Nuestro idioma parece ser particularmente propicio para los juegos de palabras. Todos nos hemos divertido con los de Villamediana (diamantes que fueron antes / de amantes de su mujer); con los más recatados, si bien más insulsos (di, Ana, ¿eres Diana?), de Gracián, quien, hay que reconocerlo, escribió un tratado bastante divertido, la Agudeza y arte de ingenio, para justificar esa su irresistible manía; con los de Calderón de la Barca (apenas llega cuando llega a penas); etcétera. Es curioso que sea difícil recordar alguno de Cervantes. Muchos años después Arniches (imagínate, mencionarlo al lado de estos) llega a la cumbre. Como es natural, nosotros heredamos de los españoles este vicio que, entre los escritores y poetas o meros intelectuales, se convierte en una verdadera plaga. Hay los que suponen que entre más juegos de palabras intercalen en una conversación (principalmente si ésta es seria) los tendrán por más ingeniosos, y no desperdician oportunidad de mostrar sus dotes en este terreno. Es dificilísimo sacar a un maniático de estos de su error. Personaje digno de La Bruyere, no hay quien no lo conozca. A dondequiera que vaya es recibido con autentico horror por el miedo que se tiene a sus agudezas, que sólo él celebra o que los demás le festejan de vez en cuando para ver si se calma. ¿Lo visualizas y te ríes? Pues tú también tendrías que releer un poco tu Horacio.
Son más raros los que llevan sus hallazgos a lo que escriben, aunque, por supuesto, mucho más soportables. Shakespeare aterra con sus juegos de palabras a los traductores (su merecido, por traidores), quienes no tienen más remedio que recurrir a las notas a pie de página para explicar que tal cosa significa también otra y que ahí estaba el chiste. Proust, tú sabes, los dosifica majestuosamente. En las traducciones de Proust las notas casi desaparecen: cuando habla de las preciosas radicales no se necesita ser muy listo para darse cuenta de que está aludiendo a las preciosas ridículas de Moliere. Joyce lleva las cosas a extremos demoníacos, por lo cual no se traduce Finnegan´s Wake. Entre nosotros, recuerdo, han sido buenos para esto Rubén Darío:
Kants y Nietzsches y Schopenhauers,
ebrios de cerveza y azur
iban, gracias al calembour;
a tomarse su chop en Auer's
y más cerca aún, Xavier Villaurrutia:
Y mi voz que madura
y mi bosque madura
y mi voz quemadura
y mi voz quema dura.
Pero lo anterior no tiene casi nada que ver con que Onís sea asesino, o con que amen a Panamá, o con que seamos seres sosos, Ada.
Ahora te lo explico. La otra noche me encontré al señor Onís, hijo del señor Onís, en una reunión de intelectuales. En cuanto me lo presentaron dije viéndolo fijamente a los ojos: ¡Onís es asesino! Cuando noté que, aterrado, estaba a punto de decirme que sí, de confesarme algo horrible, me apresuré a explicarle que se trataba de un simple palíndroma. Qué gusto sentí al notar que el alma le volvía al cuerpo. Recuerda que palíndromas son esas palabras o frases que pueden leerse
igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda, según declara valientemente la Academia de la Lengua, aunque llamándolas palíndromos, como si no fuera mejor del otro modo. Los vimos en la escuela: ANILINA. DABALE ARROZ A LA ZORRA EL ABAD. ANITA LAVA LA TINA, etcétera.
Y es aquí donde los asesinos de salón que hacen juegos de palabras para acabar con las conversaciones se encontrarían con una verdadera dificultad. Pruébenlo. Hace ya varios años nos entregábamos a este inocente juego (lo más que requiere es un poco de silencio y mirar de cuando en cuando al techo con un papel y un lápiz en la mano) un grupo de ociosos del tipo de Juan José Arreola, Carlos Illescas, Ernesto Mejía Sánchez, Enrique Alatorre, Ruben Bonifaz Nuño, algún otro y yo. Durante tardes enteras o noches a la mitad tomábamos nuestros papelitos, trabajábamos silenciosos y allá cada vez nos comunicábamos con júbilo nuestros hallazgos.
Estas cuatro o cinco cuartillas quieren ser un homenaje y un reconocimiento al talento (entre otros) para el palíndroma de Carlos Illescas, positivo monstruo de este deporte, quien de pronto levantaba la mano, pedía silencio y decía, como hablando de otra cosa: Aman a Panamá, o Amo la paloma, o sea AMAN A PANAMA o AMO LA PALOMA por cualquier lado que los mires o quieras amarlos; mientras nosotros, yo por lo menos, nos debatíamos repitiendo ROMA AMOR ROMA AMOR, para que él nos saliera al rato con algo tan humillante como esto: ADELA, DIONISO: NO TAL PLATÓN, O SI NO, ID A LEDA, lo que acababa de sumirnos en la desesperación y la impotencia.
Posteriormente leímos los famosos que el gran mago Julio Cortázar trae en «Lejana», de Bestiario:
Salta Lenin el atlas
Amigo, no gima
Átale, demoníaco Caín, o me delata
Anás usó tu auto, Susana.
Y recordábamos uno muy pobre o muy tímido de Joyce o que Joyce usó:
Madam, I'm Adam
y alguno que otro del idioma inglés (no muy bueno para esto, según entiendo):
A man, a plan, a canal: Panamá.
Más tarde Bonifaz Nuño aportó la declaración antisinestésica:
Odio la luz azul al oído
Y Enrique Alatorre el existencialista:
¡Río, sé saeta! Sal, Sartre, el leer tras las ateas es oír;
y Arreola
Etna da luz azul a Dante;
en tanto que Illescas, como diligente araña, sacaba sus hilitos de tejer y destejer:
Somos laicos, Adán; nada social somos;
o el admonitorio
Damas, oíd: a Dios amad;
o el acusatorio
Onís es asesino;
o el preventivo y definitivo y ahora en plan de suave melodía de égloga virgiliana:
Si no da amor alas, sal a Roma, Adonis.
Después venían otros suyos sumamente extraños, ya dentro de la embriaguez en, que se pierden los sentidos (que es la buena) y África y Grecia se abrazan en misterioso contubernio, como
Acata, sale, salta, acude, saeta afromorfa;
ateas educa, Atlas, el as ataca.
o lo que él llamaba palíndroma de palíndromas:
Somos seres sosos, Ada; sosos seres somos;
en el que cada palabra es también palíndroma; o el palíndroma ad infinitum:
O sale el as o... el as sale... o sale el as... o;
o, por fin, el palíndroma político, en el que alguien pregunta: «¿Qué es la OIT (Organización Internacional del Trabajo)?», y se le responde:
Tío Sam más OIT
para rematar con algo que ya no le creíamos porque somos naturalmente desmemoriados y eso de Evemón se nos hacía sospechoso:
¿No me ve, o es ido Odiseo, Evemón?
y nos tenía que explicar que Evemón no era otro que Tésalo (ah, así sí), padre de Eurípilo (claro), como fácilmente se podía ver en Ilíada II, 736; V; 79; VII, 167; VIII, 265; y XI, 575.
