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miércoles, 13 de junio de 2018

Lighthouses



La casa del pasado

Una noche una Visión vino a mí, trayendo con ella una antigua y herrumbrosa llave. Me llevó a través de campos y senderos de dulce aroma, donde los setos ya susurraban en la oscuridad primaveral, hasta que llegamos a una inmensa y sombría casa, de ventanas conspicuas y tejado elevado, medio escondido en las sombras de la madrugada. Advertí que las persianas eran de un pesado negro y que la casa parecía revestida por una tranquilidad absoluta.
-Ésta -susurró ella en mi oído-, es la Casa del Pasado. Ven conmigo y recorreremos algunas de sus habitaciones y pasadizos; pero apresúrate, pues no tendré la llave por mucho tiempo y la noche ya casi se acaba. Aún así, por ventura, ¡debes recordar!
La llave produjo un espantoso ruido cuando giró en la cerradura, y cuando la puerta estuvo abierta a un vestíbulo vacío y hubimos entrado, escuché los sonidos de murmullos y llantos, y el roce de telas, como de gente moviéndose en sueños, a punto de despertar. Entonces, instantáneamente, un espíritu de gran tristeza vino a mí, empapando mi alma; mis ojos comenzaron a arder y picar y en mi corazón advertí una extraña sensación, como si algo que había dormido por años se desenrollara. Todo mi ser, incapaz de resistir, se rindió inmediatamente al espíritu de la melancolía más profunda, y el dolor de mi corazón, mientras las Cosas se movían y despertaban, por un momento se hizo demasiado fuerte para expresarlo en palabras…
Mientras avanzábamos, las débiles voces y sollozos escaparon delante nuestro hacia el interior de la Casa, y me di cuenta de que el aire estaba lleno de manos suspendidas, de vestimentas oscilantes, de trenzas colgantes, y de ojos tan tristes y nostálgicos, que las lágrimas -que ya casi desbordaban de los míos-, se retenían por milagro ante la contemplación de tan intolerable anhelo.
-No permitas que esta tristeza te aplaste -susurró la Visión a mi lado-. No despiertan frecuentemente. Duermen por años y años y años. Los cuartos están todos ocupados y a no ser que lleguen visitantes como nosotros a perturbarlos, jamás despertarían por propio acuerdo. Pero cuando uno se agita, el sueño de los otros también se ve perturbado, y también despiertan, hasta que el movimiento es comunicado de una habitación a otra y así finalmente, a través de toda la Casa… Pero, a veces, la tristeza es demasiado grande como para soportarla, y la mente se debilita. Por esta razón, la Memoria les entrega el sueño más dulce y profundo que posee y cuida de usar poco esta pequeña y herrumbrosa llave. Pero, escucha ahora -agregó ella, tomándome la mano- ¿no oyes, acaso, el temblor del aire a través de toda la Casa, que se asemeja al murmullo de agua cayendo? ¿Y quizá ahora tú… recuerdas?
Aún antes de que ella hablara, yo ya había captado débilmente el inicio de un nuevo sonido; y ahora, en lo profundo de los sótanos bajo nuestros pies, y también desde las regiones superiores de la gran Casa, me llegaba el murmullo y el crujido y el movimiento ligero y contenido de las Sombras durmientes. Se elevaba como una cuerda tañida suavemente de entre las inmensas e invisibles cuerdas pulsadas en algún lugar de las bases de la Casa, y su vibración corría suavemente por sus paredes y techos. Y supe que había escuchado el lento despertar de los Espíritus del Pasado.
¡Ay de mí!, con qué terrible invasión de amargura me sostenía allí, con los ojos inundados, escuchando las tenues voces muertas mucho tiempo atrás… Porque de hecho, toda la Casa estaba despertando; y en ese momento llegó hasta mi nariz el sutil y penetrante perfume del tiempo: de cartas, por largo tiempo conservadas, con la tinta borrosa y las cintas desteñidas; de olorosas trenzas, doradas y castañas, guardadas, ¡oh, tan tiernamente!, entre las flores prensadas que aún conservaban la profunda delicadeza de su olvidada fragancia; la aromática presencia de memorias perdidas, el intoxicante incienso del pasado. Mis ojos se inundaron, mi corazón se contrajo y expandió, mientras me rendía sin reserva a esas antiguas influencias de sonidos y aromas. Estos Espíritus del Pasado -olvidados en el tumulto de memorias más recientes- se apretaban alrededor mío, tomaron mis manos en las suyas y, siempre susurrando lo que yo hace tiempo había olvidado, siempre suspirando, exhalando de sus cabellos y vestiduras los aromas inefables de las épocas muertas, me guiaron a través de la inmensa Casa, de cuarto en cuarto, de piso en piso.
Pero no todos los Espíritus me eran igualmente claros. De hecho, algunos tenían sólo la más débil vida, y me agitaban tan poco que sólo dejaban una impresión indistinta y borrosa en el aire; mientras que otros me observaban casi con reproche con sus apagados y desteñidos ojos, como anhelando retornar a mis recuerdos; y entonces, al ver que no eran reconocidos regresaban flotando suavemente hacia las sombras de sus habitaciones, para volver a dormir imperturbados hasta el Día Final, cuando no fallaré en reconocerlos.
-Muchos de ellos han dormido por tanto tiempo -dijo la Visión a mi lado- que despiertan sólo a duras penas. Sin embargo, una vez despiertos te reconocen y recuerdan, aunque tú no logres hacerlo. Pues es la regla de la Casa del Pasado que, mientras tú no los evoques claramente, no recuerdes precisamente cuándo los conociste y con qué causas particulares de tu evolución pasada están asociados, no podrán mantenerse despiertos. A menos que los recuerdes cuando sus ojos se encuentren, a menos que su mirada de reconocimiento les sea devuelta por la tuya, están obligados a regresar a su sueño, silenciosa y desconsoladamente -sus manos sin estrechar, sus voces sin ser oídas-, para soñar un sueño inmortal y paciente, hasta que…
