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sábado, 17 de marzo de 2018

Ingleses de cuero


El canario

¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo, y, sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: «Antes allí debía de colgar una jaula». Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo.
…No te puedes figurar cómo cantaba. Su canto no era como el de los otros canarios, y lo que te cuento no es sólo imaginación mía. A menudo, desde la ventana, acostumbraba observar a la gente que se detenía en el portal a escuchar, se quedaban absortos, apoyados largo rato en la verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te parecerá absurdo, pero si lo hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía el efecto que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un final. Por ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de la casa, y después de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la varanda a coser: él solía saltar de una percha a otra, dar golpecitos en los barrotes para llamarme la atención, beber un sorbo de agua como suelen hacer los cantantes profesionales, y luego, de repente, se ponía a cantar de un modo tan extraordinario, que yo tenía que dejar la aguja y escucharlo. No puedo darte idea de su canto, y a fe que me gustaría poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo sentía que comprendía cada nota de sus modulaciones.
¡Lo quería! ¡Cuánto lo quería! Quizá en este mundo no importa mucho lo que uno quiere, pero hay que querer algo. Mi casita y el jardín siempre han llenado un vacío, sin duda; pero nunca me han bastado. Las flores son muy agradecidas, pero no se interesan por nuestra vida. Hace tiempo quise a la estrella del atardecer. ¿Te parece una tontería? Solía sentarme en el jardín, detrás de la casa, cuando se había puesto el sol, y esperar a que la estrella saliera y brillara sobre las ramas oscuras del árbol de la goma. Entonces le murmuraba: «¿Ya estás aquí, amor mío?». Y en aquel instante parecía brillar sólo para mí. Parecía que lo comprendiera…; algo que es nostalgia y sin embargo no lo es. O quizá el dolor de lo que uno echa de menos, sí, era este dolor. Pero ¿qué era lo que echaba de menos? He de agradecer lo mucho que he recibido.
…Pero, en cuanto el canario entró en mi vida, olvidé a la estrella del atardecer: ya no me hacía falta. Y aquello ocurrió de una manera extraña. Cuando el chino que vendía pájaros se detuvo delante de mi puerta y levantó la jaulita donde el canario, en vez de sacudirse como hacían los dorados pinzones, lanzó un débil y leve gorjeo, me sorprendí a mí misma diciéndole:
-¿Ya estás aquí, amor mío?
Desde aquel instante fue mío.
…Aún me asombra ahora recordar cómo él y yo compartíamos nuestras vidas. En cuanto por la mañana quitaba el paño que cubría su jaula, me saludaba con una pequeña nota soñolienta. Yo sabía que quería decirme: «¡Señora! ¡Señora!». Luego lo colgaba afuera, mientras preparaba el desayuno de mis tres muchachos pensionistas, y no lo entraba hasta que volvíamos a estar solos en casa. Más tarde, en cuanto terminaba de lavar los platos, empezaba una verdadera diversioncita nuestra. Solía poner una hoja de periódico en la mesa, y, cuando colocaba la jaula encima, el canario sacudía las alas desesperadamente como si no supiera lo que iba a ocurrir. «Eres un verdadero comediante», le decía riñéndolo. Le frotaba el plato de la jaula, lo espolvoreaba de arena limpia, llenaba de alpiste y de agua los recipientes, ponía entre los barrotes unas hojas de pamplina y medio chile. Y estoy segura de que él comprendía y sabía apreciar cada detalle de esta ceremonia. ¿Comprendes? Era, de natural, de una pulcritud exquisita. En su percha jamás había una mancha. Y sólo viendo cómo disfrutaba bañándose se comprendía que su gran debilidad era la limpieza. Lo que yo ponía por último en la jaula era el envase en que se bañaba. Y al momento se metía en él. Primero sacudía un ala, luego la otra, después zambullía la cabeza y se remojaba las plumas del pecho. Toda la cocina se iba salpicando de gotas de agua, pero él no quería salir del baño. Yo solía decirle: «Es más que suficiente. Lo que quieres ahora es que te miren». Y por fin, de un salto, salía del agua, y sosteniéndose con una pata se secaba con el pico, y al terminar se sacudía, movía las alas, ensayaba un gorjeo y levantando la cabeza… ¡Oh! No puedo ni siquiera recordarlo. Yo acostumbraba limpiar los cuchillos mientras tanto, me parecía que también los cuchillos cantaban a medida que se volvían relucientes.
