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martes, 25 de junio de 2013

Acerca de la muerte de Bieito

Fue cerca del camposanto cuando sentí removerse dentro de la caja al pobre Bieito. (De los cuatro portadores del ataúd yo era uno). ¿Lo sentí o fue aprensión mía? Entonces no podría asegurarlo. ¡Fue un rebullir tan suave!... Como la tenaz carcoma que roe, roe en la noche, roe desde entonces en mi magín enfervorizado aquel suave rebullir.
Pero es que yo, amigos míos, no estaba seguro, y por tanto -comprendedme, escuchadme-, por tanto no podía, no debía decir nada.
Imaginaos por un instante que yo hubiera dicho:
-Bieito está vivo.
Todas las cabezas de los viejos que portaban cirios se alzarían con un pasmado asombro. Todos los chiquillos que iban extendiendo la palma de la mano bajo el gotear de la cera, vendrían en remolino a mi alrededor. Se apiñarían las mujeres junto al ataúd. Resbalaría por todos los labios un murmullo sobrecogido, insólito:

-¡Bieito está vivo. Bieito está vivo!... Callaría el lamento de la madre y de las hermanas, y en seguida también, descompasándose, la circunspecta marcha que plañía en los bronces de la charanga. Y yo sería el gran revelador, el salvador, eje de todos los asombros y de todas las gratitudes. Y el sol en mi rostro cobraría una importancia imprevista.
¡Ah! ¿Y si entonces, al ser abierto el ataúd, mi sospecha resultara falsa? Todo aquel magno asombro se volvería inconmensurable y macabro ridículo. Toda la anhelante gratitud de la madre y de las hermanas, se convertiría en despecho. El martillo clavando de nuevo la caja tendría un son siniestro y único en la tarde atónita. ¿Comprendéis? Por eso no dije nada.
Hubo un instante en que por el rostro de uno de los compañeros de fúnebre carga pasó la leve insinuación de un sobresalto, como si él también estuviese sintiendo el tenue rebullir. Pero no fue más que un lampo. En seguida se serenó. Y no dije nada.
Hubo un instante en que casi me decido. Me dirigí al de mi lado y, encubriendo la pregunta en una sonrisa de humor, deslicé:
-¿Y si Bieito fuese vivo?
El otro rió pícaramente como quien dice: «Qué ocurrencias tenemos», y yo amplié adrede mi falsa sonrisa de broma.
También me encontré a punto de decirlo en el camposanto, cuando ya habíamos posado la caja y el cura rezongaba los réquiems. 
«Cuando el cura acabe». Pensé. Pero el cura terminó y la caja descendió al hoyo sin que yo pudiese decir nada.
Cuando el primer terrón de tierra, besado por un niño, golpeó dentro de la fosa contra las tablas del ataúd, me subieron hasta la garganta las palabras salvadoras... Estuvieron a punto de surgir. Pero entonces acudió nuevamente a mi imaginación la casi seguridad del horripilante ridículo, de la rabia de la familia defraudada. Si Bieito se encontraba muerto y bien muerto. Además de decirlo tan tarde acrecentaba el absurdo desorbitadamente. ¿Cómo justificar no haberlo dicho antes? ¡Ya sé, ya sé. Siempre se puede uno explicar! ¡Sí, sí, sí, todo lo que queráis! Pues bien... ¿Y si hubiese muerto después, después de sentirlo yo remecerse, como quizá se pudiera adivinar por alguna señal? ¡Un crimen, sí, un crimen el haberme callado! Oíd ya el griterío de la gente... 
-Pidió auxilio y no se lo dieron, desgraciado...
-Él sentía llorar, se quiso levantar, no pudo...
-Murió de espanto, le saltó el corazón al sentirse bajar a la sepultura.
-¡Ahí lo tenéis, con la cara torcida por el esfuerzo!
-¡Y ese que lo sabía, tan campante, ahí sonriendo como un payaso!
-¿Es tonto o qué?
Todo el día, amigos míos, anduve loco de remordimientos. Veía al pobre Bieito arañando las tablas en ese espanto absoluto, más allá de todo consuelo y de toda conformidad de los enterrados en vida. Llegó a parecerme que todos leían en mis ojos adormilados y lejanos la obsesión del delito.
Y allá por la alta noche -no lo pude evitar- me fui camino del camposanto, con la solapa subida, al arrimo de los muros.
Llegué. El cerco por un lado era bajo: unas piedras mal puestas sujetas por hiedras y zarzas. Lo salté y fui derecho al lugar... Me eché en el suelo, arrimé la oreja, y pronto lo que oí me heló la sangre. En el seno de la tierra unas uñas desesperadas arañaban las tablas. ¿Arañaban? No sé, no sé. Allí cerca había una azada... Iba ya hacia ella cuando quedé perplejo. Por el camino que pasa junto al camposanto se sentían pasos y rumor de habla. Venía gente. Entonces sí que sería absurda, loca, mi presencia allí, a aquellas horas y con una azada en la mano.
¿Iba a decir que lo había dejado enterrar sabiendo que estaba vivo?
Y huí con la solapa subida, pegándome a los muros. La luna era llena y los perros ladraban a lo lejos.



