jueves, 9 de julio de 2015
Volcàns de la Garrotxa
El Dios de la lluvia llora sobre México
De pronto oyóse por la parte de fuera un gran barullo y vocerío de la multitud; se oían
gritos de asombro. Todos extendían sus brazos hacia poniente...
En la
obscuridad de la noche veíanse grandes llamaradas, lejos, muy lejos, en el
horizonte. Unas llamaradas monstruosamente altas, como una espiga gigantesca de
fuego. Los tlascaltecas se inclinaban hacia aquel fuego y los sacerdotes hacían
oscilar sus incensarios. El vocerío iba creciendo. Mesa, el artillero,
inclinóse hacia Cortés:
-Augusto señor: Así era el aspecto del Vesubio
cuando nos batíamos frente a
Nápoles.
En efecto;
era el Popocatepetl. Los dioses estaban sedientos y pedían
víctimas. Los españoles reanudaron el banquete. Solamente Ordaz quedó fuera
mirando como hechizado aquella luz lejana. A medianoche fue a Cortés y le dijo:
-Señor. Te
pido ayuda y permiso para realizar mi proyecto...
-Con todo mi
corazón, don Diego.
-He contemplado largamente ese fuego que Mesa llama la fragua de
Vulcano. Si vuestra merced no se opone a ello quisiera irlo a ver de cerca.
Nunca he tenido ocasión de ver nada igual, así que estoy lleno de curiosidad y
admiración. No será nada que redunde en desdoro o vergüenza para Castilla si mañana al amanecer parto para
escalar la cima del volcán.
-Hablad con
los guías, don Diego. Si creéis que no hay peligro en ello para vuestra vida;
si no ha de significar descrédito para nuestros hombres y si así queréis
iluminar vuestra alma, hágase conforme a vuestros deseos y suceda todo según la
voluntad de Dios. ¿Quién podría oponerse?
***
El guía miró
temeroso el ligero calzado español. No se podía dar a entender con palabras;
pero hizo señas y señaló las gruesas suelas de sus sandalias. Ordaz no le hizo
el menor caso. Un indio fue cargado con tocino y pan.
El camino
pasaba por entre la exuberante y hermosa vegetación de las tierras altas. Sin
embargo, aquí y allí se veía ya el vivo trazo de algún riachuelo de ardiente
lava. Ordaz, apoyado en su ligera lanza y envuelto en su capa, ascendía
tenazmente. Los tlascaltecas se susurraban palabras al oído y opinaban que un
espíritu extraño se había apoderado de su cuerpo. En verdad que sus ojos
estaban extremadamente abiertos y fijos siempre en aquel resplandor; parecía
estar febril. Todo le parecía fácil y magnífico. Era aquello tan hermoso como
pisar por primera vez un mundo nunca visto.
Después de la
región de las encinas, siguió la zona de las coníferas. Aquí estaba ya
seguramente a más de siete mil pies de altura. La montaña parecía exhalar como
una niebla asfixiante y venenosa. El paisaje a ratos parecía de una campiña
ordinaria; en el fondo y arriba, aparentemente variante según la marcha del
camino, se veía la cumbre. Pronto el terreno estuvo hendido por grandes quebraduras
y grietas; los indios comenzaron a temblar. Siguieron subiendo hasta que
alcanzaron un refugio; el último que habían levantado allí los servidores de
los dioses. Los sacerdotes miraron de hito en hito a los viajeros; les
ofrecieron agua, aguardiente fuerte de enebro y unas raíces cocidas. Los guías
celebraron consejo. Era misión de aquellos sacerdotes escrutar el pensamiento
de los dioses y esos hombres piadosos les dirían si era permitido seguir la
ascensión.
Los sacerdotes señalaron un círculo. De allá para abajo pertenecía
todo, todo, a los hombres. Pero hacia arriba era ya la eternidad donde vivía el
Eterno Señor del Trueno y del Relámpago. Se lo explicaron a Ordaz con palabras
entrecortadas y difícilmente halladas:
«Hemos llegado al límite de nuestro camino, señor.»
El español movió la cabeza y siguió subiendo. Caía la tarde y todo se
había ido borrando en la obscuridad; entonces es cuando llegaron a esa zona
alta donde cesa completamente la vegetación. Aquí y allí veíase todavía alguna mancha de
líquenes o musgos, resecos por el sol y medio arrancados por el fuerte viento.
