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miércoles, 9 de octubre de 2013

Els Quatre Gats



Los Gatos Guerreros - Los Cuatro Clanes - Salamandra

Els Quatre Gats fue un establecimiento hostelero (cervecería, cabaret, restaurante, etc.) inaugurado en Barcelona el 12 de junio de 1897. Durante los seis años en que se mantuvo activo, hasta 1903, se convirtió en uno de los lugares de referencia del modernismo catalán.
Els Quatre Gats se inscribía en una larga tradición de tertulias, cenas y reuniones de arte propias de la ciudad de Barcelona, aunque su inspiración directa fue el cabaret Le Chat Noir ("el gato negro") de París, cuyo nombre parafrasea, poniéndolo en relación con la frase hecha que identifica "cuatro gatos" con una concurrencia escasa.
Se realizaron exposiciones de arte (las dos primeras individuales que Pablo Picasso realizó en su vida tuvieron lugar allí en febrero y julio de 1900), veladas literarias y musicales, espectáculos de títeres y sombras chinescas, etc.
Durante el año 1899 fueron publicados 15 números de la revista Quatre Gats.
Con otra filosofía, "Els Quatre Gats" a día de hoy sigue funcionando como bar restaurante.

SE EU FOSE AUTOR

Se eu fose autor escribiría unha peza en dous lances. A obriña duraría dez minutos nada máis.

LANCE PRIMERO

Érguese o pano e aparece unha corte aldeán. Enriba do estrume hai unha vaca morta. Ó redor da vaca hai unha vella velliña, unha muller avellentada, unha moza garrida, dúas rapaciñas bonitas, un vello petrucio e tres nenos loiros. Todos choran a fío i enxoitan os ollos coas mans. Todos fan o pranto e din cousas tristes que fan rir, ditos paifocos de xentes labregas, angurentas e cobizosas, que pensan que a morte dunha vaca é unha gran desgracia. O pranto debe ter unha gracia choqueira, para que estoupen da risa os do "patio de butacas".
E cando se farten de ri-los señoritos, baixará o pano.

LANCE SEGUNDO

Érguese o pano e aparece un estrado elegante, adobiado con moito señorío. Enriba dunha mesa de pés ferrados de bronce, hai unha bandexa de prata, enriba da bandexa hai unha almofada de damasco, enriba da almofada hai unha cadeliña morta. A cadela morta semellará unha folerpa de neve. Ó seu redor chora unha fidalgona e dúas fidalguiñas novas. Todas elas fan o pranto i enxoitan as bágoas con paniños de encaixe. Todas van dicindo, unha a unha, as mesmas parvadas que dixeron os labregos diante da vaca morta, ditos tristes que fan rir, porque a morte dunha cadela non é para tanto.
E cando a xente do galiñeiro se farte de rir a cachón, baixará o pano moi amodiño.
Castelao

