En
aquella época, Heian Kyo, que significa «Capital de la paz y la tranquilidad»,
era un lugar encantador en el que residía Su Majestad el emperador. Nobles
señores vestidos de rojo, túnica color cereza y pantalón púrpura, nobles damas
de ropas impresionantes, de colores incesantemente nuevos, rivalizaban en las
justas de amor y las adivinanzas. Las fiestas suntuosas se sucedían
inesperadamente en los palacios y mansiones, amados de magníficas estatuas.
Los
músicos acompañaban en las orillas del lago de las Ocho Virtudes a los amantes
del claro de luna. Los templos estaban construidos de maderas preciosas,
adornados de nácar, incrustados de piedras preciosas, y las ceremonias rituales
daban pie a fastos sin igual en todo el imperio.
***
El
emperador Saga era un hombre ya de edad, algo cansado de todo aquel perpetuo
festejar. Una pena secreta lo carcomía. No tenía hijos. A menudo se ausentaba
de la corte e iba con unos cuantos siervos fieles y discretos a casa de un
eremita, un monje zen. Éste vivía no lejos de la capital, en una simple cabaña
de ramas, cerca de una pagoda en ruinas. Sentado en un tronco de árbol, Saga
observaba al monje rezar, meditar, cortar madera, y el brillo del hacha al
ritmo de sus golpes bajo el sol.
«Contemplo
desde hace años cómo vives, Ryoben; eres activo, enérgico, generoso y sabio. Yo
me estoy haciendo viejo, y no tengo hijos. ¿Quieres sucederme? ¿Quieres ser
Emperador?»
A
aquella pregunta asombrosa, el monje no respondió palabra.
«Imagínate,
Ryoben, los placeres, la riqueza, el poder absoluto, el derecho de vida y
muerte sobre todo cuanto respira en este país. Podrías hacer construir aquí un
palacio, o un templo de cien pagodas, difundir el Zen, extender su influencia.
¿No te tienta?»
Entonces
Ryoben dejó el hacha, se recompuso las ropas y dijo:
«Voy
a ir a la orilla del río a lavarme los oídos manchados por vuestras palabras».
Se
fue al río, donde se encontró a un campesino que solía acudir allí con su vaca
para que ésta bebiese.
«¿A
esta hora te lavas las orejas?
-Sí,
me las han ensuciado las palabras del Emperador. Me ha propuesto que lo suceda
y suba al trono.
-¡Comprendo
que te laves! -dijo el campesino-, y en estas condiciones no voy a dejar que la
vaca beba de esta agua contaminada».
*
* *
Provocación,
impertinencia, la gran risa liberadora del Zen. Para el monje es lo mismo el
gran señor y el pobre desgraciado, el león y el gusano. El Zen, que no desea
nada y que no posee nada, es la libertad perfecta.
Como cuando estudiábamos E.S.O. me gustaría que analizásemos sin-táctica-mente: "Tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas (quiero, amiga, que me diga), ¿son de alguna utilidad?"
Con permiso de Marimar, se supone, y para Claudia, de Pato.
Cuando
abrió los ojos faltaba todavía media hora para que sonase el despertador. Se
mantuvo a la espera, con cierta impaciencia que fue derivando en un amago de
ansiedad. Conforme aguardaba a que las saetas marcaran las ocho de la mañana
pensó en el viejo despertador, alto, ventrudo, coronado por la campanilla de
alarma y cuyos números grandotes parecían mirar con descaro desde su esfera de
luna llena. Alargó el brazo y paró la melodía que, en su preciso momento,
surgía del nuevo modelo, achatado, de oscura baquelita. Salió de la cama,
entreabrió el balcón y al instante subieron voces en rebote, pasos acelerados y
el rodar de los primeros coches. Era otoño; sonrió al decirse que todos los
veinte de octubre caían en otoño, ya con su luz cansada, ya con los plátanos de
la calle deshaciéndose de sus hojas que amarilleaban. Mientras amontonaba sobre
una silla la ropa de la cama oyó el taconeo de la vecina de arriba y le aturdió
la campana del convento que llamaba a misa de ocho y media. Antes de ducharse
entró en el dormitorio que había sido de su madre. Encima de la cama, tal como
lo había dejado la víspera —¿quién iba a tocarlo si vivía solo?—, estaba el
traje azul marino, la camisa blanca, la corbata de seda y, a los pies, los zapatos
con olor a nuevo. Todo como en oferta de escaparate, ordenado con su mejor
traza, dispuesto a estrenarlo esa misma mañana, a las diez en punto, con Irene
a su lado, en la iglesia de San Pedro. Porque los años habían dejado un poso
desazonado, pero la esperanza persistía.
