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martes, 10 de junio de 2014

Gabinete Arnaldo Biete - V Trobada



El domingo, en la Trobada realizada en el Gabinete de Arnaldo Biete hemos tenido ocasión de saludar a un buen número de amigos coleccionistas. Pocos faltaron a la cita y no quisiéramos nombrarlos a todos por si nos olvidamos de alguno, pero no podemos dejar de citar a Arnaldo, el anfitrión, a Montse y Domènec, de los que siempre aprendemos acerca del coleccionismo, y a Mª Rosa Bordón, Puntodepapel, que no tiene pereza en acercarse desde Las Palmas y que nos ha obsequiado con estos dos puzzles, editados por ella, con motivos de su tierra. Dejamos la descripción del Tajinaste azul  para blogs más especializados que éste.

Deseo y posesión

Las charadas ya no están de moda. ¡Qué tiempos tan buenos para los poetas-esfinge eran aquellos en que Le Mercure pro­ponía cada mes, cada quince días y, al final, cada semana una charada, un enigma o un logogrifo a sus lectores!
Pues bien, voy a revivir esa moda.
Dígame pues, querido lector o hermosa lectora -las charadas están hechas, sobre todo, para la mente perspicaz de las lec­toras-, dígame de qué lengua proviene la alegoría siguiente.
¿Es sánscrito, egipcio, chino, fenicio, griego, etrusco, rumano, galo, godo, árabe, italiano, inglés, alemán, español, francés o vasco?
¿Se remonta a la Antigüedad, y está firmada por Ana­creonte? ¿Es gótica, y está firmada por Carlos de Orleáns? ¿Es moderna, y está firmada por Goethe, Thomas Moore o La­martine? ¿O no será, más bien, de Saadi, el poeta de las per­las, rosas y ruiseñores? ¿O bien...?
Pero no soy yo quien lo ha de adivinar, es usted. Así que, querido lector, adivine.
He aquí la alegoría en cuestión.

Una mariposa reunía en sus alas de ópalo la más dulce armo­nía de colores: blanco, rosa y azul.
Como un rayo de sol iba revoloteando de flor en flor, y, cual flor voladora, subía y bajaba, jugando por encima de la verde pradera.
Un niño que intentaba dar sus primeros pasos por el césped tornasolado la vio y, de repente, se sintió invadido por el deseo de atrapar aquel insecto de vivos colores.
Pero la mariposa estaba acostumbrada a este tipo de deseos. Había visto cómo generaciones enteras se quedaban sin fuerzas persiguiéndola. Revoloteó delante del niño y fue a posarse a dos pasos de él; y, cuando el niño, ralentizando sus pasos y conteniendo la respiración, extendía la mano para cogerla, la mariposa alzaba el vuelo y recomenzaba su viaje desigual y deslumbrante.
El niño no se cansaba; el niño lo intentaba una y otra vez.
Tras cada tentativa abortada, el deseo de poseerla, en vez de apagarse, crecía en su corazón, y, con paso cada vez más rápido, con la mirada cada vez más ardiente, el niño salía corriendo detrás de la linda mariposa.
El pobre niño había corrido sin mirar atrás; de manera que, cuando hubo corrido un buen rato, ya estaba muy le­jos de su madre.
Del valle fresco y florido, la mariposa pasó a una llanura árida y poblada de zarzas.
El niño la siguió hasta esa llanura.
Y, aunque la distancia ya era larga y la carrera rápida, el niño, que no se sentía cansado, no paraba de perseguir a la mariposa, que se posaba cada diez pasos, en un matorral, en un arbusto o en una sencilla flor silvestre y sin nombre, y siempre alzaba el vuelo en el momento en que el muchacho creía tenerla ya.
Porque, mientras la perseguía, el niño se había transformado en muchacho.
Y, con el invencible deseo de la juventud, y con su in­definible necesidad de posesión, no dejaba de perseguir al brillante espejismo.
Y, de vez en cuando, la mariposa se detenía como para burlarse del muchacho, introducía voluptuosamente su trom­pa en el cáliz de las flores y batía amorosamente las alas.
Pero, en el momento en que el muchacho se aproxima­ba, jadeando de esperanza, la mariposa se abandonaba a la brisa, y la brisa se la llevaba, ligera como un perfume.