…Me hacía compañía, ¿comprendes? Eso es lo que me hacía. La compañía más perfecta. Si has vivido sola, sabrás lo inapreciable que eso puede ser. Sin duda tenía también a mis tres muchachos que venían a cenar, y a veces se quedaban en casa leyendo los periódicos. Pero no podía suponer que ellos se interesaran en los detalles de mi vida cotidiana. ¿Por qué se iban a interesar? Yo no significaba nada para ellos: tanto es así, que una noche, en la escalera, oí que, hablando de mí, me llamaban «el adefesio». No importa. No tiene importancia, la más mínima importancia. Lo comprendo bien. Ellos son jóvenes. ¿Por qué me iba a incomodar? Pero me acuerdo de que aquella. noche me consoló pensar que no estaba sola del todo. En cuanto los muchachos salieron, le dije a mi canario: «¿Sabes cómo la llaman a tu señora?». Y él ladeó la cabeza, y me miró con su ojito reluciente, de tal forma que tuve que reírme. Parecía como si le hubiese divertido aquello.
…¿Has tenido pájaros alguna vez?… Si no has tenido nunca, quizá todo esto te parezca exagerado. La gente cree que los pájaros no tienen corazón, que son fríos, distintos de los perros y los gatos. Mi lavandera solía decirme cuando venía los lunes: «¿Por qué no tiene un foxterrier bonito? No consuela ni acompaña un canario». No es verdad, estoy segura. Me acuerdo de una noche que había tenido un sueño espantoso (a veces los sueños son terriblemente crueles) y, como que al cabo de un rato de haberme despertado no conseguía tranquilizarme, me puse la bata y bajé a la cocina para beber un vaso de agua. Era una noche de invierno y llovía mucho. Supongo que aún estaba medio dormida: pero, a través de la ventana sin postigo, me parecía que la oscuridad me miraba, me espiaba. Y de pronto sentí que era insoportable no tener a nadie a quien poder decir: «He soñado un sueño horrible» o «Protégeme de la oscuridad». Estaba tan asustada, que incluso me tapé un momento la cara con las manos. Y luego oí un débil «¡Tui-tuí!». La jaula estaba en la mesa, y el paño que la cubría había resbalado de forma que le entraba una rayita de luz. «¡Tui-tuí!», volvía a llamar mi pequeño y querido compañero, como si dijera dulcemente: «Aquí estoy, señora mía: aquí estoy». Aquello fue tan consolador que casi me eché a llorar.
…Pero ahora se ha ido. Nunca más tendré otro pájaro, otro ser querido. ¿Cómo podría tenerlo? Cuando lo encontré tendido en la jaula, con los ojos empañados y las patitas retorcidas, cuando comprendí que nunca más lo oiría cantar, me pareció que algo moría en mí. Me sentí un vacío en el corazón como si fuera la jaula de mi canario. Me iré resignando, seguramente: tengo que acostumbrarme. Con el tiempo todo pasa, y la gente dice que yo tengo un carácter jovial. Tienen razón. Doy gracias a Dios por habérmelo dado.
Sin embargo, a pesar de que no soy melancólica y de que no suelo dejarme llevar por los recuerdos y la tristeza, reconozco que hay algo triste en la vida. Es difícil definir lo que es. No hablo del dolor que todos conocemos, como son la enfermedad, la pobreza y la muerte, no: es otra cosa distinta. Está en nosotros profunda, muy profunda: forma parte de nuestro ser al modo de nuestra respiración. Aunque trabaje mucho y me canse, no tengo más que detenerme para saber que ahí está esperándome. A menudo me pregunto si todo el mundo siente eso mismo. ¿Quién lo puede saber? Pero ¿no es asombroso que, en su canto dulce y alegre, era esa tristeza, ese no sé qué lo que yo sentía?

