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jueves, 20 de marzo de 2014

Monte dos Castelinhos

                   


Exposición “Monte dos Castelinhos (Castanheira do Ribatejo). Vila Franca de Xira y la Conquista Romana del Valle del Tajo”
Museo Nacional de Arqueología, Lisboa

La relevancia científica y patrimonial de los resultados de las escavaciones desarrolladas por el Museo Municipal de Vila Franca de Xira, desde 2008, en la estación arqueológica del Monte dos Castelinhos (Quinta de la Marquesa – Castanheira do Ribatejo), ocuparon lugar destacado en los anales de la arqueología, tanto a nivel nacional como internacional. Ante esta nueva página de la Historia, que se comienza a diseñar, el Museo Nacional de Arqueología (MNA) invitó a la Cámara de Vila Franca de Xira a organizar una exposición en torno a la temática del Monte dos Castelinhos y el proceso de conquista romana en el Valle del Tajo. La muestra pudo ser visitada a partir de 17 de mayo, en el MNA, en la plaza del Imperio, en Belén (Lisboa). Esta iniciativa busca presentar al público la relevancia científica, patrimonial y turística de esta invulgar estación arqueológica, cuyo origen remonta al siglo I a.C.



Mis domingos

Los domingos después de comer me pongo el chándal burdeos y verde y los tenis azules, Fernanda se pone el chándal burdeos y verde y los zapatos de tacón alto de la boda, me subo la cremallera hasta el cuello y me acomodo la cadena de oro con la medalla por fuera, Fernanda se sube la cremallera hasta el cuello y se acomoda las dos cadenas de oro con la medalla y el collar de la madrina por fuera, sacamos a Roberto Carlos de la cuna, le ponemos el lazo de satén blanco en la cabeza, salimos de Alverca, recogemos a mis suegros en Santa Iria de Azóia y pasamos el domingo en el Centro Comercial.
Fernanda se sienta atrás en el Seat Ibiza, con el niño y doña Cinda, el señor Borges ocupa el lugar a mi lado, con el Record bajo el brazo, traje completo, corbata de flores plateadas y sombrero tirolés, me ayuda en el aparcamiento de Amoreiras a sacar el cochecito del maletero y todos los automóviles del parking son Seat Ibiza, todos tienen mantas alentejanas en los asientos, todos presentan un adhesivo en el cristal que dice No me siga que ando perdido, todos poseen una ruedecilla Vida Corta en el guardabarros derecho y una ruedecilla Vida Larga en el guardabarros izquierdo, de todos los espejos retrovisores cuelga el mismo muñeco de peluche, todos exhiben junto a la matrícula con el círculo de estrellitas de Europa la misma muchacha de Stetson y pelo largo, todos han traído el Record, los suegros y el hijo, todos deben vivir en Alverca y todos circulan la tarde entera por el Centro de manera idéntica a la nuestra: delante Fernanda y doña Cinda, con zorro de acrílico, cojeando por causa de un uñero, empujando a Roberto Carlos que patalea, berreando como un descosido, con el chupete colgado de la nuca con una cadena, y el señor Borges y yo veinte metros atrás, preocupados por la marcha del Olivais y del Moscavide, que perdió en Alhandra a pesar de haberle comprado un delantero caboverdiano al Arrentela y que en vez de jugar a la pelota pasa las noches picoteando altramuces en la cervecería, con un pendiente en la oreja, en medio de sus amigos negros, con la mesa cubierta de jarras vacías.
Como Fernanda y doña Cinda paran frente a todos los escaparates de muebles y en todas las tiendas hurgando baratijas y zarandajas, suelo equivocarme y cambiarlas por otra suegra acrílica, otra mujer burdeos y verde y otro niño con lazo, y me sucede pasarme horas en un banco, sin notar la diferencia, con una Fátima y una doña Deta, planificando los plazos de un microondas y de un frigorífico nuevo, continuar hacia Alverca, cenar el pollo de la Casa de Pasto y la botella de Sagres de costumbre, y sólo el martes, cuando estoy a punto de irme hacia la Junta, mi esposa informa, avergonzada, que vive en Loures o en Bobadela, Roberto Carlos se llama Bruno Miguel, y se ha dado cuenta del error hace cinco minutos, porque mi Última Cena es de estaño y la de ella de bronce. Claro que corregimos el error el domingo siguiente, en el que vuelvo a casa con una Celeste y un Marco Paulo en el Seat, al que he añadido
               (¿será mi Seat Ibiza?)
               un nuevo adhesivo que desea Espero no conocerte por accidente.
Esta semana mi mujer se llama Milá, mi hijo Jorge Fernando y estoy pagando un apartamento en Río de Mouro. Como ésta siempre cocina mejor que las otras no hago intentos de volver a Amoreiras. Si a ella le gustan las telenovelas sólo volvemos a salir de aquí dentro de muchos años, cuando el pequeño use un chándal burdeos y verde, yo encuentre en el armario de la habitación un abrigo de zorro acrílico y un sombrero tirolés, y escuche abajo, después de comer, el claxon del Seat Ibiza de mi nuera. Como a esas alturas andaré haciendo dieta con poca sal por causa de la tensión, con un pescado cualquiera a la parrilla me conformo.
(Antonio Lobo Antúnes)

                                   
(Marcapaginasporuntubo dedica esta entrada a Natalia Castells)

martes, 18 de marzo de 2014

Expedición Marítima de Malaspina y Bustamante (1789 - 1794)

          

