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sábado, 25 de agosto de 2018

Depo









El cocodrilo (5)

3 

No, no era una pesadilla, sino una indiscutible realidad. De no ser así, ¿hubiera yo emprendido este relato? 
Era ya algo tarde, cerca de las ocho, cuando llegué al Pasaje, y para penetrar en la habitación donde se hallaba expuesto el cocodrilo, tuve que pasar por la escalera de servicio porque el alemán había cerrado más pronto que de costumbre. 
Embutido en un grasiento abrigo se paseaba a lo largo del local y parecía mucho más satisfecho que por la mañana. Se comprendía que el negocio le salía a pedir de boca; sin duda había venido mucho público. Luego se presentó la madre con el propósito manifiesto de vigilarme. De cuando en cuando cuchicheaba con el hijo, el cual, a pesar de tener ya cerrado el establecimiento, me hizo pagar los veinticinco kopeks. Aquel hombre llevaba hasta el exceso su espíritu de orden. 
-Tendrá usted que pagar siempre que venga -dijo-. Pero mientras el público vulgar ha de pagar un rublo, usted no tendrá que soltar más que veinticinco kopeks (Un kopek equivale a la centésima parte de un rublo) en atención a ser tan buen amigo de su amigo, cosa que estimo de veras. 
-¿Vives todavía? ¿Estás aún en este mundo, querido y sabio amigo? -exclamé acercándome a la tina del cocodrilo, esperando que mis lejanas palabras llegarían a oídos de Iván Matveich y halagarían su amor propio. 
-Estoy vivo y sano -respondió con voz apagada que parecía salir de debajo de una cama, por más que yo estuviese encimita de él-. Estoy vivo y sano; pero ya hablaremos de eso después. Ante todo, ¿cómo van nuestros asuntos? 
Fingí no habarle oído, y seguí dirigiéndole preguntas a fuer de alma compasiva. ¿Cómo se encontraba dentro del cocodrilo? ¿Qué había por allí dentro? Al procurar informarme no hacía más que cumplir con un deber de amistad y hasta de simple cortesía. Pero él me interrumpió con impaciencia y enfado, gritándome con el autoritario acento que le caracterizaba:  
-¡Los asuntos! -y su voz débil me pareció particularmente desagradable. 
Le referí hasta en sus menores detalles mi conversación con Timotei Semionich, esforzándome por darle a entender con el tono de mi voz que me había resentido. 
-Dice muy bien el viejo -concluyó Iván Matveich con aquella brusquedad de que siempre hacía gala conmigo-. Me gustan las personas prácticas, y no puedo sufrir a los pusilánimes. Reconozco, sin embargo, que tu idea de una comisión no es tan absurda como parece. En efecto, puedo hacer aquí observaciones muy interesantes tanto desde el punto de vista científico como desde el punto de vista moral... Pero este asunto toma un cariz muy inesperado y hay que preocuparse ya de algo más que del sueldo. Escúchame con atención. ¿Estás sentado? 
-No, continúo de pie. 
-Pues siéntate en cualquier parte, aunque sea en el suelo, y escúchame atentamente. 
Lleno de rabia, cogí una silla y la puse en el suelo con estrépito. 
-Escucha -continuó él dándoselas de jefe-. Hoy ha venido al local un gentío enorme. A las ocho, es decir, mucho antes que de costumbre, creyó oportuno el patrón cerrar las puertas a fin de contar el dinero recaudado y tomar sus medidas para mañana, porque es de presumir que mañana se convertirá esto en una verdadera romería. Vendrán indudablemente los hombres más sabios, las damas más elegantes, embajadores, abogados, etc..., y no parará aquí la cosa, sino que los habitantes de las diversas provincias de nuestro dilatado e interesantísimo imperio ya inician un éxodo hacia la capital. Por más que esté escondido, he de hacerme muy visible; he de desempeñar un papel de primer orden. Habré de contribuir a la instrucción de esa muchedumbre de vagos. Aleccionado yo por la experiencia, les ofreceré un ejemplo de grandeza de alma y de resignación con la suerte. Seré una suerte de cátedra desde la cual caerán sobre la multitud las más sublimes palabras. Solamente los datos científicos reunidos ya por mí acerca del monstruo en que habito son infinitamente valiosos. Por eso, no tan sólo no lamento el percance de que he sido víctima, sino que auguro desde ahora que habrá de ejercer en mi porvenir favorabilísimo influjo. 
-¿Y no te aburrirás? -le hice observar maliciosamente, pues me había enojado ver que sólo hablaba de sí mismo y con tal arrogancia. ¿Por qué -me decía desconcertado en mi interior- esta cabeza de chorlito emplea palabras tan altisonantes? ¡Mejor haría en llorar que en ponerse tan hueco! 
-No me aburriré -respondió severamente-. Ahora que por fin ya dispongo de tiempo, puedo consagrarme por entero a las grandes ideas y preocuparme de la suerte de la Humanidad. De este cocodrilo han de salir la verdad y la luz. No hay duda que he de descubrir una teoría nueva y personal, relaciones económicas nuevas de las cuales con mucha razón podré enorgullecerme. Hasta ahora no pude dedicarme de lleno a estas materias, por el poco tiempo libre que me dejaban la oficina y las triviales distracciones mundanas. Pero ahora lo he de revolucionar todo; seré otro Fourier...; y a propósito: ¿le entregaste los siete rublos a Timotei Semionich?. 
-Sí, se los he entregado de mi bolsillo particular –le contesté esforzándome por darle a entender en el tono de mi voz toda la trascendencia del tal sacrificio. 
-Ya arreglaremos cuentas -repuso él con arrogancia-. Seguramente me aumentarán el sueldo. Porque, si a mí no me ascendieran, ¿a quién ascenderían? Me parece que han de sacar bastante provecho de mí de ahora en adelante. Pero, a lo práctico, ¿y la mujer? 
-¿Te referirás sin duda a Elena Ivanovna, no es eso?  
-¡La mujer! -gritó. 
No había más remedio que bajar la cabeza ante aquel diablo de hombre. Humildemente, aunque rechinando los dientes de rabia, le conté cómo me había separado de su esposa. El no me dejó hablar y me interrumpió con impaciencia. 
-Tengo mis proyectos particulares respecto a ella. Si «aquí» me hago célebre, quiero que ella también lo sea «allá». Los sabios, poetas, filósofos y mineralogistas de paso en la población, los hombres de estado que vengan a platicar conmigo por la mañana, frecuentarán por la noche su salón. Desde la semana que viene, será preciso que comience a recibir visitas. Como me doblarán el sueldo, tendrá bastante para hacer los honores de la casa. Aunque, después de todo, con té y algunos criados habrá de sobra. De eso no tenemos que preocuparnos más... Hace mucho tiempo que yo aguardaba la ocasión de dar que hablar; pero con mi poco sueldo y mi poca categoría, no había medio. Pero ahora, habiéndome tragado este cocodrilo, lo ha arreglado todo. Todo el mundo anotará mis palabras; cualquier frasecilla mía dará que pensar y correrá de boca en boca y pasará a la letra de molde. ¡Seré conocido! Concluirán todos por comprender qué lumbrera dejaron que se tragase este monstruo. Unos dirán: «De haber nacido ese hombre en un país extranjero, hubiera llegado a ministro. Es muy capaz de gobernar un reino»; otros se lamentarán, diciendo: «¡Y pensar que a un hombre así no lo han puesto a la cabeza de un gobierno.» Francamente, ¿en qué soy inferior a un Garnier-Pages o a cualquier otro por el estilo? Mi mujer servirá para hacer juego conmigo. Yo poseo el talento; ella, la belleza y los atractivos. «Por ser tan guapa, se casó con ella», dirán unos; y otros rectificarán: «¡No, sino que es guapa por ser su mujer!» En una palabra, es preciso que mañana mismo se agencie Elena Ivanovna el Diccionario Enciclopédico editado bajo la dirección de Andrés Creivski para que pueda hablar de todo, y que asimismo tenga gran cuidado de leerse todos los días el artículo de fondo del Mensajero de Petersburgo y de confrontado con el de El Cabello. Supongo que el dueño de este cocodrilo no se negará a llevarme de cuando en cuando con su bicho al brillante salón de mi mujer, donde diré cosas muy talentudas que tendré preparadas desde por la mañana. Al hombre de Estado le comunicaré mis opiniones gubernamentales; recitaré versos a los poetas; con las señoras me mostraré ameno y galante sin inspirar la menor inquietud a sus maridos. Pero a todos les ofreceré un gran ejemplo de sumisión al destino y a los decretos de la providencia. Haré de mi mujer una literata notable; la empujaré y haré que la comprenda el público. pues considero a mi mujer dotada de altísimas condiciones y si con justicia es comparado Andrés Alexandrovich con Alfredo de Musset, no sé por qué no han de equipararla a ella con Eugenia Tour. 