Katherine Mansfield

jueves, 15 de marzo de 2018

Zuloaga



Amorosa

Después de comer en su casa, Jacobo de Randal dio permiso al criado para salir, y se puso a despachar su correspondencia.
Tenía costumbre de acabar así la última noche del año, solo, escribiendo; recordaba cuanto le había ocurrido en doce meses, todo lo acabado, todo lo muerto, y al surgir entre sus meditaciones la imagen de un amigo, escribía una frase afectuosa, el saludo cordial de Año Nuevo.
Se sentó, abrió un cajón y sacando una fotografía, después de mirarla y darle un beso, la dejó encima de la mesa y empezó una carta:
“Mi adorable Irene: Habrás recibido un recuerdo mío; ahora, solo en mi casa, pensando en ti…”
No pasó adelante; dejando la pluma, se levantó; iba y venia…
Desde marzo tenía una querida, no una querida como las otras, mujer de aventuras, actriz, callejera o mundana; era una mujer a la que había pretendido y logrado con verdadero amor. El ya no era un joven; pero distando todavía de ser viejo, miraba seriamente las cosas a través de un prisma positivo y práctico.
“Hizo balance” de su pasión, como lo hacía siempre al terminar el año, de sus amistades y de todas las variaciones y sucesos de su existencia.
Ya calmado su primer apasionamiento ardoroso, podía examinar con precisión hasta qué punto la quería y cuál pudiera ser el porvenir de aquellos amores.
Descubrió arraigado en su alma un cariño profundo, mezcla de ternura, encanto y agradecimiento, poderosos lazos que sujetan para toda la vida.
Un campanillazo le hizo estremecer. Dudó. ¿Abriría? Es preciso abrir a un desconocido, que al pasar llama en la noche de Año Nuevo.
Cogió una bujía, salió al recibimiento, hizo girar la llave, trajo hacia sí la puerta… y vio en el descansillo a su querida, pálida como un cadáver y apoyando una mano en la pared.
Sorprendido, preguntó:
—¿Qué te pasa?
Ella dijo:
—¿Puedo entrar?
—¡Ya lo creo!
—¿No me verá nadie?
—Absolutamente nadie.
—¿Ibas a salir?
—No.
Entró —como quien tiene muy conocida la casa— y desplomándose, casi desmayada, en el diván del gabinete, rompió a llorar, con la cara entre las manos.
El, arrodillado junto a ella, procuraba suavemente descubrir y ver sus ojos, repitiendo:
—Irene, Irene mía, ¿por qué lloras? Te lo suplico. ¡Dime por qué lloras!
La mujer balbució entre sollozos:
—¡No puedo.., vivir así!
No la comprendía.
—¿Vivir así? ¿Cómo?
—No puedo vivir así… en mi casa. No quise decírtelo nunca, pero es horrible… No puedo…, sufro demasiado… Me atormenta… Me ha maltratado!…
—¿Tu marido?
—Sí…
—¡Ah!…
Le sorprendió, porque no imaginaba— ¡cómo imaginarlo! —que fuera brutal con su querida el marido; un hombre de finos modales, que frecuentaba el casino, la sala de armas, paseos y escenarios; jinete y tirador; muy conocido y estimado en sociedad, correcto y cortés; hombre de pocos ,alcances y de limitados conocimientos, pero con la inteligencia indispensable para discurrir como todas las gentes de su mundo y respetar las preocupaciones y rutinas elegantes.
Parecía ocuparse de su mujer, como debe hacerlo un hombre ,acaudalado y aristócrata: atendiendo a sus caprichos, a su salud, a sus trajes y dejándola perfectamente libre.
Desde que Randal fue presentado a Irene y ella le recibió con agrado, tuvo derecho a las deferencias que todo marido culto sabe guardar a los contertulios de su mujer. Cuando Randal pasó de ser amigo a ser amante, las deferencias del esposo aumentaron, es natural.
Y como nada le hizo sospechar de que hubiese tempestades íntimas en aquel matrimonio, le sorprendía mucho esta revelación inesperada.
¡Te ha maltratado! No llores y dime cómo fue.
Irene contó una historia muy larga: sus desavenencias, al principio triviales, más hondas de día en día, la incompatibilidad de sus temperamentos.
Empezaron las disputas, acabando en una separación completa; el marido se mostró suspicaz, violento. Más adelante, celoso, celoso de Randal; y acababa de maltratarla.
—… No vuelvo a mi casa, no. Dime lo que debo hacer.
Jacobo se había sentado muy cerca, y le cogió las manos.
—Piénsalo mucho, y no lo hagas ciegamente; que todas las culpas caigan sobre tu marido; tu salva tu posición de mujer irreprochable.
Mirándole con inquietud, Irene le preguntó:
—¿Qué me aconsejas?
—Vuelve a tu casa y sufre.con resignación hasta encontrar un pretexto para separarte con todos los honores.
