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jueves, 9 de febrero de 2017

Museo Lladró


Objetos sólidos

Lo único que se movía sobre el vasto semicírculo de la playa era una pequeña mancha negra. A medida que se acercaba al esqueleto de la barca sardinera varada en la arena, cierta tenuidad en su negrura dejó ver que la man­cha en cuestión poseía cuatro piernas; y poco a poco re­sultó evidente que estaba compuesta por dos hombres jó­venes. Aun así, con su silueta recortada contra la arena, había en ellos una inconfundible vitalidad; un indescripti­ble vigor en el avance y el retroceso de los cuerpos que, si bien era leve, revelaba que una violenta discusión sur­gía de las diminutas bocas de aquellas dos cabezas. Esto quedaba corroborado, al mirar con más atención, por las constantes embestidas de un bastón situado a la derecha. «¿Intentas decirme...? ¿De verdad piensas...?», esto pare­cía afirmar el bastón que avanzaba del lado de las olas trazando largas líneas rectas en la arena.
-¡Al diablo la política! -emitió claramente el cuerpo de la izquierda, y mientras se pronunciaban estas pala­bras, las bocas, las narices, las barbillas, los bigotitos, las gorras de tweed, las botas toscas, los abrigos de caza y los calcetines de rombos de los dos hablantes se volvieron cada vez más nítidos; el humo de sus pipas ascendía por el aire; no había nada tan sólido, tan vivo, tan intenso, rojo, hirsuto y viril como estos dos cuerpos en millas y millas a la redonda de mar y dunas.
Se sentaron en la arena junto al esqueleto de la negra barca sardinera. Ya sabéis que el cuerpo parece relajarse al dar por concluida una discusión, y pedir disculpas por haberse exaltado, aplacándose y expresando con la laxitud de su postura su disposición a ocuparse de algo nuevo... cualquier cosa, lo primero que encuentre a mano. Por eso Charles, que había azotado la playa con su bastón durante más o menos media milla, comenzó a tirar fragmentos de pizarra sobre la superficie del agua, y John, que había exclamado «¡Al diablo la política!», comenzó a escarbar con los dedos en la arena. Hundió la mano más allá de la muñeca, lo cual le obligó a subirse ligeramente la manga, y sus ojos perdieron su intensidad o, mejor dicho, ese trasfondo de reflexión y experiencia que confiere a los ojos de los adultos una profundidad inescrutable despareció, dejando sólo esa superficie clara y transparente que no expresa sino asombro y que se ve en los ojos de los niños de corta edad. Sin duda alguna el hecho de escarbar en la arena tenía algo que ver con todo esto. Recordó que, después de cavar durante un rato, el agua rezuma alrededor de las puntas de los dedos; el hoyo se convierte entonces en un foso; en un pozo; en un manantial; en un canal secreto que llega hasta el mar. Mientras decidía en cuál de estas cosas iba a convertirlo, sin dejar de trabajar con los dedos en el agua, éstos tropezaron con un objeto duro -un trozo de materia sólida- y poco a poco desenterraron un gran fragmento irregular y lo sacaron a la superficie. Una vez eliminada la capa de arena que lo cubría se apreció un tono verde. Era un trozo de cristal, tan grueso que resultaba casi opaco. El mar lo había pulido por completo, privándolo de toda arista y toda forma, de tal manera que resultaba imposible decir si había sido botella, vaso o cristal de ventana. No era más que un trozo de vidrio; era casi una piedra preciosa. Bastaba con engastarlo en una montura de oro o ensartarlo en un alambre para transformarlo en una joya; en un colgante o un reflejo ver­de y apagado en un dedo. Tal vez, a fin de cuentas, fuese una auténtica gema; tal vez perteneció a una triste prince­sa que deslizaba la mano por el agua sentada en la popa de la embarcación y escuchaba el canto de los esclavos que la transportaban por la bahía a golpe de remo. O tal vez las tablas de roble de un cofre isabelino hundido y re­pleto de tesoros se habían roto y, tras rodar y rodar, rodar y rodar, sus esmeraldas habían llegado finalmente a la pla­ya. John dio la vuelta al cristal; lo puso a contraluz; lo su­jetó de modo que su masa irregular ocultó el cuerpo de su amigo y su brazo derecho extendido. El verde se acla­raba y oscurecía ligeramente, según se pusiera el cristal contra el cielo o contra el cuerpo. A John le gustaba; le in­trigaba; era un objeto tan duro, tan compacto, tan defini­do, en comparación con el mar vago y la costa brumosa.
Entonces le interrumpió un suspiro... profundo, definiti­vo, que le hizo tomar conciencia de que su amigo Charles había tirado ya todas las piedrecitas que tenía a su alcance, o bien que había llegado a la conclusión de que no valía la pena tirarlas. Se comieron los bocadillos sentados el uno junto al otro. Hecho esto, y tras haberse sacudido y puesto en pie, John cogió el trozo de cristal y lo observó en silen­cio. Charles también lo miró. Pero entonces descubrió que no era plano y, cargando su pipa, dijo con esa energía con que se pone fin a una cadena de pensamientos absurdos:
-Volviendo a lo que decía...
No vio, o si lo vio apenas reparó en ello, que John, tras observar el cristal un momento, como si dudase, se lo guardó en el bolsillo. Este impulso podría haber sido el mismo que mueve a un niño a recoger una piedra en un camino, prometiéndole una vida cálida y segura sobre la repisa de la chimenea del cuarto de los niños, deleitán­dose en la sensación de poder y benevolencia que tal ac­ción proporciona, y creyendo que el corazón de la piedra brinca de alegría al verse escogida entre un millón de piedras iguales a ella para gozar de esta dicha en lugar de pasar la vida expuesta al frío y a la humedad del camino. «¡Podría haber sido cualquier otra entre todos los millo­nes de piedras, pero fui yo, yo, yo!»
Tanto si fue éste como si no el pensamiento que ocu­pó la mente de John, lo cierto es que el trozo de cristal encontró su lugar en la repisa de la chimenea, sobre un montón de facturas y cartas, y no sólo sirvió como exce­lente pisapapeles, sino que también se convirtió en un punto sobre el cual la mirada del joven se detenía de ma­nera natural cuando apartaba la vista de su lectura. Al ser observado una y otra vez de manera inconsciente por una mente ocupada en cualquier otro pensamiento, cual­quier objeto se mezcla tan profundamente con la materia del pensamiento que pierde su forma real y se recompo­ne de un modo distinto, convirtiéndose en una forma ideal que visita nuestra mente cuando menos lo espera­mos. Y fue así como John comenzó a sentirse atraído por los escaparates de las tiendas de regalos cuando iba por la calle, simplemente porque veía algo que le recordaba al trozo de cristal. Cualquier cosa, con tal de que fuese un objeto más o menos redondeado, acaso con una llama agonizante profundamente hundida en su masa, cual­quier cosa -porcelana, cristal, ámbar, roca, mármol-, hasta el suave huevo ovalado de un ave prehistórica, le servía. Adquirió también la costumbre de andar con la mirada fija en el suelo, sobre todo cuando se acercaba a los solares donde se acumula la basura doméstica. Era frecuente encontrar en ellos tales objetos... arrojados, in­servibles, informes, desechados. En pocos meses reunió cuatro o cinco ejemplares que ocuparon su lugar en la repisa de la chimenea. Además, eran útiles, pues un hom­bre que aspira a un escaño en el Parlamento y está a punto de iniciar una brillante carrera debe mantener en orden cierto número de papeles: direcciones de electo­res, declaraciones políticas, peticiones de suscripciones, invitaciones a cenas, etc.