Y así pasaron, en esa persecución insensata, minutos y más minutos, horas y más horas, días y más días, años y más años, y el insecto y el hombre llegaron a la cima de una montaña que no era otra cosa que el punto culminante de la vida.
Persiguiendo a la mariposa, el adolescente se había hecho hombre.
Allí, el hombre se detuvo un instante para considerar si sería mejor volver atrás, pues la vertiente de la montaña que le quedaba por bajar le parecía muy árida.
Abajo, en la falda de la montaña, al contrario del otro lado donde, en encantadores parterres, ricos vergeles y ver­des parques, crecían flores perfumadas, plantas raras y árbo­les cargados de fruta; en la falda de la montaña, decíamos, se extendía un gran espacio cuadrado cercado por muros, al cual se entraba por una puerta abierta ininterrumpidamente, y donde no crecían más que piedras, unas tendidas en el sue­lo, las otras erguidas.
Pero la mariposa se puso a revolotear, más deslumbran­te que nunca, ante los ojos del hombre, y tomó la dirección del recinto cerrado, siguiendo la pendiente de la montaña.
Y, ¡cosa extraña!, aunque aquella carrera tan larga tenía que haber fatigado al viejo, porque, por su pelo canoso, se podía reconocer como tal al insensato corredor, su paso, a medida que avanzaba, se hacía más rápido; solo se podía explicar por el declive de la montaña.
Y la mariposa se mantenía siempre a la misma distancia; solo que, como las flores habían desaparecido, el insecto se posaba en cardos espinosos, o en desnudas ramas de árboles.
El viejo, jadeando, no paraba de perseguirla.
Al final, la mariposa pasó por encima de los muros del tris­te recinto, y el viejo la siguió, entrando por la puerta.
Pero apenas había dado unos pasos cuando, mirando a la mariposa, que parecía fundirse en la atmósfera grisácea, chocó con una piedra y cayó.
Tres veces intentó levantarse, y tres veces volvió a caer.
Y, no pudiendo correr ya más detrás de su quimera, se contentó con tenderle los brazos.
Entonces la mariposa pareció apiadarse de él y, aunque había perdido sus colores más vivos, se puso a revolotear por encima de su cabeza.
Tal vez no eran las alas del insecto las que habían per­dido sus vivos colores; tal vez eran los ojos del viejo los que se habían debilitado.
Los círculos descritos por la mariposa se fueron hacien­do más y más estrechos, y al final se fue a posar sobre la pálida frente del moribundo.
En un último esfuerzo, este levantó el brazo, y con la mano tocó, por fin, la punta de las alas de aquella maripo­sa, objeto de tantos deseos y tantas fatigas; pero, ¡qué desilu­sión!, se dio cuenta de que aquello que había estado persi­guiendo no era una mariposa, sino un rayo de sol.
Y su brazo cayó frío y sin fuerzas, y su último suspiro hizo estremecer la atmósfera que pesaba sobre aquel campo­santo...

Y, pese a todo, poeta, persigue, persigue tu desenfrenado deseo de ideal; procura alcanzar, atravesando infinitos dolo­res, ese fantasma de mil colores que huye incesantemente delante de ti, aunque se te rompa el corazón, aunque se te apague la vida, aunque exhales el último suspiro en el mo­mento en que lo roces con la mano.
(A. Dumas)

domingo, 8 de junio de 2014

Vallgrassa, Centro Experimental de las Artes



Vallgrassa, Centro Experimental de las Artes se presenta como un punto de encuentro entre artistas y visitantes, como un punto de encuentro entre la creación y la observación. Como una parte y un todo a la vez, donde el lenguaje universal y abierto del arte vigente permite descubrir e integrar, desde la experiencia emocional, el alma del Parque del Garraf; así es, las personas, la luz, el viento, la tierra, el mar...
Punto de encuentro y punto de partida, pues, donde crear puentes de unión entre el Parque y los demás territorios que le rodean, mediante talleres, seminarios, exposiciones, recitales de poesía, teatro, música...
Creando puentes que unan el Parque con otros espacios naturales protegidos, desde la identidad cultural mediterránea.

El dedo de oro

Un día del tiempo pasado, en la antigua China, un ermitaño un poco mago recibió la visita de un amigo de juventud, llamado Siang-Ju. El santo monje vivía desde hacía muchos años en el corazón de la montaña profunda, por lo que recibió a su amigo con efusión y alegría. Le ofreció comida y refugio para la noche.
Al día siguiente le dijo:
-Siang-Ju, en recuerdo de los años de nuestra juventud, quiero hacerte un regalo.
Y apuntando con el dedo a una gran piedra, la transformó en un bloque de oro puro. En lugar de alegrarse, su amigo conservaba un aire ceñudo. Ni siquiera le dio las gracias:
-Monje Wei -le dijo-, he hecho un largo viaje para llegar hasta ti en el corazón de la montaña profunda. ¿Por qué iba a contentarme con un pequeño bloque de oro puro?
El ermitaño, deseoso de complacer a su amigo de juventud, apuntó el dedo hacia un enorme peñasco y lo transformó en un bloque de oro puro.
-Espero que estés satisfecho -dijo riendo- y que tu asno pueda transportarlo.
Pero Siang-Ju no sonreía y conservaba su aspecto ceñudo.
-¿Qué deseas, pues? -preguntó el monje.
Entonces Siang-Ju, su amigo de juventud, sacó el gran cuchillo que llevaba en el cinto.
-Lo que quiero -dijo- es el dedo.
(Henri Brunel - Los más bellos cuentos zen)

Marcapaginasporuntubo quiere compartir con sus lectores este video que nuestra amiga nos ha dedicado. Gracias, Mª Luisa. 