martes, 8 de octubre de 2013

Dones


Historia de una hora

Como sabían que la señora Mallard padecía del corazón, se to­maron muchas precauciones antes de darle la noticia de la muerte de su marido.
Su hermana Josephine se lo dijo con frases entrecortadas e insinuaciones veladas que lo revelaban y ocultaban a medias. El amigo de su marido, Richards, estaba también allí, cerca de ella. Fue él quien se encontraba en la oficina del periódico cuan­do recibieron la noticia del accidente ferroviario y el nombre de Brently Mallard encabezaba la lista de «muertos». Tan sólo se había tomado el tiempo necesario para asegurarse, mediante un segundo telegrama, de que era verdad, y se había precipita­do a impedir que cualquier otro amigo, menos prudente y con­siderado, diera la triste noticia.
Ella no escuchó la historia como otras muchas mujeres la han escuchado, con paralizante incapacidad de aceptar su sig­nificado. Inmediatamente se echó a llorar con repentino y vio­lento abandono, en brazos de su hermana. Cuando la tormenta de dolor amainó, se retiró a su habitación, sola. No quiso que nadie la siguiera.
Frente a la ventana abierta descansaba un amplio y confor­table sillón. Agobiada por el desfallecimiento físico que ronda­ba su cuerpo y parecía alcanzar su espíritu, se hundió en él.
En la plaza frente a su casa, podía ver las copas de los árboles temblando por la reciente llegada de la primavera.
En el aire se percibía el delicioso aliento de la lluvia. Abajo, en la calle, un buhonero gritaba sus quincallas. Le llegaban dé­bilmente las notas de una canción que alguien cantaba a lo le­jos, e innumerables gorriones gorjeaban en los aleros.
Retazos de cielo azul asomaban por entre las nubes, que frente a su ventana, en el poniente, se reunían y apilaban unas sobre otras. Se sentó con la cabeza hacia atrás, apoyada en el cojín de la silla, casi inmóvil, excepto cuando un sollozo le su­bía a la garganta y le sacudía, como el niño que ha llorado al irse a dormir y continúa sollozando en sueños.
Era joven, de rostro hermoso y tranquilo, y sus facciones re­velaban contención y cierto carácter. Pero sus ojos tenían aho­ra la expresión opaca, la vista clavada en la lejanía, en uno de aquellos retazos de cielo azul. La mirada no indicaba reflexión, sino más bien ensimismamiento.
Sentía que algo llegaba y lo esperaba con temor. ¿De qué se trataba? No lo sabía, era demasiado sutil y elusivo para nom­brarlo. Pero lo sentía surgir furtivamente del cielo y alcanzarla a través de los sonidos, los aromas y el color que impregnaban el aire.
Su pecho subía y bajaba agitadamente. Empezaba a reconocer aquello que se aproximaba para poseerla, y luchaba con volun­tad para rechazarlo, tan débilmente como si lo hiciera con sus blancas y estilizadas manos. Cuando se abandonó, sus labios entreabiertos susurraron una palabrita. La murmuró una y otra vez: «¡Libre, libre, libre!». La mirada vacía y la expresión de terror que la había precedido desaparecieron de sus ojos, que permanecían agudos y brillantes. El pulso le latía rápido y el fluir de la sangre templaba y relajaba cada centímetro de su cuerpo.
No se detuvo a pensar si aquella invasión de alegría era monstruosa o no. Una percepción clara y exaltada le permitía descartar la posibilidad como algo trivial.
Sabía que lloraría de nuevo al ver las manos cariñosas y frá­giles cruzadas en la postura de la muerte; el rostro que siempre la había mirado con amor estaría inmóvil, gris y muerto. Pero más allá de aquel momento amargo, vio una larga procesión de años venideros que serían sólo suyos. Y extendió sus brazos abiertos dándoles la bienvenida.
En aquellos años futuros ella tendría las riendas de su propia vida.
Ninguna voluntad poderosa doblegaría la suya con esa ciega insistencia con que hombres y mujeres creen tener derecho a imponer su íntima voluntad a un semejante. Que la intención fuera amable o cruel, no hacía que el acto pareciera menos de­lictivo en aquel breve momento de iluminación en que ella lo consideraba.
Y a pesar de esto, le había amado, a veces; otras, no. Pero qué importaba, qué contaba el amor, el misterio sin resolver, frente a esta energía que repentinamente reconocía como el impulso más poderoso de su ser.
-¡Libre, libre en cuerpo y alma! -continuó susurrando. Josephine, arrodillada frente a la puerta cerrada, con los la­bios pegados a la cerradura le imploraba que la dejara pasar.
-Louise, abre la puerta, te lo ruego, ábrela, te vas a poner en­ferma. ¿Qué estás haciendo, Louise? Por lo que más quieras, abre la puerta.
-Vete. No voy a ponerme enferma.
No; estaba embebida en el mismísimo elixir de la vida que entraba por la ventana abierta.
Su imaginación corría desaforada por aquellos días desple­gados ante ella: días de primavera, días de verano y toda clase de días, que serían sólo suyos. Musitó una rápida oración para que la vida fuese larga. ¡Y pensar que tan sólo ayer sentía esca­lofríos al pensar que la vida pudiera durar demasiado!
Por fin se levantó y ante la insistencia de su hermana, abrió la puerta. Tenía en los ojos un brillo febril y se conducía incons­cientemente como una diosa de la Victoria. Agarró a su herma­na por la cintura y juntas descendieron las escaleras. Richards, erguido, las esperaba al pie.
Alguien intentaba abrir la puerta con una llave. Brently Ma­llard entró, un poco sucio del viaje, llevando con aplomo su maletín y el paraguas. Había estado lejos del lugar del acciden­te y ni siquiera sabía que había habido uno. Permaneció de pie, sorprendido por el penetrante grito de Josephine y el rápido movimiento de Richards para que su esposa no lo viera.
Pero Richards había llegado demasiado tarde.
Cuando los médicos aparecieron, aclararon que Louise ha­bía muerto del corazón -de la alegría que mata.
 Kate Chopin


