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lunes, 16 de marzo de 2015

Códice Calixtino


La paciencia

Un joven letrado acababa de aprobar las oposiciones de mandarín. An­tes de tomar posesión de su primer des­tino oficial, organizó una fiesta con sus condiscípulos para celebrar el aconteci­miento. Durante la velada, uno de sus amigos, que ocupaba un cargo desde ha­cía algún tiempo, le dio un consejo:
-Sobre todo, no olvides esto: la mayor virtud del mandarín es la paciencia.
El funcionario novato saludó respetuosamente al veterano y le agradeció cordialmente esta preciada recomenda­ción.
Un mes más tarde, durante un ban­quete, el mismo amigo le recomendó una vez más que se esforzase mucho en la paciencia. Nuestro joven letrado le dio las gracias con una sonrisa diver­tida.
Al mes siguiente, se cruzaron en los pasillos cubiertos con fieltro de un mi­nisterio. El veterano agarró por la manga al principiante, se lo acercó de un tirón y le sopló al oído su sempiterno consejo. Contraviniendo la acolchada etiqueta que era de rigor en los edificios oficiales, el otro retiró bruscamente su manga de seda y exclamó:
-¿Me tomas por un imbécil o qué? ¡Es la tercera vez que me repites lo mismo!
Mientras un cortejo de dignatarios indignados se volvía, el mentor declaró:
-¿Ves?, hago bien en repetirlo. ¡Mi consejo no es tan fácil de poner en prác­tica!

Un momento de cólera es quemar en un instante
la madera acumulada desde hace mucho tiempo.

Pascal Fauliot

sábado, 14 de marzo de 2015

Museo de Bellas Artes de Bilbao (3)




Capellades (2)



Donde comienza a florecer la rosa          

El viejo jardinero poseía una infinita variedad de rosas. Haciendo el papel de los abejorros, llevaba el polen de una flor a otra, efectuando el cruzamiento entre los ejemplares más diversos. De esta manera, obtenían nuevas y nuevas variedades, que amaba con verdadera pasión y que despertaban la envidia de los que no sabían imitar a los abejorros.
Como nunca regalaba una flor, adquirió fama de hombre egoísta y malo. Una hermosa señora que fue a visitarlo, volvió asimismo con las manos vacías repitiendo las palabras que le dijera el jardinero. Desde entonces, además de egoísta y malo, le tuvieron por loco y nadie volvió a ocuparse de él.
«Es usted tan bella, señora -le había dicho el jardinero- que le regalaría gustoso todas las rosas de mi jardín; pero, a pesar de mis años, aún no sé dónde comienza una rosa a ser rosa, para cortar justamente allí y separar una flor entera y viva. Se ríe usted de mí; ¡eh! no se ría, yo se lo ruego.»
Y el viejo jardinero llevó a la bella señora ante el rosal que florecía la variedad más extraña: un capullo encarnado, como un corazón abandonado entre espinas.
«Vea usted, señora -decía el jardinero, y sus dedos viejos y sabios acariciaban la flor- yo he seguido el curso del florecimiento de la rosa. Estos pétalos rojos salen del cáliz como las llamas de una hoguera peque­ñita. ¿Y es posible separar una llama y conservarla ar­diendo? El cáliz se adelgaza y se funde insensiblemente en el largo pedúnculo, y éste, a su vez, penetra en la rama, sin que nadie pueda precisar cuándo termina el uno y comienza la otra. He visto que el tronco empa­lidece poco a poco al internarse en el suelo y que las raíces están unidas a la tierra por el agua que sube.
»¿Cómo separar una rosa y regalarla si no sé dónde ella comienza? Regalaría una corola desprendida violen­tamente y usted sabe, señora, cuán poco viven las cosas mutiladas.
»Cuando llega octubre y observo que los capullos hin­chados se abren, yo, que he tratado de saber dónde comienza a florecer la rosa, nunca me atrevo a decir: mis rosales florecen; siempre exclamo: ¡la tierra está florida, bendita sea!
»Cuando joven, yo era rico, fuerte, hermoso y bue­no. Cuatro mujeres me amaron en aquella época.
»La primera amaba mi riqueza. En manos de aquella mujer desenfrenada, se desvaneció rápidamente mi fortuna.
»La segunda amaba mi fuerza. Me hizo luchar y vencer a mis rivales, y en seguida agotó mis energías con sus caricias.
»La tercera amaba mi belleza. No cesaba de besar­me prodigándome los dictados más lisonjeros. Terminó mi belleza con la juventud e igualmente el amor de esa mujer.
»La cuarta amaba mi bondad y se valió de ella en su propio beneficio. Conocí, por fin, su hipocresía y la abandoné.
»En aquella época, señora, era yo un rosal que tenía cuatro rosas. Cuatro mujeres cortaron cada cual la suya.  Pero si el rosal alcanza cien primaveras, la rosa alcanza una tan sólo. Fue así cómo aquellas pobres flores, al des­hojarse, se deshojaron para siempre.
Desde entonces no sale una flor de mi jardín. Y a todo  el que me visita le digo: ¿Cuándo dejarás de entu­siasmarte con los hechos aislados? Si eres capaz de limitar alguno,­ anda y corta allí donde comienza a florecer la rosa.»
Pedro Prado

