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miércoles, 12 de septiembre de 2018

Biblioteca de Caldes


El cuento del sillón de mimbre

Un joven estaba sentado en su solitaria buhardilla. Le hubiese gustado llegar a ser pintor; pero para ello debía superar algunas cosas bastante difíciles, y para empezar vivía tranquilamente en su buhardilla, se iba haciendo -algo mayor y había adquirido la costumbre de pasarse horas ante un pequeño espejo y dibujar bocetos de autorretratos. Estos dibujos llenaban ya todo un cuaderno, y algunos le habían complacido mucho.
-Considerando que aún no poseo ninguna preparación en absoluto -decía para sus adentros-, esta hoja me ha salido francamente bien. Y qué arruga más interesante allí, junto a la nariz. Se nota que tengo algo de pensador o cosa por el estilo. únicamente me falta bajar un poquito más las comisuras de la boca, eso crea una impresión singular, claramente melancólica.
Sólo que al volver a contemplar los dibujos al cabo de cierto tiempo, en general ya no le gustaban nada. Eso le incomodaba, pero dedujo que se debía a que estaba progresando y cada vez se exigía más.
La relación del joven con su buhardilla y con las cosas que allí tenía no era de las más deseables e íntimas, pero no obstante tampoco era mala. No les hacía más ni menos injusticia de lo habitual entre la mayoría de la gente, a duras penas las veía y las conocía poco.
En ocasiones, cuando no acababa, una vez más, de lograr un autorretrato, leía libros en los que trababa conocimiento con las experiencias de otros hombres que, al igual que él, habían comenzado siendo jóvenes modestos y totalmente desconocidos, y después habían llegado a ser muy famosos. Le gustaba leer esos libros, y en ellos leía su futuro.
Un día estaba sentado en casa, malhumorado otra vez y deprimido, leyendo el relato de la vida de un pintor holandés muy famoso. Leyó que ese pintor sufría una verdadera pasión, incluso un delirio, que estaba absolutamente dominado por una urgencia de llegar a ser un buen pintor. El joven pensó que ese pintor holandés se le parecía bastante. Al proseguir la lectura fue descubriendo muchos detalles que muy poco tenían en común con su propia experiencia. Entre otras cosas leyó que cuando hacía mal tiempo y no era posible pintar al aire libre, ese holandés pintaba, con tenacidad y lleno de pasión, todos los objetos sobre los que se posaba su mirada, incluso los más insignificantes. Así, una vez había pintado un viejo taburete desvencijado, un basto, burdo taburete de cocina campesina hecho de madera ordinaria, con un asiento de paja trenzada bastante gastado. Con tanto amor y tanta fe, con tanta pasión y tanta entrega había pintado el artista ese taburete, el cual con toda certeza nunca hubiese merecido la atención de nadie de no mediar esa circunstancia que había llegado a constituir uno de sus cuadros más bellos. El escritor empleaba muchas palabras hermosas, incluso conmovedoras, para describir ese taburete pintado.
Llegado a ese punto, el lector se detuvo y reflexionó. Había descubierto algo nuevo y debía intentarlo. Inmediatamente -pues era un joven de determinaciones extraordinariamente rápidas- decidió imitar el ejemplo de ese gran maestro y probar también ese camino hacia la fama.
Echó un vistazo a su buhardilla y advirtió que, de hecho, hasta entonces se había fijado realmente muy poco en las cosas entre las cuales vivía. No logró encontrar ningún taburete desvencijado con un asiento de paja trenzada, tampoco había ningún par de zuecos; ello le afligió y le desanimo un instante y estuvo a punto de sucederle lo de tantas otras veces, cuando la lectura del Mato de la vida de los grandes hombres le había hecho desfallecer: entonces comprendió que le faltaban y buscaba en vano precisamente todas esas menudencias e inspiraciones y maravillosas providencias que de modo tan agradable intervenían en la vida de aquellos otros. Pero pronto se recompuso y se hizo cargo de que en ese momento era totalmente cosa suya emprender con tesón el duro camino hacia la fama. Examinó todos los objetos de su cuartito y descubrió un sillón de mimbre, que muy bien podría servirle de modelo.
Acercó un poco el sillón con el pie, afiló su lápiz de dibujante, apoyó el cuaderno de bocetos sobre la rodilla y comenzó a dibujar. Consideró que la forma ya quedaba bastante bien indicada con un par de ligeros trazos iniciales y, con rapidez y energía, pasó a delinear el contorno con un par de trazos gruesos. Le cautivó una profunda sombra triangular en un rincón, vigorosamente la reprodujo, y así fue tirando adelante hasta que algo comenzó a estorbarle.
Continuó aún un rato más, luego levantó el cuaderno a cierta distancia y contempló su dibujo con ojo critico. Entonces advirtió que el sillón de mimbre quedaba muy desfigurado.
Encolerizado, añadió una línea, y después fijó una mirada furibunda sobre el sillón. Algo fallaba. Eso le enfadó:
-¡Maldito sillón de mimbre! -gritó con vehemencia- ¡en mi vida había visto un bicho tan caprichoso!
El sillón crujió un poco y replicó serenamente:
-¡Vamos, mírame! Soy como soy y ya no cambiaré.
El pintor le dio un puntapié. Entonces el sillón retrocedió y volvió a adquirir un aspecto totalmente distinto.
-¡Estúpido sillón -gritó el jovenzuelo-, todo lo tienes torcido e inclinado!
El sillón sonrió un poco y dijo con dulzura:
-Eso es la perspectiva, jovencito.
Al oírlo, el joven gritó:
-¡Perspectiva! -gritó airado-. ¡Ahora este zafio sillón quiere dárselas de maestro! ¡La perspectiva es asunto mío, no tuyo, no lo olvides!
Con eso, el sillón no volvió a hablar. El pintor se puso a recorrer enérgicamente el cuarto, hasta que abajo alguien golpeó enfurecido. el techo con un palo. Ahí abajo vivía un anciano, un estudioso, que no soportaba ningún ruido.
El joven se sentó y volvió a ocuparse de su último autorretrato. Pero no le gustó. Pensó que en realidad su aspecto era más atractivo e interesante, y era cierto.
Entonces quiso proseguir la lectura de su libro. Pero seguía hablando de ese taburete de paja holandés y eso le molestó. Le parecía que verdaderamente armaban demasiado alboroto por ese taburete y que en realidad…
El joven sacó su sombrero de artista y decidió ir a dar una vuelta. Recordó que en otra ocasión, mucho tiempo atrás, ya le había llamado la atención cuán insatisfactoria resultaba la pintura. Sólo deparaba molestias y desengaños y, por último, incluso el mejor pintor del mundo sólo podía representar la simple superficie de las cosas. A fin de cuentas ésa no era profesión adecuada para una persona amante de lo profundo. Y, de nuevo, como ya tantas otras veces, consideró seriamente la idea de seguir una vocación aún más temprana: mejor ser escritor. El sillón de mimbre quedó olvidado en la buhardilla. Le dolió que su joven amo se hubiese marchado ya. Había abrigado la esperanza de que por fin llegaría a entablarse entre ellos la debida relación. Le hubiese gustado muchísimo decir una palabra de vez en cuando, y sabía que podía enseñar bastantes cosas útiles a un joven. Pero, desgraciadamente, todo se malogró.

