Blogs que sigo

domingo, 7 de septiembre de 2014

Angle Editorial - Born 1714


Museo da Terra de Melide II

        

        


Onde hai un cruceiro houbo sempre un pecado, e cada cruceiro é unha oración de pedra que fixo baixar un perdón do Ceo, polo arrepentimento de quen o pagou e polo gran sentimento de quen o fixo.
¿Tendes reparado nos nosos cruceiros aldeáns? Pois reparade.
A Virxe das Angustias, enclavada no reverso de moitas cruces de pedra, non é a Piedá dos escultores; é a Piedade creada polos canteiros.
Os nosos canteiros, deixándose levar polo sentimento, non podían maxinar un home no colo* da nai.
Para os artistas canteiros Xesucristo sempre é pequeno, sempre é o Neno, porque é o Fillo, e os fillos sempre somos pequenos nos colos das nosas nais.
Reparade nos cruceiros e descubriredes moitos tesouros.
Castelao
* regazo


Ós pés do Santo Cristo da Agonía
xuntas van a rezar
náis, mulleres e mozas dos soldados
que loitan contra o Islán.
O mesmo rogan, mais... ¡qué diferenza
n-esas pregarias hai!
Soñadoras, as noivas din: “!Señor,
que volva Xeneral!"
As mulleres, pensando nos filliños,
rezan murchas: "¡Señor, que volva sán!"
E afogadas en puro amor, somentes
             "¡Que volva!" din as nais.      
                                                                                     Ramón Cabanillas

viernes, 5 de septiembre de 2014

Gervasio Pacheco

Hemos recibido de Javier esta pequeña muestra de la segunda edición de los marcapáginas de óleos de Gervasio Pacheco. La serie consta de 80 mps y la pone a la venta a precio de coste. Nos dice que en este momento ya le quedan menos de 5 series, por lo que si alguno de vosotros tiene interés en ella os facilitamos su correo (pachecomartinez@telefonica.net). Luego no digáis que no sabíais nada.






Cóndor y Cronopio

Un cóndor cae como un rayo sobre un cronopio que pasea por Tinogasta, lo acorrala contra una pared de granito, y dice con gran petulancia, a saber:
Cóndor. - Atrévete a afirmar que no soy hermoso.
Cronopio. - Usted es el pájaro más hermoso que he vis­to nunca.
Cóndor. - Más todavía.
Cronopio. - Usted es más hermoso que el ave del pa­raíso.
Cóndor. - Atrévete a decir que no vuelo alto.
Cronopio. - Usted vuela a alturas vertiginosas, y es por completo supersónico y estratosférico.
Cóndor, - Atrévete a decir que huelo mal.
Cronopio. - Usted huele mejor que un litro entero de colonia Jean-Marie Farina.
Cóndor. - Mierda de tipo. No deja ni un claro donde sa­cudirle un picotazo.

Julio Cortázar

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Círculo de Lectores



El médico inteligente y su extraña medicina

En Bagdad vivía una mujer tan gorda que apenas podía caminar. Un buen día, tomó la decisión de consultar a un médico para buscar una medicina para su obesidad. Entonces fue en su búsqueda. El médico la invitó a aproximarse más, diciéndole:
-¡Acércate más!
Ella tomó asiento. El médico preguntó a la mujer cómo estaba y ella le respondió:
-Estoy bien. He venido a verle para que analice mi estado.
Y él le preguntó:
-¿Qué te pasa?
La mujer le respondió diciendo:
-Desearía que me diese una medicina para mi gordura.
El médico le dijo:
-¡Si Dios quiere! Pero primero tengo que preguntárselo al oráculo, para saber qué medicina te conviene. Y ahora regresa a tu casa y, mañana, vuelve otra vez para conocer la respuesta.
Y la mujer dijo:
-¡Si Dios quiere!
Y se fue a su casa. Al día siguiente regresó para conocer la respuesta.
El médico le dijo:-Estimada mujer, he consultado el oráculo y he descubierto que morirás dentro de siete días. Por eso, no te doy ninguna medicina, ya que morirás muy pronto, dentro de siete días.
Cuando la mujer escuchó las palabras del médico, el corazón le dio un vuelco y pensó que se moriría. Regresó a su casa, no comió ni bebió nada y, como estaba muy triste, adelgazó mucho. Por fin, llegó el séptimo día, pero ella no se murió. Llegó el octavo día, pero ella tampoco se murió.
Entonces fue otra vez al médico y le dijo:
-Hoy es el octavo día y no me he muerto.
Y el médico le dijo:
-¿Ahora estás gorda o delgada?
Ella dijo:
-Estoy más delgada, me he adelgazado por el miedo a morirme.
El médico le dijo:
-Justamente esa era la medicina: el miedo.
Y la mujer se marchó.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Letras Capitulares del Códice Emilianense 46