Los próximos inquilinos 

-Cuando se habla del número de científicos locos que han querido conquistar el mundo dijo Harry Purvis mientras contemplaba pensativo su vaso de cerveza-, la gente exagera mucho. Que yo recuerde, sólo me he encontrado con uno.
-Si sólo recuerdas uno, es que no conociste muchos mas -precisó con cierta frialdad Bill Temple-. No es algo que se olvide fácilmente.
-Supongo que no -replicó Harry con ese irrebatible tono de inocencia que desarma a sus críticos-. Y, además, no se trataba de ningún loco. Pero lo cierto es que estaba empeñado en conquistar el mundo, o para ser más exacto, en dejar que lo conquistasen.
-¿Qué lo conquistase quién? -preguntó George Whitley-. ¿Los marcianos? ¿O los consabidos hombrecillos verdes de Venus?
-Ni los unos ni los otros. Colaboraba con alguien mucho más próximo a nosotros. Sabréis a quien me refiero si os digo que era mirmecólogo.
-¿Mirmequé? -preguntó George.
-Déjenle seguir con su historia -dijo Drew desde el otro lado de la barra-. Ya son más de las diez, y si esta semana no consigo que se vayan ustedes a la hora de cerrar, voy a perder la licencia.
-Gracias -dijo Harry con solemnidad a la vez que le entregaba el vaso para que se lo llenase de nuevo-. La historia ocurrió hace dos años, cuando yo estaba en el Pacífico en una misión oficial. Se trataba de algo bastante secreto, pero en vista de lo que ha sucedido después ya no supone ningún riesgo hablar de ello. Nos llevaron a mí y a otros dos científicos a un atolón del Pacífico, a menos de mil millas de Bikini, para instalar un equipo detector en el plazo de una semana. Su función, por supuesto, era la de vigilar a nuestros buenos amigos y aliados cuando empezaran a jugar con reacciones termonucleares. O, por decirlo de otra forma, debía coger las sobras que dejaran los de la Comisión de Energía Atómica. Los rusos, por descontado, estaban haciendo lo mismo que nosotros, y aunque de vez en cuando nos topábamos con ellos, ambos bandos intentábamos pasar por corderitos.
»Nos habían dicho que el atolón estaba deshabitado, pero se habían equivocado por completo. La verdad es que tenía una población de varios cientos de millones...
-¿Cómo? -se asombraron todos.
-...varios cientos de millones -prosiguió Purvis con toda calma-, incluyendo en este número a un ser humano. Tropecé con él cierto día en que me metí tierra adentro para ver el paisaje.
-¿Tierra adentro? -preguntó George Whitley-. ¿No dijiste que era un atolón? ¿Cómo puede una barrera de coral...?
-Era un atolón rollizo -dijo Harry sin titubear-. Y, además, ¿quién está contando la historia, tú o yo? -aguardó desafiante durante unos segundos hasta que se le cedió el paso de nuevo-. Pues bien, allí estaba yo, caminando por la margen de un riachuelo encantador, bajo los cocoteros, cuando para mi gran sorpresa llegué junto a una noria, de aspecto muy moderno por cierto, que propulsaba una dinamo. De haber tenido un poco de sensatez, supongo que habría regresado para contárselo a mis compañeros, pero no pude resistir aquel reto y decidí examinar el terreno por mí mismo. Recordé que se hablaba de la existencia de tropas japonesas perdidas, que aún no sabían que la guerra había acabado, pero esta teoría no me convencía demasiado.
»Seguí el cable de transmisión, que me condujo hasta una colina, y al otro lado, en un descampado bastante amplio, vi un edificio bajo y encalado. Numerosos montículos de tierra aparecían por toda la extensión del descampado; eran altos y desiguales y estaban unidos entre sí por una red de cables. Jamás había visto algo tan extraño, y me quedé en suspenso durante más de diez minutos sin saber qué pensar. Cuanto más miraba, menos sentido le encontraba a aquello.
»Me esforzaba por tomar alguna decisión cuando vi salir del edificio a un hombre alto, de pelo blanco, que se dirigió hacia uno de los montículos. Llevaba un instrumento en las manos y un par de auriculares colgados alrededor del cuello,  y en seguida imaginé que se trataba de un contador Geiger. 
»En ese momento comprendí lo que eran aquellos montículos: termiteros. Rascacielos mucho más altos que el Empire State para los hombres, habitados por las llamadas hormigas blancas.
»Con gran interés, aunque bastante extrañado, vi que el viejo introducía el aparato en la base del termitero y después de escuchar atentamente durante unos instantes, regresaba al edificio. Sentía ya tanta curiosidad que decidí hacerle notar mi presencia. No sabía qué tipo de investigación estaba llevando a cabo, pero desde luego no tenía nada que ver con la política internacional y, por lo tanto, el único que tendría algo que esconder sería yo. Luego veréis lo equivocado que estaba.
»Grité para que me viera y descendí la colina agitando los brazos. El hombre se detuvo, mirándome mientras me acercaba. No parecía muy sorprendido. Cuando me aproximaba, observé su desaliñado bigote, que le daba un aspecto ligeramente oriental. Tendría unos sesenta años y se mantenía muy erguido. Aunque sólo llevaba unos pantalones cortos, su aspecto reflejaba tanta dignidad que me sentí algo avergonzado por mi estrepitosa llegada.
»"Buenos días -dije con tono de disculpa-. No sabía que hubiera alguien más en la isla. Yo he venido con un equipo de... de observadores científicos. Nos hemos instalado al otro lado."
»Al oírme, sus ojos se agrandaron. "Ah, un colega -dijo en un inglés casi perfecto- Encantado de conocerle. Pase usted a la casa."
»Le seguí muy gustoso -la caminata me había acalorado- y pude ver que la casa era en realidad un gran laboratorio. Había una cama en un rincón, un par de sillas, un hornillo y un lavabo portátil como los que usan los excursionistas. En eso consistían, al parecer, sus enseres personales. Todo, sin embargo, estaba limpio y cuidado; mi desconocido amigo parecía un recluso, pero se proponía mantenerse por encima de la situación.
»Me presenté primero y, tal como yo deseaba, se apresuró a hacer lo mismo. Era el profesor Takato, biólogo adscrito a una de las universidades más conocidas del Japón. No parecía muy japonés, excepto por el bigote que mencioné antes. Con aquel porte erguido y digno, me recordaba a un viejo coronel de Kentucky que conocí una vez.
»Tras ofrecerme un vino extraño pero muy refrescante, nos sentamos y conversamos durante un par de horas. Como les ocurre a la mayoría de los hombres de ciencia, se sentía feliz al poder hablar con alguien que sabría valorar su trabajo. Es cierto que mi campo es la física y la química más que la biología, pero las investigaciones del profesor Takato me parecieron fascinantes.
»Supongo que no sabréis gran cosa sobre las termitas, así que voy a recordaros sus características principales. Son uno de los insectos sociales más desarrollados, y viven en grandes colonias en toda la extensión de los trópicos. No soportan el frío, pero lo curioso es que tampoco aguantan la luz directa del sol. Cuando tienen que trasladarse de un lugar a otro, construyen pequeñas vías cubiertas. Al parecer, tienen un medio de comunicarse que desconocemos pero que es casi instantáneo, y aunque individualmente son bastante indefensas y torpes, reunidas en una colonia se comportan como un ser inteligente. Algunos escritores han establecido comparaciones entre un termitero y el cuerpo humano, compuesto también éste de células vivas individuales que forman una entidad muy superior a las unidades básicas. A las termitas a menudo se les llama "hormigas blancas", pero es una denominación incorrecta, porque no son hormigas en absoluto, sino otra especie muy distinta. ¿O debería haber dicho otro "género"? Nunca me aclaro con estas cosas...
»Bueno, perdonad esta breve conferencia, pero es que después de oír a Takato durante un rato yo también empecé a entusiasmarme por las termitas. ¿Sabíais, por ejemplo, que además de cultivar huertas tienen también sus propias vacas -vacas insecto, claro-, y que las ordeñan? La verdad es que son unos seres endiabladamente complejos, aunque actúan siempre por instinto.
»Pero será mejor que os hable del profesor. Cuando yo le conocí, se hallaba solo, y llevaba ya varios años en la isla, pero contaba con algunos ayudantes que le traían materiales e instrumentos del Japón y le asistían en el trabajo. Su primer logro importante fue hacer con las termitas lo que von Frisch había hecho con las abejas: aprender su lenguaje. Era mucho más complejo que el sistema de comunicación empleado por las abejas, que como probablemente sabéis se basa en movimientos de danza. Supe que la red de cables que unía los termiteros con el laboratorio no sólo permitía al profesor Takato escuchar a las termitas cuando hablaban entre sí, sino que también le servía para hablarles a ellas. No es tan fantástico como parece si se utiliza la palabra "hablar" en su sentido más amplio. Hablamos con muchos animales, pero por supuesto no siempre utilizando la voz. Cuando lanzas un palo para que tu perro corra a cogerlo, estás empleando una forma de hablar: un lenguaje de signos. Por lo que pude entender, el profesor había elaborado una especie de código que las termitas comprendían, aunque yo ignoraba hasta qué punto servía para transmitir conceptos.
»Volví todos los días, en cuanto tenía un rato libre, y al cabo de una semana ya éramos buenos amigos. Quizá os extrañe que lograra mantener en secreto estas visitas, pero la isla era bastante grande y todos mis colegas, como yo, salían con frecuencia a explorarla. Por alguna razón, pensaba que el profesor Takato era de mi exclusiva propiedad y no quería exponerle a la curiosidad de mis compañeros, unos tipos incultos, graduados de una universidad provinciana como Oxford o Cambridge.
»Me alegra decir que fui útil al profesor; le arreglé la radio y le instalé parte de su equipo electrónico. Utilizaba mucho los rastreadores radiactivos para seguir individualmente a algunas de las termitas. De hecho, cuando le vi por primera vez iba siguiendo el rastro a una con el contador Geiger. Cuatro o cinco días después de habernos conocido, los contadores empezaron a oscilar como locos y el equipo que nosotros habíamos instalado comenzó a perturbar la recepción. Takato sospechó lo que había ocurrido; nunca me había preguntado el objeto exacto de nuestra presencia en la isla, pero creo que lo sabía. Cuando le saludé, puso en marcha los contadores y me dejó escuchar el rugido de la radiación. Acusaban la lluvia radiactiva; no era suficiente para causar daño, pero sí para elevar mucho el contenido del aire.
»"Me parece -dijo con suavidad-, que ustedes los físicos se están divirtiendo de nuevo con sus juguetes. Y esta vez son juguetes muy grandes."
»"Me temo que tiene usted razón -contesté. No podíamos estar seguros hasta analizar las lecturas, pero todo parecía indicar que Teller y su equipo habían activado la reacción de hidrógeno-. Pronto habremos dejado tan atrás las primeras bombas atómicas, que parecerán petardos mojados."
"Mi familia -dijo el profesor Takato sin expresar la menor  emoción-, se hallaba en Nagasaki."
»Cualquier comentario habría estado fuera de lugar, y me sentí aliviado cuando añadió: "¿Se ha preguntado usted alguna vez quien ocupará nuestro lugar cuando hayamos desaparecido?".
»"¿Sus termitas? -pregunté medio en broma. Pareció vacilar durante unos instantes. Después dijo con tranquilidad-: Venga conmigo; no le he mostrado todo."
»Nos dirigimos a un rincón del laboratorio donde se hallaban unos instrumentos ocultos bajo fundas protectoras y el profesor descubrió un artefacto bastante curioso. A primera vista parecía uno de esos manipuladores utilizados para manejar a distancia materiales radiactivos peligrosos. El movimiento se transmitía accionando unas manivelas con varillas y palancas adosadas, pero todo parecía estar dispuesto en función de una caja pequeña situada a pocas pulgadas de distancia. "¿Qué es?", pregunté.
»"Es un micromanipulador. Lo diseñaron los franceses para trabajos de biología. Hay pocos en el mundo."
»Entonces me acordé. Eran aparatos que mediante un mecanismo de reducción apropiado permitían realizar operaciones increíblemente delicadas. Tan sólo con mover el dedo una pulgada, el instrumento que uno manejaba se movía una milésima de pulgada. Los científicos franceses que desarrollaron esta técnica habían construido pequeñas fraguas sobre las que podían fabricar diminutos escalpelos y pinzas de vidrio fundido. Trabajando exclusivamente a través de microscopios, habían logrado disecar células individuales. Extirparle el apéndice a una termita (en el caso, altamente dudoso, de que este insecto poseyera uno) sería cosa de niños con un instrumento semejante.
"No soy muy hábil con el manipulador -confesó Takato-. Uno de mis ayudantes se encarga de trabajar con él. No he mostrado esto a nadie todavía, pero usted me ha sido de gran ayuda. Venga conmigo, por favor."
»Salimos y caminamos a lo largo de las avenidas formadas por los altos montículos, duros como el cemento. No todos tenían el mismo diseño arquitectónico, porque hay muchas clases distintas de termitas, en realidad algunas ni siquiera construyen protuberancias sobre el terreno. Me sentía algo así como un gigante que caminara por Manhattan, porque se trataba de verdaderos rascacielos, cada uno con sus propios y prolíficos habitantes.
»Había un pequeño cobertizo de metal (¡nada de madera; las termitas pronto se habrían encargado de ella!) junto a uno de los montículos, y al entrar en él quedó fuera la deslumbrante luz del sol. El profesor pulsó un interruptor y un tenue resplandor rojo me permitió ver diversas clases de instrumentos ópticos.
»Aborrecen la luz -me dijo-, y por eso es bastante difícil observarlas. Pero hemos resuelto el problema utilizando luz infrarroja. Esto es un convertidor de imágenes del tipo que se utilizó durante la guerra para operaciones nocturnas. ¿Los conoce?"
»"Sí, por supuesto -contesté-. Los francotiradores los acoplaban a sus rifles para dar en el blanco en la oscuridad. Son aparatos muy ingeniosos; me alegra ver que usted les ha encontrado una aplicación civilizada."
»El profesor Takato tardó bastante en encontrar lo que buscaba. Parecía manejar un complicado periscopio que le permitía sondear los pasadizos de la ciudad de las termitas. De pronto, dijo: "¡De prisa, antes de que desaparezcan!".
»Me acerqué y ocupé su lugar. Tardé un segundo o dos en ajustar la visión correctamente, y aún más en apreciar la escala de la escena que estaba presenciando. Vi entonces seis termitas, muy ampliadas, que atravesaban con bastante rapidez el campo de visión. Marchaban en grupo, como los perros esquimales cuando van enganchados unos con otros. Y es una buena analogía, porque las termitas estaban arrastrando un trineo...
»Me quedé tan estupefacto que ni siquiera me fijé en que carga transportaban. Cuando desaparecieron de mi vista, me volví hacia el profesor Takato. Mis ojos ya se habían acostumbrado al tenue resplandor rojo, y podía verle perfectamente.
»"¡De modo que ese es el aparato que ha construido con el micromanipulador! -exclamé-. Es asombroso; jamás lo hubiera creído." "Eso no es nada -contestó el profesor-. Las pulgas amaestradas son capaces de tirar de una carreta. No le he dicho lo más importante. Sólo construimos unos cuantos de esos trineos. El que usted vio lo construyeron ellas mismas."
»Me dio tiempo para asimilar aquello, y tardé un buen rato en hacerlo. Luego siguió hablando suavemente, pero con una especie de entusiasmo reprimido: "Recuerde que las termitas, individualmente, apenas si tienen inteligencia. Sin embargo, la colonia en su conjunto es un organismo de muy alto nivel, y además, inmortal, a no ser que ocurra algún accidente. Su desarrollo se paralizó en su estructura instintiva actual millones de años antes de que apareciera el hombre, y por si sola no podrá escapar jamás de la estéril perfección que ha alcanzado. Se encuentra en un callejón sin salida por carecer de herramientas, por no tener un medio efectivo para dominar a la naturaleza. Les di la palanca, para aumentar su potencia, y ahora el trineo, para mejorar su eficacia. Pensé en proporcionarles la rueda, pero es mejor esperar hasta una etapa posterior; no les sería muy útil ahora. Los resultados han sobrepasado todas mis suposiciones. Comencé con este termitero únicamente, pero hoy todos los demás tienen las mismas herramientas. Se han enseñado unas a otras, lo que prueba que son capaces de cooperar entre sí. Es cierto que entablan guerras, pero eso no ocurre cuando hay comida suficiente para todas, como sucede aquí. Sin embargo, no se puede juzgar un termitero con criterios humanos. Lo que pretendo es animar su cultura rígida y petrificada, sacarla del surco en que ha estado estancada durante tantos millones de años. Les voy a dar más herramientas, otras técnicas nuevas, y antes de morirme espero ver que empiezan a inventar cosas por ellas mismas".
»"¿Por qué lo hace?", pregunté; sabía que no se trataba sólo de simple curiosidad científica.
»Porque no creo que el hombre logre sobrevivir, y quisiera que se salvasen algunas de las cosas que ha descubierto. Si está en un callejón sin salida, creo que se le debe prestar ayuda a otra raza. ¿Sabe usted por qué elegí esta isla? Pues fue para que mi experimento quedase totalmente aislado. Mi supertermita, si es que llega a desarrollarse, deberá permanecer aquí hasta que sus realizaciones hayan alcanzado un nivel muy alto. De hecho, hasta que logre cruzar el Pacífico...
»"Pero hay otra posibilidad. El hombre no tiene rival en este planeta. Creo que le vendría bien tener uno. Podría ser su salvación."
»No se me ocurrió nada que decirle; esta fugaz visión de los sueños del profesor era abrumadora... y, sin embargo teniendo en cuenta lo que acababa de ver, resultaba convincente. Porque sabía que el profesor Takato no estaba loco. Era un visionario, y conservaba una objetividad sublime respecto a sus previsiones, pero éstas se basaban en resultados científicos sólidamente cimentados.
»Y no es que sintiera enemistad hacia los seres humanos; sentía lástima. Creía que la humanidad había llegado a un punto muerto y deseaba salvar algo del naufragio. Me resultaba imposible censurarle.
»Debimos permanecer mucho tiempo en aquel cobertizo, explorando posibles futuros. Recuerdo haberle sugerido que quizá podría llegarse a algún tipo de entendimiento mutuo, ya que dos culturas tan dispares como la del hombre y la de la termita no tenían por qué entrar en conflicto. Pero me resultaba difícil creer mis propias palabras, y si efectivamente llega a producirse un enfrentamiento no estoy muy seguro de quien ganaría. ¿Pues de qué le servirían al hombre sus armas, contra un enemigo inteligente que podría arrasar todos los campos de trigo y todas las cosechas de arroz del mundo?
»Casi había oscurecido cuando salimos. Fue entonces cuando el profesor me hizo su última confesión.
»"Dentro de unas semanas -dijo-, voy a dar el paso más importante de todos."
»"¿Cuál?", pregunté.
»"¿No lo adivina? Les voy a dar el fuego."
»Aquellas palabras me produjeron una extraña sensación en la espina dorsal. Sentí un escalofrío que nada tenía que ver con la proximidad de la noche. La espléndida puesta de sol que en aquel momento tenía lugar tras las palmeras parecía un símbolo, y de repente comprendí que su simbolismo era aún más profundo de lo que yo había pensado.
»Era una de las más bellas puestas de sol que jamás había visto, y en parte era creación del hombre. Arriba en la estratosfera, el polvo de una isla muerta aquel día rodeaba la tierra. La raza a la que pertenezco había avanzado un paso gigantesco, ¿pero tenía ahora alguna importancia?
»"Les voy a dar el fuego." Nunca dudé que el profesor lo lograría. Y una vez logrado, al ser humano no le salvarían estas fuerzas que acababa de desencadenar...
»El hidroplano vino a recogernos al día siguiente, y no volví a ver a Takato. Aún sigue allí; en mi opinión, es el hombre más importante de la Tierra. Mientras nuestros políticos se enzarzan en discusiones, él nos está convirtiendo en seres pretéritos.
»¿Creéis que alguien debería detenerle? Quizá todavía estemos a tiempo. Lo he pensado a menudo, pero nunca encuentro una razón verdaderamente convincente para intervenir. En una o dos ocasiones casi me decidí a hacerlo, pero cogía el periódico y leía los titulares. Creo que debemos darles una oportunidad. Me parece imposible que ellas hicieran las cosas peor que nosotros.
(Arthur C. Clarke)