Aquella
pequeña luz de la hoguera indicaba a los sacerdotes dónde se encontraban los
ascensionistas; habían llegado ya al límite donde empieza el reino de los
dioses. Entonces hicieron una señal con fuego que significaba: «Retroceded».
Pero sólo los guías comprendieron el significado de la señal y trataron de
explicarla con gestos y palabras medio dichas. Había que elegir entre el hombre
o Dios. Y el hombre estaba poseso de demonios extranjeros. Los dioses allá en
la cumbre habían puesto sus miradas en él. Los indios conocían la respiración
de la montaña que obligaba a cerrar los ojos. Descansaron en una depresión del
terreno. Ordaz, apoyado en la lanza, seguía soñando con los ojos abiertos. El
aliento de la montaña. Un indio tomó el saco del pan y del tocino e hizo señal
al otro. Como sombras se arrastraban por el suelo. En pocos minutos no quedaba
huella de ellos.
Alboreaba.
Los tres españoles habían quedado solos con los zapatos destrozados, temblando
de frío, sin otro calor que el que les podía dar algún trago de pulque. A Ordaz
todo eso le era indiferente:
-Indios
torpes y supersticiosos, con eternos escrúpulos... Nosotros somos españoles,
cuya brújula guía el Espíritu Santo.
El camino
seguía por altas tierras peladas. No había gargantas o trincheras, ni
peñascales; las piernas no tenían trabajo difícil; pero el cuerpo iba perdiendo
fuerza. Cada dos pasos tenían que pararse para poder respirar y habían de
animarse unos a otros continuamente:
-¡Ánimo,
camarada!
Los zapatos
parecían de plomo. Hacia el mediodía se les acabó el resuello. Ordaz ató a los
tres uno con otro. No podían conservar ya ningún ritmo en la subida; no
quedaban ya fuerzas humanas. El aire era sutil y cortaba en sus gargantas como
si estuviera formado de miles de agujas. Aparecieron pronto las primeras gotas
de sangre en las ventanas de la nariz. El soldado se apretaba una de las
ventanas de la nariz con su grueso pulgar; bajóse después y arrancó un poco de
musgo de una roca y con ello se la taponó. Parecían cadáveres. En la mano
llevaban la calabaza del agua; pero estaba ya vacía. Así llegaron a una
superficie grande sembrada como de peines de rocas. Hubo que dar un rodeo. Uno
de los españoles, un joven de Extremadura, se encogió; no podía andar ya ni un
solo paso más. Miróle Ordaz:
-¡Échate!...
y tú, Bernabé, cuida de él. Ahora seguiré yo solo. Si sucede algo y no puedo
continuar adelante, dispararé un tiro. Entonces ven hacia mí... Ten cuidado con
las huellas... pues entonces me habrás de buscar a mí, Bernabé.
Echó hacia un
lado. Se sentía hasta ligero y fresco ahora que no tenía la preocupación de los
compañeros ni de su equipaje. Sus pulmones funcionaban un poco mejor. No
trepaba rectamente sino que describía un amplio círculo. Por todas partes había
nubes de nieve. Mirando hacia abajo vio un gran surco como si los dioses lo
hubieran excavado en el principio de los siglos. Dos cumbres gigantescas se
elevaban hacia el cielo infinito: la una con la melancolía helada de los
glaciares. Alrededor de los hombros un mantón de nieve blanca; sobre su cabeza,
una cofia de hielo.
El sendero
torcía hacia el Sur, entre rocas que parecían haber sido diseminadas por un
titán. Al dar la vuelta a una de ellas vio entre la niebla algo que
resplandecía. El sol trataba de atravesar aquellos vapores: Abajo brillaba
algo, en dirección Sur; se veía como un resplandor de cien antorchas. Al
principio veíanse solamente como multitud de manchas de azul plateado, como si
alguien jugase con un espejo desde una distancia inmensa... Parecía un lago o
un mar; más bien un lago, porque a su alrededor y a gran distancia veíanse las
orillas... En ellas parecían haber millones de criaturas jugando con guijarros
de todos colores... Casas, jardines, torres... Aquí el aire era tan tenue que
todo parecía que se levantaba... Campos, canales, plantaciones, parecían estar
ahí mismo llevados por una luz purísima. Allá, infinitamente abajo, había
ciudades y campos, otra vez ciudades y millones de pequeñas hormigas que iban y
venían atareadas y presurosas.