Cierto día, al salir de su despacho en el Colegio de Abogados de Londres para coger un tren con la inten­ción de participar en un acto electoral, sus ojos descu­brieron un curioso objeto que yacía medio oculto en una de esas pequeñas franjas de césped que rodean la entrada de los grandes edificios oficiales. No acertaba sino a tocarlo con la punta del bastón a través de la verja; pero veía que era un fragmento de porcelana de forma sumamente curiosa, más parecido a una estrella de mar que a ninguna otra cosa... tallado, o roto accidentalmente, en cinco puntas irregulares pero inconfundibles. Su tono era predominantemente azul, pero una especie de vetas o manchas cubrían el azul, y unas líneas de color carmesí le conferían una suntuosidad y un lustre de lo más atractivo. John estaba decidido a poseer aquel objeto; pero cuanto más lo empujaba con el bastón, más lo alejaba de sí. Finalmente se vio obligado a volver a su despacho e improvisar un aro de alambre sujeto a la punta del bastón, con el cual, a fuerza de gran cuidado y habilidad, consiguió situar el trozo de porcelana al alcance de la mano. Al cogerlo lanzó una exclamación triunfal. En ese momento el reloj daba la hora. Era evidente que ya no llegaba a su cita. El acto se celebró sin él. Pero, ¿cómo se había roto el trozo de porcelana de una forma tan curiosa? Tras examinarlo atentamente no le cupo duda de que la forma de estrella era accidental -lo cual resultaba aún más extraño- y pensó que era poco probable que hubiese otro igual. Colocado en la repisa de la chimenea, en el extremo opuesto a donde se encontraba el trozo de cristal que desenterrara de la arena, el fragmento de porcelana parecía una criatura de otro mundo, extraña y fantástica como un arlequín. Parecía hacer piruetas en el espacio, parpadeando como una estrella temblorosa. El contraste que se creaba entre la porcelana, tan viva y vigilante, y el cristal, tan mudo y contemplativo, le fascinaba, y se preguntaba con asombro cómo era posible que los dos objetos hubiesen llegado a existir en el mismo mundo y, lo que es más, a encontrarse en la misma y estrecha repisa de mármol de la misma habitación. La pregunta quedó sin respuesta.
Comenzó entonces a frecuentar esos lugares donde abunda la porcelana rota, tales como descampados junto a las vías férreas, solares de casas derribadas y pueblos de los alrededores de Londres. Pero los objetos de por­celana rara vez se arrojan desde grandes alturas; éste es uno de los actos humanos menos frecuentes. Deben coincidir por una parte una casa muy alta y por otra una mujer de impulsos tan irrefrenables y carácter tan apasionado como para arrojar sus jarrones o sus floreros por la ventana sin preguntarse si hay alguien debajo. No era difícil encontrar porcelana rota en abundancia, pero rota en accidentes domésticos sin importancia, sin in­tención, sin carácter. A medida que fue ahondando en la cuestión se asombraba cada vez más ante la inmensa variedad de formas que cabía encontrar sólo en Lon­dres, y hallaba aún más causa de asombro y especula­ción en las diferencias de calidades y formas. Se llevaba a casa los mejores ejemplares y los colocaba en la repisa de la chimenea, donde, sin embargo, su función era ca­da vez más ornamental, pues los papeles necesitados de un peso para mantenerse en su sitio eran cada vez más escasos.
Descuidaba sus obligaciones o las despachaba distraí­damente, y cuando recibía visitas de sus electores, éstos quedaban negativamente impresionados por el aspecto que ofrecía la repisa de su chimenea. El caso es que no fue elegido para representarlos en el Parlamento y su ami­go Charles, que se lo tomó muy a pecho y corrió a mani­festarle su condolencia, lo encontró tan poco abatido por el desastre que llegó a suponer que el asunto era demasia­do grave como para asimilarlo de repente.
Lo cierto es que ese día John había ido al municipio de Barnes y allí, debajo de una aulaga, había encontra­do un curioso trozo de hierro. Era casi idéntico al cris­tal en cuanto a su forma, compacto y esférico, pero tan frío y pesado, tan negro y metálico que era evidente­mente ajeno a la tierra y tenía su origen en alguna es­trella muerta o bien eran los restos de algún satélite. El bolsillo se hundía bajo su peso; la repisa de la chime­nea se hundía bajo su peso; irradiaba frío. Y pese a todo, el meteorito reposaba en el mismo lugar que el trozo de cristal y la porcelana en forma de estrella.
Mientras su mirada vagaba de un objeto a otro, el joven se sentía atormentado por la necesidad de poseer objetos que llegasen a superar incluso a aquellos. Se entregó a la búsqueda con más y más afán. De no haber estado consumido por la ambición y convencido de que algún día hallaría su recompensa en algún montón de basura, las desilusiones sufridas, por no hablar de la fatiga y las burlas de que era objeto, le habrían obligado a abandonar su empeño. Provisto de una bolsa y un largo bastón en el que había acoplado un gancho adaptable, registraba los depósitos de tierra; hurgaba entre la maleza; rebuscaba en los callejones y en los espacios entre los muros, donde sabía que encontraría ese tipo de objetos desechados. Los desengaños se multiplicaban a medida que su criterio se volvía más estricto y su gusto más severo, pero siempre había un destello de esperanza, un trozo de porcelana o cristal rotos de forma curiosa que le incitaban a seguir. Pasaron los días. Ya no era joven. Su carrera -es decir, su carrera política- pertenecía ya al pasado. La gente dejó de visitarlo. Era demasiado silencioso como para que valiese la pena invitarlo a cenar. Jamás habló con nadie de sus serias ambiciones; a juzgar por cómo se comportaban los demás, estaba claro que no lo entendían.
Entonces se recostó en su sillón y observó cómo Charles levantaba las piedras de la repisa de la chimenea una docena de veces y volvía a colocarlas enfáticamente para subrayar lo que estaba diciendo sobre la conducta del gobierno, pero sin reparar para nada en su existencia.
-¿Cuál fue la verdad de todo esto, John? –preguntó Charles de pronto, volviéndose hacia él-. ¿Qué te hizo renunciar de ese modo tan repentino?
-Yo no he renunciado -replicó John.
-Pero ahora no tienes la menor posibilidad –dijo Charles bruscamente.
-No estoy de acuerdo contigo -dijo John con convicción. Charles lo miró y se sintió profundamente incómodo; las más extraordinarias dudas se apoderaron de él; tenía la extraña sensación de que hablaban de cosas distintas. Miró a su alrededor buscando alivio a su terri­ble desánimo, pero el desorden que reinaba en la habita­ción le deprimió aún más. ¿Qué hacían aquel bastón y aquella bolsa vieja colgados en la pared? ¿Y todas esas piedras? Al mirar de nuevo a John advirtió en su expre­sión algo fijo y distante que le asustó. Sabía perfectamen­te que su mera aparición en cualquier tribuna pública estaba totalmente fuera de lugar.
-Bonitas piedras -dijo lo más alegremente que pu­do; y añadiendo que tenía una cita, dejó a John... para siempre.

