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miércoles, 7 de mayo de 2014

Joan Miró




(Barcelona, 1893-Palma de Mallorca, España, 1983) Pintor, escultor, grabador y ceramista español.
Afín a los principios del surrealismo, firmó el Manifiesto (1924) e incorporó a su obra inquietudes propias de dicho movimiento, como el jeroglífico y el signo caligráfico (El carnaval del arlequín). La otra gran influencia de la época vendría de la mano de P. Klee, del que recogería el gusto por la configuración lineal y la recreación de atmósferas etéreas y matizados campos cromáticos.
En las décadas de 1950 y 1960 realizó varios murales de gran tamaño para localizaciones tan diversas como la sede de la Unesco en París, la Universidad de Harvard o el aeropuerto de Barcelona; a partir de ese momento y hasta el final de su carrera alternaría la obra pública de gran tamaño (Dona i ocell, escultura), con el intimismo de sus bronces, collages y tapices. En 1975 se inauguró en Barcelona la Fundación Miró, cuyo edificio diseñó su gran amigo Josep Lluís Sert.

La carne de la lengua (Cuento Swahili)
A Susie Morgenstern

Hubo una vez en otro tiempo un rey rico y poderoso y una reina; una reina delgada, pálida y triste. No tenía apetito alguno, ni por los alimentos ni por la vida. El rey la observaba y no sabía cómo devolver la redondez al cuerpo que la reina había poseído años atrás.
Un día, mientras el rey miraba por la ventana de su palacio, vio pasar por el jardín una mujer que respiraba vitalidad, una mujer bien plantada, de hermosas carnes, de cuerpo generoso y mirada radiante. El rey reconoció en esa mujer a la esposa del jardinero y quedó estupefacto. Su propia esposa tenía todo lo que pudiera soñar, todo lo que una mujer pudiera desear y aun así, estaba flaca como un clavo herrumbroso. El jardinero, en cambio, no ganaba más de lo necesario para el sustento diario y tenía una mujer de formas abundantes...
El rey salió de su palacio al encuentro del jardinero, hablándole de este modo:
-Tu mujer está resplandeciente y la mía delgada al punto que parece enferma. Dime cómo, de qué manera, alimentas a tu esposa.
-Yo -respondió el jardinero- alimento todos los días a mi mujer con la carne de la lengua.
-¿Eso es todo?
-Sí señor, eso es todo.
El rey entró precipitadamente al palacio en busca de su cocinero, a quién ordenó:
-Me vas a preparar un banquete a base de lenguas de todo tipo, sazonadas de todas las maneras posibles. ¡Quiero una gama de sabores que sea digna de los paladares más exigentes!
Al día siguiente, las mesas estaban cubiertas con toda suerte de platos con lenguas de buey, de ternera, lenguas de carnero, de conejo, de alondra, de gorrión y de garza real. Lenguas tostadas, cocidas, asadas, rellenas, hervidas, además de salsas confeccionadas con especias del mundo entero.
El rey fue en busca de la reina y la acompañó, orgulloso de sí, hasta el salón de banquetes. La invitó a servirse de los manjares, pero la desdichada, a la vista de todas las lenguas, bañadas en jugos de colores extraños, sintió náuseas y se retiró inmediatamente a su habitación.
El rey, despechado, acudió nuevamente a su jardinero y le dijo:
-¡Tú te llevarás a mi esposa, la reina, a tu casa por seis meses, y la tuya vendrá a vivir al palacio!
Los deseos de los reyes son órdenes. Así, a la mañana siguiente, se hizo el intercambio.
Hay que dejar correr el tiempo en la vida... en los cuentos, son suficientes dos palabras. He aquí que los seis meses pasan volando.
La reina regresó al palacio resplandeciente, con sus formas redondeadas y riéndole a la vida. En cuanto a la mujer del jardinero, era apenas la sombra de lo que fue. Estaba delgada y gris, su mirada estaba apagada y tenía un rostro que ya no sabía sonreír.
El rey, que no comprendió nada, pidió a las mujeres que le explicasen cómo era posible tanta transformación.
-Cuando mi marido regresa en la tarde -dijo la esposa del jardinero- está siempre de buen humor. Durante la cena, me va contando su jornada: las flores que han abierto sus pétalos, los arbustos que retoñaron, las frutas que maduraron, la luna llena en medio de la noche. Cuando termina de cenar, toca música y canta, cuenta historias y me recita poesía. Las veladas con él tienen la savia del paraíso.
-Así es -afirmó la reina-. Siempre tiene una bella historia o una palabra dulce que ofrecer y así embellecer la vida. Da, en fin, lo mejor de sí mismo, ¡la carne de la lengua!
Nadie sabe si el rey comprendió verdaderamente.
Algunos dicen que desde ese día, las dos mujeres escogieron vivir con el jardinero. Otros, más optimistas, dicen que el rey aprendió a contar hermosos relatos... y que su reina vivió muy contenta el resto de sus días.