Hermann Hesse

lunes, 10 de septiembre de 2018

Associació medieval de Bagà - Sant Jordi


El canalón

Estuvieron despiertos mucho rato, fumando, mientras el viento se paseaba por la casa, arrancando pedazos de pared y haciendo caer piedras; del piso de arriba saltaban trozos de revoque que se estrellaban en la planta baja con estrépito.
Él solo veía de la mujer una tenue silueta, un contorno rojizo, cada vez que se avivaban las brasas de los cigarrillos: la suave curva de sus pechos bajo la tela del camisón y el perfil de su cara en reposo. Al ver la fina hendidura de sus labios, aquella leve entalladura de su rostro, sintió una oleada de ternura. Habían sujetado bien las mantas a los lados, y se apretaban uno contra otro. Aquella noche no tendrían frío. Los postigos golpeaban y por los cristales rotos de las ventanas silbaba el viento. Lo que se oía arriba, entre los restos del tejado, eran verdaderos aullidos, y en algún sitio algo batía con fuerza contra una pared, algo duro y metálico, y ella murmuró:
—Es el canalón. Hace tiempo que está suelto.
Le asió la mano y prosiguió en voz baja.
—Aún no había estallado la guerra, yo ya vivía aquí, y cada vez que llegaba a casa y veía ese trozo de canalón colgando pensaba: «Tienen que mandarlo reparar». Pero no lo mandaron reparar. Colgaba torcido, uno de los ganchos se había caído. Yo lo oía golpear cuando hacía viento, lo oía las noches de tormenta, desde esta cama. Vino la guerra y siguió igual. En la pared se veían las marcas del agua, un reguero blanco con los bordes gris oscuro, de arriba abajo, cerca de la ventana y, a derecha e izquierda, unas manchas redondas, con el centro blanco y aros grises alrededor. Después, me fui muy lejos, trabajé en Turingia y en Berlín, y cuando la guerra terminó y yo regresé, el canalón seguía igual. Media casa se había hundido, yo había estado lejos, había visto mucho sufrimiento, muerte y sangre. Me dispararon con ametralladoras desde unos aviones y pasé miedo, mucho miedo… y, mientras, ese pedazo… de zinc seguía colgando, echando la lluvia al vacío… porque la pared se había caído. Las tejas saltaron por los aires, los árboles fueron derribados, el yeso se desprendió de las paredes, cayeron bombas, muchas bombas, y ese pedazo de zinc seguía colgado de un solo gancho, sin ser alcanzado ni arrancado por la presión de las explosiones.
Su voz se hizo más suave, casi cantarina, y ella seguía oprimiéndole la mano.
—Mucho ha llovido durante estos seis años —dijo—. Mucha gente ha muerto, muchas catedrales se han hundido; pero cuando regresé el canalón seguía ahí, y las noches de viento lo oía golpear. ¿Me creerás si te digo que me gustaba?
—Sí —dijo él.
El viento había cesado, la noche estaba serena y el frío se hacía sentir. Se subieron las mantas y metieron los brazos. En la oscuridad ya no se divisaba nada, ni su perfil veía él, aunque la tenía tan cerca que sentía su respiración: el soplo ligero y cálido de su aliento era tranquilo y regular, y él pensó que se habría dormido. Pero, de pronto, dejó de percibirlo y buscó sus manos. Ella las asió con fuerza y él notó su calor y pensó que aquella noche no tendría que pasar frío.
De pronto, se dio cuenta de que ella estaba llorando. No se oía nada, solo por el movimiento de la cama dedujo que ella se frotaba la cara con la mano izquierda, pero tampoco podía precisarlo y, sin embargo, sabía que lloraba. Se inclinó sobre ella y volvió a sentir su aliento, que parecía resbalarle por la piel como un suave fluido. Ni siquiera cuando le rozó la fría mejilla con la punta de la nariz pudo ver algo.
—Anda, échate —dijo ella en voz baja—. Vas a coger frío.
Él no se movía, quería verla, pero no vio nada hasta que, de pronto, ella abrió los ojos. Entonces vio el brillo de sus ojos y el débil fulgor de las lágrimas.
Ella estuvo llorando mucho rato. Él le tomó la mano y volvió a arrebujarse en la manta. Y le sostuvo la mano hasta que sintió que ella aflojaba la presión de los dedos y se soltaba lentamente. Él le rodeó entonces los hombros con el brazo, la atrajo hacia sí y también se quedó dormido y durante el sueño sus alientos se entremezclaban como caricias…