domingo, 16 de marzo de 2014

Real Expedición Botánica a Nueva España (1787 - 1803)

          

Volvamos la vista ahora a cosas más agradables de la escena. El placer que nos ha causado el aspecto general de los diferentes países que hemos visitado ha sido, sin disputa, el más constante manantial de nuestras satisfacciones. Es más que probable que la pintoresca hermosura de muchos puntos de Europa sea superior a todo lo que hemos visto; pero siempre se experimenta cierto placer comparando los caracteres de los diferentes países, cosa que difiere en cierto modo de la admiración que despierta la simple belleza. Depende, en primer lugar, ese placer del conocimiento que pueda tenerse de las regiones especiales de cada país. Por mi parte, me inclino mucho a creer que una persona que conozca la música como para poder apreciar cada nota aislada, apreciará mejor el conjunto de un concierto, si tiene buen gusto; así como el que pueda apreciar en detalle todas las partes de un paisaje está más en condiciones de formar idea del total. Un viajero debe, pues, ser botánico; porque en todos los paisajes, el más hermoso ornamento lo forman las plantas. Los grupos de rocas peladas, aunque afecten las formas más agrestes, pueden presentar sublime aspecto por unos instantes; pero este espectáculo no tarda en resultar monótono. Revístanse esas rocas de colores espléndidos, como en Chile septentrional, y tendremos unas escenas fantásticas; pero cúbrase de vegetación, y nos dará un cuadro admirable.

(Charles Darwin - El viaje del Beagle)