Los marcapáginas que ilustran esta entrada son del INSPAI - Centre de la Imatge de la Diputació de Girona 

domingo, 6 de octubre de 2013

Pino Canario




-¿Sabéis una cosa? ¡Estamos equivocados! -exclamó George.- No debemos pensar en lo que podríamos llevar sino en lo que necesitaremos...
De vez en cuando, nuestro buen amigo George tiene rachas de inteligencia y sentido común realmente sorprendentes; a esto llamo poseer la perfecta sabiduría, y no precisamente por la excursión que nos ocupa, sino por lo que se refiere al viaje por el río de la vida.
¡Cuánta gente carga su barca, poniéndola en peligro de volcar, con una serie de cosas absurdas que consideran necesarias al placer y comodidad del viaje y que, en realidad, sólo son lastres inútiles! ¡Cómo amontonan, casi hasta cubrir los mástiles, elegantes trajes y grandes cajas, criados inútiles, colecciones de "amigos" -personajes vestidos a la última moda- que no tienen el menor afecto por su anfitrión, que a su vez les paga con la misma moneda!; con aburridas fiestas, en las que nadie se divierte, con etiquetas y modas con pretensiones y ridícula ostentación y con el temor al qué dirán -¡el más pesado y absurdo de todos los lastres!- con placeres enervantes y múltiples vaciedades que, semejantes a la corona de hierro llevada por los criminales de la Edad Media, oprimen la doliente cabeza de quien los posee.
¡Todo es lastre, hombre, todo es lastre! Échalo por la borda, sin contemplaciones, alegremente. Eso es lo que hace la barca tan dura de maniobrar, lo que puede llegar a hacerte desfallecer bajo la enorme tensión nerviosa de patronearla tan cargada. Eso es lo que convierte tu travesía en algo infinitamente peligroso, que no te permite un momento de despreocupación ni te da tiempo para contemplar las nubes que juegan en el cielo, ni los resplandecientes rayos de sol que irisan los remolinos de los riachuelos, ni como los grandes árboles, que crecen en ambas orillas, se miran en las claras aguas, ni admirar los bosques con sus sinfonías de verdes y dorados, ni los lirios, vestidos de blanco y amarillo, ni los junquillos y las orquídeas salvajes ni los azules nomeolvides. ¡Echa todo eso, por la borda hombrecito! Que tu barca de la vida vaya ligera, cargada sólo con lo necesario: un hogar plácido y sencillos placeres, uno o dos amigos dignos de ese nombre, alguien que te quiera y a quien querer, un gato, un perro y unas pipas, lo suficiente para comer y cubrirte y un poquitín más de lo suficiente para beber -¡la sed suele ser peligrosa!- De esa manera te será más fácil gobernar tu barca, no tendrás tantos riesgos de volcar y, si así fuera, tampoco tendría gran importancia; la mercancía de calidad no se encoge con la humedad. Tendrás tiempo de soñar y trabajar, de contemplar la luminosa claridad de la vida y escuchar la música eolia que las manos del Creador tañen con las cuerdas de los corazones de los hombres; podrás... ¡Perdón, perdón, me olvidaba...!
Jerome K. Jerome - Tres hombres en una barca
Marcapaginasporuntubo dedica esta entrada a María Rosa Bordón

