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sábado, 17 de mayo de 2014

Norma Editorial (3) - 32 Saló Internacional del Cómic de Barcelona

Sin palabras...









Para disfrutar de esta entrada como se merece os propongo un juego: -Hay que descubrir qué marcapáginas se repite y contestar acertadamente a la siguiente pregunta: ¿A qué editorial pertenece?
Os voy a dar una pista: ...la tenemos, al menos una, cada uno de nosotros, los coleccionistas, por los marcapáginas.
Cierra la boca y participa.

Oro, caballo y hombre

Como en Casas Grandes terminaba la línea férrea, los villistas que se dirigían rumbo a Sonora bajaron de los trenes, echando fuera de las jaulas la flaca caballada y después de ensillar emprendieron la caminata hacia el Cañón del Púlpito.
La llanura estaba oculta bajo una espesa costra de nieve endurecida que crujía a la presión de las herradas pezuñas de los animales; a veces, éstos resbalaban y caían sobre el húmedo colchón, blanco e interminable; los jinetes se levantaban sacudiéndose y si la bestia había quedado tirada en el fango helado, con las manos le cerraban la nariz y el hocico para que en un supremo esfuerzo por libertarse y respirar, el animal volviera a ponerse sobre sus cuatro patas.
¡Qué poco amiga del hombre es la tierra nevada, agradable solamente en las pinturas alegóricas de Nochebuena! No se ve el terreno que se pisa: los pedruzcos del camino apenas hacen una levísima ondulación en la cáscara de conffetti cristalizado al bajo cero. Los peatones dan traspiés y tocan el suelo con rodillas y manos; las armas se hunden en la nieve, se moja el costal con pinole que tenía que servir de alimento por toda la semana, entran esquirlas de hielo por todas las aberturas de la ropa. ¡Y hay que soltar algunas maldiciones para calentarse!
Luego, no se encuentra leña seca para hacer una lumbrada, ni piedra limpia para sentarse a descansar un rato; aún bajo los pinos, cedros y encinos de copas anchísimas, hay nieve, no queda sitio para tender una manta y acostarse. Aun cuando la tormenta haya cesado, el viento hace caer los copos detenidos en las ramas y bajo los árboles siempre está nevando. El deshielo es cruel, aún más que la tempestad: hace más frío y casi siempre más viento que levanta la punta de las bufandas, el vuelo de los capotes, la vuelta de las pelerinas y se cuela a través de las ropas hasta el pellejo.
—¡No hay que rajarse, muchachos! ¡Síganle, que ya verán cómo pa delante está pior...!
Y los deshilachados restos de la fastuosa División del Norte, los poquísimos que no se habían "rajado" después de los combates de Celaya, echaban "pa delante, a buscar lo pior", con movimiento de hombros que decía "¿Qué más da?" y una contracción de labios que era desdén para la vida y reto a la muerte.
Frente a Casas Grandes, a poco trotar, hay una laguna extensa, pero poco profunda, casi una charca donde el viento no hace oleajes, rizando apenas la superficie pantanosa, que semeja un cristal ahumado, porque bajo un metro de agua, el barro negro y arrugado da idea de la piel de una gran bestia que estuviera dormitando dentro de la laguna. En algunas partes, donde el agua era menos, el bajo cero había puesto a la ciénaga un cascarón de hielo.
El grueso de la columna se desvió, prefiriendo hacer un gran rodeo por tierra firme, que atravesar la sospechosa calma de las aguas oscuras. Pero un grupo de villistas, seis o siete, bien montados en caballos de alzada, con gruesas mitazas que les cubrían hasta la mitad del muslo, y ropas de invierno entre las que no faltaban los característicos sweaters rojos, se decidieron a marchar en línea recta de la charca.
A la cabeza del grupo iba un hombre alto, con el sombrero tejano arriscado en punta sobre la frente, tal como lo usan los ferrocarrileros, "los del riel". Rostro oscuro completamente afeitado, cabellos que eran casi cerdas, lacios, rígidos, negros; boca de perro de presa, manos poderosas, torso erguido y piernas de músculos boludos que apretaban los flancos del caballo como si fueran garra de águila. Aquel hombre se llamaba Rodolfo Fierro; había sido ferrocarrilero y después fue bandido, dedo meñique del Jefe de la División del Norte, asesino brutal e implacable, de pistola certera y dedo índice que no se cansó nunca de tirar del gatillo.
—Los caballos andan mejor en el agua que en la nieve —dijo y metió espuelas—. El animal dio un gran salto, penetró en la laguna levantando un abanico de agua con cada pata, siguió adelante braceando a un metro de alto y chapoteando con regocijado estrépito. —Éste es el camino para los hombres que sean hombres, y que traigan caballos que sean caballos... ¡Adelante!
