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miércoles, 17 de septiembre de 2014

Francisco López Rubio




En 1920, por primera vez en la historia, un caricaturista conseguía una medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes. Francisco López Rubio (Motril 1895 - Madrid 1965) empezaba a marcar la historia del dibujo español del siglo XX. 
López Rubio ha desaparecido de nuestra memoria pese a ser, durante los años veinte y treinta del siglo pasado, uno de nuestros dibujantes más populares. Fue popular él, como lo fueron sus creaciones –el conejo Roenueces, don Oppas, el Mago Pirulo, el profesor Bismuto y los pequeños Lita y Lito–.
Inspirado en la fórmula del «Menos es más», este granadino creó una serie de personajes entrañables que jugaban y se divertían en «Gente Menuda». Su tendencia a eliminar lo superfluo de los dibujos le llevaba a conseguir la mayor de las transparencias, un criterio conocido como «línea clara», del que llegó a ser uno de los principales exponentes.



La mujer de Otelo

-¡Son tan curiosos que me dejan perpleja!­ -dijo ella, distraída, con expresión soñadora.
Como yo no entendiese el significado de aque­llas palabras, traté de contestar. Y desde luego, lo hice en forma vaga:
-Cierto. Se puede asegurar, sí, sin temor a equivocarse.
-¡A veces me hacen reír!
-Lo cual no deja de ser agradable -insistí en mi vaguedad.
Pero la encantadora mujercita precisó:
-Usted sabe qué es un verdadero Otelo, ¿ver­dad?
-¡Ah, sí, ya caigo! Usted se refiere a su marido. Realmente, su marido...
Ella me miró asombrada.
-Le advierto que no fue mi marido quien quedó con la cabeza rota; al contrario, fue él quien se la rompió al otro.
-¡No diga!
-Sí, le rompió la crisma a un jovencito que...
La miré desconcertado:
-Si tuviera usted la bondad, preciosa, de explicarme las circunstancias en que el incidente se produjo...
-Pero... ¿es que usted no está enterado? Ahora me explico que se atreva a acercarse a mí. Sus ojos tuvieron una lánguida caída. Escuche... Hace tres semanas, volvíamos de visitar a una familia amiga. Atravesábamos el parque. El jo­vencito estaba sentado en un banco. Pálido, de cabellos negros... A veces, los hombres así, páli­dos y de cabellos negros, son audaces hasta la temeridad. Esa noche yo llevaba un coquetón som­brerito que me sentaba admirablemente. La ca­minata había puesto un poco más de color en mis mejillas. Por ello me explico que a aquel joven­cito yo le pareciera una diosa griega. Pero, ¿no cree usted que los hombres deberían ser un poco menos impulsivos? Bien está sentir pasiones sú­bitas, pero conviene no perder el sentido de la realidad. Bueno, el joven me miró fijo... Y, de pronto, se levantó del banco y vino hacia nos­otros... ¿Se imagina usted lo que eso significa? ¡Abordar a una mujer cuando va acompañada del marido! ¡Una locura, realmente! Ya le he dicho que mi marido es un verdadero Otelo. Se lo pre­vengo, por si acaso... El joven se acerca, coge a su marido por una manga, y con voz resuelta, autoritaria, le dice:
-¿Me da fuego?
-Al mismo tiempo que pronunciaba estas palabras, me miró de reojo. ¡Qué miradas incendia­rias las suyas!
Pero Alejandro lo agarró en seguida por un brazo; rápido, se inclinó para recoger un ladrillo, y... ¡pum!, en la cabeza. El joven, enviándome una postrer mirada, cayó al suelo. ¡Qué horror! ¡Otelo no se hubiera comportado de otra suerte!
-¡Oh! -dije-. Tiene usted razón. Otelo no hubiera procedido en otra forma.
-Por eso le digo a usted que los hombres son unos bicharracos muy curiosos, tan curiosos que me dejan perpleja. Por eso también me sorprende que usted se atreva a querer hablar a solas conmigo, siendo mi marido como es. Pero, si de veras usted ignoraba cómo es mi marido...
Me despedí de ella precipitadamente. Salí de la casa, y en la esquina me encontré con el marido.          
-¡Hola!... ¡Qué encuentro inesperado! ¿Por qué no se deja ver por casa con más frecuencia, amigo?
-Tenga la seguridad de que jamás pondré los pies en su casa -contesté-. Se asegura por ahí que usted se dedica ahora a partir cráneos a ladrillazos.
El Otelo se echó a reír.
-¿Le contó la aventura mi mujercita? Menos mal que había en el suelo un ladrillo. ¡Imagínese! Yo llevaba en la cartera mil quinientos rublos, y mi mujer llevaba sus pendientes de brillantes.
-¿Y qué tienen que ver los rublos y los brillantes?
-¿Cómo qué tienen que ver? El parque estaba solitario, era de noche... ¿Y si algún hombre se le ocurre arrancarle los pendientes a mi mujer?
-¿Cree usted que era un salteador?
-¿Y quién iba a ser? ¿El embajador de Ingla­terra?.. ¡Ja, ja! Un hombre se le acerca a usted en un lugar desierto, y le pide fuego sujetándole por la manga del abrigo... ¡Me parece que las intenciones de ese hombre son claras!
Calló, como esperando un comentario.
-¿Y así que... entonces, usted se defendió dándole con un ladrillo en la cabeza?
-En la cabeza, sí. ¡No dijo ni pío!
Estupefacto, me despedí de él y continué mi camino.
-¡Eh! ¿A dónde vas tan de prisa?
-Me volví y vi a un amigo íntimo a quien no veía desde hacia tres semanas. Le tendí la mano, y me faltó poco para lanzar un grito.
-¿Qué te ha pasado?
-¿No lo sabes? Estuve tres semanas entre la vida y la muerte. Todavía tengo la cicatriz, y creo que me va a quedar por el resto de mis días.
Con súbito interés, le interpelé:
-¿Una cicatriz? ¿Hace tres semanas? ¿En el parque?
-Si. Por lo visto, has leído la noticia en los periódicos. Es la cosa más absurda que me ha sucedido en la vida. Yo estaba tan tranquilo, en el parque. La noche era tibia, serena. Me tenía preocupado un problema de matemáticas. Quería ver si en la soledad de la noche, una inspiración feliz me daba su solución. Quise fumar un ciga­rrillo. No tenía fósforos. En eso pasa un hombre en compañía de una mujer. A la mujer ni la miré, porque tuve la impresión que era bastante fea. Él fumaba un cigarrillo. Me acerqué, le toqué un brazo con toda cortesía, y le dije:
-¿Me permite fuego, por favor?
-No me vas a creer. El energúmeno se agachó, recogió algo y ¡tac! me desplomó de un golpe en la cabeza. ¡Y pensar que aquella mujer indefensa iba con él sin sospechar qué clase de hombre era!
Miré a mi amigo en los ojos y le pregunté rudamente:
-¿Crees que se trataba de un loco?
-¡No me cabe la menor duda! ¿O supones que puede estar cuerdo un hombre que procede así?
Durante media hora revisé los periódicos de las últimas semanas. Por fin encontré lo que buscaba.
Eran unos párrafos de la crónica policial:
"Bajo los efectos del alcohol, un joven noble sufre un accidente."
"En la madrugada de ayer, los guardias del parque encontraron tendido en el suelo a un joven que, identificado más tarde, resultó ser el noble X. Y. En estado de embriaguez, el joven había resbalado con tan mala fortuna que su cabeza golpeó contra un ladrillo. La herida es de consi­deración, pero los médicos aseguran que el joven noble se salvará."
Corrí al teléfono. Hablé con la esposa de Otelo, pidiéndole una entrevista a solas, para esa misma tarde.
-¡Oh! Pero... ¿no le he dicho que mi marido es un Otelo?
-Sí, sí. Creo lo mismo. Pero esto demuestra, precisamente, hasta dónde llega mi amor.
Tuvimos la entrevista. Por la tarde, cuando el marido llegó, yo estaba en la casa.
-Ya ve -le dije-. He aceptado su invitación. Aquí me tiene... de visita.
-¡Encantado, hombre, encantado! Supongo que se quedará a cenar.
-Ya que insiste tanto...
La mujer de Otelo estaba pálida de miedo. Pero yo me senté a la mesa con la desenvoltura de los héroes.

