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miércoles, 7 de marzo de 2018

Adams - Labor Omnia Vincit


La tarde de un escritor

I
Cuando despertó se sentía mejor de lo que se había sentido en muchas semanas: simplemente no se sentía enfermo. Se apoyó un momento en el marco de la puerta que separaba su dormitorio y el baño hasta que estuvo seguro de que no se había mareado. Ni siquiera un poco, ni siquiera cuando se puso a buscar una zapatilla debajo de la cama.
Era una luminosa mañana de abril, no tenía ni idea de qué hora era porque su reloj llevaba mucho tiempo parado, pero cuando cruzó el apartamento y llegó a la cocina vio que su hija había desayunado y se había ido y que había llegado el correo, así que eran ya más de las nueve.
—Creo que saldré hoy —dijo a la criada.
—Le sentará bien, hace un día estupendo.
Ella era de Nueva Orleans, con las facciones y la tez de una árabe.
—Quiero dos huevos fritos como ayer y una tostada, zumo de naranja y té.
Se entretuvo un rato en el cuarto de su hija y leyó el correo. Eran cartas desagradables, sin una pizca de alegría, facturas en su mayor parte y el boletín del colegio masculino de Oklahoma con su asombroso álbum de autógrafos. Sam Goldwyn haría una película de ballet con Spessiwitza, o quizá no la hiciera: habría que esperar a que el señor Goldwyn volviera de Europa con media docena de ideas nuevas. La Paramount quería una autorización para usar un poema que había aparecido en uno de sus libros, aunque no sabían si era suyo o era una cita. Quizá lo usaran para el título de una película. De todos modos aquella obra ya no le pertenecía: había vendido los derechos para una película muda hacía muchos años y para la versión sonora hacía un año.
«Nunca tendrás suerte con las películas», se dijo a sí mismo. «Ya tuviste bastante con la última.»
Mientras desayunaba, miraba por la ventana a los estudiantes que cambiaban de clase en el campus de la universidad, al otro lado de la calle.
—Hace veinte años yo estaba cambiando de clase —dijo a la criada, que se rió con su risa de debutante.
—Necesitaré que me deje un cheque —dijo—, si va a salir.
—Ah, no voy a salir todavía. Tengo que trabajar dos o tres horas. Saldré por la tarde.
—¿A dar un paseo en coche?
—No volveré a conducir ese viejo cacharro. Lo he vendido por cincuenta dólares. Iré en el autobús, en el piso de arriba del autobús.
Después de desayunar se echó quince minutos. Y luego se puso a trabajar en su despacho.
El problema era un cuento para una revista que hacia la mitad le había parecido tan flojo que había estado a punto de romperlo. La trama era como subir por unas escaleras interminables, había agotado su repertorio de golpes de efecto, y los personajes, que tan airosamente habían dado sus primeros pasos hacía sólo dos días, no alcanzaban el nivel de un folletín.
«Sí, la verdad es que necesito salir», pensó. «Me gustaría llegar hasta el valle del Shenandoah, o ir a Norfolk en el ferry.»
Pero ambas ideas eran imposibles: requerían tiempo y energía, dos cosas que a él no le sobraban. Lo que le quedaba debía reservarlo para el trabajo. Repasó el manuscrito subrayando con lápiz rojo las frases acertadas y, después de guardarlas en una carpeta, rompió el resto muy despacio y lo tiró a la papelera. Luego se puso a pasear por la habitación mientras fumaba y hablaba consigo mismo de vez en cuando.
«Bueeeno, veamos…»
«Ahora, lo siguiente sería…»
«Veamos, ahora…»
Un rato después se sentó, pensando:
«Estoy cansado. No debería haber tocado un lápiz durante dos días.»
Revisaba el apartado «Ideas para cuentos» de su cuaderno, cuando la criada lo interrumpió para decirle que la secretaria llamaba por teléfono, una secretaria que trabajaba por horas y le ayudaba desde que cayó enfermo.
—No hay nada —dijo—. Acabo de romper todo lo que había escrito. No valía nada. Voy a salir esta tarde.
—Le sentará bien. Hace un día muy bueno.
—Mejor será que venga mañana por la tarde. Tengo muchas cartas y facturas pendientes.
Se afeitó y, precavido, se dio un respiro de cinco miutos antes de vestirse.