—¿No es algo cobarde tu consejo?
—Es prudente. No puedes arrojar por la ventana tu honra y las atenciones que debes a tu familia. ¡Qué dirán de ti si renuncias a todo en un momento de locura!
Irene se levantó excitada, violenta:
—No puedo más. Todo acabó.¡Se acabó, se acabó y se acabó!
Luego, apoyando ambas manos en e1 pecho de su amante, le miró a los ojos.
—¿Me quieres?
—Mucho.
—¿De veras?
—¡Tan de veras!
—Pues bien; viviremos juntos en tu casa.
Randal exclamó asombrado:
—¿En mi casa? ¿Conmigo? ¿Te has vuelto loca? ¿Comprometerte, deshonrarte para toda la vida?
Ella repuso, lentamente, con seriedad, midiendo las palabras:
—Oye, Jacobo. Me ha prohibido que te vea. Yo no soy mujer de las que mienten y engañan. Si vuelvo a mi casa, no volveré más a la tuya. Elige.
—Si te divorciases, nos casaríamos.
—Era necesario esperar dos o tres años… Tu cariño, ¿tiene tanta paciencia? ¿No se sublevaría en ese tiempo?
—Reflexiona. Si te quedas hoy aquí, mañana te reclamará; es tu marido: el derecho le asiste, le .ampara la ley.
—No me interesa quedarme aquí, lo que yo quiero es ir contigo a cualquier parte. Si me quieres, vámonos a donde tu digas, y si no me quieres, adiós.
Jacobo la detuvo:
—Irene, ten calma;
Ella no quería oírle; con los ojos llenos de lágrimas, repetía:
—Déjame…, déjame…, déjame…
La hizo sentar a la fuerza y se arrodilló de nuevo a sus pies. Trató —acumulando reflexiones y consejos— de hacerle comprender lo irreparable de aquella resolución. Estuvo elocuente, y hasta en su mismo cariño halló argumentos convincentes.
Le suplicó una y mil veces que le atendiera, que razonara como él, que no se ofuscase.
Fría, serena, cuando Jacobo calló, Irene dijo:
—Está bien; permite que me levante y que me vaya
—No; eso, no.
—Déjame. Tú me rechazas, me voy
—Te vas, pensando que no te quiero.
—Me rechazas.
—¡Dime si tu resolución, si tu loca resolución, de la cual te arrepentirás luego, es irrevocable!
—Sí… Pero ¡déjame!
—No; si estás decidida, mi casa es tu casa. Nos iremos lo antes posible a un lugar seguro; te acompañaré, te seguiré…
—No; no quiero que te sacrifiques. Comprendo… que te sacrificas.
—Espera; hice cuanto pude para convencerte; no quise contribuir a perjudicarte. Pero lo que tú hagas, yo lo acepto.
Irene volvió a sentarse, le miró a los ojos fijamente y dijo:
—Habla; explícame cómo te convenciste cuando te proponías convencerme; dime lo que has pensado.
—No he pensado nada. Te advierto que haces una locura, una terrible y dolorosa locura. Insistes, y te pido mi parte; lo de cada uno debe ser de los dos: tu locura, como todo.
—Tampoco me convences.
—Oyeme bien. No se trata ni de sacrificio ni de abnegación. Cuando comprendí que te amaba, pensé lo que debieran pensar todos los amantes en situaciones parecidas: “El hombre que pretende a una mujer, que la enamora, que la consigue, contrae un sagrado compromiso. Naturalmente, cuando se trata de una como tú y no de una mujer fácil y casquivana.
El matrimonio, que tiene mucha importancia social, un gran valor legal, a mi juicio, vale poco, moralmente, por las condiciones que lo determinan.
Así, cuando una mujer sujeta por ese lazo jurídico, pero que no quiere a su esposo, que no puede quererle, cuyo corazón es libre, siente cariño por un hombre y se hace suya, ese hombre se compromete más en ese mutuo consentimiento que formalizando legalmente un matrimonio.
Y si ella y él son personas honradas, la unión debe ser más íntima y estrecha que si la consagraran todas las ceremonias.
En tales circunstancias, la mujer se arriesga mucho. Y, porque no lo ignora, porque lo da todo, su corazón, su cuerpo, su alma, su honor, su vida; porque se ha resignado a sufrir todas las miserias y todas las derrotas; porque realiza su amor heroicamente; porque se ha resuelto a desafiar las iras de su marido, que .puede matarla, y el desprecio del mundo, que puede perderla, ¡es digna de respeto! Por eso también su amante, al pretenderla, debió pensarlo y prevenirlo todo, preferiría siempre a todo, en cualquier circunstancia. No tengo nada que añadir. Advertí primero —como un hombre prudente; ahora ya puedo hablar como un hombre apasionado. ¡Soy tuyo!
Radiante de alegría, Irene selló sus labios con un beso.
—Viviremos como siempre; no ha pasado nada: he fingido… Quise ver cuánto me querías… Una prueba muy arriesgada… Ya la hice… ¡Qué feliz Año Nuevo me ofreces!