Averchenko

lunes, 15 de septiembre de 2014

Calambur - Los toros furtivos



Lucas, sus clases de español                             

En la Berlitz donde lo toman medio por lástima el director que es de Astorga le previene nada de argenti­nismos ni de qué galicados, aquí se enseña castizo, coño, al primer che que le pesque ya puede tomarse el portan­te. Eso si usted les enseña a hablar corriente y nada de culteranismos que aquí los franceses lo que vienen a aprender es a no hacer papelones en la frontera y en las fondas. Castizo y práctico, métaselo en el digamos meollo.
Lucas perplejo busca en seguida textos que respon­dan a tan preclaro criterio, y cuando inaugura su clase frente a una docena de parisienses ávidos de olé y de quisiera una tortilla de seis huevos, les entrega unas hojitas donde ha policopiado un pasaje de un artículo de El País del 17 de septiembre de 1978, fíjese qué moderno, y que a su juicio debe ser la quintaesencia de lo castizo y lo práctico puesto que se trata de toreo y los franceses no piensan más que en precipitarse a las arenas apenas tengan el diploma en el bolsillo, razón por la cual este vocabulario les será sumamente útil a la hora del primer tercio, las banderillas y todo el resto. El texto dice lo siguiente, a saber:

El galache, precioso, terciado, mas con trapío, muy bien armado y astifino, encas­tado, que era noble, seguía entregado a los vuelos de la muleta, que el maestro salman­tino manejaba con soltura y mando. Relajada la figura, trenzaba los muletazos, y cada uno de ellos era el dominio absoluto por el que tenía que seguir el toro un semi­círculo en torno al diestro, y el remate, limpio y preciso, para dejar a la fiera en la distancia adecuada. Hubo naturales inme­jorables y de pecho grandiosos, y ayudados, por alto y por bajo a dos manos, y pases de la firma, pero no se nos irá de la retina un natural ligado con el de pecho, y el dibujo de éste, con salida por el hombro contrario, quizá los más acabados muletazos que haya dado nunca El Viti.

Como es natural, los estudiantes se precipitan inme­diatamente a sus diccionarios para traducir el pasaje, tarea que al cabo de tres minutos se ve sucedida por un desconcierto creciente, intercambio de diccionarios, fro­tación de ojos y preguntas a Lucas que no contesta nada porque ha decidido aplicar el método de la autoenseñan­za y en esos casos el profesor debe mirar por la ventana mientras se cumplen los ejercicios. Cuando el director aparece para inspeccionar la performance de Lucas, todo el mundo se ha ido después de dar a conocer en francés lo que piensan del español y sobre todo de los dicciona­rios que sus buenos francos les han costado. Sólo queda un joven de aire erudito, que le está preguntando a Lucas si la referencia al «maestro salmantino» no será una alusión a Fray Luis de León, cosa a la que Lucas responde que muy bien podría ser aunque lo más segu­ro es que quién sabe. El director espera a que el alumno se vaya y le dice a Lucas que no hay que empezar por la poesía clásica, desde luego que Fray Luis y todo eso, pero a ver si encuentra algo más sencillo, coño, digamos algo típico como la visita de los turistas a un colmado o a una plaza de toros, ya verá cómo se interesan y aprenden en un santiamén.
Cortázar

sábado, 13 de septiembre de 2014

Irlanda

  