Eso duró un
buen espacio de tiempo. El español se estremeció. Recordó un sermón: «No visto
por ningún ojo, ni oído por ningún oído... no comprendido por ningún corazón
humano...» Nadie, ninguno de los caballeros del Espíritu Santo había visto
jamás esos campos, esos milagros, que aún vistos desde aquí rígidos y
estáticos por la distancia, se elevaban junto a otros: pilones de piedra,
argamasa y sangre como reunidos por la mano de un niño.
El alma no le
decaía y lo sostenía. El vértigo podía caer sobre él de un momento a otro; pero
él siguió subiendo por alturas escarpadas. Sostenía su pañuelo contra la
nariz, porque el aliento venenoso de la montaña amenazaba con asfixiarle. Su
lanza se hundía profundamente en el suelo. A su alrededor se extendía una capa
de lava como gelatinosa, restos
de anteriores erupciones, fundidos otra vez por nuevas fuerzas. Y así llegó al
pie del cráter. A su alrededor reinaba absoluto silencio, tan absoluto que parecía
impermeable a todo rumor de vida y congelaba la sangre en las venas. Ordaz
trató de escuchar su propia voz, pero sólo le fue posible sacar de su garganta
un quejido. Por fin pudo articular: «Ave María... Ave María». Llevaba una
cuerda y un frasco de aguardiente. Atólo a la punta de su lanza y lo bajó al
fondo de una hendidura donde brillaba algo como un espejo; lo que ayer aún
estaba ardiendo e hirviendo hoy parecía ya que comenzaba a solidificarse. ¿Era
aquello plata u oro puro?... Pensó en los cuentos de los indígenas: «Un mirlo
-decían- estaba posado sobre una peña de esmeraldas». Y al decirlo, señalaban
hacia arriba. Lo mismo que en Cempoal, cuando llegó aquel jinete
gritando: ¡Las casas son de plata!
Ordaz sabía
que todo lo que le rodeaba era un milagro. Sin embargo, ¿podía Dios por medio
de un milagro superar a su propio milagro? Subió la vasija; dentro se había
introducido un líquido espeso que olía a azufre. Ahora podía ya convencerse de
que aquel mineral fundido que viera no era ni oro ni plata, sino otro metal
cualquiera, desconocido para él. Mesa, con su sensatez habitual, lo había dicho
ya: Aquello era el taller, la fragua de Vulcano.
Apenas le
quedaban fuerzas para seguir. No llevaba nada consigo que le permitiera erigir
allí arriba una cruz. Estaba solo; los vapores le asfixiaban; su vista se
nublaba; tenía náuseas. Se descolgó hasta una pequeña lengua de tierra que
avanzaba sobre las mismas fauces del cráter. Tanteó antes si se hundía bajo sus
pies. Se arrastró hacia delante para asomarse sobre el borde del terrible
cráter, donde parecía estar el caos en ebullición. En efecto, el padre Vulcano
hoy trabajaba de veras en su fragua. A un lado había una piedra arenisca en
equilibrio. Ordaz la arañó y la superficie brilló con un color obscuro. Con
sus últimas fuerzas dibujó el signo de la cruz sobre aquella piedra con ayuda
de su lanza. Después hizo lo que habían aprendido de Colón todos los demás
conquistadores: Tomó posesión del monte y del cráter con todos los tesoros que
pudieran contener en nombre de Don Carlos de Austria y de España.
Para regresar
hubo de dejarse guiar por sus propias huellas. Trabajaba su instinto. Sus
pisadas habían quedado grabadas en la nieve, en la lava, en el hielo. De vez en
cuando debía detenerse. Ahora se le había despertado el ansia de volver con los
suyos, contar todo lo que había visto... volver a su casa... salir de este
infierno... ¡Madre!... ¡Madre!... Cien veces llevó el dedo al gatillo del
mosquete para pedir auxilio... pero sabía que el hacer eso era lo mismo que rendirse. Significaba que un hidalgo se daba
por vencido... ¿Anunciaba el cielo tormenta o crepúsculo? El aire parecía
fragmentarse en átomos. Todo le pesaba y le aplastaba. Grande era la tentación
de arrojar todo lo que llevaba encima..., pero si tiraba la vasija con aquel
metal- ¿dónde está la prueba, don Diego? - habrían de decirle. Le parecía oír
ya la burlona voz de Cortés:
-¿Habéis
echado un sueñecito a la sombra, señor?