Virginia Woolf


martes, 7 de febrero de 2017

Eumo Editorial - Universitat de Vic


Lo que vio el perro

Cuando la curandera de Recemil entró en la choza, yo cabeceaba en mi rincón favorito, cerca del lar. Me despertaron las voces de sus acompañantes:
-¡Santas noches!
-¡Santas noches!
Y los zuecos sonaron con fuerza en la losa de los umbrales y más sordamente después sobre la tierra apisonada.
La curandera nos miró con sus verdes ojos redondos. Traía el negro mantón echado a guisa de pañuelo sobre la cabeza; era menuda, delgada; salían sus piernas, mondas de carne, desnudas, manchadas por el barro de los caminos, de entre la oquedad de las madreñas, como si fuesen de madera ellas mismas, y el rojo refajo las cobijaba después, a un palmo del suelo.
-¡Santas noches nos dé Dios!
Mi tío saludó también, sin alzarse del tosco banco. La curandera entonces, inquirió:
-¿Y Olalla?... ¿Cómo está?
Acercóse al lecho y se inclinó para mirar el rostro de mi hermana. Los dos aldeanos que habían entrado con la mujeruca avanzaron también lentamente.
-Sentaros -gruñó mi tío.
Y se sentaron junto al hogar, sobre la leña seca, que crujió y amenazó desmoronarse con su peso.
-Entonces..., ¿está igual? -preguntaron.
-Está igual -afirmó mi tío.
Callaron, sin saber qué decir. La respiración de mi hermana era un ronquido débil, pero parecía llenar todo el silencio. Se movía a veces la lengua roja del candil que iluminaba la estancia, y la negra columnita de humo que salía de él se quebraba y se ensanchaba al oscilar. Iban y venían entonces las sombras todas, como columpiándose en las paredes y en el techo. Y acaso se oía el ruido de un buey que afilaba sus cuernos en el pesebre, en el establo vecino, o su resoplar gigantesco. Callaba después, y volvía a invadir la casa el afanoso respirar de la enferma.
Desde San Froilán, vivía mi hermana sin vivir, en aquel agónico letargo. Una noche volvió sólo el ganado a nuestra choza. A ella la trajeron unos aldeanos cuando mediaba el día siguiente. La habían descubierto en un barranco, húmedas las ropas por el rocío, sumida en un desmayo, del que no volvió a salir. Mi tío y yo pasamos largas horas mirándola. A veces movía los labios, como si fuese a hablar; en alguna ocasión elevaba lentamente, trabajosamente, la morena manita hasta el cráneo, como si la atenazase el dolor. Bajo el pelo tenía una herida diminuta, en la que, cuando nosotros la advertimos, se había secado una sola gota de sangre.
Y un día y otro día así, con aquel ronquido, con aquel sopor invencible... una vecina aconsejó:
-¿Por qué no avisan a la curandera de Recemil, que tiene manos milagrosas?
Y mi tío trajo a la curandera de Recemil a la grupa de su caballejo, de larga crin negra. Hubo conciliábulo en torno al humilde lecho. Miraban todos al pobre cuerpo inmóvil bajo la colcha de rojo percal. Dijo una vecina:
-¿Caería por el barranco?
La curandera no respondió. Creció el espectante silencio. Rompió a hablar después la mujeruca, condolida, abriendo los párpados de mi hermana:
-¡No cayó mi joya, no cayó, que fue topada en el camino por la Santa Compaña...! Miren cómo aún tiene la cuitada en los ojos el reflejo de sus luces.
Hacináronse las curiosas cabezas sobre la de mi hermana. La curandera mantenía alzados los párpados con sus dedos nudosos: veíase el blanco azulado y un trozo de la pupila de la enferma. Una voz medrosa murmuró:
-¡Es cierto, cuitada: aún se ven ahí, una tras otra, las lucecitas de la Santa Compaña!
Y se santiguaron, temerosos, sobrecogidos por un hálito de misterio.
Después la curandera explicó. Conocía más casos. Bastián, el de Treves, se había cruzado una vez con la blanca procesión de almas en pena que recorre los campos por la noche. Hiciéronle llevar un haz de pajas encendidas y seguir tras ella leguas y leguas. Al amanecer se encontró quebrantado, casi exánime, en un hondo camino de carro. Desde entonces, nunca tuvo salud. El hechizo lo iba secando, secando... Si la misma Santa Compaña no lo hacía cesar, no habría saber humano que lo redimiese.
Pero Olalla podía curar. Cerca estaba la noche de ánimas, la única en que las almas peregrinas podían acercarse a la iglesia. Allí, en la proximidad del santuario, obligados benéficamente por su influjo, los espíritus deshacen el mal. Olalla iría con un haz de pajas encendidas, al mediar la noche. Cuando la Santa Compaña hubiese dado la tercera vuelta al atrio, tomaría la antorcha de manos de la enferma, y ella sanaría. Ojos humanos no habían de ver la escena, para que no perdiese la eficacia. Tras el muro del atrio, la curandera rezaría interín las palabras de San Juan, llenas de poder milagroso.
* * *
Lleváronse a Olalla. Los aldeanos venidos con la mujeruca sostenían las parihuelas. Mi tío iba detrás. El enorme perro que guardaba la huerta alzóse silencioso y siguió a la breve comitiva, olisqueando el bulto de ropas que envolvían a la doliente. Entró por el vano de la puerta un soplo de aire y se movió la lengua roja del candil, y todas las sombras se columpiaron. En la soledad, parecióme que las paredes de la casa se agrandaban. Era muy tarde ya; acaso rondaba la hora de los conjuros temerosos. Yo advertía próximos los pasos del Misterio. ¡Oh, he sentido en mi vida tantas cosas extrañas...! Entre el misterio y yo hubo siempre como un lazo invisible. Cuando murió mi madre, yo escuché los tres golpes que da la vara de San José en la puerta de los agonizantes y una lejana voz me llamaba: «¡Fabián! ¡Fabián! ¡Fabián!...» Muchas veces, cuando mi tío medita largo tiempo sentado en su banco, junto al hogar, yo veo aparecer sobre él la cabeza del hombre al que mató en riña en su juventud. Entonces ladra el perro, y mi tío le impone silencio con una voz; pero no sabe que yo y el perro hemos visto el lívido rostro precisarse en el aire, como un resplandor vago.
Y aquella noche sentí también el soplo de lo sobrenatural envolviéndome. El sueño me invadía, pero yo luchaba con él, victorioso. Me imaginaba la ceremonia que había de celebrarse en el atrio; veía la pequeña iglesia como una sombra más negra entre las sombras de la noche, y a Olalla sobre las losas bordeadas de musgo, surcadas por inscripciones mortuorias. Olalla era como una leve mancha blanquecina. Al otro lado de la muralla, la curandera de Recemil murmuraría sus conjuros. Suponía yo el brillo verde de sus ojos en la oscuridad. Junto a mi hermana ardería el haz. Temblaría el resplandor en el rosetón de la iglesia, y la sombra de un árbol cercano se prolongaría en el suelo, como queriendo huir. Luego, los espectros altos, blancos, procesionales, de la Santa Compaña, aparecerían silenciosos, inesperados, tras una esquina del templo, y se aproximarían lentamente.
Tenía miedo, pero pensaba, en medio de mis terrores, que Olalla curaría tal vez. Olalla era mayor que yo: tendría quince años. Cuando murió, ¡me pareció el campo tan triste...!
Me acordaré mientras viva de aquella media hora pasada en la soledad de la casa poblada de rumores. Movíase acaso alguna ramita seca en el montón cercano al lar; resoplaba un buey; corría una piedrecilla por la pendiente del tejado... A veces, al oscilar la llama del candil, parecían moverse los objetos. La puerta estaba abierta aún, y todas las sombras de la noche atisbaban desde el umbral, como en acecho, para saltarme. Yo las sentía cuchichear. Las sombras cuchichean: tienen un rumor, un susurro apagado, en el que se cuentan sus horrores.
Una ráfaga pasó entre ellas y entró, temblando de frío. Pareció entrar con ella un lejano grito de angustia. Sintióse el ruido de una carrera anhelosa... Me puse en pie, asustado... El perro entró... Corrió hacia mí, estremecido, anhelante; se escondió tras mi cuerpo... Estuvo así un minuto mortal, en que mis ojos desencajados se fijaban en la puerta, en espera de un gigantesco horror. Temblaban juntas nuestras carnes... Después el animal se arrastró lentamente hacia las sombras pavorosas que llenaban el vano, y aulló como en el día que oí los tres golpes de la vara de San José. Miraban más allá de las tinieblas sus ojos, encendidos por el terror de sabe Dios qué escalofriante misterio visto sobre las losas del atrio donde murió Olalla aquella noche.