Rafael Dieste

lunes, 24 de junio de 2013

De la famosa aventura del barco encantado

Por sus pasos contados y por contar, dos días después que sa­lieron de la alameda llegaron don Quijote y Sancho al río Ebro, y el verle fue de gran gusto a don Quijote porque contempló y miró en él la amenidad de sus riberas, la claridad de sus aguas, el sosiego de su curso y la abundancia de sus líquidos cristales, cuya alegre vista renovó en su memoria mil amorosos pensamientos. Especialmente fué y vino en lo que había visto en la cueva de Montesinos; que, puesto que el mono de maese Pedro le había dicho que parte de aquellas cosas eran verdad y parte mentira, él se atenía más a las verdaderas que a las mentirosas, bien al revés de Sancho, que todas las tenía por la mesma mentira. Yendo, pues, desta manera, se le ofreció a la vista un pequeño barco sin remos ni otras jarcias algunas, que estaba atado en la orilla a un tronco de un árbol que en la ribera estaba. Miró don Quijote a todas partes, y no vió persona alguna; y luego, sin más ni más, se apeó de Rocinante y mandó a Sancho que lo mesmo hiciese del rucio, y que a entrambas bestias las atase muy bien, juntas, al tronco de un álamo o sauce que allí estaba. Preguntóle Sancho la causa de aquel súbito apeamiento y de aquel ligamiento. Respondió don Quijote:
-Has de saber, Sancho, que este barco que aquí está, derecha­mente y sin poder ser otra cosa en contrario, me está llamando y convidando a qué entre en él, y vaya en él a dar socorro a algún caballero, o a otra necesitada y principal persona, que debe de estar puesta en alguna grande cuita; porque éste es estilo de los libros de las historias caballerescas, y de los encantadores que en ellas se entremeten y platican: cuando algún caballero está puesto en algún trabajo, que no puede ser librado dél sino por la mano de otro caballero, puesto que estén distantes el uno del otro dos o tres mil leguas, y aun más, o le arrebatan en una nube, o le deparan un barco donde se entre, y en menos de un abrir y cerrar de ojos le llevan, o por los aires, o por la mar, donde quieren y adonde es menester su ayuda; así que, ¡oh Sancho!, este barco está puesto aquí para el mesmo efecto; y esto es tan verdad como es ahora de día; y antes que éste se pase, ata juntos al rucio y a Rocinante, y a la mano de Dios, que nos guíe; que no dejaré de embarcarme si me lo pidiesen frailes descalzos.
-Pues así es  -respondió Sancho-  y vuesa merced quiere dar a cada paso en estos que no sé si los llame disparates, no hay sino obedecer y bajar la cabeza, atendiendo al refrán «haz lo que tu amo te manda, y siéntate con él a la mesa»; pero, con todo esto, por lo que toca al descargo de mi conciencia, quiero advertir a vuesa merced que  a mí me parece que este tal barco no es de los encantados, sino de algunos pescadores deste río, porque en él se pescan las mejores sabogas del mundo.
Esto decía, mientras ataba las bestias, Sancho, dejándolas a la protección y amparo de los encantadores, con harto dolor de su ánima. Don Quijote le dijo que no tuviese pena del desamparo de aquellos animales; que el que los llevaría a ellos por tan longincuos caminos y regiones tendría cuenta de sustentarlos.
-No entiendo esto de longicuos  -dijo Sancho-, ni he oído tal vocablo en todos los días de mi vida.
-Longincuos  -respondió don Quijote- quiere decir apartados, y no es maravilla que no lo entiendas; que no estás tú obligado a saber latín, como algunos que presumen que lo saben, y lo ignoran.
-Ya están atados  -replicó Sancho-. ¿Qué hemos de hacer ahora?
-¿Qué?  -respondió don Quijote-. Santiguarnos y levar ferro; quiero decir, embarcarnos y cortar la amarra con que este barco está atado.
Y dando un salto en él, siguiéndole Sancho, cortó el cordel, y el barco se fué apartando poco a poco de la ribera; y cuando Sancho se vio obra de dos varas dentro del río, comenzó a temblar, temiendo su perdición; pero ninguna cosa le dió más pena que el oír roznar al rucio y el ver que Rocinante pugnaba por desatarse, y díjole  a su señor:
-El rucio rebuzna, condolido de nuestra ausencia, y Rocinante procura ponerse en libertad para arrojarse tras nosotros. ¡Oh carísimos amigos, quedaos en paz, y la locura que nos aparta de vosotros, convertida en desengaño, nos vuelva a vuestra presencia!                                    
Y en esto, comenzó a llorar tan amargamente, que don Quijote, mohíno y colérico, le dijo:
-¿De qué temes, cobarde criatura? ¿De qué lloras, corazón de mantequillas? ¿Quién te persigue, o quién te acosa, ánimo de ratón casero, o qué te falta, menesteroso en la mitad de las entrañas de la abundancia? ¿Por dicha vas caminando a pie y descalzo por las montañas rifeas, sino sentado en una tabla, como un archiduque, por el sesgo curso deste agradable río, de donde en breve espacio saldremos al mar dilatado? Pero ya habemos de haber salido, y caminado, por lo menos, setecientas o ochocientas leguas; y si yo tuviera aquí un astrolabio con que tomar la altura del polo, yo te dijera las que hemos caminado; aunque o yo sé poco, o ya hemos pasado, o pasaremos presto, por la línea equinoccial, que divide y corta los dos contrapuestos polos en igual distancia.
-Y cuando lleguemos a esa leña que vuesa merced dice  -pre­guntó Sancho-, ¿cuánto habremos caminado?
-Mucho -replicó don Quijote-: porque de trescientos y se­senta grados que contiene el globo, del agua y de la tierra, según el cómputo de Ptolomeo, que fué el mayor cosmógrafo que se sabe, la mitad habremos caminado, llegando a la línea que he dicho.
-Por Dios -dijo Sancho-, que vuesa merced me trae por testigo de lo que dice a una gentil persona, puto y gafo, con la añadidura de meón, o meo, o no sé cómo.
Rióse don Quijote de la interpretación que Sancho había dado al nombre y al cómputo y cuenta del cosmógrafo Ptolomeo, y díjole:
-Sabrás, Sancho, que los españoles, y los que se embarcan en Cádiz para ir a las Indias Orientales, una de las señales que tienen para entender que han pasado la línea equinoccial que te he dicho es que a todos los que van en el navío se les mueren los piojos sin que les quede ninguno, ni en todo el bajel le halla­rán, si le pesan a oro; y así, puedes, Sancho, pasear una mano por un muslo, y si topares cosa viva, saldremos desta duda; y si no, pasado habemos.
-Yo no creo nada deso -respondió Sancho-; pero, con todo, haré lo que vuesa merced me manda, aunque no sé para qué hay necesidad de hacer esas experiencias, pues yo veo con mis mismos ojos que no nos habemos apartado de la ribera cinco varas, ni hemos decantado de donde están las alemañas dos varas, porque allí están Rocinante y el rucio en el propio lugar do los dejamos; y tomada la mira, como yo la tomo ahora, voto a tal que no nos movemos ni andamos al paso de una hormiga.
-Haz, Sancho, la averiguación que te he dicho, y no te cures de otra; que tú no sabes qué cosa sean coluros, líneas, paralelos, zodíacos, eclíticas, polos, solsticios, equinocios, planetas, signos, puntos, medidas, de que se compone la esfera celeste y terrestre; que si todas estas cosas supieras, o parte dellas, vieras clara­mente qué de paralelos hemos cortado, qué de signos visto, y qué de imágenes hemos dejado atrás, y vamos dejando ahora. Y tórnote a decir que te tientes y pesques; que yo para mí tengo que estás más limpio que un pliego de papel liso y blanco.
Tentóse Sancho, y llegando con la mano bonitamente y con tiento hacia la corva izquierda, alzó la cabeza, y miró a su amo, y dijo:
-O la experiencia es falsa, o no hemos llegado adonde vuesa merced dice, ni con muchas leguas.
-Pues ¿qué? -preguntó don Quijote-. ¿Has topado algo?
-¡Y aun algos! -respondió Sancho.
Y sacudiéndose los dedos, se lavó toda la mano en el río, por el cual sosegadamente se deslizaba el barco por mitad de la co­rriente, sin que le moviese alguna inteligencia secreta, ni algún encantador escondido, sino el mismo curso del agua, blando entonces y suave.­
En esto, descubrieron unas grandes aceñas que en la mitad el río estaban; y apenas las hubo visto don Quijote, cuando con voz alta dijo a Sancho:
-¿Vees? Allí, ¡oh amigo!, se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde debe de estar algún caballero oprimido, o alguna reina, infanta o princesa malparada, para cuyo socorro soy aquí traído.
-¿Qué diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuesa merced, señor?  -dijo Sancho-. ¿No echa de ver que aquéllas son aceñas que están en el río; donde se muele el trigo?
-Calla, Sancho  -dijo don Quijote -; que aunque parecen aceñas no lo son; y ya te he dicho que todas las cosas trastruecan y mudan de su ser natural los encantos. No quiero decir que las mudan de uno en otro ser realmente, sino que lo parece, como lo mostró la experiencia en la transformación de Dulcinea, único refugio de mis esperanzas.