Ahora yo tengo que confesar que jamás pude ni he podido posteriormente hacer o encontrar un solo palíndroma que vaya más allá de los ya dados por la madre naturaleza: oro, ara, ama, eme, etcétera, excepto uno que me costó horas de esfuerzo pero tan escatológico, para vergüenza mía, que me apresuro a ponerlo aquí: ¡Acá, caca! Sospecho que Mejía Sánchez tampoco, pues finalmente, cuando empezamos, por incapacidad manifiesta, a buscar un nuevo género, o sea los falsos palíndromas (ejemplo: Don Odón, que suena pero no es), salió con uno falsísimo pero que a todos en un momento dado nos pareció auténtico, pues en esos días se hablaba del Premio Nobel para Alfonso Reyes:
Alfonso no ve el Nobel famoso,
que no se lee de atrás para adelante ni de broma; en tanto que Illescas, algo cansado de su facilidad, aceptaba con entusiasmo mi modesta proposición de estructurar una larga frase en español que, leída de derecha a izquierda, dijera lo mismo, pero en inglés, o en el idioma que en ese momento le pareciera mejor, o más difícil.
Un ermitaño de gran reputación e incomparables poderes vivía retirado en el desierto. Un día, mientras permanecía inmóvil como siempre en el mismo sitio, vio aparecer en el horizonte una especie de bola de polvo. Aquella bola se hizo más y más grande y el ermitaño pronto reconoció a un hombre que se le acercaba corriendo y levantando aquella polvareda.
El hombre, que era joven, llegó hasta el ermitaño y se postró ante él. Jadeaba. El ermitaño lo dejó que se recuperara y luego le preguntó:
-¿Qué quieres?
-Maestro -le contestó el joven-, he venido a oírte tocar el arpa sin cuerdas.
-Como quieras -le dijo el ermitaño.
El santo hombre no varió su postura lo más mínimo. No cogió ningún instrumento, no hizo nada. El ermitaño y el ferviente discípulo permanecieron inmóviles el uno frente al otro durante «un cierto tiempo» y, ese cierto tiempo, dependiendo del humor o de la formación de los narradores, duró algunas horas, algunos días o algunos años. De hecho, tiene poca importancia.
Tras ese «cierto tiempo», el joven dejó percibir, quizá por un gesto, una inclinación, por un carraspeo, un incipiente cansancio.
-¿Qué te pasa? -le preguntó el ermitaño.
El joven dudó un poco. Farfulló. No se entendía demasiado bien lo que quería decir. Para ayudarlo el ermitaño le preguntó, inclinándose hacia él:
-¿No has oído nada?
-No -contestó el joven con voz culpable.
-Entonces -le preguntó el ermitaño-, ¿por qué no me has pedido que tocase más fuerte?
Donde Solano Reyes era un vencido y sufría derrotas cada día
Capítulo I. El Rinoceronte de Solano Reyes
Para Solano Reyes hubo siempre interpuesto entre él y su pan del día: un Rinoceronte. Es clarísimo y me costará mucho explicarlo. Tan cierto fue todo que hay media docena de testigos de esto que digo ahora: que estaba muriendo un día en su edad de 65 años y dejó de hacerlo cuando su sobrina, a la que quería mucho, tuvo la inventiva inspiración de decirle fuerte y al oído: «Tío Solanito, no quedó pan de ayer porque el resto me lo pidió la vecina Francisca y se lo comió delante de mí: no desperdició ni una miga. Aquí está el de hoy, oloroso y caliente todavía». Se lo puso en la mano y llevóle ésta a la cara para que lo oliera. Se despejó Solano; mordió con ansia el pan.
Se puede, sin ser avaro, no encontrar el modo de resolverse a comer del pan del día habiendo quedado del de ayer. Puede crearse en el hábito mental una inhibición tan fuerte como un candado, una parálisis o un rinoceronte interpuesto entre nuestro pan del día y nuestro acto de asirlo y llevarlo a la boca.
Y por otra parte el vivo placer del aroma de un pan nuevo caliente y el sabor de su mordedura tienen el mayor poder que existe de vitalizar, la mayor simpatía, intimidad entre Cosa y Vida.
Capítulo II. (Retrospectivo.) El modo de las dificultades.
21 años sin comer pan del día teniéndolo y apeteciéndolo.
Se explica, sin que queden motivos para asombrarse
Hacía más de 21 años que no saboreaba pan fresco. Que alguno comiera el resto de ayer lo conformaba; nunca que se «tirara». Pero vivía solo; su sobrina lo visitaba a hora del día en que no apetecía pan y tampoco hubiera aprobado que comiera el resto sin deseo, porque él podía aún tomarlo antes de acostarse. En la rectitud en que gustaba vivir le sonaba mal el recurso de hacer aprovechar por otro el sobrante para poder él gozar del pan del día siguiente; a menos, que fuera su sobrina que se lo comiera y había de ser con ganas. Las cosas se tejen así; sencillo hubiera sido que cerca de Solano Reyes algún chico pudiera comer con placer el pan sobrante; o que la sobrina no debiera trabajar a la hora en que tenía apetito y lo satisfacía lejos de su tío, o que cuando a la tarde lo visitaba deseara pan y no golosinas o un té bebido.
«Además, tío, ahora a mí todos los días me vienen ganas de comer pan a la tarde.» Así que el agonizante contó con quien se comiera los restos de pan de cada día, con lo que se aniquilaba el Rinoceronte; se le quitaba, con la espontaneidad así expresada por la sobrina, la preocupación de aceptar una solución artificialísima; él no aprobaba una imposibilidad de quedar resto de pan que significara un problema evadido y no resuelto.
Una vez que contó con que la sobrina tendría siempre ganas de pan a la hora en que lo visitaba, se dio a sí mismo por eterno. Su eternidad asegurada sólo flaqueaba bajo el aspecto de que podía morir la sobrina. Él daría su vida por su sobrina y le interesaba más asegurar la eternidad de ella que la propia. La condición de eternidad en sí mismo la había descubierto, ¿cuál era la condición de eternidad de su sobrina? Esto le quedaba por resolver. No le interesaba su vida por depender de la existencia de su sobrina la eternidad propia. Lo que quiere por ahora únicamente es saber cómo están hechos el alma y el cuerpo de su sobrina, de qué depende su eternidad o su morir. Y cuál es, en caso eventual, el modo resucitante que habría que descubrirle en la triste hipótesis de caer en estado agónico y muerte comenzada. ¿Padece ella algún tema paralizante como él con el pan de ayer?
Ahora que gusta todos los días alimento oloroso y tibio, quizá tendrá problemas sin respuesta pronta pero nada que lo mate si no se lo estorba el terrible evento de morir su sobrina.
Cualquiera dirá que soy un autor que resuelve muy fácilmente las más inextricables cuestiones y sigue escribiendo como si el lector debiera y pudiera acomodarse a ver inmediatamente claras las menudeadas soluciones a asuntos tremendos de la misteriosa vida.
No soy tan despreocupado. Sólo que omití anticipar al lector que daría entera explicación de toda idea y aserto en cuestiones que reconozco profundas. Déjeme pacientemente, pues, proseguir con la narrativa. Pero antes, quizá retrocediendo, el
Capítulo III. De las hipótesis
Acaso la tristeza de que si come el pan del día alguien quede sin aprovechar el de ayer; o acaso el apagamiento de la edad que hace el temor de quedar sin pan que impulsa a guardar el fresco de hoy hasta no hallarse agotado el anterior. Acaso la abulia de la vejez, para la que a veces pedir un pan es esfuerzo demasiado grande.