—No
te distraigas, hijo, que pronto darán las nueve.
La
voz llegaba de lejos, como enredada entre neblina, fiel aunque débil en su leve
tono ronco. Les vendría a buscar un coche, no por la distancia hasta la
iglesia, que era un corto paseo, sino porque la ceremonia imponía sus normas
sociales. Desayunó lo mismo que aquel día: galletas en el café con leche y una
jícara de chocolate. Luego, de nuevo en su cuarto, abrió el armario y sacó una
cartulina que llevaba impreso el menú del banquete a celebrar en el hotel Los
Pinos, céntrico, de justa fama por su cocina y trato; releyó la lista de
invitados escrita por su propia mano en un pliego de papel de barba. En un
ángulo su madre había añadido tres nombres y el dibujo de un largo tallo con
una rosa explosiva y dos pimpollos. Olía a rancio y a olvido. Anuló mentalmente
de la lista los nombres de los fallecidos y sintió un pellizco de tristeza, esa
desgana que trae la nostalgia. Se vistió con lentitud, como si razonara cada
movimiento, cada gesto, ajeno a lo que hacía, vivo su recuerdo en la plenitud
de una mañana semejante, también de otoño, también de octubre.
—Quiera
Dios que aciertes, hijo.
—¿Y
por qué no iba a acertar?
—Por
nada. Solo lo digo.
—Pues
no lo repitas. Me hace daño.
De
nuevo los miedos, menudos, insistentes, que la ignorancia alimentaba. Irene
había llegado dos años antes, nadie le conocía familia ni amigos, aunque ella
hablaba en ocasiones de un padrastro y dos sobrinos. Callada, amable, muy
metida hacia dentro, encontró trabajo de administrativa en una empresa de
maquinaria agrícola, alquiló un piso y vivía sola una discreta existencia. No
se la vio con ningún hombre, pero hubo varios que la rondaban indecisos. Sin
ser guapa, sus rasgos tenían un raro atractivo y su esbelta figura caminaba con
una dignidad que imantaba a su paso.
Ya
mudado, Javier se aprobó en el alto espejo que ocupaba el centro del armario:
en nada desmerecía a la ocasión que celebraba, salvo sus ojos que no tenían el
brillo de antes, ahora con aire de fatiga, como hundidos en sus cuencas. Acudió
a la llamada del teléfono, pero no hubo respuesta. Sin duda, era la señal;
alguien le recordaba la fecha desde el anonimato, alguien cuya timidez, pesar o
remordimiento le impedía citar su nombre. No importaba, pronto lo confirmaría.
El
reloj del comedor dio las nueve y cuarto. Le sobraba tiempo, aunque esta vez no
habría coche; prefería llegar a pie y deslizarse en la iglesia inadvertido. La
mañana rumoreaba en la calle cuando cerró el balcón. Fue a sentarse en el cuarto
de estar, saldría de casa al dar las nueve y media. La voz levemente ronca
insistió en la lejanía:
—¿Cuánto,
dices?
—Cuarenta
años. Hoy se cumplen; por eso voy de estreno.
—Lo
comprendo, hijo. Acudirá, verás que sí.
Llegó
la hora, cerró con llave la puerta del piso y bajó la escalera despacio,
apoyándose en la barandilla. Sostenía que el reuma se le había agudizado desde
la jubilación. El día era fresco; a rachas bajaba el monte con un manojo de
aromas. Cruzó el parque, saludó a la quiosquera de la calle Ancha, se detuvo
ante unos grandes almacenes que ocupaban el lugar donde había estado el hotel
Los Pinos.
—Buenos
días, don Javier. Va muy pincho, como de novio.
—¡Ya
puedes ver! Caprichos de viejo.
Dio
un rodeo a la mole del ayuntamiento y desembocó en una plaza triangular, adormecida por un sol templado. Allí, en un ángulo, estaba la iglesia de
San Pedro. Hizo una pausa, respiró
hondo, sintió como un vahído. No había justificación para un silencio tan largo, tampoco la necesitaba, le bastaría con apretarle la mano y llevársela a
los labios. Entró en la iglesia
vacía, se situó en el primer banco a la derecha del pasillo, en el mismo lugar que cuarenta años atrás esperó en vano a Irene vestida de novia.
