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lunes, 13 de julio de 2015

Onix Editor




¡Maldito sea Pochet en avión!

Cuando subo a un avión, ruego siempre al Cielo que me dé por vecino a alguien que no haya subido antes. Es, en efecto, la única clase de viajeros que no puede hablar de sus experiencias anteriores. Y, además, sonrientes, con... una sonrisa forzada, a veces, para darse confianza, pero no importa... En verdad, he terminado por convencerme de que esa especie ha desaparecido ya de la superficie del globo.
En general, la casualidad me depara un gran número de viajeros que contemplan con expresión disgustada la Cordillera de los Andes, que ya han salvado veinte veces, o me cuentan con detalle, antes de aterrizar, cómo en 1937 por poco tienen que hacerlo en Karachi sobre una sola rueda.
El viaje de regreso Nueva York - París, desde ese punto de vista, sobrepasó a todo lo que podía esperar. Porque mi vecino era Pochet, y maldito sea el destino, que ha hecho de Pochet —porque pilotó una vez en Bleriot en 1934 y posee relaciones en el mundo aeronáutico— un apasionado y un experto de la aviación.
Apenas habían procedido al ensayo de los motores en la pista de despegue, cuando vi a Pochet consultar su cronómetro y contar los segundos.
—Uno..., dos..., tres..., cuatro... Dura demasiado ese punto fijo —observó—. Reconozco que con estos motores es preciso chequear (comprobar) un centenar de órganos antes de despegar, pero de todas formas debe ocurrir algo anormal... Ya deberíamos estar en el aire...
Pronto lo estuvimos, normalmente a mi juicio, y el aparato tomó altura como lo hacen afortunadamente la mayoría de los aviones. Cuando describíamos un amplio semicírculo en el espacio, Pochet, hablándome de los "postigos de intradós", comparó la estabilidad de nuestro aparato con la de otro que, según él, era muy superior.
—Además —me confió—, no tardarán en cambiar estos taxis ya viejos. Lo sé: tengo un amigo en la Compañía. Aún harán como máximo unos diez viajes y todo este material habrá desaparecido.
¿Lo confesaré? No me gusta mucho subir a un avión que hace su primer viaje, pero aún me gusta menos saber que hace uno de los últimos. Al contrario que Sonia, siempre alerta (dime: ¿no tienes la impresión de que se incendia el motor de la izquierda?), presto de costumbre la menor atención posible a esas pequeñas cosas que, sobre las alas, sudan, caen, tiemblan y parecen a punto de despegarse. Pero entonces me sorprendí al ver que las miraba con insistencia. Sin embargo, todo parecía ir bien, avanzábamos sobre el cielo como sobre raíles cuando, al cabo de media hora aproximadamente, vi a Pochet moverse nervioso en su asiento y mirar otra vez su reloj.
—No sé realmente —dijo— lo que espera para hacer el cambio de régimen.
Me pregunté si no iría a la cabina de mandos para señalar aquella omisión y empecé a meditar sobre los cambios de régimen. Otra cosa que ignoraba... Antes estaba mucho más tranquilo. ¿Por qué cambiar de régimen cuando todo parecía ir bien? Aquel diablo de hombre había sembrado la inquietud en mí. Me imaginé el drama de la cabina: el piloto que accionaba desesperadamente los mandos...; los motores, que se negaban a cambiar de régimen...; la radio, que lanzaba un S. O. S.... Envidié a los jóvenes esposos americanos que, delante de nosotros, despreocupados por ignorancia, habían desplegado sobre sus rodillas un plano de París y atravesaban con el dedo la Plaza de la Concordia como si ya estuviesen allí. ¡Afortunada juventud!
Los motores, de pronto, me parecieron que se paraban.
—¡Ya está! —dijo Pochet.
—¿El qué? —pregunté, con un nudo en la garganta.
—¡Pues el cambio de régimen!
Respiré. Durante varias horas, debo reconocerlo, mi tirano me dejó en paz. Y sin duda así habría seguido si, por la noche, una tormenta (de una violencia excepcional, como todas las tormentas) no hubiese cogido al avión entre sus remolinos. A mí me gustan las tormentas. Me gusta el océano. Me gusta el avión. Pero no me gustan los tres a la vez. Es lo que le dije a Pochet, a quien los ruidos habían despertado. Pero los técnicos son como los médicos: si nos inquietamos nos tranquilizan; si nos tomamos las cosas a la ligera, nos llaman temerarios.
—Está usted en una caja de Faraday —me dijo Pochet—. No tiene, pues, nada que temer.
—Lo comprendo —admití yo sin comprender—, pero...
—¿Sabe usted —me interrumpió el técnico (seguro de mi ignorancia)— que de cada cien aviones cuatro son alcanzados por el rayo todos los días, sin que los pasajeros se den cuenta?
Yo le contesté que por el momento prefería pensar en otra cosa. Pero Pochet empezó a contarme las tormentas que había pasado: comparadas con ellas, la presente no era más que un vulgar petardo.
—Por encima del Sahara, en plena noche, vi una bola de fuego atravesar el aparato. ¿Qué le parece?
Naturalmente, no contesté.