Capítulo IV. Paréntesis para el Rinoceronte
He aquí que la vida de la sobrina depende de dos cosas: 1) que ningún cuentista la nombre. (el lector, creo, se conformará fácilmente con esta fácil omisión del nombre de la sobrina en esta novela de un tío en obsequio de su eternidad en ella) y 2) -lo que ya se comprende que descubrió muy fatigosamente y después de mucho tiempo don Solano-: que las pinchaduras de aguja tenían que hacer con la no eternidad de la sobrina, en tanto que el dedicarse todas las mañanas a coser era esencial a su eternidad. Moriría si dejaba de coser, pero también moriría si cosiendo padecía más de un pinchazo de aguja por semana.
Cuando estas dos hondas percepciones se posesionaron de su mente en la fatigosa meditación, tras indagaciones y experimentos del nombrado tío de la sobrina sin nombrar, he aquí que don Solano vivía temblando hora por hora de todas las mañanas cosidas por la sobrina. ¿Cómo asegurar que cosería todas las mañanas y que no sufriría más de una pinchadura por semana?
Un lector que espera entre las páginas últimas de mi cuento leer las dos grandiosas explicaciones que ha prometido el autor para el poder letal de la pinchadura de aguja y la ingestión de pan viejo (y el poder resucital del aroma del pan del día y de su ingestión), no tiene por qué temblar, aunque pueda impacientarse e, irreverente, se diga a sí mismo a cada momento: ¿cuándo este buen hombre entrará a explicar sus teorías para la eternidad de una persona humana y deja de hablarnos de un tío y una sobrina? Pero esta impaciencia del lector no puede compararse al incurable temblor constante de un tío que acaba de descubrir definitivamente los dos difíciles pero seguros requisitos de la eternidad de su sobrina, a cuyas ganas de comer pan por la tarde debe él su propia eternidad y a cuya genial invención de aproximarse con un pan oloroso, tibio, al cuerpo de un recién muerto le procuró una resurrección suficiente, aunque una sola, para eterno vivir bajo ciertas condiciones. Y digo suficiente aunque una sola porque he olvidado especificar que la magia del pan fragante del día es para una sola resurrección.
Capítulo V. En que la muerte puede no existir, o capítulo que puede verificar un Congreso Científico ad-hoc
La muerte no es fatal; y, como el mundo no se extingue aunque se ejercite y luche por ser cada día, así la vida puede gastarse y crearse, sin minusvalía, dentro de la misma figura individual. El doctor Carrell, sabio Nobel, admite que la plegaria pro-salud de alguien, aun sin participación activa ni pasiva del beneficiario, puede restituir la salud de un enfermo grave; ¿por qué no admitir un efecto semejante para la presencia de un pan en manos de una solícita sobrina?
Se le puede llamar milagro o se le puede llamar naturaleza; el doctor Carrell no necesita refutar el capítulo de Hume contra las excepciones a la vigencia de leyes inmutables, ni invocar a un escamoteador pasajero de estas leyes o un desgano del Orden del Mundo: el sabio comprueba y, aunque no lo ha hecho, puede reconstruir la serie secuencial que partiendo del pensamiento o fe de una persona epiloga en la restauración de procesos viscerales en otra, ausente física o psíquicamente. El doctor Carrell debe saber que una sensación o sensación-emoción (la del pan fresco) sumada a otra emoción (la noticia, para Reyes, de que su sobrina tiene ahora todos los días apetito de pan a la hora de sus visitas; emoción derogatoria de una inhibición candado o rinoceronte), puede producir efectos orgánicos, como produce toda emoción y sabe cualquier manual de psicología; cuyos trastornos, a su vez, en el caso de estas emociones muy serias, pueden modificar totalmente procesos anatómicos o fisiológicos, restaurar tejidos, desvanecer efectos traumáticos... (Una orden incondicional de un médico cura a una histérica que jura que no ve y en efecto no ve, a pesar de la sanidad de sus ojos, nervios y centros corticales.) A veces un levísimo accidente, un aneurisma, vuelca para siempre a un hombre, que no registra traza visible de mal orgánico alguno; a veces una pequeña infección puede lo mismo. Pero a veces -y tantas veces como infartos y ostiomielitis- ocurren accidentes positivos y la sensación de un vino o la presencia de un pariente, o una noticia, rejuvenecen en 40 años a un alma y un cuerpo, lo que equivale a un re-nacimiento absoluto aunque por economía u otras causas se aproveche para esta natalidad la forma viviente que ya existía. Todo esto puede ser corroborado por cualquier congreso científico que se convoque para estudiar el caso de Solano Reyes.
O sea: la vida no va hacia la muerte; la vida está en un equilibrio y a veces va hacia la vejez y a veces hacia la niñez (a veces, en un baobab, alcanza duraciones que cuarenta generaciones de hombres no alcanzan a medir). Así se observa en un examen imparcial sin sugestionarse por la aparencialidad. Se me ocurre aún recordar que una emoción puede madurar instantáneamente si no el embrión sí su momento de cambiar de cosmos (matriz a mundo exterior): un susto en la madre puede significar la muerte, o el nacimiento «prematuro», pero también la revitalidad de un embrión que estaba por perderse.
No necesito como autor, pues, darle vivos de posibilidad a la resurrección de don Solano y a la eternidad de su sobrina: los tienen. Sólo quiero resumir estos hechos:
a) La posibilidad de resurrección, ya autorizada por muchas reacciones de la vida -todos los despertares de cada día, la vuelta del desmayo, la recuperación de la catalepsia- se afirma. La reacción del olor sabroso despertando la actividad apetitiva y luego, con su sabor, la digestión, bastaría si no para eternizar al menos para detener el proceso de la muerte, alargar la vida por mucho tiempo. Una taza de té caliente y perfumado, una taza de caldo, pueden hacer vivir y reanimar; toda apetencia anuncia una reanimación de la fisiología general y todo lo que sea apetito puede reanimar de la muerte. Quizás ésta pueda definirse en términos del «no desear». (La muerte empieza siempre, es decir está siempre empezada, pero pudiera decirse correspondientemente, sin audacia biológica: la renatalidad comienza siempre, es decir, está siempre empezada en cualquier ser viviente.)
b) Una pinchadura de aguja, en persona cuyo oficio es coser, tan ingrata cuando el dedo está dolorido por otras, es tan irritante que bien puede tener el significado de, al no ocurrir, dar la eternidad, dejar a la vida vivir; y, por mucho ocurrir, dar la muerte. La sensación acumulativa puede orgánicamente generar un cáncer y biopsíquicamente la muerte.
Capítulo VI De tranquilidad para el lector
Para dejar concluido y tranquilizado el relato, conste que se convino y se cumplió entre tío y sobrina: 1) que la sobrina tendría siempre ganas de comer pan al final de la tarde, es decir, al momento en que ya no come don Solano y se desliza entre sábanas, estipulación que en su integridad era necesaria porque recuérdese que no bastaba para los santos escrúpulos de don Solano que la sobrina comiera y con ganas el resto del pan sino que lo hiciera también cuando él ya no habría de tomar alimento hasta el siguiente día; 2) que la sobrina trabajaría con agujas embotadas; romas, y que el coser no lo dejaría ninguna mañana.
