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martes, 29 de octubre de 2013

Miravet

Es el segundo castillo románico más importante de España, después de Loarre, y el que cuenta con más dependencias cubiertas de toda Cataluña.
La alfarería es una tradición muy arraigada que hace de Miravet y su "raval dels canterers" uno de los últimos pueblos donde se mantiene vivo este oficio.
Siete son los talleres alfareros donde se pueden adquirir las piezas clásicas de marcado carácter miravetano: "pitxells", cántaros, cadufos, "gerres", lebrillos, etc. (algunos de ellos disponen de museos particulares de gran interés).

    




Un día, el zar descubrió que uno de los botones de su chaqueta preferida se había caído.
El zar era caprichoso, autoritario y cruel. Así que furioso por la ausencia del botón, mandó buscar al sastre y ordenó que a la mañana siguiente fuera decapitado por el hacha del verdugo.
Nadie contradecía al emperador de todas la Rusias, así que la guardia fue hasta la casa del sastre y, arrancándolo de entre los brazos de su familia, lo llevó a la mazmorra del palacio para esperar allí la muerte.
Al atardecer, cuando el carcelero le llevó al sastre la última cena, esté meneó la cabeza y musitó:
-¡Pobre zar!
El guardia no pudo evitar la carcajada.
-¿Pobre zar? Pobre de ti. Tu cabeza quedará bastante lejos de tu cuerpo mañana mismo.
-Tu no lo entiendes – dijo el sastre – ¿Qué es lo más importante para nuestro zar?
-¿Lo más importante? – contestó el guardia – . No lo se. Su pueblo.
-No seas estúpido. Digo algo realmente importante para él.
-¿Su esposa?
-¡Más importante!
-¡Los diamantes! – creyó adivinar el carcelero.
-¿Qué es lo que más le importa al zar en el mundo?
-¡Ya lo sé, su oso!
-¿Y?
-Mañana, cuando el verdugo termine conmigo... el zar perderá su única oportunidad de conseguir que su oso hable.
-¿Tú eres entrenador de osos?
-Un viejo secreto familiar – dijo el sastre – ¡Pobre zar!
Deseoso de ganarse favores con el zar, el pobre guardia corrió a cantarle al soberano su descubrimiento. ¡El sastre sabia enseñar a hablar a los osos!
El zar estaba encantado. Mandó a buscar inmediatamente al sastre, y cuando lo tuvo frente a si le ordenó:
-¡Enséñale a mi oso nuestro lenguaje!
El sastre bajó la cabeza.
-Me encantaría complacerle, ilustrísima, pero enseñar a hablar a un oso es una tarea ardua y lleva tiempo. Lamentablemente, tiempo es lo que menos tengo.
-¿Cuánto tiempo llevará el aprendizaje? – preguntó el zar.
-Depende de la inteligencia del oso…
-¡El oso es inteligente! – interrumpió el zar – De hecho es el oso más inteligente de todos los osos de Rusia.
-Bien. Si el oso es inteligente y siente deseos de aprender... el aprendizaje duraría aproximadamente ¡dos años!
El zar pensó durante un momento.
-Bien tu pena será suspendida durante dos años mientras entrenes al oso.
-¡Mañana empezarás! – ordenó.
-Alteza – dijo el sastre
-Si tú mandas al verdugo a ocuparse de mi cabeza, mañana estaré muerto. Mi familia se las ingeniará para sobrevivir. Pero si me conmutas la pena, ya no tendré tiempo para dedicarme a tu oso. Deberé trabajar de sastre para mantener a mi familia.
-Eso no es un problema – dijo el zar – A partir de hoy, y durante dos años, tú y tu familia estaréis bajo la protección real. Seréis vestidos, alimentados y educados con el dinero del zar. Nada que necesitéis o deseéis os será negado. Pero, eso si: si dentro de dos años el oso no habla... te arrepentirás de haber pensado esta propuesta. Rogarás que el verdugo te hubiera matado. Entiendes, ¿verdad?
-Si, alteza.
-Bien, ¡guardias! – gritó el zar – Que lleven al sastre a su casa en el carruaje de la corte. Dadle dos bolsas de oro, comida y regalos para los niños. ¡Ya! ¡Fuera!
El sastre, en reverencia y caminando hacia atrás, empezó a retirarse mientras musitaba agradecimientos.
-No lo olvides – le dijo el azar apuntándolo con el dedo directamente a la frente – Si en dos años el oso no habla...
Cuando todos en casa lloraban por la pérdida del padre de familia, el sastre apareció en la casa en el carruaje del zar, sonriente, eufórico y con regalos para todos. La esposa del sastre no cabía en sí de asombro. Su marido, al que pocas horas antes se le había llevado al cadalso, volvía ahora, acaudalado y exultante.
Cuando estuvieron solos, el hombre le contó los hechos
-¡Estás loco! – gritó la mujer – ¡Enseñar a hablar al oso del zar! Tú, que ni siquiera has visto a un oso de cerca. Estás loco. Enseñar a hablar a un oso. Loco, estás loco.
-Calma, mujer, calma.
-Mira, me iban a cortar la cabeza mañana al amanecer. Y ahora tengo dos años. En dos años pueden pasar tantas cosas. En dos años – siguió el sastre – se puede morir el zar. Me puedo morir yo. Y lo más importante: ¡A lo mejor el oso habla!
Jorge Bucay   El oso