Desván del Lector es una librería que nace desde los sueños de dos
personas apasionadas por el mundo de la lectura. Hacen lo que les gusta y por
eso lo hacen bien, buscan ante todo que quedes satisfecho con el servicio
recibido. Su objetivo es que navegando en su web encuentres aquel
libro que buscas, necesitas o bien te sorprende despertando tu interés.
Nostalgia e Innovación, es la combinación perfecta que ofrece la librería
donde encontrarás una amplia y extensa combinación de libro tradicional en
papel y el libro electrónico, para todas las edades.
Cachorros
de bóxer de todos los colores
«Fawaz
Hasanin», te dirá con voz suave al presentarse. En cuanto lo veas, te caerá
bien, porque Fawaz Hasanin es un tipo simpático. También es bastante coqueto,
como lo demuestran su cabello untado con vaselina y el tupé, al estilo Anwar
Wagdi, que corona su cabeza. Por no hablar del ancho cinturón de cuero que ciñe
su voluminosa panza, con una hebilla de latón que forma la palabra inglesa
love, o de esos relucientes zapatos de punta afilada y tacón alto que tanto le
gustan. Aunque todas esas cosas pasaron de moda hace más de veinte años -cuando
Fawaz era joven—, él todavía las sigue llevando y, a veces, se queda pasmado
ante su propia elegancia. Así por ejemplo, mientras charla contigo puedes
descubrirlo mirándose la hebilla del cinturón o la puntera del zapato, admirado
y orgulloso. Fawaz Hasanin también es muy educado, tanto que en ocasiones te
hace sentir incómodo, pues se pasa de cortés. Si te ve por la calle, corre a
saludarte, inclinándose ante ti hasta arquear la espalda, como si le encantara
doblar ese enorme cuerpo y achicarse por respeto a tu honorable persona. Tiene
la costumbre de hablar en susurros, bajando la vista mientras sus gruesos
labios forman un círculo, semejante al pico de un inocente gorrión. ¿Acaso
puede caer mal Fawaz?
Pues
bien, a pesar de toda su amabilidad y dulzura, la respuesta a esa pregunta
podrían dártela los vecinos del callejón del Azúcar y el Limón, ya que Fawaz
suele parar en el café que hay en esa angosta callejuela. Ellos han visto a
Fawaz pelearse con navajas y lanzar sillas. En esas ocasiones, se prepara
mostrando los dientes y clavando una mirada ardiente en su oponente, y luego
comienza el combate soltando una lluvia de insultos, por lo general referidos a
la vida privada de la madre de su rival. Los vecinos nunca se olvidarán del día
en que Fawaz se peleó con el suboficial Abdel Ghani, al término de una partida
de cartas en la que apostaban dinero. Aquella tarde, Fawaz reunió a los
chavales del callejón y se plantaron bajo la casa de Abdel Ghani, junto a las
vías del tren. Empezó a cantar con voz alta y ronca y los muchachos repitieron
entre risas sus versos: «Señorita suboficial, gordo asqueroso, eres un
zampabollos cagón». Ese es el Fawaz que conocen en el callejón. Pero no lo
saben todo de él, porque nadie tiene ni idea de a qué se dedica. A veces
aparece con dinero, pero casi siempre está sin blanca.
Una
mañana, Fawaz estaba sentado en el café tomándose un té con leche y fumando el
narguile como de costumbre, cuando pasó por delante un chaval con un cachorro
en el hombro. El muchacho iba descalzo y llevaba una chilaba vieja y andrajosa.
El perrito tenía el pelo negro y suave y era muy bonito, y llevaba un collar
rojo con un cascabel.
—Chaval,
ven aquí —le gritó Fawaz, pues una idea surgió en su cabeza.
El chico
se acercó mirándolo asustado.
—¿De
dónde has sacado ese chucho? -le preguntó Fawaz con voz grave.
—Lo
encontré en el barrio de Maadi.
—No lo
encontraste, lo has robado. Te vas a enterar —gritó Fawaz, y le plantó un
tortazo tan fuerte que el perro se cayó patas arriba.
Fawaz
agarró al animal y lo levantó. Era muy raro, le colgaba la tripa, tenía las
patas cortas y la cara como aplastada. Fue al puesto de kebab de la esquina a
buscarle un hueso y luego se sentó a fumar la pipa y a pensar qué demonios
podía hacer con aquel bicho.
El perro
era de Maadi, un barrio lujoso, así que valdría una pasta. Había oído que por
un bóxer se podían llegar a pagar cien libras. Tras reflexionar sobre el
asunto, Fawaz encontró la solución. Al cabo de dos días, publicó un anuncio en Al-Ahram
que decía: «Se venden cachorros de bóxer, de todos los colores», seguido del
número de teléfono del café.