Confieso que por más que aquella locura fuese habitual en Iván Matveich, no pude menos de pensar que tenía fiebre y deliraba. Se hubiera dicho que la vulgaridad de Iván Matveich resaltaba corno contemplada con una lente que aumentase veinte veces por lo menos el volumen de las cosas. 
-Querido amigo -le pregunté-. ¿Esperas vivir mucho tiempo de ese modo? Dime, ¿te encuentras bien? ¿Cómo comes? ¿Cómo duermes? ¿Respiras bien? Ten en cuenta que soy tu amigo y reconoce que el lance es bastante extraordinario para que justifique mi curiosidad. 
-Curiosidad bastante vana -respondió sentenciosamente-. A pesar de lo cual, consiento en satisfacerla. ¿Quieres saber cómo me las arreglo en las profundidades de este monstruo? Pues empiezo por decirte que con gran asombro de mi parte, me he encontrado con que este cocodrilo está hueco. Me parece que estoy metido en un gran saco de caucho semejante a los que venden los tenderos de la calle Gorovjokaia y de la Morskai y, si mal no recuerdo, también los de la avenida Vozniesienski. por lo demás, si así no fuera, reflexiona, ¿cómo hubiera podido meterme dentro? 
-¿Es posible? -exclamé con una estupefacción muy natural-. ¿De modo que este cocodrilo está absolutamente hueco? 
-Como te lo digo -confirmó Iván Matveich con gravedad extremada-, y es muy probable que las leyes mismas de la Naturaleza lo hayan dispuesto así. El cocodrilo consta en total de una bocaza provista de dientes muy muy agudos y de un rabo bastante largo. En su interior, en el espacio que separa ambas extremidades, sólo se encuentra un gran vacío tapizado de una materia parecida al caucho y que seguramente lo será. 
-¿Y los pulmones, vientre, intestinos, hígado y corazón? -le interrumpí exasperado. 
-No los tiene. Nada de eso hay aquí, y es probable que nunca los haya habido. Esos prejuicios son sencillamente consecuencia de los fantásticos relatos de viajeros superficiales. Del mismo modo que inflamos de aire una pelota, inflo yo con mi cuerpo la vacuidad de este cocodrilo, que es elástico hasta un grado inverosímil. Así que tú, que eres mi amigo, podrías muy bien venir a ocupar un sitio junto a mí, si fueses tan generoso. Hay sitio de sobra para ti aquí dentro. En caso de necesidad, pienso traerme aquí a Elena Ivanovna. Después de todo, este descubrimiento concuerda a maravilla con las enseñanzas de las ciencias naturales, porque, suponiendo que tú pudieras crear un nuevo cocodrilo, tendrías que empezar por preguntar: -¿Cuál es la función principal que desempeña el cocodrilo? La respuesta no podía ser otra que la siguiente: -Tragarse hombres. -¿Y cuál ha de ser la conformación del cocodrilo para que llene lo mejor posible esa su misión de engullirse hombres? Respuesta inevitable: -Menester es que tenga espacio; luego -es necesario que esté hueco. Ahora bien; hace ya mucho tiempo que nos enseñó la física el horror que la Naturaleza siente por el vacío. Así, pues, el interior del cocodrilo habrá de empezar por estar hueco, mas a condición de no permanecer indefinidamente en tal estado. Es menester que se trague todo cuanto encuentre a fin de rellenarse. Ahí tienes la única explicación plausible que puede darse a esa propensión que los cocodrilos muestran a tragarnos. Entre los seres animados hay diferencias de constitución. Por ejemplo, mientras más vana es la cabeza de un hombre, menos experimenta la necesidad de rellenarse; pero ésa es la única excepción a la ley general que acabo de exponer. Todo esto me parece ahora tan claro como el día. Lo he comprendido así por el sólo poder de mi talento y de mi propia experiencia al sumergirme, por decirlo así, en los abismos de la Naturaleza, en la retorta adonde elabora sus misterios y al escuchar el latido de sus pulsos. Observa cómo la etimología misma da la razón, pues el nombre de cocodrilo expresa su voracidad. Cocodrilo, «cocodrilo» es una palabra italiana, contemporánea, sin duda, de los antiguos faraones de Egipto y derivada seguramente de la palabra francesa croquer, es decir, comer, nutrirse de. Todo esto me propongo explicarlo al público cuando dé mi próxima conferencia en el salón de Elena Ivanovna, adonde mandaré que me lleven en mi tina. 
-Querido amigo y pariente, ¡debes purgarte! –exclamé sin poder contenerme, creyendo, no sin espanto, que mi amigo tenía fiebre. 
-¡Sandeces! -respondió con tono despectivo-. ¿Cómo purgarme en esta situación? Pero ya me figuraba que saldrías recomendándome una purga. 
-Pero, querido amigo, ¿cómo puedes sostenerte? ¿Has comido hoy? 
-No, mas no tengo apetito, y es muy probable que nunca más necesite comer. Y se comprende; desde el momento en que lleno con mi persona todo el hueco interior de este cocodrilo, lo coloco en un estado de definitiva hartura. Años enteros podrá ya vivir sin que le echen de comer. Pero, según yo le infundo esa hartura, él, por su parte, me transmite todos los jugos vitales de su cuerpo. ¿No has oído decir que las mujeres presumidas se ponen, durante la noche, trozos de carne cruda en la cara, a manera de compresas, para parecer lozanas, tersas y seductoras, después del baño matinal? Pues una cosa parecida ocurre aquí. Yo alimento al cocodrilo con mi persona, pero recibo de él mi propio alimento. Así mutuamente, nos nutrimos. Pero como sería difícil hasta para un cocodrilo digerir a un hombre como yo, ha de sentir, sin duda alguna, pesadez en el estómago -que dicho sea de paso, no lo tiene-. Y por eso, para no molestarlo, evito en todo lo posible, volverme. Podría hacerlo, pero me abstengo por humanidad. Ese es el único inconveniente de mi situación, y Timotei Semionich tiene razón al llamarme, en sentido figurado, holgazán. Mas yo probaré que puede transformarse la suerte de la Humanidad por muy echado de costadillo que uno esté; más aún, que sólo en esta postura puede lograrse tal finalidad. Son los tunantes quienes elaboran todas las grandes ideas, todas las evoluciones intelectuales favorecidas por nuestros diarios y revistas. Y ésa es la razón de que muy apropiadamente se diga de esas publicaciones que son como laboratorios; mas eso poco importa. Yo voy a dedicar de nuevo cuño un sistema social completo y no podrían imaginarse lo sencillo que es. Basta para ello con aislarse en algún apartado rincón, en el interior de un cocodrilo, por ejemplo, y cerrar los ojos. Al punto descubre uno el paraíso de la Humanidad. Hace un rato, durante tu ausencia, me puse a idear sistemas e inmediatamente di con tres. Ahora ya estoy preparando el cuarto. Cierto que para esto es preciso empezar por echarlo todo abajo; pero, ¿qué cosa .más sencilla cuando se encuentra uno dentro de un cocodrilo? Mas no es eso todo. Desde el fondo de un cocodrilo, parece que ve uno el mundo con una gran claridad... Aunque mi situación presenta algunos inconvenientes, de poquísima monta. El interior de este cocodrilo es frío y viscoso; además apesta a resina. Me parece tener debajo de la nariz unas botas viejas. Pero a eso se reducen todas las molestias; no hay más de qué quejarse. 
-Iván Matveich -le dije-, milagros son ésos en los que me cuesta trabajo creer. ¿Tienes de veras la intención de no probar más bocado en toda su vida? 
-Pero, ¿puedes parar mientes en tales bagatelas, oh, cabeza de chorlito? Yo me preocupo solamente de desarrollar grandes ideas y en tanto tú... Pues ten presente que esas grandes ideas, que han venido a alumbrar las tinieblas en que sumido estaba, me sacian más que todo condimento. Por lo demás, nuestro excelente domador se ha preocupado ya de este punto con su excelente madre, y ambos han acordado introducir todas las mañanas por las fauces del cocodrilo un tubo encorvado, por medio del cual podré sorber mi café o algún potaje. Ya han encargado el tubo, mas yo lo considero innecesario. Espero vivir cuando menos mil años, si es verdad que los cocodrilos alcanzan esa longevidad. Infórmate de esto mañana mismo, porque podría suceder que estuviese equivocado y confundiese al cocodrilo con cualquier otro animal. Sólo una consideración me apura, y es que, como estoy vestido de paño y con las botas puestas, es muy seguro que el cocodrilo no podrá digerirme. Además, estoy vivo y me opongo a tal absorción con todos los bríos de mi voluntad, pues por nada del mundo quisiera sufrir la ordinaria transformación de los alimentos; lo tendría por demasiado humillante. Pero, por desgracia, el paño de mi traje es de fabricación rusa y temo que no pueda resistir a una permanencia de mil años en el interior de este monstruo. Concluiría por disolverse, y privado de esta defensa correría yo el riesgo de ser digerido, pese a toda resistencia. Durante todo el día podría defenderme; pero en llegando la noche, luego que sobre mí cayese el sueño, que acaba con la voluntad del hombre, ¿no estaría expuesto a sufrir la depresiva suerte de que me asimilaran como si fuese una patata, un churro o un gigote? Tal pensamiento me saca de mis casillas. Aunque sólo fuera para evitar semejantes vicisitudes, convendría alterar la tarifa de aduanas y proteger la importación de los paños ingleses, que son más fuertes que los nuestros y podrían resistir más tiempo las fuerzas absorbentes de la Naturaleza cuando quien con ellos se vistiese hubiera de penetrar en el interior de un cocodrilo. En la primera ocasión que se presente comunicaré este criterio mío a algún político al mismo tiempo que a los lectores de nuestros grandes diarios a fin de provocar un movimiento de opinión. Espero servir también para otras muchas cosas. No dudo que cada mañana vendrán a mí muchedumbres de curiosos que de buen grado aflojarán sus veinticinco kopeks con tal de conocer lo que pienso acerca de los últimos telegramas del día antes. En una palabra, que el porvenir se me presenta con los más halagüeños colores. 