En ese instante, sus palabras se extinguieron repentinamente en la distancia y tomé conciencia de un abrumador sentimiento de deleite y alegría. Algo me había tocado los labios, y un fuego poderoso y dulce se precipitó hacia mi corazón y envió la sangre tumultuosamente por mis venas. Mi pulso latía locamente, mi piel resplandecía, mis ojos se enternecieron, y la terrible tristeza del lugar fue instantáneamente disipada, como por arte de magia. Volviéndome con una exclamación de júbilo, que de inmediato fue tragada por el coro de sollozos y suspiros que me rodeaban, observé… e instintivamente adelanté mis brazos en un rapto de felicidad hacia… hacia la visión de un Rostro… cabello, labios, ojos; una tela dorada rodeaba el hermoso cuello, y el antiguo, antiguo perfume del Este -¡por las estrellas, cuánto hace de ello!- estaba en su aliento. Sus labios nuevamente estaban en los míos; su cabello sobre mis ojos; sus brazos alrededor de mi cuello, y el amor de su antigua alma vertiéndose en la mía a través de unos ojos todavía fulgurantes y claros. Oh, el feroz tumulto, la maravilla inenarrable, ¡si sólo pudiese recordar!… Aquel aroma, sutil y disipador de brumas, de muchas eras atrás, una vez tan familiar… antes de que las Colinas de la Atlántida estuvieran sobre el mar azul, o que las arenas comenzaran a formar el lecho de la esfinge. Pero, un momento; ya regresa; comienzo a recordar. Cortina tras cortina se levantan de mi alma, y casi puedo ver más allá. Pero el espantoso elástico de los años, horrible y siniestro, milenio tras milenio… Mi corazón se estremece, y tengo miedo. Otra cortina se eleva y otra perspectiva, que va más allá que las otras, se hace visible, interminable, corriendo hacia un punto rodeado de gruesas brumas. ¡Y he aquí, que ellas también se mueven!, elevándose, iluminándose. Finalmente veré… ya comienzo a recordar… la piel morena… la gracia Oriental, los maravillosos ojos que contenían el conocimiento de Buda y la sabiduría de Cristo, aún antes que aquéllos hubieran soñado con alcanzarla. Como un sueño dentro de un sueño, me cautiva nuevamente, tomando una apremiante posesión de todo mi ser… la forma esbelta… las estrellas en aquel mágico cielo Oriental… los susurrantes vientos entre las palmeras… el murmullo del río y la música de los setos al inclinarse y suspirar en la dorada superficie de arena. Hace miles de años, hace evos de distancia. Se difumina un poco y comienza a pasar; luego parece surgir nuevamente. ¡Ay de mi!, aquella sonrisa de dientes resplandecientes… aquellos párpados de venas de encaje. Oh, quién me ayudará a recordar, pues se encuentra demasiado lejos, demasiado oscuro, y yo no puedo recordarlo completamente; aunque mis labios aún se estremecen, y mis brazos se encuentran aún extendidos, nuevamente comienza a desvanecerse. Ya hay una mirada de tristeza, demasiado profunda para expresar con palabras, al darse cuenta de que no es reconocida…. ella, cuya mera presencia pudo una vez extinguir para mí el universo entero… y ella se devuelve, lentamente, tristemente, silenciosamente a su oscuro e inmenso sueño, para soñar y soñar con el día en que la recordaré y que vendrá a donde pertenece…
Me observa desde el final de la habitación, donde las Sombras comienzan a cubrirla y a ganarla de vuelta con sus brazos estirados hacia su sueño de siglos en la Casa del Pasado.
Estremeciéndome entero, con el extraño perfume aún en mi nariz y el fuego en mi corazón, me di la vuelta y seguí a mi Sueño por una amplia escalera, hacia otra parte de la Casa. Al entrar en los corredores superiores oí al viento pasar cantando sobre el tejado. Su música tomó posesión de mí hasta que sentí como si todo mi cuerpo fuera un solo corazón, doliente, tenso, palpitante, como si fuera a quebrarse; y todo porque escuché al viento cantar alrededor de la Casa del Pasado.
-Recuerda -murmuró la Visión, respondiendo a mi inexpresada pregunta- que estás escuchando la canción que ha cantado por incontables siglos y para miríadas de incontables oídos. Se remonta asombrosamente lejos; y en ese simple salmo, profundo en su terrible monotonía, se encuentran las asociaciones y los recuerdos de las alegrías, penas y luchas de toda tu existencia previa. El viento, como el mar, le habla a la memoria mas íntima -agregó- y es por eso que su voz es de tal tristeza, profundamente espiritual. Es la canción de las cosas por siempre incompletas, inconclusas, insatisfechas.
Mientras pasábamos por las abovedadas habitaciones, advertí que nadie se agitaba. Realmente no había ningún sonido, sólo una impresión general de una respiración profunda y colectiva, como el vaivén de un mar amortiguado. Mas los cuartos, lo supe inmediatamente, estaban llenos hasta las paredes, repletos, fila tras fila… Y, desde los pisos inferiores, a veces se elevaba el murmullo de las Sombras llorosas al retornar a su sueño, instalándose nuevamente en el silencio, la oscuridad y el polvo. El polvo… oh, el polvo que flotaba en esta Casa del Pasado, tan denso, tan penetrante; tan fino que llenaba los ojos y la garganta sin dolor; tan fragante, que aliviaba los sentidos y tranquilizaba el corazón; tan suave, que resecaba la boca, sin molestar; y cayendo tan silenciosamente, acumulándose, posándose sobre todo, que el aire lo sostenía como una fina bruma y las sombras durmientes lo usaban como mortajas.
-Y éstas son las más antiguas -dijo mi Sueño- las dormidas hace más tiempo- apuntando hacia las filas repletas de silenciosos durmientes-. Nadie aquí ha despertado por siglos, demasiados para contarlos; y aún si despertaran no podrías reconocerlos. Ellos son, como los otros, todos tuyos, sólo que son los recuerdos de tus etapas más tempranas a lo largo del gran Camino de Evolución. Algún día, sin embargo, despertarán, y deberás reconocerlos y contestar sus preguntas, pues ellos no pueden morir hasta no agotarse a sí mismos a través de ti, quien les dio la vida.
-¡Ay de mí! -pensé, escuchando y entendiendo a medias estas palabras- cuántas madres, padres, hermanos, pueden entonces estar dormidos en este cuarto; cuántas fieles amantes, cuántos amigos de verdad, ¡cuántos antiguos enemigos! Y pensar que un día se levantarán y me confrontarán, y yo deberé encontrarme con sus ojos nuevamente, reclamarles, conocerlos, perdonarlos, y ser perdonado… los recuerdos de todo mi Pasado…
Me volteé para hablarle al Sueño a mi lado, y toda la Casa se disolvió en el brillo del cielo oriental, y escuché a los pájaros cantando y vi las nubes arriba velando las estrellas en la luz del día que se acercaba.