Los otros le siguieron, haciendo ruidos de cascada.
Fierro iba cargado de oro. Monedas americanas de veinte dólares, conocidas por "Ojos de buey", inflaban un cinturón de los llamados "de víbora" que el bandolero llevaba apretado poco más abajo que la canana de la pistola; oro en los bolsillos abultados del pantalón, oro en el pliegue que hacía la camisola al voltearse sobre el cinturón ajustado... oro en las cantinas de la silla de montar, hinchadas hasta el máximo... oro en bolsas de lona colgadas de la cabeza de la montura... Una coraza de oro, un blindaje de oro... ¡Kilos de oro!
Cuando caminaba en tierra firme, el caballo parecía no sentir sobre su lomo al hombre enorme, parecía no llevar encima aquel tremendo cargamento: braceaba como un trotón inglés de paseo, levantando las pezuñas delanteras a la altura del pecho.
Pero a cien metros, a ciento cincuenta, a doscientos metros de la orilla de la laguna, el caballo fuese fatigando de no encontrar tierra firme bajo sus herraduras, de meter los cascos en un lodazal negro, espeso, congelado. Y aun cuando el nivel del agua no le llegaba al vientre, ya no sacaba las pezuñas al aire; seguía caminando firme, pero lento, recto pero fatigado, resoplando como una locomotora. De sus narices abiertas, dos grandes agujeros negros, salían chorros de un vaho espeso. Las orejas enhiestas parecían percibir una misteriosa señal de peligro que partiera de las aguas, agitadas en círculos concéntricos que iban borrándose en la distancia.
—Mi general, está el terreno muy pesado para los caballos —aventuró a decir uno de los acompañantes— , mejor es que nos devuélvanos y denos la vuelta por la orillita...
—¡Qué devuélvanos ni qué el demonio...! ¡Me canso de pasar este tal por cual charco! El que tenga miedo, que se raje y dé media vuelta... no se vaya a dar un baño...
Y dio otro apretón de pies en el vientre del caballo. Las puntas de las espuelas hirieron la piel, abriendo dos hilillos de sangre, y el animal se levantó sobre las patas traseras, quedando casi vertical. Fierro se apoyó en la teja de la silla, pegó la cabeza al cuello del animal, y con el puño cerrado diole un golpe entre las orejas.
—¡Mula, mal nacida!
El caballo volvió a caer sobre sus cuatro patas y se vio entonces que el agua le llegaba al vientre. Los pies del hombre, prendidos a los ijares con los hierros implacables, quedaron dentro del agua enturbiada por el pataleo.
—¡Cuidado, mi general! ¡El caballo se está hundiendo!
—Pos va a salir a puritito pulmón...
—No lo menee mucho, porque se le atasca...
—¡Vete a dar consejos a las viejas! ¡Yo sé lo que hago!
Fuese desarrollando una lucha tremenda: el caballo contra el fango y el hombre contra el caballo. Los demás jinetes no se atrevían a acercarse y habían formado un semicírculo a cinco o seis metros de distancia. El animal resollaba desesperadamente y en vigorosos movimientos lograba levantar una mano y sacarla del agua, tirando luego un golpe terrible hacia abajo; pero no encontraba resistencia en el barro y cada vez el impulso de sus músculos poderosos que levantaban las manos, era menos eficaz. Se fue hundiendo de la parte trasera y pronto quedó la cola dentro del agua, agitándose violentamente como si fuera un remo cubierto de cerdas.
El jinete golpeaba al animal con ambos puños, dejando la rienda suelta sobre la silla, gritando los más duros insultos y acicateándolo furiosamente en la barriga. Ya se veían en el agua revuelta, espesa de lodo, tonos rojizos de la sangre del caballo que emanaba por los ijares.
—Mejor bájese, General... yo le empresto mi penco...
—Préstaselo a tu abuelo, que lo necesita más que yo...
Llegó el momento en que el animal no pudo desprender las manos del lodo. Debía tenerlo ya más arriba de la rodilla, porque el agua le llegaba hasta la mitad del cuerpo. Quedó un instante inmóvil, dando unos bufidos que parecían respuesta a los insultos que le seguía diciendo Fierro. Y entonces fue cuando éste pensó en desmontar: volvióse hacia las cantinas de la montura, ya al nivel del agua, y sacó sendas bolsas de oro; tomó los dos costales amarrados a la cabeza de la silla y echándoselos en el brazo izquierdo levantó la pierna derecha sobre el lomo del animal y la sumergió en el agua tratando de tocar fondo; pero el pie se le hundió en el barro que parecía mantequilla, y él quedóse prendido de la cabeza de la silla, con la pierna izquierda doblada sobre el estribo.