Por la
mañana, Fawaz se sentó junto al teléfono del café y se dedicó a responder las
llamadas y a dar a los interesados su dirección en el callejón del Azúcar y el
Limón. Antes del mediodía apareció el primer comprador. Un enorme Mercedes
negro entró en el callejón y de él se apeó un hombre canoso de aspecto
respetable. Tendría unos sesenta años y llevaba un abrigo negro de velarte.
Tenía el rostro colorado como los ingleses y, a primera vista, a Fawaz le
pareció extranjero. Corrió hacia él y lo recibió con extremada cortesía. Lo
invitó a sentarse y le pidió un té con leche, pero no le ofreció su narguile.
Luego se volvió hacia él, sonriendo y bajando la vista, y formando un círculo
con los labios dijo:
—¿Qué
puedo hacer por usted?
—Caballero,
he venido por el anuncio de los perros.
Fawaz se
relajó al oír la palabra «caballero». Se levantó y pasados unos instantes
regresó con el perro, al que había atado detrás de la barra del café. El hombre
lo examinó con atención antes de cogerlo y juguetear con él, acariciándolo con
mano experta, mientras Fawaz no paraba de hablar:
—Este
perro, señor, es el único que me queda. Ya he vendido tres. Como bien sabrá,
los bóxer son muy codiciados hoy en día. Mucha gente quiere uno y no lo
encuentra.
En un
gesto instintivo, Fawaz cogió la mano del hombre y añadió:
—Le juro
por Dios que usted me parece buena persona, creo que este bóxer tiene que ser
suyo... ¿Qué me dice?
El
hombre sonrió y dijo muy tranquilo:
—Gracias,
pero este perro no es un bóxer.
—¿Qué?
—exclamó Fawaz, incrédulo, mirando a su alrededor como si buscara a alguien que
lo defendiera ante tamaña injusticia— Pero ¿qué dice, señor? Este perro es un
bóxer de pura raza. Mírelo bien y verá. Le digo que es un bóxer. ¿No lo ve?
El
hombre sonrió. Parecía bastante convencido de lo que decía.
-Caballero,
los bóxer no son así. Llevo cuarenta años criando perros.
-Entonces,
¿de qué raza es este? —refunfuñó Fawaz, rindiéndose finalmente y maldiciendo en
su interior al hombre y al perro juntos.
Las
veinte libras que se había gastado en el anuncio empezaron a molestarle y a
pellizcarle en la conciencia.
—Esto es
un pequinés.
-Bueno,
pues da igual lo que sea. ¿Cuánto paga por él? —dijo Fawaz, enfadado y
dispuesto a deshacerse del perro a cualquier precio.
El
hombre permaneció callado un instante, contemplando al animal con cariño. El
perro, como si en cierto modo se diera cuenta de lo que estaba sucediendo, se
puso a dar saltitos ante el hombre, acercando el hocico a él para lamerle la
cara.
—Te doy
trescientas libras.
Tal fue
la sorpresa de Fawaz que le costó un rato asimilar la cifra. Después levantó la
voz, protestando:
—¡Ay,
señor! ¿Será posible? ¿Un... —no le salía el nombre del condenado bicho- perro
de pura raza como este por solo trescientas libras? ¡Si vale por lo menos
seiscientas!
Tras un
rato de regateo, el hombre sacó trescientas cincuenta libras de la cartera.
Fawaz contó rápidamente los billetes, los dobló con cuidado y se los guardó en
el bolsillo del pantalón. El hombre se marchó con el perrito en el hombro y el
rostro radiante de alegría. Fawaz lo acompañó hasta el coche, se inclinó para
despedirse y desapareció.
A partir
de aquel día, Fawaz Hasanin dejó de frecuentar el café y el callejón. Nadie
sabe por qué. Ayer unos chavales del callejón contaron que lo habían visto por
la mañana recorriendo el barrio de Maadi, asomándose a los jardines de las
casas, y que en cuanto veía un perro, sacaba un hueso de un maletín que
llevaba, sus labios formaban un círculo y con voz dulce llamaba al animal:
«¡Perrito! Ven aquí, perrito...».
Ayer, miércoles, asistimos en la Sala de exposiciones del Teatro Municipal de Barberà del Vallès, a la animada inauguración de la muestra de los trabajos realizados a lo largo del curso por
los alumnos de los Talleres de Pintura y Cerámica del Casal de Cultura de esta
ciudad.
Especialmente interesantes los cuadros de la serie "Eines de Pintor", de los que aquí ofrecemos una pequeña selección y cuyos alumnos han editado el marcapáginas que os muestro.
Esta exposición, que os recomiendo visitéis, puede verse hasta del
día 27 de junio.
Punt de Llibre nace en 1985 con la voluntad de atender las necesidades de un incipiente
público universitario en la ciudad de Lleida.
Desde
sus inicios, Punt de Llibre ha estructurado su gestión con el soporte
informático y ha sido pionera en la informatización de todos sus servicios.