viernes, 4 de octubre de 2013

La Carpa Juanita y Compañía


Cuando nos hemos trasladado a ver la carpa amaestrada el sol del mediodía iluminaba la superficie circular de la balsa. En el agua turbia se deslizaban peces rojos y plateados. El Capitán ha hecho sonar una campanilla que estaba apoyada en el borde de la balsa. He supuesto que este reclamo formaba parte del ritual, pues era muy improbable que el sonido tuviera efecto alguno.
Comoquiera que fuese, la carpa Juanita ha aparecido de inmediato y ha rozado la superficie del agua muy cerca de donde se hallaba el Capitán. Era más oscura de lo que recordaba: un pez casi negro, de un palmo de tamaño, cuya irrupción ha provocado la desbandada de los otros peces. Aunque lo he visto muy fugazmente, me ha parecido un animal tan primitivo que, si en lugar de sesenta o setenta años, como aseguraba el Capitán que tenía, me hubieran dicho que había vivido algunos miles de años, también lo habría creído. La aparición de la carpa negra significaba una regresión en el tiempo, no sólo de mi tiempo, empujado medio siglo atrás, sino de todo el tiempo, del conjunto de los hombres, del de cualquier especie, del de la vida como tal.
El Capitán, risueño y aparentemente feliz, estaba muy concentrado en los preparativos del banquete. Ahuyentados los demás peces, la carpa Juanita ha rozado coquetamente la superficie en varias ocasiones. Estaba expectante y ya no regresaba a las aguas profundas de la balsa. Por fin el Capitán ha estado listo y ha depositado un fideo corto y fino en una cucharita metálica. Ha acercado la cucharita al agua. Un segundo después surgía la cabeza de la carpa limpia y vigorosamente, como si un muelle la hubiera expulsado hacia el exterior. Su boca redonda ha succionado instantáneamente el contenido de la cucharita.
Por tres veces el Capitán ha repetido la misma operación. En cada ocasión la carpa parecía llegar con mayor impulso hasta su objetivo, de modo que mayor también era la parte de su cuerpo que permanecía un instante fuera del agua. Mientras esto sucedía el pez, bañado por el fulgor del sol, dejaba de ser oscuro para transformarse en dorado. Luego la carpa de oro se sumergía de nuevo en el agua turbia y algo verdosa de la balsa.
Tras estas apariciones el Capitán ha considerado que ya había devorado suficientes fideos. Estaba satisfecho con el comportamiento de su pez amaestrado. Transcurridos unos minutos, los necesarios para que hiciera la digestión, daría de beber con el porrón a la carpa Juanita.

He escuchado esta consideración del Capitán como si hubiera sido dicha desde muy lejos. Creo que ha añadido algo más pero no he entendido sus palabras. Yo estaba todavía observando el triple salto de la carpa envuelta en la luz solar. El pez aparecía y desaparecía con extraordinaria lentitud y la mano del Capitán sosteniendo la cucharita también se movía muy lentamente. Muy cerca, asomadas las cabezas por encima del borde de la balsa, había un grupo de niños. He reconocido a Manolo, a Maricarmen, a mi hermano, cuya cabeza sobresalía más que las de los otros. Tenían los ojos muy abiertos, contemplando las lentas evoluciones de la carpa. Al fondo se oían gritos y risas, pero igualmente ralentizadas, como una grabación que se escucha a menor velocidad de la requerida. También podían oírse, desde una gran lejanía, las olas del mar, apenas el rumor cansinamente reiterado del mar calmo.
El Capitán ha inclinado un pequeño porrón hacia la boca voraz de la carpa Juanita. El chorro, un hilo muy delgado, ha entrado en ella, pero unas gotas se han vertido en la superficie del agua. Después el Capitán ha esparcido trocitos de fideos para que también los otros peces de la balsa participaran del banquete.
Lo he acompañado a través del jardín hasta la casa, donde su mujer le esperaba para comer. Me ha invitado pero he rehusado. Al despedirnos me ha dicho que lo visitara siempre que pudiera. Se lo he prometido.


