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viernes, 13 de julio de 2018

Non volverá | Juan Carballo e Manolo Tarancón


Salto mortal  

Al pasar junto a la ventana de un bajo, vi detrás del cristal un anuncio escrito a lápiz en un rectángulo de cartón:

EJECUTO SALTO MORTAL
TODOS LOS DÍAS ENTRE LAS 9 y LAS 9.30.
DESCUENTOS PARA ADOLESCENTES Y MILITARES.
PUERTA DE LA IZQUIERDA, ENTREN SIN LLAMAR.

Entré. En una cama yacía un anciano. Al verme, levantó la cabeza de la almohada.
-Disculpe, ¿por dónde queda el circo?
-Aquí.
-¡Debe de tratarse de un error!
-Ninguno. Siéntese, por favor.
Me senté en una de las sillas que había junto a la pared, frente a la cama.
-¿Es usted militar?
-No.
-¿Adolescente?
-No, un civil de mediana edad.
-Disculpe, pero es que sin gafas no veo bien. Pagará entonces la tarifa entera.
-Pero...
-Sólo después del espectáculo.
-Si esto es un circo y va a haber un salto mortal, ¿dónde está el trapecio?
-El trapecio no es necesario, ejecuto el salto mortal sin trapecio, me basta con la camita.
Me levanté pensando que me las estaba viendo con un enfermo mental.
-¡Pero quédese! ¿Piensa usted que estoy loco? Nada de eso. Se trata del salto mortal, ¿no? Usted quiere ver un salto mortal y lo verá; el trapecio, la orquesta, los focos, todo eso es secundario. Mire, yo soy viejo y estoy mal del corazón, para mí levantarme de la cama es lo mismo que para un acróbata hacer un salto mortal, igual de peligroso, de la misma manera cada vez puede ser la última. ¿Así que...?
Me senté.
-Esperaremos un rato. A lo mejor viene alguien más. Esperamos en silencio.
-Bueno, comencemos.
Me levanté de la silla para ayudarle. Me contuvo con un gesto.
-Yo solo. ¿Ha visto alguna vez que alguien del público ayude al artista?
Entorné los párpados. Cuando abrí los ojos, él estaba de pie junto a la cama, respirando pesadamente.
-Voila! -dijo y se tambaleó.
Salté de la silla, le arrojé un billete a la mesa y me lancé al pasillo.
-¿Y no hay aplauso? ¿Dónde está el aplauso para mí? -oí que gritaba a mis espaldas.
Salí a la calle a toda prisa.