-¡Está delirando! ¡Está delirando! -decía yo para mí. Pero, para ponerlo más a prueba, continué diciendo en alta voz: -Pero y la libertad, amigo mío, ¿dónde la dejas? Tú estás como en la cárcel. ¿Y no es la libertad el bien más preciado del hombre? 
-¡Qué tonto eres! -me respondió-. Cierto que los salvajes se mueren por la independencia; mas los sabios verdaderos gustan del orden más que de cosa alguna, porque sin orden... 
-¡Por favor, Iván Matveich...! 
-¡Cállate y atiende! -gritó furioso por mi interrupción-. Nunca me he sentido tan fuerte como ahora. En mi estrecho cobijo sólo temo la pesada crítica de los grandes diarios y los silbos de las hojas satíricas. Temo que las personas poco serias, los imbéciles, los envidiosos y, en general, los nihilistas se rían a mi costa. Mas ya tomaré mis medidas. Aguardo impaciente el juicio que la opinión pública, y sobre todo la prensa, han de formular sobre mí desde mañana. No dejes de tenerme al corriente de todo. 
-¡Bueno! Mañana te traeré un montón de periódicos. 
-Sería prematuro esperar que mañana mismo dijeran ya los periódicos del suceso, porque las noticias tardan siempre en publicarse unos cuantos días. Sin embargo, a partir de hoy, vendrás todas las tardes por la puerta de servicio. Me leerás los periódicos y revistas, y luego te dictaré mis pensamientos y te daré encargos. No olvides traerme cada día todos los telegramas de Europa. Pero basta por hoy. Tendrás sueño. Vuélvete a tu casa y no pienses en lo que te he dicho a propósito de la crítica. No la temo porque ella también se encuentra en una situación bastante crítica. Bastará con que me conserve sabio y virtuoso para que me encuentre como encumbrado sobre un pedestal. Si no llego a ser un Sócrates, seré un Diógenes, o entrambos a la vez, que tan grande es la misión que en lo futuro habré de cumplir para con el género humano. 
Así se expresaba Iván Matveich dando muestras de un espíritu tan superficial como terco -cierto es que se hallaba bajo el imperio de la fiebre-, y se parecía a esas mujeres débiles de carácter que no aciertan a guardar un secreto. Todas sus observaciones a propósito del cocodrilo me parecían muy aventuradas. Vamos a ver: ¿era posible que el cocodrilo estuviese hueco? Cualquier cosa apuesto a que todo aquello eran fanfarronadas de hombre vanidoso y que ante todo tiraba a humillarme. 
Ya sé que estaba enfermo y que con los enfermos hemos de ser condescendientes; mas con toda franqueza confieso que no podía sufrir a Iván Matveich. Toda la vida, desde que era chiquito, tuve que aguantar su tutela. Mil veces sentí ganas de acabar con ella, pero siempre alguna consideración me volvía a su lado como si hubiese esperado convencerlo de no sé qué y vengarme por fin. ¡Singular amistad de la que puedo asegurar que de diez partes, nueve eran odio puro! Sin embargo, aquella vez nos despedimos en la mejor armonía. 
-Su amigo es un hombre inteligentísimo -me dijo el alemán que había escuchado de cabo a rabo nuestra conversación, mientras me acompañaba hasta la puerta. 
-Y a propósito -le dije, antes que se me olvidara-, ¿cuánto querría usted por el cocodrilo si le propusieran comprárselo? 
Iván Matveich que había oído la pregunta, aguardó la respuesta con vivo interés. Me pareció evidente que le habría sabido mal oír al tudesco pedir una suma insignificante. Por lo menos, tosió de un modo harto significativo.  
El alemán, al pronto, no quiso ni hablar de la cosa y hasta llegó a enojarse. 
-¡Que a nadie se le ocurra jamás pedirme que le venda mi cocodrilo! -exclamó furioso, poniéndose más colorado que un cangrejo-. ¡No quiero deshacerme de mi cocodrilo! No lo daría ni por un millón de thalers. Hoy sólo ya me ha producido ciento treinta thalers en taquilla. ¡Y ha de valerme diez mil y hasta cien mil! 
Iván Matveich reía de gusto. Yo hice de tripas corazón. Con la flema de un hombre que cumple con los deberes de la amistad, le hice presente al germano toda la falsedad de sus cuentas. Dando de barato que recaudase cien mil thalers por día, en menos de cuatro ya todo Petersburgo habría desfilado por el local. Y después de esto, sanseacabó; aparte de que nuestra vida pende de un cabello; el cocodrilo podía reventar, o caer enfermo Iván Matveich y morirse, etc., etc... Recapacitó un momento el alemán y luego repuso: 
-Le pediré unas gotas al boticario y no se morirá su amigo.  
-Eso de las gotas -le dije- está muy bien. Pero tenga usted en cuenta que podría entablarse un proceso. ¿Y si la esposa de Iván Matveich resuelve reclamar la devolución de su esposo legítimo? Usted quiere hacerse rico; pero ¿está usted dispuesto a pasarle una pensión a Elena Ivanovna? 
-¡Ni por pienso! -respondió con voz grave y resuelta.  
-¡No, ni pensarlo! -añadió furiosa la madre. 
-Siendo así, ¿no les convendría más aceptar desde este momento una suma razonable y segura, en vez de fiar en beneficios aleatorios? Después de todo, me interesa hacer constar que sólo les hago esta pregunta a título de curiosidad. 
El alemán creyó oportuno deliberar con su madre y se la llevó a un rincón del local donde había un armario que contenía el mono más grande y feo de la colección. 
-¡Ya verás! -me dijo Iván Matveich. 
De buena gana la habría emprendido a golpes con el alemán y su madre, y, sobre todo, con aquel Iván Matveich cuya desmedida ambición me indignaba en grado sumo. Pero, ¿qué decir de la respuesta del ladino alemán? 
Aconsejado por su madre, exigió como precio de venta de su cocodrilo la cantidad de cincuenta mil rublos, en obligaciones del último empréstito interior, una casa de mampostería en la calle de Gorovjokaia con una farmacia inclusive, y encima de todo eso, los galones de coronel. 
-¡Ya lo estás viendo! -exclamó triunfalmente Iván Matveich-. ¡Ya te lo decía yo! Aparte su última exigencia, ese nombramiento de coronel, que representa una pretensión loca, tiene razón sobrada, pues sabe apreciar el actual valor de su cocodrilo. ¡Ante todo, el punto de vista económico! 
-¡Vamos! -le grité furioso al alemán-. ¿Cómo se atreve usted a pedir esos galones de coronel? ¿Qué hazañas ha llevado a cabo? ¿Dónde está su hoja de servicio? ¿Dónde ha conquistado usted la gloria marcial? ¿O es que está usted loco? 
-¡Loco yo! -replicó el alemán resentido-. Yo soy un hombre sensato; aquí no hay más necio que usted. ¡Si le parece poco mérito para que le nombren a uno coronel el poder enseñar un cocodrilo que contiene en su interior a todo un consejero de la corte vivito y coleando...! A ver quién es el ruso que puede mostrar otro cocodrilo semejante. Yo soy un hombre de pro y no sé por qué no habrían de poder nombrarme coronel. 
-Adiós, pues, Iván Matveich -exclamé trémulo de rabia y echando a correr. Si sigo allí un minuto más, no hubiera podido contenerme. La extravagante ambición de aquellos dos imbéciles era intolerable. El aire fresco de la calle calmó algún tanto mi indignación. Por fin, y después de escupir unas quince veces a diestro y siniestro, mandé a parar un coche .y luego que llegué a casa, me desnudé y me metí en el lecho. 
Lo que más me irritaba, era el haberme de convertir en secretario de Iván Matveich. Pues, en lo sucesivo, para cumplir con los deberes de amigo verdadero, ¡tendría que embrutecerme todas las tardes! 
Sentí ganas de pegarme con alguien y, a decir verdad, luego que apagué la vela, me di algunos golpes en la cabeza y en diversas partes del cuerpo. Esto me alivió un poco y concluí por dormirme profundamente, pues, estaba rendido. Pasé la noche soñando con monos; pero, hacia la madrugada, soñé con Elena Ivanovna. 