Algernon Blackwood

lunes, 11 de junio de 2018

Revista General de Marina



El Hombre sin Enemigos 

Una Persona Inofensiva que paseaba por una plaza pública fue atacada por un Desconocido con una Estaca, el cual le pegó cruelmente. 
Cuando el Desconocido de la Estaca fue llevado a los tribunales, el querellante dijo al Juez: 
-No sé por qué me ha atacado; yo no tengo enemigos en el mundo. 
-Por eso le he pegado -dijo el acusado. 
-Que dejen en libertad al prisionero -dijo el Juez-; un hombre que no tiene enemigos no tiene amigos. Los tribunales no son para gente así. 

Ambrose Bierce

sábado, 9 de junio de 2018

El románic en el Parc Natural del Cadí-Moixeró, Vessant Alt Berguedà






Mantengan la calma, por favor 

Quisiera estar muerto. He intentado mantenerlo en secreto, pero se ha filtrado. 
-Quisiera estar muerto -le dije de buenas a primeras a la mujer que es ahora mi esposa, la primera mañana en que nos despertamos juntos, con las sábanas todavía calientes, apestando a sexo. 
-¿Lo tengo que tomar como algo personal? -me preguntó mientras se tapaba pudorosamente. 
-No -dije, y me eché a llorar. 
-Morirse no es tan fácil -dice ella. 
Y tiene que saberlo, porque su oficio son los desastres: es especialista en medicina de urgencias. Se pasa todo el día en el trabajo, cosiendo miembros, y luego viene a casa, a mí. Me cuenta que a un hombre lo atropelló un tren, y que tuvieron que transportar sus piernas en bolsas de tela separadas. Que un niño pequeño se empapó en aceite hirviendo que le provocó quemaduras profundas. 
-Hola cariño, ya estoy en casa -dice. 
Yo aguanto la respiración. 
-Sé que estás aquí, tu maletín está en el pasillo de la entrada. ¿Dónde andas? 
Espero para contestar. 
-¿Cariño? 
Estoy sentado a la mesa de la cocina. 
-Hoy es el día -le digo. 
-¿Qué pasa hoy que sea diferente? -me pregunta. 
-Nada. Nada, no pasa nada diferente hoy, ésa es, precisamente, la cuestión. Hoy me siento igual que ayer y que el día anterior. Es insufrible. Es hoy -repito. 
-Hoy no -me dice ella. 
-Es el momento -digo. 
-No es el momento. 
-Ha llegado el momento. 
-Ya ha pasado. 
Quisiera no tener que vivir ni un minuto más, quisiera estar en otro lugar, en un lugar nuevo, en un lugar que no haya existido antes. La muerte es un lugar sin historia: la gente que ha estado allí no ha vuelto luego para contar lo bien que se lo ha pasado, ni para recomendarlo, ni para decir que la comida es maravillosa y que hay un hotel increíble justo en la playa. 
-Tú crees que la muerte es como Bali -me dice mi mujer.  
Llevamos casados casi dos años; ella ya no me cree. Es como si hubiera dado a gritos falsas alarmas demasiadas veces.  
-¿Hiciste la compra? 
Asiento. Estoy a cargo de los artículos perecederos, de las cosas que hay que consumir inmediatamente. Todos lo días, cuando vuelvo a casa, hago la compra. Antes de casarme sólo compraba una unidad de cada cosa: una botella de cerveza, una lata de sopa, un rollo de papel higiénico; eso está bien un lunes si crees que no va a haber martes, pero ¿qué pasa un viernes por la noche cuando la tienda de la esquina está cerrada? 
Mi mujer compra al por mayor, está siempre almacenando, está preparada a perpetuidad. 
-¿Te acordaste de la leche? 
-Compré un litro. 
-¿Por qué no compraste dos? 
-Tienes suerte de que no haya comprado sólo medio litro. 
Somos personas precavidas, igual de determinadas. El vínculo que nos une es el potencial de que las cosas salgan mal, esa fascinación con las crisis, con el control. A ella le gusta prevenir, reparar, y a mí regodearme, revolcarme obsesivamente como un cerdo pervertido ante las diversas posibilidades. Tenemos los armarios llenos de productos de emergencia: comida ultracongelada, un generador de repuesto, su lata de gas paralizante y la mía. 
Abre una cerveza y ojea un catálogo para especialistas en el manejo de emergencias. Así se relaja. 
-¿Qué hay de las máscaras antigás? ¿Y si pasa algo, si sucede algo? 
Abro una cerveza, respiro hondo. 
-Ya no aguanto más. 
-Eres más fuerte de lo que crees. 
Me he pasado noches tirado en el suelo junto al tubo de escape de un coche, he dormido con una bolsa de plástico en la cabeza ajustada al cuello con cinta adhesiva plateada. He revisado los cajones de la cocina a las tres de la mañana pensando en cortarme con un cuchillo de trinchar. Una vez, recién salido de la ducha, me dividí por la mitad haciéndome una incisión desde el esternón hasta el pubis. En el espejo del baño observé lo que goteaba, lo que escapaba de mí, con una satisfacción peculiar, similar al perverso placer de hacer una abundante defecación. Llegué a la oficina manchado por las marcas rojas de mis intentos. 
-Parece que se ha cortado un poco -me dijo mi secretaria, que me donó su gaseosa para limpiar la mancha-. Siempre tiene accidentes cuando se afeita. Quizá se esté apurando demasiado. 
Todo lo anterior no es más que un calentamiento, una medida temporal, un remedio paliativo, pero quiero algo más: el big bang. Si tuviera una pistola, la usaría una y otra vez, me dispararía un millón de veces al día. 
-¿Qué quieres de cena?  
-Nada. No quiero comer más. 
-¿Ni siquiera un filete? -pregunta mi mujer-. Pensaba hacer unos buenos filetes, gruesos. Ayer me dijiste: ¿por qué nunca comemos filetes? Así que saqué uno del ultracongelador esta mañana. 
-No intentes hacerme cambiar. 
-Bueno, pero yo me voy a comer el filete. Avísame si cambias de opinión. 
Tiene una frialdad, un desasimiento, que me parecen aterradores, una falta de emoción que establece una distancia entre nosotros, un abismo permanente e infranqueable: yo soy pura emoción, ella pura razón. 
No voy a cambiar de opinión. Esto no es nuevo, no es algo que me diera por hacer tarde en la vida. He sido así desde niño. Es la adicción más horrorosa posible: es lo opuesto a ser un vampiro y vivir de la sangre de otros, es ser un «oripmav», es ser absorbido por la vida en sentido contrario, es vivir el ciclo vital a la inversa, empezando por la muerte y terminando en... 
No hay forma de que pueda demostrar la intensidad y lo extremoso de mis sentimientos, excepto volándome los sesos. Clic. Pum. Zas. El dolor es agudo, atroz; siento que me arden las raíces del cerebro de dolor. 
-No puedes imaginarte lo que me duele.  
-Pues toma Tylenol. 
-¿Quieres que haga una ensalada? 
He estado casado anteriormente, ¿lo había mencionado? Terminó mal: la semana pasada me encontré con mi ex mujer en la calle y el color se nos fue de la cara a ambos; los recuerdos aún nos debilitan. 
-¿Qué tal estás? -le pregunté. 
-Estoy mejor -me dijo-. Mucho mejor. Sola. 
Se alejó tranquilamente. 
Vivir con alguien que se está muriendo cada día crea mucha tensión. Es como estar perpetuamente en un asilo para moribundos; la pena es demasiado extrema. Ésa es mi especialidad, llegar hasta los límites, retar constantemente a la gente. Pero nadie lo aguanta: eso es lo que me duele. Al final, se rajan, se van, y yo los culpo por ello. 
Estoy cortando la lechuga. 
-De la marca César -dice mi mujer, y yo levanto la vista. Me pasa una lata de anchoas-. Pon lechuga romana. 
-¿Qué tal el trabajo? 
Las tragedias de otras personas son un alivio.  
-Interesante -dice mientras retira la carne de la parrilla. 
Corta el filete, del que sale sangre. 
-¿Qué te parece así? 
-Perfecto. 
Sonrío mientras rallo el parmesano. 
-Esta tarde llegó un tipo. Se había metido algo. Había querido quitarse la cara, literalmente: agarró un cuchillo y se la rebanó. 
-¿Y cómo lo curaste? 
-Con mil puntos y adhesivo quirúrgico. Otro había perdido la mano derecha. Afortunadamente, es zurdo. 
Nos sentamos a la mesa de la cocina y hablamos de miembros cercenados, de los delgados hilos de los ligamentos, del delicado tejido de los nervios, de reimplantes, de la esperanza de recuperar un dominio total de las facultades. De milagros. 