Marcapaginasporuntubo inicia hoy una sección en homenaje al Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades de este año, a través de la cual iremos mostrando algunos de sus trabajos.
...y si es que son de justa literaria, procure vuesa merced llevar el segundo premio; que el primero siempre se lleva el favor o la gran calidad de la per­sona; el segundo se le lleva la mera justicia; y el tercero viene a ser segun­do, y el primero, a esta cuenta, será el tercero, al modo de las licencias que se dan en las universidades; pero, con todo esto, gran personaje es el nombre de "primero".  
(Cervantes - El Quijote)
En este caso no hay primero, ni segundo, ni tercero. Hay un GENIO.
(Marcapaginasporuntubo)

viernes, 6 de junio de 2014

Stefano Fristachi

 




Stefano Fristachi nació en Florencia en 1981. Después de terminar la escuela secundaria viajó recorriendo gran parte de Europa, Brasil y África del Norte sin una cámara. Luego estudió fotografía durante tres años en la Academia Libre de Bellas Artes de Florencia (L.A.B.A). Más tarde, trabajó en fotografía de moda, en cine y se especializó en fotoperiodismo en el Institut d’Estudis Fotogràfics de Catalunya (IEFC). Ahora tiene un grupo musical y se dedica a la venta ambulante de sus propias fotografías.
“Vivo entre la fotografía y la música. Vendo puntos de libro con mis fotografías impresas y a la vez me salen otros trabajos, ya que es una forma de hacerse publicidad a uno mismo. Vendo mis puntos de libro también con el objetivo de estimular la lectura. Me gustaría que la gente leyera más. Los puntos de libro no tienen un precio fijo, yo pido la voluntad, para ir acorde con mi intención de hacer crecer el mundo cultural con respecto al mundo material. La gente en general contesta muy bien. Soy feliz, porque me reconocen. Hay gente que ha estado interesada en mis fotos, gente que me ha dicho que ha empezado a leer, otra que me ha contactado para hacer algo. Veo que funciona y me siento muy gratificado. Me mantiene vivo”.

El brazo que no pudo alcanzar la luna  

Cuando la tierra estaba naciendo, el brazo, el pie y la boca eran seres independientes. Pero eran buenos amigos y salían con frecuencia a pasear juntos. Un día pasaron junto a una charca cuyas aguas tenían fama de siniestras: el que osaba entrar en ellas no volvía a salir.
La boca vio un pez precioso, y, como no tenía arco ni flechas, pidió al brazo sus armas. Disparó, pero no hizo blanco, y la flecha desapareció en el fondo de la charca. El brazo sabía que quien entrase en la charca estaba perdido, pero en su interior odiaba a la boca y se alegró de poder hacerla morir.
-¡Por tu culpa he perdido mi flecha! -dijo-. Entra y sácamela.
-Perdona -respondió la boca-; iré a casa, contaré lo sucedido a mi madre, y mi familia te pagará la flecha. Ya sabes que en esta charca no puedo entrar.
-¡Pues tienes que entrar! -insistió el brazo-; yo quiero mi flecha, no tu dinero.
-Vamos antes a la aldea -suplicó la boca-; después hablaremos.
Y volvieron juntos a la aldea. Todos los parientes de la boca acudieron a casa del brazo y le pidieron perdón diciendo que le pagarían bien la flecha perdida. Pero el brazo se mantuvo terco: quería su flecha y estaba en su derecho. Viendo que era inútil suplicar, la boca dijo:
-Está bien; iré a la charca y buscaré tu flecha.
Marchó a la charca y entró en el agua. Cuando llegó al fondo encontró una aldea muy grande. Un diablo de aspecto espantoso salió a su encuentro y le dijo:
-¿Por qué has bajado hasta aquí? ¿No sabes que nosotros matamos a todos los que caen al fondo de esta charca? Nadie ha vuelto a la orilla. ¿Qué buscabas aquí?
-He perdido la flecha del brazo y he venido a buscarla -respondió la boca.         
-El diablo, dándose cuenta de que la boca era una pobre criatura a la que habían engañado haciéndole entrar en la charca para que la matasen, puso cara más amable y dijo:
-Si es así, te dejaré volver. Anda a aquella casa; allí encontrarás la flecha y otras muchas cosas. Puedes llevarte lo que quieras como recuerdo.
La boca entró en la casa y vio muchas lunas (entonces no había aún luna en el cielo). Cogió su flecha y una de las lunas, se la mostró al viejo diablo y dijo:
-Esto es lo que más me gusta.
-Bien; llévatela -respondió el diablo.
Cuando la boca salió de la charca era de noche, y observó que su luna lucía más que la mejor lámpara. Podía verlo todo, de cerca y de lejos, como si fuera de día. A la mañana siguiente fue a casa del brazo.
-Aquí tienes tu flecha -dijo-. ¿Pensabas que me matarían en la charca? Pues ya ves que no; y el diablo me ha hecho el regalo más precioso que podía soñar.
Cuando, ya anochecido, la gente se reunió para danzar, la boca acudió con su lámpara y la colocó en el suelo: toda la plaza de la aldea quedó iluminada. Al ver aquella maravilla, el brazo quiso cogerla, pero la lámpara alzó el vuelo y se posó en lo alto de una cabaña.
-¡Que se escapa mi lámpara! -gritó la boca-. ¡Corre y cógemela!
El brazo subió a la cabaña; pero, al intentar coger la lámpara, ésta salió otra vez volando y fue subiendo, subiendo, hasta detenerse en medio del cielo. Su luz iluminó a toda la tierra, y desde entonces, cuando hay luna, los hombres ven también de noche. Pero la boca se puso furiosa.
-¡Devuélveme mi lámpara! -gritaba al brazo.
El brazo le pidió perdón, pero la boca exigía su lámpara. Acudió todo el clan del brazo y ofreció a la boca mucho, mucho dinero. Pero en vano: la boca quería su lámpara. Los ancianos de la aldea sentenciaron que el brazo, por no devolver la luna, sería esclavo de la boca. Y así continúan las cosas hasta hoy. ¿No debe el brazo cultivar la tierra, recoger frutos y cazar en el bosque para que la boca pueda comer?