La idea de salir lo inquietaba: no tenía ganas de que los ascensoristas le dijeran que se alegraban de verlo y decidió bajar en el montacargas, donde no lo conocía nadie. Se puso su mejor traje, el que tenía la chaqueta y los pantalones de distinto color. Sólo se había comprado dos trajes en seis años, pero eran los mejores trajes: sólo la chaqueta del que acababa de ponerse le había costado ciento diez dólares. Ya que debía tener un destino —no era bueno ir a ningún sitio sin haberse fijado un destino— se metió un tubo de champú en el bolsillo para que lo usara el barbero y también una ampolla de luminol.
«El perfecto neurótico» se dijo, mirándose al espejo. «Subproducto de una idea, escoria de un sueño.»
II
Fue a la cocina y se despidió de la criada como si se fuera a Little America. Una vez en la guerra había requisado por pura fanfarronería un vehículo y lo había conducido de Nueva York a Washington para estar en el cuartel a la hora de pasar revista. Ahora esperaba en la esquina de la calle a que cambiara el semáforo, mientras los jóvenes, con prisa, se le adelantaban, indiferentes al tráfico. En la esquina de la parada del autobús, bajo los árboles, hacía fresco y pensó en las últimas palabras de Stonewall Jackson: «Crucemos el río y descansemos a la sombra de los árboles». Los jefes de aquella guerra civil parecían haberse dado cuenta de repente de lo cansados que estaban: Lee, marchitándose hasta dejar de ser quien era; Grant, escribiendo desesperadamente sus recuerdos antes de morir.
El autobús era tal como se había imaginado: sólo había otro viajero en el piso de arriba y las ramas verdes golpeaban sin cesar en las ventanillas. Probablemente, tendrían que podar aquellas ramas, lo que le parecía una pena. Había mucho que mirar: intentó definir el color de una hilera de casas y sólo le vino a la cabeza el color de una capa de su madre que parecía de muchos colores y no era de ningún color: sólo reflejaba la luz. En algún sitio, las campanas de una iglesia tocaban Venite adoremus, y se preguntó por qué, pues hacía ocho meses que había terminado la Navidad. No le gustaban las campanas, pero se había emocionado mucho cuando tocaron Maryland, mi Maryland en el funeral del gobernador.
En el campo de fútbol de la universidad había hombres pasando el rastrillo y se le ocurrió un título: «El hombre que cuidaba el césped» o incluso «Crece la hierba», algo acerca de un hombre que trabaja cuidando el césped durante años y consigue que su hijo vaya a la universidad y juegue en el equipo de fútbol. Entonces el hijo muere en plena juventud y el hombre se va a trabajar al cementerio, a sembrar césped sobre su hijo en lugar de bajo sus pies. Sería el tipo de relato que aparece en todas las antologías, pero no era lo suyo: sólo era una antítesis hinchada, algo tan estereotipado como un cuento de revista popular y tan fácil de escribir. Pero muchos lo considerarían excelente porque era melancólico, tenía enjundia y era fácil de comprender.
El autobús pasó una desvaída estación de ferrocarril de estilo neoclásico a la que daban vida las camisas azules y gorras rojas de los mozos. La calle se estrechaba al llegar a la zona comercial y de repente aparecieron chicas vestidas de colores chillones, todas bellísimas: pensó que nunca había visto tantas chicas guapas. También había hombres, pero todos parecían un poco ridículos, como él cuando se miró al espejo, y había viejas, más bien feas, y también, de repente, chicas vulgares y desagradables; pero en general eran bonitas, vestidas de todos los colores, entre los seis y los treinta años, y sus caras no transparentaban ningún proyecto, ningún conflicto, sólo un estado de dulce suspensión, provocativo y sereno. Durante un instante amó la vida con todas sus fuerzas, y no sintió el menor deseo de renunciar a ella. Pensó que quizá había cometido un error al salir a la calle tan pronto.
Se apeó del autobús, agarrándose cuidadosamente a la barandilla, y recorrió una manzana hasta la barbería del hotel. Pasó ante una tienda de deportes y miró el escaparate, pero sólo le interesó un guante de béisbol que ya estaba ennegrecido por la palma. Al lado había una camisería, y se paró un buen rato a mirar las camisas de tonos intensos y las escocesas. Diez años atrás, durante un verano en la Riviera, el escritor y algunos más habían comprado camisas de obrero de color azul oscuro, y probablemente habían creado aquella moda. Le gustaron las camisas a cuadros, llamativas como uniformes, y deseó tener veinte años e ir a un club de playa con el cielo pintado como un ocaso de Turner o un amanecer de Guido Reni.
