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lunes, 18 de julio de 2016

Santo Toribio de Liébana


El alterego                                 

Mi mujer no cree una palabra de lo que voy a contarle, doctor. Por eso la abandoné. Trasladé mis desgracias, mi gabinete y mi covacha a un terreno que compré en las playas de Salinaseca. Colgué una hamaca de dos palos. Lo único que saqué de la casa de mi mujer fue a mi perro, el Alterego, de quien tengo mucho que platicarle, doctor. Yo sé que usted me cree, yo sé que usted va a querer escribir esta historia, doctor.
La parte de abajo de la playa la tienen ocupada los millonarios, casas rodeadas de malla ciclónica, adornadas con jardines y pintaditas de blanco. Alrededor hay un caserío de pescadores, agricultores, trabajadores de las quintas, empleadas domésticas, lavanderas y planchadoras de ropa, jardineros, choferes, cortadores de leña y otra gente menesterosa y urgida. Siempre es así, doctor. Esta parte del cuento usted debe sabérsela mejor que yo.
Yo me conseguí un terreno en la parte más alta. En la cresta de una loma. De manera que fui a quedar arriba de todos, por encima de pobres, acomodados y ricos. ¡Es una belleza mi terreno, viera qué vista! Tengo que llevarlo para que conozca, doctor. Yo sé que a usted va a encantarle el lugar.
De momento casi no hay nada. Un bajareque, unas tablas derribadas, una piedras amontonadas. Pero yo voy a convertir ese lugar en un oasis, en un paraíso mahometano. ¿Usted me cree, doctor? ¿De verdad?¿De verdad? ¡Deme un abrazo! Eso precisamente es lo que mi mujer alega que son puras locuras. Por eso la dejé.
Tenemos que ir allá para que usted conozca. Yo ya tengo controlada la cartografía, la escenografía y todo el elenco dramático de la comunidad. Está don Evaristo Garmendia Montiel, que es el patriarca de aquel pueblo, en una punta del caserío. Mientras al otro extremo, ya en mis linderos, viven Policarpo Salmerón, sus hijos y sus compinches, gente retobada y malhechora, que se han quedado representando a los malos de las películas mexicanas.
Y existen dos o tres mujeres casaderas, más una divorciada, que a todo el que llega desde afuera lo miden con ojos de posible partido marital.
De todo esto me di cuenta en cuanto llegué (porque hasta cierto punto yo estoy aprendiendo de usted, doctor).
Lo primero que les llamó la atención a los del pueblo fue la fidelidad con que me obedecía el Alterego, mi perro. Yo le ordenaba que se quedara de noche solo, cuidando el bajareque y el terreno. Y el perro se quedaba. Pero además no necesitaba ni hablarle, mucho menos gritarle ni pegarle, yo levantaba las cejas, o me alisaba el pelo, y el perro descifraba mis intenciones, y las ejecutaba al pie de la letra, cabal. Si lo que quería era que me dejara solo con alguna visita, con sólo oírme toser dos veces el perro comprendía y se salía al patio moviendo des­pacio la cola. Al entendido, por señas, dicen.
Pero lo que más los escandalizaba era que yo conversara con el perro, como se habla con una persona. Le consultaba mis problemas, le exponía mis proyec­tos, le confesaba mis dudas y hasta mis pecados, si quiere usted.
A decir verdad, durante los primeros quince días que estuve en ese lugar sólo conversaba de verdad con el Alterego. Yo sé que usted va a entenderme, doctor, yo sé que a usted no van a parecerle locuras lo que digo. Usted sabe que hasta los mayores disparates pueden nutrirse de insospechadas razones. Por eso se lo cuento a usted, que de todo se percata y advierte. Le digo, yo estoy ape­nas tratando de aprender de usted, doctor.
Yo estaba atravesando la mayor crisis financiera en ese tiempo (¿Pero, cuándo es que no?, dice mi mujer). Me preocupaba no tener que darle de comer al perro. Ayunábamos los dos, días enteros, doctor, le soy franco. Él se quedaba enrolladito en un rincón, haciendo la siesta. Hasta que de repente levantaba la cabeza, paraba las orejas... y entonces se oía a lo lejos «¡pum!» que alguien había dejado caer una bolsa de basura en el contenedor del sector de los ricos. El Alte­rego salía corriendo, se metía de cabeza al contenedor, rompía con los dientes la bolsa de plástico, hurgaba entre la basura fresca... y encontraba algo de comer.
Regresaba contento, satisfecho, orgulloso.
De noche salía yo a orinar al patio antes de acostarme. El Alterego me seguía. No crea que de confianzudo e igualado iba a pararse junto a mí. No. Se quedaba esperando unos pasos atrás, discreto, juicioso, educado, con las orejas tiesas, mientras yo orinaba contra el tronco de un chilamate.
Seguramente pensaba:
Mi jefe tiene problemas. Anda preocupado, caviloso, intranquilo. Las divi­sas líquidas se le escabullen, los proyectos más luminosos se le apagan. Se ha llenado de problemas y deudas. La mujer lo malcomprende, lo regaña y lo des­tierra. Vive aislado. Pero por lo menos, de ahora en adelante, sabe que lo que soy yo, no le voy a ocasionar ningún gasto para mi mantenimiento. Mientras exista basura de ricos en este mundo...