-Te quiero -dice, y se inclina y me besa en la frente.  
-¿Cómo puedes decir eso? 
-Porque te quiero. 
-No me quieres lo suficiente. 
-Nada es suficiente -continúa ella-. Y es verdad, es una verdad atroz. 
Quiero decirle que tengo una aventura. Quiero hacer que se vaya, probarle que no me quiere lo suficiente. Quiero terminar con todo. 
-Tengo una aventura -le digo. 
-No, no es cierto. 
-Sí que lo es. Me estoy follando a Sally Baumgarten. 
Se ríe. 
-Y yo le estoy haciendo mamadas a Tom. 
-¿A mi amigo Tom? 
-El mismo. 
Podría ser, podría muy bien ser. Pongo Cascade en el lavaplatos y le doy al botón de suciedad difícil. 
-Me voy -le digo. 
-¿Adónde vas? 
-No lo sé. 
-¿Cuándo vuelves? 
-Nunca. No voy a volver.  
-Entonces es que no te vas -dice ella.  
-Te odio. 
Me casé con ella antes de quererla. De luna de miel nos fuimos a California. Ella quería ir a Disneylandia, a Carmel, a Big Sur, conducir por la costa y divertirse. Yo ansiaba un terremoto, un incendio forestal, un desprendimiento de tierra, un desastre. 
En la habitación del hotel de Los Ángeles tuve un ataque de pánico. Había una pared de vidrio, unos grandes ventanales por los que se veía la ciudad. Era una noche sorprendentemente clara. Las luces de las colinas parpadeaban, me hacían señas. Sin pensármelo dos veces, corrí hacia el cristal. 
Ella se tiró sobre mí y me atajó. Se sentó sobre mí, sujetándome. Aunque yo peso setenta kilos y ella sesenta y cuatro, es más fuerte de lo que parece. 
-Si vuelves a hacer eso, no te lo voy a perdonar. 
La intimidad, la insoportable intimidad, es lo más mortificante cuando la gente conoce los hábitos de tus entrañas, tu mezquindad, tu monstruosidad, e incluso cosas que ni siquiera tú sabes de ti mismo. 
Ella conoce todas esas cosas de mí y no le parece que sean desmesuradas, demasiado raras, demasiado jodidas. 
-Es por mi adiestramiento -explica-. Mi turno no se acaba, simplemente, cuando sucede algo malo. 
Tiene que ver con el amor. Tiene que ver con recibir suficiente amor, con poseer suficiente amor, hasta que te ahogas en él, pero ya es demasiado tarde. Estoy permanentemente desnutrido, no hay suficiente amor en el mundo. 
Hay peligro en esto, en escribir esto, en decir esto. Me estoy arriesgando. Si me encuentran flotando bocabajo, surgirán teorías, preguntas sin respuesta. ¿Quiso matarse? ¿Fue un accidente, existen realmente los accidentes, perdona el destino? ¿Era esta carta un aviso, algo real? Todo es sospechoso (a menos que se especifique lo contrario: concédanme el beneficio de la duda si me pasa algo). 
-¿Qué pasaría si lo dejaras? -me pregunta. 
La miro incrédulo. 
-Si abandonaras esa idea. ¿No estás cansado después de todos estos años, por qué no dejarlo? 
-Querer morirme es para mí tan natural como respirar. 
¿Qué sería sin ello? No sé si podría. Es como salir libre después de toda una vida en la cárcel, como Jack Henry Abbot, puedo ir por ahí y apuñalar a alguien con un cuchillo. 
Pero ¿qué pasaría si de verdad lo dejara, si me dijera: es un día maravilloso, tengo una suerte increíble, soy uno de los pocos hombres afortunados que hay en el mundo? ¿Qué pasaría si lo admitiera, si admitiera que es mi mejor amiga, mi ligue favorito, mi cura? ¿Y si le dijera que la quiero y ella me respondiera que hemos terminado? ¿Y si eso es parte del juego, del baile? Entonces habría perdido mi momento, sería un pedazo de mierda sin suerte, atrapado aquí para siempre. 
-¿Por qué lo aguantas? -le preguntó. 
-Porque eso es algo ajeno a ti -me dice-. Es parte de ti, pero es algo ajeno a ti. ¿Todavía piensas en matarte algún día? 
-Sí -le respondo. 
Sí, claro, para probar que soy independiente, para probar que todavía puedo. 
-Te odio -le digo-. Te odio muchísimo. 
-Ya lo sé -dice. 
No es que mi mujer no tenga sus propias complicaciones. 
Guarda un bate de béisbol bajo su lado de la cama. Lo descubrí por accidente cuando un día salió rodando. Es un Louisville Slugger. Lo volví a poner en su sitio y nunca le he dicho que sé que está ahí. A veces se despierta en mitad de la noche, se sienta muy tiesa y grita: 
-¿Quién anda ahí? ¿Quién está en la sala de espera?  
Calla durante un momento y empieza otra vez, irritada: 
-¡No tengo todo el día! ¡El siguiente! ¡Que pase el siguiente!  
Hay noches en que mientras duerme contemplo su cara, de un candor difuminado, sin tensión, sus delicadas pestañas rubias, sus labios, suaves como los de un niño, y tengo ganas de golpearla. Quiero destrozarle la cara. Me pregunto qué haría ella entonces. 
-Un pensamiento es sólo un pensamiento -me dice cuando la despierto. 
Y luego me cuenta sus sueños. 
-Yo era un hombre y estaba haciendo el amor con otro hombre, y tú estabas ahí, llevabas una falda blanca, y entonces llegó alguien que no tenía brazos, y yo me preguntaba, ¿cómo ha abierto la puerta? 
-Vamos a dormir un ratito más. 
Estoy más cerca. La situación es insostenible, tiene que pasar algo. He vivido así durante mucho tiempo, hay un efecto acumulativo, un empeoramiento. Me da vergüenza haberlo dejado pasar durante tanto tiempo. 
Sé cómo lo voy a hacer. Me voy a colgar. Aquí mismo, en casa. Lo sé desde que la compramos. Cuando el vendedor de la inmobiliaria hablaba y hablaba sobre la buena situación de la casa, sobre el jardín y el colegio, yo pensaba en el interior, en los travesaños expuestos, en las vigas. En el último paseo del sentenciado a muerte hasta lo alto del patíbulo. 
Recogemos. Yo limpio la mesa con una esponja. 
-¿Qué tienes en la bolsa? -me pregunta señalando un paquete que hay sobre el mármol de la cocina. 
-Soga. 
Me detuve de camino a casa. Hice un recado. 
-Vamos al cine -dice mientras ata la basura. Me pasa la bolsa-. Sácala -me dice, enviándome a las tinieblas de la noche. 
El jardín está inundado de luz, hay luces extra, como reflectores, luces tan potentes que cuando los mapaches cruzan para ir hacia la basura se tienen que tapar los ojos con las zarpas para protegérselos. 
Siento que me observa por la ventana de la cocina. 
Vamos a ver The Armageddon Complex, una película de desastres en la que hay una tromba marina, un tornado y un incendio, y se habla del calentamiento del planeta. Uno de los efectos especiales es que la temperatura del cine sube de doce a treinta y dos grados durante la proyección: Te congelas, te cueces, desearías haberlo planeado con antelación. 
Las palomitas están demasiado saladas. Antes de que llegue la tromba marina ya estoy muerto de sed. 
-Voy por agua -susurro, por delante de ella camino del pasillo. 
Ella tira de mí y me hace volver a mi asiento. 
-No te vayas. 
En los momentos clave se tapa los ojos con una mano y espera hasta que yo le aprieto la otra para indicarle que ya ha pasado todo. 
Vamos en el coche hacia casa. Ella conduce. La noche es oscura. Viajamos a través de las profundidades de las tinieblas siguiendo la estrecha línea amarilla, el camino que nos llevará a casa. Se oye el ruido del motor, y se nota la constancia de su pie en el acelerador. 
-Tenemos que hablar -le digo. 
-Hablamos constantemente. Nunca dejamos de hablar. 
-Hay algo que tengo que... -digo sin terminar el pensamiento. 
Un ciervo cruza la carretera. Mi mujer gira bruscamente. El coche se va colina abajo, los árboles pasan volando a nuestro lado, estamos dando vueltas, estamos bocabajo, el airbag de mi lado me da en la cara, me golpea en la nariz. El del volante se abre contra el pecho de mi mujer. Estamos en una zanja con globos que nos aprietan el rostro, que nos sofocan. 
-¿Estás herido? -me pregunta.  
-Estoy bien -le digo-. ¿Tú estás bien? 
-¿Lo atropellamos? 
-No, creo que escapó. 
Las puertas se abren. 
-Lo siento, lo siento mucho -se disculpa-. No lo vi venir.  
Los airbags se desinflan lentamente, pierden presión.  
-Quiero vivir -le digo-. Pero no sé cómo. 