(Praline Gay Para)

lunes, 5 de mayo de 2014

RUTA 1714











La Ruta 1714 es una propuesta de ruta turística y cultural por los lugares, monumentos, villas o espacios más destacados de la Guerra de Sucesión en Cataluña. Los escenarios del conflicto, desde Barcelona a la Seu d'Urgell.
Una puesta en valor de más de cincuenta monumentos y espacios históricos destacados en la Guerra de Sucesión estructurados en diez nodos centrales, veinte villas quemadas, municipios que fueron creados y saqueados durante la guerra, y unos veinte más agrupados bajo el concepto d'Espais 1714, lugares destacables por las batallas, por los personajes, por los asedios o por los conjuntos amurallados que se conservan. Cada uno de estos sitios se señaliza con paneles de información histórica y turística.

La quinta historia

Esta historia podría llamarse «Las estatuas». Otro nombre posible es «El asesinato». Y también «Cómo matar cucarachas». Entonces haré por lo menos tres historias verdaderas, porque ninguna de ellas desmiente a la otra. Aunque una sola serían mil y una, si me dieran mil y una noches.
La primera, «Cómo matar cucarachas», comienza así: me quejé de las cucarachas. Una señora oyó mi queja. Me dio la receta de cómo matarlas. Que mezclase en partes iguales azúcar, harina y yeso. La harina y el azúcar las atraerían, el yeso les quemaría lo de adentro. Así hice: Murieron.
La otra historia es justamente la primera, y se llama «El asesinato». Comienza así: me quejé de las cucarachas. Una señora me oyó. Sigue la receta. Y entonces entra el asesinato. La verdad es que sólo en abstracto me había quejado de las cucarachas, que ni mías eran: pertenecían a la planta baja y escalaban las cañerías del edificio hasta nuestro hogar. Sólo a la hora de preparar la mezcla fue cuando se volvieron también mías. En nuestro nombre, entonces, comencé a medir y pesar ingredientes en una concentración un poco más intensa. Un vago rencor me había invadido, un sentido de ultraje. De día las cucarachas eran invisibles y nadie creería en el mal secreto que roía una casa tan tranquila. Pero si ellas, como los males secretos, dormían de día, allí estaba yo preparándoles el veneno de noche. Meticulosa, ardiente, preparaba el elixir de la larga muerte. Un miedo excitado y mi propio mal secreto me guiaban. Ahora yo sólo quería fríamente una cosa: matar cada cucaracha que existe. Las cucarachas suben por las cañerías mientras una, cansada, sueña. Y he aquí que la receta estaba lista, tan blanca. Como para cucarachas astutas como yo, esparcí hábilmente el polvo hasta que éste más parecía formar parte de la naturaleza. Desde mi cama, en el silencio del departamento, las imaginaba subiendo una a una hasta el patio de servicio donde la oscuridad dormía, sólo un mantel despierto en la cuerda de la ropa. Desperté horas después en un sobresalto de atraso. Ya era de madrugada. Atravesé la cocina. Allí en el piso del patio estaban ellas, tiesas, grandes. Durante la noche yo las había matado. En nombre nuestro, amanecía. En el morro, un gallo cantó.