Cuando llegué a la comunidad lo primero que hice fue recoger a todos los cipotes. Ofrecí darles trabajo, pagarles. Se me hizo un grupo como de treinta. El trabajo sería recoger todas las latas vacías del basurero que había sido hasta entonces mi terreno. Las de cerveza y gaseosa las pago a diez centavos, las de sardinas a cinco, les dije, porque también estoy revalorizando todos esos billeti­tos de cinco y diez centavos que la gente desecha. Por eso es que le digo que estoy aprendiendo de usted, doctor.
Uniendo las latas con nailon de pescar hice unas ristras, y clavando unas ristras junto a otras en una regla hice una especie de cortinas para portones. Todavía no he podido vender ninguna. Mi mujer dice que por ese tipo de dispa­rates es que a ella no le cabe la menor duda de que estoy completamente loco, y que todos mis proyectos van a fracasar. Pero yo estoy seguro de que existe un cierto tipo de turista que podría pagar buen precio por un invento tan vistoso. O no sé si usted habrá visto a esos pintores que pegan latas en una tabla, las esmaltan, las barnizan y las venden carísimas. Algo así es lo que he querido hacer yo. ¿Usted cree en mí, doctor? ¿De verdad?
Se lo agradezco. Con gente como usted vamos hasta el final del cuento.
Yo no conversaba con nadie, más que con el Alterego, ya le digo, pero salu­daba a todo el mundo. De los cipotes había obtenido entre plática y chisme infor­mación detallada y completa de toda la gente adulta de la comunidad.
Un domingo decidí ir a la iglesia. Allí me encontré reunido a todo el pueblo. Había una Jacobita, divorciada, nieta de don Evaristo, el patriarca, que era la que me saludaba con más simpatía. Acaso porque ella pensaba Este hombre vive solo, y es el dueño de El Erario (que por capricho así había bautizado yo mi media manzana de terreno). La Jacobita no me despegaba los ojos. Yo me hacía el que no era conmigo, pero con cualquier pretexto le agarraba la mano. Le digo que lo que yo quisiera es apenas aprender de usted, doctor.
Pero resultó que la Jacobita de quien se había divorciado era del hijo cumi­che de Policarpo Salmerón, que todavía la celaba. Con la ayuda de unos amigos de mala calaña y de todo el resto de su familia.
Ahí comenzó el problema. Y si usted me creyó el principio, doctor, quiero que también me crea el final.
El Policarpito comenzó a buscarme camorra donde nos encontráramos. En las calles, en las ventas, en las ramadas playeras del caserío, hasta en el mis­mo atrio de la iglesita el hombre inventaba maneras de provocarme. Y nunca llegaba solo, siempre aparecía escoltado por dos o tres malvivientes que le hacían coro. Pero yo disimulaba, no le ponía mente, doctor.
Una noche nos encontramos en la cantina del pueblo. Como por desafío me invitó a bebernos media botella de aguardiente. Acepté. Me senté en la misma mesa donde estaba sentado él, junto con tres de sus amistades nefastas, lo peor del pueblo: Franz Gallina, Serrucho Marín y Tomasito Mierdal, vil escoria humana, gente fanfarrona y cuchillera. La segunda media de aguardiente la invité yo. Pero no platiqué con ellos ni media palabra. Sólo los oí presumir, con­tando sus aventuras, las hazañas de sus estafas y sus atracos.
A medianoche estábamos borrachos todos. Pero aun en medio de mi borra­chera noté que Gallina, Serrucho y Mierdal salían de la cantina primero. Me van a esperar afuera, pensé. Dije que iba a orinar y salí al patio. No había luna, la noche estaba oscura. A tientas me salté un cerco, pero afuera no se miraba el camino. Me sentí desorientado, inseguro. Pensé que mis enemigos me acecha­ban. Retrocedí hasta apoyar la espalda en las tablas del cerco. No sabía qué hacer.
Cuando en eso, se va apareciendo, calladito, calladito, el Alterego.
En la oscurana cerrada me fui siguiendo al perro. Me pareció que dábamos un rodeo muy largo, bordeamos el pueblo, orillamos la playa, pasamos por detrás de las casas de los ricos, subimos la loma por la retaguardia. Cuando lle­gamos a mi terreno me sentí seguro y a salvo. Yo sabía que mis enemigos po­dían haberme seguido, pero no se iban a atrever a meterse en mi propiedad. Aquí soy rey.
En lo oscuro siempre, me salí a lo más limpio de mi terreno, y les grité:
Hijos de puta (porque como le repito, doctor, yo apenas estoy tratando de aprender de usted), ¿por qué me acosan? Policarpitos de mierda, Tomasitos Mierdales, Serruchos y Gallinas, se extrañan porque me niego a hablarles, por­que prefiero la compañía de mi perro a la de ustedes. Si les digo que en mi perro encuentro más humanidad que en ustedes, les diría apenas un lugar común. Pero les digo más: si aquí en esta oscuridad algún bicho ponzoñoso me mordie­ra, más bien me serviría de alimento, comparado con lo que me destruye y corrompe la cercanía de alimañas tan inmundas como ustedes, ¡hijos de puta! Y eso fue todo, doctor. No se volvieron a meter conmigo.
El resto de la historia no es nada, doctor. Usted se sabe estos cuentos mejor que yo. No pasó nada. La Jacobita al final ni se enredó conmigo ni regresó tam­poco con el Policarpito. Más bien acabó enqueridándose con un agente viajero que llegaba cada quince días a distribuir mercadería en una Subaru verde, y que no tenía nada que ver.
Pero con esa bronca yo he definido mi estatuto en el coro mayor de la esce­na municipal. Además de que se ha sellado para siempre la afinidad, la con­fianza y el cariño recíprocos que nos dispensamos con mi fiel Alterego.
¿No le parece un gran logro, doctor?