En esto, el barco, entrado en la mitad de la corriente del río, comenzó a caminar no tan lentamente como hasta allí. Los molineros de las aceñas, que vieron venir aquel barco por el río, que se iba a embocar por el raudal de las ruedas, salieron con presteza muchos dellos con varas largas a detenerle; y como salían enharinados, y cubiertos los rostros y los vestidos de polvo de la harina, representaban una mala vista. Daban voces grandes diciendo:
-¡Demonios de hombres! ¿Dónde vais? ¿Venís desesperados? ¿Qué queréis? ¿Ahogaros y haceros pedazos en estas ruedas?
-¿No te dije yo, Sancho -dijo a esta sazón don Quijote-, que habíamos llegado donde he de mostrar a dó llega el valor de mi brazo? Mira qué de malandrines y follones me salen al encuentro; mira cuántos vestigios. se me oponen; mira cuántas feas cataduras nos hacen cocos... Pues ¡ahora lo veréis, bellacos!           
Y puesto en pie en el barco, con grandes voces comenzó a amenazar a los molineros, diciéndoles:
-Canalla malvada y peor aconsejada, dejad en su libertad y ­libre albedrío a la persona que en esa vuestra fortaleza o prisión tenéis oprimida, alta o baja, de cualquiera suerte o calidad que sea; que yo soy don Quijote de la Mancha, llamado el Caballero de los Leones por otro nombre, a quien está reservado por orden de los altos cielos el dar fin felice a esta aventura
Y diciendo esto, echó mano a su espada y comenzó a esgrimirla en el aire contra los molineros; los cuales, oyendo, y no entendiendo, aquellas sandeces, se pusieron con sus varas a detener el barco, que ya iba entrando en el raudal y canal de las ruedas.
Púsose Sancho de rodillas, pidiendo devotamente al cielo le librase de tan manifiesto peligro, como lo hizo, por la industria y presteza de los molineros, que oponiéndose con sus palos al barco, le detuvieron; pero no de manera que dejasen de trastornar el barco y dar con don Quijote y con Sancho al través en el agua; pero vínole bien a don Quijote, que sabía nadar como un ganso, aunque el peso de las armas le llevó al fondo dos veces; y si no fuera por los molineros, que se arrojaron al agua, y los sacaron como en peso a entrambos, allí había sido Troya para los dos. Puestos pues en tierra, más mojados que muertos de sed, Sancho, puesto de rodillas, las manos juntas y los ojos clavados al cielo pidió a Dios con una larga y devota plegaria le librase de allí adelante de los atrevidos deseos y acometimientos de su señor. Llegaron en esto los pescadores dueños del barco, a quien ha­bían hecho pedazos las ruedas de las aceñas; y viéndole roto acometieron a desnudar a Sancho, y a pedir a don Quijote se lo pagase; el cual, con gran sosiego, como si no hubiera pasado nada por él, dijo a los molineros y pescadores que él pagaría el barco de bonísima gana, con condición que le diesen libre y sin cautela a la persona o personas que en aquel castillo estaban oprimidas
-¿Qué personas o qué castillo dices? -respondió uno de los molineros-, hombre sin juicio? ¿Quiéreste llevar por ventura las que vienen a moler trigo a estas aceñas?
-¡Basta! -dijo entre sí don Quijote-. Aquí será predicar en desierto querer reducir a esta canalla a que por ruegos haga virtud alguna. Y en esta aventura se deben de haber encontrado dos valientes encantadores, y el uno estorba lo que el otro intenta: el uno me deparó el barco, y el otro dió conmigo al través. Dios lo remedie; que todo este mundo es máquinas y trazas contrarias unas de otras. Yo no puedo más.
Y alzando la voz, prosiguió diciendo, y mirando a las aceñas:
-Amigos cualesquiera que seáis, que en esa prisión quedáis encerrados, perdonadme; que, por mi desgracia y por la vuestra yo no os puedo sacar de vuestra cuita. Para otro caballero debe de estar guardada y reservada; esta aventura.           
En diciendo esto, se concertó con los pescadores, y pagó por el barco cincuenta reales, que los dió Sancho de muy mala gana, diciendo:
-A dos barcadas como ésta, daremos con todo el caudal al fondo.
Los pescadores y molineros estaban admirados, mirando aque­llas dos figuras tan fuera del uso, al parecer, de los otros hombres, y no acababan de entender a dó se encaminaban las razones y preguntas que don Quijote les decía; y teniéndolos por locos, les dejaron y se recogieron a sus aceñas, y los pescadores a sus ran­chos. Volvieron a sus bestias, y a ser bestias, don Quijote y San­cho, y este fin tuvo la aventura del encantado barco.