El Libro de Kells (Book of Kells en inglés; Leabhar Cheanannais en irlandés), también conocido como Gran Evangeliario de San Columba, es un manuscrito ilustrado con motivos ornamentales, realizado por monjes celtas hacia el año 800 en Kells, un pueblo de Irlanda.
El libro –considerado la pieza principal del cristianismo celta y del arte irlando-sajón– es, a pesar de estar inconcluso, uno de los más suntuosos manuscritos iluminados que han sobrevivido a la Edad Media. Debido a su gran belleza y a la excelente técnica de su acabado, muchos especialistas lo consideran uno de los más importantes vestigios del arte religioso medieval. Escrito en latín, el Libro de Kells contiene los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento, además de notas preliminares y explicativas, y numerosas ilustraciones y miniaturas coloreadas. En la actualidad el manuscrito está expuesto permanentemente en la biblioteca del Trinity College de Dublín.




Cuenta la historia que había dos gigantes, uno de Irlanda (Finn) y otro de Staffa (Bennandoner), que se llevaban muy mal y continuamente se tiraban rocas. De tanto tirar rocas se formó un campo de piedras sobre el mar. El gigante escocés decidió pasar el camino de rocas y derrotar a su adversario, pues éste era más fuerte que el otro. La mujer del gigante irlandés (Oonagh) vio cómo venía el gigante escocés, así que decidió vestir a su marido de bebé. Al llegar el escocés y ver que el bebé era tan grande, pensó que su padre sería el triple de grande, así que huyó pisando muy fuerte las rocas, que se hundieron en el mar para que el otro gigante no pudiera llegar a Staffa.  (Leyenda irlandesa de la formación de la Calzada de los Gigantes)

El gigante egoísta

Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños acostumbraban ir a jugar al jardín del Gigante.
Era un jardín grande y deleitoso, recu­bierto de suave y verde césped. Aquí y allá, entre la hierba, crecían hermosas flores... semejantes a estrellas, y había doce melo­cotoneros que en primavera se llenaban de delicadas flores rosa y nácar y en otoño se cargaban de rico fruto. Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan dulcemente que los niños solían dejar sus juegos para escucharlos.
-¡Qué felices somos aquí! -se gritaban unos a otros.

Un día el Gigante volvió. Había ido a visitar a su amigo el ogro de Cornualles y había permanecido con él durante siete años. Pasados esos siete años, había dicho ya todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y había resuelto vol­ver a su propio castillo. Cuando llegó vio a los niños jugando en el jardín.
-¿Qué estáis haciendo aquí?-gritó con una voz muy áspera; y los niños huyeron a todo correr.
-Mi jardín es mi jardín-dijo el Gigante-; eso lo puede comprender cual­quiera, y no permitiré que nadie juegue en él, excepto yo mismo.
De modo que levantó todo alrededor una tapia muy alta y colocó un cartel que decía:

Prohibido el paso. Los in­fractores serán castigados

Era un Gigante muy egoísta.
Los pobres niños no tenían ahora donde jugar. Intentaron hacerlo en la carretera, pero era muy polvorienta y estaba llena de duras piedras y no les gustó. Se acostumbraron a vagar alrededor de la alta tapia, hablando del hermoso jardín que había detrás.
-¡Qué felices éramos ahí!-se decían. Después llegó la primavera y el campo entero se llenó de flores y pájaros. Sólo en el jardín del Gigante Egoísta seguía siendo invierno. Los pájaros no cantaban en él porque no había niños, y los árboles se olvidaron de florecer.
Una vez una hermosa flor asomó la cabeza entre el césped, pero cuando vio el cartel le dio tanta pena de los niños que volvió a deslizarse en la tierra y se durmió de nuevo. Los únicos que estaban a gusto eran la Nieve y la Escarcha.
-La primavera se ha olvidado de este jardín -exclamaron-, así que viviremos aquí todo el año.
La nieve cubrió la hierba con su gran manto blanco y la escarcha pintó de plata todos los árboles. Después, invitaron al Viento Norte a que viniera con ellos, y el Viento Norte vino. Iba envuelto en pieles y se pasó todo el día rugiendo por el jardín y derribando las chimeneas. 
-Este lugar es delicioso -dijo-; de­bemos invitar al Granizo.
Llegó, pues, el Granizo. Todos los días tamborileaba sobre el tejado del castillo durante tres horas, hasta que rompió casi todas las pizarras, y luego corría y corría por el jardín lo más aprisa posible. Iba vestido de gris y su aliento era como hielo.
-No comprendo por qué tarda tanto en llegar la primavera -decía el Gigante Egoísta cuando se sentaba a la ventana y miraba su jardín frío y blanco-. Espero  que el tiempo cambiará.
Pero la primavera no llegó nunca, ni el verano tampoco. El otoño dio frutos dorados a todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.
-Es demasiado egoísta -dijo.
De modo que allí fue siempre invierno, y el Viento Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailaban entre los árboles.
Una mañana que el Gigante estaba des­pierto en la cama oyó una música encantadora. Era tan dulce a sus oídos que pensó que serían los músicos del Rey que pa­saban. En realidad no era sino un jilguero que cantaba frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía a un pájaro cantar en su jardín, que le pareció aquella la mú­sica más hermosa del mundo. Entonces el Granizo dejó de bailar sobre su cabeza, el Viento Norte dejó de rugir y hasta él llegó un perfume delicioso que penetraba,  por la abierta ventana.
-Me parece que por fin ha llegado la primavera -dijo el Gigante; y saltó de la cama y se asomó a mirar.
¿Qué fue lo que vio?
Vio un espectáculo maravilloso. A tra­vés de un agujero del muro habían entrado los niños y estaban sentados en las ramas de los árboles. En todos los árboles que el Gigante alcanzaba a ver había un chi­quitín. Y los árboles estaban tan contentos al tener a los niños de vuelta que se habían cubierto de flores y, suavemente, balan­ceaban las ramas sobre sus cabezas. Vo­laban los pájaros gorjeando alegremente y las flores se asomaban por entre el verde césped y se reían. Era una escena encantadora. Sólo en un rincón seguía el invierno. Era el rincón más apartado del jardín y en él había un niñito. Era tan pequeño que no alcanzaba a las ramas del árbol y daba vueltas a su alrededor llo­rando amargamente. El pobre árbol seguía completamente cubierto de nieve y escar­cha y el Viento Norte soplaba y rugía sobre él.
-¡Sube, niñito! -decía el árbol, e in­clinaba sus ramas todo lo que podía; pero el niño era demasiado chiquito.
Y el corazón del Gigante se conmovió al contemplarlo.
-¡Qué egoísta he sido! -dijo-; ahora se por qué no venía aquí la primavera.
Subiré a ese pobre niño a lo alto del árbol y después derribaré la pared, y mi jardín será para siempre el lugar de juego de los niños.
Estaba realmente muy arrepentido de lo que había hecho.
Así pues, bajó las escaleras y abrió sua­vemente la puerta principal y salió al jardín. Pero cuando los niños le vieron se asustaron tanto que se escaparon todos y en el jardín se hizo otra vez invierno. Solamente el pequeñito no echó a correr, pues sus ojos estaban tan llenos de lágri­mas, que no vio llegar al Gigante. Y el Gigante se aproximó sin ruido hasta él y le cogió suavemente en sus manos y le subió al árbol. Y el árbol floreció al mo­mento y los pájaros vinieron a cantar en él, y el niñito tendió sus brazos y los echó al cuello del Gigante y le besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo y con ellos volvió la primavera.
-El jardín es vuestro ahora, pequeños­ dijo el Gigante. Y cogiendo un pico enorme derribó la pared. Y a mediodía, al ir al mercado, la gente se encontró al Gigante jugando con los niños en el más hermoso jardín que habían visto.
Jugaron todo el día y al oscurecer los niños fueron a despedirse del Gigante.
-¿Pero dónde está vuestro compañe­rito?-dijo-; ¿el niño que subí al árbol?
El Gigante le quería más porque le había besado.
-No sabemos-contestaron los niños-; se ha ido.
-Tenéis que decirle que no deje de venir mañana-dijo el Gigante.
Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que no le habían visto nunca antes, y el Gigante se quedó muy triste.
Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños venían a jugar con el Gigante.
Pero al chiquitín que el Gigante amaba no le volvieron a ver. El Gigante era muy bueno con todos los niños, pero echaba de menos a su primer amiguito y a menudo hablaba de él.
-¡Cómo me gustaría volver a verle! -so­lía decir.
Pasaron los años y el Gigante se volvió viejo y débil. Ya no podía jugar, así que se sentaba en un gran sillón y miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.
-Tengo muchas flores hermosas -de­cía-; pero los niños son las flores más hermosas de todas.
Una mañana de invierno, al levantarse, miró por la ventana. Ya no odiaba al invierno, porque sabía que era solamente que la primavera dormía y las flores esta­ban descansando. De pronto, se frotó los ojos maravillado y miró y miró. Era, en verdad, un espec­táculo maravilloso. En el rincón más apar­tado del jardín había un árbol entera­mente cubierto de flores blancas. Sus ramas eran todas de oro y de ellas colgaban frutos de plata y debajo estaba el niñito que él había querido tanto.
El Gigante bajó las escaleras lleno de alegría y se precipitó al jardín. Corriendo sobre el césped llegó junto al niño. Y cuan­do estuvo muy cerca, su rostro se enrojeció de ira y dijo:
-¿Quién se ha atrevido a herirte?
Pues en las palmas de las manos del niño había señales de dos clavos, y señales de dos clavos había en sus piececitos. -¿Quién se ha atrevido a herirte? -gritó el Gigante-; dímelo, para que coja mi gran espada y le mate.
-¡No! -contestó el niño-; pues éstas son las heridas del amor.
-¿Quién eres tú? -dijo el Gigante, y un extraño temor le sobrecogió y se arrodilló delante del niño.
Y el niño sonrió al Gigante y le dijo:
-Tú me dejaste un día jugar en tu jar­dín; hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.
Y cuando los niños llegaron aquella tarde se encontraron al Gigante muerto bajo el árbol, todo cubierto de flores blancas. 
Óscar Wilde

Marcapaginasporuntubo dedica esta entrada a Marta y Martín

jueves, 11 de septiembre de 2014

Candaya

               
                


La editorial Candaya toma su nombre de ese reino fantástico al que se dirigen, montados en Clavileño, Don Quijote y Sancho para acabar con los hechizos diabólicos del gigante Malambruno.Con la misma vocación y voluntad quijotesca nace la editorial Candaya, que pretende, desde su modestia, luchar contra esos otros maleficios, aún más perversos y malintencionados, que condenan al ostracismo a muchos escritores latinoamericanos.
Ofrecer un espacio editorial a autores (especialmente hispanoamericanos) que consideran de gran valor (a los nuevos y a los injustamente olvidados) es el eje de su labor editorial, que quiere estar regida fundamentalmente por tres principios: convencimiento, riesgo y rigor. Nos invitan a que adquiramos directamente de la editorial sus libros, sin ningún tipo de gastos de envío a cualquier ciudad española (para el resto de países, consultar). Para ello, solamente tenemos que enviar un email a candaya@candaya.com indicando el título, número de ejemplares y la dirección postal completa donde deseamos recibirlos.