Wenceslao Fernández Flórez


domingo, 5 de febrero de 2017

Barcelona - Asamblea Internacional








Un hombre

Unos minutos antes de las nueve, la hora en que matemáticamente empezaba a servirse la cena, el Hombre Desesperado se sentaba a la mesa en el restaurante «La Carioca» de la calle del Carmen. Su mirada seguía con indecible hostilidad los movimientos de Manel, el dueño, que con una servilleta al hombro, ojos mongólicos y cien kilos de peso, acumulados principalmente en el abdomen y en las posaderas, andaba asmático entre sillas y mesas dando el último toque a los manteles y a la ferretería colocada sobre ellos.
Sin hostilidad, y aun con indicios de ternura, miraba también a la Nuri, que ayudaba a su padre en el arreglo de las mesas y servía con él a la clientela.
La Nuri, pálida y anémica, estaba en absoluta consonancia con el pan de maíz y los estómagos contraídos del año 1942. Manel, en cambio, parecía una intolerable supervivencia burguesa o un falsificador de cartillas de racionamiento que engordaba sin cesar.
La cena de «La Carioca» era siempre la misma: un plato de sopa, otro de verdura con patatas o boniatos y otro a elección entre un huevo, bacalao y tres sardinas. Excepcionalmente, cuando lo permitía la Dirección General de Abastecimiento y Transportes, entraba en la elección «platillo», anuncio que Manel hacía con aire solemne, tras lo cual meneaba la cabeza como en pesarosa reflexión de haber cometido una locura financiera. El «platillo», nombre aplicado a la carne estofada en los restaurantes baratos de Barcelona, era una de las causas de que el Hombre Desesperado apareciera antes que nadie en «La Carioca», porque a la hora de los rezagados las existencias de «platillo» habían finido.
Las proporciones de los manjares citados eran en «La Carioca» de una exigüidad eremítica. La sopa no necesitaba más allá de diez viajes de la cuchara. La verdura con las patatas o los boniatos, otros tantos del tenedor, y su aceite venía dosificado de la cocina de manera casi sacramental. En cuanto al huevo y las sardinas, no había problemas a causa de la invariabilidad de las unidades. El bacalao era del tamaño de una pastilla de jabón «La Cabra». El «platillo» no podía reducirse a cánones o cantidades invariables, y sin exceder de lo prudente, era algo así como la debilidad de Manel, el punto en que más se acercaba a las discretísimas esperanzas de los clientes. Quienes no estaban dispuestos a reconocer en Manel el más mínimo de los sentimientos humanitarios, decían que el «platillo» era el anzuelo, el slogan sorpresa de «La Carioca».
Se completaba la cena con dos rodajitas de pan de trigo o media pella de maíz, y concluía con una mandarina, un plátano pigmeo, una manzana diminutiva o diez o quince uvas, según la estación.
Pero tenía una particularidad «La Carioca». Todo en ella era bueno y sabroso, y la notoria insuficiencia de lo servido se compensaba con una invención psicológica de Manel —que después se transmitió a otros restaurantes de análoga tarifa—: la comida se servía en platos de postre, y el postre en platos de aperitivo, con lo cual, contempladas las viandas a la escala de sus recipientes, no había nada que pedir.
El Hombre Desesperado se mostraba particularmente inquieto los días 10, 20 y 30 de cada mes. Era una inquietud dramática, como de quien tuviera a sus pies un foso lleno de leones y ante sus ojos, tocándola casi con la mano, la puerta del Paraíso.
En tales días, al entrar en «La Carioca» preguntaba anhelante a Nuri o a Manel:
—No ha arribat «El Noticiero»?
—No encara.
Y tras sentarse, observaba nervioso la puerta y los comensales que acudían. Cuando el repartidor de «El Noticiero» aparecía o uno de aquéllos desdoblaba el periódico, se precipitaba sobre ellos suplicando :
—Em vol fer el favor de deixar-me'l una mica?
Inmediatamente buscaba la lista de la Lotería. Al examen seguía un gesto de desesperación, un rechinar de dientes y una blasfemia contenida. Después volvía a su mesa y se sentaba con la cabeza entre las manos.
En estos momentos ya no estaba solo. Frente a él aparecía una especie de divinidad menor del equilibrio y la ponderación. ¿Qué edad tendría la Mujer Ecuánime? No suele decírsenos la edad de las divinidades porque lo cronológico no afecta a lo divino. Calculada con arreglo a la medida humana del tiempo, podría tener veintiséis o veintiocho años. Era delgada, y de la cabeza a los pies describía una recta larga y perfecta, que al sentarse se convertía en un ángulo, también perfecto. A aquella recta se superponían las curvas propias de lo femenino, pero eran tenues y poco discernibles. La Mujer Ecuánime no parecía tener conciencia de ellas, lejos del exhibicionismo no euclidiano de la generalidad de las hembras meridionales: parabólicas, convexas y cargadas de incógnitas como enrevesados problemas geométricos. El rostro de la Mujer Ecuánime era una armónica composición de planos y líneas angulares. Parecía una Venus cubista. Su pelo era negrísimo.
La Mujer Ecuánime no cenaba en «La Carioca». Llegaba a las nueve para acompañar al Hombre Desesperado. Traía siempre un envoltorio pequeño, del que salía un pedazo de pan con algo dentro, y lo ponía con la más absoluta discreción al lado derecho del Hombre Desesperado.
La Mujer Ecuánime diluía las iras del Hombre Desesperado, moderaba sus hostilidades contra Manel y abría su ternura hacia Nuri. Y todo ello sin palabras, por la sola virtud de su presencia, porque quien hablaba infatigablemente era el Hombre Desesperado. ¿De qué hablaba? Su mesa estaba algo lejos y se perdían sus palabras, pero su mirada y sus movimientos revelaban perfectamente el tono. Los ojos azules y la boca grande del Hombre Desesperado eran torrentes de cólera durante la ingestión de la sopa. La verdura y los boniatos, con el suplemento del envoltorio, iniciaban la calma. Entonces, sin la gesticulación y el furor que centraba la atención en su cara, era posible contemplar el traje raído y hecho un laberinto de arrugas, el cuello deshilachado de la camisa, la corbata descolorida del Hombre Desesperado. El «platillo» le alumbraba esperanzas y fantasías que comunicaba nervioso y locuaz a la Mujer Ecuánime. En aquellos momentos, sus cuarenta y cinco años parecían menos, y su pelo entrecano resultaba una anomalía juvenil.
Mientras tanto, la Mujer Ecuánime no alteraba su equilibrio, que no era frialdad. Una pasión concentrada, grave y reflexiva, parecía ligarla ineludiblemente a aquel hombre.
La mandarina acababa de colorear las ilusiones del Hombre Desesperado. Concluida la cena, se despedía con estas palabras:
—Passi-ho bé, Manel. Fins demá, Nuri.
Una vez en la calle, se asía fuertemente al brazo de la Mujer Ecuánime y se alejaba con ella hacia las Ramblas, en un monólogo inacabable, puntuado por asentimientos comprensivos de la mujer.