Eso era su única prueba. No; debía seguir arrastrándose apoyándose en
la lanza... así que nada arrojó lejos de sí ni tampoco pidió auxilio alguno.
Fuese descolgando montaña abajo; parecía envejecido; sobre su barba llevaba
flores de azufre y la escarcha daba a su tez un color cerúleo. Sus dientes
castañeteaban de frío. Por fin descubrió a los soldados que precisamente se
ocupaban en aquel momento de encender una hoguera con las lanzas, algunas
ramas y algún musgo para hacer así una señal con que guiarlo. Ordaz se enderezó;
era el Caballero del Espíritu Santo, Diego de Ordaz, uno de los muchos miles de
nobles castellanos. Sus vestidos estaban mojados por la nieve y desgarrados;
sus pies iban envueltos con pedazos de tela, pues su calzado quedó arriba
destrozado. Pero se había enderezado, extendió su lanza con la vasija atada a
la punta y allí medio se derrumbó... y quedó silencioso.
Laszlo Passuth
martes, 7 de julio de 2015
Cántico del hermano sol por Rosa Altés
Cántico del hermano sol o Alabanzas de las criaturas
Altísimo,
omnipotente, buen Señor,
tuyas
son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.
A ti
sólo, Altísimo, corresponden,
y
ningún hombre es digno de hacer de ti mención.
Loado
seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente
el señor hermano sol,
pues por él haces el día y nos alumbras.
Y él
es bello y radiante con gran esplendor,
de ti,
Altísimo, lleva significación.
Loado
seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el
cielo las has formado luminosas y preciosas y bellas.
Loado
seas, mi Señor, por el hermano viento,
y por
el aire y el nublado y el sereno y todo tiempo,
por el
cual a tus criaturas das sustento.
Loado
seas, mi Señor, por la hermana agua,
la cual
es muy útil y humilde y preciosa y casta.
Loado
seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el
cual alumbras la noche,
y él es
bello y alegre y robusto y fuerte.
Loado
seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra,
la cual
nos sustenta y gobierna,
y
produce diversos frutos con coloridas flores y hierba.
Loado
seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y
soportan enfermedad y tribulación.
Bienaventurados
aquellos que las soporten en paz,
porque
por ti, Altísimo, coronados serán.
Loado
seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la
cual ningún hombre viviente puede escapar.
¡Ay
de aquellos que mueran en pecado mortal!:
bienaventurados
aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad,
porque
la muerte segunda no les hará mal.
Load
y bendecid a mi Señor,
y dadle
gracias y servidle con gran humildad.
San Francisco
Milagros
¿Por qué hacer tanto alboroto por un milagro?
Yo sólo
conozco milagros,
ya sea que
camine por las calles de Manhattan,
o mire
hacia el cielo por encima de los techos de las casas,
camine por
la playa con los pies descalzos al borde del mar,
o
permanezca de pie, debajo de los árboles del bosque,
o hable o
duerma con aquellos a quienes amo,
me siente
a la mesa a cenar con los demás,
o mire a
los extraños sentados frente a mí, en el tranvía,
observe a
las abejas volando en torno de la colmena en el verano,
o a los
animales que pastan en las praderas,
o las aves
o la maravilla de los insectos en el aire,
o la
maravilla de la puesta del sol,
o de
las estrellas que resplandecen tan
calladas y brillantes,
o la
exquisita curva delicada de la luna nueva en primavera.
Estos y
los demás, todos, son milagros para mí
que entre
sí se relacionan, y sin embargo, cada uno es diferente y ocupa su propio lugar.
Para mí
cada hora de luz y oscuridad es un milagro,
cada
centímetro cúbico de espacio es un milagro,
cada metro
cuadrado de la superficie de la tierra está cubierta de ellos;
cada
fragmento de su interior abunda en ellos.