Slawomir Mrozek

miércoles, 11 de julio de 2018

Tintín



Wang en el país de los Ropasnegras                               

Cierto hombre llamado Wang, natural del concejo de Oros y nacido durante la dinastía Tang en el seno de una familia harto acaudalada que se había dedicado desde siempre a negocios de navegación marítima, aprovisionó cierto día una gran nave, se embarcó en ella y zarpó con rumbo a ese país llamado Arabia. Llevarían él y su tripulación poco más de un mes de navegación cuando se les vino encima una galerna inesperada. La mar se desbocó salvajemente, una infinidad de nubes negras cerró tanto el cielo que lo tiñó de tinta y las olas no paraban de lanzarlos a lo alto, como si quisiera llevarlos a la cumbre de algún pico. De las profundidades surgieron ballenas y reptiles marinos. Los dragones que suelen vivir escondidos, hicieron acto de presencia. El viento y el oleaje atronaban los oídos de los hombres como incontables tambores redoblando. En tal situación se hallaban cuando la tormenta arreció y cada ola que venía los transportaba hasta el más alto de los nueve cielos y con cada ola que se iba caían luego en vertical hundiéndose hasta el punto de creer que el barco hendía el océano y tocaba fondo. La tripulación trataba de mantenerse en pie, pero rodaba por cubierta, se levantaba y de nuevo era derribada, y así estuvo sucediendo un tiempo hasta que el barco se partió. 
El único que logró abrazarse a un tablón fue Wang. Así, sujeto al pecio, flotó de acá para allá según se movieran las corrientes y según soplaran los vientos. Abrió los ojos y vio peces raros a su izquierda, y luego contempló cómo unas bestias marinas se le echaban encima por la derecha con las fauces abiertas, los colmillos a la vista y tan seguras trazas de querer tragárselo que no pudo por menos que cerrar los ojos y esperar así la muerte. 
Tres días después, llegaba a la costa. Se ayudó del tablón a modo de rampa para pisar tierra. Dio los primeros pasos. Se detuvo. Vio que podía seguir, y habría avanzado unos cien cuando fue a toparse con una mujer mayor (pasaría de los setenta) que iba, desde el sombrero hasta el calzado, toda vestida de negro y que recibió a Wang muy alegremente con estas palabras: 
-Vaya, por fin ha llegado el señor. ¿Cómo diantres ha venido hasta aquí? 
Wang le contó su peripecia con todo detalle y se dejó guiar por ella hasta su casa, donde al poco de haberse sentado escuchó que la anciana le decía: 
-Habiendo venido desde tan lejos, el señor estará hambriento, ¿verdad? -y le sirvió una cena consistente en todo tipo de frutos del mar. 
Así vivió Wang un mes largo, recuperándose gracias a los pescados y los mariscos que engullía a diario, al cabo del cual la anciana le dijo: 
-Es costumbre en mi país hacer lo primero una visita al monarca. Ahora ya habéis repuesto fuerzas y me figuro que os será posible. ¿Os parece que vayamos hoy mismo? 
Wang asintió y al punto se puso en marcha con la mujer. 
Pasaron junto a un mercado de gentes del campo y no hubo labriego que no se detuviera a mirarle. Luego cruzaron un largo puente que les dejó frente a un palacio, con sus pabellones y sus salones, sus miradores y sus templetes apiñados aquí y más separados allá, unidos por senderos cubiertos igual que los de cualquier otro imponente palacio de un monarca. Se llegaron hasta el portalón. La guardia les permitió la entrada y les anunció. Y al punto apareció una mujer vestida con una preciosa túnica que les transmitió un mensaje del rey: 
-Su Majestad ruega al caballero que entre. 
El rey, sentado en un enorme baldaquín flanqueado por un gran número de mujeres de pie, vestía ropas negras de pies a cabeza. La corona, la túnica: todo negro. Wang se acercó al trono y se postró. 
-Venís de muy lejos, sin duda de algún país del norte, pues ignoráis que no es necesaria la postración según nuestra etiqueta. 
-¿Cómo no iba a postrarme ante vos, Majestad, me halle en la tierra en que me halle? -contestó Wang. 
-No tiene importancia. -Replicó el monarca, y él mismo hizo una venia de agradecimiento. Encantado con el visitante, pidió a éste que se acercara a sentarse a su vera; y añadió-: Decidme ahora, ¿a qué debemos los insignificantes habitantes de este país una visita tan insigne? 
Wang contestó que no había tenido la intención de llegar a aquel país, y que si así había ocurrido se debía más bien a la galerna y al naufragio, que describió minuciosamente. Terminó su intervención dando muestras de que esperaba magnanimidad por su atrevimiento. 
-Y ¿dónde ha estado viviendo hasta ahora? -preguntó el rey. 
-En la casa de la anciana que me ha conducido hoy a su presencia, Majestad. 
-¿Cómo es que lo alojasteis en vuestra casa? –preguntó el monarca a la anciana, a la que había hecho llamar. 
-Porque él tenía un señorío en mi aldea natal —contestó la anciana-, así que sus deseos son órdenes para mí. 
El rey se dirigió entonces a Wang con cortesía: 
-Pida cualquier cosa que necesite. Siéntase como en su propio país. 
Y así terminó la audiencia. Wang fue conducido afuera y regresó a casa de la anciana, donde estaba esperándoles una bellísima hija que tenía ésta. Wang la había visto con anterioridad, cuando ella llevaba el té o servía la comida, y nunca había él perdido ni perdería ocasiones futuras de mirarla con cierto disimulo desde detrás del biombo o por las aberturas del dosel, pues ella, por su parte, ni había dado ni dio señal alguna de temor o de querer evitar aquella solícita mirada. Así llegó un día en que la anciana llamó a Wang con la intención de invitarle a un banquete. 
-Señora -dijo Wang cuando el vino le había empezado a soltar la lengua-, quisiera ser franco con usted. Yo, que no soy más que un solitario en tierra extraña, he podido sobrevivir aquí gracias a sus cuidados maternales, que me han hecho creer que no había perdido ni mi casa ni mi familia aun estando muy lejos de ellas. Pero vivimos en un despoblado. No hay nadie a muchas leguas a la redonda de este solitario viajero que se acuesta y no duerme, que come y no disfruta, que infunde tristeza en la gente que lo trata. No me habría atrevido a mencionarle esto de no estar empezando a temer que mi lamentable y solitario estado pueda robarme la buena salud. 
-Precisamente de esto quería hablarle en el banquete -replicó la anciana-. Yo también me he dado cuenta. Lo que deseaba decide es que había pensado en mi propia niña, que ya no es tan niña, pues tiene los diecisiete bien cumplidos. 
Tal vez se acuerde usted de ella. Nació en su señorío. A mí me gustaría casarla bien. No sé qué le parecerá a usted, pero tal vez así mitiguemos su pena por estar lejos de casa. 
A Wang le pareció una idea excelente, que aprobó sin tardanza. La anciana fijó un día propicio para las ceremonias de casamiento, el mismísimo monarca se preocupó de enviar todo lo necesario para el banquete y las nupcias se celebraron con normalidad. Finalizadas éstas, llegó el momento en que Wang pudo ver de cerca a la que ya era su esposa y, así, percibir lo hermosos que le lucían los ojos y lo estrecha que tenía la cintura, darse cuenta de que poseía una piel de melocotón y un cabello negro-morado, de lo liviano que era todo su cuerpo, tanto que se diría que podía echar a volar, y de las arrebatadoras formas con que ella lo movía. 
Cierto día en que estaba Wang a solas con su esposa, le preguntó el nombre del país en que se encontraban. 
-Ropasnegras. Estás en el país de Ropasnegras. 
-Y ¿por qué me trata tu madre de «señor» desde el primer momento en que me vio? ¿Qué vasallos podría yo tener si carezco de todo señorío en estos pagos? 
-Cada cosa a su tiempo -contestó ella. 
No mucho después de aquel coloquio, estando los dos placenteramente comiendo, a la muchacha se le comenzaron a escapar las lágrimas de repente y a sollozos de un modo tan amargo y desconsolado que daba miedo verla. Muy alarmado, Wang le preguntó si le dolía algo, que por qué lloraba. 
-Lloro de miedo -contestó ella cuando se hubo calmado un poco. 
-Miedo ¿de qué? -dijo Wang. 
-De la separación -respondió la muchacha. 
-¿De la nuestra? ¿Te refieres a que algún día tendré que irme, volver a mi casa? A decir verdad, la felicidad que he sentido aquí me había hecho olvidarme de eso. Pero ¿qué te ha hecho pensar en eso precisamente ahora? 
-La ordenación de los sucesos es oscura, no depende de los hombres -dijo ella. 
Poco tiempo después el rey convidó a Wang a un banquete en el palacio de la Tinta Negra. La vajilla, el mobiliario, el edificio, los uniformes del servicio: todo era de color negro, amén de los instrumentos de la orquesta, que comenzó a amenizar la velada desde una marquesina al mismo tiempo que empezaban a hacerse los brindis en relucientes copas, las bailarinas a danzar y las cantantes a entonar unas canciones cuyas letras resultaron totalmente incomprensibles para Wang. El monarca alzó su copa de azabache puro y brindó por el joven extranjero, diciendo: 
-A lo largo de nuestra historia, dos han sido los extranjeros que han aparecido por nuestras tierras. El uno se llamaba Mei, y su llegada quedó consignada hace siglos, en tiempos de la dinastía Han; el otro es nuestro insigne invitado de honor de esta noche. Señor, lo excepcional de vuestra llegada nos mueve a rogaros que escribáis unos versos de conmemoración -y dio a Wang un papel. 
Cuando el extranjero hubo finalizado su poesía improvisada, el rey la leyó en voz alta. Decía así: 

Muchas millas he bogado en un barco que fue de mis ancestros 
y en cientos de tierras y de mares he sido invitado y he sido extranjero, 
pero fue este año que corre cuando me sobrevino la mal venturanza. 
Llegó torciendo con el súbito peligro de la muerte la derrota que traía. 
Nos embistió una galerna como una división de infantes a la carga 
mientras mil nubarrones cerraban el cielo poniendo el mundo negro 
y dragones marinos me arrojaban al rostro pestilencias. Yo estaba en cubierta. 
Y así pasó que nada pudimos contra el mar. Mi buque está en el fondo 
y ahora sirva de morada a los seres que habiten allá abajo.  
Un fuego negro que escupía llamas hacia arriba llenó luego el aire con sus rojos  
que llegaban tan alto que chocaban contra el cielo, 
y en medio del mar enrojecido aparecieron reluciendo los ojos de las ballenas  
y aparecieron también reptiles marinos cuyas testas, al avanzar hacia mí,  
levantaban tanta espuma que parecía ir a mezclarse con las nubes. 
Vi troncharse los mástiles del barco. Vi cómo las aguas lo tragaban. 
Hubo un estruendo. Yo diría que eran truenos, pero no lo sé.  
Me sostuvieron luego las deidades con las manos  
y llegué a la costa abrazado a un tablón, flotando. A vuestras costas, Majestad. 
Que este mismo banquete sirva de señal: vuestra bondad es infinita. 
Habéis acogido al extranjero. Le habéis dado refugio y salud. 
Habéis oído sus amargas quejas. 
¿Dónde está mi patria? Sólo falta que su Majestad  
pudiera darme alas para volver a mi país. 