 Pedro León Carvajal

sábado, 16 de julio de 2016

Trino






A los campos hay que acudir… 

Fue esa vez, cuando saliste de Trouville para ir hasta aque­lla colina, caminando a través de un estrecho sendero, pa­sando luego por un campo cosechado. Ibas en pos de la vis­ta perfecta. La tierra se pegaba en gordos terrones a tus za­patos, y la humedad atravesaba el cuero. Allí estaba aquel crío, un niño que aún no habría cumplido los diez años. Él te observó mientras caminabas por el campo, mientras co­locabas tu silla plegable y empezabas a esbozar aquel pai­saje. Primero te observó desde lejos, pero luego se fue acer­cando poco a poco, paso a paso, desconfiado como un gato. Sus viejas ropas estaban sucias, su color se asemejaba al del polvo del que había venido. Sus cabellos tenían cierto tono rojizo, y se volvían casi transparentes cuando el sol incidía en ellos, un sol que iba apareciendo de vez en cuando por entre las nubes. Tenía la nariz taponada, y se sorbía los mo­cos una y otra vez. Mantenía la boca ligeramente abierta a fin de poder respirar mejor, a raíz de lo cual su rostro, nor­malmente atractivo, se deformaba en una mueca y cobraba una expresión estúpida.

Tú le alcanzas un trapo sacado de tu caja de pintura, un pe­queño trozo de lienzo con el que sueles limpiar los pinceles.
-Límpiate la nariz.
Qué manera la suya de mirarte. El chico se sopla la nariz y se enjuga la nuca con el trapo, como si sudara. Sin em­bargo, hacía frío, y él no llevaba chaqueta. Debe de haber­le copiado los movimientos a su padre.
-¿Vives aquí?
El niño asiente y se quita la gorra de la cabeza.
-¿Ese campo es vuestro?
Él vuelve a asentir y, a continuación, intenta ver el cua­derno de bocetos. Al hacerlo, ha encogido la cabeza como si esperase algún golpe. Ves en su rostro cómo va surgiendo la pregunta, a través de muchos atajos. Y luego notas el miedo que siente de formularla. Pero la curiosidad es más fuerte.
-¿Por qué hace usted eso, monsieur?
¿Por qué haces eso? Es la más terrible de las preguntas. La pregunta que uno ni siquiera puede hacerse a sí mismo. El chico no pregunta qué haces. No parece ser ningún es­túpido. Debe de haber observado a otros pintores.
¿Habría visto alguna vez un cuadro? Tal vez en la igle­sia, las imágenes de los santos. Pero ¿y un paisaje? ¡Cuán absurdo debe de parecerle que estés allí, en el campo que pertenece a su padre, con los zapatos sucios, intentando fi­jar en un lienzo la desembocadura del río, el mar y las po­cas casas que hay en su pueblo, el único pueblo que conoce!
Pagas tu rescate con una moneda. El chico da las gracias con una inclinación y luego desaparece; tú sigues trabajan­do, con rapidez, a fin de no perder el instante. Han estado a punto de escapársete los botes de pescadores que hay en la desembocadura. Van camino del puerto.
Más tarde lloverá, y entonces te preguntarás dónde es­tará el niño, si tiene algún techo bajo el cual cobijarse. Esa pregunta te inquieta. Te preguntas de qué dirección vie­nen las nubes. Da igual. El estado del tiempo sólo preocu­pa a los labriegos.
Ahora sólo eres manos y ojos. Tarareas una melodía de Mozart, tu Mozart. Pintar del mismo modo que él compu­so, con esa ligereza y obviedad. Pintar de tal manera que ya nadie pueda hacer preguntas.
¿Por qué hace usted eso? Porque eres un pintor. Nada más que un pintor.