Polea loca

En una época en que yo tuve veleidades de ser em­pleado nacional, oí hablar de un hombre que durante los dos años que desempeñó un puesto público no con­testó una sola nota.
-He aquí un hombre superior -me dije-. Merece que vaya a verlo.
Porque debo confesar que el proceder habitual y for­zoso de contestar cuanta nota se recibe es uno de los inconvenientes más grandes que hallaba yo a mi aspi­ración. El delicado mecanismo de la administración na­cional -nadie lo ignora- requiere que toda nota que se nos hace el honor de dirigir, sea fatal y pacientemen­te contestada. Una sola comunicación puesta de lado, la más insignificante de todas, trastorna hasta lo más hondo de sus dientes el engranaje de la máquina nacio­nal. Desde las notas del presidente de la República a las de un oscuro cabo de policía, todas exigen respuesta en igual grado, todas encarnan igual nobleza adminis­trativa, todas tienen igual austera trascendencia.
Es, pues, por esto que, convencido y orgulloso, como buen ciudadano, de la importancia de esas funciones, no me atrevía francamente a jurar que todas las notas que yo recibiera serían contestadas. Y he aquí que me aseguraban que un hombre, vivo aún, había permanecido dos años en la Administración Nacional, sin contestar -ni enviar, desde luego- ninguna nota...
Fui, por consiguiente, a verlo, en el fondo de la repú­blica. Era un hombre de edad avanzada, español, de mucha cultura -pues esta intelectualidad inesperada al pie de un quebracho, en una fogata de siringal o en un aduar del Sahara, es una de las tantas sorpresas del trópico.
Mi hombre se echó a reír de mi juvenil admiración cuando le conté lo que me llevaba a verlo. Me dijo que no era, cierto -por lo menos el lapso transcurrido sin contestar una sola nota-. Que había sido encargado escolar en una colonia nacional, y que, en efecto, había dejado pasar algo más de un año sin acusar recibo de nota alguna. Pero que eso tenía en el fondo poca im­portancia, habiendo notado por lo demás...
Aquí mi hombre se detuvo un instante, y se echó a reír de nuevo.
-¿Quiere usted que le cuente algo más sabroso que todo esto? -me dijo-. Verá usted un modelo de fun­cionario público... ¿Sabe usted qué tiempo dejó pasar ese tal sin dignarse echar una ojeada a lo que recibía? Dos años y algo más. ¿Y sabe usted qué puesto desem­peñaba? Gobernador... Abra usted ahora la boca.
En efecto, lo merecía. Para un tímido novio -digá­moslo así- de la Administración Nacional, nada podía abrirme más los ojos sobre la virtud de mi futura que las hazañas de aquel don Juan administrativo... Le pedí que me contara todo, si lo sabía, y a escape.
-¿Si lo sé? -me respondió-. ¿Si conozco bien a mi funcionario? Como que yo fui el gobernador que le sucedió... Pero, óigame más bien desde el principio. Era en... En fin, suponga usted que el ochenta y tan­tos. Yo acababa de regresar a España, mal curado aún de unas fiebres cogidas en el golfo de Guinea. Había hecho un crucero de cinco años, abasteciendo a las fac­torías españolas de la costa. El último año lo pasé en Elobey Chico... ¿Usted sabe su geografía, sí?
-Sí, toda; continúe.
-Bien. Sabrá usted entonces que no hay país más malsano en el mundo entero, así como suena, que la región del delta del Níger. Hasta ahora, no hay mortal nacido en este planeta que pueda decir, después de ha­ber cruzado frente a las bocas del Níger:
-No tuve fiebre...
Comenzaba, pues, a restablecerme en España, cuando un amigo, muy allegado al Ministerio de Ultramar, me propuso la gobernación de una de las cuatrocientas y tantas islas que pueblan las Filipinas. Yo era, según él, el hombre indicado, por mi larga actuación entre negros y negritos.
-Pero no entre malayos -respondí a mi protector-. Entiendo que es bastante distinto...
-No crea usted: es la misma cosa -me aseguró-. Cuando el hombre baja más de dos o tres grados en su color, todos son lo mismo... En definitiva: ¿le conviene a usted? Tengo facultades para hacerle dar el destino en seguida.
Consulté un largo rato con mi conciencia, y más profundamente con mi hígado. Ambos se atrevían, y acepté.
-Muy bien -me dijo entonces mi padrino-. Ahora que es usted de los nuestros, tengo que ponerlo en co­nocimiento de algunos detalles. ¿Conoce usted, siquiera de nombre, al actual gobernador de su isla, Félix Pé­rez Zúñiga?
-No; fuera del escritor... -le dije.
-Ese no es Félix -me objetó-. Pero casi, casi valen tanto el uno como el otro... Y no lo digo por mal. Pues bien: desde hace dos años no se sabe lo que pasa allá. Se han enviado millones de notas, y crea usted que las últimas son capaces de ponerle los pelos de punta al funcionario peor nacido... Y nada, como si tal cosa.
Usted llevará, conjuntamente con su nombramiento, la destitución del personaje. ¿Le conviene siempre?
Ciertamente, me convenía... a menos que el fantás­tico gobernador fuera de genio tan vivo cuan grande era su llaneza en eso de las notas.
-No tal -me respondió-. Según informes, es todo lo contrario... Creo que se entenderá usted con él a maravillas.
No había, pues, nada que decir. Di aún un poco de solaz a mi hígado, y un buen día marché a Filipinas. Eso sí, llegué en un mal día, con un colazo de tifón en el estómago y el malhumor del gobernador general sobre mi cabeza. A lo que parece, se había prescindido bastante de él en ese asunto. Logré, sin embargo, con­ciliarme su buena voluntad y me dirigí a mi isla, tan a trasmano de toda ruta marítima que si no era ella el fin del mundo era evidentemente la tumba de toda co­municación civilizada.
Y abrevio, pues noto que usted se fatiga... ¿No? Pues adelante... ¿En qué estábamos? ¡Ah! En cuanto desembarqué di con mi hombre. Nunca sufrí desengaño igual. En vez del tipo macizo, atrabiliario y gruñón que me había figurado a pesar de los informes, tropecé con un muchacho joven de ojos azules -grandes ojos de pájaro alegre y confiado-. Era alto y delgado, muy calvo para su edad, y el pelo que le restaba -abundante a los costados y tras la cabeza- era oscuro y muy ondeado. Tenía la frente y la calva muy lustrosas. La voz muy clara, y hablaba sin apresurarse, con largas entonaciones de hombre que no tiene prisa y goza expo­niendo y recibiendo ideas.
Total: un buen muchacho, inteligente sin duda, muy expansivo y cordial y con aire de atreverse a ser feliz dondequiera que se hallase.
-Pase usted, siéntese -me dijo-. Esté todo lo a gusto que quiera. ¿No desea tomar nada? ¿No, nada? ¿Ni aun chocolate?.. El que tengo es detestable, pero vale la pena probarlo... Oiga su historia: el otro día un buque costero llegó hasta aquí, y me trajo diez libras de cacao..., lo mejor de lo mejor entre los cacaos. Encargué de la faena a un indígena inteligentísimo en la manufac­tura del chocolate. Ya la conocerá usted. Se tostó el cacao, se molió, se le incorporó el azúcar -también de primera-, todo a mi vista y con extremas precauciones. ¿Sabe usted lo que resultó? Una cosa imposible. ¿Quiere usted probarlo? Vale la pena... Después me escribirá usted desde España cómo se hace eso... ¡Ah, no vuelve usted!... ¿Se queda, sí? ¿Y será usted el nuevo gobernador, sin duda?.. Mis felicitaciones...
¿Cómo aquel feliz pájaro podía ser el malhechor administrativo a quien iba a reemplazar?
-Sí -continuó él-. Hace ya veintidós meses que no debía ser yo gobernador. Y no era difícil adivinarle a usted. Fue cuando adquirí el conocimiento pleno de que jamás podría yo llegar a contestar una nota en adelante. ¿Por qué? Es sumamente complicado esto... Más tarde le diré algo, si quiere... Y entre tanto, le haré entrega de todo, cuando usted lo desee... ¿Ya?.. Pues comen­cemos.
Y comenzamos, en efecto. Primero que todo, quise en­terarme de la correspondencia oficial recibida, puesto que ya debía estar bien informado de la remitida.
-¿Las notas dice usted? Con mucho gusto. Aquí están.
Y fue a poner la mano sobre un gran barril abierto, en un rincón del despacho.
Francamente, aunque esperaba mucho de aquel funcionario, no creí nunca hallar pliegos con membrete real amontonados en el fondo de un barril...
-Aquí está -repitió siempre con la mano en el borde, y mirándome con la misma plácida sonrisa.
Me acerqué, pues, y miré. Todo el barril, y era inmenso, estaba efectivamente lleno de notas; pero todas sin abrir. ¿Creerá usted? Todas tenían su respectivo sobre intacto, hacinadas como diarios viejos con faja aún. Y el hombre tan tranquilo. No sólo no había contes­tado una sola comunicación, lo que ya sabía yo; pero ni aun había tenido a bien leerlas...
No pude menos de mirarlo un momento. El hizo lo mismo, con una sonrisa de criatura cogida en un desliz, pero del que tal vez se enorgullece. Al fin se echó a reír y me cogió de un brazo.
-Escúcheme -me dijo-. Sentémonos, y hablaremos. ¡Es tan agradable hallar una sorpresa como la suya, después de dos años de aislamiento! ¡Esas notas!... ¿Quiere usted, francamente, conservar por el resto de su vida la conciencia tranquila y menos congestionado su hígado? -se le ve en la cara en seguida...-. ¿Sí? Pues no conteste usted jamás una nota. Ni una sola si­quiera. No cree, es claro... ¡Es tan fuerte el prejuicio, señor mío! ¿Y sabe usted de qué proviene? Proviene sencillamente de creer, como en la Biblia, que la admi­nistración de una nación es una máquina con engranajes, poleas y correas, todo tan íntimamente ligado, que la detención o el simple tropiezo de una minúscula rueda dentada es capaz de detener todo el maravilloso meca­nismo... ¡Error, profundo error! Entre la augusta mano que firma Yo y la de un carabinero que debe poner todos sus ínfimos títulos para que se sepa que existe, hay una porción de manos que podrían abandonar sus barras sin que por ello el buque pierda el rumbo. La maquinaria es maravillosa, y cada hombre es una rueda dentada, en efecto. Pero las tres cuartas partes de ellas son poleas locas, ni más ni menos. Giran también, y parecen solidarias del gran juego administrativo; pero en verdad dan vueltas en el aire, y podrían detenerse algunas centenas de ellas sin trastorno alguno. No, créa­me usted a mí, que he estudiado el asunto todo el tiem­po libre que me dejaba la digestión de mi chocolate...