Heinrich Böll

sábado, 8 de septiembre de 2018

Instituto Fotocromo Italiano



Aquellos días en Odessa

Hacía mucho frío en Odessa aquellos días. Cada mañana íbamos al aeropuerto en grandes y ruidosos camiones, por la carretera mal adoquinada. Allí esperábamos, muertos de frío, a los grandes pájaros grises que rodaban por el campo de aterrizaje. Pero los dos primeros días, cuando estábamos a punto de subir a bordo, llegó una orden en sentido contrario, porque sobre el mar Negro había una niebla muy densa, o bien demasiadas nubes, y volvimos a subir a los grandes y ruidosos camiones y regresamos al cuartel por la carretera empedrada. El cuartel era muy grande. Estaba sucio y lleno de piojos. Pasábamos el rato sentados en el suelo o bien nos acordábamos en las mugrientas mesas y jugábamos a las cartas, o cantábamos. Siempre esperábamos una ocasión para saltar el muro y hacer una escapada. En el cuartel había muchos soldados que esperaban para entrar en combate, y no se nos permitía ir a la ciudad. Los dos primeros días habíamos intentado escabullirnos, pero nos atraparon, y como castigo nos hicieron transportar las grandes cafeteras llenas de café hirviente y descargar panes. Mientras descargábamos los panes nos vigilaba el contador, que llevaba un magnífico abrigo de pieles, el cual, sin duda, estaba destinado al frente. El contador contaba los panes para que no desapareciese ninguno. El cielo de Odessa estaba siempre nublado y oscuro, y los centinelas paseaban arriba y abajo, a lo largo de los negros y sucios muros del cuartel.
El tercer día esperamos a que hubiera oscurecido del todo y nos dirigimos simplemente a la entrada principal. Cuando el centinela nos dio el alto, gritamos “comando Seltscbáni”, y nos dejó pasar. Éramos tres, Kurt, Erich y yo. Caminábamos muy despacio. Sólo eran las cuatro y ya estaba oscuro. Lo único que habíamos ansiado era salir de aquellos altos, negros y sucios muros, y ahora que estábamos fuera casi habríamos preferido estar dentro otra vez. Sólo hacía ocho semanas que nos habían movilizado y teníamos mucho miedo. Pero nos dábamos cuenta de que, si hubiéramos estado otra vez en el cuartel, habríamos querido salir a toda costa, y entonces habría sido imposible. Eran sólo las cuatro, y no podríamos dormir a causa de los piojos y de las canciones, y también porque temíamos y al mismo tiempo esperábamos que a la mañana siguiente haría buen tiempo para volar y nos llevarían en los aviones a Crimea, donde seguramente moriríamos.
No queríamos morir, no queríamos ir a Crimea, pero tampoco nos gustaba pasarnos todo el santo día tirados en aquel cuartel sucio y negro que olía a café de malta, donde siempre descargaban panes destinados al frente y donde siempre había un contador con abrigo de pieles, abrigo sin duda destinado al frente, que vigilaba y contaba los panes para que no desapareciese ninguno. En realidad, no sé lo que queríamos. Avanzábamos lentamente por aquella callejuela del suburbio, oscura y llena de hoyos. Entre las casitas, donde no se veía una sola luz, la noche estaba cercada por unas cuantas estacas de madera podrida, y más allá, en algún lugar, debía de haber páramos, tierras baldías, como en nuestro país, donde siempre dicen que se va a construir una carretera y abren zanjas y van de aquí para allá con varas de medir, y después no se habla más de la carretera y echan en las zanjas escombros, cenizas y basura, y vuelve a crecer la hierba, mala hierba áspera, indómita y exuberante, hasta que el letrero «Prohibido tirar escombros» queda cubierto por los escombros…
Caminábamos muy despacio porque aún era muy pronto. En la oscuridad nos cruzamos con otros soldados que iban al cuartel, y otros que venían del cuartel nos adelantaban. Teníamos miedo de las patrullas y habríamos preferido volver, pero sabíamos también que si nos hallásemos otra vez en el cuartel estaríamos desesperados, y era mejor tener miedo que sentir sólo desesperación entre los negros y sucios muros del cuartel, donde siempre había que llevar café de aquí para allá y descargar panes para el frente, siempre panes para el frente, y donde vigilaban los contadores con sus magníficos abrigos, mientras nosotros nos moríamos de frío.
De vez en cuando, a uno y otro lado de la callejuela, veíamos una casa en cuyas ventanas brillaba una mortecina luz amarilla, y oíamos el murmullo de unas voces claras, extranjeras e inquietantes. Y después encontramos, en medio de la oscuridad, una ventana muy iluminada de la que salía mucho ruido, y oímos voces de soldados que cantaban «El sol de México».
Abrimos la puerta y entramos. La estancia estaba caliente y llena de humo. Había en ella un grupo de soldados, ocho o diez, algunos de los cuales tenían mujeres con ellos. Bebían y cantaban, y uno de ellos se rió muy fuerte cuando entramos nosotros. Éramos muy jóvenes, los más jóvenes de toda la compañía. Nuestros uniformes eran completamente nuevos, y la fibra de madera nos pinchaba los brazos y las piernas; las camisetas y calzoncillos nos producían un terrible picor. También los jerseys eran nuevos y ásperos.
Kurt, el más joven, pasó delante y eligió una mesa. Kurt era aprendiz en una fábrica de cuero, y nos había contado de dónde procedían las pieles, aunque la cosa se consideraba secreto industrial. Nos había explicado incluso los beneficios que se obtenían con ello, aunque eso era también un secreto industrial muy celosamente guardado. Nos sentamos los tres.