(Anónimo de Costa de Marfil - En torno al fuego en las noches de África)

miércoles, 4 de junio de 2014

Puzzle de diez piezas

El domingo en Bellprat hemos conseguido 10 puntos de libro que parecían piezas sueltas de varios puzzles, nuestra sorpresa fue mayúscula cuando al subirlos al blog nos dimos cuenta de que colocando uno sobre el otro formaban un solo puzzle. Fueron editados por la Fundació Bosch i Cardellach.


Fauna de los Estados Unidos

Existe además el Goofang, que nada para atrás para que no se le meta el agua en los ojos y "es del tamaño exacto del pez rueda, pero mucho más grande".

No olvidemos el Goofus Bird, pájaro que construye el nido al revés y vuela para atrás, porque no le importa adónde va, sino dónde estuvo". 
(Jorge Luís Borges y Margarita Guerrero - El libro de los seres imaginarios)

Cuando te buscas las pulgas,
es muy divertido;
¡qué de astucias y artimañas!
¡qué cuadro más vivo! 
Aliciente diabólico
que tanto me agrada,
y es igual como el preludio
de la otra batalla.

Debajo de la camisa,
con detenimiento,
tus ojos van escrutando
entre los dos senos.
Pero la pulga se escapa
en juego travieso,
y yo, que espero otra cosa,
también me impaciento.

Déjala, pues, que se escape
por donde ella quiera,
y empecemos con tu cuerpo
una mejor fiesta
que esa caza infructuosa
por montes y valles.
Y tú serás victoriosa...
¡siempre has de ganarme!
Paul Verlaine

lunes, 2 de junio de 2014

Función Lenguaje


En Función Lenguaje forman profesionales del lenguaje, y por eso en Función Lenguaje se escribe y se lee. Se lee para entender las múltiples realidades que nos rodean. Se escribe para provocar la reflexión, para desarrollar la creatividad, para indagar sobre uno mismo y sobre el entorno, en definitiva para llegar a organizar un discurso coherente y adecuado a las propias necesidades expresivas.

Historia de los animales (Libro III, 1)