En el invierno de 1947, el Hombre Desesperado se había convertido en el Hombre Feliz. El pelo, más blanco, daba cierto empaque a su plenitud y color de hombre bien alimentado. Parecía un senador norteamericano. Llevaba botines color crema, un abrigo claro y esponjoso con gran trabilla, pañuelo de seda al cuello y sombrero Edén, de esos grandes y de duro ribete que usan los financieros y también algunos delgadísimos Jefes de Negociado de los Ministerios que quieren ser confundidos con sus Directores Generales.
¿A qué se dedicaba el Hombre Feliz? Se le veía a menudo por las salas de exposiciones. Tal vez era marchante de cuadros.
A su lado, la Mujer Ecuánime. Ninguna transformación se había producido en ella. Si acaso, una sonrisa, pero mesurada, porque si su misión anterior era aplacar las cóleras del Hombre Desesperado, ahora parecía imponerse la de moderar la alegría desbordada del Hombre Feliz.
Iban con frecuencia al «Oro del Rhin», donde pasaban la tarde del sábado o del domingo oyendo la orquesta, rodeados de funcionarios modestos y de sus esposas, que cargadas de collares y anillos de dudosa pedrería, jugaban a la alta burguesía.
Apretado contra la Mujer Ecuánime y cogiéndole la mano, el Hombre Feliz hablaba incansable y fumaba un cigarro habano.

Pero ¡qué te parece!
Enamorarme de ti,
cuando tantas veces
indiferente
pasaste junto a mí...

Cuando el culeante y ondulado animador cantaba estas frases cogido a la barra del micrófono, el Hombre Feliz miraba a la Mujer Ecuánime y sonreía negando, como si rechazara aquello de la indiferencia y del amor casual, que no era precisamente lo de ellos.
El Hombre Feliz comía algunas veces en «La Luna». Pero ¿por qué no comía ella también? Igual que en «La Carioca», llegaba cuando el Hombre Feliz estaba a punto de empezar o había empezado ya. Era evidente que no estaban casados. Pero ¿por qué? La inquietud del Hombre Feliz en ausencia de la Mujer Ecuánime, la frecuencia con que miraba el reloj y la alegría que iluminaba su rostro al verla, eran señales clarísimas de que no podía prescindir de ella. Y, sin embargo, no se habían casado, porque muchas veces se les veía encontrarse y despedirse en la calle.

En 1960, hace poco, el Hombre Feliz se había transformado en el Hombre Jovial. Tiene más de sesenta años ya. Su pelo ha blanqueado por completo y es nuncio de próxima vejez. Alrededor de sus ojos y de su boca se multiplican las arrugas concéntricas. Ríe constantemente y los ojos le bullen mucho, tanto que parece inclinarse a la terapéutica de aquel aforismo que dice: «El vino es la leche de los viejos». Los dientes no parecen muy firmes en sus encías; bailan la tartajosa danza de la piorrea, y la voz se le escapa en eses por todas partes. Cuando va por la calle con la invariable Mujer Ecuánime, sigue asiéndola fuertemente del brazo; pero ahora, junto con el entusiasmo hacia ella, que no ha cedido en nada, lo hace también para andar con mayor seguridad, porque el Hombre Jovial vacila a veces; más que por los años, porque parece amagarle la apoplejía. Hace unos días, la Mujer Ecuánime le decía adiós desde lo alto de la escalera mecánica de la plaza de Cataluña. El, abajo, dispuesto a tomar el tren de Sarria, agitaba vivamente el brazo, y al girar, cuando la perdió de vista, dio un traspiés y estuvo a punto de caerse.

¡Vidas anónimas que pasan en fragmentos por las calles de la ciudad!
El Hombre Jovial desaparecerá pronto de ellas. Un día será el Hombre Enfermo, y luego el Hombre Muerto.
Sin embargo, parece indiferente a su destino. Tal vez por la seguridad de que a su lado estará entonces la Mujer Ecuánime para darle las gotas y arreglarle la almohada. Y para cerrarle los ojos cuando se le queden abiertos contemplando la eternidad.