De detrás del mostrador vino hacia nosotros una mujer gorda, de cabello oscuro y cara bondadosa, y nos preguntó qué queríamos beber. Preguntamos primero cuánto costaba el vino, pues habíamos oído decir que en Odessa todo era muy caro. Nos dijo que eran cinco marcos la botella, y pedimos tres botellas. Habíamos perdido mucho dinero jugando a las cartas y nos habíamos repartido el resto: teníamos diez marcos cada uno. Algunos de los soldados comían carne asada, que humeaba aún, con rebanadas de pan blanco, y unas salchichas que olían a ajo, y entonces nos dimos cuenta por primera vez de que teníamos hambre. Cuando la mujer trajo el vino le preguntamos cuánto costaba la comida. Nos dijo que las salchichas costaban cinco marcos y la carne con pan, ocho. Dijo que la carne era de cerdo y fresca, pero nosotros le pedimos salchichas. Los soldados besaban a las mujeres y las abrazaban sin disimulo, y nosotros no sabíamos a dónde mirar. Las salchichas eran grasas y calientes, y el vino era muy seco. Cuando nos hubimos comido las salchichas, no supimos qué hacer. No teníamos ya nada que decirnos, pues nos habíamos pasado dos semanas echados en el mismo vagón del tren y nos lo habíamos contado todo. Kurt había trabajado en una fábrica de cuero, Erich en una granja y yo estaba en la escuela. Todavía teníamos miedo, pero se nos había quitado el frío.
Los soldados que habían estado besando a las mujeres se pusieron ahora los cinturones y salieron con ellas afuera. Eran tres chicas; sus caras eran redondas y bonitas; reían y bromeaban, pero se iban con seis soldados, creo que eran seis, o, por lo menos, cinco. Quedaron en la sala sólo los borrachos, los que antes cantaban «El sol de México». Uno que estaba junto al mostrador, cabo primero, alto y rubio, se volvió hacia nosotros y se echó a reír otra vez; creo que nuestro aspecto hacía pensar que estábamos en alguna clase del cuartel, allí sentados a la mesa muy silenciosos y correctos, con las manos en las rodillas. El cabo le dijo algo a la mujer y ésta nos trajo tres vasos bastante grandes de aguardiente blanco.
-Hemos de brindar a su salud -dijo Erich, golpeándonos con la rodilla. Yo llamé varias veces al cabo hasta que él se fijó en mí; Erich nos hizo otra vez una señal con las rodillas, y nos pusimos en pie diciendo al unísono: -A su salud, cabo…
Los otros soldados se echaron a reír a carcajadas, pero el cabo levantó su vaso y nos respondió:
-A su salud, soldados…
El aguardiente era fuerte y amargo, pero nos calentó, y nos habríamos tomado otro vaso.
El cabo le hizo una seña a Kurt para que se acercase. Kurt lo hizo, habló unas palabras con él y nos hizo una seña a nosotros. El hombre nos dijo que estábamos locos, que no teníamos dinero y que teníamos que vendernos algo. Nos preguntó de dónde veníamos y a dónde estábamos destinados. Le dijimos que estábamos en el cuartel esperando que nos llevasen a Crimea. Se puso muy serio y no dijo nada. Yo le pregunté qué podíamos vender, y él me respondió que cualquier cosa: abrigos, gorras, ropa interior, relojes, plumas estilográficas… Ninguno de nosotros quería venderse el abrigo. Estaba prohibido y teníamos miedo, y además en Odessa hacía mucho frío. Nos vaciamos los bolsillos: Kurt tenía una pluma estilográfica, yo un reloj y Erich un portamonedas nuevo, de cuero, que había ganado en una rifa del cuartel. El cabo tomó los tres objetos y le pregunté a la mujer cuánto daba por ellos. Ella los examinó detenidamente, dijo que eran cosas malas y nos ofreció doscientos cincuenta marcos, ciento ochenta sólo por el reloj.
El cabo nos dijo que doscientos cincuenta era poco, pero que estaba seguro de que no nos daría más y que aceptásemos, porque quizás a la mañana siguiente nos llevarían a Crimea y entonces todo daría igual.
Dos de los soldados que cantaban antes «El sol de México» se levantaron de sus mesas y le dieron al cabo unas palmadas en el hombro; el cabo nos saludó y salió con ellos.
La mujer me había dado a mi todo el dinero, y yo le pedí dos trozos de carne con pan para cada uno y un vaso grande de aguardiente. Después nos comimos aún cada uno un trozo más de carne y nos bebimos otro vaso de aguardiente. La carne estaba muy caliente, era fresca, grasa y casi dulce, y el pan estaba todo empapado de grasa. Después nos tomamos otro aguardiente. Entonces nos dijo la mujer que ya no le quedaba carne, sólo salchichas, y comimos salchichas acompañadas de cerveza, una cerveza oscura y espesa. Después nos tomamos cada uno otro vaso de aguardiente y nos hicimos traer pasteles, unos pasteles planos y secos de nuez molida. Después bebimos aún más aguardiente, pero no estábamos borrachos en absoluto; teníamos calor y nos sentíamos bien, y no pensábamos en el picor de las fibras de madera de nuestra ropa. Llegaron otros soldados y cantamos todos juntos «El sol de México»…
A las seis, nos habíamos gastado todo el dinero y seguíamos sin estar borrachos. Como no teníamos nada más que vender, regresamos al cuartel. En la oscura calle llena de hoyos no se veía ya ninguna luz y, cuando llegamos, el centinela nos dijo que nos presentásemos en el puesto de guardia. Allí se estaba caliente y no había humedad, estaba sucio y olía a tabaco. El sargento nos echó una bronca y nos dijo que habríamos de atenernos a las consecuencias. Pero aquella noche dormimos muy bien. A la mañana siguiente fuimos al aeropuerto en los ruidosos camiones por la carretera empedrada. Hacia frío en Odessa. El tiempo era magnífico; el cielo estaba despejado. Subimos por fin a los aviones, y, cuando despegábamos, nos dimos cuenta de pronto de que no volveríamos nunca, nunca…