jueves, 12 de marzo de 2015

Museo de Bellas Artes de Bilbao (2)


La trapera

Yo creo que en las ciudades grandes, si Dios está en algún lado, es en los solares. Esa irrupción de un campo desolado dentro del pueblo, me enamora. Nada para mí tan interesante como ver por las rendijas de una empa­lizada el interior de un solar, con el suelo lleno de ba­rreños rotos, de latas de petróleo, de ruedas de coche... ¿De dónde procederá todo esto?, suelo preguntarme, y quisiera que el puchero cascado me contara su historia desde que vino de Alcorcón, y la escoba vieja arrimada a la pared y el cacharro roto me iniciaran en sus secretos.
Pero cuando más me seducen los solares es en la pri­mavera; entonces me dan ganas de tenderme al sol con el sombrero echado sobre los ojos y pasar horas y ho­ras, mirando el cielo azul, viendo revolotear las abejas y los moscones mientras zumba el aire con murmullo sordo en los oídos.
Hay un solar junto a mi casa encantador; si algún día por casualidad pasáis de cuatro a cinco de la ma­ñana por allá, veréis a una vieja y a una niña, que em­pujan desde dentro dos tablas de la empalizada y salen furtivamente a la calle.
La vieja es pequeña, arrugada, sin dientes; lleva un saco vacío en la espalda y un gancho en la mano. La niña es flaca, desgarbada, tiene el rostro lleno de pecas y el cuerpo cubierto de harapos, pero andrajosa y des­greñada, irradia juventud y frescura.
Si luego que hayan marchado y doblado la esquina buscáis el sitio por donde salieron, veréis que las tablas desclavadas ceden a la presión de la mano, y que por el hueco que dejan se puede pasar al solar.
El terreno del solar no es llano; tiene en el ángulo que forman dos casas, una hondonada profunda... Al entrar se ve primero un camino, entre montones de cas­cote y de piedras, que se dirige hacia la hondonada.
En ésta hay una casa, si es que así puede llamarse a un cobertizo hecho de palos, al cual sirve de techo una puerta metálica, de esas de cerrar los escaparates de las tiendas, rota, oxidada y sujeta por varios pedruscos.
La casucha no tiene más que un cuarto.
En éste, junto a la ventana, hay un hornillo, y sobre la ceniza blanca unos cuantos carbones, que hacen her­vir con un glu-glu suave un puchero de barro.
A veces un chorro de vapor levanta tímidamente la tapadera y deja un vaho apetitoso en el cuarto.
Os digo que es apetitoso el olor que deja al hervir el puchero de barro...
El otro día, a las cinco de la mañana, espié la salida de la vieja y de la niña.
Salieron. La vieja se detuvo en la esquina, escarbó en un montón de basura, recogió unos papeles y unos trapos, los metió en el saco y ella y la niña siguieron su camino.
Se detenían a cada paso removiendo y escarbando los montones de basura. ¡Qué deporte el del trapero! ¿Eh?
Cada montón de basura es un enigma. Dentro de él ¡cuánta cosa no hay!, cartas de amor, letras de comerciante, rizos de mujeres hermosas, periódicos revolu­cionarios, periódicos neos, artículos sensacionales, res­tos de esplendores y de miserias, restos sobre todo de la tontería humana.
La vieja y la niña recorrieron todas las calles de los alrededores, cazando el papel, la bota vieja, el pedazo de trapo. Luego atravesaron la Plaza Mayor y siguieron por la calle de Toledo, que estaba triste y oscura.
Entraron en el cafetín del Rastro, sitio notable por albergar lo más florido de los golfos madrileños.
Casi todas las mesas estaban ocupadas en aquella hora por mendigos que dormían con la cabeza apoyada en los brazos. El aire lleno de humo de tabaco y de aceite frito, era irrespirable.
La vieja y la niña tomaron por diez céntimos cada una, café con aguardiente.
Salieron del cafetín. Una aurora de invierno se presentaba con colores sombríos en el cielo.
El piso bajaba por entre las dos filas de casas de la Ribera de Curtidores; luego se veía un montón confuso de cosas negras constituido por las barracas del Rastro y de las Américas; más lejos ondulaba la línea oscura del campo, bajo el cielo plomizo, de una mañana de invierno.
Bajaron la cuesta y atravesaron la Ronda. Allá, la vieja, habló con los vendedores ambulantes, discutió con ellos, con frase pintoresca, recargada de adornos de más o menos gusto, y cuando hubo cerrado sus tratos, volvió hacia Madrid.
Eran las siete. Las calles vecinas estaban intransita­bles; se cruzaban obreros, criadas, mozos de café, re­partidores...
La vieja compró un pan grande en la calle de la Ruda, a mitad de precio, le dio a la niña que lo guardó en la cesta, y las dos se dirigieron hacia su calle...
Empujaron las tablas de la empalizada y entraron rápidamente en el solar, quizá felices, quizá satisfechas por tener un hogar pobre y miserable, y un puchero en la hornilla que hervía con un glu-glu suave, dejando un vaho apetitoso en el cuarto.