En verdad os digo

Todas las personas interesadas en que el camello pase por el ojo de la aguja, deben inscribir su nombre en la lista de patrocinadores del experimento Niklaus.
Desprendido de un grupo de sabios mortíferos, de esos que manipulan el uranio, el cobalto y el hidrógeno, Arpad Niklaus deriva sus investigaciones actuales a un fin caritativo y radicalmente humanitario: la salvación del alma de los ricos.
Propone un plan científico para desintegrar un camello y hacerlo que pase en chorro de electrones por el ojo de una aguja. Un aparato receptor (muy semejante en principio a la pantalla de televisión) organizará los electrones en átomos, los átomos en moléculas y las moléculas en células, reconstruyendo inmediatamente el camello según su esquema primitivo. Niklaus ya logró cambiar de sitio, sin tocarla, una gota de agua pesada. También ha podido evaluar, hasta donde lo permite la discreción de la materia, la energía cuántica que dispara una pezuña de camello. Nos parece inútil abrumar aquí al lector con esa cifra astronómica.
La única dificultad seria en que tropieza el profesor Niklaus es la carencia de una planta atómica propia. Tales instalaciones, extensas como ciudades, son increíblemente caras. Pero un comité especial se ocupa ya en solventar el problema económico mediante una colecta universal. Las primeras aportaciones, todavía un poco tímidas, sirven para costear la edición de millares de folletos, bonos y prospectos explicativos, así como para asegurar al profesor Niklaus el modesto salario que le permite proseguir sus cálculos e investigaciones teóricas, en tanto se edifican los inmensos laboratorios.
En la hora presente, el comité solo cuenta con el camello y la aguja. Como las sociedades protectoras de animales aprueban el proyecto, que es inofensivo y hasta saludable para cualquier camello (Niklaus habla de una probable regeneración de todas las células), los parques zoológicos del país han ofrecido una verdadera caravana. Nueva York no ha vacilado en exponer su famosísimo dromedario blanco.
Por lo que toca a la aguja, Arpad Niklaus se muestra muy orgulloso, y la considera piedra angular de la experiencia. No es una aguja cualquiera, sino un maravilloso objeto dado a luz por su laborioso talento. A primera vista podría ser confundida con una aguja común y corriente. La señora Niklaus, dando muestra de fino humor, se complace en zurcir con ella la ropa de su marido. Pero su valor es infinito. Está hecha de un portentoso metal todavía no clasificado, cuyo símbolo químico, apenas insinuado por Niklaus, parece dar a entender que se trata de un cuerpo compuesto exclusivamente de isótopos de níquel. Esta sustancia misteriosa ha dado mucho que pensar a los hombres de ciencia. No ha faltado quien sostenga la hipótesis risible de un osmio sintético o de un molibdeno aberrante, o quien se atreva a proclamar públicamente las palabras de un profesor envidioso que aseguró haber reconocido el metal de Niklaus bajo la forma de pequeñísimos grumos cristalinos enquistados en densas masas de siderita. Lo que se sabe a ciencia cierta es que la aguja de Niklaus puede resistir la fricción de un chorro de electrones a velocidad ultracósmica.
En una de esas explicaciones tan gratas a los abstrusos matemáticos, el profesor Niklaus compara el camello en su tránsito con un hilo de araña. Nos dice que si aprovechamos ese hilo para tejer una tela, nos haría falta todo el espacio sideral para extenderla, y que las estrellas visibles e invisibles quedarían allí prendidas como briznas de rocío.
La madeja en cuestión mide millones de años luz, y Niklaus ofrece devanarla en unos tres quintos de segundo.
Como puede verse, el proyecto es del todo viable y hasta diríamos que peca de científico. Cuenta ya con la simpatía y el apoyo moral (todavía no confirmado oficialmente) de la Liga Interplanetaria que preside en Londres el eminente Olaf Stapledon. 
En vista de la natural expectación y ansiedad que ha provocado en todas partes la oferta de Niklaus, el comité manifiesta un especial interés llamando la atención de todos los poderosos de la tierra, a fin de que no se dejen sorprender por los charlatanes que están pasando camellos muertos a través de sutiles orificios. Estos individuos, que no titubean al llamarse hombres de ciencia, son simples estafadores a caza de esperanzados incautos. Proceden de un modo sumamente vulgar, disolviendo el camello en soluciones cada vez más ligeras de ácido sulfúrico. Luego destilan el líquido por el ojo de la aguja, mediante una clepsidra de vapor, y creen haber realizado el milagro. Como puede verse, el experimento es inútil y de nada sirve financiarlo. El camello debe estar vivo antes y después del imposible traslado.
En vez de derretir toneladas de cirios y de gastar el dinero en indescifrables obras de caridad, las personas interesadas en la vida eterna que posean un capital estorboso, deben patrocinar la desintegración del camello, que es científica, vistosa y en último termino lucrativa. Hablar de generosidad en un caso semejante resulta del todo innecesario. Hay que cerrar los ojos y abrir la bolsa con amplitud, a sabiendas de que todos los gastos serán cubiertos a prorrata. El premio será igual para todos los contribuyentes: lo que urge es aproximar lo más que sea posible la fecha de entrega.
El monto del capital necesario no podrá ser conocido hasta el imprevisible final, y el profesor Niklaus, con toda honestidad, se niega a trabajar con un presupuesto que no sea fundamentalmente elástico. Los suscriptores deben cubrir con paciencia y durante años sus cuotas de inversión. Hay necesidad de contratar millares de técnicos, gerentes y obreros. Deben fundarse subcomités regionales y nacionales. Y el estatuto de un colegio de sucesores del profesor Niklaus, no tan sólo debe ser previsto, sino presupuesto en detalle, ya que la tentativa puede extenderse razonablemente durante varias generaciones. A este respecto no está por demás señalar la edad provecta del sabio Niklaus.
Como todos los propósitos humanos, el experimento Niklaus ofrece dos probables resultados: el fracaso y el éxito. Además de simplificar el problema de la salvación personal el éxito de Niklaus convertiría a los empresarios de tan mística experiencia en accionistas de una fabulosa compañía de transportes. Será muy fácil desarrollar la desintegración de los seres humanos de un modo práctico y económico. Los hombres del mañana viajarán a través de grandes distancias en un instante y sin peligro disueltos en ráfagas electrónicas
Pero la posibilidad de un fracaso es todavía más halagadora. Si Arpad Niklaus es un fabricante de quimeras y a su muerte le sigue toda una estirpe de impostores, su obra humanitaria no hará sino aumentar en grandeza, como una progresión geométrica, o como el tejido de pollo cultivado por Carrel. Nada impedirá que pase a la historia como el glorioso fundador de la desintegración universal de capitales. Y los ricos, empobrecidos en serie por las agotadoras inversiones, entrarán fácilmente al reino de los cielos por la puerta estrecha (el ojo de la aguja), aunque el camello no pase. 
Juan José Arreola