Heinrich Böll

jueves, 6 de septiembre de 2018

Sitges


Museu del Disseny


La exportación de cerebros  

El fenómeno de la exportación de cerebros ha existido siempre, pero parece que en nuestros días empieza a ser considerado como un problema. Sin embargo, es un hecho bastante común, y suficientemente establecido por la experiencia universal, que todo cerebro que de veras vale la pena o se va por su cuenta, o se lo llevan, o alguien lo expulsa. En realidad lo primero es lo más usual; pero en cuanto un cerebro existe, se encuentra expuesto a beneficiarse con cualquiera  de estos tres acontecimientos.  
Ahora bien, yo considero que la preocupación por un posible brain drain hispanoamericano nace del planteamiento de un falso problema, cuando no de un desmedido optimismo sobre la calidad o el volumen de nuestras reservas de esta materia prima. Es lógico que estemos cansados ya de que países más desarrollados que nosotros acarreen con nuestro cobre o nuestro plátano en condiciones de intercambio cada vez más deterioradas; pero cualquiera puede notar que el temor de que además se lleven nuestros cerebros resulta vagamente paranoico, pues la verdad es que no contamos con muchos muy buenos. Lo que sucede es que nos complace hacernos ilusiones; pero, como dice el refrán, el que vive de ilusiones muere de hambre. Sospechar que alguien está ansioso de apropiarse de nuestros genios significa suponer que los tenemos y, por tanto, que podríamos seguir permitiéndonos el lujo de no importarlos.  
Pero hay que examinar las cosas más a fondo. Si en los próximos censos generales lográramos en Hispanoamérica computar unos doscientos cerebros de primera, dignos de y dispuestos a ser atraídos por las vanas tentaciones del dinero del exterior, deberíamos darnos por contentos, pues ya es hora de ver las cosas con objetividad y de reconocer que mientras sigamos exportando solamente estaño o henequén nuestras economías permanecerán en su deplorable estado actual.  
El cerebro es una materia prima como cualquier otra. Para refinarlo se necesita enviarlo fuera para que algún día nos sea devuelto elaborado, o bien transformarlo nosotros mismos; pero, como en tantos otros campos, por desgracia las instalaciones con que contamos para esto último o son obsoletas, o de segunda, o sencillamente no existen.  
Como alguien podría suponer que todo lo dicho hasta aquí ha sido dicho en broma, es bueno acudir a los ejemplos.  
La exportación de cada racimo de plátanos le ha estado produciendo a Guatemala alrededor de un centavo y medio de dólar, que la United Fruit Company paga como impuesto, y que sirve sobre todo al gobierno para mantener la tranquilidad social y el orden policiaco que hacen posible producir otra vez sin tropiezo el mismo racimo de plátanos. Los racimos se exportan por miles cada año, es cierto, pero hay que reconocer que, aparte de aquel orden, los beneficios obtenidos han sido mas bien escasos, si uno no  toma en cuenta el agotamiento de la tierra sometida a esta siembra. ¡Qué diferencia cuando se exporta un cerebro! Es evidente que la exportación del cerebro de Miguel Ángel Asturias le ha dejado a Guatemala beneficios más notables, un Premio Nobel incluido. Por otra parte, muchos otros cerebros han salido de ese país sin que, por lo menos que se sepa, la estructura de éste se haya resquebrajado en lo mínimo; antes, por el contrario, sin ellos parece estar cada vez  mejor y progresando como nunca.  
¿A qué debemos dedicarnos entonces? ¿A producir plátanos o cerebros? Para cualquier persona que maneje medianamente el suyo, la respuesta es obvia.  
Examinemos un ejemplo más. Durante la Segunda Guerra Mundial y los años subsiguientes, México exportó braceros en escala considerable. Aun cuando no faltó en ese tiempo, por razones humanitarias, quien impugnara las ventajas de esta exportación, o arm drain, lo cierto es que cada uno de estos braceros aportaba al país un promedio de trescientos dólares anuales que enviaba a su familia. Hoy nadie puede negar que esas remesas contribuyeron en gran medida a resolver los problemas de divisas que México enfrentó en los últimos años para lograr el impresionante desarrollo económico que ahora experimenta. Si esto se logró con la contribución de los humildes y sencillos campesinos, la mayoría de las veces analfabetos, imagínese lo que significaría la exportación anual de unos veintiséis mil cerebros. La relación de pago de unos a otros es casi sideral. Cabe, entonces, preguntarse de nuevo: ¿qué vale más exportar: brazos o cerebros?  
Planteémonos, pues, el problema, o el falso problema, con toda claridad.  
1. A nuestros cerebros no se los lleva nadie o, si esto sucede, es en mínima escala. Cuando buenamente pueden, nuestros cerebros simplemente se van, en la mayoría de los casos porque  su consumo en Hispanoamérica esta lejos todavía de ser importante.  
2. La historia muestra en buena medida que la fuga de determinado cerebro beneficia mayormente al país que lo deja marcharse que su permanencia en éste. Joyce hizo más por la literatura irlandesa desde Suiza que desde Dublín; Marx fue mas útil para los obreros alemanes desde Londres que desde su patria; es probable que si Martí no hubiera vivido en Estados Unidos y en otros países la Revolución cubana no tendría en él a tan grande ideólogo; Andrés Bello transformó la gramática española desde Inglaterra; Rubén Darío hizo lo mismo con el verso español desde Francia; y no quisiera mencionar a Einstein, por lo de la bomba atómica. Son casos aislados, se dirá; sí, pero qué casos. Si Hispanoamérica cree tener en la actualidad unos veinte cerebros como éstos, y no los deja escapar, se estará jugando torpemente su destino.  
3. Quedan los expulsados. Lo único positivo que los gobiernos dictatoriales de Hispanoamérica han hecho por esta región es expulsar cerebros. A veces se equivocan de buena fe y expulsan a muchos que no lo merecen; pero cuando aciertan y destierran a un buen cerebro están haciendo más por su país que los Benefactores de la Cultura, que convierten a los talentos de la localidad en monumentos nacionales incapaces de decir una frase o dos que no se parezcan peligrosamente al lugar común o, en el mejor de los casos, al rebuzno, que, viéndolo bien, no ofende nunca a nadie y a veces puede incluso embellecer la caída de la tarde. 
Finalmente, y si es que la preocupación es correcta, como en muchas ocasiones la solución  está a la mano y nadie la ve, quizá porque choca con nuestros moldes mentales en materia económica: por cada cerebro exportado importemos dos.  