Cuando realizaste el boceto en el taller, cuando intentaste recordar la luz y las sombras, los reflejos del mar -¿había reflejos sobre el mar?-, cuando intentaste recordar los co­lores y los matices, sólo te venían a la mente aquel chico y la pregunta que te hizo. La pregunta que nunca te has he­cho. ¿Por qué lo haces?
Podrías seguir así para siempre. Seguirás haciéndolo siempre. Entretanto has acumulado material para toda una vida. Bocetos, carpetas llenas de bocetos, la cabeza llena de paisajes que hay que pintar. Y cada día se suman otros nue­vos. Cada paisaje que ves es una tarea. Para ti sale el sol y se pone, para ti empuja el viento las nubes a través del cie­lo, y para ti crecen la hierba y los árboles.
¿Por qué lo haces? ¿Y por qué no? Los cuadros son bue­nos. Sabes que son buenos. Amas tus cuadros por encima de todas las cosas, los pequeños bocetos. Las paredes de tu estudio están llenas de ellos. Y adoras trabajar al aire libre, estar fuera, contemplar paisajes y pintar. Sólo la luz cam­bia, sólo las sombras se desplazan lentamente, de un modo casi inadvertido. Qué enojoso era siempre que intentabas dibujar a los chicos de la calle en Roma y éstos salían co­rriendo antes de que acabaras. Te quedabas allí con los bo­cetos inconclusos. Pero con los paisajes eso no pasa, los paisajes no huyen.
No los pintas para andar exhibiéndolos por ahí. Nunca expones los bocetos. Cuando tus amigos te visitan en el es­tudio, quieren ver las grandes obras que piensas entregar, los paisajes con escenas mitológicas o religiosas. Ellos ha­cen comentarios que a ti no te sirven de nada. Pero tú no los escuchas. Prefieres hacer las cosas mal a tu manera que ha­cer lo correcto siguiendo el estilo de otras veinte personas. Todos creen saber mejor las cosas, te dan consejos, como si tú no supieras que los temas grandes no te salen bien y el porqué de que no te salgan bien. En el fondo, no te inte­resan las figuras bíblicas ni los personajes mitológicos. Tu verdadero amor son los bocetos, las atmósferas.
¡Si consiguieras representar el momento tal y como tú lo has sentido, de modo tal que el chico de Trouville pudiera reconocer su pueblo! Que él viera la belleza de ese pueblo, la belleza de ese instante. Pero ¿a quién le interesa?
El viejo Sennegon adoraba las puestas de sol. Cuando estaban en Ruán, salía a pasear cada día contigo, a última hora de la tarde. Te contaba historias de la Biblia, siempre las mismas historias. Era como si necesitara un pretexto para estar contigo. A ti las historias no te interesaban; ja­más te interesó lo que había sido, lo que se contaba. A ti no te interesa el pasado, sólo te interesa el presente, el ins­tante. El padre Sennegon caminaba dos pasos por delan­te de ti, con las manos cruzadas a la espalda. Hablaba con parsimonia y mesura, y de repente callaba, se detenía y decía: «Mira eso, los colores de las nubes». Como si tú estuvieras viendo otra cosa.
Os sentabais en un banco y contemplabais en silencio cómo se ponía el sol. Muy lentamente, iba oscureciendo, y el cambio apenas se notaba. Luego, cuando el sol desapa­recía tras el horizonte, todo se hacía diferente en el inter­valo de un segundo. Era ese momento terrible en que la luz parece fenecer. Tú has pintado el crepúsculo repetidas ve­ces, como si quisieras detener el tiempo, escapar a lo úni­co seguro: la muerte.