Punt de Llibre es un
referente importante en Lleida y su
provincia en el área de las humanidades. Asimismo disponen de amplias
secciones de Literatura, Ocio e Infantil-Juvenil.
Te invitan a pasear por su catálogo para que intentes encontrar
aquello que hace tiempo que estás buscando. En el caso de que no lo encuentres,
puedes servirte de la herramienta de pedidos especiales.
Cristo peregrino [La hospitalidad dispensada a Cristo y a San Pedro]
Cierto día, Cristo y el apóstol Pedro llegaron muy tarde a una aldea.
El Señor pretendió encontrar lugar donde pasar la noche dentro de una isbá
pobre. Pero San Pedro insistió en que fueran a una casa rica, en la que hubiera
de todo. El Señor no le retuvo consigo. Le permitió ir, mientras Él se quedaba
sentado a esperarlo en las inmediaciones de una casa pobre. Pedro fue a la casa
más rica.
«Aquí nadan en la abundancia. Nos darán una cena magnífica y pasaremos
buena noche», pensó.
Pero se equivocaba. La dueña de la casa le rechazó de forma muy
grosera:
-Para los vagabundos no dispongo ni de cena ni de sitio donde dormir.
Pedro se enfadó, pero no perdió la esperanza, y se dirigió a otra casa.
En esta y en una tercera casa le negaron cobijo. Muy despechado, volvió Pedro
al lugar en el que le esperaba el Señor.
-Vamos, entremos en esta casa -dijo el Señor.
La dueña de la casa se encontraba a la mesa, junto con sus hijos: se
notaba que la morada era muy pobre.
«Vaya un recibimiento que vamos a tener», pensó Pedro. «Esta mujer no
posee nada».
Se equivocaba. Cuando el Señor pidió algo de cena y un lugar para pasar
la noche, la mujer, que era viuda, le contestó:
-Si no despreciáis lo poco que hay, lo compartiré con mucho gusto.
Cristo asintió. La viuda se levantó de la mesa y salió. Regresó al cabo
de un rato con un plato de sopa. Volvió a pedir perdón, ya que la sopa era muy
pobre.
-Me habría salido mejor si hubiera tenido mantequilla.
-Pedro -dijo el Señor-, cuenta los ojitos de mantequilla.
El apóstol contó los ojitos. Eran casi más de sesenta.
Cuando dieron cuenta de la comida y se disponían a subir a la
buhardilla en la que la viuda les había preparado las camas, el Señor regaló a
la viuda tantas monedas de oro como ojitos de mantequilla flotaban sobre la sopa.
La pobre mujer no sabía qué hacer, de tan alegre que estaba.
Al día siguiente, por la mañana temprano, la mujer se dirigió a una
rica casa vecina a comprar leche para preparar un buen desayuno a los
peregrinos, y contó a la dueña de qué modo le habían recompensado los huéspedes
por la pobre sopa que les había ofrecido. Le contó también que los viajeros le
habían dado tantas monedas de oro como ojitos de mantequilla flotaban sobre la
sopa.
La campesina rica era avariciosa. Amaba el dinero. Le dijo a la viuda
que no preparara nada, que quería invitarlos ella personalmente, que en su casa
tenía de todo, y que ella misma preparaba la mejor sopa que se hacía en la
región. Cuando la viuda informó a San Pedro y al Salvador, el Señor dijo:
-Vamos, Pedro.
Y fueron a la Casa de aquella campesina rica, seguidos por las
bendiciones de la viuda. La campesina rica les preparó una sopa muy suculenta.
-Si pagaron tan bien por una sopa pobre -pensó-, cuánto mejor pagarán
una sopa tan buena.
-Pedro -dijo el Señor- cuenta los ojitos de mantequilla que están en la
sopa.
-Oh, Señor -exclamó Pedro, al que la sopa le estaba pareciendo muy
rica-. La sopa es tan sustanciosa que toda la grasa se ha juntado en un solo
ojo. La dueña merece que la recompenses el doble.
Al salir de la casa, el Señor le dio a la campesina una sola moneda de
oro. La mujer no quedó satisfecha, pero el Señor no le dio nada más.
-Tantos ojitos, tantas monedas.
Por el camino, Pedro se lo fue reprochando al Señor. Pero el Señor le
dijo:
-Pedro, el mérito de lo que se da no está en la cantidad, sino en la
actitud con la que se entrega. En verdad te digo que la sopa pobre de la viuda
vale sesenta veces más que la sopa suculenta de la campesina rica.
...porque te pueden tocar a ti. Desde hoy, día 16, hasta las 24 horas del 30 de Junio, entrarán en sorteo todos los comentarios que se publiquen en cualquiera de las entradas de este blog.