(Sigue)

viernes, 24 de agosto de 2018

Oficios



El cocodrilo (4)

Yo volví a comenzar mi relato. Timotei Semionich reflexionó largamente. Luego, revolviendo su tabaquera entre los dedos, me dijo:
-¡Ejem, ejem! Me parece que no le estaría mal quedarse donde se encuentra, en vez de irse al extranjero. Donde está tiene tiempo sobrado para recapacitar. Claro que no hay que dar lugar a que se asfixie, sino que, por el contrario, se han de tomar medidas para proteger su salud; desde luego que procure no coger un catarro... En cuanto al alemán, me parece que está en su derecho y hasta que le asiste más razón que a la parte contraria; Iván Matveich es quien se ha metido sin su permiso dentro de su cocodrilo, y no él quien se ha metido en el cocodrilo de Iván Matveich, que, si no me engaño, no posee ninguno. Ahora bien, ese cocodrilo constituye una propiedad, y, por consiguiente, no se le puede abrir la barriga sin indemnizar a su dueño. 
-Pero se trata de salvar a un ser humano, Timotei Semionich! 
-Eso es cosa de la policía. A ella es a quien hay que dirigirse. 
-¡Pero podría suceder que lo necesitasen en la oficina y lo mandasen llamar! 
-¡Necesitar a Iván Matveich! ¡Ejem, ejem! En primer lugar, está considerado como con licencia. Se le supone en vísperas de visitar Europa y podemos hacer la vista gorda sobre lo que en realidad haga. Otra cosa será si, cumplido el tiempo de su licencia, no vuelve oportunamente a la oficina. En ese caso, haremos constar oficialmente su ausencia y le formaremos expediente... 
-¡A los tres meses! ¡Apiádese usted! 
-Si se encuentra en ese aprieto, él tiene la culpa. ¿Quién le metió ahí dentro? Quizá haya que destinarle un guardia a expensas del Estado, lo cual se opone a los reglamentos. Pero lo que hay que tener presente, ante todo, es que el cocodrilo es una propiedad y que, por tanto, anda por medio el principio económico. ¡El principio económico es lo primero! Anteayer lo decía Ignati Procovich en casa de Lucas Andreich. ¿Conoce usted a Ignati Procovich? Es un opulento capitalista que maneja grandes negocios y se expresa muy bien. «Necesitamos industrias -decía-. Nuestra industria no existe, por decirlo así. Hay que crearla, y con esta mira se hace necesario crear una burguesía. Y como no tenemos capitales, es menester traerlos del extranjero. Debemos, pues, ante todo, conceder facilidades a las compañías extranjeras para que adquieran nuestras tierras en parcelas, según se practica por doquiera en el extranjero. ¡Esta propiedad en común es el tósigo, la ruina de Rusia!» Hablaba con gran entusiasmo. Esa gente rica y que no está en el servicio, es muy expedita de lengua... Dijo que ni la industria ni la agricultura pueden prosperar con este sistema nuestro. Opinaba que las compañías deberían comprar todo nuestro territorio, distribuido en parcelas, para dividirlo luego en lotes más pequeños que se pondrían a la venta, de suerte que constituyesen propiedades individuales. y no puede usted figurarse el tono tan resuelto con que decía: ¡Dis-tri-buir! Caso de no venderse esos lotes, se podía, sencillamente, arrendarlos. Y añadía: "Cuando toda nuestra tierra se halle en poder de sociedades extranjeras, será cosa sencilla señalar el precio de arrendamiento que se quiera. De este modo tendrá que trabajar el labriego para ganarse la vida y se podrá echar de talo cual territorio en caso necesario. Barruntando ese peligro, se mostrará respetuoso y obediente y rendirá tres veces más trabajo del que rinde ahora que forma parte de la comunidad y puede reírse de todo el mundo. Sabe que no ha de morirse de hambre, y por eso gandulea y empina el codo. Con el nuevo método se nos vendrá el dinero a las manos; la burguesía aportará sus capitales. Además, el Times, el gran diario literario y político de Londres, declaraba en un estudio que publicaba acerca de nuestra prensa, que el no aumentar nuestros capitales se debe a que entre nosotros no hay tercer Estado, a que carecemos de grandes fortunas y de un proletariado productor...» Ignati Procovich habla muy bien; es un consumado orador. Tiene intención de presentar en las altas esferas una memoria, que publicará después en El Mensajero. Estamos muy lejos, como usted ve, de los desvaríos de Iván Matveich... 
-Bueno, pero, ¿qué vamos a hacer por Iván Matveich? -le interrumpí. Hasta allí le dejé desbarrar cuanto quiso porque sabía que ese era uno de sus flacos y que le gustaba demostrar que no andaba tan atrasado de noticias, sino que se hallaba al corriente de todo. 
-¿Que qué hemos de hacer por Iván Matveich? ¡Pues si todo lo que acabo de decir se refiere a él! Estamos haciendo cuanto podemos por atraemos los capitales extranjeros, y apenas cuando la fortuna del dueño del cocodrilo ha aumentado el doble en razón del percance de Iván Matveitch, ¿quiere usted que le abramos la barriga a su bicho? ¿Es eso lo que dicta el sentido común? A mi juicio, Iván Matveich, a fuer de buen patriota, debe alegrarse y enorgullecerse de haber podido duplicar, con sólo su intervención, el valor de un cocodrilo extranjero. ¿Qué digo duplicar? ¡Triplicar! Visto el éxito logrado por el dueño de ese cocodrilo, no tardará en venir otro con otro cocodrilo y luego otro con dos o tres. Alrededor de ellos se agruparán los capitales, y ahí tiene usted el comienzo de una burguesía. Todo cuanto hagamos para fomentar este movimiento será poco. 
-¡Pero -exclamé-, Timotei Semionich, lo que usted exige de ese pobre Iván Matveich es una abnegación casi sobrehumana! 
-No exijo nada, y le ruego recuerde que, como ya le he advertido, no soy su jefe y no tengo, por tanto, derecho a exigir nada. Yo hablo tan sólo como patriota, no como patriota, sino simplemente como patriota. Y una vez más le pregunto: ¿Quién le mandó meterse dentro de ese cocodrilo? Un hombre serio, funcionario de cierta categoría, casado como Dios manda, ¿a qué meterse en semejante aventura? ¿Qué le parece a usted eso? 
-¡Pero ese percance fue completamente ajeno a su voluntad! 
-¿Quién sabe? Y, además, ¿.dónde está el dinero para indemnizar al dueño del cocodrilo? 
-Contamos con el sueldo de Iván Matveich... 
-¿Habrá bastante con ello? 