Tienes veintinueve años. Pronto abandonarás a tus padres y viajarás a Italia. Si quieres ser pintor, tienes que viajar a Italia. Te alegra la perspectiva del viaje, pero también te inspira temor. Todo será diferente. Conocerás gente nue­va, dormirás en camas extrañas, aprenderás un idioma des­conocido. Piensas en las mujeres romanas. Has estado un par de veces en la rue du Pélican, pero en Roma las muje­res son distintas. Michallon te ha contado algunas historias acerca de las romanas. Y esa vez las historias te interesaron.
Has comprado una maleta y ropa para el viaje, un som­brero de ala ancha, pinturas y pinceles. Estás listo. Partirás dentro de un par de días. Y ahora, cuando caminas por Pa­rís, lo ves todo distinto. Es como si vieras la ciudad por pri­mera vez, una ciudad que ahora te parece nueva y excitan­te. Te sientes asustado por la belleza de la ciudad. La última mirada es como la primera.
Pintas un autorretrato. Tu padre te lo ha solicitado. Te ha pedido que le dejes una imagen tuya. Seguramente se lle­vará mejor con el cuadro que contigo. No tendrá que enfa­darse porque no te levantas a la hora por la mañana, por­que olvidas cosas o vagas por ahí, sin rumbo fijo.
Por primera vez te contemplas en el espejo con la mira­da de un pintor. No eres atractivo, pero te gustas. Sonríes. Te pintarás sonriendo, con esa sonrisa con la que seduces a las mujeres y sacas de quicio a tu padre, cuando él te gri­ta y te mete prisa. Sonríes, y ya nadie puede hacerte nada. Tú no gritas, sonríes.
Pintas tu cara. Te fijas en la tela. Siempre has intentado fijarte a través de los cuadros. Durante tus estudios, cuan­do hacías de mensajero, te detenías delante de las galerías para contemplar los cuadros, siempre los mismos cuadros. En una ocasión en que uno de ellos desapareció -un estu­dio de Valenciennes-, entraste en la galería en medio de tu excitación con intenciones de informarte sobre el des­tino de la obra, verla una vez más. Fue como si hubieses perdido a un ser querido. Pero luego no te atreviste. Dijis­te que te habías equivocado de puerta, te ruborizaste y sa­liste corriendo de allí.
Te aferras a los cuadros, a tus cuadros. No tienes ningu­na intención de venderlos. Has llegado incluso a recomprar un cuadro comprándoselo al comprador. Esos cuadros son parte de ti, forman parte de tu vida. Los contemplas, y ellos no cambian. Cuando apagas la luz por las noches, sabes que están ahí, en la penumbra.
¡Si hubieras pintado a Victoire cuando aún vivía! Sin ella jamás te hubieras convertido en pintor. Tu padre que­dó destrozado a raíz de su muerte. Después de eso, todo le dio igual. Te dio a ti el dinero que estaba destinado a ella. Si la hubieras pintado, ella aún estaría allí. Pero fue más tarde que aprendiste a pintar a las personas. Sólo más tar­de aprendiste a ver.
Aprendiste que el mundo era plano, que el espacio esta­ba formado por opacidades y sombras, por matices. Apren­diste que no existía el tiempo.
Cuando lleves mucho tiempo muerto, cuando ese chi­co que conociste en el campo de Trouville lleve ya mucho tiempo muerto, tus cuadros seguirán ahí. Apenas habrán cambiado. Si le hubieras dicho eso a aquel chico: «Cuan­do tú y yo estemos muertos, este cuadro todavía existirá y mostrará tu pueblo, tal como era, como hace mucho tiempo dejó de ser». Pero ¿quién mirará este cuadro cuando ambos hayamos muerto? Los niños siempre te recordaron la muer­te, tu muerte, te recordaron el paso del tiempo. Tal vez fue por eso que jamás quisiste tener una familia.
«Todo lo que quiero hacer realmente en mi vida es pin­tar paisajes». Eso le escribiste a Abel Osmond desde Italia; por entonces habías cumplido los treinta años. «Pintar pai­sajes. Jamás renunciaré a ello. Esta firme decisión me im­pedirá establecer vínculos duraderos, es decir, casarme».
Como si una cosa descartara la otra. ¿Sólo le mentiste a él, o también te mentiste a ti mismo? Eres un hombre de bocetos, ésa es la razón. No puedes decidirte por un paisaje ni por una mujer. Te bastan una fugaz caricia, una breve mirada. Tan breve que nada cambie. Los ojos, los hombros, las manos, el trasero. Cuadros de mujeres. Pero esos breves momentos salen demasiado caros. Incluso en Roma.
Tu pasión es mirar. Tu acto de amor es la pintura. Lo otro, el aspecto físico, es más bien algo molesto para ti, sólo te distrae del trabajo. Haces el amor de la misma manera que comes: cuando tienes hambre, de forma rápida y sin con­centración. Jamás fuiste muy selectivo. Para la cama, las be­llas italianas; para el sentimiento, las adorables francesas. Y en ello, según le escribiste a Abel, prefieres, como pintor, a las primeras. Las prostitutas romanas. Ellas trabajan por un precio fijo, y luego, cuando el trabajo está terminado, desaparecen con una risotada.
Nunca amaste verdaderamente a las personas, tenías miedo de amarlas, de perderlas, de volverte dependiente. El amor nos hace vulnerables. Y tal vez por eso tú seas tan po­pular: porque no esperas nada de la gente, porque las per­sonas te dan igual. Siempre fuiste generoso. Ayudaste a mu­chos sin grandes aspavientos. Pero te compras tu rescate. Quieres que se te deje en paz.
No te gusta la gente por la misma razón por la que no te gusta el mar. Aquella vez, en el campo de Trouville, es­tuviste mirando el mar, y viste entonces con claridad por qué no te gustaba. Porque el mar está cambiando constan­temente. Es peligroso. Uno puede ahogarse en él. Y tú necesitas tierra firme bajo tus pies. Habría que congelar el mundo. Resulta curioso que nunca hayas pintado la nieve.

jueves, 14 de julio de 2016

Las Aves del Páramo Leonés



El sapo y la lluvia

Este érase un sapo que estaba en la orilla de una charca tomando el sol, y en ese momento empezó a llover.
El sapo no se dio cuenta del cambio de tiempo operado, y cuando casi cesaba de llover, dijo para sí:
-¡Seré tonto! Estoy mojándome, teniendo la charca tan cerca.
Y se metió en la charca para no mojarse.