La verdad es que no tenía pensado poner a sorteo más que los mps de Quaterni, pero resulta que el sábado tuvimos una Trobada en la Biblioteca Cardona, en Vilanova y allí me encontré con un buen amigo cuyo nombre no voy a decir porque: "Bajo ningún concepto pongas mi nombre y quiero que añadas al sorteo estos de las Firas de Conte Va! Va de Contes!". Y yo, que ya me conocéis: Firmes, saludo militar y "A la orden, Jaume".
...No sé, creo que he dicho algo que no debía ... o me falta algo por decir ... Ay, sí: ¡Suerte a todos!
Con éste damos por finalizados los sorteos. Nos esperan unas merecidas vacaciones de verano, pero en Septiembre volveremos. Mientras tanto y desde aquí animamos a otros autores de blogs se sumen a esta iniciativa.
Con más de cuarenta años de experiencia en el mundo del libro, nació Editorial Quaterni, una editorial independiente cuya intención es rescatar del
olvido algunos de los títulos más leídos de la literatura universal y dar
cabida a nuevos autores que tienen cosas interesantes que contar. Quaterni es
una editorial para lectores que quieran divertirse con cada libro, que huyan de
modas pasajeras y que por encima de todo, piensen que la literatura es una
forma de ocio tan importante como el cine y la televisión.
La cabellera negra
Érase una vez un samurái de bajo rango que vivía en la capital. Era
pobre y no tenía a quien servir desde hacía tiempo. Un día, inesperadamente, un
caballero conocido suyo fue nombrado gobernador de una provincia. Pensó que
debía hablar con él por si tenía la posibilidad de acompañarle como sirviente y
se presentó en su casa. El caballero lo recibió con amabilidad y le dijo:
-Aunque vivas en Kioto, si no tienes amo, no puedes hacer nada. ¿Qué te
parecería venir conmigo a mi nuevo destino? Yo te podría ofrecer trabajo. Hacía
años que me preocupaba tu situación, pero, como yo mismo estaba en desgracia,
no podía hacer nada por ayudarte. Ahora las cosas han cambiado. Anímate a
formar parte de mi séquito.
-Señor, me dais una gran alegría. Os agradezco esta oferta. Estoy
dispuesto a seguiros ahora mismo a donde vayáis -respondió el hombre.
El traslado se organizó rápidamente. El samurái tenía que decidir si se
llevaba consigo a su mujer, con quien estaba casado desde hacía bastantes años.
Durante todo ese tiempo, aunque la pobreza les impuso su pesada carga y la vida
les resultaba difícil hasta extremos insospechados, ella se había mantenido
joven, además de seguir siendo tan bella como cariñosa. El hombre era feliz y
no tenía queja de ninguna clase hacia ella. Sin embargo, ante la perspectiva
del viaje a una región lejana, cambió de repente de actitud, dejó a la mujer y
se casó de nuevo con una muchacha de familia pudiente. Aparentemente, el hombre
hizo bien sus cálculos. Su nueva mujer le cuidaba con esmero y le pagó todos
los gastos del viaje necesarios para seguir a su amo. De esta manera, el hombre
empezó a tener dinero y llegó a vivir como los ricos.
Instalado en la opulencia, el hombre sin embargo recordaba con
frecuencia el rostro de su antigua mujer, a la que había dejado abandonada en
la capital. Se preguntaba si estaría bien y sentía a menudo la necesidad de
volver a verla y estar con ella. Pasaba así los días, atormentado por el afán
de volver a la ciudad donde habría de reencontrarse con su querida primera
mujer. Al cabo, el destino del amo en aquella región llegó a su término y éste
tuvo que volver a la capital.
Durante el viaje el hombre no cesaba de pensar en el cruel trato que
había infligido a su antigua pareja, habiéndola dejado sin mayor razón cuando
ella lo quería tanto. Se decía para sus adentros que, nada más llegar a la
capital, se encaminaría a su antigua casa para vivir el resto de su vida al
lado de ella.
El mismo día en que pisó la capital, el hombre se deshizo de su segunda
mujer despachándola a casa de sus padres y corrió a su antigua morada. Ésta
seguía allí donde la había dejado, pero su aspecto había cambiado tanto que
casi no la podía reconocer. Todo en ella estaba deteriorado, como si nadie la
habitara. Cuando el hombre se acercó a la puerta, ésta se abrió sin ninguna
resistencia.
«¡Pobre mujer! ¿Cómo pude dejarla sola así?», pensaba. Miró hacia el
cielo y en él vio la luna de septiembre, que brillaba con la clara luz del
otoño. Sintió el frío de la noche y también la opresión de la tristeza y la
soledad del lugar.
Las paredes tenían partes derruidas y en los corredores de madera se
veían roturas aquí y allá. De pronto, advirtió una tenue luz que le sirvió de
guía para llegar hasta una habitación. ¡Era ella! Su mujer estaba sola, sin
ninguna sirvienta. Como si no le guardara el mínimo rencor, lo miró con una
expresión de sorpresa y alegría y le pregunto:
-¿Cómo te ha ido? ¿Cuándo has vuelto a Kioto?