Para mí el
mar es un milagro continuo,
los peces
que nadan, las rocas, el movimiento de las olas,
los barcos
y sus navegantes.
¿Es que
existen milagros más extraños?
Walt Whitman
La vida es aquello que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes. (John Lennon)
Marcapaginasporuntubo dedica esta entrada a Josep Lleó
domingo, 5 de julio de 2015
dÉpoca - El misterio del carruaje
Una de las últimas veces que estuve en un café fue un domingo
de verano, lo recuerdo bien, porque casi todo el mundo iba en mangas de camisa
y sin corbata, y pensé: tal vez no sea domingo, como yo creía, y el hecho de
que pensara exactamente eso hace que me acuerde. Me senté a una mesa en medio
del local, a mi alrededor había mucha gente tomando canapés y bollos, pero
casi todas las mesas estaban ocupadas por una sola persona. Daba una gran
impresión de soledad, y como llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie, no me
habría importado intercambiar unas cuantas palabras con alguien. Estuve
meditando un buen rato sobre cómo hacerlo, pero cuanto más estudiaba las caras
a mi alrededor, más difícil me parecía, era como si nadie tuviera mirada, desde
luego el mundo se ha vuelto muy deprimente. Pero ya había tenido la idea de
que sería agradable que alguien me dirigiera un par de palabras, de modo que
seguí pensando, pues es lo único que sirve. Al cabo de un rato supe lo que
haría. Dejé caer mi cartera al suelo fingiendo que no me daba cuenta. Quedó
tirada junto a mi silla, completamente visible a la gente que estaba sentada
cerca, y vi que muchos la miraban de reojo. Yo había pensado que tal vez una o
dos personas se levantarían a recogerla y me la darían, pues soy un anciano, o
al menos me gritarían, por ejemplo: «Se le ha caído la cartera». Si uno dejara
de albergar esperanzas, se ahorraría un montón de decepciones. Estuve unos
cuantos minutos mirando de reojo y esperando, y al final hice como si de
repente me hubiera dado cuenta de que se me había caído. No me atreví a esperar
más, pues me entró miedo de que alguno de aquellos mirones se abalanzara de
pronto sobre la cartera y desapareciera con ella. Nadie podía estar
completamente seguro de que no contuviera un montón de dinero, pues a veces
los viejos no son pobres, incluso puede que sean ricos, así es el mundo, el que
roba en la juventud o en los mejores años de su vida tendrá su recompensa en su
vejez.
Así se ha vuelto la gente en los cafés, eso sí que lo
aprendí, se aprende mientras se vive, aunque no sé de qué sirve, así, justo
antes de morir.
Kjell
Askildsen
sábado, 4 de julio de 2015
Perdón por el error



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En la entrada del día 25 de Junio, dedicada a Escolajoso, se han colado cuatro marcapáginas que no deberían estar. Por el anverso podrían confundirse pero, como véis, los reversos los delatan.
Otra aclaración: Este año los Escolajoso carecen de su habitual "bocadillo", de eso ya nos hemos dado cuenta, pero la causa quizás sea que éstos no están hechos por los alumnos de Escolajoso, están hechos por los profesores.
viernes, 3 de julio de 2015
Tren del Ciment
La felicidad
Sí, una vez fui feliz. Hace ya mucho tiempo que definí lo
que era la felicidad, hace mucho, cuando tenía seis años. Y cuando lo supe no
la reconocí de inmediato. Pero recordé como tenía que ser y entonces supe que
era feliz.
***
Recuerdo que yo tenía seis años y mi hermana cuatro.
Después de la comida habíamos corrido sin parar arriba y
abajo de la larga sala, nos perseguíamos la una a la otra, gritábamos y nos
caíamos. Hasta que finalmente nos cansamos y acallamos.
Estoy de pie junto a ella mirando por la ventana a la turbia
calle de primavera en el crepúsculo.
Los crepúsculos de primavera siempre son desasosegantes y
tristes.
Estamos en silencio. Escuchamos como tiemblan los cristales
de los candelabros al paso de las carretas por la calle.
Si fuéramos mayores, pensaríamos en la maldad humana, en las
ofensas, en nuestro amor, ese que han agraviado, y en ese otro amor que
nosotras mismas hemos ofendido y en la felicidad que no existe.