Sintió miedo, un miedo espantoso de quedarse ahí para siempre, con su caballo y con su oro; volvió los ojos hacia sus hombres con una intensa angustia. Todos estaban muy lejos para tenderle la mano y se habían quedado inmóviles por temor a correr la misma suerte que él. Y los demás de la columna, muy lejos, a la orilla de la laguna tersa y oscura como un espejo ahumado, continuaban su marcha a rastras sobre la nieve, preocupado cada uno de ellos por su propia marcha, mirando hacia abajo para evitar los pedruzcos y los hoyancos y sin dirigir una ojeada al grupo que se había atrevido a pasar en línea recta el manto de agua.
—¡Epa! ¡Imbéciles! A ver si hacen algo... ¿O qué, piensan dejarme aquí atascado en el zoquete? ¡Búiganse, démen un jalón!
Pero aquellos hombres no se movieron. En varios metros alrededor del caballo que se sumergía y del jinete pálido por la angustia, el cieno estaba removido por los desesperados esfuerzos que hacía el animal para escapar del peligro y quien se hubiera atrevido a avanzar en esa zona, cayera también prisionero del fango movedizo y profundo. Así, los demás jinetes se limitaron a dar consejos.
—No se mueva mucho...
—Párese arriba de la silla...
—Tire todo el peso que traiga encima...
—Procure venirse a nado...
Uno sacó la pistola y para avisar a la lejana columna del peligro en que Fierro se encontraba, disparó al aire los seis cartuchos del cilindro. Inmediatamente se vio que la tropa en marcha se detuvo y acercóse a la orilla de la laguna. Con sus prismáticos, los jefes vieron que un caballo estaba sumergiéndose en las aguas y que un hombre intentaba escapar de un trance de muerte. Varios jinetes trataron de ir al socorro y avanzaron sus caballos quebrando el hielo de la superficie, mas a poco andar vieron que también para ellos había peligro, y se regresaron.
En el centro de la charca, el caballo seguía pataleando y agitándose en el barro. Pronto quedó la montura bajo las aguas, y el animal no sacó ya sino el cuello y la cabeza mantenida en alto. Fierro estaba de rodillas sobre la silla, pálido, con los ojos desorbitados por el espanto. En el brazo izquierdo sostenía aún cuatro bolsas repletas de oro.
—Una reata... ¡Échenme una reata! Le doy una bolsa a cada uno que me ayude a salir...
Algo por compasión y mucho por interés de la oferta, los villistas del grupo echaron mano a los lazos amarrados en sus monturas y comenzaron a agitarlos en grandes círculos sobre sus cabezas. El caballo acabó de sumergirse, soplando un bufido que alborotó las aguas; sus pulmones potentes todavía echaron un chorro de burbujas que reventaron en pompas de fango. El hombre había quedado en pie sobre la silla, sin sombrero, con los costales apretados al pecho, salpicado de lodo de arriba abajo, pesadas las piernas por la costra que lo cubría hasta la cintura.
—Pronto... pronto... el caballo ya se fue al diablo...
Las reatas partieron simultáneamente con un uniforme silbido, pero fuera por mal cálculo o porque los lazadores tuvieran pocas ganas de verse envueltos en el peligro, todas quedaron cortas y Fierro, sin soltar el oro, intentó alcanzarlas alargando el brazo derecho. Este movimiento lo hizo perder el equilibrio y cayó en el agua. A poco emergió enteramente cubierto de lodo, agitando los brazos, ya libres del pesado cargamento. Su figura casi había perdido la apariencia humana. Quiso decir algo, y medio ahogado por el cieno que le había penetrado en la boca, sólo lanzó un alarido gutural como de un orangután en la selva. Instantes después comenzó a hundirse despacio; bajó los brazos y quedó con la cabeza de fuera, nada más, gritando.
Los villistas recogieron rápidamente sus reatas y volvieron a tirarlas, pero nuevamente quedaron cortas. Pronto la cabeza quedó a ras de agua y luego se hundió. Surgieron los brazos levantando la "víbora" hinchada de oro, en una última oferta por la salvación. Luego todo desapareció bajo las aguas, que volvieron a quedar como un vidrio ahumado, sin oleaje, apenas rizadas por el viento.
Muy despacio, con toda clase de precauciones, los testigos de la tragedia fueron saliendo hacia la orilla. Un oficial japonés que iba entre los villistas, se devolvió a Casas Grandes para buscar una lancha y salir a bucear en la laguna en un intento para rescatar el cuerpo.
La columna continuó su marcha en la nieve, y al ponerse el sol acampó en un bosque. Tronchando ramas de pinos y cedros los villistas medio barrieron la nieve en algunos trechos, bajo los árboles más grandes, y se acostaron a descansar.
Recordando el drama, algunos dijeron:
—¡Lástima de oro!
Otros:
—¡Lástima de caballo!
Y ninguno lamentó la desaparición del hombre.