A. M. Homes

jueves, 7 de junio de 2018

La Mancha. Denominación de origen.


La obsesión del tirano            

Dedicado a Jorge Jacobo Barake

Durante el voluminoso racimo de años que había durado su férrea dictadura, el gobernante, para mantenerse en el poder, había pasado a cuchillo a todos los miembros de la oposición, reales e imaginados. El transcurso del tiempo había convertido en nieve el único mechón de pelo que todavía le quedaba y le había decorado el rostro con múltiples y bien definidas arrugas; pero, aparte de haberle alterado el aspecto físico, también había hecho que le aumentara astronómicamente la sed de poder, al grado de que su vida había empezado a girar en tomo a una acuciante preocupación, singular y obsesiva: la de alcanzar la inmortalidad y, consiguientemente, la de perpetuarse en su elevado cargo, como caudillo indiscutible, per secula seculorum.
Nadie en sus dominios ignoraba que recientemente le había ordenado a cada uno de sus consejeros y allegados que le sugiriera la forma más viable de lograr su quimérico propósito; mas como ninguna recomendación resultara de su agrado, había mandado degollar a cada uno de aquellos infelices servidores.
Fue por ese entonces que recordó que allá, en Cojontepeque, residía un tal Macario Cárcamo, cronista oficial del villorrio, cuya fama en materia de acertijos había rebasado los confines de su comarca y era archiconocida, no sólo en la capital sino hasta en los países circunvecinos. Y, sin pérdida de tiempo, le dijo a uno de sus ayudas de cámara:
-¡Andá ahora mismo a Cojontepeque y me traés al célebre Macario Cárcamo! A lo cual el ayuda de cámara, acostumbrado a recibir órdenes similares, respondió sin titubeos:
-¿Vivo o muerto? ¿Entero o descuartizado?
-¡Vivo, gran carajo! ¡Y entero! -respondió enérgicamente el tirano.
No hubo de transcurrir mucho tiempo para que don Macario hiciera su tímida entrada en el Palacio Presidencial y se arrojara a los pies del dictador. Este, con un ademán de su huesuda mano, le indicó que se pusiera de pie y, acto seguido, lo invitó a que tomara asiento en uno de los mullidos sillones que abundaban en aquel interminable salón.
-Mirá, Macario, vos que sabés tanto, ¡ayudame a sacarme una espina que desde hace algunos años llevo clavada en el ventrículo izquierdo del corazón! Es muy fácil. ¡Todo lo que tenés que decirme es qué demonios tengo que hacer para llegar a ser inmortal! -exclamó con su voz ronca e intimidante el mandatario.
Don Macario, que se había encontrado en muchas situaciones apremiantes, pero nunca como la que en aquel momento estaba protagonizando, dijo en tono casi inaudible:
-Da la coincidencia, su Excelencia, de que aquí ando llevando una pequeña anécdota que encontré en una vieja gaceta comarcal, y que, con su permiso, me gustaría leérsela porque creo que le viene como anillo al dedo -y al paso que decía esto, extraía del bolsillo de su cotona un papelito amarillento y se lo mostraba al dictador.
Tan pronto obtuvo el asentimiento que buscaba, don Macario se caló las antiparras y cruzó teatralmente sus escuálidas canillas; engoló luego la voz, tal como lo había hecho en tantas ocasiones anteriores, y dio comienzo a la prometida lectura:

Jugando al escondite

Don Isidro Castellanos, ya entrado en años, en el ocaso de su existencia, rechoncho y semicalvo, había sido en sus buenos tiempos insaciable embaucador de mujeres, gran amigo de Baco, irresponsable jugador, pendenciero impredecible y autor intelectual y material de un sinfín de deplorables actos dionisíacos. No dejó ningún mandamiento sin quebrantar. Un día en que este ex rajadiablos incontinente se encontraba descansando en su hamaca a pierna suelta, tuvo la peregrina ocurrencia de realizar un viaje mental por todas las coordenadas de su memoria, con el propósito de hacer un recuento retrospectivo de su vida, y, al ver pasar por su magín toda una escalofriante película de sexo y violencia al rojo vivo, pues tales eran los desmanes y descalabros que había cometido, llegó a concienciarse, por primera vez, de que el destino que le estaba deparado a su alma no podía ser otro que el fuego eterno, ubicado en los intersticios más candentes del averno. Desde aquel día, horrorizado ante la conclusión a que había llegado, empezó a fraguar estratagemas para librarse del ejemplar castigo que irremisiblemente le estaba reservado. Resultado de aquellas febriles lucubraciones fue su irrevocable decisión de jugar al escondite con la muerte para evitar que el día menos pensado esta lo sorprendiera y lo enganchara en su afilada guadaña.
Don Isidro Castellanos, hombre reposado a la fuerza, debido al peso de los años, se convirtió de la noche a la mañana en una especie de lanzadera humana, pues creía a pie juntillas que estando en constante movimiento lograría burlar a la muerte. No se sentaba dos veces a una misma mesa ni dormía otras tantas en una misma cama ni tomaba dos veces el mismo camino y se mantenía en un constante ir y venir.
La verdad es que su estrategia no le había resultado tan mal que digamos pues aquella especie de sombra negra que lo asediaba casi había desaparecido de su mente y hasta empezaba ya a saborear el fruto de su ingenio.
Mas da la casualidad que una fresca mañana en que se encontraba desnudo, bañándose en las arremansadas aguas cristalinas de un riachuelo, divisó en lontananza a un anciano que venía tirando de cabestro a una acémila. Al acercarse este a la ribera, don Isidro se percató de que el viejo se veía muy demacrado y de que sus atuendos no eran más que sucios harapos deshilachados.
Notó igualmente que sobre los ijares de la bestia gavitaba una enorme red llena de zapatos marcadamente gastados y hasta con agujeros en las suelas.
-Buenas tardes le dé Dios, caballero. Se ve usted cansadísimo -dijo don Isidro.
-¡Sí! Muy fatigado vengo -respondió el anciano.
-Y a juzgar por ese cerro de zapatos destartalados y con agujeros en las suelas, usted debe de haber viajado por el planeta entero.
-¡Dice Usted muy bien! He recorrido, sin parar, todos los puntos cardinales... Pero, gracias a Dios, ya lo encontré a usted, ¡gran hideputa! y ahora ya puedo descansar.

Aquí puso don Macario punto final a su curiosa lectura y, muy sabedor de la suerte que le esperaba, se postró ante el dictador y le ofreció su arrugado cuello para que procediera a la decapitación de rigor.
Mas he ahí -¡oh sorpresa de las sorpresas! ¡Oh milagro de los milagros! que el mandatario, visiblemente emocionado, tomó al cronista de los hombros y cariñosamente le ayudó a incorporarse e, ipso facto, exclamó:
-¿Por qué habría yo de castigarte, Macario, cuando con tu aleccionador relato has resuelto mi problema? Mirá, para que veás que no soy un desagradecido, tomá estos dos lingotes de oro... son tuyos... Te los has ganado, a pesar de que de una manera oblicua, viejo deslenguado, me has llamado hideputa.
En ese momento ordenó a uno de sus uniformados esbirros que, en su propia limusina presidencial, transportara a don Macario de regreso a Cojontepeque.
Y mientras el cronista iba instalado cómodamente en aquel lujoso vehículo, barajando silogismos para salir de su aturdimiento y confusión, el tirano, hablando en voz alta, se explicaba así las cosas:
«Me parece increíble que Macario, un pobre viejo caitudo e ignorante, haya podido hacer en un dos por tres lo que ninguno de mis consejeros y confidentes, con todo lo leídos y viajados que eran, fue capaz de lograr» -hizo aquí una breve pausa para tomar aliento, y prosiguió-: «Es claro, según lo que entendí, que lo único que tengo que hacer para no dejarme sorprender por la muerte es estar en constante movimiento; hoy aquí, mañana allá; no sentarme a comer a la misma mesa y no dormir dos veces en una misma cama por sabrosa que sea; es decir, jugar al escondite con la muerte... Eso sí, debo cuidarme muy bien de no bañarme en las arremansadas pero engañosas aguas de ningún río traicionero; y, sobre todo, jamás de los jamases debo fiarme de ningún anciano demacrado y desgarbado, muy especialmente si viene tirando de cabestro a un cuadrúpedo cargado de zapatos gastados y con agujeros en las suelas. Y sanseacabó» - hizo aquí otra pausa para tragar saliva, y sentenció: «El día menos pensado nombro confidente y consejero mío, con poderes plenipotenciarios, a este ignorante sabio de Macario que tanta felicidad y tranquilidad espiritual me ha traído!»