Al terminar de leer aquellos versos, el monarca no pudo contenerse y exclamó: 
-Insuperables. 
Luego, mirando de frente a Wang, volvió a hablar: 
-Si en verdad tanto añora su patria, buscaremos la manera de ayudarle a regresar cuanto antes. No puedo darle alas, pero sí embarcarle en una nube. 
Cuando terminó el banquete y cada comensal había compuesto algún que otro poema, la muchacha preguntó a Wang si se había referido a ella en su antepenúltimo verso. Éste no comprendió bien lo que quería decir. Fuera como fuese, pasó el tiempo. Un día que amaneció espléndido, con una suave brisa soplando en el mar, la muchacha le dijo a Wang con lágrimas en los ojos: 
-Es hoy. Hoy te vas. 
No había terminado de enjugarse la cara cuando llegaba un emisario de su Majestad, que comunicó a Wang las órdenes reales: 
-Despídase de su familia. Ha llegado el momento de regresar a su patria. 
La muchacha preparó vino, pero fue incapaz de decir palabra por la fuerza con que la pena la atenazaba la garganta. Las lágrimas comenzaron a rodarle rostro abajo como la lluvia cuando lava la cara de las plantas, como el rocío que se prende a las hojas de los sauces por la mañana. ¿Es así, con una pena verde y un dolor colorado, como merman los aromas, como adelgazan las cosas? Wang estaba igualmente abatido por la aflicción. La muchacha le escribió el siguiente poema de despedida: 

Así es. Lo que fue gozosa unión se reduce a triste ausencia. 
El amor de antaño se hunde, se reduce, toca fondo. Me quedo sola. 
Una amargura de mil años vendrá a mi pecho esta noche. 
Quiero soñar que mi espíritu viaja en el mismo viento en que tú te vas. 

Luego le dijo de viva voz: 
-Nunca volveré a viajar con rumbo norte como hiciera alguna que otra vez en el pasado, pues si me vieras en tu país yo no tendría la apariencia que tengo ahora y lo probable es que me encontraras horrenda y me aborrecieras y, más aún, que te arrepintieras de haberme amado alguna vez. Y si yo te viera allí, sé que el enfermizo sentimiento de los celos se apoderaría de mí. Así pues, no iré jamás con rumbo norte. Ojalá pases los días de la vida que te quedan entre los tuyos, en tu villa natal. Me gustaría darte algo de recuerdo, pero no hay nada que te puedas llevar. Por favor, no te lo vayas a tomar a mal. -Dicho esto, sin embargo, mandó a una sirvienta que fuera a por cierta píldora maravillosa; cuando la sirvienta se la hubo dado, agregó-: Ten esto. Sirve para hacer que el espíritu de un cadáver regrese al cuerpo y lo reviva. Sólo tiene efecto si no ha pasado un mes desde la defunción. Primero coloca al muerto encima de una pira hecha con ramas y con hojas de artemisas, en el lado sureste de la sala donde esté. Luego ponle en medio del pecho un espejo bien brillante. Colócale esta píldora debajo del cuello. Incinéralo y revivirá. Es una píldora cuyo secreto está en posesión de los espíritus del mar. Si no te la llevas en un frasco hecho con jade de los montes Kunlun, jamás lograrás llegar a la otra orilla -y al punto sacó un frasquito de jade en el que metió la píldora. Cerró el recipiente perfectamente y se lo cosió en un dobladillo de la manga. Y después, transida de pena, se separó de él. 
-Yo tampoco tengo nada de mi país que pueda darte, salvo esto -dijo Wang al tiempo que le daba un poema. Decía: 

Ya se va el viajero que llegó flotando por el mar 
y cuya nave rumbo al sur perdió para siempre la ruta. 
Se va para no ser visto jamás. 
El agua lo trajo. Una nube lo llevará. 

Wang se despidió de ella. El monarca ordenó a una nube que viniera, y Wang comprobó que tenía la textura de una alfombra hecha con negro plumón de crías de pájaro. Luego mandó a Wang que se subiera a ella y se colocara en el centro. Pidió agua del estanque de las Plumas Metamorfoseadas, de la que roció unas gotas sobre la nubecarro. Llamó a la anciana que había encontrado a Wang y le dijo que condujese a éste de vuelta a su casa. Y se despidió del visitante con unos consejos: 
-Cierre bien los ojos y estará en casa antes de que haya podido darse cuenta. No los abra o se desplomará en el mar. 
No había hecho Wang más que juntar los párpados cuando de golpe empezó a oír el bramido del viento que soplaba alrededor. Sintió ansiedad y temor. Abrió los ojos al cabo de un rato. Estaba sentado en el salón de su casa. No vio a nadie por allí. Encima de una viga piaban, la una a la otra, dos golondrinas. Al verlas cayó en la cuenta. Golondrinas. ¿Había ido a parar al país de Golondrinas? En esas cavilaciones estaba cuando irrumpieron en el salón sus padres, hermanos, primos y demás familia harto maravillados. El cansancio de responder a todas sus preguntas se sumó a la fatiga que traía. 
-Nos dijeron que habíais muerto todos. 
-Hablaban de una galerna. 
-¿Cómo has llegado hasta aquí? 
-Que un vendaval terrible había hecho naufragar el barco y no se había librado nadie de la muerte. 
No salían de su asombro. Wang les contó punto por punto cómo sólo él se había salvado gracias a un tablón flotante y ahí detuvo su relato: calló todo lo relativo a la estancia en aquel país. Preguntó cómo es que no veía por allí a su hijo, que tenía tres años el día de su partida. La respuesta que le dieron fue: 
-Murió hace quince días. 
Wang no pudo contenerse y estalló en un largo lamento. 
Pero le vino al punto a la memoria la píldora mágica que llevaba cosida en el dobladillo de la manga, de suerte que mandó que se abriera el féretro de la criatura y se sacase el cadáver; lo incineró siguiendo los pasos que le habían sido explicados, y el niño revivió. 
Llegó el otoño y con él se empezaron a ir las golondrinas. La pareja aquella se posó en un alféizar y se puso a piar de la manera más lastimosa que imaginarse pueda. Wang extendió una mano y se le posaron encima, y luego en el hombro, y ahí estuvieron mientras escribía un poema en un pedacito de papel que enrolló e introdujo en una bolsa diminuta, que ató a la pata de una de ellas. Los últimos versos del poema decían: 

Aunque infinito sea el amor que nos tenemos, niña mía de jade, 
me está vedado volver al país donde tú vives. 
No he tenido más noticias tuyas desde que en una nube vine aquí. 
Las he esperado sin descanso, de pie, 
mirando quieto al viento, y llorando. 