Pero somos niñas y no sabemos nada. Tan sólo estamos en
silencio. Nos asusta darnos la vuelta. Nos da la impresión de que el salón y
toda esta casa grande y llena de ruidos en la que vivimos han oscurecido
completamente. ¿Por qué está tan silenciosa ahora? ¿Acaso se han ido todos y
nos han olvidado aquí, a dos niñas pequeñas, apoyadas en la ventana de una
enorme habitación oscura?
Cerca de mi hombro veo un ojo redondo y asustado de mi hermana.
Me está mirando, ¿Va a echarse a llorar o no?
Y en ese momento recuerdo la sensación que he tenido durante
el día, tan brillante y bella que inmediatamente me olvido de la oscuridad de
la casa y de la calle mate y melancólica.
—¡Lena! —le digo en voz alta y alegre— ¡Lena, hoy he visto
un tranvía de caballos!
Pero no le puedo contar por completo la desmesurada sensación
de felicidad que me ha producido el tranvía de caballos.
Los caballos eran blancos y corrían muy rápido, el vagón era
rojo o amarillo, precioso, dentro había mucha gente sentada, todos
desconocidos, así que podían conocerse entre ellos e incluso jugar a algún
juego ingenioso. En la parte de atrás, en un estribo, estaba el revisor de pie,
todo cubierto de adornos dorados, bueno, puede que no todo y sólo un poco: los
botones y la reluciente trompetilla que hacía sonar.
—¡Tuuu-turú!
El sol brillaba en la trompeta y salía despedido en sonoras
gotas de oro.
¡A ver cómo cuentas todo esto! Lo único que se puede decir
es:
—¡Lena, he visto un tranvía de caballos!
Sí, y no hizo falta nada más. Por mi cara, mi voz, ella comprendió
toda la infinita belleza de esa visión.
¿Y acaso cualquiera puede saltar sobre esa carroza de la
felicidad y salir disparada bajo los sonidos de la trompeta de oro?
—¡Tuuu-turú!
No, no todo el mundo. Freilán dice que hay que pagar. Por
eso no nos suben. A nosotras nos encierran en una aburrida y mohosa carreta
con ventanas traqueteantes, que huele a cordobán y a pachulí y donde ni
siquiera nos dejan apoyar la nariz en el cristal.
Pero cuando seamos grandes y ricas tan sólo iremos en
tranvía. ¡Y seremos muy, muy felices!
***
Salí lejos, a las afueras de la ciudad. El asunto que me
llevaba allí no salió, y encima el calor me estaba dejando extenuada.
A mi alrededor no había nada, ni un cochero.
Pero de pronto, traqueteando con todo su cuerpo, apareció.
Al caballo blanco, flaco, le sonaban todos los huesos
mientras las cinchas colgantes chasqueaban contra su piel reseca. Su blanco y
alargado hocico se balanceaba siniestramente.
"Reíros, reíros, pero como me muera aquí a la vuelta de
la esquina, os vais a tener que bajar a la calle".
Un revisor irremediablemente melancólico esperó hasta que me
subí y con la misma incurable melancolía tocó la trompeta.
—¡Tuuu-turú!
El estridente grito de cobre y el ardiente sol que brillaba
inmisericorde sobre las volutas de la trompetilla me provocaron dolor de
cabeza.
Dentro del vagón el aire era pesado, olía a plancha
recalentada.
Una oscura figura con gorra y escarapela me miró durante un
largo rato con ojos enturbiados y de pronto, como si comprendiera algo,
sonrió, se sentó a mi lado y dijo, exhalando en mi cara su aliento a pepinillos
salados:
—¿Me permite que la acompañe?
Me levanté y salí a la plataforma.
El tranvía se detuvo, esperó a que pasara el vagón en
dirección contraria y comenzó a traquetear de nuevo.
Y en la acera había una niña pequeña que nos
contemplaba pasar con unos ojos azules abiertos llenos de sorpresa y arrobo.
Y de pronto recordé.
"Viajaremos en tranvía. Y seremos muy, muy
felices".
¡Entonces, eso quiere decir que ahora soy feliz! Viajo en
tranvía y puedo conocer a todos los pasajeros, y el revisor hace sonar su
trompetilla y el sol arde en su superficie.