-¡Ah, no, Timotei Semionich! -exclamé con tristeza-. A raíz del percance, el dueño del cocodrilo temía que el bicho reventara; pero cuando se hubo cerciorado de que nada había que temer, se volvió arrogante y con una suerte de voluptuosidad duplicó el precio que al principio pidiera. 
-¡Y diga usted que podrá triplicarlo y aun cuadruplicarlo! 
El público afluirá en tropel a su exposición yesos domadores son muy listos. Tenga usted además en cuenta que estamos en carnaval y que todo el mundo quiere divertirse; lo cual es una razón para que Iván Matveich conserve el incógnito y no se dé prisa por salir de su extraño domicilio. Que todo el mundo sepa que se hospeda en un cocodrilo, pero no oficialmente. Para ello se encuentra en las más favorables condiciones, ya que todo el mundo lo supone viajando por el extranjero. Ya podrán decir que se halla en el interior de un cocodrilo; nosotros aseguraremos no saber nada. Todo puede arreglarse. Lo principal es que tenga paciencia. Después de todo, ¿a qué vienen esas prisas? 
-¿Pero y si...? 
-Pierda usted cuidado; es de temperamento bastante robusto... 
-Bueno, ¿y qué pasará si aguarda? 
-¡Ah, no le ocultaré a usted que el caso es bastante peliagudo! Es para perder el juicio, y lo peor es que no hay precedente. Si hubiera un precedente, aún sería fácil salir del aprieto. Mas no habiéndolo, ¿en qué apoyar ninguna resolución? En tanto andemos buscándola, el asunto se dilatará... 
Se me ocurrió una inspiración salvadora: 
-¿No podríamos hacer de modo que, ya que ha de permanecer en la barriga del cocodrilo y contando con que Dios ha de conservarle la vida, pudiera dirigir a quien de derecho corresponda una instancia para que le considerasen como prestando servicio...? 
-¡Ejem, ejem...! Como si estuviese de licencia sin sueldo. 
-¿Y no habría medio de que le pasasen también la paga? 
-¿Y a título de qué? 
-A título de empleado en comisión. 
-¿En comisión? ¿Y en dónde? 
-Pues en las profundidades del cocodrilo, en sus profundidades..., para recoger allí datos, para estudiar los hechos sobre el terreno. Claro que esto sería una innovación, pero también un progreso, una prueba de que el Estado se interesa por el adelanto de la Ciencia... 
Timotei Semionich se sumió en meditación profunda. Luego respondió: 
-Me parece que el hecho de enviar a un empleado en comisión a la barriga de un cocodrilo constituiría un absurdo. No habría medio de compaginarlo con el cuadro de servicio. ¿Qué misión podría desempeñar allí dentro? 
-Pues una misión de estudios naturales, si me es lícito expresarme así; se trataría de sorprender la naturaleza al desnudo. Hoy están muy de moda las ciencias naturales. La botánica... Iván Matveich residiría dentro del cocodrilo y desde allí nos enviaría comunicados... sobre la digestión en los saurios, sobre las costumbres internas de estos animales... Y de este modo podría reunir montones de datos... 
-¡Sí, estudios estadísticos, sin duda! No estoy muy fuerte en estos asuntos... Y además no soy filósofo. Usted habla de datos. Pero estamos ya de ellos hasta la coronilla... no sabemos qué hacer con tantos. Además, esa estadística me parece peligrosa... 
-¿Por qué? 
-Es peligrosa. Y además, reconózcalo usted, tendrá que redactar esos comunicados tendido de costadillo. ¿Y quiere usted decirme si en esa postura se puede prestar servicio? Sería una innovación y bastante peligrosa: ¡no hay precedentes! Si tuviéramos un precedente siquiera, ya sería otra cosa. 
-Pero ¿cómo quiere usted que haya precedente cuando éste es el primer cocodrilo vivo que traen a Petersburgo. Timotei Semionich? 
-¡Ejem, ejem...! Es verdad -reflexionó de nuevo largo rato. La observación de usted es justa en cierto sentido, y podría servir de base para la tramitación del asunto. Pero considere, de otra parte, que si la aparición de estos cocodrilos vivos ha de despertar en los empleados la propensión a albergarse en ellos, y so pretexto de que allí se está bien, pedir comisiones para pasarse el tiempo tumbados de costadillo, constituiría un ejemplo detestable, reconózcalo usted. Todos correrían a meterse dentro de los cocodrilos para ganar el sueldo sin hacer nada. 
-¡Haga usted cuanto esté de su parte, Timotei Semionich! y a propósito: Iván Matveich me encargó le abonase a usted los siete rublos que le debe por la última partida que perdió. 
-¡Ah, sí; los perdió el otro día en casa de Nikifor Nikiforich. Me acuerdo de ello. ¡Qué buen humor tenía aquella noche y cuánto nos hizo reír! Y ahora... 
El vejete daba muestras de sincera emoción. 
-Prométame interesarse por él, Timotei Semionich. 
-Me interesaré. Hablaré en mi nombre, me las arreglaré a mi modo; haré como si pidiese informes... Y a propósito de esto: entérese del precio que pide por el bicho el dueño del cocodrilo. 
Era evidente que Timotei Semionich se ablandaba. 
-No dejaré de hacerlo -respondí-, y al punto vendré a comunicárselo. 
-Y su mujer ¿qué hace ahora que se ha quedado sola?.. ¿Se aburre? 
-No estaría de más que le hiciera usted una visita, Timotei Semionich. 
-¿Y por qué no? Ya lo había yo pensado y la ocasión me parece de perlas... Pero ¡qué idea! ¡Ir a ver a un cocodrilo! Aunque, después de todo, yo también tengo intención de ir a verlo. 
-Pues vaya usted, Timotei Semionich. 
-No faltaré. Pero no quisiera que Iván Matveich cifrase ninguna esperanza en este caso. Yo lo daré tan sólo como particular. Hasta la vista, pues; voy a casa de Nikifor Nikiforich. ¿Va usted allí también? 
-No; tengo que visitar a nuestro cautivo. 
-Eso, cautivo. ¡Ah, adónde conduce el atolondramiento! 
Me despedí del viejo. Mil pensamientos me bullían en la cabeza. Timotei Semionich es un hombre muy bueno; pero esto no impide que al separarme de él no me alegrase de que hubiese ya celebrado su quincuagésimo cumpleaños Y de que no hubiese entre nosotros muchos Timotei Semionich. 
No hay que decir que me encaminé a toda prisa al Pasaje para darle aquellas noticias al pobre Iván Matveich. Sentía también mucha curiosidad por saber cómo le iba dentro del cocodrilo y si la vida allí resultaba tolerable. ¡Vivir dentro de un cocodrilo! ¡A veces me parecía que era juguete de una pesadilla monstruosa! ¡Ay, verdaderamente, se trataba de un monstruo! 