Los marcapáginas de Vilanova son ilustraciones de la artista vilanoví Rosa Altés i Romagosa.
El marcapáginas de Acantilado de la obra "Visión desde el fondo del mar" de Rafael Argullol, también vilanoví, de donde está sacado el texto relativo a "La Carpa Juanita" y "El Porrón".

jueves, 3 de octubre de 2013

Biblioteques de Montcada i Reixac







Riqueza

Una vez, un padre de una familia acaudalada llevó a su hijo a un viaje por el campo con el firme propósito de que su hijo viera cómo vivían las pobres gentes del campo.
Estuvieron por espacio de un día y una noche completos en una granja de una familia campesina muy humilde.
Al concluir el viaje, y de regreso a casa, el padre le pregunta a su hijo:
—¿Qué te pareció el viaje?
—¿Muy bonito, papá!
—¿Viste lo pobre que puede ser la gente?
—¡Sí!
—¿Y qué aprendiste?
—Vi que nosotros tenemos un perro en casa, ellos tienen cuatro. Nosotros tenemos una piscina que llega de largo a la mitad del jardín, ellos tienen un arroyo que no tiene fin. Nosotros tenemos unas lámparas importadas en el patio, ellos tienen las estrellas. Nuestro patio llega hasta la muralla de la casa, el de ellos tiene todo un horizonte. Ellos tienen tiempo para platicar y convivir en familia, tú y mi mamá tienen que trabajar todo el tiempo y casi nunca os veo. ¡Gracias, papá, por enseñarme lo ricos que podemos llegar a ser!

miércoles, 2 de octubre de 2013

Cuatro Valles



La Asociación CUATRO VALLES, constituida en marzo de 1994, es una entidad sin ánimo de lucro, integrada por distintos operadores públicos y privados, y  regida por lo dispuesto en la Ley de Asociaciones y en sus Estatutos. Pretende promover un desarrollo rural, integrado y sostenible y servir de núcleo de unión y representación a particulares, entidades y otros agentes de las comarcas de su ámbito de actuación.
Está integrada por veintiséis municipios leoneses (subcomarcas de Laciana – Alto Sil, Babia, Luna, Omaña, Alto Torío, Alto Bernesga y La Cepeda), con un total de 301 núcleos de población, lo que supone el 20% de la superficie de León (2.300 km2) y un 20% de la población rural de la provincia (37.964 hab).
Desde el Grupo de Acción Local CUATRO VALLES se informa, se asesora, se desarrollan proyectos y se elaboran planes de empresa y estudios de  viabilidad. Se trabaja en labores de sensibilización de la población y en proyectos de formación, todo ello respondiendo siempre a la estrategia de su  proyecto de desarrollo integrado y sostenible.

martes, 1 de octubre de 2013

Cocotología

El origami, es el arte de origen japonés del plegado de papel, para obtener figuras de formas variadas. En español también se conoce como papiroflexia o cocotología. Otras variantes, pero que admiten el recorte del papel son el "kirigami" y el "maquigami".
Cocotología es un término genérico que abarca todas las artes de la papiroflexia.
Su nombre deriva del francés "cocotte", que en lenguaje coloquial, concretamente en la jerga infantil designa a la gallina, hembra del gallo.
Miguel de Unamuno era aficionado a hacer pajaritas de papel, y no era difícil verle en los cafés salmantinos doblando incansablemente servilletas y otros objetos similares mientras conversaba con sus amigos de la Universidad.
En el origami no se utilizan tijeras ni pegamento o grapas, tan sólo el papel y las manos. Por lo tanto, con sólo algunas hojas de papel pueden obtenerse distintos cuerpos geométricos (incluso a veces, poliedros) o figuras parecidas a la realidad. Las distintas figuras obtenidas a partir de una hoja de papel pueden presentar diferentes áreas (según la porción de papel que queda debajo de otra) y varios volúmenes. 
Además del origami, también hay un método parecido que se conoce como Papercraft.