El león hace camino junto con los árabes y toma agua de los mismos manantiales. También me han dicho que los leones se introducen en las viviendas de los árabes, si no disponen de caza y el hambre los hostiga. Si por acaso el dueño de casa está presente, se enfrenta con la fiera y la ahuyenta con decisión. Pero si el amo está fuera, su mujer, al verse sorprendida a solas, profiere frases que hacen que el león se ruborice, se mantenga apartado; así le templa el ánimo feroz, lo induce a controlarse y a no permitir que el hambre lo ciegue de ira. Al parecer, el león es capaz de comprender el lenguaje de los árabes. Según se dice, la mujer apostrofa al león con palabras de este sentido: «Tú, león, rey de las fieras, ¿no sientes vergüenza al venir a mi humilde morada para pedir a una pobre mujer que te alimente, no te sonrojas viendo, como si fueras un inútil, que una mujer con sus manos, llena de lástima y compasión, te entrega lo que buscas? ¡Tú, que tendrías que acudir a las regiones montañosas para perseguir ciervos y antílopes y todos los animales que son el alimento que te corresponde a ti y a tu especie! En cambio, como si fueras un pobrecito perro, te avienes a recibir comida de las manos de otro.» La mujer hace uso de estos halagos y la fiera, como si hubiera sido alcanzada en pleno corazón, ahogada de vergüenza, se va a paso lento, con la cabeza caída, apesadumbrada por esas palabras tan justas. Si sabemos que caballos y perros, cuando son amenazados entre los hombres, captan el sentido y se asustan, no me parece sorprendente que los árabes, que nacen y viven entre leones, sean capaces de hacerse obedecer por estas fieras. Porque estas gentes aseguran que los cachorros de león comen lo mismo que sus propios hijos, comparten con éstos sus yacijas y juegan bajo el mismo techo. Por tanto, no se dirá que es increíble o raro que los animales aprendan de los pequeños la lengua de éstos.

(Claudio Eliano)

Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supiesen hablar francés.
«Arte diabólica es»,
dijo, torciendo el mostacho,
«que para hablar en gabacho
un fidalgo en Portugal
llega a viejo y lo habla mal;
y aquí lo parla un muchacho».
Nicolás Fernández de Moratín


sábado, 31 de mayo de 2014

ADDA




Fundada en 1976 la Asociación Defensa Derechos Animal, fue la primera ONG española dedicada a la defensa y al bienestar de los animales en general.
Declarada de Utilidad Pública en 1981 y sin ánimo de lucro, Ong ADDA es una Organización No Gubernamental, apolítica e independiente.
Ong ADDA colabora y trabaja de forma conjunta, con diversas coaliciones de ámbito europeo y asociaciones a nivel nacional e internacional.  

El loro y el inglés

Cuentan que un inglés, que jamás había salido de Londres, ni conocía los pericos, llegó a Veracruz, y en busca de un hotel se internó en la ciudad.
Caminaba dirigiendo miradas investigadoras a todas las puertas, cuando un loro, volando desde un balcón, vino a posarse en la banqueta, casi a los pies del hijo de Albión.
Los vivos colores del plumaje del animal, la figura de su pico y la mansedumbre que demostraba, llamaron la atención del viajero a tal grado, que se detuvo y se inclinó extendiendo la mano para tomar al pájaro.
Iba ya asegurarlo cuando el loro retirándose pausadamente con ese aire zalamero que suele tomar en las ocasiones solemnes, dijo:
-Lorito, ¿eres casado? ¡Ay que regalo!
El asombro del britano fue terrible; retrocedió como si hubiera visto a una serpiente, y quitándose ceremoniosamente el sombrero, exclamó dirigiéndose al perico:
-Perdone usted, caballero; ¡yo creí que era usted pájaro!

Vicente Riva Palacio

jueves, 29 de mayo de 2014

Universidad Pontificia de Salamanca

   