Jorge Kattán Zablah

martes, 5 de junio de 2018

Fars de Menorca


El buque náufrago                    

Fue ayer, 31 de diciembre.
Acababa de almorzar con mi antiguo amigo Jorge Garín. El criado le entregó una carta lacrada y cubierta de sellos extranjeros.
-Con tu permiso -me dijo Jorge. 
-Lo tienes.
Y se puso a leer ocho páginas de letra inglesa cruzada en todos los sentidos, y las leía con lentitud, con grave atención, con ese interés que nos inspiran las cosas que nos llegan al corazón. 
Después dejó la carta sobre un ángulo de la chimenea y me dijo:
-Mira aquí tienes una extraña historia que no te he contado nunca, y, sin embargo, es una historia sentimental, un lance curioso que me ha ocurrido. ¡Oh, vaya un día que pasé aquel año! Hará de esto unos veinte..., porque tenía entonces treinta, y ahora cuento cincuenta...
Era yo en aquel tiempo inspector de la Compañía de seguros marítimos que dirijo hoy, y me disponía a pasar en París el día primero de año, para celebrarlo como es costumbre, cuando recibía carta del director con la orden de partir inmediatamente para la isla de Re, donde acababa de encallar un buque de tres palos de San Nazario asegurado por nosotros. Eran las ocho de la mañana, y llegué a la casa de la Compañía a las diez para recibir instrucciones, y aquella misma noche tomaba el exprés, que me había de dejar en La Rochela al día siguiente, 31 de diciembre.
Me quedaban dos horas para embarcar en el vapor de Re, "Juan Guitón", y me decidí a dar una vuelta por la villa.
La Rochela es, a decir verdad, una villa extraña y muy característica, con sus calles tortuosas como un laberinto y cuyas aceras se extienden bajo porches sin fin, soportales con arcadas como las calles de Rivoli, pero bajas; esas galerías, esas arcadas aplastadas, misteriosas, que parecen construidas y conservadas como un recuerdo de conspiradores, como un recuerdo antiguo de las guerras de otros tiempos, de las guerras de religión heroicas y salvajes. Es marcadamente la antigua ciudad hugonote grave, discreta, sin arte soberbio y sin ninguno de esos admirables monumentos que tanto embellecen a Rouen, pero que no deja de ser notable por su fisonomía severa; es, en fin, una ciudad de batalladores obstinados donde deben germinar los fanatismos, la villa donde se exaltó la fe de los calvinistas y donde nació el complot de los cuatro sargentos.
Cuando hube vagabundeado durante algún tiempo por aquellas extrañas calles, me metí en un vaporcito negro y barrigudo que debía conducirme a la isla de Re, y que salió silbando con ademán colérico, pasó por entre las dos torres antiguas que guardan el puerto, surcó la rada, salió del dique construido por Richelieu, cuyas enormes piedras se ven a flor de agua rodeando la villa como un inmenso collar y después viró hacia la derecha.
Era aquél uno de esos días tristes que deprimen y anonadan el pensamiento, comprimen el corazón y matan toda nuestra fuerza y energía; un día gris, glacial, enturbiado por una bruma pesada, húmeda como la lluvia, fría como el hielo e irrespirable como vaho de sentina.
Bajo aquel toldo de baja y siniestra niebla, el mar amarillo, poco profundo y arenoso de aquellas ilimitadas playas permanecía tranquilo, sin una arenga, sin un movimiento, sin vida; un mar de agua turbia, de agua densa y estancada. El "Juan Guitón" se deslizaba balanceándose un poco por costumbre; cortaba aquella superficie opaca y lisa y dejaba en pos de sí algunas olas, algunas ondulaciones que no tardaban en calmarse.
Yo me puse a hablar con el capitán, un hombrecito casi sin piernas, rechoncho como su barco y que se balanceaba como él. Deseaba yo obtener algunos detalles acerca del siniestro que iba a inspeccionar. Un gran buque de tres palos, el "María Josefa", había encallado durante una noche de tormenta en los bancos de la isla de Re.
Según escribía el armador, la tempestad había llevado tan lejos al buque, que había sido imposible ponerlo a flote y  había habido necesidad de sacar de él con la mayor urgencia todo lo que se podía aprovechar. Necesitaba yo, pues, indagar la situación de los restos del buque, apreciar cuál debía ser su estado antes del naufragio y ver si se habían hecho todos los esfuerzos posibles para ponerlo a flote. Iba como agente de la Compañía para servir de testigo contradictorio en el caso de que fuese inevitable el pleito.
Al recibir mi informe, el director tenía que tomar las medidas que juzgase necesarias para poner a salvo nuestros intereses.
El capitán del "Juan Guitón" estaba perfectamente enterado de todo, porque había sido llamado con su vapor para intentar el salvamento.
El hombre me explicó el siniestro, que había sido, por lo demás, muy sencillo. El "María Josefa", empujado por una violenta ráfaga de viento, perdido en medio de la noche, navegando al azar sobre una mar de espuma (una mar de sopas de leche, como decía el capitán), había ido a encallar en aquellos inmensos bancos de arena que convierten las costas de aquella región en ilimitadas Saharas durante las horas de la marea baja.
Al mismo tiempo que charlábamos yo miraba delante y en torno de mí. Entre el Océano y el pesado cielo quedaba un espacio libre que permitía el paso a las miradas. Íbamos costeando.
-¿Es la isla de Re?
-Sí; señor.
Y de pronto, el capitán, tendiendo la mano hacia adelante, me indicó un punto casi imperceptible y me dijo:
-Mire usted, allí está el buque.
-¿El "María Josefa"?
-Sí. 
Me quedé estupefacto. Aquel punto negro casi invisible, que yo hubiera tomado por un escollo, me parecía estar situado lo menos a tres kilómetros de la costa.
-Pero, capitán, en el lugar que usted me designa debe haber lo menos una profundidad de cien brazas.
El capitán, que era de Burdeos, se echó a reír y me dijo:
-¿Cien brazas, amigo mío? Yo le digo a usted que ni tampoco dos. Son las nueve y cuarenta minutos, y está la marea alta. Vaya usted paseando por la playa con las manos en los bolsillos, después de haber almorzado en la fonda. del Delfín, y yo le prometo que a las dos y cuarenta minutos o a las tres, lo más, podrá usted llegar nadando hasta el casco del buque, y le quedará una hora y cuarenta y cinto minutos, o dos horas a lo sumo, para examinarlo; pero no más de dos horas, porque la marea le cogería a usted. Cuanto más intensa es la marea baja, con más rapidez viene. Esta costa es más maligna que una chinche. Créame usted, póngase usted en marcha, a las cuatro y cincuenta y tome a las siete y media el "Juan Guitón", que le dejará esta misma noche en el muelle de La Rochela.
Di las gracias al capitán y fui a sentarme a la proa para contemplar el pueblecito de San Martín, al que nos aproximábamos rápidamente.
Se parecía a todos los puertos en miniatura que sirven de capitales a todas las islitas sembradas a orillas de los continentes. Era una aldea de pescadores que, con un pie en el mar y el otro en tierra, viven del pescado y de la caza, de legumbres y de mariscos, de rábanos y de almejas. La isla es muy baja y está poco cultivada, aunque parece muy poblada. Y digo que parece porque no penetré en su interior.
Después de haber almorzado franqueé un pequeño promontorio, y a medida que el mar descendía rápidamente me encaminaba por la arena hacia una especie de roca negra que veía sobre el agua, allá a lo lejos.
Marchaba rápidamente por aquella llanura amarilla, elástica como la carne y que parecía sudar bajo mis pies. La mar la cubría un momento antes, y en aquel momento, yo la percibía en lontananza descender a simple vista, y no distinguía ya la línea que separaba la arena del Océano. Creía asistir a una función de magia gigantesca y sobrenatural. Unos instantes antes, el Atlántico estaba ante mí, y luego había desaparecido en la arena, como desaparecen las decoraciones en el teatro, y yo iba en aquel momento por en medio de un desierto. Sólo quedaba en mí la sensación, el soplo del agua salada. Sentía olor a ovas, el olor de la ola, el rudo y sano olor de las costas. Andaba con rapidez, ya no tenía frío, y miraba el casco encallado, que crecía a medida que yo avanzaba y parecía ahora una enorme ballena muerta.