(A Jordi y Cristina)
              

domingo, 23 de junio de 2013

El Seguici Festiu de Reus



                       

Com en tantes altres poblacions de la Catalunya Nova, les manifestacions festives tradicionals formen part del seguici –conjunt de persones que acompanyen algú per honorar-lo– que precedeix la corporació municipal en els seus desplaçaments rituals –anada i retorn dels oficis religiosos–que encapçala la professó. L'exhibició de les figures i grups festius a la plaça o la seva actuació conjunta constitueixen moments d'especial intensitat en el ritual de la festa. En els últims anys del segle xx, el seguici –el conjunt ordenat de balls, danses, figures i altres manifestacions festives– ha esdevingut un dels protagonistes de la festa major reusenca.
                                                         (Dedicada a Dolors "Irati")

sábado, 22 de junio de 2013

Angle, Cossetania, Lectio







El consejo del rabino

Hace mucho tiempo vivía en Palestina un sastre judío muy pobre llamado Moisés. Como era muy pobre, Moisés tenía que vivir y trabajar en un cuartito con su mujer Sara y sus tres revoltosos niños, Benjamín, José y Raquel. Había tal ruido y confusión en el cuartito que a Moisés le resultaba muy difícil realizar su trabajo. Los niños caían contra su mesa, arrugaban los tejidos y se pinchaban los dedos con los alfileres y las agujas. A veces, Sara le  gritaba porque siempre tropezaba con él cuando quería limpiar o guisar. La vida era muy dura y Moisés se sentía cada vez más desgraciado. 
Así pues, un día decidió ir a consultar con el rabino, un gran rabino judío lleno de sabiduría. Moisés se endosó su mejor traje y se dirigió a la sinagoga (el templo donde  oran los judíos) y allí abrió su corazón al rabino. Dijo al erudito sacerdote lo difícil que  resultaba para él vivir y trabajar en una habitación tan pequeña, con tanta gente. El rabino le escuchó con atención y, luego, acariciándose su larga barba negra, preguntó: "Moisés, ¿tienes un gallo?". "No", repuso Moisés. "Entonces, que te lo presten y llévalo a vivir contigo. Dentro de una semana, vuelve a verme", le aconsejó el sabio rabino. 
Una semana más tarde, regresó Moisés a la sinagoga; su aspecto era aún más triste. "El gallo canta de madrugada y nos despierta demasiado temprano. Y toda la habitación está llena de sus excrementos", se lamentó. 
El rabino le escuchó y luego le preguntó: "Moisés, ¿tienes un gato?". "No", contestó Moisés. "Entonces que te presten uno y mantenlo en tu habitación. Vuelve dentro de una semana", le aconsejó el sabio rabino. 
Cuando al cabo de una semana volvió Moisés, aún se mostraba más desalentado. "El gato y el gallo se pelean todo el día, -se quejó-. Y el gato ha arañado a Raquel, que se ha pasado dos horas llorando". Pero el rabino se limitó a decir a Moisés que le prestaran un perro y que volviera a la semana siguiente.     
Cuando al terminar la semana Moisés acudió de nuevo a la sinagoga, el rabino pudo comprobar al ver las profundas ojeras de Moisés, que éste no había dormido mucho. "¿Cómo van las cosas?", preguntó. El  pobre Moisés se echó a llorar: "¡Espantosamente, sabio rabino, de peor en peor!" -gritó-. Ahora ya comprendo por qué la gente dice lo de pelearse como perros y gatos. No tenemos un momento de paz. El gato y el perro se pasan la noche y el día persiguiéndose por toda la habitación. El perro ladra mientras el gallo canta, y el gato maya y los niños lloran y disputan. Mi Sara está tan furiosa conmigo por haber llevado todos esos animales que apenas me dirige la palabra". 
El rabino escuchaba atentamente y,  por último, dijo: "Moisés, ¿puedes pedir prestado un burro?". A Moisés le hubiese gustado decir que no podía; pero Abraham, su vecino, tenía un burro y Moisés siempre iba con la verdad por delante. "Sí que puedo -contestó-, pero, por favor, no haga que me lo lleve a la habitación". 
El rabino se limitó a sonreír amablemente y le envió a buscar el burro. 
En realidad, Moisés presentaba un triste aspecto al volver una semana después. El burro le había dado una coz en el muslo, el perro le había mordido el brazo y el gato le había arañado la cara. El burro ocupaba toda la habitación, de manera que Moisés no tenía sitio para trabajar. El rabino escuchó atentamente toda aquella relación de infortunios y, luego, dijo: "Moisés, devuelve el burro y ven a verme  dentro de una semana". 
Una semana después, Moisés apareció con un aspecto mucho más animado. "¿Cómo van las cosas?", indagó el rabino. "Podían ir peor -repuso Moisés-. El gato y el perro aún siguen peleándose y haciendo ruido, pero, al menos, hay sitio en la habitación y ya no está allí el burro para pegarme coces". "Devuelve el perro -dijo el rabino-, y vuelve a verme cuando haya pasado una semana". 
Cuando Moisés regresó al cabo de una semana presentaba un aspecto mucho más descansado.Las cosas habían mejorado mucho. "Bien es verdad que el gallo y el gato aún siguen peleándose y atormentando a los niños -dijo Moisés-. Pero, al menos, ya no está el perro para poder morderme". 
Entonces el rabino le dijo que devolviera el gallo y el gato, y que volviera a verlo al cabo de una semana. 
Una semana después, Moisés llegó, presuroso, a la sinagoga. Parecía otro hombre. "¿Cómo van las cosas,  preguntó el rabino. "Todo va muy bien -contestó Moisés-. Soy un hombre afortunado porque tengo tres hijos guapos y saludables, una mujer excelente que es una cocinera y una madre estupenda, y una habitación muy agradable para vivir y trabajar. ¿Qué más puede pedir un hombre a la vida?" 
El rabino tras escuchar a Moisés sonrió. "Moisés -dijo acariciándose la barba-, has aprendido una de las lecciones más importante de la vida... La de sentirse satisfecho con la propia suerte. Jamás olvides esta lección, hijo mío, que las bendiciones de Dios te acompañen".