(Rafael F. Muñoz)

jueves, 15 de mayo de 2014

Matbc - Museu Arxiu Tomás Balvey (2) - El Follet Verdet (El Duende Verde)



El Follet Verdet es una figura imaginaria que, con una historia que empieza hace más de 4.000 años, fue creado por la ilustradora María Vidal en 2006 que presentó un personaje curioso y travieso, con una cabeza llena de plantas medicinales, como las del jardín del Museo, y que utiliza para hacer pócimas y jarabes como los antiguos de la farmacia Balvey. Gustosamente se ha quedado a vivir en el Museo de Cardedeu, por ser amigo personal de Tomás Balvey. Y ahora aburrido de estar solo, ha querido hacer nuevos amigos y explicar sus historias.
Estas publicaciones forman parte de la colección de cuentos “Historias de la Historia del Follet Verdet”. Los marcapáginas expuestos corresponden a cada uno de los títulos de la colección.
El Follet Verdet en el Dolmen de Pins Roser
El Follet Verdet a la corte del Rey En Jaume 
El Follet Verdet en la batalla de Cardedeu
El Follet Verdet y Tomàs Balvey, coleccionista.
El Follet Verdet y los gigantes de Cardedeu.
El Follet Verdet en la villa romana del Pla de les Parets.

Los tontos de Chelm y la carpa estúpida

En Chelm, una ciudad de necios, todas las amas de casa compraban pescado para el Sabbat. Los ricos compraban pescados grandes y los pobres, pequeños. Los adquirían los jueves, los limpiaban, los troceaban, y el viernes preparaban pescado relleno y el sábado se lo comían.
Un jueves por la mañana se abrió la puerta de la casa del jefe de la comunidad de Chelm, Gronam Buey, y entró Zeinvel Corto con un cubo lleno de agua. Dentro había una voluminosa carpa viva.
-¿Qué es esto? -preguntó Gronam.
-Un regalo para ti de parte de los sabios de Chelm -dijo Zeinvel-. Es la carpa más grande jamás pescada en el lago de Chelm y entre todos hemos decidido ofrecértela en prueba de nuestro respeto por tu gran sabiduría.
-Muchas gracias -replicó Gronam Buey-. Mi esposa, Yente Pesha, estará encantada. Tanto a ella como a mí nos gusta mucho la carpa. Leí en un libro que comer sesos de carpa aumenta  la sabiduría, y aunque nosotros en Chelm somos inmensamente inteligentes, nunca vendrá mal mejorar un poco. Pero déjame mirarla de cerca. Me han dicho que el tamaño de la cola de la carpa refleja el volumen de su cerebro.
Era bien sabido que Gronam Buey era miope, y cuando se inclinó sobre el cubo para ver mejor la cola de la carpa, ésta hizo algo que probó que no era tan lista como creía Gronam. Levantó la cola y le dio a Gronam un coletazo en plena cara.
Gronam Buey quedó atónito.
-Nunca antes me había sucedido algo parecido -exclamó-. No puedo creer que hayan atrapado esta carpa en el lago de Chelm. Una carpa de Chelm sería más sensata.
-Es el pez más perverso que he visto en mi vida -aprobó Zeinvel Corto.
Aun cuando Chelm es una ciudad grande, las novedades se propagan rápidamente. Al instante, todos los demás sabios de Chelm se presentaron en casa de su jefe, Gronam Buey. Llegaron Treitel Tonto y Sender Asno, Shmendrick Necio y Lelo Lekisch. Gronam Buey estaba diciendo:
-No comeré de este pez el Sabbat. Esta carpa es tonta y además maligna. Si la como, podría volverme tonto en vez de aumentar mi inteligencia.
-¿Y qué hago con ella? -preguntó Zeinvel Corto.
Gronam se puso el dedo en la frente, señal de estar haciendo un gran esfuerzo mental. Transcurridos unos momentos exclamó:
-Ningún hombre ni animal de Chelm puede abofetear a Gronam Buey. Este pez deberá ser castigado.
-¿Y qué clase de castigo le impondremos? -preguntó Treitel Tonto-. De cualquier modo, todos los peces se pescan y no la podemos matar dos veces.
-No se le debería dar muerte de la misma forma que a los demás peces -dijo Sender Asno-. Debería morir de un modo diferente para demostrar que nadie puede golpear a nuestro bienamado sabio, Gronam Buey, y quedar impune.
-¿Qué clase de muerte? -se preguntó Shmendrick Necio-. ¿Tal vez deberíamos meterla en la cárcel?
-En Chelm no hay una cárcel que sirva para peces -dijo Zeinvel Corto-. Y construir una especial tardaría mucho.
-Tal vez deberíamos ahorcarla -sugirió Lelo Lekisch.
-¿Y cómo se ahorca a una carpa? -quiso saber Sender Asno-. Una criatura solamente se ahorca al colgarla del cuello, pero, puesto que una carpa no tiene cuello, ¿cómo la colgaríais?
-Mi consejo es que sea arrojada viva a los perros -dijo Treitel Tonto.
-No resultaría -replicó Gronam Buey-. En Chelm, nuestros perros son inteligentes, pero a la vez obedientes, y si comen de esta carpa pueden volverse tan estúpidos y perversos como ella.
-¿Y qué haremos entonces? -preguntaron a coro los sabios.