Ramón Carnicer

viernes, 3 de febrero de 2017

Carmona, Lucero de Europa, un Museo



La boda                           

En una pequeña estación, entre Roma y Génova, el revisor abrió la puerta y, ayudado por un engrasador, todo sucio, metió en nuestro compartimiento, sujetándolo casi en vilo, a un vejete pequeñajo y tuerto.
-¡Es muy viejecito! -dijeron a un tiempo, son­riendo bonachones.
Pero el viejo resultó tener bríos; después de dar las gracias, alzando la rugosa mano, a quienes le habían ayudado, se quitó alegre y cortés el roto sombrero de­jando al descubierto la canosa cabeza y, mirando con su único ojo avizor a los tapizados bancos, preguntó:
-¿Me permiten ustedes?
Le hicieron sitio, se sentó, dejó escapar un suspiro de alivio y, luego de posar las manos sobre las huesudas rodillas, sonrió bondadoso con la desdentada boca.
-¿Va usted lejos, abuelo? -le preguntó mi compañero.
-¡No, sólo tres estaciones más allá! -repuso de buena gana el tuerto-. Voy a la boda de mi nieto...
Y al cabo de unos minutos, contaba locuaz, acompañado del traqueteo de las ruedas del tren, balan­ceándose como una rama tronchada en un día des­apacible:
-Soy de Liguria; nosotros, todos los ligurinos so­mos muy fuertes. Yo, por ejemplo, tengo trece hijos, cuatro hijas y tantos nietos, que he perdido la cuenta; éste es el segundo que se casa. Buena cosa, ¿verdad que sí?
Y mirando orgulloso a todos con su ojo, descolorido ya, pero aún alegre, dijo riendo bajito:
-¡Ya ven cuánta gente he dado a la patria y al rey!
-¿Que cómo perdí el ojo? ¡Oh, eso fue hace mucho!, entonces yo era todavía un chiquillo, pero ayudaba ya a mi padre. Estaba él cavando en un viñedo, y nuestra tierra es dura, pedregosa, requiere muchos cuidados. Una piedra saltó de la azada del padre y me dio en un ojo; no recuerdo el dolor, pero, cuando estábamos co­miendo, se me cayó el ojo. ¡Aquello fue espantoso, signori!... Me lo volvieron a poner en su sitio y le aplicaron un migajón de pan caliente, ¡pero el ojo estaba muerto!
El viejo se frotó con fuerza la mejilla, terrosa, flác­cida, sonriendo de nuevo bondadoso y alegre.
-Por aquel tiempo no había tantos doctores y la gente vivía más tontamente, ¡desde luego! Aunque puede que fuera más buena. ¿Eh?
Y su rostro apergaminado, con un solo ojo, surcado de profundas arrugas y cubierto de un vello verde grisá­ceo como el musgo, tomó en aquel instante una expre­sión pícara, jubilosa.
-Cuando se ha vivido tanto como yo, se puede ha­blar sin temor, de la gente. ¿Verdad que sí?
Alzó aleccionador el índice obscuro, engarfiado, como amenazando a alguien.
-Les contaré, signori, algo de la gente...
-Cuando murió mi padre, yo tenía trece años, ¡y ya ven ustedes lo pequeño que soy, incluso ahora! Pero era infatigable y hábil para el trabajo, fue todo lo que me dejó de herencia mi padre, pues nuestra casa y la tierra las vendieron para pagar las deudas. Y así viví, con un ojo y dos manos, trabajando en todas partes donde me daban trabajo... Era duro, pero los jóvenes no temen al trabajo. ¿No es así?
-A los diez y nueve años tropecé con la muchacha que me había deparado el destino para que la amase. Era tan pobre como yo, aunque más corpulenta y fuerte, vivía con su madre, una vieja enferma, y como yo, tra­bajaba donde podía. No era muy guapa, pero sí buena y lista. Y con una voz... ¡qué voz tenía! Cantaba como una artista, ¡y eso ya es una riqueza! Yo tampoco can­taba mal.
-"¿Nos casamos?", le pregunté.
-"¡Sería un disparate, tuerto! -respondió con tristeza-. Ni tú ni yo tenemos nada, ¿cómo vamos a vivir?"
-Era la pura verdad: ¡ni ella ni yo teníamos dónde caernos muertos! ¿Pero qué se necesita para el amor cuando se es joven? Todos ustedes saben lo poco que se necesita para el amor; insistí y me salí con la mía.
-"Oye, tal vez tengas razón -dijo al fin Ida-. Si la Santa Madre de Dios nos ayuda a los dos ahora que vivimos separados,  ¡más fácil le será, desde luego, ayudarnos cuando vivamos juntos!" ­
-¡Fuimos a ver al cura.