jueves, 20 de junio de 2013

En el fondo del caño hay un negrito


1

La primera vez que el negrito Melodía vio al otro negrito en el fondo del caño fue en la mañana del tercer o cuarto día des­pués de la mudanza, cuando llegó gateando hasta la única puerta de la nueva vivienda y se asomó para mirar hacia la quieta superficie del agua allá abajo.
Entonces el padre, que acababa de despertar sobre el mon­tón de sacos vacíos extendidos en el piso, junto a la mujer se­midesnuda que aún dormía, le gritó:
-¡Mire... eche p'adentro! ¡Diantre 'e muchacho desinquieto!
Y Melodía, que no había aprendido a entender las pala­bras, pero sí a obedecer los gritos, gateó otra vez hacia aden­tro y se quedó silencioso en un rincón, chupándose un dedi­to porque tenía hambre.
El hombre se incorporó sobre los codos. Miró a la mujer que dormía a su lado y la sacudió flojamente por un brazo. La mujer despertó sobresaltada, mirando al hombre con ojos de susto. El hombre rió. Todas las mañanas era igual: la mujer salía del sue­ño con aquella expresión de susto que a él le provocaba un rego­cijo sin maldad. La primera vez que vio aquella expresión en el rostro de su mujer no fue en ocasión de un despertar, sino la no­che que se acostaron  juntos por primera vez. Quizá por eso a él le hacía gracia verla despabilarse así todas las mañanas.
El hombre se sentó sobre los sacos vacíos.
-Bueno -se dirigió entonces a la mujer-. Cuela el café.
Ella tardó un poco en contestar:
-Ya no queda.
-¿Ah?
-No queda. Se acabó ayer.
Él empezó a decir: «¿Y por qué no compraste más?», pero se interrumpió cuando vio que en el rostro de su mujer co­menzaba a dibujarse aquella otra expresión, aquella mueca que a él no le causaba regocijo y que ella sólo hacía cuando él le dirigía preguntas como la que acababa de truncar ahora. La primera vez que vio aquella expresión en el rostro de su mu­jer fue la noche que regresó a la casa borracho y deseoso de ella, pero la borrachera no lo dejó hacer nada. Tal vez por eso al hombre no le hacía gracia aquella mueca.
-¿Conque se acabó ayer?
-Ajá.
La mujer se puso de pie y empezó a meterse el vestido por la cabeza. El hombre, todavía sentado sobre los sacos vacíos, derrotó su mirada y la fijó durante un rato en los agujeros de su camiseta.
Melodía, cansado ya de la insipidez del dedo, se decidió a llorar. El hombre lo miró y le preguntó a la mujer:
-¿Tampoco hay na pal nene?
-Sí. Conseguí unas hojitas de guanábana y le gua hacer un guarapillo horita.
-¿Cuántos días va que no toma leche?
-¿Leche? -la mujer puso un poco de asombro inconsciente en la voz-. No me acuerdo.
El hombre se levantó y se puso los pantalones. Después se allegó a la puerta y miró hacia afuera. Le dijo a la mujer:
-La marea ta alta. Hoy hay que dir en bote.
Luego miró hacia arriba, hacia el puente y la carretera. Au­tomóviles, guaguas y camiones pasaban en un desfile inter­minable. El hombre observó cómo desde casi todos los vehícu­los alguien miraba con extrañeza hacia la casucha enclavada en medio de aquel brazo de mar: el «caño» sobre cuyas már­genes pantanosas había ido creciendo hacía años el arrabal. Ese alguien por lo general empezaba a mirar la casucha cuan­do el automóvil, la guagua o el camión llegaba a la mitad del puente, y después seguía mirando, volviendo gradualmente la cabeza hasta que el automóvil, la guagua o el camión toma­ba la curva allá adelante y se perdía de vista. El hombre se lle­vó una mano desafiante a la entrepierna y masculló:
-¡Pendejos!
Poco después se metió en el bote y remó hasta la orilla. De la popa del bote a la puerta de la casa había una soga larga que permitía a quien quedara en la casa atraer nuevamente el bote hasta la puerta. De la casa a la orilla había también un puen­tecito de tablas, que se cubría con la marea alta.
Ya en tierra, el hombre caminó hacia la carretera. Se sintió mejor cuando el ruido de los automóviles ahogó el llanto del negrito en la casucha.