—Todo eso es normal. Además, mientras no veamos a la azafata pasearse sin motivo, con expresión indiferente, entre los viajeros, es que la cosa no es muy grave.
Apenas había pronunciado esas palabras, cuando se abrió la puerta. ¡Aparición espectral en la penumbra azulada! La azafata empezó a pasearse como si mostrara un modelo de Fath. Yo empecé a contemplar las caras de los viajeros como si fueran las últimas que me fuese dado ver en la tierra. En conjunto, me parecieron bastante melancólicas.
Para pasar el tiempo, en espera de que pasase definitivamente y pensar en otra cosa, eché una ojeada sobre los atractivos folletos puestos graciosamente a mi disposición por la Compañía en el bolsillo de mi asiento. No tuve suerte: el primero que se ofreció a mi lectura se titulaba: How to ditch without a hitch (Cómo hacer un amaraje forzoso sin dificultad). Folleto encantador, en colores, muy tranquilizador, he de decirlo, que nos enseña lo que hay que hacer para amarar con tanta gracia y serenidad como una gaviota, y en el que el papel de náufrago estaba asimilado a una ventura tan deliciosa que la boca se nos hacía agua. Los dibujos mostraban a los viajeros sanos y salvos, jugando a las cartas en su bote, y bajo una sombrilla me parecieron que se asemejaban más al Embarco de Watteau que a La Balsa de Géricault. El texto no era menos alegre: Su chaleco de salvamento, de un amarillo muy bonito y de corte armonioso, se encuentra en una bolsa encima de su cabeza. En caso de amaraje, saque todos los objetos puntiagudos que pueda llevar en los bolsillos; desabróchese el cuello, quítese la corbata, descálcese, pero no se desnude más (yo comenzaba a temblar): tendrá usted más calor en el bote. Póngase el chaleco de salvamento como se pondría un jersey, y anude los cordones superiores con un nudo de mariposa. (Hay por lo menos una cosa que me olvidaría de hacer, otra que no sabría (el nudo de mariposa) y una tercera que la haría al revés.) Infle su chaleco cuando se lo digan. Es muy fácil. Basta con tirar con un golpe seco de los dos cordones de abajo. Si el chaleco no se hincha inmediatamente (no es tan fácil), vuelva la extremidad del tubo de goma en el sentido de las agujas de un reloj. (Un folleto es realmente explicativo si alude a las agujas del reloj. Para mí ha habido siempre seis sentidos: el sentido del olfato, el sentido auditivo, el sentido visual, otros dos de los que no se habla nunca, y el sentido de las agujas de un reloj, que pierdo por completo, en cuanto me piden que lo recuerde.) Por lo demás, no había motivos de preocupación: En todos nuestros aviones hay botes suficientes y todos están provistos de las máximas comodidades: radio, equipos de pesca, sombrillas regulables. Ahora ya sabe todo lo que es necesario saber sobre los amarajes. ¡Tranquilícese y aproveche bien el viaje!
Eso fue lo que intenté hacer, sin mucho éxito. Mientras tanto, viéndome despierto, la encantadora azafata inclinó sobre mí un rostro que me pareció extrañamente angelical.
—¿Necesita usted algo?
—Tengo todo lo que necesito —contesté (incluso más, eso no se lo dije, pensando contra mi voluntad que si ella pudiera librarme de mi vecino, moriría yo más tranquilo).
Después de la azafata, salió el piloto, seguido de otro oficial y después de un tercero. Había salido tal cantidad de gente de aquella cabina que yo me pregunté si es que quedaría alguien en ella. Los tres hombres se dirigieron hacia la parte trasera del avión, como si los motores estuvieran en la cola. El hecho de que hubiesen ido sencillamente a tomar una copa en el bar me pareció tranquilizador.
—¡Me parecen muy jóvenes! —dijo Pochet.
Y me hizo del piloto perfecto ("aún joven, pero no demasiado viejo, soltero; dotado de sangre fría, pero no temerario; sobre todo abstemio y no fumador, pero con suficiente apego a la vida") tal retrato, que consideré imposible encontrar ese tipo de hombre.
Mientras tanto, para huir de la zona perturbada, el avión subió en la noche. Incluso me pareció que subíamos terriblemente.
—Si esto continúa —dije a Pochet, esforzándome por sonreír—, terminaremos por encontrar gente.
Pero nuestro técnico ya no estaba dispuesto a bromear. Con el lápiz en la mano se entregaba a misteriosos cálculos. Me dormí. Cuando me desperté, era de día. El Mayor, ya afeitado, parecía de excelente humor.
—We had a bit of a picknik last night! (¡Tuvimos una pequeña juerguecita esta noche!) —dijo, aparentemente encantado de haber disputado un buen partido con el cielo.
Mientras tanto, Pochet seguía calculando.
—Salvo error —dijo—, dentro de cinco minutos, Mayor, verá usted Finisterre.
Yo me maravillé de su ciencia cuando apareció la costa. En el mismo momento nos pasaron un papel: La ciudad que vamos a pasar es Burdeos.
—Han debido de cambiar de rumbo sin que me diese cuenta —murmuró Pochet.
Un poco confuso, se mantuvo silencioso hasta Orly, donde aterrizamos como habíamos volado: sin novedad.

Pierre Daninos

Gracias, Krahe