Pero faltaba una cláusula, y en ésta había que contar con la honradez y el inconmovible espíritu de solidaridad de un autor de cuentos con la eternización de las vidas.
Por tanto, yo, autor, debí suscribir, y lo hice con mucho gusto, el compromiso de no-nombrada en este cuento jamás, como recordará el lector que era condición de su eternidad.
Lo que les quedará de difícil a los dos parientes envidiablemente eternos, ahora, es atajar que ningún otro cuentista, encantado con este cuento (he aquí lo malo que pueden tener los cuentos que encantan) quisiera tratar en otro algún nuevo aspecto, todos tan interesantes, de la vida de aquella sobrina, y descubriera su nombre y lo estampara gozoso.
Nosotros, autores efímeros, colaboramos gratuitamente en la eternidad de ajenas personas, sin que nos asalte la mala gana de deseternizar, siquiera por un impulso de resquemor, de inferioridad, a otras personas cuya eternidad depende de nosotros y las que probablemente no han pensado, ni les pesará nunca, dejar atrás por siglos al cuentista muerto.
Y bien, queridos lectores, no nos asombremos. En todos los oficios hay en el mundo gente buena. Y da la sorprendente casualidad que yo soy uno de los buenos.
Había una vez un rey que vivía en la carretera del Tíbet, millas adentro del Himalaya. Su reino estaba a once mil pies del suelo y tenía exactamente cuatro millas cuadradas, pero la mayoría de estas millas eran verticales debido a la naturaleza del país. Sus rentas ascendían a algo menos de cuatrocientas libras al año y se gastaban en el mantenimiento de un elefante y de un ejército permanente de cinco hombres. Era tributario del Gobierno de la India, que le permitía ciertas sumas a cambio de preparar una sección de la carretera entre el Tíbet y el Himalaya. Incrementaba aún más sus rentas con la venta de madera a las compañías del ferrocarril, porque talaba los grandes árboles deodar en su única selva, y estos caían atronando al río Sutlej y eran arrastrados hasta las llanuras, trescientas millas más abajo, y se convertían en traviesas de ferrocarril y coches––cama. De vez en cuando, este Rey, cuyo nombre no tiene importancia, montaba un caballo de pelaje anillado y cabalgaba decenas de millas hasta la ciudad de Simia para conferenciar con el Vicegobernador sobre asuntos de Estado, o para asegurar al virrey que su espada estaba al servicio de la Reina––Emperatriz. Entonces el Virrey hacía que tocaran un redoble de tambor y el caballo de pelaje anillado, junto con la caballería del Estado ––dos hombres harapientos –– y el heraldo que llevaba el bastón de plata que precedía al Rey, emprendían al trote el camino de vuelta a su Estado, que se encontraba entre el pie de un glaciar que subía hasta el cielo y un oscuro bosque de abedules.
Debo decir que de un rey así, capaz de recordar siempre que tenía un elefante verdadero y cuyos antepasados se remontaban a mil doscientos años atrás, yo esperaba, cuando el destino me llevó a vagar por sus dominios, nada más que la simple licencia de vivir.
Había caído la noche entre la lluvia y las nubes precipitadas borraban las luces de los pueblos del valle. A cuarenta millas, sin merma de nube o tormenta, el hombre blanco del Donga Pa ––la montaña del Consejo de los Dioses sostenía la estrella vespertina. Los monos se arrullaban tristemente unos a otros mientras buscaban lugares secos donde dormir en los árboles enguirnaldados de helechos, y la última bocanada de viento del día traía de los pueblos invisibles el olor del humo húmedo de la leña quemada y de pasteles calientes, de la maleza que goteaba y de las piñas que se pudrían. Ése es el verdadero olor del Himalaya y, si se adentra una vez en la sangre del hombre, ese hombre, al final, se olvidará de todo lo demás y volverá a las montañas a morir. Las nubes se cerraron y el olor desapareció, y no quedó nada en el mundo salvo la fría neblina blanca y el estruendo del río Sutlej que corría abajo, por el valle. Un cordero de gruesa cola, que no quería morir, balaba patéticamente a la puerta de mi tienda. El cordero forcejeaba con el Primer Ministro y el Director General de Educación Pública y era un regalo real para mí y para mis sirvientes del campamento. Expresé mi reconocimiento como era debido y pregunté si podía tener una audiencia con el Rey. El Primer Ministro se reajustó el turbante, que se le había caído en la lucha, y me aseguró que el Rey estaría muy complacido en recibirme. Por lo tanto, envié dos botellas como aperitivo, y cuando el cordero hubo entrado en otra reencarnación me fui al palacio del Rey a través de la llovizna. Me había enviado su ejército de escolta, pero el ejército se quedó a hablar con mi cocinero. Los soldados son muy parecidos en todo el mundo.
El palacio era una casa de madera y adobe encalado de cuatro habitaciones, la mejor de las montañas en una jornada de viaje a la redonda. El Rey estaba vestido con una chaqueta de terciopelo morada, pantalones de muselina blanca y un rico turbante de color azafrán. Me concedió audiencia en una pequeña habitación alfombrada que se abría al patio del palacio, morada del Elefante del Estado. El gran animal estaba cubierto y sujeto de la cabeza a los pies, y la curva de su trasero surgía grandiosa contra la niebla.
El Primer Ministro y el Director General de Educación Pública estaban allí para presentarme, pero habían despachado al resto de la Corte, no fuera a ser que las dos botellas anteriormente mencionadas pudieran corromper su moral. El Rey me puso una guirnalda de flores muy olorosas en el cuello mientras me inclinaba a saludarle, y me preguntó cómo mi honrada presencia tenía la felicidad de encontrarse. Yo dije que al ver su auspicioso semblante las nieblas de la noche se habían transformado en rayos de sol, y que, debido a la benéfica influencia de su cordero, sus buenas obras serían recordadas por los dioses. Él dijo que ya que yo había puesto mi magnífico pie en su reino, la cosecha daría probablemente un setenta por ciento más de lo habitual. Le dije que la fama del Rey había alcanzado los cuatro puntos cardinales y que las naciones rechinaban sus dientes cuando oían a diario las glorias de su reino y la sabiduría de su Primer Ministro, semejante a la luna, y la del Director General de Educación Pública, semejante al loto.
Y entonces nos sentamos en limpios cojines blancos; yo, a la derecha del Rey. Tres minutos después me estaba contando que el estado de la cosecha del maíz era desastroso y que las compañías de ferrocarril no le pagaban bastante por su madera. La conversación pasaba de una cosa a otra con las botellas, y el Rey me hizo confidencias acerca del Gobierno en general. Sobre todo insistía en los defectos de uno de sus súbditos, quien, por lo que yo pude colegir, estaba paralizando al ejecutivo.
–– En los viejos tiempos ––dijo el Rey–– podía haber ordenado que ese elefante le pisoteara hasta matarlo. Ahora tengo que enviarlo a setenta millas al otro lado de las montañas para que lo juzguen, y su mantenimiento correrá a cargo del Estado. El elefante se lo come todo.
–– ¿Y cuáles son los crímenes de ese hombre, sahib Rajá? ––dije.
–– En primer lugar, es un extranjero y no uno de los míos. En segundo lugar, dado que, por gracia, le concedí tierras cuando llegó aquí por primera vez, ahora se niega a pagar las rentas. ¿No soy yo el señor de la tierra, de su superficie y de sus entradas, con derecho, por ley y costumbre, a un octavo de la cosecha? Y sin embargo, este demonio se establece, se niega a pagar un solo impuesto y engendra una camada venenosa de niños.