-"¡Eso es una locura! -nos dijo-. ¿Acaso hay pocos pobres en Liguría? Vosotros, desgraciados, debéis resistir a las tentaciones del diablo; de lo contrario, ¡pagaréis bien cara vuestra debilidad!"
-Los jóvenes del pueblo se reían de nosotros, los viejos nos censuraban. Pero la juventud es terca, ¡e inte­ligente a su manera! Se aproximó el día de la boda, sin que para esa fecha nos hubiésemos hecho más ricos; ni siquiera sabíamos donde íbamos a acostarnos la pri­mera noche.
-"¡Nos iremos al campo! -propuso Ida-. ¿Qué tiene eso de malo? La Madre de Dios es igualmente buena con las personas en todas partes".
-Así lo acordamos: la tierra sería nuestro lecho, ¡y que el cielo nos abrigará!
-Aquí comienza otra historia, signori; les ruego que presten atención, ¡es la mejor historia de mi larga vida! La víspera de la boda, por la mañana temprano, el viejo Giovanni, con el que yo había trabajado mu­cho, me dijo, así, entre dientes, ¡como si se tratara de una broma!
-"Tú, Hugo, deberías limpiar el viejo establo de las ovejas y preparar un lecho de paja. Aunque aquello está seco y hace más de un año que no hay allí ovejas, de todos modos hay que limpiar bien el establo, si es que Ida y tú queréis vivir en él".
-¡Ya teníamos casa!
-Estaba yo trabajando y cantando, cuando a la puerta se para el carpintero Constancio y me pregunta:
-"Vas a vivir aquí con Ida  ¿Y dónde está vuestra cama? Cuando termines, vente por casa y coge una que tengo de sobra".
Y al ir para allá la María, una tendera de malas pulgas, me gritó:
- "¡Se van a casar, los desgraciados, sin tener sá­banas, ni almohadas, ni nada! ¡Estás loco de remate, tuerto! Mándame a la tienda a tu novia..."
-Y el cojo Ettore Viano, atormentado por el reuma y consumido por la fiebre, llamó a Ida, a voces, desde la puerta de su casa:
-"Pregúntale a tu novio si tiene mucho vino pre­parado para los invitados.¡Ay, hombres, hombres! ¿Acaso hay en el mundo nada más despreocupado que ellos?"
En una profunda arruga de la mejilla del viejo, brilló una lágrima de gozo; echó hacia atrás la cabeza y rió con silenciosa risa -que movía la saliente nuez y estremecía la ajada piel del rostro-, al tiempo que manoteaba como un niño.
-¡Oh, signori, signori!' -exclamó, ahogándose de la risa-. Cuando llegó la mañana del día de la boda; ya teníamos cuanto se necesita en una casa: una ima­gen de la Madonna, cacharros, ropa blanca, muebles, de todo había, ¡se lo juro a ustedes! Ida lloraba y reía, yo también, y todos chanceaban, pues no está bien llorar el día de la boda. ¡Todos los nuestros se reían de nos­otros!...
¡Qué gran ventura, signori, es poder llamar "nues­tra" a la gente! ¡Y aún mayor es la dicha de sentir tuyas, cerca de ti, entrañables, a unas personas para quienes tu vida no es una broma ni tu dicha cosa de juego!
-¡La boda fue de rumbo! ¡Asombroso día aquel! Todo el pueblo estaba pendiente de nosotros, y todos vinieron a nuestro establo que, de pronto, se había con­vertido en una casa rica... Teníamos de todo: vino, fru­tas, carne, pan, y todos comimos y no hubo nadie que no sintiese alegría... Porque no hay mayor gozo, signori, que hacer bien a la gente; créanme, ¡no hay nada más hermoso y alegre que eso!
-Y el cura también estuvo en casa. "Aquí tenéis -dijo, con palabras severas y buenas-, a unas perso­nas que han trabajado para todos vosotros, y ahora vos­otros os habéis preocupado de ellos para hacerles grato este día, que es el mejor de su vida. Ese era vuestro de­ber, pues ellos trabajaron para vosotros, y el trabajo vale más que las monedas de cobre y de plata, ¡el trabajo vale siempre más que lo que se paga por él! El dinero se va, el trabajo queda... Estas dos personas, alegres y sencillas, han vivido penosamente, sin proferir una queja; su vida será aún más dura en adelante, pero no se lamenta­rán tampoco; ayudadles en los trances difíciles. Pues tienen buenas manos y aún mejor corazón..."
-¡Muchas cosas de provecho nos dijo a Ida y a mí, y a todo el pueblo!...
El viejo miró a todos triunfante, con su único ojo -juvenil en aquel momento-, y preguntó:
-Ya han oído, signori, algo acerca de la gente. El caso tiene substancia, ¿verdad que sí?