-Este caso requiere una larga reflexión -decidió Gronam Buey-. Dejaremos la carpa en el cubo y meditaremos sobre el caso todo el tiempo que sea necesario. Siendo el hombre más sabio de Chelm, no puedo permitirme dar una sentencia que no cause la admiración de todos los chelmitas.
-Si la carpa queda en el cubo durante mucho tiempo podría morir -replicó Zeinvel Corto, que había sido pescadero-. Para mantenerla con vida debemos ponerla en un barreño grande, y habrá que cambiarle el agua con frecuencia. También habrá que alimentarla adecuadamente.
-Tienes razón, Zeinvel -le dijo Gronam Buey-. Ve a buscar el barreño más grande de Chelm y cuida que la carpa se mantenga viva y en buena salud hasta el día del juicio. Cuando haya tomado una decisión, te lo haré saber.
Desde luego las palabras de Gronam Buey eran ley en Chelm. Los cinco sabios buscaron y encontraron un gran barreño, lo llenaran de agua y pusieron en él a la carpa delincuente, añadiendo algunas migas de pan, Challah, y otras golosinas que pueden gustar a una carpa. Shlemiel, el guardaespaldas de Gronam, fue puesto de guardia junto a la bañera para asegurarse de que ninguna codiciosa ama de casa chelmita se apoderase de la carpa prisionera para hacer pescado relleno.
Pero sucedió que Gronam Buey tenía otras muchas decisiones que tomar y la sentencia se postergó una y otra vez. La carpa no parecía impacientarse. Comía, nadaba en el barreño, se puso todavía más gorda, sin darse cuenta de que una severa sentencia pendía sobre su cabeza. Shlemiel cambiaba el agua con frecuencia, pues le habían dicho que si la carpa moría sería un acto de desacato a Gronam Buey y a la Corte de justicia de Chelm. Yukel, el aguador, ganó unos céntimos extra cada día trayendo agua para la carpa. Algunos de los chelmitas que se oponían a Gronam divulgaron el rumor de que Gronam simplemente no podía dar con el castigo adecuado para la carpa y que estaba esperando a que muriera de muerte natural. Pero, como siempre, iban a sufrir un gran desengaño. Una mañana, unos seis meses después, se dio a conocer la sentencia y, al saberse, Chelm quedó perpleja. La carpa sería ahogada.
Gronam Buey había pensado muchas sentencias inteligentes con anterioridad, pero ninguna tan brillante como ésta. Hasta sus enemigos se asombraron de su sagaz veredicto. Ser ahogada es exactamente la clase de muerte adecuada para una carpa despreciable, poseedora de una gran cola y muy poco seso.
Ese día, toda la comunidad de Chelm se reunió junto al lago para presenciar la ejecución de la sentencia. La carpa, que casi había doblado su tamaño, fue llevada al lago en el mismo carro en que llevaban al cadalso a los peores criminales. Sonaban los tambores. Las trompetas sonaban. El verdugo de Chelm alzó la pesada carpa, lanzándola al lago con un fuerte chapuzón.
Los chelmitas lanzaron sonoros gritos:
-¡Muera la carpa traicionera! ¡Larga vida para Gronam Buey! ¡Hurra!
Gronam fue alzado en hombros por sus admiradores y llevado a casa entre cánticos de alabanza. Algunas mozas de Chelm le lanzaban una lluvia de flores. Hasta Yente Pesha, su mujer, que frecuentemente criticaba a Gronam, atreviéndose a llamarlo necio, parecía impresionada por la gran inteligencia de su marido.
En Chelm, como en todas partes, había envidiosos que encontraban defectos en todo, y comenzaron a decir que no había ninguna prueba de que la carpa se hubiera ahogado realmente. ¿Por qué iba a ahogarse una carpa en el agua de un lago? Mientras cada viernes morían cientos de peces inocentes, decían, la carpa estúpida vivía cómodamente del dinero de los contribuyentes, al haber sido devuelta sana y salva al lago, donde estaría riéndose de la justicia de Chelm.
Pero sólo unos pocos prestaban oídos a estas palabras malintencionadas. Señalaban que pasaban los meses y que nunca habían vuelto a coger la carpa, señal segura de que había muerto. También es cierto que la carpa podía haber decidido ser prudente y evitar las redes de los pescadores. Pero una carpa estúpida, que había golpeado en la cara a Gronam Buey, ¿cómo iba a ser tan lista?
Por lo que pudiera suceder y para asegurarse, los sabios de Chelm publicaron un decreto que decía que, si la carpa perversa se había negado a ahogarse y era cogida de nuevo, se construiría para ella una cárcel especial, una piscina donde permanecería prisionera por el resto de sus días.
Imprimieron el decreto en letras mayúsculas y fue publicado en el Boletín Oficial de Chelm, firmado por Gronam Buey y sus cinco sabios: Treitel Tonto, Sender Asno, Shmendrick Necio, Zeinvel Corto y Lelo Lekisch.