Rodolfo Gil Grimau

martes, 12 de julio de 2016

Redesdensueño

Marcapaginasporuntubo dedica esta entrada a José Díaz




Tú, cualquier hora que un dios te haga feliz, cógela con
mano agradecida y no difieras las dulzuras a otro año,
para que, estés donde estés, digas que has vivido a tu
gusto. Pues, si la razón y la prudencia quitan las cuitas,
no las aleja un lugar que domina un ancho mar:
cielo mudan, no talante que corren allende el mar.
Una diligente inercia no nos deja tranquilos: con barcos y
cuadrigas buscamos vivir bien. Lo que buscas está aquí,
está en Úlubras, si mantienes un espíritu equilibrado.

Horacio


domingo, 10 de julio de 2016

Lletres, al Camp! - Sant Jordi 2016












Mitos

El Maestro impartía su doctrina en forma de parábolas y de cuentos que sus discípulos escuchaban con verdadero deleite, aunque a veces también con frustración, porque sentían necesidad de algo más profundo. Esto le traía sin cuidado al Maestro, que a todas las objeciones respondía: Todavía tenéis que comprender, queridos, que la distancia más corta entre el hombre y la verdad es un cuento. 

A. de Mello

viernes, 8 de julio de 2016

Musée des Tissus de Lyon



Sepultura en el Sur: Luz de Gas

Cuando murió el abuelo, padre dijo probablemente lo primero que se le ocurrió, porque lo que dijo fue involuntario, porque si lo hubiera pensado dos veces no lo habría dicho:
-Maldita sea, ahora vamos a perder a Liddy.
Liddy era la cocinera. Era una de las mejores cocineras que habíamos tenido en la vida, y había estado con nosotros desde la muerte de la abuela, hacía siete años, cuando la cocinera anterior nos dejó; y ahora nos dejaría ella también, con pesar, porque también le gustábamos. Pero así actuaban los negros: dejaban al patrón tras una muerte en la familia, como si obedecieran no a una superstición sino a un rito: el rito de su libertad: no la libertad de poder dejar de trabajar, que nadie tendría hasta varios años después, con la entrada en vigor del WPA, sino la libertad de cambiar de un trabajo a otro, aprovechando una muerte en la familia como el momento, el acicate para marcharse, pues sólo la muerte era lo suficientemente importante como para ejercer un derecho tan importante como el de la libertad.
Pero no iba a marcharse todavía; su partida y la de Arthur (su marido) tendría lugar con dignidad proporcionada a la dignidad de la edad y posición del abuelo en la familia y la comunidad, y a la dignidad correspondiente de su sepultura.
Y eso sin mencionar el hecho de que el propio Arthur estaba en aquel momento rindiendo el apogeo de su calidad de miembro de la casa, como si los siete años que llevaba trabajando para nosotros no hubieran sido sino de mera espera para el presente momento, hora, día: estaba sentado (no de pie ya: sentado), recién afeitado y con el pelo recortado aquella misma mañana, con una camisa blanca y limpia y una corbata de padre y vistiendo su librea, en una silla de la trastienda de la joyería, mientras el señor Wedlow, el joyero, grababa en la hoja de pergamino con su bella y ágil caligrafía spenceriana la noticia formal de la muerte del abuelo, y la hora de su entierro; pergamino que, unido a la bandeja de plata con lazos de cinta negra y ramilletes artificiales de siemprevivas, Arthur llevaría de puerta en puerta (no a las de cocina ni a las traseras, sino a las puertas principales) por toda la ciudad, haciendo sonar la campana y haciendo llegar la bandeja hasta quienquiera que fuera, no ya como un sirviente que entrega una notificación formal sino como un miembro de nuestra familia que ejecuta un rito formal, pues para entonces la ciudad entera sabía que el abuelo había muerto. De forma que se trataba de un rito, y Arthur dominaba el momento, dominaba la mañana entera de hecho, pues no era ya un mero criado nuestro, ni siquiera un enviado nuestro, sino más bien un mensajero de la misma Muerte que dijera a las gentes de nuestra ciudad: «Deteneos, mortales; acordaos de Mí.»
Luego Arthur estaría ocupado el resto del día; con su chaqueta de cochero y el sombrero de castor que había heredado del marido de la antecesora de Liddy en el cargo, quien a su vez los había heredado del marido de la antecesora de la antecesora de Liddy, iría con el carruaje a recibir a los parientes y allegados que empezarían a llegar en uno u otro tren. Entonces la ciudad comenzaría a rendir las breves visitas formales y rituales, en las que apenas utilizarían la palabra, y aun así sólo en murmullos y susurros. Porque el ritual prescribía que madre y padre debían sobrellevar en la intimidad el primer dolor de la pérdida, y alentarse y confortarse el uno al otro. Así que habrían de recibir a las visitas los parientes más próximos: la hermana de madre y su marido, de Memphis, ya que tía Alice, la esposa de Charles, el hermano de padre, tendría que alentar y confortar a tío Charles, suponiendo, claro está, que lograran que se quedara arriba. Y las damas de la vecindad llegarían ininterrumpidamente a la puerta de la cocina (no a la principal en este caso; a la de la cocina y a las traseras), y entrarían sin llamar con sus cocineras o sus mozos, que traían las fuentes y bandejas de comida que habían preparado para nosotros y para la afluencia de parientes, y para la cena de medianoche de los hombres, los amigos con quienes padre cazaba y jugaba al póquer, que pasarían la noche en vela junto al ataúd que habrían de traer los de la funeraria y en donde habrían de instalar el cuerpo del abuelo.