El hombre le relató sus andanzas en la lejana región y también el
recuerdo y la añoranza continuos que de ella había tenido.
-A partir de ahora, no me alejaré nunca más de tu lado. He regresado
con muchas cosas, pero eso lo haré traer mañana, y también vendrán mis
sirvientes. Esta noche he venido sólo a hacerte saber mi decisión de volver a
vivir contigo.
Cuando oyó estas palabras, la mujer se llenó de contento y empezó a
contarle las penurias que había pasado desde que él se fuera sin ella. Con el
calor de la charla, el tiempo fue transcurriendo sin sentir y se hizo muy de
noche. Decidieron entonces ir a acostarse en el lado sur de la casa. Allí se
tumbaron y se abrazaron y el hombre le preguntó: «¿No tienes a nadie que te
atienda aquí?». La mujer le contestó que, al estar la casa tan abandonada y sin
recursos, nadie quería servirle. Con el relato de tantas desventuras, parecía
que no quisiera llegar nunca el amanecer, y el hombre entendió por primera vez
cabalmente las verdaderas consecuencias de su acción.
Ya próxima el alba, se dejaron vencer por fin por el sueño. El hombre
no habría sabido decir cuánto tiempo pasó, pero ya era totalmente de día cuando
despertó sobresaltado: la fuerte luz que entraba por la parte superior de la
ventana hería sus pupilas y no conseguía recordar la hora ni el lugar donde se
había acostado. De pronto acudió a su mente la noche anterior y se volvió hacia
su mujer. Vio la larga cabellera negra que se le deslizaba cuello abajo. Lo que
yacía a su lado, sin embargo, era un esqueleto recubierto a duras penas por un
pellejo reseco. ¡Había dormido abrazado a un cadáver!
-¿Qué es esto? -gritó el hombre.
Su cuerpo y su mente fueron repentinamente presas del pánico y,
recogiendo presuroso la ropa que se había echado encima para dormir, salió
corriendo al jardín.
«¿No habrá sido una visión?», pensó una vez allí. Movido por esta esperanza,
volvió a asomarse a la casa. Pero allí encontró el mismo panorama que había
dejado. Se trataba sin duda de un cadáver que debía de llevar abandonado allí
mucho tiempo.
Se puso los pantalones y la chaqueta intentando refrenar el temblor de
sus manos y se fue a preguntar a una casucha vecina. Sin embargo, no podía
dejar traslucir lo que acababa de experimentar. Así que aparentó haber acabado
de llegar y preguntó:
-¿Saben dónde está la persona que habita en esa casa? Parece como si en
ella no hubiera nadie.
Al oír la pregunta, el vecino respondió:
-La mujer que vivía ahí fue abandonada por su marido, con quien había
estado casada muchos años. Entonces se apoderó de ella la tristeza y enfermó
gravemente. No tenía a nadie que la cuidara y este verano, al fin, falleció.
Pero tampoco hubo nadie que se hiciera cargo de su cadáver para enterrarla. Así
que la gente empezó a tomarle miedo a la casa y nadie ha vuelto a acercarse a
ella.
El terror que sentía el hombre era ya insoportable. Sin poder articular
palabra, se marchó.
¿Hasta dónde llegaría su espanto? Seguramente, el alma de la mujer que
lo quería tanto permaneció esperando la llegada del marido a pesar de la muerte
del cuerpo. El anhelo de los años la había convertido de nuevo en un ser vivo
que quiso amarlo otra vez. Éste es el hecho más insólito del que he tenido
noticia.
Y porque puede ocurrir algo así, siguen diciendo que no se debe dejar
de visitar a las mujeres a las que se haya dejado solas, aunque haya
transcurrido mucho tiempo.
(Cuento Tradicional Japonés)
Marcapaginasporuntubo recomienda "permanecer atentos a la pantalla" de vuestro ordenador porque "pasado mañana, día 16, es otro día".
Marcapaginasporuntubo dedica esta viñeta de Quino a todos los estudiantes de Periodismo indicándoles que además de ese abanico de posibilidades que les abre su profesión todavía les queda una más: decir la verdad.
Nacido en Aiguamúrcia (Tarragona), pintor y profesor de l´Escola del Mar de Barcelona, su carácter sencillo e intuitivo le llevó desde los caminos del postimpresionismo en su época gris, pasando por el expresionismo paisajístico hasta la figuración y la abstracción.
Barcelona, Mallorca o Londres fueron motivos de inspiración de su obra, de la que ahora podemos disfrutar en l´Espai Artistic que lleva su nombre ubicado en el Ayuntamiento de Aiguamúrcia. Parte de su obra se encuentra en el Museu de Valls y en el Museu d´Art Modern de Tarragona.