–– Mételo en la cárcel –– dije yo.
–– Sahib ––contestó el Rey, cambiando de postura entre los cojines––, una vez, una sola vez en estos cuarenta años me visitó la enfermedad y me vi imposibilitado de viajar y salir. En aquella hora hice un voto ante mi dios: que nunca más separaría a hombre o mujer de la luz del sol o del aire del dios; porque me di cuenta de la naturaleza del castigo. ¿Cómo voy a romper mi juramento? Si fuera tan sólo cosa de cortar una mano o un pie no demoraría mi decisión. Pero incluso eso es imposible, ahora que mandan los ingleses. Uno u otro de los míos ––y lanzó una mirada oblicua al Director General de Educación Pública–– escribiría inmediatamente una carta al Virrey y quizá me vería privado de mi redoble de tambor.
Desatornilló la boquilla de plata de su pipa de agua y le puso una de ámbar, tras lo cual me pasó la pipa.
–– No contento con negarse a pagar las rentas de su cosecha ––continuó–– ese extranjero se niega también al begar (esto es el trabajo forzado en las carreteras) e incita a mis hombres a que cometan traición semejante, y sin embargo, cuando quiere, es un experto leñador. No hay nadie mejor ni más osado entre mi gente a la hora de desbloquear el río cuando los maderos se han quedado agarrados y no hay forma de moverlos.
Pero adora a dioses extraños ––dijo el Primer Ministro con deferencia.
–– Eso no importa ––dijo el Rey, que era tan tolerante como Akbar en materias de fe ––. A cada hombre su dios, y el fuego de la Madre Tierra para todos nosotros, al fin. Es su rebeldía lo que me ofende.
–– El Rey tiene un ejército ––sugerí––. ¿No le ha quemado la casa el Rey y le ha dejado desnudo y expuesto a los rocíos de la noche?
–– No, una cabaña es una cabaña, y sostiene la vida de un hombre. Pero en una ocasión le envié el ejército cuando sus excusas me estaban ya cansando: les rompió la cabeza a tres de ellos con un palo. Los otros dos hombres huyeron corriendo. Además las armas no funcionaron.
Yo había visto el equipo de la infantería. Un tercio del mismo consistía en un viejo cacharro para matar aves, que se cargaba por la boca, con un agujero oxidado donde debía haber estado la chimenea; otro tercio era un mosquete viejo unido con un alambre y provisto de una culata carcomida por los gusanos, y el último tercio, un rifle para cazar patos del calibre cuatro, sin pedernal.
Pero hay que recordar ––dijo el Rey, extendiendo la mano para alcanzar la botella–– que es un experto leñador y un hombre alegre. ¿Qué haremos con él, sahib?
Aquello era interesante. Para los tímidos paisanos de las montañas, negarse a pagar sus impuestos al Rey era como negarles las rentas a sus dioses.
–– Si el Rey me concede el permiso ––dije–– no levantaré mis tiendas hasta dentro de tres días e iré a ver a ese hombre. La misericordia del Rey se asemeja a la misericordia divina, y la rebeldía es como el pecado de brujería. Además ambas botellas y otra más están vacías.
–– Tienes mi permiso para ir ––dijo el Rey.
A la mañana siguiente, un pregonero recorrió el Estado proclamando que había un embotellamiento de troncos en el río y que incumbía a todos los súbditos leales el solucionarlo. La gente acudió desde sus pueblos hasta el cálido y húmedo valle de campos de amapolas, y el Rey y yo fuimos con ellos. Cientos de troncos de deodar talados se arremolinaban en torno a un saliente de una roca, y el río arrastraba más troncos a cada minuto, con lo que el bloqueo se completaba. El agua gruñía, se retorcía y sacudía alrededor de la madera, y la población del Estado comenzó a empujar los troncos más cercanos con la esperanza de iniciar un movimiento que arrastrara a todos los demás. Y entonces se oyó un grito: « ¡Namgay Doola! ¡Namgay Doola! », y un aldeano grande, de pelo rojo, se acercó a toda prisa, quitándose la ropa mientras corría.
–– Ése es. Ése es el rebelde ––dijo el Rey––. Ahora despejará el embalse.
–– Pero ¿por qué tiene el pelo rojo? ––pregunté, ya que el pelo rojo es tan raro entre los montañeses como el azul o el verde.
–– Es un extranjero ––dijo el Rey––. ¡Bien hecho! ¡Oh, bien hecho!
Namgay Doola había trepado al centro del amontonamiento y con una especie de bichero muy rudimentario pinchó el extremo de un tronco. Se deslizó despacio hacia delante, con la lentitud de movimientos de un caimán, y le siguieron tres o cuatro troncos y el agua verde empezó a salir a chorro por los vacíos que habían dejado. Y entonces los del pueblo aullaron y gritaron y treparon a los troncos, empujando y tirando de la obsti-nada madera, y la cabeza roja de Namgay Doola era la más visible de todas. Los troncos se movían y se golpeaban unos contra otros y crujían a medida que nuevos envíos de río arriba golpeaban el remanso que iba desapareciendo. Por fin todos cedieron en un vértigo de espuma, troncos que corrían, cabezas negras que subían y bajaban y una confusión indescriptible. El río se llevaba todo consigo. Vi la cabeza roja hundirse con los últimos restos del boqueo y desaparecer entre los enormes, trituradores de troncos de árbol. Apareció de nuevo junto a la orilla, soplando como una orca. Namgay Doola se quitó el agua de los ojos e hizo una reverencia al Rey. Tuve tiempo de observarle de cerca. El rojo virulento de su cabeza y de su barba eran de lo más sorprendente, y en el bosquecillo de pelo rizado sobre unos pómulos salientes brillaba un par de ojos azule bien alegres. Desde luego que era extranjero, y, con todo, un tibetano en lenguaje, vestido y aspecto. Hablaba el dialecto lepcha con una indescriptible suavización de las guturales. No era tanto un deje como un acento.
–– ¿De dónde procedes? ––le pregunté.
–– Del Tíbet ––y señaló al otro lado de las montañas, sonriendo.
Esa sonrisa me llegó al corazón. Mecánicamente, le di la mano y Namgay Doola me la estrechó. Ningún tibetano puro hubiera entendido el significado de aquel gesto. Fue a buscar su ropa, y cuando subía hasta su pueblo oí un grito de alegría que me pareció inexplicablemente familiar. Era el grito de Namgay Doola.
–– Ya ves ahora ––dijo el Rey–– por qué no lo mato. Es un hombre intrépido con mis troncos, pero ––y sacudió la cabeza como un maestro de escuela–– sé que dentro de nada habrá quejas contra él en la Corte. Volvamos a palacio a hacer justicia.
El Rey tenía la costumbre de juzgar a sus súbditos diariamente entre las once y las tres. Le vi decidir con ecuanimidad en asuntos importantes de apropiación indebida, difamación, y un adulterio de poca monta. Después frunció el ceño y me llamó.
–– De nuevo se trata de Namgay Doola ––dijo con desesperación––. No contento con negarse a pagar los impuestos que le corresponden, ha conseguido que medio pueblo se juramente para hacer la misma traición. ¡Nunca me había ocurrido una cosa así! Tampoco es que mis impuestos sean demasiado elevados.