No hay tal engranaje continuo y solidario desde el ca­rabinero a su majestad el rey. Es ello una de las tantas cosas que en el fondo solemos y simulamos ignorar... ¿No? Pues aquí tiene usted un caso flagrante... Usted ha visto la isla, la cara de sus habitantes, bastante más gordos que yo; ha visto al señor gobernador general; ha atravesado el mundo, y viene de España. Ahora bien: ¿Ha visto usted señales de trastorno en parte alguna? ¿Ha notado usted algún balanceo peligroso en la nave del Estado? ¿Cree usted sinceramente que la marcha de la Administración Nacional se ha entorpecido, en la canti­dad de un pelo entre dos dientes de engranaje, porque yo haya tenido a bien sistemáticamente, no abrir nota alguna? Me destituyen, y usted me reemplaza, y apren­derá a hacer buen chocolate... Esto es el trastorno... ¿No cree usted?
Y el hombre, siempre con la rodilla entre las manos, me miraba con sus azules ojos de pájaro complaciente, muy satisfecho, al parecer, de que a él lo destituyeran y de que yo lo reemplazara.
-Precisa que yo le diga a usted, ahora que conoce mi propia historia de cuando fui encargado escolar, que aquel diablo de muchacho tenía una seducción de todos los demonios. No sé si era lo que se llama un hombre equilibrado; pero su filosofía pagana, sin pizca de acri­tud, tentaba fabulosamente, y no pasó rato sin que sim­patizáramos del todo.
Procedía, sin embargo, no dejarme embriagar.
-Es menester -le dije formalizándome un tanto­ que yo abra esa correspondencia.
Pero mi muchacho me detuvo del brazo, mirándome atónito:
-¿Pero está usted loco? -exclamó-. ¿Sabe usted lo que va a encontrar allí? ¡No sea criatura, por Dios! Queme todo eso, con barril y todo, y láncelo a la playa...
Sacudí la cabeza y metí la mano en el baúl. Mi hom­bre se encogió entonces de hombros y se echó de nuevo en su sillón, con la rodilla muy alta entre las manos. Me miraba hacer de reojo, moviendo la cabeza y son­riendo al final de cada comunicación.
¿Usted supone, no, lo que dirían las últimas notas, dirigidas a un empleado que desde hacía dos años se li­braba muy bien de contestar a una sola? Eran simple­mente cosas para hacer ruborizar, aun en un cuarto oscu­ro, al funcionario de menos vergüenza... Y yo debía cargar con todo eso, y contestar una por una a todas.
-¡Ya se lo había yo prevenido! -me decía mi muchacho con voz compasiva-. Va usted a sudar mucho más cuando deba contestar... Siga mi consejo, que aún es tiempo: haga un Judas con barril y notas, y se sen­tirá feliz.
¡Estaba bien divertido! Y mientras yo continuaba leyendo, mi hombre, con su calva luciente, su aureola de pelo rizado y su guardapolvo de brin de hilo, proseguía balanceándose, muy satisfecho de la norma a que había logrado ajustar su vida.
Yo transpiraba copiosamente, pues cada nueva nota era una nueva bofetada, y concluí por sentir debilidad.
-¡Ah, ah! -se levantó-. ¿Se halla cansado ya? ¿Desea tomar algo? ¿Quiere probar mi chocolate? Vale la pena, ya le dije...
Y a pesar de mi gesto desabrido, pidió el chocolate y lo probé. En efecto, era detestable; pero el hombre quedó muy contento.
-¿Vio usted? No se puede tomar. ¿A qué atribuir esto? No descansaré hasta saberlo... Me alegro de que no haya podido tomarlo, pues así cenaremos temprano. Yo lo hago siempre con luz de día aún... Muy bien; comeremos de aquí a una hora, y mañana proseguiremos con las notas y demás...
Yo estaba cansado, bien cansado. Me di un hermosísimo baño, pues mi joven amigo tenía una instalación portentosa de confort en esto. Cenamos, y un rato des­pués mi huésped me acompañó hasta mi cuarto.
-Veo que es usted hombre precavido -me dijo al verme retirar un mosquitero de la maleta-. Sin este chisme, no podría usted dormir. Solamente yo no lo uso aquí.
-¿No le pican los mosquitos? -le pregunté, extrañado a medias solamente.
-¿Usted cree? -me respondió riendo y llevándose la mano a su calva frente-. Muchísimo... Pero no puedo soportar eso... ¿No ha oído hablar usted de personas que se ahogan dentro de mosquiteros? Es una tontería, si usted quiere, una neurosis inocente, pero se sufre en realidad. Venga usted a ver mi mosquitero.
Fuimos hasta su cuarto o, mejor dicho, hasta la puer­ta de su cuarto. Mi amigo levantó la lámpara hasta los ojos, y miré. Pues bien: toda la altura y la anchura de la puerta estaba cerrada por una verdadera red de telarañas, una selva inextricable de telarañas donde no cabía la cabeza de un fósforo sin hacer temblar todo el telón. Y tan lleno de polvo, que parecía un muro. Por lo que pude comprender, más que ver, la red se internaba en el cuarto, sabe Dios hasta dónde.
-¿Y usted duerme aquí? -le pregunté mirándolo un largo momento.
-Sí -me respondió con infantil orgullo-. Jamás entra un mosquito. Ni ha entrado ni creo que entre jamás.
-Pero usted,  ¿por dónde entra? -le pregunté, muy preocupado.
-¿Yo, por dónde entro? -respondió. Y agachándose, me señaló con la punta del dedo-: por aquí. Hacién­dolo con cuidado, y en cuatro patas, la cosa no tiene mayor dificultad... Ni mosquitos ni murciélagos...
¿Polvo? No creo que pase; aquí tiene la prueba... Adentro está muy despejado... y limpio, crea usted. ¿Ahogarme?.. No, lo que ahoga es lo artificial, el mosquitero a cincuenta centímetros de la boca... ¿Se ahoga usted dentro de una habitación cerrada por el frío? Y hay -concluyó con la mirada soñadora- una especie de descanso primitivo en este sueño defendido por millones de arañas que velan celosamente la quietud de uno... ¿No lo cree usted así? No me mire con esos ojos... ¡Buenas noches, señor gobernador! -concluyó riendo y sacudiéndose ambas manos.
A la mañana siguiente, muy temprano, pues éramos uno y otro muy madrugadores, proseguimos nuestra ta­rea. En verdad, no faltaba sino recibirme de los libros de cuentas, fuera de insignificancias de menor cuantía.
-¡Es cierto! -me respondió-. Existen también los libros de cuentas... Hay, creo yo, mucho que pensar sobre eso... Pero lo haré después, con tiempo. En un instante lo arreglaremos. ¡Urquijo! Hágame el favor de traer los libros de cuentas. Verá usted que en un momento... No hay nada anotado, como usted comprenderá; pero en un instante... Bien, Urquijo; siéntese usted ahí; vamos a poner los libros en forma. Comience usted.
El secretario, a quien había entrevisto apenas la tarde anterior, era un sujeto de edad, muy bajo y muy flaco, huraño, silencioso y de mirar desconfiado. Tenía la cara rojiza y lustrosa, dando la sensación de que no se lavaba nunca. Simple apariencia, desde luego, pues su vieja ropa negra no tenía una sola mancha. Su cuello de celuloide era tan grande, que dentro de él cabían dos pescuezos como el suyo. Tipo reconcentrado y de mirar desconfiado como nadie.
Y comenzó el arreglo de cuentas más original que haya visto en mi vida. Mi amigo se sentó enfrente del secretario y no apartó un instante la vista de los libros mientras duró la operación. El secretario recorría re­cibos, facturas y operaba en voz alta:
-Veinticinco meses de sueldos al guardafaro, a tanto por mes, es tanto y tanto...
Y multiplicaba al margen de un papel.
Su jefe seguía los números en línea quebrada, sin pestañear. Hasta que, por fin, extendió el brazo:
-No, no, Urquijo... Eso no me gusta. Ponga: un mes de sueldo al guardafaro, a tanto por mes, es tanto y tanto. Segundo mes de sueldo al guardafaro, a tanto por mes, es tanto y tanto; tercer mes de sueldo... Siga así, y sume. Así entiendo claro.
Y volviéndose a mí:
-Hay yo no sé qué cosa de brujería y sofisma en las matemáticas, que me da escalofríos... ¿Creerá usted que jamás he llegado a comprender la multiplicación? Me pierdo en seguida... Me resultan diabólicos esos números sin ton ni son que se van disparando todos hacia la izquierda... Sume, Urquijo.
El secretario, serio y sin levantar los ojos, como si fuera aquello muy natural, sumaba en voz alta, y mi amigo golpeaba entonces ambas manos sobre la mesa:
-Ahora sí -decía-; esto es bien claro.
Pero a una nueva partida de gastos, el secretario se olvidaba, y recomenzaba:
-Veinticinco meses de provisión de leña, a tanto por mes, es tanto y tanto...
-¡No, no! ¡Por favor, Urquijo! Ponga: un mes de provisión de leña, a tanto por mes, es tanto y tanto...; segundo mes de provisión de leña..., etcétera. Sume después.
Y así continuó el arreglo de libros, ambos con demo­níaca paciencia, el secretario, olvidándose siempre y empeñado en multiplicar al margen del papel y su jefe deteniéndolo con la mano para ir a una cuenta clara y sobre todo honesta.
-Aquí tiene usted sus libros en forma -me dijo mi hombre al final de cuatro largas horas, pero sonriendo siempre con sus grandes ojos de pájaro inocente.
Nada más me queda por decirle. Permanecí nueve meses escasos allá, pues mi hígado me llevó otra vez a España. Más tarde, mucho después, vine aquí como contador de una empresa... El resto ya lo sabe. En cuanto a aquel singular muchacho, nunca he vuelto a saber nada de él... Supongo que habrá solucionado al fin el misterio de por qué su chocolate, hecho con ele­mentos de primera, había salido tan malo...
Y en cuanto a la influencia del personaje... ya sabe mi actuación de encargado escolar... Jamás, entre paréntesis, marcharon mejor los asuntos de la escuela... Créame: las tres cuartas partes de las ideas del pere­grino mozo son ciertas... Incluso las matemáticas...
Yo agrego ahora: las matemáticas, no sé; pero en el resto -Dios me perdone- le sobraba razón. Así, al parecer, lo comprendió también la Administración, rehusando admitirme en el manejo de su delicado mecanismo.
(Horacio Quiroga)