La barbería era espaciosa, llena de luz, perfumada: hacía meses que el escritor no iba al centro de la ciudad para semejante cometido y se encontró con que su barbero de siempre estaba enfermo, con artritis; así que le explicó a su compañero cómo usar el champú, rechazó el periódico y se sentó, casi feliz, sensualmente satisfecho al sentir los fuertes dedos en el cuero cabelludo, mientras le venía a la memoria el recuerdo agradable y entremezclado de todos los barberos que había conocido.
Una vez había escrito un cuento sobre un barbero. En 1929 el propietario de su barbería favorita en la ciudad donde vivía entonces había ganado una fortuna de 300.000 dólares gracias a las confidencias de un industrial de la zona y estaba a punto de retirarse. El escritor se despreocupó del asunto, porque estaba a punto de irse a Europa a pasar unos años con lo que tenía ahorrado, y aquel otoño, al oír cómo aquel barbero había perdido toda su fortuna, se decidió a escribir un cuento, disfrazando con cuidado los detalles pero girando siempre sobre la idea de un barbero que prospera para luego hundirse. Llegó a sus oídos, sin embargo, que en la ciudad habían reconocido la historia y había provocado cierta irritación.
El lavado terminó. Cuando salió al vestíbulo, una orquesta empezó a tocar en el bar del otro lado de la calle y se detuvo un momento en la puerta para oírla. Hacía tanto que no bailaba, dos noches quizá en cinco años, aunque una reseña de su último libro había mencionado que era un fanático de los cabarés; la misma reseña decía también que era infatigable. Algo, cuando aquella palabra resonó en su mente, le hizo daño y sintió que le acudían a los ojos lágrimas de debilidad, y se fue. Era como al principio, hacía quince años, cuando decían que tenía «una facilidad terrible», y él trabajaba como un esclavo en cada frase para no darles la razón.
«Otra vez me estoy amargando», se dijo. «Y no es bueno, no es bueno. Tengo que volver a casa.»
El autobús tardó mucho tiempo en llegar, pero no le gustaban los taxis y todavía esperaba que le sucediera algo en el piso de arriba del autobús mientras pasaba entre los árboles de la avenida. Cuando por fin llegó el autobús le costó algún trabajo subir los escalones, pero valió la pena porque lo primero que vio fue a dos alumnos del instituto, un chico y una chica, sentados sin ninguna timidez en el pedestal de la estatua del general Lafayette, con toda la atención concentrada en sí mismos. El aislamiento de los dos chicos lo emocionó y pensó que debería aprovecharlo profesionalmente, aunque sólo fuera para compararlo con el creciente retraimiento de su vida y la necesidad cada vez mayor de cosechar en un campo ya muy cosechado. Necesitaba una reforestación y era absolutamente consciente de ello, y esperaba que el terreno soportara una nueva siembra. Nunca había sido el mejor terreno posible, pues había tenido un temprana debilidad por lucirse en lugar de escuchar y observar.
Ahí estaba el bloque de apartamentos. Miró hacia arriba, a las ventanas de su casa, en el último piso, antes de entrar.
«La residencia del escritor de éxito», se dijo. «Me gustaría saber qué libros maravillosos estará escribiendo. Debe ser magnífico disfrutar de un don semejante: pasar la vida sentado con un lápiz y un papel. Trabajar cuando quieres, ir a donde te dé la gana.»
Su hija todavía no había llegado, pero la criada salió de la cocina y dijo:
—¿Se lo ha pasado bien?
—Perfecto —dijo—. He estado patinando, he ido a la bolera, he jugado con el abominable hombre de las nieves y he terminado en un baño turco. ¿He recibido algún telegrama?
—Nada.
—¿Puede traerme un vaso de leche?
Atravesó el comedor y entró en su despacho, y por un momento lo cegó el reflejo del último sol de la tarde sobre sus dos mil libros. Estaba bastante cansado. Se echaría diez minutos y luego vería si se le ocurría alguna idea en las dos horas que faltaban para cenar.