Enviado
del otro mundo
La primera vez que vimos al
hombre, mi madre y yo íbamos al cementerio. Desde la muerte de mi padre íbamos
todas las tardes. Ya habíamos salido por el portón, cuando lo vimos aparecer
extraño, con la ropa de trabajo empapada en sudor, el sombrero de yarey echado
hacia atrás y una guataca recostada al hombro. Al vernos, la sorpresa lo
detuvo. Yo sé que entrecerró los ojos y que mostró la hilera de sus dientes tan
blancos que parecían de mentira. Vi sus ojos de un gris afilado como la punta
de un cuchillo. Era muy alto y la ropa le quedaba pequeña: el pantalón,
desgarrado por los bajos, dejaba libre un pedazo de la piel de sus piernas por
encima de las botas enfangadas y sin abrochar. La camisa tenía un color más
oscuro debajo de las axilas, y como la llevaba abierta, podía verse en su pecho
la oscuridad del vello.
Un
segundo lo miró mi madre y trató de abrir la sombrilla, que no se abrió.
Comenzó a buscar algo en el bolso, me llamó varias veces por mi nombre
completo, como nunca hacía.
El
hombre dejó la guataca en el suelo y se acercó. Escuchamos el golpe de sus
botas en la calle y no hubo que mirarlo para saber que estaba ahí, a dos pasos:
era precisa su respiración agitada, penetrante el olor a manigua.
Sentí
la mano de mi madre apretando la mía.
-Me da un poco de agua -pidió
con voz que seguro hizo temblar las ramas de los árboles.
Ella
no escuchó, no hizo caso. Sin levantar los ojos, huyó conmigo calle abajo y
doblamos por la primera cuadra, cruzamos sin mirar el puente de la zanja.
Comenzaba
a hacer frío y los árboles se veían negros en plena tarde. Las calles estaban
mojadas aunque no había llovido y las casas permanecían cerradas a cal y canto.
Los perros (tantos perros) no ladraban. Tampoco volaban los pájaros, ni se oían
los gritos del hijo loco de la vieja Sana, ni las campanas de la iglesia
hicieron nada por espantar aquel silencio como era su deber.
-¿Quién
es ese hombre? -pregunté cuando estuvimos lejos.
-El
diablo ‑respondió.
Volvimos
a verlo al día siguiente.
Llegamos
al cementerio, que tenía una gran puerta desde donde unos ángeles grandes nos
miraban sin darnos importancia. Abrimos la verja, que siempre daba un alarido,
y entramos a la calle de entones pintados de blanco, con tumbas grises que
tenían floreros de colores vivos.
Mi
madre suspiró (siempre lo hacía), cerró la sombrilla y se arregló el pelo. Como
era hábito, deambulamos por entre las tumbas. Ella leyó las inscripciones de
todas, acarició algunas lápidas y cruces, allí donde decía que estaba su amiga
Adela y la otra amiga y la otra, tantos muertos que nos recuerdan, hijo, que
polvo somos y en polvo nos convertiremos. Sus ojos no estaban quietos y brillaban;
por momentos sostenía en sus labios una leve sonrisa.
En
la tumba de mi padre, quitó las flores mustias y vimos al hombre en el momento
en que mi madre me mandaba por agua limpia. Lo descubrimos bajo un angelito de
mármol, tan de mármol él como el angelito, mirándonos o mirándola a ella,
fijamente.
-No
lo mires tú -me ordenó ella.
No
me gustó la forma angustiada en que lo dijo, pero ninguna pregunta me atreví a
hacerle: la vi bajar la cabeza, hundirse en sí misma, tranquila, intranquila,
sentada en un banco.
Fui
como pude, evadiéndolo, a la bomba del agua y llené los recipientes de cristal.
Pero al regresar, el hombre me detuvo por un brazo, no sólo con las manos,
también con los ojos de acero tan llenos de cruces como el cementerio. Sonrió.
-¿Qué
quiere? -pregunté sin miedo, aunque con miedo, bajando los ojos, sabía que no
debía mirarlo.
Mostró
un papel doblado, amarillo, un papel viejo.
-Dale
a ella. Dile que es un recado.
Como
yo, mis manos se resistían, se inclinó hacia mí desde su altura y agregó:
-Es
un recado que manda tu padre.
-Mí
padre está muerto ‑riposté quizá ofendido sin saber por qué.
-Lo
sé -respondió-, es un buen amigo que no tiene secretos para mí.
¿Cómo
culparme de volver con el recado si se trataba de un aviso que mi padre nos
mandaba?
Mi
madre leyó el papel sin demostrar que lo leía. Lo guardó entre sus senos, y no
colocó las flores en los floreros, dijo que el agua resultaba buena para los
muertos. Más tarde ocultó la cara entre las manos y noté que sus párpados se
agitaban. ¿Estás llorando, estás riendo? Nada, hijo, nada, se secó los ojos y
se puso de pie.