La tercera historia que ahora se inicia es la de «Las estatuas». Comienza diciendo que yo me había quejado de las cucarachas. Después viene la misma señora. Prosigue hasta el punto en que, de madrugada, me despierto y todavía soñolienta atravieso la cocina. Más soñoliento que yo está el patio en su perspectiva de azulejos. Y en la oscuridad de la aurora, un tinte violáceo que distancia todo, distingo a mis pies sombras y blancuras: decenas de estatuas se desparraman rígidas. Las cucarachas que se habían endurecido de dentro hacia afuera. Algunas con la barriga para arriba. Otras a la mitad de un gesto que no se completaría jamás. En la boca de unas un poco de comida blanca. Soy el primer testimonio del amanecer en Pompeya. Sé cómo fue esta última noche; sé de la orgía en la oscuridad. En algunas el yeso se habrá endurecido tan lentamente como en un proceso vital, y ellas, con movimientos cada vez más penosos, habrán intensificado ávidamente las alegrías de la noche, tratando de huir de dentro de sí mismas. Hasta que se vuelven de piedra, en un espanto de inocencia, y con tal, tal mirada de afligida censura. Otras, súbitamente asaltadas por el propio interior, sin siquiera haber tenido la intuición de un molde interno que se petrificaba: ésas de pronto se cristalizan, así como la palabra es cortada de la boca: yo te... Ellas que, usando el nombre de amor en vano, en la noche de verano cantaban. Mientras aquella otra, la de antena marrón, sucia de blanco, habrá adivinado demasiado tarde que se había momificado justamente por no haber sabido usar las cosas con la gracia gratuita del en vano: «Es que miré demasiado hacia adentro de mí; es que miré demasiado hacia adentro de...», desde mi fría altura de gente miro la destrucción de un mundo. Amanece. Una que otra antena de cucaracha muerta tiembla seca con la brisa. De la historia anterior canta el gallo.
La cuarta narración inaugura una nueva era en el hogar. Comienza como se sabe: me quejé de las cucarachas. Va hasta el momento en que veo los monumentos de yeso. Muertas, sí. Pero miro hacia las cañerías, por donde esta misma noche ha de renovarse una población lenta y viva en fila india. ¿Renovaría entonces todas las noches el azúcar letal?, como quien ya no duerme sin la avidez de un rito. ¿Y todas las madrugadas me conduciría sonámbula hasta el pabellón?, en el vicio de ir al encuentro de las estatuas que mi noche sudada levantaba. Me estremecí de placer ruin ante la visión de aquella doble vida de hechicera. Y me estremecí también ante el aviso del yeso que seca: el vicio de vivir que haría estallar mi molde interno. Áspero instante de elección entre dos caminos que, pensaba, se dicen adiós, y segura de que cualquier elección sería la del sacrificio: yo o mi alma. Elegí. Y hoy ostento secretamente en el corazón una placa de virtud: «Esta casa fue fumigada».
La quinta historia se llama «Leibniz y la trascendencia del amor en la Polinesia». Comienza así: me quejé de las cucarachas. 
Clarice Lispector