Y el día siguiente también, mientras llegaban las coronas y las flores; entonces, todo el que lo deseara podía entrar en el salón de invitados a ver al abuelo, enmarcado en el raso blanco y con el uniforme gris y las tres estrellas en el cuello, recién afeitado y con un ligero toque de colorete en las mejillas. Y también el día siguiente, hasta después de nuestro almuerzo, cuando Liddy dijera a Maggie y a los demás niños: «Ahora vosotros, niños, id a jugar al prado hasta que os llame. Y tú cuida de Maggie.» Porque no se había referido a mí. Yo era no sólo el mayor sino varón, la tercera generación de primogénitos varones desde el padre del abuelo; cuando le llegara la hora a padre sería yo quien diría antes de darme cuenta: Maldita sea, ahora vamos a perder a Julia o Florence o como se llamara la cocinera de entonces. Era mi deber estar allí, pues, en traje de domingo, con un brazalete de crespón; estaríamos todos, salvo madre y padre y tío Charley (tía Alice estaría, sin embargo: la gente se lo permitía porque era una buena organizadora cuando se le presentaba la ocasión; y también tío Rodney, pese a ser el hermano más joven de padre), en el cuarto del fondo, el que el abuelo llamaba su despacho, adonde habían llevado la damajuana de whisky del aparador del comedor por deferencia ante el entierro; sí, también tío Rodney, que no tenía esposa, el elegante soltero que usaba camisas de seda y loción de afeitar perfumada, el preferido de la difunta abuela y de otras muchas mujeres; el viajante de comercio de unos mayoristas de St. Louis, que en sus breves visitas a la ciudad traía una bocanada, un aroma, casi un deslumbramiento de esas metrópolis extranjeras que no eran para nosotros: las populosas ciudades de botones de hotel y de revistas de coristas y de ostrerías; tío Rodney, que en mi primer recuerdo estaba de pie junto al aparador con la damajuana de whisky en la mano, y que ahora la tenía en la mano también, con la única diferencia de que la mano de tía Alice estaba también encima de ella y que todos podíamos oír su furioso susurro:
-¡No puedes, no debes dejar que se den cuenta de cómo hueles!
A lo que respondió tío Rodney:
-Está bien. Está bien. Dame un puñado de clavo de olor de la cocina.
Así que aquel aroma de clavo, inseparablemente unido al del whisky y la loción de afeitar y las flores cortadas, iba a ser parte del tránsito y última estadía del abuelo en el hogar; nosotros esperábamos en el despacho mientras las damas entraban en el salón, donde estaba el ataúd, y los hombres se quedaban fuera, en el césped, recatados y silenciosos, con sombrero hasta el comienzo de la música, momento en que se descubrirían y permanecerían allí en pie, con una ligera inclinación de cabeza, al luminoso sol de la tarde temprana. Madre, entonces, estaba en el vestíbulo, de negro y con profuso velo, y padre y tío Charley de luto; y nosotros pasábamos al comedor, en donde nos habían preparado las sillas y habían abierto las hojas plegables de la puerta que daba al salón, de forma que nosotros, la familia, estaríamos en las exequias pero no en el centro de ellas, como si el abuelo, en su ataúd, hubiera de desdoblarse en dos: uno para sus descendientes por la sangre y parientes políticos, y otro para quienes fueron sus amigos y conciudadanos.
Luego aquel cántico, aquel himno que ya ningún significado tenía para mí: ni canto fúnebre y lúgubre a la muerte, ni recordatorio de que el abuelo había partido y que ya nunca lo volvería a ver. Porque ya jamás llegaría a equipararse a lo que un día había significado para mí -terror, no a la muerte sino a los no muertos-. Tenía entonces cuatro años; Maggie, a mi lado, sabía apenas andar: estábamos con un grupo de niños mayores, medio escondidos en los matorrales de la esquina del patio. Yo al menos no sabía por qué, hasta que aquello pasó -la primera vez que lo vi en mi vida-: el coche fúnebre empenachado y negro, los negros y cerrados carruajes y coches de alquiler, que avanzaban a paso lento y solemne por la calle que súbitamente habría de quedar desierta, tan desierta -creí saber súbitamente- como la ciudad entera.
-¿Qué? -dije-. ¿Un muerto? ¿Qué es un muerto?
Y me lo explicaron. Yo ya había visto antes cosas muertas: pájaros, sapos, los cachorros que el anterior a Simon, el que estaba casado con Sarah, ahogó dentro de un saco en el abrevadero, porque dijo que la setter de raza de padre se había mezclado con un perro inadecuado, y había visto cómo él y Sarah mataban a palos, hasta dejarlas como tiras ensangrentadas e informes, a culebras que eran -ahora lo sé- inofensivas. Pero que esto mismo, esta ignominia, tuviera que sucederle también a la gente, me parecía algo que el Propio Dios no podía permitir ni dejar que continuara. Así que quienes ocupaban el coche fúnebre no podían estar muertos: tenía que ser algo parecido al sueño: una treta que empleaban con la gente las mismas fuerzas y poderes del mal que inducían a Sarah y a su marido a apalear a las inocuas culebras hasta convertirlas en una informe y sangrienta pulpa, o a ahogar a los cachorros; una treta que, merced a cierta broma pavorosa e inescrutable, sumía a la gente en aquel coma impotente, para acabar con la tierra apelmazada sobre el cuerpo, que se debatiría y agitaría convulsivamente y gritaría en la oscuridad sin aire, ya para siempre sin posibilidad de huida. Aquella noche, pues, fui presa de algo muy parecido a la histeria, y me aferraba a las piernas de Sarah jadeando:
-¡Yo no moriré! ¡Yo no! ¡Nunca!