(Isaac Basehevis Singer)

martes, 13 de mayo de 2014

Arola Editors




Arola Editors es una editorial con sede en Tarragona fundada en 1998. De entonces acá ha emprendido cinco líneas editoriales de una trayectoria continuada y consolidada en el mundo de la edición catalana:
Ediciones de literatura catalana.
Ediciones de libros de arte.
Ediciones de libro infantil, cuentos, libros de música, cancioneros, poesía infantil.
Ediciones de excursionismo y natura, guías, reportajes, medicina.
Ediciones de historia y ensayo, tanto local como general.

Autodenigración

Tres rabinos están sentados en los asientos traseros de un taxi. El primero suspira y dice:
—Cuando pienso en Dios, me digo que verdaderamente soy muy poquita cosa.
El segundo rabino le dice al primero:
—Si tú eres muy poquita cosa, entonces, ¿qué soy yo? Yo no soy nada. El tercer rabino le dice al segundo:
—Si tú no eres nada, entonces, ¿qué soy yo? ¡Soy menos que nada! ¡Estoy por debajo de todo!
En aquel momento el taxista, que es negro, se da la vuelta y les dice:
—Pero si hablan de esa forma, si dicen que no son nada, que incluso son menos que nada, entonces, ¿qué soy yo? ¡No hay ni palabras para describirme! ¡Yo no existo!
Entonces los tres rabinos lo miran y dicen:
—Pero ¿por quién se ha tomado éste? 
Juan-Claude Carrière

domingo, 11 de mayo de 2014

Museu Romàntic Can Llopis - Sitges


El ahogado avaro

Un hombre rico y muy avaro (sin duda, la avaricia era la razón de su ri­queza) se cayó un día a un río. La corriente lo arrastraba, no sabía nadar y algunas personas corrían por la orilla gritándole:
-¡Danos la mano! ¡Danos la mano!
Pero el hombre no tendía la mano y se dejaba llevar.
Se cuenta que fue Nasrudin quien, en el último momento, le salvó la vida porque se acercó al agua del río y gritó:
-¡Cógeme la mano! ¡Cógeme la mano!

viernes, 9 de mayo de 2014

Conte va! Va de contes!