-Vamos.
Es de noche.
¿De
noche? No dije no, pero el sol aún se veía.
Salimos del cementerio y no
vimos al hombre porque ya no estaba o se había escondido, y eso que los ojos de
ella iban iluminando las esquinas, y se perdían de tan lejos que miraban.
Regresamos
en silencio. Ella no hablaba, como cuando había un pensamiento que la
torturaba. Yo la conocía bien, y como la conocía bien, corté un jazmín y se lo
regalé para que adornara su escote.
Al
llegar a casa, no encendió la luz. Se tiró en la cama y me pidió que le echara
fresco, pero, por favor, no me hables, mira que no me gusta que me hablen
cuando quiero pensar.
-¿En
quién?
Hubo
un silencio entre los dos. Después escuché una respuesta cansada:
-En
tu padre.
Toda
una semana, día tras día, estuvo el hombre pasando frente a nuestra puerta.
Ella había cerrado las ventanas y cuando escuchaba sus botas, apretaba los ojos
y se tapaba los oídos. A veces lloraba, en silencio, tanto, que parecía que no
lloraba.
Dejamos
de ir al cementerio, para no verlo, porque ese hombre es Satanás, hijo, es de
otro mundo y los hombres de otro mundo nada tienen que hacer en éste.
Algunas
tardes él tocaba a la puerta. Ella huía a la cocina y se hacía la que estaba
revolviendo la sopa, pero qué sopa, si nada había en los calderos.
Así
ocurrió hasta una tarde en que él no pudo más y tocó mucho, hasta cansarse y
ella tampoco pudo más y aunque no deseaba abrir, abrió la puerta igual que si
tomara una decisión. Se enfrentó a las pupilas afiladas del hombre. Se desearon
los buenos días de modo bastante raro porque no hubo sonrisas.
Él no esperó para decir:
-Le
traigo un regalo.
Y
alargó una jaula blanca, de metal, con un pájaro blanco que no debía ser de
metal: volaba y revolaba con chillidos extraños.
Ella
tomó la jaula y se mostró muy agradecida, si quiere sentarse.
Él
pasó a la sala y me guiñó un ojo como si yo debiera saber algo que él suponía
que yo supiera. Esta vez iba vestido de limpio, con pantalón de caqui y
guayabera blanca almidonada. Tenía un pañuelo en las manos con el que secaba el
sudor de la frente. Olía a agua de colonia.
Mi
madre se me acercó. Acarició mi cabeza.
-Mi
hijo.
Pensé
que la seguridad había vuelto a ella después de haberla abandonado. Estaba
hermosa. Comenzó a moverse con soltura. Trajo un vaso con agua y una taza de
café. Por último, hasta sonrió. Conversaron del invierno, en diciembre uno
respira, lo que es en agosto...
Cuando
él se marchó ella abrió las ventanas y encendió las luces. No le importó que
fuera tarde para limpiar con insistencia y mucha agua los pisos, que brillaron
como cristales.
Más
tarde preparó un baño de agua hirviente con gotas de perfume. Salió del baño y
olía más que un jardín. Se ocultó entre las sábanas de la cama y me pidió que
tampoco hoy la molestara, hijo, quiero pensar.
Al
otro día no se vistió de negro. Amaneció con vestido blanco que tenía lazos
azules y la vi mucho rato frente al espejo pasando las manos por la cintura, mirándose
contenta.
-Hoy
vamos a tener noticias de tu padre ‑anunció.
Puso colorete en sus mejillas y tiñó la
boca de un rojo vivo. Las cejas se arquearon con rayas negras. Levantó el pelo
y lo sostuvo con peinetas.
Sacó
de una gaveta una vieja caja de bombones forrada con papel dorado y envuelta en
cintas verdes donde guardaba las fotografías. Zafó con cuidado las cintas y rió
mucho de verse de nuevo tan joven, como en aquellos tiempos. También rió de ver
a los parientes y los iba nombrando y los saludaba, repetía las mismas
anécdotas, las mismas historias. Dispuso las fotos sobre el suelo como si
compusiera un rompecabezas. Ponía un dedo sobre cada foto y decía los nombres
sin equivocarse.
Después
llenó la casa con búcaros llenos de flores y hojas de espárrago.
A
la noche se preparó mejor y vistió el traje más elegante y me llamó:
-¿Cómo
ves a tu madre?
Le
dije la verdad, que estaba más bella que nunca, como una actriz de cine, y su
agradecimiento fue un beso que dejó su boca en mi frente.
Trajo
fundas limpias, sábanas limpias y vistió su cama no sin dejar caer unas gotas
de perfume en la almohada.
-El
hombre que viene del otro mundo trae un recado de tu padre.