Con el regreso de la primavera regresaron las golondrinas, y aquella pareja hizo una vez más el nido en casa de Wang. Una de ellas traía atada a la pata una bolsa diminuta que contenía un rollito de papel, que Wang pudo leer. Decía así: 

Nuestro encuentro estaba escrito, pero 
¿también esta separación de por vida? 
La primavera que viene echarás mi carta en falta. 
No volarán más golondrinas desde el sur. Estará el cielo vacío. 

Aquellas líneas provocaron en Wang la más profunda aflicción. Y, en efecto, al año siguiente, no volvieron las golondrinas. 
Todos estos sucesos se propagaron de boca en boca entre tan enorme cantidad de gente que el lugar donde vivía Wang terminó por llamarse «la calle de los Ropasnegras» y los acontecimientos de esta historia pasaron a formar parte de los temas empleados por algunos poetas en sus composiciones, como fue el caso del poema titulado «la calle de los Ropasnegras», de Liu Wanqi, en la obra Los cinco paisajistas del concejo de Oros. 
Nada hay de vano en esta historia de Wang. 

Anónimo

lunes, 9 de julio de 2018

Puzzles




Fábula

Dos hombres encontráronse en un camino muy estrecho por el que ambos no podían pasar de frente. Uno de ellos había de hacer sitio al otro, pero ninguno quería ir detrás y se obcecaron en aquello hasta que se injuriaron. Por fin, dijo uno al otro:
-Te aconsejo que me permitas pasar, porque de lo contrario te trataré como a otro testarudo en cierta ocasión.
El otro, ante aquella amenaza, dejó libre el camino; mas, cuando el hombre se alejaba, le preguntó que habría hecho si no hubiese querido ceder.
-Dime  le preguntó- ¿qué hiciste  a aquel testarudo?
-Éralo más que tú, y viendo que nada podía obtener, me decidí a ... dejarle el paso a él.
El más inteligente, pues, debe ceder.