Mañana se celebra en Vilanova la 2ª Fira Infantil "Conte va! Va de contes!". Y uno se siente orgulloso de pertenecer a esta sociedad, la vilanovina, que cada año se apiña para organizar esta gran fiesta de la literatura infantil y juvenil.
Durante toda la jornada se programan diversas actividades en torno al mundo del cuento, talleres, muestras, exposiciones, lectura de cuentos, espectáculos, venta de libros y artículos relacionados.
Es por ello que Marcapaginasporuntubo quiere participar desde aquí y dedicar esta entrada a Jaume Sendra y, por extensión, a todo el pueblo vilanoví que va, vamos, a disfrutar de Conte va! Va de contes!


En el cual Puh y Porquete salen a cazar y casi atrapan un Frusbo

Porquete vivía en una gran casa en mitad de un haya y el haya estaba en mitad del Bosque y Porquete vivía en mitad de la casa. Al lado de la casa había un tablero roto en el que podía leerse: COTO P. Cuando Christopher Robin preguntó a Porquete lo que significaba, éste le respondió que era el nombre de su abuelo y que el tablero había pertenecido a la familia desde siempre. Christopher Robin dijo que nadie podía llamarse Coto P. y Porquete dijo que sí se podía, porque su abuelo se llamaba así y era una abreviatura de Coto Primi, que a su vez era una abreviatura de Coto Primitivo. Y su abuelo había tenido dos nombres, por si perdía uno. Coto por un tío suyo y Primitivo por causas ajenas a su voluntad.
-Yo también tengo dos nombres -dijo Christopher Robin.
-¿Lo ves? Eso lo demuestra -dijo Porquete.
Un soleado día de invierno, mientras Porquete quitaba la nieve de delante de su casa, levantó la cabeza y vio a Winny de Puh. Puh caminaba en círculo, completamente distraído, y, cuando Porquete le llamó, Puh siguió caminando.
-¡Hola! -dijo Porquete-. ¿Qué haces?
-Cazar -dijo Puh.
-Cazar, ¿qué?
-Estoy siguiendo una huella -dijo Winny de Puh con aire de misterio.
-¿Una huella de qué? -dijo Porquete acercándose.
-Eso es justamente lo que me pregunto. Me pregunto: ¿una huella de qué?
-¿Qué crees que te contestarás?
-Tendré que esperar hasta que lo cace -dijo Winny de Puh-. Mira aquí -señaló al suelo delante de ellos-. ¿Qué ves?
-Huellas -dijo Porquete-. Marcas de zarpa. -Dio un gritito de emoción-. ¡Oh, Puh! ¿Crees que es un... un… un... Frusbo?
-Pudiera ser -dijo Puh-. Unas veces es y otras no es. Nunca se sabe con las huellas.
Con estas pocas palabras siguió rastreando, y Porquete, después de observarlo un par de minutos, corrió tras él. Winny de Puh se había parado de repente y estaba inclinado sobre las huellas con cara de asombro.
-¿Qué pasa? -preguntó Porquete.
-Es curioso -dijo Puh-, pero ahora parece que hay dos animales. Este lo-que-sea se ha encontrado ahora con otro lo-que-sea y los dos van ahora caminando juntos. ¿Te importaría venir conmigo, Porquete, por si resulta que son Animales Hostiles?
Porquete se rascó la oreja de forma delicada y dijo que no tenía nada que hacer hasta el viernes y que estaba encantado de ir con Puh, por si realmente se trataba de un Frusbo.
-Querrás decir dos Frusbos -dijo Winny de Puh, y Porquete dijo que de todas maneras no tenía nada que hacer hasta el viernes, así que se fueron juntos.
Había allí mismo un bosquecillo de alerces y daba la sensación de que los dos Frusbos (si es que eran Frusbos) habían estado dando vueltas alrededor de aquel bosquecillo; por lo tanto, Puh y Porquete se pusieron a dar vueltas por el mismo sitio, rastreando sus huellas.