Un campesino de cara de conejo, con un golpe gris rojizo detrás de la oreja, se adelantó temblando. Había tomado parte en la conspiración, pero lo había confesado todo y esperaba el favor real.
–– Oh, Rey dije yo––. Que la voluntad del Rey permita que este asunto quede así hasta mañana. Sólo los dioses pueden actuar correctamente con celeridad, y quizá el campesino haya mentido.
–– No, porque yo conozco la naturaleza de Namgay Doola; pero, ya que un invitado lo pide, dejemos el asunto. Hablarás con dureza a este extranjero pelirrojo. Quizá te escuche a ti.
Hice un intento aquella misma noche, pero por mi vida que no pude mantenerme serio. Namgay Doola sonreía de forma muy persuasiva y empezó a contarme una historia de un gran oso pardo en un campo de amapolas junto al río. ¿Me gustaría ir a cazarlo? Hablé con austeridad del pecado de conspiración y de la certidumbre del castigo. El rostro de Namgay Doola se ensombreció por un momento. Poco después se retiró de mi tienda y le oí cantar para sí mismo bajo los pinos. Las palabras me resultaban ininteligibles, pero la melodía, como su insinuante acento límpido, me parecieron el fantasma de algo extrañamente familiar:
Dir hané mard––y––yemen dir
To weeree ala gee.
Así cantaba Namgay Doola una y otra vez, y yo me devanaba los sesos en torno a la melodía olvidada. Sólo después de cenar descubrí que alguien había recortado un pie cuadrado de terciopelo del centro de mi mejor paño para tapar la cámara fotográfica. Esto me irritó tanto que deambulé por el valle a la espera de encontrarme con el gran oso pardo. Le oía gruñir como un cerdo insatisfecho en el campo de amapolas, y le esperé hundido hasta el hombro en el maíz indio chorreante de rocío para cogerle justo después que hubiera comido. La luna llena sacaba el máximo aroma del grano. Y entonces oí el mugido angustiado de una vaca del Himalaya, una de esas pequeñas vaquillas negras de cuernos rugosos, no más grande que un perro terranova. Dos sombras que parecían un oso y su cría pasaron corriendo por delante de mí. Estaba a punto de hacer fuego cuando vi que cada una de ellas tenía una cabeza rojo brillante. El animal más pequeño arrastraba un trozo de cuerda que dejaba una huella oscura en la senda. Pasaron a diez pies de mí y la sombra de la luna arrojaba terciopelo negro sobre sus rostros. Terciopelo negro era la palabra exacta porque, ¡por todos los poderes de la luna, iban enmascarados con el terciopelo del paño de mi cámara fotográfica!. Me sentí maravillado y me fui a la cama.
A la mañana siguiente, el reino estaba alborotado. Namgay Doola, decían los hombres, había ido por la noche y con un cuchillo afilado le había cortado el rabo a una vaca que pertenecía al campesino de cara de conejo que le había traicionado. Era un sacrilegio incalificable contra la Vaca Sagrada. El Estado deseaba su sangré, pero él se había retirado a su cabaña, había levantado una barricada de grandes piedras ante puertas y ventanas y desafiaba al mundo.
El Rey, yo y el populacho nos acercamos a la cabaña con cautela. No había esperanza alguna de capturar al hombre sin pérdida de vida humanas, porque de un agujero de la pared sobresalía el cañón de una escopeta extremadamente bien cuidada, la única arma en todo el Estado que estaba en condiciones de disparar. Nomgay Doola había errado por muy poco un tiro contra un campesino justo antes que llegáramos nosotros. El ejército permanente permanecía allí. No podía hacer más porque, en cuanto avanzaba, agudos trozos de esquisto volaban desde las ventanas. A ellos se añadían de cuando en cuando duchas de agua hirviente. Vimos unas cabezas rojas saltando dentro de la cabaña. Vimos unas cabezas rojas saltando dentro de la cabaña. La familia de Namgay Doola estaba ayudando a su señor, y unos gritos de desafío que nos cuajaban la sangre eran la única respuesta a nuestras oraciones.
–– Nunca ––dijo el Rey entre bufidos–– había sucedido una cosas así en mi Estado. El año que viene voy a comprar, con toda seguridad, un cañón pequeño ––me miraba implorante.
¿Hay algún sacerdote en el reino a quién esté dispuesto a escuchar? ––dije yo, porque en mí comenzaba a hacerse una luz.
Adora a su propio dios ––dijo el Primer Ministro––. Podemos hacerle morir de hambre.
–– Dejad que el hombre blanco se acerque ––dijo Namgay Doola desde dentro––. A todos los demás los mataré. Enviadme al hombre blanco.
Se abrió la puerta y entré en el interior ahumado de una cabaña tibetana repleta de niños. Y cada uno de los niños tenía un pelo rojo llameante. El rabo crudo de una vaca estaba en el suelo y, a su lado, dos trozos de terciopelo negro ––mi terciopelo negro ^–– toscamente cortados en forma de máscara.
–– ¿Qué es esta vergüenza, Namgay Doola? –– dije.
Sonrió más convincente que nunca.
–– No hay ninguna vergüenza ––dijo––. No hice más que cortarle la cola a la vaca de aquel hombre. Él me traicionó. Tenía la intención de pegarle un tiro, sahib, pero no a matar. Sólo a las piernas.
–– ¿Y por qué, si es la costumbre pagar diezmos al Rey? ¿Por qué?
–– Por el dios de mi padre que no sabría decirlo ––dijo Namgay Doola.
–– ¿Y quién era tu padre?
–– El dueño de este rifle ––y me enseñó su arma, un mosquetón Torre que llevaba fecha de 1832, y el sello de la honorable Compañía de las Indias Orientales.
–– ¿Y cómo se llamaba tu padre? ––dije yo.
–– Timlay Doola ––dijo––. Al principio, yo era sólo un niño pequeño, pero creo recordar que llevaba una casaca roja.
–– De eso no tengo la más mínima duda. Pero reptie el nombre de tu padre tres o cuatro veces.
Obedeció, y entendía de dónde procedía el extraño acento con el que hablaba.
–– Thimla Dhula ––decía excitado––; hasta este momento he adorado a su dios.
–– ¿Puedo ver a ese dios?
–– Dentro de un rato, al anochecer.
–– ¿Recuerdas algo de la lengua de tu padre?
–– Hace mucho tiempo. Pero hay una palabra que repetía con frecuencia: Shun. Y entonces mis hermanos y yo nos poníamos de pie con los brazos pegados al cuerpo, así.
–– Ya. ¿Y quién era tu madre?
–– Una mujer de las montañas. Nosotros somos lepchas de Darjeeling, pero a mí me llaman extranjero por este pelo que tú ves.
La mujer tibetana, su esposa, le tocó dulcemente en el brazo. El largo parlamento en el exterior del fuerte se había prolongado mucho. Era ya cerca del anochecer…, la hora del Ángelus. Con gran solemnidad, los chiquillos pelirrojos se levantaron del suelo y formaron un semicírculo. Namgay Doola apoyó su rifle contra la pared, encendió una lamparilla de aceite y la colocó delante de un hueco de la pared. Corriendo una cortina de paño sucio dejó al descubierto un gastado crucifijo de cobre apoyado sobre la insignia de un casco de un regimiento de la India Oriental, hace tiempo olvidado.