miércoles, 6 de julio de 2016

Grup Filatèlic i Col·leccionisme de Reus

          
El emperador Xuanzong choca contra una pared
          
Wu Daozi (685-?) fue uno de los famosos pintores de la dinastía Tang. Era muy virtuoso pintando retratos y paisajes, sobre todo de figuras budistas y taoístas. Creó más de 300 murales, con un excelente nivel de perfección. Posteriormente Wu Daozi se convirtió en un inmortal, y se le conoció como Daoyuan.
En los primeros días de su reino, el emperador Xuanzong de Tang se consagró a hacer próspero su país. Pero más tarde en su reinado, se cansó de la política y se tornó corrupto e incompetente, trayendo con esto desorden generalizado al país.
Un día el emperador, que desde hacía algún tiempo había estado escuchando sobre Wu Daozi, le convocó al palacio. Señalándole una pared en blanco, le ordenó que pintara en ella cualquier cosa que deseara.
Wu Daozi pidió unas cortinas blancas de algodón y las colgó en la pared. Después se preparó un balde de tinta china. Wu Daozi levantaba las blancas cortinas con una mano y sistemáticamente salpicaba de tinta la pared con la otra mano. Una vez terminada la obra, levantó las cortinas que cubrían la pared. Cuando el emperador le preguntó qué había pintado, le respondió:
-Montañas, ríos, figuras, etc. Vuestra Majestad puede apreciarlas ahora.
Las cortinas fueron retiradas, mostrando un paisaje con picos cada cual más alto, con caudales de agua fluyendo veloces, árboles muy altos, figuras, viviendas campestres, animales y aves exóticas. Admirablemente, los árboles de la pintura se balanceaban gentilmente con la brisa y las casitas humeaban. Tras observar muy extasiado la pintura de Wu Daozi, Xuanzong le dijo, conmovido:
-Hay muchos pintores en el palacio imperial, pero ninguno es tan completo como usted.
Wu Daozi caminó lentamente hacia la pared y, señalando un valle en la pintura, le dijo:
-Vuestra Majestad, hay una caverna debajo de esas rocas. En la caverna habita un inmortal. ¿Por qué no va usted y golpea a su puerta para ver si hay alguien dentro?
Xuanzong, indeciso, golpeó en la puerta. La puerta se abrió, y un joven mensajero de fantasía salió y se colocó junto a la entrada.           
Wu Daozi le dijo a Xuanzong:
-El escenario en el interior de la caverna es extremadamente hermoso. Permítame a mí entrar primero y usted seguirá detrás de mí.
Tan pronto dijo esto, el pintor saltó hacia la pintura y desde allí le solicitó a Xuanzong seguirlo hacia el interior de la caverna. Pero cuando el emperador lo intentó, chocó contra la pared. En ese momento Wu Daozi giró su mirada, sonrió y entró en la caverna. Tan pronto lo hizo, la puerta de la caverna se cerró.
Xuanzong se quedó en el lugar petrificado, hasta que un guardia imperial ingresó para informarle:
-Vuestra Majestad, Wu Daozi ha salido de la Ciudad Prohibida montado en un burro.
Xuanzong montó en cólera. Cuando se viró para mirar nuevamente la pintura, lo único que vio fue una pared en blanco.

Tomado de Misceláneas del emperador Xuanzong de la dinastía Tang