Guy de Maupassant

martes, 13 de marzo de 2018

Marcapáginas de papiro




Sueño de flautas

«Toma esto», dijo mi padre, y me alcanzó una pequeña flauta de hueso, «tómala y no olvides a tu anciano padre cuando alegres a la gente con tu música en países lejanos. Es tiempo de que veas el mundo y aprendas algo. He mandado hacer esta flauta, porque no te gusta ninguna otra tarea, excepto cantar. Piensa también que debes tocar siempre canciones bonitas y amables, de lo contrario sería malgastar el don que Dios te ha concedido. »
Mi querido padre entendía poco de música, era un erudito. Él pensaba que yo no tenía más que soplar en la linda flauta para que todo anduviera bien. Como no lo quería despojar de su creencia, le agradecí, guardé la flauta y procedí a despedirme.
Nuestro valle me era conocido hasta el gran molino del caserío; detrás comenzaba el mundo, y debo admitir que me gustó mucho. Una abeja fatigada de volar se había posado sobre mi manga, y la llevé conmigo para tener, en mi primer descanso, un mensajero que llevara enseguida mis saludos a la patria que dejaba atrás.
Bosques y praderas acompañaban mi camino, y muy lozano también el río me acompañaba. Descubrí que el mundo se diferenciaba poco de mi patria. Los árboles y flores, las espigas de trigo y los avellanos me hablaban; yo cantaba sus canciones con ellos, y ellos me comprendían, como en casa. De pronto mi abeja despertó, se arrastró despaciosamente hasta mi hombro, levantó el vuelo y giró dos veces en torno a mí con su zumbido dulce y profundo; luego se orientó rectamente hacia atrás, hacia el hogar.
En eso surgió del bosque una muchacha joven, que llevaba un cesto en el brazo y un sombrero de paja de ala ancha que dejaba en sombras la rubia cabeza.
«Dios te guarde», le dije, «¿adónde vas?»
«Debo llevar la comida a los segadores», dijo. Y se puso a caminar a mi lado. «¿Y tú, dónde quieres ir?»
«Voy a conocer el mundo, mi padre me ha enviado. Él cree que yo debo tocar mi flauta en público, ante la gente, pero yo no sé hacerlo bien todavía, antes debo aprender mucho.»
«Bueno, bueno. ¿Y qué sabes hacer en realidad? Porque algo debes saber.»
«Nada en especial. Puedo cantar canciones.»
«¿Qué clase de canciones?»
«De todo tipo ¿sabes? A la mañana y a la noche, ¿a los árboles, a las bestias, a las flores. Ahora, por ejemplo, podría cantar una canción bonita acerca de una muchacha joven que sale del bosque para llevar la comida a los segadores.»
«¿Puedes hacerlo? ¡Cántala entonces!»
«Lo haré, pero, ¿cómo te llamas?»
«Brigitte.»
Entonces entoné la canción de la linda Brigitte con el sombrero de paja, y lo que llevaba en el cesto, y de cómo las flores la miraban cuando pasaba y los vientos azules la seguían a lo largo del cerco del jardín, y todo lo relacionado con ello. Atendió seriamente a la canción, y me dijo que era buena. Y cuando le comenté que estaba hambriento, levantó la tapa del cesto y extrajo un pedazo de pan. Mientras yo le echaba el diente con ahinco, al tiempo que continuaba ágilmente la marcha, ella me dijo: «No se debe comer a la carrera. Una cosa después de la otra». Entonces nos sentamos sobre la hierba, yo comí mi pan y ella se abrazó las rodillas con sus manos bronceadas y me miró.
«¿Quieres volver a cantarme alguna otra cosa?». preguntó cuando dejé de comer.
«Con gusto. ¿Qué quieres que cante?»
«Algo acerca de una chica que está triste porque ha sido abandonada por su novio.»
«No, no puedo. No conozco eso, y tampoco debe uno estar triste. Mi padre dijo que debo cantar siempre canciones graciosas y amables. Te cantaré algo acerca del cuclillo o de la mariposa.»
«Y de amor, ¿no sabes ninguna?» preguntó luego.
«¿De amor? Oh sí, eso es lo más lindo de todo.»
Enseguida empecé una canción acerca de cómo el rayo de sol está enamorado de las rojas amapolas y juega con ellas lleno de alegría. Y de la hembra del pinzón, cuando aguarda al pinzón y al llegar éste vuela como si estuviera asustada. Y seguí cantando acerca de la muchacha de ojos pardos y del joven que llega y canta y recibe un pan de regalo; pero ahora no quiere más pan, quiere un beso de la doncella y quiere ver dentro de sus ojos pardos, y canta y canta hasta que ella empieza a sonreír y le cierra la boca con sus labios.
Entonces Brigitte se inclinó y cerró mi boca con sus labios; luego cerró los ojos y los volvió a abrir. Y yo miré las estrellas cercanas de un dorado oscuro y en ellas estábamos reflejados yo mismo y un par de blancas flores del prado.