Augusto Monterroso

martes, 4 de septiembre de 2018

El retrato español en el Prado


Un retrato                                   

-¡Toma! ¡Ahí está Milial! -dijo alguien cerca de mí.
Miré al sujeto a quien designaban con este nombre, porque hacía tiempo que deseaba conocer a aquel don Juan.
Ya no era joven. Su cabello gris, de un gris sucio, recordaba vagamente esas gorras de pelo que se llevan en algunas comarcas del Norte, y su barba fina, bastante larga, le llegaba al pecho. Hablaba con una mujer, inclinado hacia ella; hablaba en voz baja, mirándola cariñosamente, con mirada llena de respeto y caricias.
Conocía su vida, o mejor dicho, lo que contaban de ella. Había sido amado muchas veces hasta la locura y fue héroe de algunas tragedias amorosas. Aludían a él como a un hombre muy seductor, casi irresistible. Si interrogaba a las mujeres que más le elogiaban, tras de reflexionar unos momentos me respondían casi todas:
-No sé... Tiene algo...
En verdad, no era guapo. No poseía ninguna de esas elegancias que nos parece que adornan a los conquistadores de mujeres. Y me preguntaba a mí mismo, con interés, en qué consistía su seducción. ¿En su inteligencia? No citaban ninguna frase suya que fuera célebre, ni pasaba por muy listo. ¿En la mirada, acaso?... ¿En la voz?... La voz de algunos seres emana una gracia sensual, irresistible, el sabor de los manjares exquisitos. Gusta oírla, y el sonido de sus palabras penetra en nuestro interior como una golosina. Pasaba un amigo. Le abordé:
-¿Conoces al señor Milial?
-Sí. 
-Haz el favor de presentarnos.
Un minuto después cambiábamos un apretón de manos y charlábamos amistosamente. Lo que se decía resultaba cierto: tratábase de un individuo muy agradable. La voz era armoniosa, suave, acariciadora; pero otras había oído más subyugantes. Se la escuchaba con gusto, como se ve manar una fuente cristalina. No era necesaria ninguna atención fija para seguir su discurso; no despertaba ninguna duda ni ningún interés violento. Su conversación infundía una sensación de descanso, y no daba ganas de contestar con vehemencia ni de aprobar con entusiasmo.
Por otra parte, se hacía tan fácil replicarle como escucharle. La respuesta surgía espontánea al acabar él de hablar, y las frases se seguían unas a otras sin esfuerzo, como si lo que había dicho las ayudase a fluir de los labios.
No tardó en ocurrírseme una reflexión. Le conocía apenas un cuarto de hora antes y ya me parecía que éramos antiguos camaradas. Me eran ya familiares su fisonomía, sus ideas, su voz, su aspecto.
Al cabo de unos minutos de charla le creía un amigo íntimo. Se me antojaba que no debía haber secretos entre nosotros, y de pedírmelas, le hubiese hecho confidencias de esas a que sólo se estima que tienen derecho los más antiguos compinches.
Había un misterio en aquella impresión. Esas barreras que existen entre todos los seres y que únicamente una gran paridad de gustos o estudios abre poco a poco, no existían ya entre él y yo, y probablemente caían con igual facilidad entre él y todos los hombres o mujeres que el azar ponía en su camino.
Al cabo de media hora nos separamos, prometiéndonos vernos a menudo, y me dio las señas de su casa después de haberme invitado a almorzar al día siguiente.
Olvidé la hora y llegué con anticipación: Milial estaba aún de paseo. Un criado, correcto y callado, abrió la puerta de un hermoso salón un tanto oscuro, íntimo, familiar. Me noté a mis anchas, como en mi casa. ¡Cuántas veces me he fijado en la influencia que ejercen las habitaciones sobre el carácter y la mente! Hay estancias en que uno se siente siempre como atontado, otras, por lo contrario, que despiertan la inteligencia y la verbosidad. Unas, aun claras, blancas y doradas, entristecen; y otras, alegran, aunque ofrezcan  un aspecto poco llamativo. Los ojos, como el corazón, tienen sus ternuras y sus odios, que nos imponen furtivamente, sin consultar nuestra voluntad. La armonía de los muebles y las paredes, el estilo de un conjunto obran de modo instantáneo sobre nuestra inteligencia, lo mismo que el aire de los bosques, del mar o de la montaña modifica nuestra naturaleza física.
Me senté en un diván cubierto de almohadones, y de pronto me encontré sostenido, soportado por aquellos saquitos de pluma cubiertos de seda, como si con anticipación llevase ya aquel mueble la huella de mi cuerpo. 
Luego miré. No había nada detonante en la sala; por doquiera se veían muebles bellos y modestos, sencillos y raros, tapices orientales, que no parecían provenir del Louvre sino del interior de un harén. Enfrente de mí vi un retrato de mujer. Era de tamaño natural; pero sólo aparecían el busto y las manos, que sostenían un libro. Era joven la retratada; estaba con la cabeza descubierta, peinada con crenchas lisas, y sonreía casi con tristeza. No sé si por estar sin sombrero o por su postura natural, lo cierto es que ningún retrato me pareció jamás tan en su sitio como aquél. Casi todos los que he visto pecan de afectados, ya porque la señora haya revestido sus atavíos de gala y se acuerde de que el pintor la retrata y la gente ha de verla, ya porque adopte una actitud de abandono excesivo y vista con rebuscado desaliño.
Unas aparecen de píe, majestuosas, en todo el esplendor de su belleza, con un aspecto de altivez que es imposible que conserven en la vida familiar. Otras coquetean hasta en la inmovilidad del lienzo, y todas muestran algo, una joya o una flor, un pliegue del vestido o una sonrisa, que se adivina impuesto por el pintor para producir buen efecto. Lleven sombrero o mantilla, e igual si enmarca simplemente el pelo su rostro, todas traicionan cualquier detalle que en seguida se advierte cómo no les es habitual. ¿Qué? No se sabe, puesto que no se las ha conocido; pero se siente. Se creería que están de visita en  alguna casa a cuyos dueños quieren agradar y presentárseles bajo su mejor aspecto; han estudiado toda su actitud, tanto modesta como orgullosa.
¿Qué decir de aquélla? Estaba en su casa y sola. Sí, sola, porque sonreía como se sonríe cuando se piensa desde la soledad en algo triste o cariñoso, y no como se sonríe cuando alguien nos mira. Estaba de tal modo sola y en su casa, que parecía hacer el vacío en aquella habitación, el vacío absoluto. Sólo ella estaba allí, y animaba y llenaba aquel ámbito; no importaba que entrase mucha gente y que hablara y alborotara: siempre estaría allí sola, con su sonrisa aislada, prestando vida al recinto con su mirada de retrato.
Aquella mirada era única. Caía sobre mí fija y acariciadora, sin verme. Todos los retratos saben que se los contempla y corresponden con los ojos, con unos ojos que ven, piensan y nos siguen, sin dejarnos desde que entramos hasta que salimos de la habitación donde están.
Aquél no me veía, no veía nada, aun cuando me miraba de frente. Me acordé del sorprendente verso de Baudelaire:
Tus ojos atrayentes como los de un retrato.