Parecía surgir del suelo y tomaba sorprendentes proporciones sobre aquella inmensa extensión llana y amarilla.
Por fin, después de una hora de marcha, llegué adonde estaba el casco, que yacía sobre uno de sus costados, reventado, roto, mostrando como las costillas de un animal, sus huesos rotos, sus huesos de madera embreada perforados por gruesos clavos. La arena había penetrado ya en su interior por las hendiduras y se había apoderado de él, lo poseía, no lo dejaría ya. El casco parecía haber echado raíces. La proa había penetrado profundamente en aquella playa mansa y pérfida, mientras que la popa levantada, parecía lanzar al cielo, cual grito desesperado de socorro, estas dos palabras pintadas en blanco sobre la negra borda: "María Josefa".
Escalé el cadáver del buque por su lado más bajo, y una vez en el puente, penetré en su interior. La claridad, penetrando por las escotillas y por las hendiduras de los flancos, iluminaba tristemente aquellas bodegas largas y sombrías, llenas de derribados maderos. No se veía allí dentro sino arena que servía de suelo a aquel subterráneo de tablones.
Me puse a tomar nota acerca del estado del buque. Me había sentado en un barril vacío y roto y escribía a la luz que penetraba por una gran hendidura por la que veía la ilimitada extensión de la playa. Un extraño estremecimiento de frío y de soledad corría por mi cuerpo, y dejaba de escribir a veces para escuchar el ruido vago y misterioso del casco, ruido de cangrejos que rascaban sus costados con sus ganchudas patas, ruido de mil animalillos del mar instalados ya sobre el buque muerto, y el rumor suave y regular de la polilla, que roe sin cesar, con su chirrido de barrena, todas las maderas viejas, que excava y perfora.
De pronto oí voces humanas a mi lado, y di un salto, como si ante mí surgiera una aparición. Durante un segundo creí, a decir verdad, que iba a ver que se levantaban del fondo del siniestro casco dos ahogados que me contarían su muerte. En muy poco tiempo trepé al puente a fuerza de puños, y entonces vi, de pie en la proa del buque a un señor alto, con tres señoritas, mejor dicho, a un inglesote con tres misses. Seguramente que aún experimentaron ellos más miedo que yo al verme aparecer de improviso en el buque abandonado. La más joven de las tres muchachas echó a correr, las otras dos se abrazaron a su padre, y éste abrió la boca, único signo de su emoción.
-¡Ah, señor! ¿Usted es el propietario de este buque? -me dijo al cabo de algunos segundos.
-Sí, señor.
-¿Y hay inconveniente en que lo vea? 
-Ninguno.
Entonces el inglés pronunció una larga frase inglesa, de la cual entendí yo únicamente la palabra "gracisou", repetida varias veces.
Como viese que buscaba un lugar por donde subir, le indiqué el mejor, le tendí la mano, subió, y después ayudamos a subir a las tres jóvenes, tranquilas ya.
Las tres eran encantadoras,  sobre todo la mayor, una rubita de dieciocho años, fresca como una flor, ¡y tan fina, tan linda! A decir verdad, las inglesas parecen tiernos frutos del mar. De aquella cualquiera hubiese dicho que acababa de salir de entre las olas y que sus cabellos conservaban aún el color de la arena. Con su exquisita frescura le recuerdan a uno los delicados colores de las rosadas conchas y de las perlas nacaradas, misteriosas,  raras, nacidas en las desconocidas profundidades de los mares.
Hablaba algo mejor que su padre, y nos sirvió de intérprete. Tuve que contar el naufragio con sus menores detalles, que yo inventé, como si hubiese asistido a la catástrofe, y después toda la familia bajó al interior del casco. Tan pronto como hubieron penetrado en aquella sombría galería, iluminada apenas, lanzaron exclamaciones de asombro y de admiración, y casi de repente vi al padre y a las tres hijas con sendos álbumes en la mano, álbumes que sin duda llevaban ocultos en sus amplios e impermeables vestidos. Inmediatamente empezaron a hacer al mismo tiempo cuatro croquis a lápiz de aquel lugar triste y extraño.
Se habían sentado, unos al lado de otros, en una viga saliente, y los cuatro álbumes, apoyados sobre las ocho rodillas, iban cubriéndose de pequeñas líneas negras que debían representar el rasgado vientre del "María Josefa".
Al mismo tiempo que trabajaba, la mayor de las jóvenes hablaba conmigo, que continuaba inspeccionando el esqueleto del buque.
Supe que pasaban el invierno en Biarritz y que habían ido expresamente a la isla de Re para contemplar aquel navío encallado. Aquellas gentes no tenían nada del orgullo inglés. Eran sencillos y valientes, maniáticos, de esos eternos errantes con los que Inglaterra cubre el mundo. El padre, alto, seco, de rubicunda cara, con patillas bermejas, verdadero "sandwich" animado, magra de jamón con forma de cabeza humana entre dos almohadillas de pelos; las jóvenes, altas también, en crecimiento aún, secas, excepto la mayor, y lindas las tres, pero sobre todo la de más edad, que tenía un modo tan gracioso de hablar, de cantar, de reír; de comprender y de no comprender, de levantar los ojos para interrogarme, ojos azules como el agua profunda, de interrumpir su dibujo para adivinar, de reanudar su trabajo y de decir "yes" o "no", que hubiera permanecido indefinido tiempo oyéndola y mirándola, cuando de pronto murmuró:
-Yo siento un pequeño movimiento en este buque.
Presté atención, y percibí en seguida un leve ruido extraño y continuo. ¿Qué era aquello? Me levanté para ir a mirar por la hendidura y lancé un grito agudo. La mar estaba ya próxima a rodearnos. 
Inmediatamente nos trasladamos al puente, pero ya era tarde. El agua nos cercaba y corría hacia la costa con prodigiosa velocidad. Pero no, aquello no era correr, era deslizarse, era arrastrarse, extenderse como desmesurada mancha. Apenas cubría la arena algunos centímetros de agua, pero ya no se veía  la línea fugitiva de la imperceptible ola.
El inglés quiso arrojarse fuera del buque, pero yo le contuve. La huída era imposible a causa de las profundas marismas que habíamos tenido que evitar a la ida, y en las cuales caeríamos seguramente al volver.
Aquel momento fue para nuestros corazones de horrible angustia, y al cabo de él, la inglesita, murmuró sonriéndose:
-Ahora ser nosotros los náufragos.
Yo quise reírme, pero no me lo permitió el miedo, un miedo cobarde, espantoso, bajo y solapado como aquella ola. En un instante se representaron en mi mente todos los peligros que nos amenazaban, y sentía deseos de gritar: "¡Socorro!" Pero ¿a quién?
Las dos inglesitas se habían arrimado a su padre, que miraba con consternados ojos la desmesurada mar que nos rodeaba.
Y la noche se echaba encima, se echaba encima con la misma rapidez con que el Océano crecía; una noche perversa, húmeda, helada.
-No hay más remedio que permanecer sobre el casco -dije. 
-¡Oh, "yes”!-me respondió el inglés.
Y permanecimos allí un cuarto de hora, media hora, no sé cuánto tiempo, contemplando en torno nuestro aquellas aguas amarillas que se extendían, daban vueltas y parecían hervir y jugar sobre la inmensa playa reconquistada.
Una de las jóvenes tuvo frío, y entonces se nos ocurrió la idea de volver a bajar para ponernos al abrigo de la brisa, tenue, pero fría, que heló nuestros cuerpos, amoratándonos la piel.
Yo me incliné hacia la escotilla, y como viese que el buque estaba lleno de agua, inicié la idea de resguardarnos en la parte de popa.