–– Así hacía mi padre ––dijo, haciendo torpemente la señal de la cruz.
La mujer y los hijos le imitaron. Y luego, todos a la vez, entonaron el cántico quejumbroso que yo había oído junto a la montaña:
Dir hané mard y yerren dir
To weeree ala gee.
Mi perplejidad desapareció. Una y otra vez canturrearon, como si ello les fuera la vida, su versión del coro de «Wearing of the Green»:
Cuelgan a hombres y también a mujeres
por ir vestidos de verde.
Tuve una inspiración diabólica. Uno de los chavales, un niño de unos ocho años, no dejaba de mirarme mientras cantaba. Saqué una rupia y la sostuve entre el pulgar y el índice, mirando, sólo mirando, el arma apoyada en la pared. Una sonrisa de entendimiento perfecto y brillante se apoderó del rostro del chiquillo. Sin dejar por un momento de cantar, extendió la mano para que le diera el dinero y a continuación me deslizó el arma en la mano. Hubiera podido matar a Namgay Doola mientras cantaba. Pero me consideré satisfecho. El instinto sangriento de la raza había respondido. Namgay Doola corrió la cortina delante del hueco. El Ángelus había acabado.
–– Así cantaba mi padre. Era mucho más largo, pero lo he olvidado, y no conozco el significado de esas palabras, pero quizá Dios las entienda. Yo no pertenezco a ese pueblo y no voy a pagar impuestos.
–– ¿Y porqué?
Y de nuevo aquella sonrisa que te llegaba al alma.
–– ¿En qué me iba a ocupar entre cosecha y cosecha? Es mejor que asustar a los osos. Pero esa gente no lo entiende.
Cogió las máscaras del suelo y me miró a la cara con la sencillez de un niño.
–– ¿Por qué medios adquiriste el conocimiento para hacer estas diabluras? ––dije, señalándole las máscaras.
–– No sabría decirlo. No soy sino un lepcha de Darjeeling y sin embargo, esa tela…
–– Que has robado.
–– Sí, cierto. ¿La robé? Me apetecía tanto. La tela…, la tela…, ¿qué otra cosa podía hacer con esa tela? ––y retorcía el terciopelo entre las manos.
Pero el pecado de mutilar la vaca, ¿has pensado en eso?
–– Eso es verdad, pero, sahib, ese hombre me traicionó y yo no había pensado…, pero la cola de la vaca se movía a la luz de la luna y yo llevaba el cuchillo. ¿Qué otra cosa podía hacer? La cola se desprendió antes que me diese cuenta, sahib, tú sabes más que yo.
–– En eso tienes razón ––dije yo––. No salgas. Voy a hablar con el Rey.
Toda la población del Estado estaba desplegada por la ladera de la montaña. Yo fui directamente a hablar con el Rey.
–– Oh, Rey ––dije––, por lo que concierne a ese hombre hay dos caminos abiertos a tu sabiduría. Puedes colgarle de un árbol, a él y a su descendencia hasta que no quede ni un pelo rojo en esta tierra.
–– No ––dijo el Rey––. ¿Por qué iba a hacer daño a los niños?
Habían salido de la cabaña y hacían reverencias a todo el mundo. Namgay Doola esperaba, con su rifle cruzado en el pecho.
–– O puedes, sin prestar atención a la impiedad cometida contra la vaca, concederla una posición de honor dentro de tu ejército. Proviene de una raza que no paga sus diezmos. Hay una llama roja en su sangre que surge en su cabeza en ese pelo brillante. Hazle jefe del ejército. Dale todos los honores que consideres oportunos, y autorización para que desempeñe todo tipo de trabajos, pero ten buen cuidado, oh Rey, de que ni él ni su prole se adueñen de un pie de tierra tuya de aquí en adelante. Aliméntale con palabras y favores, y también con alcohol de ciertas botellas que tú conoces, y será un bastión defensivo. Pero niégale hasta la mínima brizna de tu hierba. Ésa es la naturaleza que Dios le ha dado. Además tiene hermanos…
El Estado gruñó al unísono.
–– Pero si sus hermanos vienen, con toda seguridad lucharán entre sí hasta morir; o si no, siempre habrá uno que informe acerca de los otros. ¿Lo incorporarás a tu ejército, Rey? Elige.
El Rey asintió con la cabeza y yo dije:
Adelántate, Namgay Doola, y toma el mando del ejército del Rey. Tu nombre ya no será Namgay en boca de los hombres sino Patsay Doola, porque, como tú bien dices, yo sé lo que hago.
Namgay Doola, ahora rebautizado Patsay Doola, hijo de Timlay Doola, que es Tim Doolan muy mal pronunciado, por cierto, abrazó los pies del Rey, abofeteó al ejército permanente y corrió de templo en templo en una agonía de contrición, haciendo ofrendas por su falta de mutilar ganado.
Y el Rey estaba tan contento con mi perspicacia que me ofreció venderme uno de sus pueblos por veinte libras esterlinas. Pero yo no compro pueblos en el Himalaya mientras haya una cabeza roja brillando entre las estribaciones del glaciar que sube al cielo y un oscuro bosque de abedules.
Ésta era una mujer que se encontró una vez en un bosque y fue acosada por todos los animales, que querían devorarla; hasta que apareció el león, que la protegió y la acompañó hasta su casa.
Una vez en su casa oyó el león que la mujer decía a su marido:
-Marido mío, si no hubiera sido por un león me habrían devorado los animales. Lástima que su boca exhale un olor insoportable.
Entonces el león llamó a la puerta y dijo a la mujer:
-Toma este hacha y dame un fuerte golpe en la cabeza.
Al principio la mujer no quiso acceder a su ruego, pero acabó por satisfacer sus deseos. Entonces el león se fue sangrando.
Al cabo de un año regresó y esperó a que aquella mujer pasara por el bosque, y le dijo:
-¿Ves cómo la herida producida por el hachazo ha sanado?
Sutileza de una condesa para darse placer con los hombres secretamente, y cómo fue descubierta
En la corte del rey Carlos -no diré cual de ellos por el honor de aquella de la que voy a hablar, a la que no quiero designar por su nombre- había una condesa de casa muy principal, pero extranjera. Y como las cosas nuevas agradan, todo el mundo miraba a esta dama a su llegada, tanto por la novedad de sus vestiduras, como por la riqueza de las mismas. Y aunque no fuera de las más hermosas, su gracia iba unida a una altivez tal que no se podía pedir más; ni tampoco a su conversación y compostura, de suerte que no hubo nadie que no temiera dirigirse a ella a excepción del rey, que la amó intensamente. Y para poder hablar con ella más privadamente, encomendó cierta misión a su marido, el conde, con lo que estuvo ausente largo tiempo, durante el cual el rey trató muy cariñosamente a su mujer.