Porquete mataba el tiempo contándole a Puh lo que su abuelo, Coto P., había hecho para curarse las Agujetas Producidas por Rastreo de Huellas y de cómo su abuelo, Coto P., había sufrido en su vejez Dificultades Respiratorias, y otros asuntos de interés general. Mientras le escuchaba, Puh se iba preguntando cómo sería un Abuelo, y si no resultaría que lo que ahora estaban siguiendo eran las huellas de Dos Abuelos, y, si así fuera, si podría llevarse uno a casa y amaestrarlo, y lo que diría Christopher Robin... y, mientras tanto, allí seguían las huellas frente a sus narices.
De pronto Winny de Puh se paró en seco y señaló al suelo:
-¡Mira!
-¿Qué? -dijo Porquete dando un brinco, y luego, para demostrar que no se había asustado, dio dos o tres brincos más, poniendo cara de hacer gimnasia.
-¡Las huellas! -dijo Puh-. Ha aparecido un tercer animal.
-¡Puh! -chilló Porquete-. ¿Crees que será otro Frusbo?
-No -dijo Puh-, porque las huellas son distintas. Pueden ser, por ejemplo, dos Frusbos y un Frisbo. Vamos a seguir tras ellos.
Así que continuaron dando vueltas, un poco nerviosos ya, pensando que los tres animales que estaban siguiendo pudieran albergar Intenciones Hostiles. Porquete hubiera dado la pata derecha porque su abuelo C. P. estuviera allí, y Puh pensaba qué estupendo sería encontrarse ahora con Christopher Robin; no por nada, sino porque hacía mucho que no se veían.
De repente, Winny de Puh volvió a pararse en seco y se pasó la lengua por el hocico, sin duda para refrescarse porque había empezado a sudar muchísimo: ¡Ahora había huellas de cuatro animales!
-¿Lo ves, Porquete? ¡Mira las marcas! Tres, como si dijéramos, Frusbos y un, por ejemplo, Frisbo. ¡Se les ha unido otro Frusbo! Y así parecía. Allí estaban las huellas; cruzándose en algunos trechos y algo confusas en otros, pero muy claras en general: huellas de cuatro pares de zarpas.
-Me parece -dijo Porquete después de lamer él también la punta de su hocico y descubrir que eso no le consolaba nada-, me parece que me acabo de acordar de una cosa. Me acabo de acordar de una cosa que se me olvidó hacer ayer y que no podré hacer mañana. De modo que me voy a ir a hacerla ahora mismo.
-Podemos hacerla juntos esta tarde; yo te ayudo.
-No es la clase de cosa que se puede hacer por la tarde -dijo Porquete rápidamente-. Es una cosa mañanera, que hay que hacer especialmente por las mañanas y, a ser posible, antes de las... ¿qué hora es ahora?
-Alrededor de las doce -dijo Winny de Puh, mirando al Sol.
-Pues, como te decía, entre las doce y las doce y cinco. Así que, si me disculpas, Puh... ¿Qué es eso?
Puh miró hacia arriba y luego, cuando oyó el silbido otra vez, se fijó en las ramas de un roble grande; allí descubrió a un viejo amigo.
-Es Christopher Robin -dijo.
-Ah, entonces no tienes problemas -dijo Porquete-. Con él estarás totalmente a salvo. Adiós -y salió corriendo hacia su casa, muy contento de verse Fuera de Peligro.
Christopher Robin bajó del árbol con mucho cuidado.
-Oso tontorrón -dijo-, ¿qué estarás haciendo? Primero das la vuelta a los alerces tú solo dos veces, después Porquete va detrás de ti y volvéis a dar la vuelta a los alerces hasta cuatro veces...
-Un momento -dijo Winny de Puh, levantando la mano.
Se sentó y se puso a pensar de la forma más pensativa posible. Luego colocó su zarpa sobre una de las huellas... luego se rascó dos veces la nariz y se levantó.
-Sí -dijo Winny de Puh.
-Ya veo -dijo Winny de Puh.
-He sido Crédulo y Estúpido -dijo-, y soy un Oso sin Pizca de Cerebro.
-Eres el Mejor Oso del Mundo -dijo Christopher Robin para consolarle.
-¿De verdad? -preguntó Puh esperanzado.
Y de repente se animó.
-De todos modos -dijo-, es casi la hora de comer.
Así que se fue a casa.
(A. A. Milne)