Ahora no oía el murmullo de los
invitados, ni las idas y venidas de parientes y amigos, ni el lloriqueo de su madre. Ahora solo
oía el chirrido de la puerta al
abrirse, un carraspeo nervioso y unas pisadas que se acercaban. No se volvió, esperó a que ella se
situara a su lado. Pasó una vieja con pañuelo blanco en la cabeza, se santiguó
ante el altar mayor y se encaminó a la sacristía.
Y de nuevo, el silencio.
Ramón Gil Novales
Javier: Para todos aquell@s que me dejé en el tintero.
Y ante el vacío que
avanzaba hacia él a medida que su sangre se escapaba, buscó una razón para
haber vivido, algo que le hiciera valedera la serena aceptación de su nada, y
de pronto, como un golpe de sangre más que le subiera, el recuerdo de Ana la
Cretense le fue llenando de sentido toda la historia de su vida sobre la
tierra. El delicado tejido azul de las venas en sus blancos pechos, un abrirse
de las pupilas con asombro y ternura, un suave ceñirse a su piel para velar su
sueño, las dos respiraciones jadeando entre tantas noches, como un mar palpitando
eternamente; sus manos seguras, blancas, sus dedos firmes y sus uñas en forma
de almendra, su manera de escucharle, su andar, el recuerdo de cada palabra
suya, se alzaron para decirle al Estratega que su vida no había sido en vano,
que nada podemos pedir, a no ser la secreta armonía que
nos une pasajeramente con ese gran misterio de los otros seres y nos permite
andar acompañados una parte del camino. La armonía perdurable de un
cuerpo y, a través de ella, el solitario grito de otro ser que ha buscado
comunicarse con quien ama y lo ha logrado, así sea imperfecta y vagamente, le
bastaron para entrar en la muerte con una gran dicha que se confundía con la
sangre manando a borbotones.
Pantaleón
de Sá, andando vagabundo mucho tiempo por las tierras de los cafres, llegó al
palacio casi consumido de hambre, desnudez, y trabajo de tan dilatado camino;
y llegando a la puerta del palacio, pidió a los cortesanos le alcanzasen del
rey algún subsidio. Rehusaron ellos pedirle tal cosa, disculpándose con gran
enfermedad que el rey hacía tiempo padecía, y preguntándoles el ilustre
portugués qué enfermedad era, le respondieron que una llaga en una pierna, tan
pertinaz y corrupta que en todo momento esperaban su muerte. Oyó él con
atención y pidió hiciesen sabedor al rey de su venida, afirmando que era
médico y que tal vez podría restituirle la salud. Entran en seguida muy
alegres, le notician el caso; pide insistentemente el rey que se lo traigan
dentro; y cuando Pantaleón de Sá vio la llaga, le dijo: «Tenga mucha confianza,
que recibirá fácilmente la salud». Y saliendo para afuera, se puso a considerar
la empresa en que se había metido; de la cual no podría escapar con vida pues
no sabía cosa alguna que pudiese aplicarle, como quien había aprendido más a
quitar vidas que a curar achaques para conservarlas. Con esta consideración,
como quien ya no hacía caso de la vida, y apeteciendo antes morir de una sola
vez que en muchas, se orina en la tierra, y haciendo
un poco lodo, entró dentro para ponérselo en la casi incurable llaga.
Pasó, pues, aquel día; y al siguiente, cuando el ilustre Sá esperaba más la
sentencia de su muerte que remedio alguno para la vida, tanto suya como del
rey, salen fuera los palaciegos con grande alborozo; y queriendo llevarlo en
brazos, les preguntó la causa de tan súbita alegría. Respondieron que la llaga,
con el medicamento que se le aplicara, había gastado todo lo podrido, y
aparecía sólo la carne, que era sana y buena. Entró dentro el fingido médico, y
viendo que era como ellos afirmaban mandó continuar con el remedio, con el cual
en pocos días cobró completa salud; visto lo cual, además de otros honores,
pusieron a Pantaleón de Sá en un altar; y, venerándolo como divinidad, le
pidió el rey se quedase en su palacio, ofreciéndole la mitad de su reino; y, si
no, que le daría todo lo que pidiese. Rehusó Pantaleón de Sá la oferta,
afirmando que le era necesario volver con los suyos. Y mandando el rey traer
una gran cuantía de oro y pedrería, lo premió grandemente, mandando juntamente
a los suyos que lo acompañasen hasta Mozambique.