sábado, 3 de mayo de 2014

Impremta Falcó





Marjorie se empareja

Iba a venir... Iba a venir... ¡Dios bendito! Iba a venir para casarse con ella... ¡desde Minnesota!
Marjorie leyó la carta una y otra vez, temblando, sin aliento, sosteniendo desesperadamente la misiva con los diez dedos de las manos. Finalmente, cuando sus ojos empezaron a ver borroso y ya no pudo leer su caligrafía, apretó la carta contra sus pechos desnudos. Así depositaría en ella toda la felicidad de su corazón. Iba a venir desde Minnesota... ¡Iba a viajar toda esa distancia para casarse con ella!
Cada palabra, cada falta de puntuación, se habían grabado en su memoria. La mera idea de la carta era como un poema fluyendo por su interior -como el escalofrío producido por un calor repentino- y los fragmentos de cada renglón se repetían como los rugidos de la tubería de una caldera.
Su carta no era una petición de matrimonio, pero le decía que le gustaba su aspecto en la foto que le había enviado. ¿Y por qué iba a venir desde Minnesota si no tenía intención de pedirle que fuera su esposa? Sin duda la quería.
Marjorie también tenía su foto. Podía notar la fuerza incansable de los delgados músculos que surcaban su cara hasta el mentón. Recorrió con los dedos sus facciones. La excitación la llenó de pasión por el hombre con quien se  emparejaría. Era un hombre fuerte. Haría con ella lo que quisiera.
Seguro que ella le gustaría. Era un hombre maduro y cuando se casan los hombres maduros buscan la belleza del alma y el cuerpo. Marjorie era bella. Su belleza era su juventud y su encanto. Él le había escrito que sus ojos y su cara y su cabello eran los más lindos que había visto jamás. Y su cuerpo también era bello. Él lo podría ver cuando viniera. Sus piernas esbeltas eran frescas y firmes como los pinos jóvenes en pleno invierno. Su corazón era cálido y ávido. Ella le gustaría... seguro.
Si ella le gustase, y si él la quisiese, y seguro que lo haría en cuanto la viera, Marjorie le entregaría su alma. Su alma sería su gran regalo. Primero le entregaría su amor, luego su cuerpo y, finalmente, su alma. Nadie había poseído jamás su alma. Pero tampoco su cuerpo ni su corazón habían sido poseídos.
Él le había escrito unas cartas sinceras. Le había dicho que quería una esposa. Estaba solo, decía. Vivía solo en Minnesota. Marjorie también se sentía sola. Había vivido sola los cinco largos años desde la muerte de su madre. Ella comprendía. Siempre había sido una persona solitaria.
Marjorie preparó una habitación para él y esperó a que llegara. Lavó tres veces las sábanas de lino y las fundas de almohada. Secó las sábanas en las ramas de los abetos y las planchó al amanecer, cuando aún estaban húmedas y olían a pino.
El día de su llegada Marjorie se despertó mucho antes del amanecer. El sol ascendió fresco y con rapidez.
Antes de preparar la ropa que se iba a poner para él, corrió a la habitación y ahuecó las almohadas y alisó la colcha por última vez. Luego se vistió rápidamente y condujo su automóvil a la estación que estaba a diecinueve millas de distancia.
Llegó en el tren de las doce procedente de Boston. Era mucho más grande de lo que se había imaginado y mucho más guapo de lo que había esperado.
-¿Eres Marjorie? -le preguntó con voz ronca.
-Sí -respondió con avidez-. Soy Marjorie. ¿Tú eres Nels?
-Sí -sonrió y sus miradas se encontraron-. Soy Nels.
Marjorie llevó a Nels al automóvil. Subieron y se pusieron en marcha. Nels era un hombre silencioso. Hablaba poco y con voz decidida. Miraba a Marjorie todo el rato. Fijó la mirada en sus manos y su cara. Ante este evasivo escrutinio ella se puso nerviosa. Cuando hubieron avanzado varias millas él colocó su brazo a lo largo del respaldo del asiento. Marjorie sólo notó su brazo una o dos veces. El avance del automóvil por la carretera llena de baches los lanzaba a ambos de un lado a otro. Los brazos de Nels eran fuertes y musculosos como los de un leñador.
A última hora de la tarde, Marjorie y Nels caminaron por el bosque hacia el lago. Soplaba un viento frío del noreste y el lago estaba movido como si fuera a caer una tormenta. Mientras miraban las olas subidos a una roca en la orilla del lago, una repentina ráfaga de aire lanzó a Marjorie contra el hombro de Nels. Este la sujetó con sus brazos de acero y saltó al suelo. Más tarde Marjorie le mostró a Nels la heladera y le indicó el cobertizo donde guardaban las barcas durante el invierno. Luego regresaron a la casa cruzando el bosque de pinos y abetos.