viernes, 14 de marzo de 2014

José Celestino Mutis. Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada (1783 - 1816)

          



En 1776, España creó la primera Real Expedición Botánica, en el Perú; en ello tuvieron mucho que ver los conceptos que el famoso marino español Antonio de Ulloa lanzó en su libro Noticias americanas (1772) acerca de la conveniencia económica, científica y cultural para la metrópoli de conocer en profundidad el continente americano. En 1783 el arzobispo-virrey Antonio Caballero y Góngora creó la Real Expedición Botánica del Virreinato del Nuevo Reino de Granada y nombró a Mutis como su director, con una asignación anual de dos mil pesos.
Los botánicos debían recoger muestras exclusivamente botánicas y eran acompañados de uno o varios herbolarios que ejercían funciones auxiliares. Los pintores se encargaban de copiar las plantas recolectadas sin omitir el más mínimo detalle y con la mayor perfección posible. A partir de 1791, existieron agregados científicos como Francisco Antonio Zea, Juan Bautista Aguilar, José y Sinforoso Mutis, y de igual forma se creó el cargo de oficial de pluma, que ejerció José María Carbonel. Así, de los tres puestos creados inicialmente, la Real Expedición llegó a contar en 1808 (año de la muerte de José Celestino Mutis) con un total de 35 personas.