El collar de perlas        

Estaba predispuesto a sentir antipatía por Mr. Max Kelada aún sin haberlo conocido. Recién terminaba la guerra, y el movimiento de pasajeros en los grandes barcos que cruzaban el océano era febril. Difícilmente podían pedirse comodidades, y uno  debía  contentarse  con  lo  que  le  daban  las  agencias  de vapores. Imposible soñar con obtener un camarote individual, y me di por satisfecho con uno de dos literas. Cuando me enteré del nombre de quien sería mi acompañante, se me encogió el corazón; significaba que las portillas tendrían que permanecer herméticamente cerradas, privándome de la fresca brisa nocturna.
Me disgustaba mucho tener que compartir un camarote con cualquiera durante catorce días -hacía el viaje de San Francisco a Yokohama-, pero lo hubiese aceptado con menos desaliento si mi compañero de viaje se hubiera llamado Smith o Brown.
Al subir a bordo encontré que el equipaje de mister Kelada ya estaba abajo. No me gustó su aspecto; las maletas tenían demasiadas etiquetas, y el baúl era excesivamente voluminoso.
Había desempaquetado ya los artículos de tocador, y pude observar que era un buen cliente de la fábrica Coty, pues el perfume, la brillantina y la loción capilar eran de esa marca. Sus cepillos, no obstante que eran de ébano con iniciales de oro, podrían haber lucido más si hubiesen estado más limpios. Mr. Kelada no me agradó en absoluto. Me dirigí al salón de fumar, pedí una baraja y me dediqué a sacar solitarios. Apenas comenzaba cuando se me acercó un hombre, preguntándome si no se equivocaba al suponer que mi nombre era tal o cual.
-Yo soy Kelada -añadió con una amplia sonrisa que dejaba ver una hilera de dientes brillantes, y tomó asiento.
-¡Ah!... Creo que compartimos el camarote.
-A eso le llamo yo suerte, ya que nunca se sabe quién podrá tocarnos de compañero. Me alegré cuando supe que era usted inglés. Yo sostengo que nosotros, los ingleses, deberíamos permanecer siempre unidos cuando estamos a bordo. Ya sabe usted lo que quiero decir.
Esto me hizo parpadear.
-¿Es usted inglés? -le pregunté, tal vez con poco tacto.
-Desde luego. No pensará usted que me parezco a un americano. Soy británico hasta los huesos; sí, señor.
Para hacer más creíble su afirmación, Mr. Kelada sacó del bolsillo un pasaporte y lo colocó airosamente bajo mi nariz.
El rey Jorge tiene, en efecto, algunos súbditos extraños. Aquel Mr. Kelada era robusto, de pequeña estatura, afeitado, de tez morena, nariz aguileña y ojos grandes y brillantes; su cabello era negro y levemente rizado. Hablaba con una fluidez poco común en los ingleses, y sus ademanes eran ampulosos. Con tales antecedentes tuve la seguridad de que, observado más de cerca, aquel pasaporte británico hubiera revelado que su propietario había nacido seguramente bajo un cielo más azul del que por lo general cubre Inglaterra.
-¿Desea usted beber algo, señor? -me preguntó.
Le observé con desconfianza. Como la ley seca estaba vigente, y a bordo todo parecía tan seco como un hueso, le contesté:
-Sin tener sed, no podría decir en realidad qué me desagrada más, si la ginebra o el zumo de limón.
Mr. Kelada me dirigió una oriental y taimada sonrisa.
-¿Qué le gustaría más?, ¿un whisky con soda o un Martini seco? Basta con una palabra.
Del bolsillo trasero del pantalón sacó una botella achatada que colocó ante mí sobre la mesa. Elegí el Martini. Mr. Kelada llamó al camarero y le pidió un cubo de hielo y un par de vasos.
-Es un cóctel excelente -observé.
-Es cierto, y en el sitio de donde salió esto hay mucho más –repuso-. Si tiene usted amigos a bordo, dígales que su compañero dispone de toda la bebida que se pueda desear.
Mr. Kelada se había vuelto muy locuaz;  hablaba  de Nueva York y de San Francisco, de teatro, de cine y de política. Parecía muy patriota. El pabellón de Gran Bretaña es un impresionante trozo de tela, pero cuando lo enarbola un individuo procedente de Alejandría o de Beirut me da la impresión de que palidece su dignidad.
Mr. Kelada empezaba a tomarse confianza conmigo. No deseo darme importancia, pero no puedo menos que reconocer que lo común y correcto en un desconocido es que se dirija a mí anteponiendo a mi apellido la palabra "señor", Mr. Kelada, sin duda para darme una sensación de confianza, había prescindido de esa formalidad. Como ya he dicho, Mr. Kelada no me era simpático.
Yo había dejado de lado las cartas cuando se acercó a mí, pero considerando que esa primera conversación había durado ya bastante, proseguí mi juego.
-El tres sobre el cuatro -me dijo Mr. Kelada.
Cuando se juega un solitario, no hay nada tan mortificante  como que le digan a uno dónde debe poner la carta que ha salido antes de haber tenido tiempo de cerciorarse uno mismo.
-Va a salir, va a salir... El siete sobre la sota.
Furioso, di por terminado el solitario. Mr. Kelada tomó las cartas de inmediato y me preguntó:
-¿Le agradan a usted los juegos de manos con la baraja?