F. Scott Fitzgerald


lunes, 5 de marzo de 2018

Macba Books




El cuento del sillón de mimbre

Un joven estaba sentado en su solitaria buhardilla. Le hubiese gustado llegar a ser pintor; pero para ello debía superar algunas cosas bastante difíciles, y para empezar vivía tranquilamente en su buhardilla, se iba haciendo algo mayor y había adquirido la costumbre de pasarse horas ante un pequeño espejo y dibujar bocetos de autorretratos. Estos dibujos llenaban ya todo un cuaderno, y algunos le habían complacido mucho.
-Considerando que aún no poseo ninguna preparación en absoluto -decía para sus adentros-, esta hoja me ha salido francamente bien. Y qué arruga más interesante allí, junto a la nariz. Se nota que tengo algo de pensador o cosa por el estilo, únicamente me falta bajar un poquito más las comisuras de la boca, eso crea una impresión singular, claramente melancólica.
Sólo que al volver a contemplar los dibujos al cabo de cierto tiempo, en general ya no le gustaban nada. Eso le incomodaba, pero dedujo que se debía a que estaba progresando y cada vez se exigía más.
La relación del joven con su buhardilla y con las cosas que allí tenía no era de las más deseables e íntimas, pero no obstante tampoco era mala. No les hacía más ni menos injusticia de lo habitual entre la mayoría de la gente, a duras penas las veía y las conocía poco.
En ocasiones, cuando no acababa, una vez más, de lograr un autorretrato, leía libros en los que trababa conocimiento con las experiencias de otros hombres que, al igual que él, habían comenzado siendo jóvenes modestos y totalmente desconocidos, y después habían llegado a ser muy famosos. Le gustaba leer esos libros, y en ellos leía su futuro.
Un día estaba sentado en casa, malhumorado otra vez y deprimido, leyendo el relato de la vida de un pintor holandés muy famoso. Leyó que ese pintor sufría una verdadera pasión, incluso un delirio, que estaba absolutamente dominado por una urgencia de llegar a ser un buen pintor. El joven pensó que ese pintor holandés se le parecía bastante. Al proseguir la lectura fue descubriendo muchos detalles que muy poco tenían en común con su propia experiencia. Entre otras cosas leyó que cuando hacía mal tiempo y no era posible pintar al aire libre, ese holandés pintaba, con tenacidad y lleno de pasión, todos los objetos sobre los que se posaba su mirada, incluso los más insignificantes. Así, una vez había pintado un viejo taburete desvencijado, un basto, burdo taburete de cocina campesina hecho de madera ordinaria, con un asiento de paja trenzada bastante gastado. Con tanto amor y tanta fe, con tanta pasión y tanta entrega había pintado el artista ese taburete, el cual con toda certeza nunca hubiese merecido la atención de nadie de no mediar esa circunstancia que había llegado a constituir uno de sus cuadros más bellos. El escritor empleaba muchas palabras hermosas, incluso conmovedoras, para describir ese taburete pintado.
Llegado a ese punto, el lector se detuvo y reflexionó. Había descubierto algo nuevo y debía intentarlo. Inmediatamente -pues era un joven de determinaciones extraordinariamente rápidas- decidió imitar el ejemplo de ese gran maestro y probar también ese camino hacia la fama.