L. Tolstoi

sábado, 7 de julio de 2018

Tu punto - 2017


El sampietrino 

Nuestras ideas sobre la felicidad parecen cambiar con la edad. El hombre al que en mi vejez he llegado a tener por el más feliz de los mortales no me pareció digno de especial felicidad cuando en cierta ocasión lo conocí en mi juventud. Su imagen ha quedado grabada en mi memoria de forma indeleble como de un espécimen extraño del género de los animales bípedos, sin alas y plantígrados, como llamaba Platón a los hombres, pero sin estar unida a un sentimiento de envidia por su suerte, que entonces no podía imaginar muy diferente de la de las ovejas o los bueyes, por no decir, de las ostras y las esponjas. 
En la primavera del año 1864, intentando terminar un trabajo de juventud, suficientemente conocido, que no me es grato recordar, tuve necesidad de consultar algunos volúmenes sobre la Edad Media que no se encuentran en ninguna biblioteca pública ni privada de Atenas. Pensé traerlos de Europa y miré los catálogos de precios de los libreros de viejo, pero estos libros eran bastante caros. Me pareció más barato y más divertido saltar a buscarlos en la biblioteca europea más cercana, la de Nápoles. Allí encontré todo lo que buscaba, excepto el tratado histórico de Spanheim, especialmente idóneo para lo que necesitaba, quien había escrito cosas sorprendentes e increíbles sobre el papa Juan VIII. 
-Nosotros no tenemos este escrito -me respondió el responsable de la biblioteca-. Pero sé que existe una copia de él en la biblioteca privada del Seminario de San Pedro. Aunque dudo mucho que le permitan consultarla. 
Ya que había cruzado el mar para encontrar esta monografía habría sido un error escatimar unas horas de viaje en tren. Al día siguiente me encontraba en uno de los patios de San Pedro buscando la entrada del Seminario. Un bondadoso clérigo me hizo el favor de conducirme al habitáculo del portero de la Escuela Sacerdotal. Era un venerable anciano que vestía una saya de tela basta, de color ceniciento y aspecto casi medieval, arcaicas polainas de lana y grandes y brillantes hebillas metálicas en los zapatos, similares a las que llevaban sus tatarabuelos. Pero mucho más que su indumentaria atrajo mi atención la expresión de su rostro. En ella estaba reflejada una felicidad tan apacible como jamás he tenido ocasión de ver en ningún otro hombre. Se ha hecho proverbial la expresión de serenidad sobrehumana que los escritores antiguos lograban transmitir al semblante de los dioses, pero me pareció aún más completo el alejamiento de aquel anciano portero de toda emoción que pueda turbar el sosiego de los mortales. A primera vista se podía adivinar que aquel hombre nunca había llorado o reído, y no se podía comprender cómo el tiempo había logrado surcar de arrugas su rostro marmóreo. Cuando entré tenía sobre las rodillas un cabritillo con el que parecía conversar amigablemente. Tras haberle informado de que quería tener acceso al archivo del Seminario se puso en pie parsimoniosamente, colocó con cuidado el hermoso animal sobre la alfombra después de haberlo besado dos veces y, a continuación, dijo con voz que la lentitud hacía melodiosa: 
-Subo a ver si su reverencia el bibliotecario se encuentra arriba. Espere, por favor, unos segundos. 
El cuarto en el que me encontraba se parecía a la celda de un asceta. Su única decoración eran unas litografías de Papas ilustres en las paredes y frases de los Padres de la Iglesia en marcos de papel dorado. La celda comunicaba por una puerta abierta con un huerto, al que accedí para aguardar la vuelta del portero. Este recinto distaba mucho del esplendor clásico de los famosos jardines vaticanos, y parecía abandonado a la providencia de la Naturaleza desde hacía mucho tiempo. En él no se veían rincones sombreados ni surtidores ni estatuas ni flores que destacaran por su color o su aroma; únicamente flores silvestres, malvavisco, margaritas, amapolas, salvia, hierba de dos pies de altura y muchos naranjos cargados de frutos, que al parecer, no merecía la pena recoger, dada la gran cantidad de esferas de un rojo dorado que tapizaban la hierba en torno a los árboles. Las tapias que circundaban el jardín estaban cubiertas hasta arriba por madreselva, y en un rincón fluía mansamente una fuente, silenciosa, como la de Siloé, rodeada de berros y demás plantas acuáticas. Todo esto daba a aquel enmarañado jardincillo un tono rudo y solitario que de alguna forma sorprendía al espectador, que no esperaba encontrar un rincón de Escitia o de la Tebaida junto al bullicioso palacio del polifacético Pío IX. 
Estas ensoñaciones se vieron interrumpidas por la vuelta del portero, seguido de su inseparable cabritillo, que, sin inmutarse, me anunció con voz de salmista que su reverencia el archivero se estaba afeitando y que no iría al archivo hasta pasada media hora. 
-¿Puedo esperar aquí? -pregunté. 
-Por supuesto, señor. 
Y al tiempo de decir esto me ofreció una naranja más ácida que un limón. Como no podía elogiar la calidad de la fruta, lo felicité por la belleza de los naranjos. 
-Los planté yo mismo -me dijo- hace más de cincuenta y cuatro años. Soy el sampietrino más antiguo. 
Este término es intraducible a otra lengua. Sampietrini son llamados en Roma a una clase especial de hombres cuyo único trabajo consiste en cuidar, limpiar y adornar en las grandes festividades la enorme basílica de San Pedro y sus innumerables capillas. Se puede considerar que ellos, como las esculturas, forman parte integrante de este dedálico laberinto eclesiástico. Muchos han vivido y han muerto sin salir del recinto sagrado. Este era el caso del feliz portero que se encontraba hablando conmigo. 
-Mi padre -me dijo- fue sampietrino, encargado de la gran lámpara, y mi madre, sampietrina, barrendera de la tumba del papa Pablo Borgia. San Pedro es mi casa paterna. 
-¿Supongo que habrás salido de ella en alguna ocasión? 
-Nunca. ¿A dónde quiere usted que vaya?  
-¡¿Cómo?! ¿No conoces Roma? 
-La veo desde lo alto de la cúpula central. Parece muy bonita, y también los alrededores de la ciudad ¿Para qué voy a moverme cuando tengo aquí todo lo que mi corazón puede desear? Llevo una vida seráfica, oigo misa todas las mañanas, veo salir todas las letanías, asisto a los ritos solemnes y a la espléndida procesión de antorchas, en Semana Santa, escucho música famosa y con frecuencia estoy presente cuando pasa el Papa. Él conoce mi nombre, siempre me da su bendición y a veces dos monedas, con las que no sé qué hacer, pues Su Santidad me alimenta con las sobras de su mesa, y en los Jubileos me da un traje nuevo. 
-¿Y no deseas nada más?, -pregunté. 
-Deseo, como todo el mundo, ir al Paraíso y espero que se cumplirá mi deseo pues el Santo Padre me ha prometido que oficiará personalmente el funeral por mi alma el día de mi muerte. Al recordar esta promesa se le humedecían los ojos de gratitud y en su semblante se reflejaba una felicidad aún mayor, como si, bajo el efecto de un éxtasis celestial, estuviese viendo ya su alma volar hacia las moradas de los bienaventurados. 
Por mi parte, confieso que me sentí algo conmovido y más sorprendido aún de que se pudiera ver tan absoluto alejamiento de ambiciones y apetencias terrenales tan cerca de la Corte del Vaticano, esa terrible caldera en la que hierven, vigilantes, las más salvajes pasiones clericales, la ambición más insaciable, el engaño, la intriga y una inagotable sed de escalar puestos, donde hasta los sacristanes ven en sueños, no el Paraíso, sino una mitra de obispo o la púrpura cardenalicia. Quizá me habría sorprendido mucho menos encontrar una palmera en Siberia o un valle verde en el Ática que descubrir fe simple y humilde felicidad dentro del recinto del Vaticano. 
La conversación fue interrumpida por la llegada de un joven y alegre abad de hábito violáceo, que bajaba para anunciarme que ya podía subir al archivo. No sé por qué se llama archivo, cuando en realidad es una biblioteca rica, pero desierta en aquel momento. Los dos venerables custodios me recibieron con esa sonrisa romana, cuya afabilidad y dulzura se han hecho proverbiales en todos los rincones de la Tierra. Pero cuando les pedí que me permitieran tomar notas del tratado de Spanheim, fruncieron el ceño, cruzaron una furtiva mirada, y el más joven, tras fingir que examinaba el catálogo me respondió "con profundo pesar" que este tratado no estaba en la biblioteca del Seminario ni en el Vaticano. Aunque sabía que se encontraba allí, me pareció improcedente dar muestras de que no creía las palabras de aquellos educados clérigos, quienes por otra parte, no tenían ninguna obligación de darme a conocer algo que, creían, no contribuye al incremento de la buena fama de la Santa Sede. Para no parecer contrariado por su negativa permanecí con ellos media hora más, simulando que miraba los cuadros de los pintores prerrafaelistas que me mostraban, que se parecían mucho a nuestras oscuras pinturas bizantinas. 
Al bajar del archivo volví a encontrar al portero paseando por su huerto con majestuosa lentitud y con tanta felicidad como Adán en el Jardín del Edén antes del pecado, mientras recitaba una estrofa del conocido himno clerical en latín vulgar: 

Fac me vere tecum stere  
Iuxta crucem tecum stare.  
Fac ut portem Christi mortem  
Passionis fac consortem 

Haz que yo viva en ti conforme a la verdad/ Que permanezca contigo junto a la cruz/ Haz que tenga la muerte de Cristo/ Hazme partícipe de la Pasión. 