-No, los detesto -repuse.
-Sin embargo, le enseñaré uno.
Tuve que soportar tres, después de lo cual le manifesté que iba al comedor para elegir un lugar.
-¡Oh! No se preocupe usted. He hecho que le reserven un asiento, pues pensé que, como compartimos el camarote, lo más natural era que nos sentásemos también a la misma mesa.
Repito que no me era simpático  Mr. Kelada.
No sólo tuve que compartir el camarote y comer con él tres veces al día en la misma mesa, sino que se unía a mí cada vez que me paseaba por cubierta, sin que me fuera posible desairarlo. Parecía no habérsele ocurrido siquiera que pudiese ser una persona poco grata. No dudaba de que uno se sentía tan contento de encontrarse con él como él lo estaba al encontrarse con uno. De habernos hallado en la propia casa, podríamos haberle arrojado a puntapiés por la escalera y cerrarle la puerta en las narices, sin que se le ocurriese sospechar que no era bien recibido.
Alternaba  con  todo el  mundo,  por lo  que  en tres  días conoció a la totalidad de los pasajeros. Se entrometía en todo y todo lo capitaneaba.
Dirigía las apuestas que a diario se hacían a bordo sobre el número de millas recorridas en las veinticuatro horas; hacía de rematador; recaudaba dinero para instituir premios en los juegos; formaba equipos para jugar al chito y al golf; organizaba conciertos, y  llevaba a cabo los preparativos necesarios para un baile de disfraces. En una palabra, tomaba parte en todo.
Era, por cierto, el hombre más detestado a bordo. Le apodaban "Don Sábelotodo”, y así le llamábamos pero él lo tomaba como un cumplido. Pero cuando se mostraba más insoportable era durante las comidas; nos tenía a su merced la mayor parte del tiempo.
Era cordial, festivo, locuaz y estaba siempre dispuesto a discutir. Pretendía saberlo todo mejor que nadie, y consideraba como una afrenta a su vanidad que alguien no compartiera sus opiniones.
No cesaba de hablar sobre cualquier tema hasta que lograba convencer a su interlocutor de que su forma de pensar era la más acertada. No se le ocurrió nunca la posibilidad de estar equivocado.
Nos sentamos a la mesa del médico. De no haber estado presente un señor llamado Ramsay, Mr. Kelada habría podido explayarse a su antojo, puesto que el médico era un hombre indolente y yo mostraba una fría indiferencia por todo. Ramsay era tan dogmático como Kelada, y le fastidiaba amargamente la seguridad que el oriental ponía en sus afirmaciones. En consecuencia, las discusiones se hacían agrias e interminables.
Mr. Ramsay se hallaba adscrito al consulado americano, y residía en Kobe. Era un hombre corpulento, un típico habitante del Middle-West, con una espesa capa de grasa bajo su piel tirante. Regresaba para hacerse cargo de su puesto, después de un rapidísimo viaje a Nueva York para recoger a su esposa que se encontraba en esa ciudad desde hacía un año.
Mrs. Ramsay era una joven atractiva, de modales agradables y con un agudo sentido del humor. La retribución asignada en el servicio consular era escasa, lo que la obligaba a vestir muy modestamente, pero sabía lucir los trajes y tenía cierta sobria distinción.
Habría pasado inadvertida para mí de no haber poseído una cualidad que tal vez sea común en la mayoría de las mujeres, pero que actualmente no se refleja en su comportamiento.  Mrs. Ramsay asombraba por su modestia, que lucía en ella como una flor en un frac.
Una tarde, la conversación versó sobre las perlas. Los diarios publicaban muchos artículos acerca del cultivo de las perlas a que los astutos japoneses se dedicaban y el médico se permitió observar que eso, con seguridad, haría disminuir el valor de las auténticas. Se producían en la actualidad con mucho parecido, y se podía esperar que muy pronto llegasen a ser perfectas.
Mr. Kelada,  como  acostumbraba  hacer,  se  extendió  en  consideraciones sobre el tema. Nos explicó todo lo que se podía saber sobre las perlas. Estoy seguro de que Mr. Ramsay no sabía absolutamente nada sobre el particular, pero no podía resistir la oportunidad que se le presentaba para enfrentarse con el oriental. Así, pues, en menos de cinco minutos nos hallamos en medio de una acalorada polémica entre ambos.
En ocasiones anteriores, Mr. Kelada había mostrado una verbosidad extraordinaria, pero nunca fue tan impetuoso como entonces. Al final, algo que dijo Mr. Ramsay debió molestarle sobremanera, pues, dando un puñetazo en la mesa, gritó:
-Creo saber lo que digo, pues me dirijo al Japón precisamente para ponerme al corriente del negocio de las perlas. Comercio con ellas y no habrá  nadie que no le asegure que mi opinión en estos asuntos no admite discusión. Conozco las perlas más famosas del mundo,  y,  en resumen,  lo que yo no sepa  sobre esta cuestión no vale la pena aprenderlo.
Esto nos sorprendió, ya que Mr. Kelada, a pesar de su locuacidad no le había dicho nunca a nadie en qué se ocupaba. Sabíamos vagamente que se dirigía al Japón por algún asunto comercial.