Mientras Marjorie preparaba la cena, Nels se quedó sentado en la sala fumando su pipa. Varias veces Marjorie se acercó corriendo a la puerta para echar una breve ojeada al hombre con quien se iba a casar. En él, el único movimiento visible era el humo procedente de la cazoleta de su pipa. Cuando la cena estuvo lista Marjorie se cambió rápidamente de vestido y llamó a Nels. Este disfrutó de la cena. Le gustó su manera de preparar el pescado. La piel de Marjorie estaba tan caliente que no podía soportar el contacto de sus propias rodillas. Nels comió con gran apetito.
Después de llevar rápidamente los platos a la cocina, Marjorie se volvió a cambiar de vestido y se dirigió a la sala. Nels estaba sentado junto a la chimenea. Se quedaron en silencio hasta que ella le mostró un álbum de fotos. Él las miró en silencio.
Durante toda la velada ella esperó que la tomara en sus brazos y la besara. Lo haría más tarde, sin duda, pero ella quería estar en sus brazos ahora. Él no la miró.
A las diez y media Nels dijo que se quería ir a la cama.
Marjorie se levantó de un salto y fue corriendo a la habitación. Abrió la cama con aroma a pino y ahuecó las almohadas. Se inclinó y colocó su mejilla encendida sobre las sábanas perfumadas y frescas. Le costó despegarse de la cama, pero regresó a la sala donde Nels seguía en silencio.
Después de que Nels se retirara a su habitación y cerrara la puerta detrás de él, Marjorie se fue a su propio dormitorio. Se sentó en la mecedora y miró hacia el lago. Se levantó de la silla pasada la medianoche y se desnudó. Justo antes de retirarse fue de puntillas hasta la puerta de Nels. Se quedó escuchando atentamente durante varios minutos. Sus dedos tocaron suavemente la puerta. Él no la oyó. Estaba dormido.
Marjorie se despertó a las cinco. Nels entró en la cocina a las siete, mientras ella preparaba el desayuno. Se acababa de lavar y por debajo del traje de tweed ella notó la solidez de su cuerpo.
-Buenos días -dijo.
-Buenos días, Nels -le saludó ella ansiosa.
Después de desayunar se quedaron en la sala un rato mientras Nels fumaba su pipa. Cuando terminó se levantó y se colocó delante de la chimenea. Sacó su reloj y miró la hora. Marjorie permaneció detrás, sentada en silencio.
-¿A qué hora sale el tren a Boston? -le preguntó.
Ella le respondió sin apenas aliento.
-¿Me puedes llevar a la estación? -le preguntó.
Ella dijo que lo haría.
Marjorie fue de inmediato a la cocina y se inclinó sobre la mesa. Nels se quedó en la sala llenando la pipa. Marjorie corrió varias veces a la sala, pero cada vez que alcanzaba la puerta regresaba a la cocina. Quería preguntarle a Nels si iba a volver. Cogió un plato y se le cayó al suelo. Era la primera pieza de porcelana que había roto desde la muerte de su madre. Se puso el abrigo y el sombrero tiritando. ¡Claro que iba a volver! ¡Qué tontería pensar que no lo fuera a hacer! Probablemente se iría a Boston a comprarle regalos. Volvería... por supuesto que volvería.
Cuando llegaron a la estación Nels alargó la mano. Ella le dio la suya. Era la primera vez que sus pieles se tocaban.
-Adiós -dijo.
-Adiós, Nels -dijo ella sonriéndole-. Espero que hayas disfrutado de la visita.
Nels cogió su bolsa de viaje y se dirigió a la sala de espera.
Marjorie notó que sus brazos y piernas se le entumecían. Puso el coche en marcha con incertidumbre. No le había dicho que fuera a regresar.
-¡Nels! -gritó ella desesperadamente. Agarró con sus dedos sin vida la puerta del automóvil.
Nels se detuvo y se dio la vuelta.
-Nels, puedes volver siempre que quieras -imploró ella sin vergüenza.
-Gracias -respondió él brevemente-, pero regreso a Minnesota y nunca más volveré.
-¿Qué? -gritó ella. Sus labios temblaban con tanta violencia que apenas podía hablar-. ¿Adónde vas...?
-A Minnesota -respondió.
Marjorie condujo tan rápido como se lo permitía el automóvil. En cuanto llegó a casa se metió en la habitación de Nels.
Allí Marjorie se quedó de pie junto a la cama y miró con los ojos llenos de lágrimas las sábanas arrugadas y las almohadas. Sollozó y se tiró en la cama en la que Nels había dormido. Abrazó las almohadas y las llenó de lágrimas. Sintió el cuerpo de él contra el de ella. Besó su cara y le presentó los labios para que él la besara.
Cuando se levantó ya había anochecido. El sol se había puesto; el día había pasado. La luz del crepúsculo era lo único que mostraba sombras en la habitación.
Marjorie se puso una manta por los hombros. Arrancó las sábanas y las fundas de almohada de la cama y corrió a ciegas hacia su propio dormitorio. Abrió su arcón de cedro y dobló con ternura las sábanas y las fundas de almohada. Colocó las sábanas dobladas en el arcón y lo arrastró al lado de su cama.
Marjorie encendió la luz y se metió entre las sábanas de su propia cama.
-Buenas noches, Nels -susurró en voz baja. Sus dedos tocaron la tapa lisa del arcón de cedro que tenía al lado.