A intervalos detenía el paseo y el recitado para quitar unas hojas secas que manchaban de amarillo el follaje de los naranjos. Consideré necesario interrumpir esta tarea para darle las gracias y despedirme de él. Me devolvió amablemente el cumplido, pero no mostró la más mínima disposición a reanudar la conversación que habíamos cortado. Era como si se hubiese olvidado ya de mí. Y la verdad es que mi visita le había impresionado menos que la mancha amarillenta sobre el follaje verde del naranjo. 
El semblante de este buen sampietrino quedó, como he dicho, indeleble en mi memoria, y cuanto más envejezco, más me inclino a creer que verdaderamente es el más feliz de los hombres con los que me he tropezado en el mundo. Ninguna de las espinas con las que el buen Dios ha querido -no sé por qué- alfombrar nuestra andadura terrenal parece haberle herido. Jamás ha sentido ni ha podido sentir una amarga pena. Es más, su felicidad parece que radica únicamente en la ausencia de todo dolor, ya que está plenamente convencido de que posee cuanto es deseable en la Tierra. No desea ni conoce ni puede imaginar ninguna otra cosa. Pero sería erróneo compararlo con los pólipos y las esponjas, ya que tiene plena consciencia de la felicidad que inunda cada momento de su vida. Es como si en su honor Miguel Ángel hubiera construido la cúpula de cuatrocientos pies de altura, la más majestuosa del mundo, Rafael hubiera pintado sus más hermosas vírgenes, y para él hubieran compuesto sus más dulces melodías Haendel y Palestrina. 
Puede considerarse que las más perfectas obras maestras forman parte de él, ya que según la sagrada máxima, "ellas están en él y él está en ellas''. Pero, además de las supremas creaciones del arte, este bienaventurado portero parece muy capaz de apreciar también otros placeres más humildes, como el ardiente calor del sol romano, en invierno, el murmullo de la fuente, la floración de los naranjos y, con toda probabilidad, las exquisiteces de la cocina pontificia, dado que con tan vehemente gratitud mencionó que el Santo Padre le hacía el honor de alimentado con las sobras de su propia mesa. No hay que creer que la piedad y la fe ciega son suficientes para hacer felices a quienes aman a Dios de todo corazón. Ni mucho menos. Por las memorias que conservamos de los santos oficiales sabemos que rara vez tuvieron la suerte de saborear, no ya la felicidad pura, sino, al menos, la paz de espíritu. Su corazón se veía continuamente desgarrado por el temor de no hacer lo suficiente para merecer la misericordia de Dios o alcanzar su perdón. A veces la visión del Paraíso encandilaba sus ojos pero también muchas veces se veían inundados de un sudor frío al pensar que los tormentos del Infierno eran eternos y terribles. Todos los que amaban al prójimo además de a Dios, los que eran sensibles y compasivos por naturaleza, no podían sentirse dichosos al pensar que a su alrededor había muchos que tenían hambre y frío, que estaban enfermos, tullidos o leprosos. Pero aquel hombre realmente feliz nunca pareció turbado por tales pensamientos. Mientras se solazaba en el disfrute de todo aquello que consideraba deseable en la vida, afrontaba sin miedo el futuro, confiado en que vislumbraba con toda claridad el resplandeciente sitio que le había sido adjudicado en el Paraíso para su eterna felicidad. Además, ¿cómo iba a poder dudar de esta posesión cuando el mismo representante de Cristo en la Tierra le había prometido que el día de su muerte oficiaría personalmente el funeral por su alma? Cualquier duda después de esta promesa sería tan absurda como mostrarse preocupado por el pago de un cheque al portador que lleva la firma de Rothschild. 