«El mundo es muy hermoso», dije, «mi padre tenía razón. Pero ahora te ayudaré a llevar estas cosas hasta donde está esa gente.»
Tomé su cesto y proseguimos el camino. Su paso sonaba con el mío y su alegría coincidía con la mía, y el bosque hablaba delicado y fresco desde la montaña. Yo nunca había caminado tan contento. Durante un largo rato canté con fuerza, hasta que tuve que cesar de puro exceso; era demasiado todo lo que susurraba y hablaba desde el valle y la montaña, desde la hierba y el follaje, desde el río y los matorrales.
Entonces pensé: si pudiera comprender y cantar al mismo tiempo las mil canciones del universo, del pasto y las flores, de los hombres y las nubes, de la floresta y el bosque de pinares, y también de los animales. Y asimismo todas las canciones de los mares lejanos y las montañas, de las estrellas y la luna; y si todo eso pudiera simultáneamente resonar en mi interior y ser cantado, entonces yo sería como el buen Dios y cada canción debería ser como una estrella en el cielo.
Pero mientras yo pensaba de este modo, lo cual me había dejado silencioso y maravillado, pues antes jamás se me habían ocurrido cosas así, Brigitte se detuvo y sujetó firmemente el asa del cesto.
«Ahora debo subir», dijo. «Allá arriba está nuestra gente. ¿Y tú, a dónde vas? ¿Por qué no vienes conmigo?»
«No, no puedo ir contigo. Tengo que ver el mundo. Muchas gracias por el pan, Brigitte, y por el beso. Pensaré en ti.»
Ella tomó su cesto con la comida; y otra vez sus ojos de sombras pardas se inclinaron sobre mí, y sus labios se adhirieron a los míos. Su beso fue tan bueno y dulce, que casi me puse triste de pura felicidad. Entonces le dije adiós y marché presuroso carretera abajo.
La muchacha subió lentamente por la montaña; se detuvo bajo el follaje que caía al borde del bosque, y miró hacia abajo donde yo estaba. Y cuando le hice señas y, agité el sombrero sobre mi cabeza, inclinó ella la suya .una vez más y desapareció en silencio, como una imagen, entre la sombra de las hayas.
Yo, por mi parte, continué tranquilo el camino sumido en mis pensamientos, hasta que el sendero dio la vuelta en un recodo.
Allí había un molino, y junto al molino se hallaba una barca en el agua. Un hombre sentado en la barca parecía estar esperándome; en efecto, cuando me saqué el sombrero y subí a bordo, la barca comenzó a navegar enseguida río abajo. Me senté en la mitad de la embarcación, y el hombre atrás, al timón. Y cuando le pregunté a dónde íbamos, levantó la vista y me miró con ojos grises y velados.
«Donde quieras», dijo con voz apagada. «Río abajo hacia el mar o a las grandes ciudades, la elección es tuya. Todo me pertenece. »
«¿Todo te pertenece? ¿Entonces eres el rey?»
Quizá dijo él. «Y tú eres un poeta, según creo. ¡Cántame entonces una canción de viaje!»
Me infundía temor ese hombre serio y sombrío, y además nuestra barca navegaba tan rápido y sin ruido río abajo, que saqué fuerzas de flaqueza y canté acerca del río que lleva las naves y en el que se refleja el sol; el río, que es más ruidoso en contacto con las orillas rocosas y termina alegremente su peregrinaje.
El semblante de aquel hombre permanecía impasible; cuando finalicé, asintió silenciosamente, como uno que sueña. Y enseguida, ante mi asombro, él mismo comenzó a cantar. Y también cantó acerca del río y del viaje del río por los valles, y su canción era más bella y vigorosa que la mía, pero todo sonaba muy distinto.
El río, tal como él lo cantaba, bajaba como un ser destructor dando tumbos desde las montañas, hosco y salvaje, rechinando los dientes al sentirse refrenado por los molinos y presionando por los puentes; odiaba a todos los barcos que debía sostener; y bajo sus olas, y entre largas y verdes plantas acuáticas, mecía sonriente los blancos cuerpos de los ahogados.
Nada de esto me gustaba; pero su tono era tan hermoso y enigmático que quedé completamente confundido, y angustiado callé. Si lo que aquel cantor viejo, sutil e inteligente cantaba con su voz sofocada era cierto, entonces todas mis canciones habían sido nada más que tontería, torpes juegos infantiles. Entonces el mundo no era básicamente bueno y lleno de luz, como el corazón de Dios, sino opaco y sufriente, malo y sombrío; los bosques no susurraban de placer, susurraban de dolor.