Erskine Caldwell

jueves, 1 de mayo de 2014

Biblioteca Elisenda de Montcada - Sant Jordi 2011

            

            

              


La nueva biblioteca Elisenda de Montcada ocupa una superficie de más de 2.300 metros cuadrados útiles que se enmarcan en un complejo lúdico y cultural que dispone de auditorio, sala de exposiciones y piscina. Dispone de dos plantas donde se encuentran las diversas áreas y servicios de la biblioteca y cuenta también con un espacio multimedia. La biblioteca ofrece 47.000 volúmenes como fondo inicial, 200 suscripciones a diarios y revistas, acceso público en Internet y zona Wi-Fi. 


“A Festa dos Maios” celebra en Galicia la llegada del buen tiempo.
Se trata de una celebración de origen celta relacionada con las primeras flores de la primavera. Su festejo es tradicional en toda Galicia y muy especialmente en las ciudades de Pontevedra y Ourense.
Desde el año 1970 la plaza de la Ferrería de Pontevedra se viste de fiesta para acoger un concurso del que saldrán elegidos los mejores maios, que son figuras realizadas con ramas y flores. Alrededor de cada una de estas figuras un niño cantará una canción mientras el resto del grupo le marcará el compás.

Ahí ven o maio
de flores cuberto…
Puxéronse á porta
cantándome os nenos;
e os puchos furados
pra min extendendo,
pedíronme crocas
dos meus castiñeiros. 
Pasai, rapaciños,
calados e quedos,
que o que é polo de hoxe
que darvos non teño.
Eu sonvo-lo pobre
do pobo galego:
pra min non hai maio.
¡pra min sempre é inverno!
Cando eu me atopare
de donos liberto
e o pan non mo quiten
trabucos e préstamos,
e como os do abade
florezan meus eidos,
chegado habrá entonces
o maio que eu quero.
¿Queredes castañas
dos meus castiñeiros…?
Cantádeme un maio
sin bruxas nin demos,
un maio sin segas
usuras nin preitos,
sin quintas nin portas,
nin foros nin cregos.
Manuel Curros Enríquez

Ahí viene Mayo/ de flores cubierto…/ Pusiéronse a la puerta/ cantando los niños/ y las boinas agujereadas/ extendidas hacia mí,/ pidiéronme crocas/ de mis castañares.// Pasad, rapaciños,/ callados y quietos,/ que lo que es por hoy/ no tengo que daros./ Yo soy el pobre/ del pueblo gallego:/ para mí no hay mayo./ ¡Para mí siempre es invierno!// Cuando yo me encuentre/ libre de dueños/ y el pan no me lo quiten/ trabucos y prestamistas,/ y como los del abad/ florezcan mis campos,/ habrá llegado entonces/ el mayo que yo quiero.// ¿Queréis castañas de mis castañares…?/ Cantadme un mayo/ sin brujas ni demonios,/ un mayo sin siegas,/ usuras ni pleitos,/ sin quintas ni puertas,/ sin fueros ni clérigos.

martes, 29 de abril de 2014

Uniò Botiguers Cardedeu 2011

            

            

            


La Unión de Comerciantes es una entidad constituida en 1988 para promocionar el comercio en Cardedeu con una política comercial conjunta de todos los establecimientos asociados. Se pretende mejorar la oferta tanto cuantitativa como cualitativamente, dinamizar el comercio y dar el máximo de apoyo a sus asociados.
Igualmente colabora en actos que potencien la vida social de Cardedeu. Con esta finalidad se organizan diferentes actos y actividades de los que destacan los cursos de formación, la fiesta de St. Jordi (concurso de los puntos de libro), tendero por un día, la campaña de Navidad y la de Reyes.

La sospecha

Un hombre perdió su hacha; y sospechó del hijo de su vecino. Observó la manera de caminar del muchacho –exactamente como un ladrón. Observó la expresión del joven –idéntica a la de un ladrón. Observó su forma de hablar –igual a la de un ladrón. En fin, todos sus gestos y acciones lo denunciaban culpable de hurto.
Pero más tarde, encontró su hacha en un valle. Y después, cuando volvió a ver al hijo de su vecino, todos los gestos y acciones del muchacho le parecían muy diferentes de los de un ladrón.
Lie Zi

lunes, 28 de abril de 2014

La Fragua de Vulcano


Los mercados medievales de La fragua de Vulcano, una compañía perteneciente al grupo de ESPECTACULOS AMB PRODUCCIONES S.L. Pionera en la organización de Mercados y Ferias Medievales de más prestigio, en el desarrollo de recreaciones históricas, mercados medievales y de época.
Los espectáculos Medievales de la Fragua de Vulcano, se caracterizan por el rigor histórico, la perfección de su ambientación medieval y la profesionalidad de los actores protagonistas, pero sobre todo por la implicación del público que se sumerge en la época del mercado recreado y se convierte en el cómplice "medieval".
La Fragua de Vulcano ajusta sus espectáculos a los requerimientos del cliente y gracias a una larga experiencia consigue ambientaciones a medida, integrándose perfectamente en cualquier espacio.
Los visitantes pueden perderse entre multitud de mercaderes y puestos artesanales, donde podrán adquirir una extensísima y singular gama de mercancías y objetos artesanales además de observar los procesos de elaboración.