¡Soy feliz! ¡Soy feliz!
Pero, ¿dónde está ahora ella, esa niña pequeña en el gran
salón oscuro, que imaginó esta felicidad para mí? Si la pudiera encontrar y
contárselo se alegraría.
Qué terrible que nunca la encontraré, que ya no existe y que
nunca volverá a existir, la más querida y la más cercana, yo misma.
Pero yo sigo viviendo...
Nadezhda Teffi
miércoles, 1 de julio de 2015
M. Moleiro Editor
"M. Moleiro es la empresa, con más prestigio en todo el mundo, especializada en la reproducción de códices, mapas, obras de arte generalmente realizadas sobre soporte de pergamino, vitela, papel, papiro... entre los siglos VIII y XVI bajo la forma, en la mayoría de los casos, de libro iluminado. Las técnicas utilizadas para la reproducción de los códices, combinadas con la sabiduría y la artesanía del oficio, nos permiten ser muy fieles al original. Encuadernados en piel curtida con los métodos de antaño y editados sobre un papel especial fabricado a mano, nuestros códices reproducen todos los matices de las pinturas, el pergamino, oros, platas... por lo que podemos afirmar que un códice de M. Moleiro es un 'casi-original'."
Una joven al contar en tercera persona una historia de sus amores, se
delató por descuido
En tiempos del Rey Francisco I
había una dama de sangre real que reunía honor, virtud y belleza, que sabía
contar historias muy bien y con gracia y también celebrarlas cuando alguien se
las contaba. Estando una vez en una de sus propiedades todos sus vasallos y
vecinos acudieron a visitarla, porque era más querida que mujer alguna. Entre
otros, llegó una joven que vio cómo cada cual le decía todos los cuentos que se
le antojaban para servirle de pasatiempo y, pensando no ser menos que los
demás, le dijo: «Señora, voy a contaros una graciosa historia, pero prometedme
que no hablaréis de ella después», y luego dijo así: «Señora, el cuento es
verdadero, os lo aseguro en conciencia. Y es que había una dama casada que
vivía muy honestamente con su marido, pese a que él era viejo y ella joven. Un
caballero vecino suyo, al verla casada con aquel anciano, se enamoró de ella y
la anduvo rondando varios años, mas nunca obtuvo de ella otra respuesta que la
que ha de dar una mujer honrada. Un día el caballero imaginó que, si la pudiera
tener a su merced, quizá no fuera tan rigurosa con él. Y tras haber luchado
largo tiempo con el miedo por el riesgo que corría, el amor que sentía por la
dama pudo con el miedo, hasta el punto de que resolvió buscar el lugar y la
ocasión. Y estuvo tan al acecho que una mañana, cuando el caballero casado con
la dama marchaba a otra de sus propiedades y salía al despuntar el día, a causa
del calor, el desvergonzado mancebo entró en casa de la joven casada, a la que
encontró dormida en su lecho; y advirtió que las doncellas se habían marchado
de la cámara, sin ocurrírseles la sensatez de cerrar la puerta. Entonces fue y
se acostó, con botas y espuelas, en el lecho de la dama. Cuando ésta despertó
se enojó cuanto pudo, mas, pese a los muchos reproches que le hizo, él la tomó
por la fuerza, diciendo que si revelaba el asunto diría a todo el mundo que
ella lo había mandado llamar. Así que la joven sintió tal temor que no se atrevió
a gritar. Luego, al llegar algunas doncellas, él se levantó con presteza; y
nadie hubiera reparado en nada, a no ser porque una espuela se enganchó en una
sábana llevándosela detrás, y la dama se quedó desnuda sobre la cama.» Al
final, aunque la joven contara la historia de otra, no pudo contenerse y dijo:
«¡Nunca una mujer se sintió tan espantada como yo, al verme completamente
desnuda!» Entonces la dama, que había escuchado el cuento sin reírse, no pudo
evitarlo ante dichas palabras, diciéndole: «¡Por lo que veo, bien que podéis
contar la historia!» La pobre joven intentó como pudo tratar de reparar su
honor, pero éste había volado tan lejos que ya no podía recobrarlo.
Margarita de Navarra - Heptamerón
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