Emmanuil Roidis

jueves, 5 de julio de 2018

Jerez de la Frontera



  
Avatar con huevos fritos 
A Paula  

El jardín, los huevos fritos, Hortensita y yo tenemos una cita ineludible por las mañanas, llueva, truene, hiele, haga un calor de espanto o nos coman los mosquitos, y todo iba la mar de bien hasta que hoy Hortensita va y me pregunta qué pasa que sólo como un huevo. Yo enarco las cejas y le recuerdo que hace como veinte años que el médico me prohibió zamparme dos huevos al día por aquello del dichoso colesterol, recontra. A Hortensita, de repente, se le pasma el semblante, mira hacia el cielo y apaña el mutis: 
-¡Y vaya cómo refresca esta mañana! Ya está aquí el frío. Se acabó lo bueno. En nada habremos de plegar el toldo y todo. 
Y se me queda tan pancha. 
A mí me empieza a entrar un cosquilleo en el estómago, pero doy cuenta de mi sentido práctico y decido posponerlo para cuando acabe con el huevo, que nada ni nadie me ha de estropear el mejor momento del día, ¡qué diantre! Así pues, mojo el cantero del pan en lo que queda de yema, demoro la degustación de esa delicia todo lo que me permiten mis glándulas salivares e inmediatamente después ataco con el tenedor la clara muy hecha, crujiente por los bordes, como Hortensita sabe que a mí me gusta. Terminamos a la par, como casi siempre; ella rellena las tazas de café y a mí me viene de nuevo a la cabeza lo de la dichosa preguntita y ahora sí que se me revuelve el buche. ¿Por qué narices, después de casi sesenta años de matrimonio y de los ineludibles desayunos en el jardín, Hortensita me suelta lo de los huevos, cuando sabe perfectamente que, por mal que me pese, yo, como ella misma, sólo como uno? Pero... ¡un momento! ¿Ineludibles desayunos? ¿Y lo de Lourditas? ¿Cómo he podido olvidar la indisposición que anteayer sufrió mi hermana? Se trató sólo de un susto, en la residencia una enfermera confundió una gripe común tan propia de estas fechas con una neumonía. Y es que a la edad de Lourditas (un par largo de años más que yo gasta la pobre) hay que andarse con cuidado con determinados síntomas, y a eso de las seis de la mañana que me llamaron, pues tengo dicho que me den cuenta de cualquier indisposición que pudiera surgirle, ya que yo quiero mucho a mi hermana, que para eso es, con mi mujer, lo único que me queda en el mundo. En fin, nada más enterarme de la contrariedad llamé a Radio-taxi y en la ciudad me planté, en poco más de media hora, para pasar la mañana entera con ella, intentando subirle la moral, pues al poco de yo llegar vino el médico y me confirmó la falsa alarma. Sobre las dos de la tarde ya parecía más tranquila, por lo que no perdí un momento en volver junto a Hortensita, pues esos sitios a mí me atosigan sobremanera, que aunque yo sea viejo no me gusta nada el olor a viejo, vaya. No sé cómo Lourditas prefiere estar ahí y no con nosotros. Yo pienso que, como en casa, en ningún sitio; pero ella es muy aprensiva y le gusta tener cerca a los médicos. Es su opción y hay que respetarla. 
El caso es que es cierto, la de anteayer fue la primera mañana que falté a mi cita matutina con Hortensita y mi huevo, y ella hubo de desayunar sola. ¿Sola? En fin, ya no estoy tan seguro. Quizá esa mañana pudo desayunar mi Hortensita con alguien que, efectivamente, comiera los huevos fritos a pares. Esta posibilidad acaba con el cosquilleo en detrimento de un enorme vacío estomacal, y eso que aún no me ha dado tiempo a hacer la digestión de mi único huevo. 
Acabamos el café, Hortensita coloca los cacharros en una bandeja y se retira a la cocina. Cuando me quedo solo me reconcomo la sesera pensando que ya sería mala pata, ya, que para una vez que me surge un imprevisto, vaya la Hortensita y pele la pava, o algo más, con algún espabilado. Siempre, incluso cuando trabajaba, desayuné con Hortensita en el jardín. Y desde que llevo jubilado, hace ya más de dos décadas, prácticamente no me separo de ella. Claro, quizá está harta de mí, todo el santo día pegado a sus faldas. Puede que sea eso. Y es que mi Hortensita sigue estando de muy buen ver, que aún tiene buena planta y unos ojazos azul claro que quitan el hipo y..., no sé, quizá alguno que pasaba por la verja, alguno de esos viejos tunantes que se pasean en chándal, periódico bajo el brazo, por la urbanización, pues..., vaya, que se aprovechase de la inocencia de mi Hortensita y se la llevase al huerto, que ya he visto a más de uno dedicarle una sonrisilla al cruzar la calle y encima va mi Hortensita y se lo toma a chanza, diciéndome cosas del estilo de pues mira, si tú te vas antes, a mí pretendientes no me habrían de faltar, ja, ja, ja, y tal. ¿Lo diría en serio? ¡Con un par de bofetones a palma abierta les iba a quitar las tonterías a esos viejos verdes de mierda! Dios... Hará frío, pero estoy empezando a sudar por las sienes, me tiemblan las manos y mis jugos gástricos ronronean como un gato adulto. 
Entonces se me ocurre una idea magnífica. ¡La basura, claro, la basura!, me sorprendo diciendo en voz alta. Corro a la cocina. Hortensita está de espaldas, fregando los cacharros. Abro la tapa del cubo y veo que la bolsa está casi llena. Perfecto. Tirar la basura es la única tarea doméstica en la que colaboro. Y es que estoy hecho un patán, lo cual, pensándolo bien, ha podido contribuir a la más que posible infidelidad de mi Hortensita, que las mujeres últimamente miran mucho estas cosas, las muy jodidas. La última vez que tiré la basura fue la víspera de anteayer, lo recuerdo perfectamente. Si hubiera o hubiese traición, ahí dentro está la prueba, eso fijo. Le digo que voy a tirar la basura. Ella se extraña de que lo haga por la mañana, pero le aseguro que ya huele. 
Cierro la bolsa y me la llevo afuera. Hay bastantes transeúntes. ¡Y casi todos son viejos con periódico! Ahora mi estómago centrifuga y mis sienes parecen las cataratas del Niágara. Me arrodillo frente al contenedor y hago trizas la bolsa. Un viejo asqueroso de éstos gira la cabeza hacia mí extrañado, pero le miro fijamente a los ojos y debo exteriorizar tanto desdén, que sigue camino apremiando el paso. Y yo, a lo mío: separo los residuos a un lado y las cáscaras a otro. Voy juntando las mitades de estas últimas y se confirma la sospecha. Catorce medias cáscaras, es decir, siete huevos: los dos de hoy, los dos de ayer... ¡y los tres de anteayer! Alguien desayunó dos huevos con Hortensita. Y si fueron dos huevos fue porque hubo que recuperar fuerzas tras un desgaste, que estos viejos, como yo mismo, suelen tener el colesterol por las nubes y andan con cuidado con estas cosas. Pero un día es un día, claro, y más si ha habido motivo de homenaje. 
-¡Tiene huevos la cosa! 
Dejo la basura ahí desparramada y regreso a casa fuera de mí. Irrumpo en la cocina y oigo a Hortensita cepillándose los dientes en el pequeño aseo anexo. Y es que mi Hortensita, otra cosa no, pero limpia y requetelimpia que es ella. Por eso no noté nada anteayer, claro. Mis actos son instintivos, primarios: cojo una sartén, la pongo al fuego y le echo un buen chorro de aceite de oliva. Paso unos segundos con la vista fija en la cesta de mimbre en forma de gallina atestada de huevos dispuesta junto a los fogones. ¡Mierda de huevos!, me digo, y cuando el aceite empieza a humear escucho las gárgaras de Hortensita. En ese momento sopeso el mango de la sartén con las dos manos. Se me saltan las lágrimas y tiemblo un poco al principio, cuando noto la presencia de Hortensita a mis espaldas, pero trago saliva varias veces y logro mantener el pulso firme. 
-Hombre, ya estás aquí. ¿Y cómo has visto a Lourditas? -me suelta. 
Vuelvo a dejar la sartén en el fuego y me doy la vuelta. Me quedo unos segundos obnubilado en los preciosos ojos de mi Hortensita y me entran unas ganas inmensas de llorar y de abarcarla con los brazos; pero no lo hago, pues siempre he reprimido la exteriorización de mis emociones. Quizá sea mejor así, ya que mucho me temo va a hacer falta mucha flema y resignación de ahora en adelante. 
-¿Calientas aceite? -me pregunta fijando su mirada en la sartén. 
-Sí, cariño. Voy a freír el huevo que me faltaba. 
Ella sonríe, yo me doy la vuelta, cojo un huevo de la cesta, lo casco y lo echo a la sartén con cuidado de que no se me rompa la yema, pues yo jamás como un huevo con la yema rasgada, que cuando le pasa a Hortensita, ella sabe que lo tiene que descartar inmediatamente y hacerme otro, pues menudo soy yo para estas cosas. 
Entonces un escalofrío me recorre la espina dorsal. Giro la cabeza bruscamente y miro a mi mujer. Ella me sonríe, yo le devuelvo la sonrisa y sigo a lo mío. El huevo empieza a chisporrotear. Parece que el aceite estaba en su punto, pues se hace prácticamente solo. La yema intacta, la clara churruscada por los bordes. Todo correcto. Miro de nuevo a Hortensita, que no deja de sonreír. No parece extrañada. Quizá también haya olvidado que yo jamás he frito un huevo. 