(Sigue)

jueves, 23 de agosto de 2018

Pedraforca




El cocodrilo (3)

2 

El honrado Timotei Semionich me recibió con cierta solicitud, no exenta de cierta inquietud. Me hizo pasar a su despacho y cerró cuidadosamente la puerta a fin de que, según dijo, «no nos molestasen los niños». Y así diciendo, daba muestras de gran ansiedad. 
Me ofreció asiento en una silla, cerca de una mesa escritorio; se recogió los faldones de su bata enguatada y adoptó un aire severo y hasta oficial, por más que no fuese jefe mío ni de Iván Matveich sino simplemente compañero nuestro. 
-Ante todo -me dijo- tenga usted en cuenta que yo no soy su jefe, sino un subordinado como usted y como Iván Matveich... Nada de eso me concierne y no quiero meterme en nada. 
Yo me quedé estupefacto. Era indudable que sabía ya todo lo ocurrido. Le hice, sin embargo, un circunstanciado relato del percance. Me expresé en un tono conmovido, pues estaba cumpliendo en aquel instante con el sacerdocio de la verdadera amistad. Me escuchó sin asombro, pero dando muestras inequívocas de desconfianza. 
-¿Creerá usted -me dijo cuando hube terminado mi relato-, creerá usted que siempre tuve el presentimiento de que a Iván Matveich había de ocurrirle un percance por el estilo? 
-¿Y cómo eso, Timotei Semionich? Me parece, sin embargo, que el lance es harto extraordinario... 
-De acuerdo; pero ¿es que toda la carrera de Iván Matveich no propendía a tal desenlace? Era de una osadía rayana en la insolencia. La palabra «progreso» no se le caía de la boca y además tenía un atajo de ideas... ¡Vea usted adónde nos conduce el progreso! 
-Pero me parece que ese contratiempo, completamente casual, no puede ser erigido en regla general para todos los progresistas... 
-Quiera usted o no quiera, así es. Créame a mí. Todo eso no es más que consecuencia de una ilustración excesiva. Las personas sabiondas se meten en todas partes, hasta donde nadie las llama. Esto aparte -añadió como resentido-, puede que esté usted mejor instruido acerca de este punto que yo. Yo no tengo gran ilustración y voy ya para viejo. Hace cincuenta años que entré en el servicio como hijo de militar. 
-Pero sin duda me habré explicado mal, Timotei Semionicho Iván Matveich implora sus consejos y su protección con lágrimas en los ojos, valga la frase. 
-¡Ejem! ¿Con lágrimas en los ojos? Serán lágrimas de cocodrilo, de las que no hay que hacer caso. Vamos a ver, ¿qué necesidad tenía de viajar por el extranjero? ¿Con qué dinero contaba? Ni siquiera tenía los medios necesarios... 
-Contaba con sus ahorros, Timotei Semionich -le respondí con quejumbroso acento-; conservaba íntegra su última gratificación. Su viaje sólo había de durar tres meses; pensaba limitarse a visitar Suiza, la patria de Guillermo Tell... 
-¿De Guillermo Tell...? ¡Ejem, ejem! 
-Quería disfrutar de la primavera en Nápoles, visitar los museos, observar las costumbres, estudiar la fauna... 
-¡Ejem, ejem! ¿Conque la fauna? A mi juicio, sólo quería hacer ese viaje por puro orgullo. ¿La fauna? Pero ¿qué fauna? ¿Es que no la tenemos en casa? ¿No hay aquí museos, casas de fieras, hasta. camellos? A dos pasos de Petersburgo tenemos osos y él mismo se halla actualmente domiciliado en un cocodrilo... 
-¡Timotei Semionich! ¡Por piedad! Ese hombre se halla en la desgracia. Viene a usted como a un amigo, como a un pariente de más edad; solicita sus consejos y usted le responde con recriminaciones... Tenga usted, por lo menos, compasión de Elena Ivanovna. 
-¿Se refiere usted a su esposa? Es verdaderamente una mujer encantadora -dijo Timotei Semionich, que se ablandó a ojos vistas y tomó una pizca de rapé-. Es una criatura finísima... con la cabeza un poco caída sobre los hombros... y algo barrigona...; es muy simpática. Anteayer me hablaba de ella Andres Ossipich. 
-¿Que hablaba de ella? 
-Sí, y en términos muy elogiosos. ¡Qué pecho! -decía-. ¡Y qué ojos! ¡Y qué pelo...! ¡Una verdadera golosina! -y hasta se echó a reír-. Todavía son jóvenes. Ahí tiene usted cómo ese señor se abre camino... 
-Mas, no se trata ahora de eso, Timotei Semionich. 
-Claro que no, claro que no. 
-¿Qué hacer, entonces, Timotei Semionich? 
-¿Qué quiere usted que yo le haga? 
-Diríjanos, dénos sus consejos de hombre experimentado. ¿Qué es lo que debemos hacer? ¿Avisar de lo ocurrido a los jefes o...? 
-¡Avisar a los jefes! ¡De ningún modo! -exclamó con viveza Timotei Semionich-. Ya que me pide consejo, eche tierra a ese asunto y limítese a obrar en el terreno estrictamente privado. El caso es particularísimo y de índole bastante dudosa. Es la primera vez que se presenta un caso semejante y no puede menos de redundar en desprestigio del funcionario a quien le ocurre. Por eso es necesario, ante todo, obrar con prudencia... Dígale que no dé un paso... Hay que aguardar con cachaza... 
-¡Aguardar! ¿Pero cómo, Timotei Semionich? ¿Y si se asfixia allí dentro? 
-¿Y por qué ha de asfixiarse? ¿No acaba usted de decirme que se encuentra allí muy confortablemente instalado? 

(Sigue)

miércoles, 22 de agosto de 2018

Fundación Lázaro Galdiano




El cocodrilo (2)

Resonaba su voz débil y apagada como si viniese de muy lejos. Hubiera podido creerse que algún gracioso apostado en la estancia contigua con la boca pegada a un almohadón, se desgañitaba gritando para simular, con objeto de distraer al público situado en la otra habitación, un diálogo entre dos gañanes en una estepa o en lo hondo de un barranco, espectáculo que más de una vez pude admirar en casa de algún amigo con motivo de la nochebuena. 
-Iván Matveich, maridito mío, ¿estás vivo todavía? -balbuceaba Elena Ivanovna. 
-Sí, vivo y sano -respondió Iván Matveich-. Gracias a la protección del Altísimo, me tragó el cocodrilo sin hacerme el menor daño. Sólo una cosa me apura: ¿cómo considerarán mis jefes este contratiempo? Porque ya sabes que había sacado mi pasaporte para el extranjero y ahora me encuentro en la panza de un cocodrilo, donde no se está del todo mal... 
-¡Pero maridito, qué más da, con tal que te saquen de ahí! -interrumpió Elena Ivanovna. 
-¡Sacarlo de ahí...! -exclamó el dueño del bicho-. No consentiré que a mi cocodrilo le pongan la mano encima. De ahora en adelante, el público se atropellará por entrar a verle. Cobraré a veinte kopeks la entrada, y Carlos no tendrá necesidad de que le echen de comer. 
-¡Gracias a Dios! -añadió la madre. 
-Tienen razón -observó Iván Matveich con sosegado acento-. Ante todo hay que considerar las cosas desde el punto de vista económico. 
-Amigo mío -exclamé yo-, ahora mismo corro a ver a nuestro jefe para presentar la oportuna demanda, pues de sobra veo que nosotros solos no lograremos salir del paso. 
-Lo mismo creo yo -respondió Iván Matveich-, pero en nuestra época de crisis comercial, es bastante difícil abrirle la panza a un cocodrilo sin pagar indemnización. Así que hay que plantearse una cuestión previa: ¿Cuánto pedirá el domador por el cocodrilo? y a esta pregunta, ha de seguir otra como corolario: ¿Quién habrá de pagar? Porque ya sabes que no soy rico... 
-Como no pidas un anticipo sobre tu sueldo... -insinué yo tímidamente. 
Pero el domador me cortó la palabra. 
-No estoy dispuesto a vender mi cocodrilo; ni por tres mil rublos lo daría. Por lo menos, tendría que darme cuatro mil. Con lo que ha pasado, el público formará cola a la puerta del local. Tendrán que darme pon él cinco mil rublos. 
En una palabra, que quería aprovecharse. La más sórdida avaricia se traslucía en su rostro. 
-Basta ya. ¡Me voy! -exclamé indignado. 
-¡Y yo también, yo también! -lloriqueaba Elena Ivanovna-. ¡Iré a ver a Andrés Ossipich y le enterneceré con mis lágrimas! 
-¡No, eso no, mujercita mía! -interrumpió con viveza Iván Matveich que hacía mucho tiempo estaba celoso de aquel caballero. Sabía que su mujer era propensa a soltar el raudal de las lágrimas delante de un hombre culto porque el llanto le sentaba muy bien. Luego, dirigiéndose a mí, continuó-: Tampoco a ti te lo aconsejo. No sabemos lo que podría resultar de esa gestión. Mas sí te ruego vayas hoy mismo a ver a Timotei Semionich; es un hombre de costumbres rancias, bastante tonto y, lo que más importa, muy leal. Salúdale en mi nombre y cuéntale el percance con todos sus pormenores. Al mismo tiempo le entregarás siete rublos que me ganó la última vez que jugamos nuestra partidita; ese rasgo de probidad nos granjeará sus simpatías. Es hombre cuyo consejo puede valemos mucho. Entretanto, llévate de aquí a Elena Ivanovna... Sosiégate, alma mía -añadió dirigiéndose a su esposa-. Todos esos aspavientos me fatigan y quisiera descansar un poco. Después de todo, no se está tan mal aquí, por más que todavia no he tenido tiempo de reconocer bien este inesperado asilo. 
-¿Cómo reconocer? ¿Pero es que ves algo ahí dentro? -exclamó Elena Ivanovna, muy alegre. 
-Impenetrables tinieblas me rodean -respondió el infortunado cautivo-, pero puedo palpar y, por así decirlo, ver con las manos. Así, pues, hasta la vista. Quédate tranquila y no te prives de distracciones. Hasta mañana. En cuanto a ti, Semíon Semionich, ven a verme esta noche y, como eres distraído y podrías olvidarte, hazte un nudo en el pañuelo. 
Confieso que no me disgustaba la idea de salir de allí, pues estaba cansado y empezaba a aburrirme. Me apresuré, pues, a coger del brazo a Elena Ivanovna y sacarla del local. 
-Esta noche les costará a ustedes la entrada veinticinco kopeks -nos previno el domador. 
-¡Oh, Dios mío, qué interesada es esta gente! -dijo Elena Ivanovna mirándose en todas las lunas del Pasaje, comprobando con satisfacción visible que las recientes emociones la habían embellecido. 
-Es el punto de vista económico -le respondí un poco emocionado y enorgullecido de acompañar a una mujer tan hermosa. 
-¿El punto de vista económico? -repitió ella con su simpática vocecita-. pues yo no he entendido nada de lo que dijo Iván Matveich acerca de ese condenado punto de vista económico. 
-Yo se lo explicaré a usted. 
Y me puse a disertar sobre los beneficiosos resultados de la acumulación de capitales extranjeros en nuestra patria, con tanta mayor facilidad cuanto que aquella misma mañana había leído en Las Noticias de Petersburgo y en El Cabello sendos artículos sobre el referido tema. 
Me escuchó ella un rato y me interrumpió diciendo: 
-¡Qué raro es todo eso...! ¿Acabará usted de contarme todas esas sandeces? Dígame, ¿estoy muy colorada? 
Aproveché la ocasión para asestarle una galantería. 
-No está usted colorada -le dije-. ¡Está usted exquisita! 
-¡Vaya con el mequetrefe! -murmuró encantada. Luego añadió, inclinando graciosamente la cabeza-: ¡Cómo compadezco a mi pobre marido...! -y de pronto-: Pero, Dios mío, dígame usted cómo se las va a arreglar para merendar ahí dentro... y... y... ¿si tiene necesidad de alguna cosa? 
-Su pregunta me coge de improviso -le respondí, algo desconcertado. Si he de decir verdad, no había caído en ello. ¡Verdaderamente, las mujeres son más prácticas que nosotros cuando se trata de los problemas de la existencia! 
-Pobre. ¡Cómo ha ido a meterse ahí! ¡En esas tinieblas no podrá proporcionarse ninguna distracción! ¡Y pensar que ni siquiera me queda un retrato suyo...! ¡Ah! ¡Aquí me tiene usted viuda o poco menos! -y esbozó una encantadora sonrisa que demostraba hasta qué punto le parecía interesante su nuevo estado-. ¡De todos modos, me da mucha lástima! 
Así expresaba la natural congoja de una mujer que acaba de perder a su marido. La acompañé a su casa y me obligó a que me quedase a cenar. Luego, después de tomar una tacita de café, logré apaciguarla y la dejé para ir a reunirme con Timotei Semionich, convencido de que todo hombre que tuviese un hogar y una posición respetable había de encontrarse a aquella hora en su casa. 
He escrito este primer capítulo en el estilo que conviene al argumento de mi relato. Pero estoy resuelto a emplear en lo sucesivo un tono menos elevado, si bien más natural, y lealmente se lo advierto al lector. 