 Mirando alrededor de la mesa, afirmó con pedantería:
-No encontrará nunca una perla de cultivo que un experto como yo no reconozca con un solo ojo. -Contempló el collar que lucía Mrs. Ramsay y, dirigiéndose a ella, dijo-: Señora, confíe en mi palabra: ese collar que lleva no podrá valer jamás un céntimo menos de lo que hoy vale.
Mrs.  Ramsay, con su habitual modestia, ocultó el collar bajo el cuello de su vestido con cierta turbación.
Ramsay nos miró sonriendo.
-¿Verdad que es un hermoso collar el de Mrs. Ramsay? -pregunté.
-Lo noté enseguida -me contestó Mr. Kelada-, y me dije: "No cabe duda: son perlas legítimas".
Mr. Ramsay intervino:
-No lo compré yo, pero me interesaría saber cuánto cree usted que puede haber costado.
-¡Ah! Eso sería muy difícil de decir. De haber sido comprado directamente a un comerciante del ramo, puede haber costado unos quince mil dólares, pero si fue adquirido en la Quinta Avenida, no me extrañaría saber que se hubiesen pagado por él hasta treinta mil dólares...
Mr. Ramsay sonrió y le dijo:
-Sin duda, le sorprenderá saber que mi esposa adquirió ese collar, la víspera de nuestra salida de Nueva York, por dieciocho dólares en uno de los grandes almacenes de la ciudad.
Ante esta afirmación,  Mr. Kelada se turbó.
-Eso es una tontería. No sólo es legítimo, sino que puedo asegurar que no he visto jamás otro del mismo tamaño.
-¿Apostaría usted algo? Le juego cien dólares a que es una imitación.
-Aceptado.
Mrs. Ramsay los interrumpió, y dirigiéndose a su esposo, le dijo:
-Ulmeh, no puedes apostar sobre una cosa de la que estás seguro...
Sonreía débilmente, y el tono de su voz era implorante.
-¿Que no puedo? Sería tonto si no aprovechara una ocasión de ganar dinero con tanta facilidad.
-Pero -insistió su esposa-, ¿en qué forma puede demostrarse? No tienes otra prueba que mi palabra contra la de Mr. Kelada.
-Permítame observar de cerca el collar, señora. Le diré inmediatamente si es una imitación. No me importa hacer frente a un caso como la pérdida de cien dólares -repuso Mr. Kelada.
-Quítatelo, querida -dijo Mr. Ramsay-, y deja que este señor lo observe de cerca cuanto quiera.
Sin embargo, Mrs. Ramsay vaciló un momento, y, llevándose la mano al cierre, manifestó:
-No puedo quitármelo, Mr. Kelada tendrá que contentarse con mi palabra.
Presentí por un instante que algo extraño iba a ocurrir, pero no pude adivinar de qué se trataba. Ramsay se levantó, le quitó el collar a su esposa y se lo entregó a Mr. Kelada.
El oriental sacó de su bolsillo un magnífico lente y comenzó a examinarlo con cuidado.
Una sonrisa de triunfo se dibujó en su cara morena, y devolvió el collar. Estaba a punto de decir algo cuando observó el rostro de Mrs. Ramsay. Esta había palidecido intensamente; tenía los ojos muy abiertos y una expresión de terror. Su angustia era tan evidente,  que  me  extrañó que  su  esposo no lo advirtiese.
Mr. Kelada se quedó atónito y se sonrojó. Casi podía verse el esfuerzo que hacía para vencer su convicción.
-Me equivoqué... -dijo-. Es una imitación perfecta. Al examinarlo con la lente me he convencido de que no son perlas legítimas. Definitivamente, dieciocho dólares es todo cuanto puede valer este maldito collar.
Sacó la cartera y tomó un billete de cien dólares, que entregó en silencio a Ramsay.
-Tal vez esto le sirva de lección, amigo mío, para que de aquí en adelante no ponga tanta seguridad en sus afirmaciones -dijo Ramsay tomando el billete.
Observé que a Mr. Kelada le temblaban las manos.
Como es de suponer, el incidente se divulgó por todo el barco, y Mr. Kelada tuvo que resignarse aquella tarde a soportar muchas bromas. Se consideraba todo un triunfo haberlo vencido en algo. La pobre Mrs. Ramsay tuvo que retirarse a su camarote con un fuerte dolor de cabeza.
A la mañana siguiente, cuando me levanté, empecé a afeitarme como de costumbre. Mr. Kelada se encontraba sentado en un sillón, fumando. De pronto oí un leve ruido y vi que habían introducido una carta por debajo de la puerta. Abrí inmediatamente, pero no pude ver a nadie. Recogí la carta y, al ver que iba dirigida a Mr. Kelada, se la entregué. El sobre estaba escrito a maquina.
-¿De quién será? -preguntó al abrirlo-. ¡Oh! -exclamó, sacando del sobre no una carta sino un billete de cien dólares.
Me miró y se ruborizó. Rompió el sobre y me dijo entregándomelo:
-¿Quiere tener la bondad de tirarlo por la portilla?
Hice lo que me pedía, observándolo mientras tanto con una velada sonrisa.
-A nadie le gusta que lo tomen por tonto -me dijo.
-Entonces, ¿las perlas eran legítimas? -le pregunté.
-Si yo tuviera una esposa joven y bonita, no la dejaría sola en Nueva York mientras yo me encontrara en Kobe -repuso.
En aquel momento no me era tan antipático Mr. Kelada.
Sacó la cartera del bolsillo y guardó en ella el billete.
W. Somerset Maugham

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