  M. Gorki


miércoles, 1 de febrero de 2017

Amics del Col·leccionisme del Garraf




Follas Novas - Calendario 2017


Un caso elemental de paranoia

En la oficina donde trabajo hay una mujer jovencísima, de ojos negros, que habla muy poco y que es extraordinariamente guapa. Considero que esa mujer es en gran parte un hallazgo mío, porque quizá yo sólo sé de su extrema juventud, de la in­sondable tiniebla de sus ojos, de su belleza perturbadora, de los muchos sigilos y sobreentendidos que arrastra su silencio. Habrá quien haya descubierto por separado alguno de esos do­nes, pero nunca todos a la vez, que eso es lo que de verdad la define y la convierte en un ser único, tan único y original que el mundo no sería el mismo si ella de pronto no existiera.
Habrá quienes crean que es mayor en edad, que sus ojos son sólo grises o castaños, que su voz susurrante y sus rubo­res de doncella se deben más a su torpeza que a su timidez, y otras calumnias de ese estilo. Pero sólo yo sé la verdad exacta, aunque secreta, de este asunto. A veces la miro como si fuese una invención personal mía: mi obra maestra, de la que ahora me toca disfrutar y sentirme orgulloso. Por un lado, me gusta­ría proclamar su belleza, despertar a la gente de la distracción o la ignorancia en que suele vivir, removerla de su profunda pereza estética, para que todos pudieran participar del prodigio que, estando ante sus ojos, son incapaces de ver o de in­tuir. Pero por otro lado prefiero callarme el secreto y reservár­melo para mí solo. ¡Anda y que les den! ¡Y que cada cual se gestione con su propio sudor sus propias maravillas!
A veces la sigo por la calle. Al pasar bajo las farolas, ya de noche, la luz la encuadra un instante en una vitrina o en un charco de lluvia para mostrarla al observador como un objeto precioso, una rara joya perteneciente al tesoro real de un im­perio ya extinto. Verla caminar en la oscuridad, adivinar su si­lueta entre los árboles, es un motivo incansable de asombro. ¡Ella y la oscuridad! Ella borrada por la noche. Ella y sus mu­chos dones devueltos de pronto a la imaginación, en peligro de desaparecer si yo no cuido de ellos, ovejitas descarriadas de las que sólo se oyen sus esquilas remotas, los tacones en la acera, el viento en su falda, el susurro andante de sus cabe­llos, los pasos muertos en el barro.
Pero también les diré que tengo miedo de que un día se eche novio, y de que sus cualidades pasen desapercibidas para el ser amado. ¿Quién sino yo sabrá percibir hasta la locura el mínimo temblor de sus labios cuando se queda absorta, la indolencia de sus manos pálidas y frágiles, el sobresalto de sus senos cuando un suspiro la conmueve, el presentimiento de su carne más íntima brillando apenas, como una fuentecita con musgo en la espesura más profunda del bosque? La vida casi siempre es injusta y cruel. Ganas me dan a veces de aban­donarla, de no mirarla más, de dejarla que se convierta en lo que era cuando yo llegué aquí: una mujer anodina, charlatana y vulgar, como tantas otras. Igual que el artista que rompe su mejor obra en un sagrado arrebato de cólera. Porque yo la res­caté de la mediocridad y es muy cansado esto de que una mu­jer dependa tanto de ti y de que ella además ni lo sospeche. Como mucho, me dice: «Hola». Y yo le respondo: «Hola», pero un poco huraño, casi sin mirarla, que es lo que ella se merece, mi indiferencia, sobre todo cuando sonríe, tan juvenil, y le bri­llan los ojos negros y se queda en silencio, sin saber a quién le debe esos encantos, como si fueran suyos de nación, la muy tonta, sin sospechar que bastaría que yo cambiara de trabajo, o dejara la ciudad o la vida (cosa que no descarto), para que ella se esfumara de golpe, pluff, como las figuras y músicas de los sueños. Bastaría eso para que su belleza y su juventud se quedaran en nada, en ni siquiera la sombra de un recuerdo.
Ahora bien, lo que de verdad me gustaría es que también ella pensara de mí que soy único, irrepetible, la criatura más maravillosa del mundo, y entonces, ¡ah, entonces!, ¿para qué necesitaríamos la oficina, la ciudad, el país, el planeta, si noso­tros solos nos bastaríamos y sobraríamos a nosotros mismos y no habría fantasía que no se hiciera realidad? Y es que, en cuestión de belleza femenina, me apresuro a suscribir apasio­nadamente las palabras de Proust: «Dejemos las mujeres her­mosas para los hombres sin imaginación».

Luis Landero