Algunos caballeros del rey, sabiendo que su señor era bien acogido por ella, se aventuraron a hablarle, entre otros uno llamado Astillon, que era muy osado y de buenas prendas. Al principio ella lo trató con tal severidad, amenazándolo con decírselo al rey, su señor, que estuvo a punto de sentir miedo; mas, como él no acostumbraba a temer las amenazas de ningún valiente capitán, se mantuvo tranquilo e insistió tanto que ella le concedió hablar a solas, enseñándole de qué modo había de llegar a su cámara, cosa que él cumplió. Y para que el rey no tuviera sospecha alguna, le pidió licencia para emprender cierta peregrinación y salió de la corte. Pero en la primera jornada, abandonó todo su séquito y regresó por la noche para recibir lo que la condesa le había prometido; ella cumplió su promesa, así que quedó tan satisfecho que se alegró de permanecer cinco o seis días encerrado en un gabinete sin salir y viviendo sólo de alimentos reparadores. Durante los ocho días que estuvo escondido, llegó uno de sus compañeros, que se llamaba Durassier, a hacer la corte a la condesa. Ella lo trató en los mismos términos que al primer servidor: al principio con palabras ásperas y firmes, que se suavizaban cada día; y llegado el día en que despedía al primer prisionero puso a otro servidor en su lugar. Y mientras él estaba allí, otro compañero suyo, llamado Valnebon, hizo la misma tarea que los dos primeros. Y tras ellos pasaron por allí otros dos o tres, que participaron de la dulce prisión.
Esta vida duró bastante tiempo y tan astutamente llevada que los unos no sabían nada de los otros. Y aunque cada uno supiese el amor que los otros sentían por ella, no había ninguno que no pensara haber sido el único en recibir lo que había solicitado; y cada uno se burlaba de su compañero, pensando que se había quedado sin tamaño beneficio. Estando un día los caballeros antes citados en un banquete comiendo y bebiendo, dieron en hablar de las aventuras y prisiones que habían sufrido en la guerra; y Valnebon, que no resistía el ocultar tan largo tiempo la buena suerte que había tenido, empezó a decir a sus compañeros: «No sé las prisiones que habréis tenido, pero, por lo que a mí toca, y por amor a una en la que he estado, diré toda mi vida alabanzas y bondades de todas las demás; y es que pienso que no hay en el mundo placer que se asemeje al de estar prisionero.» Astillon, que había sido el primer prisionero, se imaginó a qué prisión quería referirse y le dijo: Valnebon, ¿Con qué carcelero o carcelera estuvisteis tan bien tratado, que amáis así vuestra prisión?» Y Valnebon le respondió: «Quienquiera que sea el carcelero, me agradó tanto la prisión que hubiera deseado que durara más, pues nunca estuve mejor tratado ni más contento.» Durassier, que era hombre de pocas palabras, convencido de que se hablaba de la prisión en la que había participado igual que los otros, dijo a Valnebon: «¿De qué manjares os alimentabais en esa prisión de la que tanto presumís?» «¿De qué manjares? -repitió Vanebon-. ¡El rey no los tiene ni mejores, ni más nutritivos!» «Es menester que sepa, además -dijo Durassier-, si quien os tenía prisionero os obligaba a ganaros el pan.» Valnebon, que se imaginó que habían comprendido, no pudo contener un juramento: «¡Vive Dios! ¿Acaso tuve compañeros donde pensé estar solo?» Astillon, viendo que en este debate era tan partícipe como los demás, dijo sonriendo: «Todos nos debemos al mismo señor y somos compañeros y amigos desde nuestra juventud; así que, si somos compañeros de buenas aventuras, ¡Bien que podemos reír! Mas para saber si es cierto lo que pienso, os ruego que todos me confeséis la verdad al interrogaros, pues, si nos ha sucedido lo que imagino, sería la aventura más donosa que se pudiera hallar en mil leguas.» Juraron todos decir la verdad, si era tal que no la podían negar.
Y él les dijo: «Os contaré mi fortuna y me responderéis sí o no, si la vuestra es semejante.» Todos estuvieron conformes y les dijo entonces: «Pedí licencia al rey para ir a cierto viaje.» Ellos respondieron: «¡Nosotros también! «Cuando estuve a dos leguas de la corte dejé todo mi séquito y fui a entregarme prisionero.» Ellos respondieron: «Nosotros hicimos otro tanto.» «Permanecí siete u ocho días -dijo Astillon- y dormía en un gabinete, en donde no me daban más que alimentos reparadores y los mejores manjares que nunca tomara. Y al cabo de ocho días los que me retenían me dejaron partir, mucho más débil que había llegado.» Todos juraron que les había sucedido igual. «Mi prisión -dijo Astillon- comenzó tal día y terminó tal día.» «La mía -dijo Durassier-, comenzó el mismo día que terminó la vuestra y duró hasta tal día.» Valnebon, que perdía la paciencia, empezó a jurar y dijo: «¡Por la sangre de Cristo! Por lo que veo soy el tercero cuando pensaba ser el primero y el único, porque yo entré allí tal día y salí tal día.» Los tres que estaban sentados a la mesa juraron que habían ocupado esos puestos. «Si es así -dijo Astillon-, diré entonces el estado de nuestra carcelera: es casada y su marido se halla muy lejos.» «¡Es la misma!», respondieron todos. «Entonces, para que salgamos de dudas, yo que soy el primero de la lista -dijo Astillon- seré también el primero en decir su nombre: es la señora condesa; y como era tan altiva, al ganar su amistad yo pensaba que había vencido al César.» «¡Al diablo con esa malvada, que nos ha hecho sufrir tanto por algo y considerarnos tan dichosos por haberlo logrado! ¡No ha habido nunca una mujer tan vil, porque cuando tenía en el escondrijo a uno, iba ejercitando a otro para no quedarse sin pasatiempo jamás! ¡Antes preferiría morir a que se quedara sin castigo!». Todos le preguntaron por el que creía que debía recibir y que estaban muy prestos a darle. «Me parece -contestó- que debemos decírselo al rey, nuestro señor, que la trata como a una diosa.» «No lo haremos así -dijo Astillon-, que tenemos ocasión de vengarnos de ella sin recurrir a nuestro señor. Reunámonos mañana cuando vaya ella a misa, y que cada uno de nosotros lleve una cadena de hierro al cuello; y cuando entre en la iglesia la saludaremos como se merece.»
A todos los reunidos les pareció muy buen consejo y cada uno se proveyó de una cadena de hierro. Llegada la mañana, vestidos todos de negro y con las cadenas de hierro, arrolladas al cuello a modo de collar, fueron al encuentro de la condesa, que iba a la iglesia. Al verlos vestidos de tal suerte, ella se echó a reír diciéndoles: «¿A dónde van tan doloridas gentes?» «Señora -contestó Astillon-, venimos a acompañaros como pobres esclavos prisioneros, que no hacen sino serviros.» Aparentando que no comprendía nada, le dijo la condesa: «En modo alguno sois mis prisioneros y no puedo comprender que tengáis más motivos para servirme que los demás.» Valnebon se adelantó y le respondió: «Tan largo tiempo hemos comido vuestro pan que seríamos muy ingratos si no os sirviéramos.» Ella puso cara de no comprender nada, de tal suerte que creía atemorizarlos con su severidad; pero ellos persistieron en su intención, hasta el punto de que ella comprendió que la cosa se había descubierto, por lo que buscó enseguida la forma de engañarlos. Y es que ella, que había perdido el honor y la conciencia, no quiso encajar la afrenta que pensaban hacerle, si no que -prefiriendo su placer a todos los honores del mundo- ni les puso peor cara, ni cambió de comportamiento hacia ellos, con lo que se quedaron tan sorprendidos que se tragaron la afrenta que habían deseado causarle.