No
pregunté si podía quedarme. Ella oyó la pregunta sin que yo la hubiera dicho,
contestó con el índice levantado igual que cuando daba consejos:
-Oye
bien: no puedes quedarte. El hombre que viene del otro mundo no podrá hablar si
te quedas. Dentro de unos minutos te irás. Volverás tarde.
La
vi estirar las sábanas y pasar las manos sobre ellas, acariciarlas, y la cama
fue quedando mejor tendida que nunca. Después dio vueltas de un lado a otro
hasta que decidió calmarse encendiendo un cigarro. Fue hasta la ventana. Me
gustó verla fumar: lo hizo como si se tratara de la cosa más importante del mundo.
Entrecerró los ojos y la vi joven y bella. Fumó olvidada de mí y sonrió a la
ventana, al jardín, a la noche.
Sentimos
entonces los cascos del caballo. Ella corrió para descolgar el retrato de mi
padre que estaba en la pared, sobre la cabecera de la cama y me lo tendió:
-Es
necesario que lo lleves. Pídele que nos ayude.
Salí
y sin que ella me viera me llevé además la jaula y el pájaro blanco. El pueblo
estaba oscuro como el fin del mundo. Me alegré de que estuviera así, con la
única vida de algunos postes iluminados. Las calles estaban muertas, las calles
por donde yo corría con mis gritos, con los chillidos del pájaro. Estaba feliz
de llevar el retrato de mi padre y sobre todo de tener noticias. Yo, en
realidad, siempre había esperado un mensaje. Aunque un día vi a mi padre
encerrado en una caja negra, sospechaba que con tanto que él nos quería, no iba
a abandonarnos, y por eso esperaba, a lo mejor el día menos pensado va y nos da
la sorpresa. Y mi madre lo repetía, hijo, con este mundo nunca se sabe.
Llegué
a la Madama,
que son unas ruinas del tiempo de la colonia, y sobre una piedra puse la foto
de mi padre y la jaula del pájaro. Hablé con la foto y le dije por favor,
queremos saber cómo estás allá tan lejos de nosotros y dinos si volveremos a
verte. No respondió pero fue como si respondiera. Quedé tranquilo y contento.
Abrí la puerta de la jaula y le dije al pájaro que si deseaba ser libre podía
salir, y por supuesto salió porque deseaba ser libre. Se fue volando y los
golpes de sus alas parecieron palabras de agradecimiento. Me tiré en la hierba,
cerré los ojos y me dormí. No, no me dormí, pero sí, estaba dormido porque iba
soñando, por el aire, sobre el campanario de la iglesia y el pájaro en mi
hombro...
Cuando el sueño se acabó, sentí
el peso de la noche, y decir el peso de la noche es decir una palabra como
miedo, y regresé.
Mi
casa estaba iluminada, toda iluminada y las ventanas abiertas dando luz. Al
entrar, me molestó en los ojos el brillo de las lámparas.
Llamé
a mi madre.
Nadie
respondió, lo que no tenía importancia porque yo sabía que ella estaba allí.
Volví a llamar. En el comedor vi la mesa puesta con el mantel de frutas
bordadas que mi madre reservaba para las grandes noches y los platos con las
chinas sonrientes en el fondo. Fui rincón por rincón buscándola a ella que
estaba oculta para darme un susto. Vi su cuarto tan vacío como el pueblo.
Madre, madre, sé que estás en algún lado. Sentí que la puerta se abría no
porque lo sintiera, no, más bien fue una brisa fría que inundó la casa y un
olor a árboles y a campo, como si se tratara del hombre.
No
era el hombre, claro: mi madre entró muy hermosa, con el pelo suelto sobre los
hombros y la bata larga de tela suave. Tenía la bata llena de hojas y estaba
descalza con los pies enfangados. Reía entre suspiros.
Hijo,
ven, y se arrodilló para abrazarme y darme miles de besos. Con mis manos ordené
su pelo.
-¿Qué
ha dicho mi padre?
Cerró
los ojos, tan satisfecha que echó la cabeza hacia atrás. Todo el júbilo no
cabía en su pecho.
-Es
feliz -dijo-. Tu padre es feliz allá donde está y quiere que nosotros también
lo seamos. Dice que lo olvidemos, que no vayamos al cementerio y que vivamos
otra vida.
-¿Y el hombre?
-Es
su amigo. Él lo envía para que nos cuide.
Entonces
salimos al jardín porque mi madre me explicó que necesitaba sentir el frío de
la noche, el invierno al fin, y cantar para que mi padre la oyera allá donde
estaba, reír sin motivo, reír y ríe tú, hijo, tu padre es feliz y nosotros lo
seremos.
El
pueblo despertó con nuestra alegría. A nuestras voces se abrieron las ventanas.
Por sobre nuestras cabezas volaba y revolaba el pájaro blanco y, cuando al fin desapareció, dejóen el cielo un punto brillante que simulaba una estrella.
(Abilio
Estévez)
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