martes, 9 de septiembre de 2014

Victorio Macho

                  
Nace en Palencia en 1887. Sus padres deciden matricularle en la escuela de Bellas Artes y Oficios de Santander, donde aprende a esculpir. En 1903, con 16 años se traslada a Madrid continuando sus estudios en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Consigue la fama con un monumento a Galdós.
Sale de España durante la dictadura de Primo de Rivera y se instala en Hendaya; esculpe a Unamuno y a Ramón y Cajal. En 1936 fue nombrado académico de Bellas Artes de San Fernando. Sale de Madrid al estallar la Guerra Civil, junto al Gobierno de la República a Valencia. El desenlace de la guerra civil lo llevó al exilio en Francia, Rusia, y finalmente a América. Regresaría a España en 1952. Instaló su casa y taller en Toledo, en el mismo edificio que desde 1967 aloja, el Museo Victorio Macho, creado a partir de su generoso legado, donado al Estado español. El nombre de la casa es Roca Tarpeya.
Falleció en Toledo el 13 de julio de 1966 y sus restos fueron trasladados a Palencia, ciudad que le vio nacer, para descansar, por voluntad propia, bajo la ermita excavada a los pies del Cristo del Otero.



No ahondes

Agnese podía haberme avisado, en vez de irse así, sin decirme siquiera «revienta». No pretendo ser perfecto, y si ella me hubiera dicho que algo le faltaba, habríamos podido discutirlo. Pero nada: durante dos años de matrimonio, ni una sola palabra; y después, una mañana, aprovechando un momento en que yo no estaba, se ha ido a escondidas, como hacen las criadas que han encontrado un empleo mejor. Se ha ido y todavía hoy, cuando ya hace seis meses desde que me dejó, no he comprendido por qué.
Aquella mañana, tras haber hecho la compra en el mercadillo del barrio (me gusta hacer la compra: conozco los precios, sé lo que quiero, me gusta contratar y discutir, probar y tocar, quiero saber de qué animal proviene mi filete, de qué cesto mi manzana), había salido de nuevo a comprar metro y medio de flecos para coserlos en la cortina del comedor. Como no quería gastar demasiado, tuve que dar muchas vueltas antes de encontrar lo que me convenía, en una tiendecita de la calle de l'Umilta. Volví a casa a las once y veinte, entré en el comedor para comparar el color de los flecos con el de la cortina, y vi en seguida sobre la mesa el tintero, la pluma y una carta. A decir verdad, lo que más llamó mi atención fue una mancha de tinta en el tapete de la mesa. Pensé: «¡Qué descuidada! ...Ha manchado el tapete.» Levanté el tintero, la pluma y la carta, cogí el tapete, fui a la cocina y allí, frotándola enérgicamente con limón, conseguí quitar la mancha. Luego volví al comedor, puse en su sitio el tapete y sólo entonces me acordé de la carta. Estaba dirigida a mí: Alfredo. La abrí y leí: «He hecho la limpieza. La comida te la guisas tú; total, ya estás acostumbrado. Adiós. Me vuelvo con mamá. Agnese.» Durante un momento no entendí nada. Luego releí la carta y por fin comprendí: Agnese se había ido, me había dejado después de dos años de matrimonio. Por la fuerza de la costumbre, guardé la carta en el cajón del aparador donde meto las boletas y la correspondencia y me senté en una sillita, cerca de la ventana. No sabía qué pensar, no estaba preparado para esto y casi no me lo creía. Mientras estaba reflexionando bajé la mirada al pavimento y vi una plumita blanca que debía haberse soltado del plumero cuando Agnese había quitado el polvo. Recogí la pluma, abrí la ventana y la tiré. Luego cogí el sombrero y salí de casa.
Al caminar, pisando, según un vicio mío, una baldosa sí y otra no en la acera, comencé a preguntarme que había podido hacerle yo a Agnese para que me abandonase con tanta maldad, casi con intención de ultrajarme. Ante todo, pensé, veamos si Agnese puede reprocharme cualquier traición, aunque fuera mínima. En seguida me contesté: ninguna. Nunca me han entusiasmado mucho las mujeres, no las entiendo y no me entienden; pero desde el día en que me casé, puede decirse que dejaron de existir para mí. Hasta el punto de que la propia Agnese me provocaba a menudo, preguntándome:
-¿Qué harías si te enamorases de otra mujer?
Y yo respondía:
-No es posible; te amo a ti y este sentimiento durará toda mi vida.
Ahora, al volverlo a pensar, me parecía recordar que aquel «toda mi vida» no la había alegrado, al contrario: había puesto una cara larga y había enmudecido. Pasando a otro orden de ideas, quise examinar si, por azar, Agnese me había dejado por motivos de dinero y, en suma, por el trato económico que yo le daba. Pero también esta vez me di cuenta de que tenía la conciencia tranquila. Es cierto que no le daba dinero sino excepcionalmente, pero ¿para qué quería dinero? Siempre estaba yo allí, dispuesto a pagar. Y en cuanto al trato, vamos, no era malo: juzguen ustedes. Cine dos veces a la semana, dos veces al café, y no importaba que tomara un helado o un simple café; un par de revistas ilustradas al mes, y el periódico todos los días; en invierno, incluso, la llevaba a veces a la Opera; durante el verano, veraneo en Marino, en casa de mi padre. Esto en lo que se refiere a las diversiones; en cuanto a los vestidos, Agnese podía quejarse todavía menos. Cuando necesitaba alguna cosa, fuese un sostén o un par de zapatos o un pañuelo, yo estaba siempre dispuesto; iba con ella de tiendas, escogía con ella el artículo, pagaba sin rechistar. Y lo mismo con las sombrereras y las modistas; no ha habido vez que ella me dijera: «Necesito un sombrero, necesito un vestido», que yo no le contestara: «Vamos, te acompaño». Por otra parte, hay que reconocer que Agnese no era exigente; después del primer año no volvió en absoluto a hacerse vestidos. Más aún, era yo quien tenía que recordarle que necesitaba esta o aquella prenda. Pero ella me contestaba que tenía ropa del año anterior y que no importaba; hasta el punto de que llegué a pensar que en este aspecto, era distinta de las otras mujeres y que no le interesaba vestir bien.
Así, pues, ni asuntos de corazón ni dinero. Quedaba lo que los abogados llaman incompatibilidad de caracteres. Y me pregunté: ¿Qué incompatibilidad de caracteres podía haber entre nosotros después de dos años sin haber discutido ni una sola vez? Estábamos siempre juntos; si hubiera existido esta incompatibilidad se habría manifestado alguna vez. Pero Agnese no me contradecía nunca; más aún, se puede decir que ni siquiera hablaba. Ciertas veladas que pasábamos en el café o en casa casi ni abría la boca, era yo quien hablaba. No lo niego, me gusta hablar y oírme, especialmente si estoy con una persona con la que tengo confianza. Tengo una voz calmosa, regular, sin altos y bajos, razonable, fluida y, si abordo un tema, lo destripo de cabo a rabo, en todos sus aspectos. Y, además, los temas que prefiero son los caseros: me gusta hablar del precio de las cosas, de la disposición de los muebles, de la cocina, de la calefacción, en suma, de cualquier tontería. No me cansaría nunca de hablar de estas cosas; siento tanto placer al hacerlo que a veces advierto que comienzo otra vez por el principio, con los mismos razonamientos. Pero, seamos justos, éstas son las conversaciones que hacen falta con una mujer. ¿De qué se iba a hablar, si no? Agnese, además, me escuchaba con atención, o al menos así me lo parecía. Solo una vez, mientras le explicaba el funcionamiento del calentador eléctrico del baño me di cuenta de que se había dormido. Le pregunté, despertándola:
-¿Qué pasa? ¿Te aburrías?
-No, no -contestó de inmediato-; estaba cansada; esta noche no he dormido.
Los maridos suelen ir a una oficina o se ocupan de sus negocios, o no tienen nada y se van de paseo con los amigos. Pero en mi caso, mi oficina, mis negocios, mis amigos eran Agnese. No la dejaba sola ni un momento, estaba a su lado incluso -se asombrarán ustedes- cuando cocinaba. Tengo la pasión de la cocina y todos los días, antes de las comidas, me ponía un delantal y ayudaba a Agnese en la cocina. Hacía un poco de todo: pelaba las patatas, despuntaba las judías, preparaba el picadillo, vigilaba las ollas. La ayudaba tan bien que a menudo ella me decía:
-Mira, hazlo tu... Me duele la cabeza... Voy a echarme en la cama.
Y yo, entonces, cocinaba solo; y, con ayuda del libro de cocina, era capaz incluso de experimentar platos nuevos. Lástima que Agnese no fuera golosa; más aún, en los últimos tiempos había perdido el apetito y casi no tocaba la comida. Una vez me dijo, como de broma:
-Te has equivocado al nacer hombre... Tu eres una mujer... Mejor dicho, un ama de casa.
Debo reconocer que en esta frase había algo de verdad: en efecto, además de cocinar, me gusta también lavar, planchar, coser e incluso, en los ratos de ocio, rehacer las vainicas de los pañuelos. Como ya he dicho, no la dejaba nunca; ni siquiera cuando venía a verla alguna amiga o su madre; ni siquiera cuando se le metió en la cabeza, no sé por que, dar clases de inglés; con tal de estar a su lado me resigné yo también a aprender esa lengua tan difícil. Estaba tan apegado a ella que alguna vez llegué a encontrarme ridículo; como aquel día en que, al no haber entendido una frase que me dijo en voz baja, en un café, la seguí hasta el tocador y la encargada me paró advirtiéndome que era para señoras y que yo no podía entrar. Bueno, no es fácil encontrar un marido como yo. Con frecuencia ella me decía:
-Tengo que ir a tal sitio, ver a tal persona que no te interesa.
Pero yo le contestaba:
-Te acompaño... Total, no tengo nada que hacer... Ella, entonces, me respondía:
-Por mí, ven, pero ya te advierto que te aburrirás. En cambio, no, no me aburría, y después se lo decía: 
-¿Has visto? No me he aburrido. En suma, éramos inseparables.
Pensando en todas estas cosas y sin dejar de preguntarme, en vano, por que me había dejado Agnese, llegué a la tienda de mi padre. Es una tienda de objetos religiosos, hacia la Plaza de la Minerva. Mi padre es un hombre todavía joven: cabellos negros, rizados, bigotes negros y, bajo estos bigotes, una sonrisa que nunca he entendido. Quizás por su costumbre de tratar con curas y con personas devotas es un hombre muy dulce, calmoso, siempre de buenas maneras. Pero mamá, que lo conoce, dice que los nervios los tiene todos por dentro. Así, pues, pasé entre todos los escaparates llenos de casullas y sagrarios y fui en derechura a la trastienda, donde tiene su escritorio. Como de costumbre, estaba haciendo cuentas, mordiéndose los bigotes y reflexionando. Le dije, jadeante:
-Papá... Agnese me ha dejado.
Alzó la vista y me pareció que sonreía bajo sus bigotes; pero quizás solo fue una impresión. Dijo:
-Lo siento, lo siento mucho... ¿Cómo ha sido? 
Le conté como había ocurrido todo. Y concluí:
-Desde luego, me disgusta... Pero, sobre todo, quisiera saber por qué me ha dejado.
Él preguntó, perplejo:
-¿No lo entiendes?
-No.
Se quedó callado un instante y luego dijo, con un suspiro:
-Alfredo, lo siento, pero no sé que decirte... Eres mi hijo, te mantengo, te quiero... Pero de tu mujer debes ocuparte tú.
-Sí, pero ¿por qué me ha dejado?
Él meneó la cabeza:
-En tu lugar, yo no ahondaría mucho... Déjalo correr. ...¿Qué te importa saber los motivos?
-Me importa mucho..., más que nada.
En aquel momento entraron dos curas y mi padre se levantó y fue a su encuentro, diciéndome:
-Vuelve después... Hablaremos... Ahora tengo que hacer.
Comprendí que no podía esperar más de él, y salí. La casa de la madre de Agnese no estaba muy lejos, en el corso Vittorio. Pensé que la única persona que podía explicarme el misterio de su partida era la propia Agnese, y me encaminé hacia allí. Subí a la carrera las escaleras, me hicieron entrar en la sala. Pero en vez de Agnese vino su madre, una mujer a la que no podía soportar, también comerciante, con cabellos teñidos de negro, mejillas rojas, sonriente, socarrona, falsa. Estaba en bata, con una rosa en el pecho. Al verme dijo, con fingida cordialidad:
-Oh, Alfredo..., ¿cómo por aquí?
-Ya sabe por qué, mamá -respondí-. Agnese me ha dejado.
Ella dijo, muy tranquila:
-Sí, está aquí, hijito... ¿Qué le vamos a hacer? Son cosas que pasan.
-¿Cómo? ¿Me contesta de esta forma?
Me observó durante un momento y después me preguntó:
-¿Se lo has dicho a los tuyos?
-Sí, a mi padre.
-¿Y qué ha dicho él?
¿Qué podía importarle saber lo que había dicho mi padre? Respondí, a regañadientes:
-Ya sabe cómo es papá... Dice que no debo ahondar...
-Muy bien dicho, hijo mío... No ahondes...
-Pero, en resumidas cuentas -dije, acalorándome-, ¿por qué me ha dejado? ¿Qué le he hecho? ¿Por qué no me lo dice usted?
Mientras hablaba, enfurecido, mi vista cayó sobre la mesa. Estaba cubierta por un tapete y sobre el tapete había un centro blanco, bordado, y sobre el centro un jarrón lleno de claveles rojos. Pero el centro estaba mal colocado. Mecánicamente, sin saber muy bien lo que hacía, mientras ella me miraba sonriendo y no me contestaba, levanté el jarrón y puse el centro en su sitio. Me dijo, entonces:
-¡Estupendo! ...Ahora el centro está justamente en el medio... Yo no lo había advertido, pero tú lo has visto en seguida. ...Muy bien. ...Y ahora, será mejor que te vayas, hijito.
Se había levantado, entre tanto, y también me levanté yo. Hubiera querido preguntar si podía ver a Agnese, pero comprendí que era inútil; y además temía perder la cabeza si la veía, y hacer o decir alguna tontería. De manera que me fui, y desde aquel día no he vuelto a ver a mi mujer. Quizás volverá un día, considerando que no es fácil encontrar un marido como yo. Pero no traspasará el umbral de mi casa, si antes no me explica por qué me ha dejado.