2

La segunda vez que el negrito Melodía vio al otro negrito en el fondo del caño fue poco después del mediodía, cuando vol­vió a gatear hasta la puerta y se asomó y miró hacia abajo. Esta vez el negrito en el fondo del caño le regaló una sonrisa a Melodía. Melodía había sonreído primero y tomó la sonrisa del otro negrito como una respuesta a la suya. Entonces hizo así con su manita, y desde el fondo del caño el otro negrito también hizo así con su manita. Melodía no pudo reprimir la risa, y le pareció que también desde allá abajo llegaba el soni­do de otra risa. La madre lo llamó entonces porque el segundo guarapillo de hojas de guanábana ya estaba listo.

Dos mujeres, de las afortunadas que vivían en tierra firme, sobre el fango endurecido de las márgenes del caño, comen­taban:
-Hay que velo. Si me lo bieran contao, biera dicho que era embuste.
-La necesidá, doña. A mí misma, quién me lo biera dicho, que yo diba llegar aquí. Yo que tenía hasta mi tierrita...
-Pues nosotros juimos de los primeros. Casi no bía gente y uno cogía la parte más sequecita, ¿ve? Pero los que llegan aho­ra, fíjese, tienen que tirarse al agua, como quien dice. Pero, bueno... y esa gente, ¿de ónde diantre haberán salío?
-A mí me dijieron que por ai por Isla Verde tan orbanisan­do y han sacao un montón de negros arrimaos. A lo mejor son desos.
-¡Bendito!... ¿Y usté se ha fijao en el negrito qué mono? La mujer vino ayer a ver si yo tenía unas hojitas de algo pa hacer­le un guarapillo, y yo le di unas poquitas de guanábana que me quedaban.
-¡Ay, Virgen, bendito!...
Al atardecer, el hombre estaba cansado. Le dolía la espalda, pero venía palpando las monedas en el fondo del bolsillo, ha­ciéndolas sonar, adivinando con el tacto cuál era un vellón, cuál de diez, cuál una peseta. Bueno, hoy había habido suerte. El blanco que pasó por el muelle a recoger su mercancía de Nueva York. Y el compañero de trabajo que le prestó su carre­tón toda la tarde porque tuvo que salir corriendo a buscar a la comadrona para su mujer, que estaba echando un pobre más al mundo. Sí, señor. Se va tirando. Mañana será otro día.
Entró en un colmado y compró café y arroz y habichuelas y unas latitas de leche evaporada. Pensó en Melodía y apresuró el paso. Se había venido a pie desde San Juan para ahorrarse los cinco centavos del pasaje.