La madre

La selva rodeaba una barraca hecha de esbeltos tallos de palmera y levantada en un claro logrado a golpe de hacha, donde los tocones rojos parecían heridas. El vasto cuerpo del bosque había sido mutilado para que el sol se tendiera sobre la casa y los hombres. Ellos, de no estar entregados a sus faenas, jugaban a los dados sobre una tosca mesa o dormitaban en las hamacas colgadas en el corredor, al lado del fusil y la esperanza. También solían salir al espacio talado y estiraban los brazos ante la luz, con un aire de aves fatigadas. Habían ido en pos del caucho y la riqueza. Hundidos en la inmensidad vegetal, inhóspita y a la vez aprisionante, sus sueños eran inasibles como el humazo del áspero tabaco que chupaban con gesto lento. Cada mañana, la selva les lanzaba su reto. Aun los veteranos temían el laberinto formado por el apretado abrazo de sus ramas y la sombra de sus tupidas copas.
Cerca de la barraca corría un pequeño río, encauzado entre árboles, lamiendo tallos y viejas raíces retorcidas. Podía llamarse Yavarí o Ingaraparaná o Porá o Yarobé. Podía tener cualquier nombre extraído de los rumores de la floresta, de las extrañas voces con que se entienden el vegetal, la fiera y el salvaje. Ese río va a engrosar otros, formando parte del sistema circulatorio de la selva, sanguíneo ramaje que riega puertos soñados en la manigua y cuyos nombres son agrandados por el deseo de encontrarlos: Contamana, Nauta, Iquitos, Manaos. y más allá, lejos, cuando todos los líquidos caminos son uno solo, cuando el gran río, el Amazonas, el más colmado y ancho de los ríos, se hunde en el Atlántico, y aún más allá, donde apunta la aguja de la brújula, fulge el nombre rutilante: Nueva York. Columbrando en sueños su resplandor encendido con una alegría de alto puntaje en la bolsa de valores, estaban los hombres en la noche de la manigua, extrayendo el caucho, en una voluntariosa lucha con el riesgo, esperando vivir.
De surcada por aquel pequeño río llegaron Cárpena y Jiménez, servidos por dos bogas, en un atardecer que amontonaba sobre los árboles pesadas nubes, sombras trémulas e inquietos vuelos de pájaros. Habían navegado en canoa desde el amanecer. Todo el día escucharon el monótono chapoteo de los remos accionados por los bogas, cetrinos indios de rictus bárbaro. Cárpena era un novato y Jiménez, con quien se reunió para cumplir la última etapa de su viaje, gozaba relatándole hazañas y acontecimientos. Empleaba un tono de bromista jactancia. De repente, se puso a hablar de las anacondas. ¡Cuidado! De un solo coletazo podían volcar la canoa. En el agua había caimanes. «Y por ahí ¿lo ve?, en esa zona viven los indios cashivos. Son indomables. Matan a la gente, la queman y beben las cenizas disueltas en masato.» Cárpena trataba de no mostrarse impresionado. Por último, Jiménez recomendó:
-Sobre todo, amigo, aquí hay que olvidarse de que uno tiene sentimientos. ¿Nobles, se dice? Ahí está don Floro; lo va a conocer: ése ya no tiene corazón.
Cuando la canoa, con el alegre impulso del arribo, hirió la arena de la orilla. Cárpena descansó, más que de estar encogido, de la charla de su compañero. Los caucheros de la barraca los recibieron entre voces y abrazos alborozados. «¿Y qué hay por Iquitos?» «¿Traen balas?» «¡Ah, qué bien!» «¿Y conservas?» «¿No?» «¡Diantre, ya estamos hartos de mono!» «Echar atrás a los japoneses tomará tiempo.» «Habrá mercado para nuestro caucho.» «¡Duraznos al jugo!» «¡Al menos una lata!» «¿Usted es nuevo?» «Se le ve en la cara». «Pasen, pasen a descansar...».
Cayó la noche y Cárpena y Jiménez continuaban metidos en las hamacas de fibra, contestando preguntas que la curiosidad y la nostalgia ponían en los labios de sus amigos. Después encendieron una linterna y rodearon la mesa de rijosos maderos. La comida fue sobria. El pescado llamado paiche con un plátano verde llamado inguire, la pasta de yuca conocida por fariña y, para celebrar la llegada, un buen trago de aguardiente de caña. Blancas mariposas nocturnas revoloteaban en torno a la luz. Afuera hablaban los bogas y otros indios salvajes de lengua tronante. Los caucheros hacían salir su voz desde una cara invadida por barbas revueltas.
-No se afeite, amigo Cárpena. La barba impide que le piquen los mosquitos.
Cárpena, por su parte, trató de preguntar todo lo que pudo. Su ignorancia producía risa a menudo. Pero supo al menos lo necesario acerca de sus compañeros y se le reafirmó la idea de que en la selva había que ser duro.
Cuando apagaron la luz y se tendieron a dormir, comenzó a soplar un viento de tenaz mugido. Un cauchero dijo a don Floro:
-Está bien eso; se llevará a los mosquitos. Y usted lleve mañana a Cárpena al monte. Ya tendrá tiempo de ahumar.
Cárpena había visto en Iquitos las bolas de caucho y el atosigante trabajo de ahumarlas. Menos mal que ahora lo destinaban a otra cosa. Podía considerar, inclusive, que estaba con suerte. Le gustaba tener que acompañar a don Floro. Según se había enterado, éste era un rumbero, o sea el hombre que en medio del laberinto vegetal de la selva, encuentra siempre el rumbo. Había leído una novela en la cual se contaba cómo un rumbero a quien le falló el sentido de dirección, mientras guiaba a un grupo de caucheros, perdió a su angustiada tropa en la incertidumbre del bosque sin caminos y de la mente enloquecida. Pero don Floro parecía incapaz de extraviarse. Era un sesentón membrudo de ojos de jaguar y la consabida barba enmarañada y sucia. La piel blanca había adquirido tonos ocres y verdosos tal si se le hubieran pegado del bosque, y las barbas grises parecían un manojo de esos bejucos parásitos que cuelgan de los troncos.
Don Floro, al calmarse un poco el viento, barbotó con su vozarrón despacioso:
-Se me hace que, por allá, al sur, hay una partida de monos. Están chillando con el ventarrón. Diría que hay un monito chico entre ellos. ¿No lo oyen? Lo voy a atrapar mañana. Con darle un tiro a la madre...
-¿Y cómo los vamos a encontrar? -preguntó Cárpena con una respetabilísima ingenuidad.
Los comentarios y las risas rebotaron de hamaca en hamaca. Don Floro apagó su carcajada de trueno y dijo:
-Muchacho: yo les sé las costumbres. Esos monos seguirán caminando desde antes del amanecer. Y que me corten el cogote si no se paran en una mancha de palmeras que he visto. Hay mucho coco ahí. Ya verás, ya verás...
-¿Y usted los oye realmente? -preguntó de nuevo Cárpena.
-Claro que los oigo -aseguró don Floro-, cuando el viento calma, se los oye. Chillan como unos condenaos... Deben estar a unas veinte cuadras de aquí...
Con el sueño, en la barraca se adensó el silencio. Cárpena buscó nuevas palabras entre la sombra. Sólo hablaba el viento, de rato en rato, con una voz cargada de espacios selváticos, misteriosa y profunda.
El bisoño tenía veinte años y un puñado de familiares recuerdos. Su experiencia de la selva se reducía al viaje que había hecho para llegar a la barraca. Provenía de tierra sin muchos árboles, de la costa peruana, donde cada valle está flanqueado por desiertos de arena y piedra. El se había nutrido del cuidado materno, de lecturas de Salgari y grandes proyectos personales. Ahora la aventura cobraba un sesgo real, al enfrentar la realidad sentíase desarmado, y los grandes proyectos parecían perdidos como las estrellas.
La noche le vendaba los ojos. Cárpena terminó por sentirse solo y la nostalgia de la madre le creció pecho adentro. En la hamaca se acurrucó tal si estuviera en el regazo materno y un sentimiento de ternura, próximo y distante, lo envolvió dándole una sensación de timidez a la que se mezclaba una creciente tristeza. Aulló un jaguar a lo lejos y una luciérnaga trazó un fugaz hilo de luz. El muchacho fue llamado a la realidad. Trató de rehacerse y de insistir en su determinación de ser duro. El -pensaba- sabría luchar también. Después tendría dinero y la firmeza de los que triunfan en la vida. Pero debía ser fuerte. Reacio a toda mella como las rocas y los palos de chonta. El también se curtiría... Tenía que ser un cauchero de veras, un hombre de la selva... él también...
Al fin se durmió.
A la mañana siguiente, Cárpena, que pese a sus esfuerzos tenía el aire inseguro del recién llegado, salió con don Floro, el rumbero, a cazar monos. Cárpena marchaba mirando a todos lados, tal si un peligro inmediato le estuviera azotando los flancos. ¡No fuera que una boa, que un jaguar, que un caimán, que un indio salvaje! Don Floro iba delante, empeñado en escrutar lo alto con sus vivaces ojos de fiera.
Ambos llevaban fusiles a la espalda y caminaban por una angosta trocha. Las hojas caídas, rojinegras y pardas, llenaban el suelo despidiendo, al podrirse, un olor acre. El musgo y toda laya de plantas parásitas escoriaban los tallos innumerables. Era ése un mundo intestinal que realizaba laboriosamente su digestión de árboles.
Cárpena avanzaba muy pegado al rumbero, como si de la proximidad a aquel hombre dependiera su vida. Aprendería de él. Don Floro le enseñaría los secretos del bosque. El baqueano ya había desempeñado igual tarea muchas veces y la tomaba con gusto. Hablaba, comenzando a enseñar la pulseada del bosque, mientras apartaba a manotadas las ramas que ya querían cerrar la trocha y se interponían a su paso.
-¡Ah, muchacho! Soy antiguazo aquí. Vine mocoso como tú, cuando la primera busca del caucho.
No sé si quedará retazo de bosque que no haya andao. Bueno, esto es mucho; pero te digo que conozco la cosa. ¿Sabes las rayas de tu mano? ¿No? Pues yo sé las del bosque. Una media bruja de la ciudad, veía las rayas de la palma de la mano y decía que ahí estaba el destino. Esta es una mano que hay que saberla ver lo mismo. Aquí hay también destino...
Tropezaron con un árbol cubierto de cortaduras y lacras, un pobre ser de los bosques al que habían hecho padecer un raro suplicio. Las incisiones y los tajos llenaban su hermoso tallo. Aún había rastros de la sangre blanca que vertiera.
-Caucho explotao -explicó don Floro. Y prosiguió-: Ahora pa encontrarlo, hay que caminar lejos. Han macheteao duro los muchachos. Antes dabas un machetazo al aire y salía jebe. Ahora hay que caminar hasta donde el duende tiene su guarida, que es lejos, y no encuentras.
De la cintura de don Floro colgaba un largo machete metido en vaina de cuero.
-Bueno, todo está lejos. Nos tomará tiempo encontrar a los monos. No se ve ni uno por lo alto. Por eso estoy hablando sin consideración. ¿Has comido mono? ¿No? Ya comerás. Al principio, viéndolos listos, parecen niños asaos y no dan ganas de comerlos. Pero, la necesidá... Esa lo hace todo. Con el tiempo, te los comes como si tal cosa... Hay que comer mono. No siempre tienes suerte y encuentras pavas y tapires...
La trocha se fue borrando. Cárpena sintió como que el bosque se adueñaba de ellos. Un rumor confuso y perenne flotaba sobre sus cabezas y no se veía otra cosa que tallos, ramas y lianas. El rumbero se volvió hacia el mozo cogiendo su fusil con las dos manos, Cárpena lo imitó maquinalmente.
-Ssschcht -musitó el conocedor, continuando muy bajito-: Silencio..., que no se asusten los monos. Ponen a uno de guardián y si nos hacemos notar, ése da el grito y escapan...
Y siguió adelante, eludiendo las lianas blandamente y pisando con suavidad. El fusil, dirigido a lo alto, parecía tan alerta como sus ojos. Si Cárpena, con un movimiento inhábil producía algún rumor, don Floro volteaba hacia él, en un mudo reproche. Para peor, aumentaban las lianas, las ramas, los altos tallos. Crecía el bosque, se agrandaba ante los ojos del recién llegado. No lograba ver nada preciso en las copas. ¿Distinguiría don Floro la caza? De cuando en vez, sonaban los aletazos de un pájaro que huía entre el follaje. Y los hombres ligeramente agazapados, en acecho, avanzaban sin tregua hacia su insegura presa. Era fatigosa la marcha y más teniendo que cuidar el silencio. En las hojas caídas dejaban un pequeño rastro, pero otras se amontonaban pronto sobre ellas, borrándolo. Al cruzar por un terreno pantanoso, la huella de un tacón se mostró a los ojos del novato, desde la blanda gleba de un charco. Otro hombre había estado por allí, como lo atestiguaba su seña y sin embargo la naturaleza, hostil y recogida en sí misma, parecía haber ignorado siempre su presencia. Los pantanos se precisaron más y tuvieron que bordeados. Oscuras y quietas aguas, se embalsaban al pie de grandes árboles tranquilos. Y traspuesta esa zona, otra vez el lecho de hojas, y las ramas y lianas obstaculizantes, y la penumbra bajo las altas copas estremecidas. El sol se filtraba a ratos en haces oblicuos, haciendo ver grietas de troncos añosos y tierno musgo. Sobre la tersura de un tallo plomizo, destacó una inscripción:

UN RECUERDO
DE
PEDRO  J. RAMIREZ

Las letras hondas, grabadas a cuchillo, denotaban un pulso recio. Cárpena tocó el brazo de don Floro y, al volverse éste, le mostró el nombre. En verdad, nadie lo llevaba en la barraca. Allí estaban el «chino» Cortez, el español Segovia, el «negro» Domingo y también Jiménez y Díaz. No había ninguno que se llamara así. El rumbero se encogió de hombros como diciendo: «¿Para qué te ocupas de tonterías, cuando estamos empeñados en encontrar importantes monos?» Pero, tratando de dar una explicación, se señaló el cuello en un gesto de cortárselo y reanudó la marcha silenciosamente. Había muerto Pedro J. Ramírez. Como Cárpena, sin duda, dejó su lugar nativo para lanzarse a esos mundos con un equipo de cauchero y de sueños. He allí que ya no quedaba de él, sino un nombre grabado en el tallo de un árbol perdido en medio de la selva. Desde el fondo del bosque, hablaba un muerto en la supervivencia de un vegetal impasible. Nada más. Cárpena se resistía a deplorarlo. Ahí -ya lo veía- era innecesaria la compasión. Sería duro como don Floro. Igual que el rumbero, sabría recorrer el bosque, por un lado y otro, sin perderse ni lamentar lo irremediable.
Don Floro seguía avanzando con los ojos y el fusil vigilantes. Se detuvo de súbito colocándose una mano tras la oreja, a modo de pantalla. Un débil chillido venía de lejos. ¿De dónde? El rumbero volteó la cabeza a todos lados y luego tomó la dirección. Cárpena lo seguía hecho ojos y oídos. Pero sin pensar precisamente en que el fusil le iba a servir de algo. La anunciada «mancha» de palmeras hizo blanquear sus tallos en medio de la inmensidad verde gris. Don Floro se detuvo de nuevo y echóse a la cara el fusil. La tropilla de monos escandalizaba haciendo piruetas y arrojando cocos. El que estaba próximo, que era sin duda el vigía, distinguió a los cazadores y lanzó un grito estridente, pero ya era tarde. Don Floro disparó. También disparó Cárpena hacia un pequeño ser gesticulante que se contorsionaba entre las ramas. Los micos huyeron a grandes saltos por las copas, chillando y dando alaridos. En pocos segundos se perdió el eco de sus voces en la tranquila inmensidad de la selva.
Pero uno de ellos se había quedado. Trató de sostenerse enroscando la cola en una rama, pero después cayó sobre la hojarasca con un ruido blando. Los cazadores acudieron. Era una mona que tenía a su pequeño hijo en brazos. El balazo le había roto el pecho. Miró a los hombres con ojos de pánico y odio, pero después los fijó amorosamente en el pequeño. Con todas sus fuerzas abrazaba al hijo. Trataba de que el aterrorizado monito se le pegara al magro seno y luego le acercaba la boca a la teta. Sacudida por los estertores de la muerte, únicamente se preocupaba de que el pequeño mamara, de que pudiera vivir. Ninguno de los hombres atinó a rematarla, viendo esa grande y maternal defensa de la vida. La madre quería a toda costa salvar al hijo. Sus ojos brillaban sobre él, llenos de ternura, y al estrecharlo brindábale empecinadamente los exiguos pezones. Pero el monito chillaba viendo a los cazadores, sin desprenderse del seno, invitando más bien a la fuga con su actitud medrosa. ¡Si ella hubiera podido huir! Miró por última vez a los hombres y de nuevo al hijo. Persistió en su empeño de que mamara, ya muy débilmente, pues las fuerzas sin duda la abandonaban. Y la muerte llegó al fin y rindióse a ella en medio de una estremecida agonía. Se aquietó para siempre con el hijo en brazos, dada íntegramente a él, en un gesto de suprema solicitud. En el vasto silencio que cayó sobre la selva, sólo se escuchaban los gemidos del monito, cogido del inmóvil y sangrante cuerpo materno. Aferrado a él, parecía pedirle que lo amparara.
Cárpena no pudo contenerse más y, apoyándose en un tronco, se puso a sollozar como un niño. Don Floro trataba de consolarlo:
-Bah, muchacho, ya pasará. Se acostumbra uno. Después de todo, no fue tuyo el tiro...
Mas el rumbero se felicitaba en su interior de la penumbra del bosque y de la ancha falda de su sombrero de palma, que le apretaba sombra sobre la cara. Una terca lágrima había rodado por su mejilla. Haciéndose a un lado, discretamente, se la enjugó con la manga de la camisa.
(Ciro Alegría)