Seguimos navegando. Las sombras se hicieron más largas, y cada vez que yo comenzaba a cantar mi voz sonaba menos clara, e iba apagándose. Y cada vez el extrafío cantor respondía con una canción que hacía al mundo más y más incomprensible y doloroso, y a mí me dejaba más y más desconcertado y triste.
Me dolía el alma, y sentía no haberme quedado en tierra junto a las flores o al lado de la bella Brigitte; para consolarme, empecé a cantar en la oscuridad creciente, con voz fuerte a través del rojo resplandor del anochecer, la canción de Brigitte y de sus besos.
Entonces se inició el ocaso y enmudecí. El hombre al timón cantó, y también él cantó del amor y del placer del amor, de ojos oscuros y ojos azules, de labios rojos y húmedos, y era hermoso y conmovedor lo que cantaba Reno de pena a medida que oscurecía sobre el río. Pero en su canción el amor era también lúgubre y temible, y se había convertido en un secreto mortal, dentro del cual los hombres, extraviados y dolidos, tanteaban entre penurias y anhelos, y se torturaban y mataban los unos a los otros.
Yo escuchaba y quedé muy fatigado y entristecido, como si hubiera estado viajando durante años a través de la mayor miseria y aflicción. Sentía que del desconocido emanaba y se deslizaba en mi corazón una permanente, silenciosa, fría corriente de pena y mortal angustia.
«Así que la vida no es lo más elevado y hermoso», dije finalmente con amargura, «sino la muerte. Entonces te ruego, olí triste monarca, que cantes una canción a la muerte.»
El hombre al timón cantó de la muerte, y cantó más bellamente que antes. Pero tampoco era la muerte lo más hermoso y alto, tampoco en ella había consuelo. La muerte era vida, y la vida muerte, y estaban enzarzadas entre sí en un furioso combate de amor, y esto era lo último y el sentido del mundo, y de allí se desprendía un resplandor que podía, a pesar de todo, alabar toda miseria, pero también una sombra que enturbiaba todo placer y belleza rodeándolos de tiniebla. Pero desde esa tiniebla ardía el placer más bella e íntimamente, y el amor ardía más profundo en medio de esa noche.
Yo escuchaba y me había quedado totalmente en silencio; no existía en mí otra voluntad que la del extranjero. Su mirada descansó sobre mí, callada y con una cierta bondad melancólica, y sus ojos grises estaban cargados del dolor y la belleza del mundo. Me sonrió, y entonces cobré ánimos y le rogué en mi necesidad: «¡Ah, retorna, por favor! Tengo miedo aquí en la noche, quisiera volver a la casa de mi padre, o volver para encontrar a Brigitte.»
El hombre se levantó y señaló la noche; el farol resplandeció claramente sobre su rostro enjuto e imperturbable. «Ningún camino va hacia atrás», dijo seria y amablemente, «hay que proseguir siempre hacia delante, si se quiere conocer el mundo. Y de la muchacha de los ojos oscuros ya has tenido lo mejor y más hermoso, y cuanto más te alejes de ella, tanto más hermoso y mejor será. Pero marcha hacia donde quieras; te daré mi lugar al timón.»
Yo me hallaba tremendamente entristecido, pero sabía que él tenía razón. Lleno de nostalgia pensé en Brigitte y en mi país y en todo lo que había sido hasta entonces cercano, luminoso y mío, y en todo lo que había perdido. Pero en ese momento iba a tomar el sitio del extraño y conducir el timón. Así debía ser.
Me levanté en silencio y me dirigí a través de la barca al asiento del timonel; el hombre se acercó a mí también en silencio, y cuando estuvimos el uno frente al otro me miró fijamente a la cara y me dio su farol.
Pero cuando me senté al timón y hube afianzado el farol junto a mí, me encontré solo en la barca; advertí con un profundo estremecimiento que el hombre había desaparecido. Sin embargo, no me sentía asustado, lo había presentido. Me parecía que el hermoso día de viaje, Brigitte, mi padre y la patria habían sido sólo un sueño, y que yo era un viejo apenado y que siempre había viajado a través de aquel río nocturno.
Comprendí que no debía llamar a ese hombre, y el reconocimiento de la verdad se desplomó sobre mí como una helada.
Para saber lo que ya presentía, me incliné sobre el agua y alcé el farol, y desde la negra superficie me miró un rostro penetrante y serio con ojos grises, un rostro viejo y sabio. Era el mío.
Y como ningún camino lleva hacia atrás, continué el viaje por las aguas oscuras a través de la noche.