Me atraían, en efecto, de un modo irresistible, produciéndome una turbación rara, poderosa, nueva, aquellos ojos que hablan vivido, que quizá vivieran todavía. ¡Oh, qué encanto infinito desprendíase de aquel lienzo sombrío y de aquellos ojos impenetrables! Era el encanto de un crepúsculo vespertino, azul, rosado, cárdeno, y melancólico como la noche que viene en pos suyo. Aquellos ojos, creados por unos brochazos, ocultaban en sí el misterio de lo que aparenta ser y no existe de lo que puede revelar una mirada de mujer, de lo que hace que el amor germine en nosotros.
Se abrió la puerta. Entró el señor Milial excusando su tardanza. Me excusé a mi vez por mi prontitud. Luego indagué:
-¿Sería indiscreto preguntarle quién es esa señora? 
Y respondió:
-Es mi madre, que murió muy joven. 
Entonces comprendí de qué provenía la inexplicable seducción de aquél hombre. 

Guy de Maupassant

domingo, 2 de septiembre de 2018

China








A través de la noche polar,  en una ballena volante 

A pesar de estos preliminares irreverentes, el vuelo en sí fue una experiencia magnífica. Ningún adjetivo menos elogioso concordaría con el paisaje sobre el cual flotamos durante cuatro indiscernibles días y noches del sol nocturno, ni con la nave que nos trasportaba. 
Desde que se abandonó la construcción de naves aéreas más livianas que el aire, el Zeppelin ha pasado a ser una curiosidad histórica, un monstruo anticuado como el dinosaurio. Representaba, lo mismo que el dinosaurio y por motivos similares, el último producto de una rama muerta de la evolución: era demasiado voluminoso, vulnerable y lento. Pero era un monstruo de suprema belleza, ídolo y fetiche de una nación que se entrega fácilmente a la idolatría. Con su forma de pez dorado gigantesco, medía desde una punta hasta la otra 240 metros, dos veces la longitud máxima de un campo de fútbol. Tenía 40 metros de altura, la altura de un edificio de doce pisos, o del campanario de una iglesia mediana. Su piel tersa y lustrosa de aluminio brillaba como plata, y su tersura ininterrumpida hacía que de lejos pareciera un animal vivo; una colosal y benévola Moby Dick del aire, que flotaba serenamente entre las nubes. 
La barquilla de los pasajeros (los alemanes la llaman «góndola», que resulta más poético) está situada debajo del cuerpo de la nave, cerca del frente. Alberga el puente del comandante y las habitaciones de los pasajeros, decoradas éstas con todo el lujo de un gran trasatlántico moderno. En el extremo posterior de la barquilla hay una puertecita, generalmente cerrada. Esta puerta da a un largo corredor oscuro que comunica con la región del misterio, el vientre de la ballena. Y es en verdad un lugar sumamente fantástico. 
Todo ese espacio interior, más vasto que una catedral, pero estirado como un cigarro de 240 metros, está lleno de oscuridad, de olor de almendras amargas, y de un rumor apagado, grave, como el lento batir de las alas de invisibles murciélagos. El olor se debe a la presencia de gas cianhídrico, y el rumor al aleteo de los globos llenos de hidrógeno, que son las entrañas vitales de la ballena volante, sus vejigas natatorias, cuya liviandad mantiene en el aire la enorme estructura. Estos globos están dispuestos en dos filas a lo largo de todo el espacio interior, como peras gigantescas colgadas al revés, más o menos a quince metros de distancia entre sí. A la presión normal del aire, cuando la nave se encuentra en el suelo, cuelgan fláccidas, arrugadas y blandas, como los pechos oscilantes de las viejas brujas; pero cuando la nave asciende a las capas de aire rarificado, se inflan, se vuelven rotundas y tersas, y llenan de rumores el vientre de la ballena, como el chasquido de miles de látigos. Entre las hileras de globos corre un angosto y peligroso pasadizo, suspendido en el vacío y la oscuridad, que sólo tiene como baranda un cable vibrante, y debajo un abismo de veinte metros. Desde este pasadizo, se atiende a las necesidades de los globos, a la luz de lámparas de Davy, como las utilizadas en las minas, a causa del enorme peligro de una explosión. 
Aunque no se permitía a nadie entrar en este lugar, sino cuando iba acompañado por uno de los oficiales de la nave, yo me pasaba las horas sin hacer nada en el oscuro y estrecho pasadizo; la emoción que me deparaba se renovaba constantemente. En la oscuridad que me rodeaba, en medio del soñoliento y amargo olor de almendras amargas, los estremecimientos de la nave, el aleteo y el chasquido de los globos se multiplicaban y resonaban con un eco profundo; me envolvía un laberinto de vigas, diagonales, enrejados, tensores y pilares, una selva de acero y aluminio, y abajo, a unos trescientos metros de profundidad, los incógnitos desiertos blancos del norte.  

