos.
Acudieron los bomberos y después la Cruz Roja. Tendido en su catre del hospital, irreconocible de tan hinchado por las picaduras, Marcovaldo no se atrevía a responder a las imprecaciones que, de los demás catres de la sala, le lanzaban sus clientes. 

Italo Calvino

jueves, 3 de noviembre de 2016

Editorial Andorra


El lado bueno de la rebanada de pan

Un día se le hizo una pregunta verdaderamente molesta a un rabino, como cuenta una historia judía de las más sabrosas.
De hecho, es la historia de un milagro. Un día un hombre dejó caer por descuido su rebanada de pan untada con mantequilla y aquel día, ¡oh prodigio!, no cayó del lado de la mantequilla. Al contrario de todas las tradiciones, de todas las creencias, al contrario de lo que afirman las Escrituras, la rebanada cayó del lado del pan sin untar. 
Era un milagro. 
El rumor se propagó a toda velocidad por la pequeña ciudad, las gentes se reunieron y se enzarzaron en profundísimas discusiones. ¿Por qué la rebanada no había caído aquel día del lado de la mantequilla?
Se corrió hasta la sinagoga, se le explicó lo sucedido al rabino, que juzgó el suceso muy delicado y pidió todo un día y una noche de reflexión y oración.
Era un hombre muy reputado por su sabiduría. Todo el día, y toda la noche, ayunó, reflexionó, rezó y consultó los libros santos.
Al día siguiente, el rostro cansado pero iluminado por la verdad, se dirigió a la casa donde se había producido el supuesto milagro. Todos los ciudadanos lo rodeaban. Se hizo llevar hasta el hombre y le dijo:
-La solución es sencilla, y te la voy a decir. No es que la rebanada haya caído mal. Es que tú has puesto la mantequilla en el lado equivocado. 

Jean-Claude Carrière

martes, 1 de noviembre de 2016

Máis Madeira



El Club 99

Érase una vez un rey, que a pesar de su lujoso estilo de vida, no era feliz.
Un día, el rey observó a un sirviente que cantaba alegremente mientras trabajaba. Esto fascinó al rey, ¿por qué siendo él, el supremo soberano de la tierra, era tan desdichado y sombrío, mientras que en un humilde siervo había tanta alegría? El rey preguntó al sirviente: “¿Por qué estás tan contento?”
El hombre respondió: “Su Majestad, yo soy nada más que un sirviente, pero mi familia y yo no necesitamos demasiado, sólo un techo sobre la cabeza y comida caliente para llenar nuestros estómagos”.
El rey no quedó satisfecho con esta respuesta. Más tarde en el día, solicitó el asesoramiento de su consejero de más confianza. Después de escuchar al rey hablar sobre sus quejas, pesares y la historia del siervo, el consejero dijo: “Su Majestad, creo que el sirviente nunca ha sido parte de El Club 99”.
“El Club 99? Y qué es exactamente eso?” Preguntó el rey.
El consejero respondió: “Su Majestad, para saber realmente lo que es el Club 99, usted debe colocar 99 monedas de oro en una bolsa y dejarla en la puerta de la casa del sirviente.”
A la mañana siguiente el sirviente vio la bolsa, la recogió y la llevó adentro de su casa. Cuando abrió la bolsa, dio un gran grito de alegría … Cuántas monedas de oro!
Comenzó a contarlas todas. Después de varios intentos, quedó convencido de que había 99 monedas. Se preguntaba, “¿Qué podría haber ocurrido con la última moneda de oro? Seguramente, nadie dejaría 99 monedas!”
Buscó por todo lugar que pudo. Quizá se había extraviado, pero no la encontró. Finalmente, agotado, decidió que iba a tener que trabajar más que nunca para ganar la moneda de oro que le faltaba y completar las 100.
A partir de ese día, la vida de aquel el siervo cambió. Trabajaba en exceso, se tornó en un horriblemente gruñón, castigaba a su familia por no ayudarlo a ganarse la moneda de oro y dejó de cantar mientras trabajaba.
Testigo de esta transformación drástica, el rey se mostró perplejo. Cuando él buscó de nuevo a su asesor, el asesor dijo: “Su Majestad, el siervo ahora oficialmente se ha sumado a El Club 99”.
Él continuó: “Se le llama El Club 99 a las personas que tienen lo suficiente para ser feliz, pero nunca lo son, porque siempre están anhelando y luchando por esa extra y última “moneda”, refiriéndose a sí mismo: “sólo tengo que obtener esa última cosa y entonces voy a ser feliz para toda la vida. ” “o si yo tuviera … o fuera … entonces sería feliz para el resto de mi vida”
Podemos ser felices, incluso con muy poco en nuestras vidas, pero en el momento en que se nos da algo más grande y mejor, queremos más! Perdemos nuestro sueño, nuestra felicidad, herimos a la gente que nos rodea, y todos esto a un precio aun mayor.
De eso es lo se trata unirse a El Club 99.