(Sigue)

martes, 21 de agosto de 2018

France



El cocodrilo (1)

UN ACONTECIMIENTO EXTRAORDINARIO O EL RELATO VERÍDICO QUE REFIERE COMO A UN CABALLERO DE CIERTA EDAD Y DE MUCHO RESPETO SE LO TRAGO VIVITO y COLEANDO EL COCODRILO DEL "PASAJE» y LO QUE DE ELLO RESULTÓ 


¡Hola, Lambert! ¿Dónde está 
Lambert? 
¿Has visto a Lambert? 

1 

Fue el 13 de enero del año 1865, a las doce y media del día en punto, cuando Elena Ivanovna -esposa de Iván Matveich, mi sabio amigo y, ¿por qué no decirlo?, también compadre al mismo tiempo que primo segundo, sintió la comezón súbita de ver el cocodrilo que exhibían en el Pasaje. 
Iván Matveich no tenía nada que hacer precisamente ese día pues acababa de obtener licencia. Hasta tenía ya en el bolsillo su billete del ferrocarril para un viaje al extranjero que se proponía emprender, más bien por gana de ver cosas nuevas que por razones de salud. No se opuso a la ardiente curiosidad de su esposa porque la compartía. 
-¡Excelente ida! -dijo muy orondo-. ¡Vamos a ver al cocodrilo! En vísperas de emprender un viaje por Europa, no está mal trabar conocimiento con los indígenas de nuestro país. 
Y en el acto ofreció el brazo a su cónyuge, y ambos se encaminaron hacia el Pasaje. Yo les acompañé, a fuer de amigo de la casa y siguiendo inveterada costumbre. 
Nunca vi al Iván Matveich de tan buen humor como aquella inolvidable tarde. ¡Ah! ¡No sabemos leer el porvenir! 
No bien hubo entrado en el Pasaje, se quedó embobado ante la magnificencia del establecimiento y, llegado al sitio en que se exhibía el monstruo, manifestó su intención de pagarme los veinticinco kopeks que costaba la entrada, cosa increíble en él. 
Introducidos en una salita, notamos que, además del cocodrilo, había allí loros de la especie de las cacatúas y algunos monos encerrados en una jaula colocada hacia el fondo. Junto a la entrada, a lo largo de la pared de la izquierda, vimos una gran tina de cinc, especie de bañera cubierta de un enrejado de alambre y con muy poca agua. Aquella tina servía de morada a un cocodrilo enorme que allí se estaba muy tranquilo sin dar más señales de vida que un tablón, como si hubiese perdido todas sus naturales facultades al contacto de nuestro húmedo clima, tan inclemente para los extranjeros. Aquel primer vistazo que dimos al monstruo nos dejó completamente helados. 
-¡Y eso es un cocodrilo! -dijo Elena Ivanovna con tono de desencanto-. Yo me lo había figurado de otro modo. 
Sin duda se lo imaginaba engarzado en brillantes. El dueño del cocodrilo, un alemán, se acercó hasta nosotros y se nos quedó mirando con arrogancia. 
-Razón tiene -me dijo al oído Iván Matveich-. Razón tiene para estar tan orgulloso, pues le consta que no hay otro cocodrilo en Rusia más que el suyo. 
Yo cargué aquella trivial observación en la cuenta del extraordinario buen humor de mi amigo y pariente, pues, por lo general, era un poquito envidioso. 
-No parece estar vivo su cocodrilo -observó Elena Ivanovna, que, intimidada por el descaro del dueño del monstruo, le dirigió su más graciosa sonrisa con la esperanza de bajarle los humos, según el procedimiento que suelen seguir las mujeres. 
-Perdón, señora -respondió el alemán., desollando cruelmente el ruso y, acto seguido, levantó la rejilla de alambre y se puso a hostigar al cocodrilo con una varilla. Para. dar señales de vida, el pérfido monstruo movió ligeramente las patas y la cola, levantó los morros y lanzó una suerte de prolongado resuello. 
-¡Bueno, bueno, no te enfades, Carlitos! -dijo suavemente el alemán, con muestras de amor propio halagado. 
-¡Qué feo es el tal cocodrilo! ¡Me da miedo! -murmuró coquetona Eleva Ivanovna-. Estoy segura que voy a soñar con él. 
-En sueños no habrá de hincarle el diente, señora -observó el alemán con galantería. Luego, se puso a reírse el chiste; pero sus risas no hallaron eco. 
-Vamos a ver los monos, Semión Semionich -dijo Elena Ivanovna dirigiéndose exclusivamente a mí-. ¡Me muero por ver los monos. Los hay tan bonitos... mientras que ese cocodrilo es horrible! 
-No temas nada, mujercita -exclamó Iván Matveich, pavoneándose y echándoselas de valiente-; este tránsfuga del reino de los faraones no nos hará ningún daño. 
Y se quedó junto a la bañera. A poco, se puso a hacerle cosquillas al cocodrilo en las narices con el pico de su guante, con objeto, según después nos confesó, de incitarle a lanzar otro resoplido. El dueño del bicho siguió a Elena Ivanovna -¡una señora!- hasta la jaula de los monos. Todo marchaba a pedir de boca Y no era de temer ningún contratiempo. 
Elena Ivanovna quedó encantada con los monos y les dedicó toda su atención. Chillaba de alborozo y, fingiendo no ver al dueño, se distraía descubriendo semejanzas entre algunos de aquellos animalejos con talo cual de sus amigos. Yo pasaba un buen rato, pues aquellos parecidos eran siempre exactos. El alemán, no sabiendo si debería reírse o no, concluyó por volverse mustio... 
En aquel preciso momento, un terrible alarido, que podría calificarse hasta de sobrenatural, resonó en la sala. No sabiendo qué pensar, me quedé alelado, sin moverme de mi sitio. Luego, oyendo gritar también a Elena Ivanovna, me volví a toda prisa, ¿y qué dirán que vi? 
Pues vi, ¡oh, Dios mío!, al infortunado Iván Matveich, a quien el cocodrilo había cogido por mitad del cuerpo con sus formidables mandíbulas y, levantándolo en el aire, lo zarandeaba horizontalmente en el espacio sin dejar ver de su cuerpo más que las piernas que sacudía desesperadamente. En un instante desapareció del todo mi pobre amigo y pariente. Pero como yo permaneciera inmóvil, pude observar todos los pormenores del accidente con apasionada atención, con la más viva curiosidad que jamás sintiera, de suerte que se los puedo referir punto por punto. 
¡Qué susto -pensé-, si me hubiese yo encontrado en el pellejo de Iván Matveich! 
Pero volvamos a lo ocurrido. Poniendo en acción sus terribles quijadas, el cocodrilo empezó por tirar de los pies del pobre Iván Matveich y luego, soltándolo un poco, porque mi sabio amigo pugnaba por escapar y se agarraba a la bañera, se lo engulló hasta la cintura. Después, desasiéndolo otro poco, continuó devorándolo de varias sentadas, poco a poco, de suerte que Iván Matveich fue desapareciendo lentamente de nuestra vista. Por último, de un bocado definitivo, se tragó el animal a mi sabio amigo todo entero y de modo tal que se podía ver cómo se lo iba metiendo en el cuerpo. 
Iba yo a lanzar también un grito, cuando por un pérfido juego de la suerte, el cocodrilo, molesto sin duda por la inusitada enormidad de aquel bolo alimenticio, hizo otro esfuerzo y, al abrir por vez postrera sus colosales fauces, pudimos ver de nuevo el apurado semblante de mi pariente, cuyos anteojos rodaron al fondo de la tina. Hubiérase dicho que aquella cabeza humana sólo apareció de nuevo para lanzar una suprema mirada sobre las cosas de este mundo y dar un último adiós a todas las alegrías de esta vida. 