La salida del coloso es una experiencia espectacular. Cuando se encuentra en tierra, el contenido de gas y el lastre están en tan delicado equilibrio, que el peso iguala exactamente la fuerza ascensional, y la nave flota ingrávida en el aire, dentro de su hangar, con la punta sujeta a un mástil por una especie de broche de presión. Cuando todos subimos a la barquilla, una cuadrilla terrestre de un centenar de hombres empezó a sacar del hangar la ballena flotante, mediante sogas que colgaban de la parte inferior. Vistos desde la ventana, parecían arrastrar con un lazo una bestia perezosa. Una vez afuera, sobre el verde césped frente al hangar, empezamos a arrojar el agua que nos servía de lastre, mediante dos mangueras. Un momento después, la cuadrilla terrestre ejecutó una maniobra espectacular. Al oír una voz de orden, los hombres soltaron las sogas y aferraron en cambio dos barras horizontales, colocadas a cada lado de la parte inferior de la barquilla. Ante una segunda orden, alzaron la enorme ballena sobre sus cabezas y literalmente la arrojaron al aire, hacia arriba. La nave se estremeció débilmente, y siguió ascendiendo verticalmente hacia el cielo azul, a tal velocidad que en algunos segundos la cuadrilla, el hangar, el campo de aviación y las calles se redujeron hasta parecer una ciudad de juguete. Como su poder ascensional es ahora mayor que su peso, ese empujón inicial, que casi en broma le habían dado los hombres, había bastado para liberarla y hacerla ascender, como una burbuja de aire en un estanque, a través de la atmósfera. 
El recuerdo de este ascenso rápido, silencioso y sin esfuerzo, o más bien de esta caída inversa hacia el cielo, es hermoso y embriagador. Es totalmente distinto del alarmante ascenso de un avión, que se realiza a un ángulo tan chato, en medio del rugido de los motores, y es seguido por esas desagradables inclinaciones del horizonte. La nave más liviana que el aire se eleva en completo silencio, suave, pacíficamente, como por su propia voluntad; nos permite la ilusión perfecta de habernos liberado de la esclavitud de la gravedad terrestre. Uno flota, suspendido de una inmensa burbuja de gas, en el cielo. 
Sólo a unos trescientos metros de altura comenzaron a funcionar las máquinas, y la nave inició su vuelo horizontal. Como los cinco motores, con sus hélices, se encuentran en compartimientos separados, lejos del cuerpo inflamable de la nave, su rumor, oído desde la barquilla, es apenas un zumbido distante y suave. No hay ni vibraciones ni saltos; los pozos de aire, las ráfagas y ventarrones de poca importancia no producen ningún efecto en esa enorme masa flotante. En un avión, las hélices tienen que provocar una corriente de aire que sostenga las alas, como en una cometa; la ballena flotante se sostiene gracias a su propia liviandad, y las hélices sólo sirven para empujarla por los aires. En realidad, no vuela: nada. Y si los cinco motores se descompusieran, seguiría nadando, con su tranquilidad benévola y elefantina. Todo esto contribuye a hacer que los pasajeros de la góndola experimenten una sensación de seguridad y de calma, se sientan contemplativos y cómodos, estados de ánimo tan poco habituales en la navegación aérea. 

Nuestro primer objetivo era una isla denominada Tierra de Alberto Eduardo. Pero era más fácil decirlo que hacerla, porque la Tierra de Alberto Eduardo tenía el inconveniente de no existir. Figuraba en todos los mapas de la zona ártica, pero no en la zona ártica; la buscamos cuidadosamente; pero se redujo a no estar donde debía estar, ni en ninguna otra parte. 
Segundo objetivo: Tierra de Harmsworth. 
Aunque parezca gracioso, la Tierra de Harmsworth tampoco existía. Donde hubiera debido estar, sólo se veía el negro Mar Polar, y el reflejo blanco del Zeppelin que flotaba sobre las aguas. 
Dios sabe si el explorador que ubicó estas islas en el mapa (creo que fue Payer) había sido víctima de un espejismo, confundiendo algún iceberg con tierra firme, o si desde esa época las islas se habían hundido en el mar, lo que es bastante improbable; de todos modos, desde el 27 de julio de 1931 han sido oficialmente borradas de la faz de nuestro globo. 

En la isla Dickson, que se encuentra en el Mar de Kara, a los 73 grados de latitud, había una famosa estación meteorológica rusa, atendida por seis hombres solitarios; famosa por los macabros sucesos que según se decía habían ocurrido allí durante la noche polar, cuando los hombres carecen de todo contacto con el mundo exterior. Una vez, así me dijo uno de los rusos que venían a bordo, cuando llegó el grupo de relevo, en la primavera, encontró a los seis hombres muertos. A causa de algún error, sus provisiones se descompusieron, y uno por uno se enfermaron y murieron. El último sobreviviente había enterrado a cuatro camaradas y arrastraba al quinto hacia afuera cuando se desplomó junto a la puerta de la casilla; así lo encontraron, en esa posición, con el cuerpo del otro todavía sobre los hombros. 
La estación consiste en un mástil para la radio y un par de casillas; en varios cientos de millas a la redonda no se ve probablemente ninguna otra cosa. Les dejamos caer tres paquetes, mediante paracaídas, con verduras frescas, diarios y correspondencia; luego vimos que los seis hombres corrían tropezando hacia los paquetes, bailaban, gesticulaban y saltaban al aire, como si se hubieran enloquecido. Estremecía pensar que un acontecimiento tan notable como éste sólo les ocurría dos o tres veces por año. No hay ninguna mujer en la isla. 

A. Koestler