En aquel momento nos envolvían las tinieblas, y permanecimos pegados unos a otros, rodeados de sombras y de agua. Yo sentía temblar junto a mi espalda la espalda de mi inglesita, cuyos dientes castañeteaban a veces; sentía también el suave calor de su cuerpo a través de la ropa, y aquel calor me era delicioso como un beso. No hablábamos ya; permanecíamos en silencio, inmóviles, mudos, como animales acurrucados en un foso a la hora del huracán. Y, sin embargo, a pesar de todo, no obstante la noche, no obstante el terrible y creciente peligro, empezaba a sentirme satisfecho de estar allí contento del frío y del peligro, feliz en aquellas largas horas de sombra y de angustia pasadas sobre los restos del buque, tan cerca de aquella joven linda y hermosa.
Yo me preguntaba por qué sentía esta extraña sensación de bienestar y de alegría.
¿Por qué? ¿Quién lo sabe? Porque estaba ella allí. ¿Y quién era ella? ¿Una inglesita desconocida? Yo no la amaba, no la conocía, y me sentía enternecido, conquistado. Hubiera querido salvarla, sacrificarme por ellos, hacer mil locuras. ¡Cosa extraña! ¿Por qué la presencia de una mujer nos trastorna de este modo? ¿Es el poder de su gracia, que nos avasalla? ¿Es la seducción de la belleza y de la juventud, que nos embriaga como el vino?
¿No era más bien una especie de tacto del amor, del misterioso amor, que procura siempre unir a los seres, que ensaya su poder tan pronto como, pone al hombre enfrente de la mujer y que los penetra de emoción, de una emoción confusa, secreta, profunda, como se empapa la tierra para hacer brotar las flores? 
Pero el silencio en medio, de las tinieblas se hacía espantoso, y nos permitía oír en torno nuestro, de una manera vaga, un murmullo ligero, infinito: el rumor del mar, sordo, que crecía, y el monótono golpear de la corriente contra el buque.
De pronto oí sollozos. La inglesita más pequeña lloraba. Entonces, su padre quiso consolarla, y se pusieron a hablar en su idioma, que yo no comprendía, no obstante lo cual adiviné que la tranquilizaba, sin lograr por eso ahuyentar su miedo.
-¿Tiene usted mucho frío, miss? –le pregunté a mi vecina.
-¡Oh, sí, tener mucho frío! 
Quise darle mi capa, y ella la rehusó; y pero ya me la había quitado y la había tapado con ella a pesar suyo. En medio de nuestra corta lucha tropecé con su mano, que hizo pasar por mi cuerpo un delicioso estremecimiento.
Hacía algunos minutos que el aire había refrescado. Los choques del agua contra los flancos del navío se hacían más fuertes. Me levanté, pues una gran ráfaga acababa de herir mi rostro. El viento arreciaba cada vez más.
El inglés lo notó al mismo tiempo que yo, y dijo con sencillez:
-Malo ser para nosotros este...
Y tan malo: como que era la muerte segura si las olas, por débiles que fuesen, llegaban a atacar el casco, tan deshecho y agrietado, que al primer golpe podía quedar destrozado.
Entonces nuestra angustia creció por momentos a medida que las ráfagas se iban haciendo más fuertes. En aquel instante, el mar se embraveció un poco, y se veían aparecer y desaparecer en las tinieblas líneas blancas, líneas de espuma, mientras que cada ola que chocaba contra el casco del "María Josefa" producía un ligero crujido, que nos llegaba al corazón.
La inglesa temblaba, y yo, notando su temblor, sentía locos deseos de estrecharla entre mis brazos.
Allá lejos, delante de nosotros, detrás, a la derecha y a la izquierda,  brillaban en las costas faros amarillos, rojos, cambiantes, semejantes a enormes ojos, a ojos de gigante que nos miraban, nos acechaban y esperaban ávidamente nuestra desaparición. Uno de ellos me irritaba sobre todo, uno que se apagaba cada treinta segundos para encenderse en seguida, un verdadero ojo, con su párpado velando sin cesar con su mirada de fuego.
De vez en cuando, el inglés encendía, una cerilla para mirar la hora, y volvía a guardar el reloj en el bolsillo. De pronto me dijo con soberana gravedad, por encima de la cabeza de sus hijas:   -Señor, le deseo a usted un buen año nuevo.
Eran las doce de la noche. Le tendí la mano, que él estrechó pronunciando una frase inglesa, y de pronto sus hijas y él rompieron a cantar el "God save the Queen!", que se elevó en medio del espacio oscuro y del aire mudo, evaporándose en el infinito.
Al principio sentí ganas de reír, pero luego se apoderó de mí una extraña y profunda emoción.
Aquel canto de náufragos, de condenados, tenía algo de siniestro y severo, era algo así como una plegaria o algo más grande comparable al antiguo y sublime "Ave César, morituri te salutant!"
Cuando acabaron, yo rogué a mi vecina que cantara sola una balada, una leyenda, lo que quisiera, para hacernos olvidar, nuestras angustias, y atenta en seguida a mi ruego, empezó a entonar en medio de la noche, con su voz clara y fresca, una canción que debía ser cosa triste, sin duda, porque las notas eran prolongadas, salían lentamente de su boca y se cernían como pájaros heridos sobre la inmensidad de las olas.
La mar crecía y golpeaba los restos del naufragio. Yo pensaba en aquella voz y pensaba también en las sirenas. Y si una barca pasase por nuestro lado, ¿qué hubieran dicho los marineros? Mi espíritu, atormentado, se sumía en extraños, sueños. ¡Una sirena! En efecto, ¿no era una verdadera sirena, que me había retenido sobre aquel derruido casco del buque y que iba a hundirse conmigo en las olas?
A poco, los cinco rodamos bruscamente hasta el puente. El "María Josefa" se había recostado sobre su flanco derecho. La inglesa había caído sobre mí, y yo la había estrechado locamente entre mis brazos sin saber, sin darme cuenta, y creyendo llegada mi última hora, besaba a mi placer sus mejillas, sus sienes, sus cabellos. El buque no se movía ya y nosotros tampoco.
El padre dijo: "Kate", y la que yo tenía abrazada respondió: "Yes", e hizo un movimiento para desprenderse de mí.
A decir verdad, en aquel instante hubiera querido que el buque se partiese en dos, para hundirme en el mar con ella.
-Un pequeño balanceo; no ser nada -repuso el inglés-. Estar mis tres hijas salvadas.
Como no veía a la primera, creyó en un principio que la había perdido.
Yo me levanté muy despacio, y de pronto vi una luz en el mar muy próxima a nosotros. Grité, y nos respondieron. Era una barca que nos buscaba, pues el dueño de la fonda había previsto nuestra imprudencia.
Estábamos salvados, y yo lo sentí de veras. Los marineros nos recibieron a bordo y nos llevaron a San Martín. Por el camino, el inglés se frotaba las manos y murmuraba:
-Esperarnos buena cena, buena cena.
En efecto, cenamos; pero yo no estuve contento: echaba de menos el "María Josefa".
Al día siguiente, después de muchos abrazos y con la promesa de escribirnos, nos separamos. Ellos se fueron a Biarritz, y poco faltó para que yo no fuese detrás de ellos.
Estaba tocado de la cabeza; me sentía inclinado a pedir la mano de aquella muchacha: Si hubiéramos pasado ocho días juntos, seguramente que me hubiese casado con ella. ¡Cuán débil e incomprensible es a veces el hombre!
Transcurrieron dos años sin que oyese hablar de mis ingleses, y al cabo de este tiempo recibí una carta de Nueva York. Se había casado, y me lo decía. Desde entonces nos hemos escrito todos los años el día primero de enero. Ella me cuenta su vida, me habla de sus hijos, de sus hermanos, nunca de su marido. ¿Por qué? ¡Ah, porqué!... Y yo no le hablo más que del "María Josefa". Es tal vez la única mujer a quien yo he amado..., es decir, a quien hubiera amado... Los acontecimientos le arrastran a uno..., y después..., después... todo pasa. Ahora debe estar vieja..., ya no la conocería... ¡Ah, la de antes..., la del buque encallado, la del buque náufrago..., ¡qué  criatura tan divina!... Me dice que ya tiene los cabellos blancos... ¡Dios mío!... ¡Esto me causa profunda pena! ¡Ah, aquellos cabellos rubios!... No, la mía no existe ya... Pero ¡qué triste es todo esto!

Guy de Maupassant