Echó un vistazo a su buhardilla y advirtió que, de hecho, hasta entonces se había fijado realmente muy poco en las cosas entre las cuales vivía. No logró encontrar ningún taburete desvencijado con un asiento de paja trenzada, tampoco había ningún par de zuecos; ello le afligió y le desanimó un instante y estuvo a punto de sucederle lo de tantas otras veces, cuando la lectura del Mato de la vida de los grandes hombres le había hecho desfallecer: entonces comprendió que le faltaban y buscaba en vano precisamente todas esas menudencias e inspiraciones y maravillosas providencias que de modo tan agradable intervenían en la vida de aquellos otros. Pero pronto se recompuso y se hizo cargo de que en ese momento era totalmente cosa suya emprender con tesón el duro camino hacia la fama. Examinó todos los objetos de su cuartito y descubrió un sillón de mimbre, que muy bien podría servirle de modelo.
Acercó un poco el sillón con el pie, afiló su lápiz de dibujante, apoyó el cuaderno de bocetos sobre la rodilla y comenzó a dibujar. Consideró que la forma ya quedaba bastante bien indicada con un par de ligeros trazos iniciales y, con rapidez y energía, pasó a delinear el contorno con un par de trazos gruesos. Le cautivó una profunda sombra triangular en un rincón, vigorosamente la reprodujo, y así fue tirando adelante hasta que algo comenzó a estorbarle.
Continuó aún un rato más, luego levantó el cuaderno a cierta distancia y contempló su dibujo con ojo critico. Entonces advirtió que el sillón de mimbre quedaba muy desfigurado.
Encolerizado, añadió una línea, y después fijó una mirada furibunda sobre el sillón. Algo fallaba. Eso le enfadó:
-¡Maldito sillón de mimbre! -gritó con vehemencia- ¡en mi vida había visto un bicho tan caprichoso!
El sillón crujió un poco y replicó serenamente:
-¡Vamos, mírame! Soy como soy y ya no cambiaré.
El pintor le dio un puntapié. Entonces el sillón retrocedió y volvió a adquirir un aspecto totalmente distinto.
-¡Estúpido sillón -gritó el jovenzuelo-, todo lo tienes torcido e inclinado!
El sillón sonrió un poco y dijo con dulzura:
-Eso es la perspectiva, jovencito.
Al oírlo, el joven gritó:
-¡Perspectiva! -gritó airado-. ¡Ahora este zafio sillón quiere dárselas de maestro! ¡La perspectiva es asunto mío, no tuyo, no lo olvides!
Con eso, el sillón no volvió a hablar. El pintor se puso a recorrer enérgicamente el cuarto, hasta que abajo alguien golpeó enfurecido. el techo con un palo. Ahí abajo vivía un anciano, un estudioso, que no soportaba ningún ruido.
El joven se sentó y volvió a ocuparse de su último autorretrato. Pero no le gustó. Pensó que en realidad su aspecto era más atractivo e interesante, y era cierto.
Entonces quiso proseguir la lectura de su libro. Pero seguía hablando de ese taburete de paja holandés y eso le molestó. Le parecía que verdaderamente armaban demasiado alboroto por ese taburete y que en realidad…
El joven sacó su sombrero de artista y decidió ir a dar una vuelta. Recordó que en otra ocasión, mucho tiempo atrás, ya le había llamado la atención cuán insatisfactoria resultaba la pintura. Sólo deparaba molestias y desengaños y, por último, incluso el mejor pintor del mundo sólo podía representar la simple superficie de las cosas. A fin de cuentas ésa no era profesión adecuada para una persona amante de lo profundo. Y, de nuevo, como ya tantas otras veces, consideró seriamente la idea de seguir una vocación aún más temprana: mejor ser escritor. El sillón de mimbre quedó olvidado en la buhardilla. Le dolió que su joven amo se hubiese marchado ya. Había abrigado la esperanza de que por fin llegaría a entablarse entre ellos la debida relación. Le hubiese gustado muchísimo decir una palabra de vez en cuando, y sabía que podía enseñar bastantes cosas útiles a un joven. Pero, desgraciadamente, todo se malogró.