Alberto Moravia

domingo, 7 de septiembre de 2014

Angle Editorial - Born 1714


Museo da Terra de Melide II

        

        


Onde hai un cruceiro houbo sempre un pecado, e cada cruceiro é unha oración de pedra que fixo baixar un perdón do Ceo, polo arrepentimento de quen o pagou e polo gran sentimento de quen o fixo.
¿Tendes reparado nos nosos cruceiros aldeáns? Pois reparade.
A Virxe das Angustias, enclavada no reverso de moitas cruces de pedra, non é a Piedá dos escultores; é a Piedade creada polos canteiros.
Os nosos canteiros, deixándose levar polo sentimento, non podían maxinar un home no colo* da nai.
Para os artistas canteiros Xesucristo sempre é pequeno, sempre é o Neno, porque é o Fillo, e os fillos sempre somos pequenos nos colos das nosas nais.
Reparade nos cruceiros e descubriredes moitos tesouros.
Castelao
* regazo


Ós pés do Santo Cristo da Agonía
xuntas van a rezar
náis, mulleres e mozas dos soldados
que loitan contra o Islán.
O mesmo rogan, mais... ¡qué diferenza
n-esas pregarias hai!
Soñadoras, as noivas din: “!Señor,
que volva Xeneral!"
As mulleres, pensando nos filliños,
rezan murchas: "¡Señor, que volva sán!"
E afogadas en puro amor, somentes
             "¡Que volva!" din as nais.      
                                                                                     Ramón Cabanillas