Mas ni siquiera tuvo tiempo de realizar ese designio. El cocodrilo, que había cobrado ánimos, hizo otro esfuerzo y se engulló definitivamente la cabeza. Aquella reaparición y desaparición de una cabeza humana dotada aún de vida, resultaba un espectáculo espantoso; pero, al mismo tiempo -quizá por la rapidez de aquel escamoteo y por la caída de los lentes-, no dejaba de tener sus ribetes de ridículo, por lo cual no me fue posible contener la risa. pero, haciéndome cargo de lo inconveniente de mi conducta en tal momento -¿no era yo amigo de la casa?-, me dirigí vivamente a Elena Ivanovna con un tono de condolida simpatía. 
-¡Adiós para siempre nuestro Iván Matveich! -le dije. No pienso siquiera expresar la intensa emoción de que dio muestras la joven en tanto se desarrollaba la escena descrita. Al principio, después de lanzar aquel alarido, se quedó como petrificada y miraba todo aquel descalabro casi con indiferencia, muy desencajados los ojos. Luego se echó a llorar, y yo le estreché las manos. 
En aquel momento, enloquecido de espanto, el dueño del cocodrilo se puso a dar palmadas, y levantando los ojos al cielo, exclamó: 
-¡Oh, mi cocodrilo, mi Carlos de mi vida! ¡Madre! ¡Madre! ¡Madre! 
Ante aquellos gritos se abrió la puerta del fondo y apareció la madre, con su cofia en la cabeza. Era una mujer ya de edad, morena y despechugada, que se abalanzó a su hijo lanzando estridentes chillidos. 
Se produjo entonces un espantoso revuelo. Elena, como una poseída, no se cansaba de repetir: «¡Que lo zurren! ¡Que lo zurren!» Tan pronto se encaraba con el alemán como con su madre, suplicándoles, inconscientemente sin duda, que le pegasen no sé a quién ni por qué causa. En cuanto al domador y su madre, no se preocupaban lo más mínimo de nosotros, y lloraban a moco tendido junto a la bañera. 
-Es cosa perdida. ¡Va a reventar de un momento a otro! ¡Acaba de tragarse a un funcionario enterito! -gemía el domador. 
-¡Pobre Carlos! ¡Nuestro querido Carlos! ¡Se morirá! -aullaba la madre. 
-¡Nos deja huérfanos y sin pan! -añadía el hombre. 
-¡Que lo zurren! ¡Que lo zurren! -vociferaba incansable Elena Ivanovna, colgada de un faldón del abrigo del alemán. 
-Se puso a hostigar a mi cocodrilo. ¿Qué tenía su marido de usted que hostigármelo? -rezongaba el domador, desasiéndose-. Si revienta mi Carlos, tendrá usted que indemnizarme. Era mi hijo, mi hijo único. 
Confieso que el egoísmo de aquel alemán y la sequedad de corazón de su madre me indignaban no poco. Pero los ininterrumpidos gritos de Elena Ivanovna: «¡Que lo zurren! ¡Que lo zurren!» me apuraban todavía más y concluyeron por cautivar toda mi atención. Yo tenía un poco de miedo. Pero había interpretado mal el sentido de aquellas peregrinas exclamaciones. Me imaginaba que Elena Ivanovna, habiendo perdido momentáneamente la razón pero deseosa no obstante de vengar a su querido Iván Matveich, proclamaba su derecho a una satisfacción y pedía que castigasen al cocodrilo dándole de palos. Pero ella quería dar a entender, en realidad, otra cosa muy distinta. 
Procurando tranquilizarla, supliqué a Elena Ivanovna que no emplease aquella desagradable palabra de zurrar porque, en aquel sitio, en pleno Pasaje, ante una asamblea de personas ilustradas, a dos pasos de la sala donde en aquel mismo momento daba el señor Lavrov su curso público, la expresión de un deseo tan reaccionario resultaba no sólo inverosímil sino hasta inadmisible, y de un momento a otro podría dar lugar a que cayesen sobre nuestras espaldas las silbantes cuerdas de las disciplinas críticas del señor Stepanov. 
Para colmo de males, se justificaron al punto mis temores. Se descorrió la cortina que cerraba el cuarto donde se hallaba expuesto el cocodrilo y compareció en el umbral un individuo que llevaba barba y bigotes y que, con el sombrero en la mano, inclinaba hacia nosotros la parte superior de su cuerpo conservando prudentemente su base de sustentación en el vestíbulo para no verse en la precisión de desembolsar el precio de la entrada. 
-Señora -dijo el desconocido, realizando prodigios de equilibrio para mantener su cabeza en la sala donde nosotros estábamos y al mismo tiempo no sacar los pies del vestíbulo-, señora, una aspiración tan retrógrada no dice bien de su inteligencia y sólo puede provenir de cierta falta de fósforo en su cerebro. La Crónica del Progreso, así como nuestros periódicos satíricos, no podrán menos de anatematizar a usted... 
Mas no puedo rematar su discurso. El dueño del establecimiento recobró a la sazón sus sentidos, y notando con horror la presencia gratuita de aquel individuo en la sala del cocodrilo, arremetió furiosamente contra el incógnito progresista y lo echó del local a puñetazos. Ambos desaparecieron detrás de la cortina y comprendí al punto que todo aquel revuelo era injustificado porque Elena Ivanovna era totalmente inocente de la intención que le atribuían de querer infligir al cocodrilo el humillante castigo de los vergajazos. Pedía, ni más ni menos, que le abrieran la barriga para sacarle de allí a su querido Iván Matveich. 
-¡De modo que querría usted que me matasen a mi cocodrilo! -vociferó el domador-. Antes preferiría diez veces que matasen a su esposo... Mi padre exhibía ya al público ese cocodrilo; mi abuelo lo había exhibido antes; lo exhibo yo ahora y mi hijo lo exhibirá cuando yo me muera. ¡El mundo entero ha de ver ese cocodrilo! A mí me conocen en toda Europa, mientras a usted no la conoce nadie; y tendrá que pagarme una indemnización. 
-¡Eso, eso! -gritó la alemana furiosa-. No les dejaremos salir de aquí hasta que nos indemnicen, porque nuestro pobre Carlitos va a reventar. 
-Indudablemente, sería inútil matarlo -añadí yo con toda flema, tratando de llevarme a Elena Ivanovna a casa-. Porque nuestro querido Iván Matveich seguramente que a estas horas se encuentra ya en la gloria. 
-Querido amigo -exclamó de pronto con gran asombro nuestro, la voz de Iván Matveich-, querido amigo, yo creo que sería más conveniente avisar al comisario de policía porque sólo la intervención de la fuerza pública será capaz de convencer a este alemanote. 
Aquellas palabras, pronunciadas con voz entera, que atestiguaban una extraordinaria presencia de ánimo, nos dejaron estupefactos hasta tal punto, que, en el primer momento, nos resistíamos a dar crédito a nuestros oídos. Sin embargo, nos aproximamos a toda prisa a la bañera donde se rebullía el cocodrilo y nos pusimos a escuchar al desgraciado cautivo con una atención sostenida, aunque algo escéptica. 

(Sigue)