Acabamos de llegar de vacaciones y todavía tenemos el cuerpo golfo, así que hoy en vez de trabajar os proponemos un juego: Los marcapáginas que exponemos son parte de las letras capitulares del Códice Emilianense 46. Este códice, que está considerado como el primer diccionario enciclopédico de la Península Ibérica, fue terminado, según consta en su colofón, el 13 de junio de 964 y, aunque no menciona su scriptorium de origen, por muchas de sus características la mayoría de los expertos están de acuerdo en considerarlo como una obra escrita por un único copista en el Monasterio de San Millán de la Cogolla.
Hemos colocado las letras formando el título de una importante publicación digital. Igual que en el "Juego del ahorcado" debéis acertar de qué publicación se trata. Marcapaginasporuntubo premiará a todos los que lo acierten con una suscripción por tiempo indeterminado a dicha publicación. ...¡Ah! Y dime una cosa: "Si no disfrutas ahora de la vida, ¿a qué esperas?"
M                                                                                                 O






Como si el loco fuera yo

Hoy en la mañana, una voz amable y correcta se me acercó bajo la lluvia.
—Hola, buenos días. Caballero, por favor, me presta su paraguas un momento, ya se lo devuelvo.
El hombre que hablaba venía con un periódico sobre la cabeza. Tendría unos cincuenta años, usaba bigotes gruesos y lentes, y también portaba una buena porción de canas. Tenía aspecto de persona seria. Pero por lo que acababa de decir, parecía no serlo. También cabía la posibilidad de que fuese un loco, de los tantos que sobran en la ciudad. Me quedé con esta última idea, y le respondí:
—Espérame ahí mismo que ya vengo.
Orgulloso de mi sagaz respuesta seguí mi camino. Por lo general, ante este tipo de situaciones, no encuentro qué decir o digo cualquier cosa y hago el ridículo. Pero esta vez yo iba con la frente en alto, y sentí que caminaba como caminaría Batman luego de propinarle una buena paliza a cinco villanos.
Media hora más tarde había terminado mi diligencia. Aún llovía afuera. Con el paraguas desplegado, regresé a la calle donde había estacionado. Era la misma calle donde el loco me había abordado. Y donde aún seguía, bajo la lluvia, muy mojado y con el periódico hecho papilla sobre su cabeza. Se hallaba en el sitio exacto donde le había dicho que esperara. Entre molesto, apenado y asustado, apresuré la caminata y me mantuve a distancia. Aun así el hombre me reconoció.
—¡Ya está de vuelta! ¡Muchas gracias! —me dijo con el gesto iluminado de beatífico agradecimiento—. ¿Ahora sí me presta el paraguas? De verdad, ya se lo devuelvo.
No le respondí, eché a correr hasta el carro, recogí el paraguas y me monté. Retrocedí, maniobré y pasé junto al hombre. Él me miraba asombrado, confundido, como si no pudiera creer lo que estaba pasando, como si el loco fuera yo.
Fedosy Santaella