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miércoles, 8 de abril de 2015

Letras Capitulares - Ripoll







Etnología

Oyendo hablar a un hombre, fácil es
acertar dónde vio la luz del sol:
Si os alaba a Inglaterra, será inglés;
si os habla mal de Prusia, es un francés,
y si habla mal de España, un español. 

Joaquín M. Bartrina

sábado, 4 de abril de 2015

Campanarios


El hombre de Bogotá 

La policía y el servicio de emergencia no le afectan en absoluto. La voz del esposo suplicante no produce el efecto esperado. La mujer sigue en la cornisa, aunque amenaza que no por mucho tiempo más.
Me imagino que soy yo quien va a tener que disua­dirla para que no se tire. Veo la situación, y sucede de la siguiente manera:
Le cuento la historia de un hombre de Bogotá. Era un hombre rico, un industrial al que secuestraron para pedir un rescate. No era un drama televisivo; su mujer no podía llamar al banco y, en veinticuatro horas, le re­sultaba imposible disponer de un millón de dólares. Le llevó meses reunir esa cantidad. El hombre tenía una afección cardiaca, y los secuestradores tenían que man­tenerlo con vida.
Escuche esto, le digo a la mujer de la cornisa. Sus captores le obligaron a dejar de fumar, le cambiaron la dieta y le forzaron a hacer gimnasia todos los días. Lo tuvieron bajo ese régimen durante tres meses.
Cuando se pagó el rescate y liberaron al hombre, su médico le hizo un chequeo. Comprobó que el estado de salud del hombre era excelente. Le digo a la mujer lo que dijo aquel médico: que el secuestro era lo mejor que podía haberle ocurrido a aquel hombre.
Quizá no sea una historia adecuada para que alguien decida bajar de una cornisa. Pero la cuento con la in­tención de que la mujer que está subida en la cornisa se haga una pregunta, la pregunta que se le pasó por la ca­beza a aquel hombre de Bogotá. Se preguntó cómo sa­bemos que lo que nos ocurre no es bueno.

Amy Hempel

jueves, 2 de abril de 2015

Cofradías de Semana Santa


Por si acaso...

-Pepe -dijo la Condesa tocan­do suavemente en el hombro a su marido que dormitaba en un sillón al lado de la chimenea.
-¿Qué pasa? -dijo él incorporándose.
-¿No vas al club? Son muy cerca de la siete.
-Te agradezco que me hayas des­pertado; voy a vestirme. Y tú, ¿qué piensas hacer esta noche?
-Es nuestro turno del Real, y si viene Luisa, iremos un rato. ¿Tú no vas al palco con nosotras?
-Veré si puedo. Por ahora voy a vestirme.
Media hora después, el Conde, envuelto en su gabán de pieles, se acomodaba en su berlina, diciendo al lacayo: ­
-Al Veloz.

*

Cuando el ruido del carruaje anunció que el Conde se alejaba, alzóse el portier del salón en que había quedado la bella Condesa, y la cabeza rubia de una mujer joven asomó por allí.
-¿Se ha ido? -preguntó a media voz.
-Sí, Luisa, entra.
-¿Insistes en tu plan,
-Sí; no hay peligro alguno, y además, Luciano me ha prometido ayudarme.
-¿Lo crees seguro?
-Vaya, y necesario. En toda esta temporada del Real no he con­seguido que me acompañe un solo día al palco por irse al Veloz. ¡Di­choso Veloz! No sé qué tiene para nuestros maridos. Y después de todo, debe ser muy aburrido. Pero esta noche sí me acompaña; vaya si me acompaña. Ahora voy a ves­tirme yo también.

*

El club estaba lleno. Unos socios jugaban al tresillo o al whist, ha­ciendo tiempo mientras se abría el comedor. Otros conversaban alegre­mente en los salones. Se oyó el timbre del teléfono, y pocos mo­mentos después, un criado entró preguntando:
-¿El señor Marqués de la Ensenada?
-¿El Marqués de la Ensenada? -dijo uno.
-Sí, señor -contestó el criado.­- Le llaman al teléfono.
-Pero hombre, si el Marqués hace siglos que se murió.
-Llamarán a la calle del Marqués de la Ensenada -dijo otro.
-Señor -contestó el criado,- ­ya he dicho a la señora que habla que aquí no hay ningún señor que sea el Marqués de la Ensenada.
-Y ¿qué ha contestado?
-Que eso no me importaba a mí -dijo el criado.- Que yo pre­guntase por el Marqués de la En­senada, que ya lo demás no era cuenta mía.
Todo el mundo escuchaba con cu­riosidad este diálogo, y entre todos, quizá con más atención, Luciano de Oriz, el más alegre y más bromista de los socios, que en aquellos mo­mentos conversaba con el Conde.
-Yo creo que eso es un camelo -dijo una voz.
-No -replicó Luciano;- éste es un lío. Eso de Marqués de la Ensenada es nombre convencional. Ya verán ustedes. Voy a tomar el hilo.
-Pero ¿cómo?
-Nada más fácil. Me acerco al aparato y me hago pasar por el de la Ensenada.
Y sin esperar más, se dirigió rá­pidamente al aparato. Pocos minu­tos después volvía, pudiendo ape­nas hablar a causa de la risa.
-¿Qué hubo? ¿Qué hubo? -le preguntaron todos con interés y ro­deándole.
-Pues tiene gracia. Luego que me anuncié como el Marqués, una voz femenina me preguntó: «¿Eres tú? -Sí. -Ven en seguida, porque ya se ha ido Pepe.» Oí algo como risas de mujer, y se cortó la comu­nicación.
Una carcajada general contestó a la relación de Luciano, y entonces comenzaron los comentarios.
Claro; se reían de Pepe.
-¡Qué gusto, que no me llamo Pepe!
-Pues yo me llamo Pepe, pero no soy casado.
-Pues yo sí; pero mi mujer está en Niza, y desde allí no llama a nadie.
Pero algunas fisonomías se nu­blaron, y a poco oyéronse dos o tres coches del club salir precipita­damente.

*

El Conde entró en su casa dc vuelta, y al entregar su gabán al criado, dijo a la Condesa, que apa­reció en aquellos momentos por allí seguida de Luisa:
-Pensé mejor y he resuelto venir a comer contigo para irnos después al Real.
-¡Bendito sea Dios, Pepe! ¿Qué santo me habrá hecho este milagro?
Y furtivamente dirigió a Luisa una mirada, en la que podía haber­se leído todo este cuento.

Vicente Riva Palacio