Emilio Losada Pellejero


martes, 3 de julio de 2018

Museu Egipci de Barcelona






El tesoro de Rampsinito 

Había en Roma un caballero que tenía dos hijas y un hijo, y aquel caballero hacía muchas veces justas y torneos, tanto que gastaba todo lo que tenía en tales cosas. En aquellos tiempos había un emperador llamado Octaviano, que tenía más plata y oro que todos los reyes; tanto que tenía una torre llena de oro y un caballero que la guardaba. Y el caballero que amaba tanto los torneos llegó a tal pobreza, que decidió vender su hacienda; y llamó a su hijo y le dijo: -Hijo, aconséjame cómo hagamos; obligado por la necesidad tengo que vender la heredad o encontrar otros recursos con los que podamos vivir; pues si vendemos la tierra, tú y tus hermanos moriréis de hambre.  
Respondió el hijo: -Padre, si pudiéramos discurrir otra cosa para no vender la tierra, yo os querría ayudar.  
Dijo el padre: -Yo he pensado una buena cosa: el emperador tiene una torre llena de oro; vayamos de noche muy secretamente con instrumentos para minar la torre y sacaremos todo el oro que necesitemos.  
Respondió el hijo: -Padre, sí; me parece una buena idea, pues mejor es coger el oro del emperador y conseguir así el que nos falta, teniendo él tanta abundancia, que vender nuestra tierra.  
Y se levantaron, pues, de noche los dos con sus utensilios y fueron a la torre, y la minaron y cogieron cuanto oro pudieron llevar entre los dos. Y el caballero hizo sus justas y sus torneos acostumbrados y lo gastó todo. Y entre tanto, entró el guardián en la torre y vio el robo, y se espantó y fue al emperador y se lo contó, y le dijo el emperador: -¿Por qué me dices estas cosas? ¿No te encargué yo mi tesoro? Dame cuenta de él y no te preocupes de otra cosa.  
Él, después de oír esto, entró en la torre y puso delante del agujero por donde habían entrado a robar una tina llena de pez, mezclada con betún. Y la puso de modo tan acertado, que nadie podía entrar allí sin caer en ella. Poco tiempo después, el caballero gastó todo el oro que había sacado, y fueron otra vez él y su hijo a la torre a robar del tesoro. Y en seguida, al entrar primero el padre, cayó en la tina llena de pez y de betún hasta el cuello. Y, como se vio engañado, le dijo al hijo: -No te acerques, pues si lo hicieras, no podrías escapar.  
Respondió el hijo: -Dios no lo quiera, ¿cómo no te voy a ayudar? Pues si te encontraran aquí, todos moriríamos. Y si no te puedo sacar solo, buscaré cómo preguntando a los otros.  
Y dijo el padre: -No hay mejor consejo salvo que me cortes la cabeza, pues hallando el cuerpo sin cabeza nadie me podría reconocer; y así tú y mis hijas os libraréis.  
Respondió el hijo: -Padre, habéis dicho bien; pues si os conocieren, nadie de nosotros escaparía.  
Y en ese momento sacó su espada y le cortó la cabeza a su padre y la echó a un pozo, y se lo dijo a sus hermanas, las cuales lloraron muchos días a escondidas la muerte de su padre.  
Y después de esto, entró el guardián de la torre y halló el cuerpo sin cabeza y se maravilló, y lo denunció al emperador; y le dijo él: -Atad ese cuerpo a la cola de un caballo y arrastradlo por todas las calles y plazas, y prestad atención donde oigáis grandes lloros; allá entraréis y prenderéis a cuantos en la casa estén y los llevaréis a la horca.  
Y así lo hicieron los servidores; y cuando llevaban el cuerpo por delante de la casa, viendo las hijas arrastrar el cuerpo de su padre, lloraron mucho, y el hermano, que oyó sus gritos, se hirió él mismo en el muslo y se hizo mucha sangre. Y cuando los alguaciles oyeron el llanto, entraron en la casa y preguntaron la razón por la que lloraban; y dijo el hijo: -No sé cómo me he caído y me he descalabrado; y como me han visto mis hermanas que me salía tanta sangre, dieron gritos como veis.  
Y ellos se creyeron lo que les dijo; y estuvo mucho tiempo en la horca y su hijo no quiso hacer nada para que quitasen el cuerpo de la horca ni para sepultar la cabeza del padre. 

Anónimo

domingo, 1 de julio de 2018

Fondo Documental Histórico de las Cortes de Aragón - El pacto, seña de identidad aragonesa



La dura realidad

-Quería un bombón de nata -le digo al hombre de los helados. 
-No me quedan -me contesta él. 
-¡Vaya! Pues tenía yo capricho con la nata, ya ve. En fin. Entonces deme uno de vainilla. De los que llevan almendra. 
-No hay. 
-Ya. Bien... pues un polo de hielo, venga. De éstos de aquí: de naranja. 
-Se han acabado -dice. 
-¿Está usted seguro de que vende helados? 
-Sí. 
-Muy bien: pues deme un polo de limón. 
-Tampoco hay. 
-Entiendo. ¿Y un heladito del corte? ¿No tendrá usted por casualidad un heladito del corte? 
-No me quedan galletas. 
-Ajá. Oiga: ¿y si en vez de este cartel que pone «Helados» coloca otro que diga «Se fastidia a la gente»? ¿No piensa que sería más comercial? 
-Puede. 
-Porque un polo de fresa tampoco tendrá. 
-No. 
-Y de pistacho, mucho menos; claro. 
-Se han terminado. 
-Está bien. Ahora deje que lo adivine yo: si le digo si tiene tarrinas, me va a decir usted que no le quedan cucharillas ¿a que sí? 
-Eso es. 
-Ya. Mire: dígame una cosa y acabamos antes: ¿de qué leches le quedan helados? 
-Me queda lo que ve. Caramelos y latas frías. 
-Pero helados no tiene. 
-No. 
-Y en cambio aquí arriba, en el cartel del puesto, dice «Helados». No dice: «Se da por saco con caramelos y latas frías». Dice «Helados». Yo lo leo perfectamente: «Helados». 
-Sí. 
-Ya. Oiga, dígame otra cosa: hay una cámara oculta ¿no es eso? Dentro de un momentito va a salir de aquella furgoneta un gilipichis trajeado, con un micrófono en la mano y un montón de helados de nata. Lo he acertado ¿verdad? 
-No. 
-Entonces es cierto que no vende helados. 
-Sí vendo helados. 
-No: no me quiera hacer ver lo blanco negro. Usted no vende helados. Usted tiene un puesto de no vender helados.  
-Vendo helados. 
-Está bien. Pues véndame uno. Quería un bombón de nata, por favor. 
-No me quedan. 
-Bien... pues uno de vainilla entonces. De los que llevan almendra. 
-No hay. 
-¿Lo ve? 
-Qué. 
-Que usted no vende helados después de todo. 
-Sí vendo helados. 
-No señor. No los vende. ¿O es que me toma por idiota? Usted está aquí, en su puesto, haciendo como si vendiera helados, con el único fin de enmierdar a la gente. Ésa es la realidad. 
-No. La realidad no es ésa. Yo vendo helados. ¿No lo ha leído? Lo dice aquí, en el cartel del puesto: «Helados». De qué se extraña. No hay cámaras ocultas. Esto es la dura realidad. 
-De acuerdo. Usted gana. ¿Qué tal si comenzamos otra vez? Vamos a ver: no importa el tiempo que nos lleve ¿vale? Quiero un helado. Sólo eso. Es todo lo que quiero en esta vida. Usted los vende ¿no? Muy bien. Pues véndame entonces una mierda de helado. 
-De qué lo quiere. 
-De nata. Lo que yo quiero es un bombón de nata -le digo al hombre de los helados. 
-No me quedan -me contesta él. 

Ángel Zapata