Hermann Hesse

sábado, 3 de marzo de 2018

China








El mono que quiso ser escritor satírico

En la selva vivía una vez un Mono que quiso ser escritor satírico.
Estudió mucho, pero pronto se dio cuenta de que para ser escritor satírico le faltaba conocer a la gente y se aplicó a visitar a todos y a ir a los cócteles y a observarlos por el rabo del ojo mientras estaban distraídos con la copa en la mano.
Como era de veras gracioso y sus ágiles piruetas entretenían a los otros animales, en cualquier parte era bien recibido y él perfeccionó el arte de ser mejor recibido aún.
No había quien no se encantara con su conversación y cuando llegaba era agasajado con júbilo tanto por las Monas como por los esposos de las Monas y por los demás habitantes de la Selva, ante los cuales, por contrarios que fueran a él en política internacional, nacional o doméstica, se mostraba invariablemente comprensivo; siempre, claro, con el ánimo de investigar a fondo la naturaleza humana y poder retratarla en sus sátiras.
Así llegó el momento en que entre los animales era el más experto conocedor de la naturaleza humana, sin que se le escapara nada.
Entonces, un día dijo voy a escribir en contra de los ladrones, y se fijó en la Urraca, y principió a hacerlo con entusiasmo y gozaba y se reía y se encaramaba de placer a los árboles por las cosas que se le ocurrían acerca de la Urraca; pero de repente reflexionó que entre los animales de sociedad que lo agasajaban había muchas Urracas y especialmente una, y que se iban a ver retratadas en su sátira, por suave que la escribiera, y desistió de hacerlo.
Después quiso escribir sobre los oportunistas, y puso el ojo en la Serpiente, quien por diferentes medios -auxiliares en realidad de su arte adulatorio- lograba siempre conservar, o sustituir, mejorándolos, sus cargos; pero varias Serpientes amigas suyas, y especialmente una, se sentirían aludidas, y desistió de hacerlo.
Después deseó satirizar a los laboriosos compulsivos y se detuvo en la Abeja, que trabajaba estúpidamente sin saber para qué ni para quién; pero por miedo de que sus amigos de este género, y especialmente uno, se ofendieran, terminó comparándola favorablemente con la Cigarra, que egoísta no hacia más que cantar y cantar dándoselas de poeta, y desistió de hacerlo.
Después se le ocurrió escribir contra la promiscuidad sexual y enfiló su sátira contra las Gallinas adúlteras que andaban todo el día inquietas en busca de Gallitos; pero tantas de éstas lo habían recibido que temió lastimarlas, y desistió de hacerlo.
Finalmente elaboró una lista completa de las debilidades y los defectos humanos y no encontró contra quién dirigir sus baterías, pues todos estaban en los amigos que compartían su mesa y en él mismo.
En ese momento renunció a ser escritor satírico y le empezó a dar por la Mística y el Amor y esas cosas; pero a raíz de eso, ya se sabe cómo es la gente, todos dijeron que se había vuelto loco y ya no lo recibieron tan bien ni con tanto gusto.

Augusto Monterroso

jueves, 1 de marzo de 2018

Kyô Maiko



Perfecta
>>>>>>

Una trata. Una pone la carita así, se arregla el pelo para el lado, elige una pollera linda. Una se ríe, se pone la cha­queta, se pinta la boquita. Camina, se muerde una uña y dice algo inteligente. Pero no demasiado, como para que se asuste. Una espera. Se pone una pulsera, un collar, qui­zás un agua de colonia. Le pone dos hielos más al whisky y pone una canción que signifique algo. Se fuma un cigarro haciéndose la interesante. Una se lava los dientes, baila y mira para el lado. Se acomoda el peinado, se calla por un rato y después dice algo bonito. Una trata de corazón. Una trata de parecer perfecta. Una mira, se sonríe y da un beso. Una se saca la ropa, una se entrega, se muerde la boca. Una hace algo que nunca habría hecho por otro. Por nadie. Una sabe que quizás es incorrecto pero a una le gusta verlo sonreír. A una se le dilatan las pupilas cuando lo ve llegar. A una le salta el corazón cuando le dice hola. Una se calla y espera. Una prende la ducha 5 minutos antes, para que cuando se despierte esté calientito. Dobla la toalla. Hace una taza de té. Una le limpia un poco de pasta de diente que le quedó en la comisura de la boca antes de despedir­se. Una se hace la inteligente, la bacancita, la súper buena onda. Pero una es torpe, y una sabe que lo único que la puede salvar en realidad es el amor que le tengan quién sabe por qué. Porque para una es un misterio que alguien la quiera así. Un misterio tan misterioso que una piensa que podría hasta ser una mentira o un error de aprecia­ción. Y lo único que una puede esperar, y lo único que una pide, es que ese amor sea tan grande y generoso como para perdonar todas las torpezas y todas las estupideces que una hace, y que ojalá le parezcan la cosa más tierna y digna de amor. Que a una le vean algo que ni una misma sabe que tiene. Una cosa que no se pueda tocar. Así como es para una. Una que pone en un altar y le prende una velita a cada palabra y a cada momento que una se alcanza a robar. Como a una le parece adorable lo que para otros es simplemente tonto. Y feo. Y torpe. Pero para una es bello y perfecto tal y como es.
Por eso una trata.
Y una espera.
Que la pieza se vuelva a iluminar.

Fernanda Montesi