3

La tercera vez que el negrito Melodía vio al otro negrito en el fondo del caño fue al atardecer, poco antes de que el padre re­gresara. Esta vez Melodía venía sonriendo antes de asomarse, y le asombró que el otro también se estuviera sonriendo allá abajo. Volvió a hacer así con la manita y el otro volvió a con­testar. Entonces Melodía sintió un súbito entusiasmo y un amor indecible por el otro negrito. Y se fue a buscarlo.

(José Luis González)

miércoles, 19 de junio de 2013

Una optimista


Dos Ranas que estaban en la barriga de una serpiente deliberaban sobre su especial situación.
-Ésta es una suerte bastante cruel -dijo una.
-No saques conclusiones precipitadas -dijo la otra-; aquí estamos a cobijo, y además hay comida y alojamiento.
-Alojamiento, desde luego -dijo la Primera Rana-; pero no veo la comida.
-Tú no sabes más que gruñir -explicó la otra-: la comida somos nosotras. 
Ambrose Bierce

martes, 18 de junio de 2013

Acantilado

El viaje por mar

Llegó el sexto día de viaje. El barco crujía, se inclinaba a lo largo y a lo ancho, alzándose hacia el oscuro cielo o hundiéndose en el negro abismo. Que el cielo estuviese oscuro y el abismo negro sólo podíamos intuirlo, puesto que a nosotros, los  pasajeros, hacía cinco días que se nos había prohibido salir a cubierta, además, a nadie le hubiera apetecido hacer tal cosa. El salón del restaurante se cerró y los camareros distribuían la comida por los camarotes.Permanecíamos, pues, sentados en los camarotes, o más bien tumbados. Para ser más exactos: sólo yo estaba tumbado, aquejado de unas náuseas que mi compañero, en cambio, parecía no sentir en absoluto. Para imaginar lo violenta que era la tormenta, baste con mencionar lo grande que era mi miedo. Por lo general, las náuseas le hacen a uno completamente indiferente a todo; sin embargo, en aquella ocasión, hasta los mareos me parecían insignificantes frente al miedo a una catástrofe marina.
El hombre con el que me tocó compartir el camarote no estaba mareado ni tenía miedo. Leía tranquilamente un periódico de la semana anterior, aunque lo que podía suceder en cualquier momento debería haberle quitado todo el interés incluso por un periódico de hoy. Sentía admiración por él y finalmente se lo expresé:
-Lo admiro, usted debe de ser muy valiente.
Doblando el periódico, me respondió:
-En absoluto, simplemente no hay nada que temer. 
-Hasta los barcos más perfectos naufragan. Por ejemplo, el Titanic.
-El Titanic sí, pero nosotros no.
-Nuestro barco es más pequeño que el Titanic. 
-Pero a nosotros nos han embotellado.
-¿Es esto una metáfora?
-No, es del todo literal. ¿Ha visto alguna vez un barco en una botella? Algunos, incluso, son veleros con velas izadas... Un artilugio muy ingenioso.
-Lo he visto, ¿y qué?
-La botella está sellada. ¿Y ha visto alguna vez que se hunda una botella sellada, con aire dentro?
-Por supuesto que no, eso sería contrario a las leyes de la física.
-Exacto. Pues nuestro barco y nosotros con él nos encontramos precisamente en una de esas botellas. El hecho en sí no es agradable, pero gracias a ello nunca naufragaremos.
Entendí que su calma era la calma de un loco. Había que fingir, sin embargo, que tomaba en serio sus argumentos. No hay que irritar a los locos.
-No estoy del todo convencido -dije con cautela-. He paseado por la cubierta y no he notado nada.
-No pudo notar nada. La botella es de cristal, y el cristal es transparente.
-¿Y el tapón? Hubiese visto al menos el tapón...
-El tapón es también de cristal, la botella entera es de cristal, está sellada de nacimiento, por así decirlo, por lo tanto ni siquiera se puede hablar de tapón. Esta botella no tiene ninguna salida, y en eso consiste todo el misterio del artefacto, lo que para nosotros, encerrados dentro, como ya he dicho, no resulta del todo agradable.
-¡No, eso no es posible! -exclamé.
-¿Por qué no?
-Porque no es posible una botella tan grande. 
-Por supuesto que no.
-¿Entonces?
-Una botella tan grande no es posible, pero ¿está seguro de que nosotros no somos muy pequeños?
Me quedé en silencio. Y hasta ahora sigo en silencio.

Slawomir Mrozek - "El viaje por mar " - La mosca - Narrativa del Acantilado, nº 92