Pío Baroja

domingo, 8 de marzo de 2015

Museo del Romanticismo




Un hombre feliz

 Un  hombre fue a visitar a Chuan Tzu y le expuso así su situación:
-Soy un hombre desdichado, oh admirable filósofo. Enséñame el camino del Tao para lograr así la felicidad.
-Antes de enseñarte cuál es el camino del Tao necesito saber por qué eres infeliz -dijo Chuan Tzu.
-Soy infeliz porque no tengo nada -dijo el hombre mostrándole las manos vacías.
-¿Qué tienes ahí, entonces? -preguntó el filósofo.
-Nada. ¿No ves que están vacías? -dijo el hombre.
-Tienes dos manos -dijo Chuan Tzu-. No es cierto que no tengas nada.
-Soy infeliz porque no tengo casa -se quejó el hombre.
-¿Dónde vives, entonces? -preguntó el filósofo.
-No vivo en ningún sitio -dijo el hombre-. ¿No acabo de explicarte que no tengo casa?
-Vives en tu cuerpo -dijo Chuan Tzu-. Esa es tu casa verdadera.
-Soy infeliz porque estoy solo -dijo entonces el hombre.
-¿Con quién vives, entonces? -preguntó el filósofo.
-No vivo con nadie. No tengo mujer ni familia -dijo el hombre-. ¿No acabo de explicarte que estoy solo?
-Vives contigo mismo -dijo Chuan Tzu-. ¿Qué otra mejor compañía podrías tener?
-Por favor, enséñame el camino del Tao.
-Tú no necesitas el camino del Tao -dijo Chuan Tzu con una amable sonrisa-. ¿Para qué, si ya tienes todo lo que deseas y eres ya completamente feliz?

Andrés Ibañez