Hermann Hesse



domingo, 11 de marzo de 2018

Escritors en aragonés




El Pequeño Heidelberg  

Tantos años bailaron juntos El Capitán y la Niña Eloísa, que alcanzaron la perfección. Cada uno podía intuir el siguiente movimiento del otro, adivinar el instante exacto de la próxima vuelta, interpretar la más sutil presión de la mano o desviación de un pie. No habían perdido el paso ni una sola vez en cuarenta años, se movían con la precisión de una pareja acostumbrada a hacer el amor y dormir en estrecho abrazo, por eso resultaba tan difícil imaginar que nunca habían cruzado ni una sola palabra. 
El Pequeño Heidelberg es un salón de baile a cierta distancia de la capital, ubicado en un cerro rodeado de plantaciones de plátanos, donde además de buena música y de un aire menos bochornoso, ofrecen un insólito guiso afrodisíaco aromatizado con toda suerte de especies, demasiado contundente para el clima ardiente de esta región, pero en perfecto acuerdo con las tradiciones que inspiraron al propietario, don Rupert. Antes de la crisis del petróleo, cuando se vivía aún en la ilusión de la abundancia y se importaban frutas de otras latitudes, la especialidad de la casa era el struddel de manzana, pero después que del petróleo quedó sólo un cerro de basura indestructible y el recuerdo de tiempos mejores, hacen el struddel con guayabas o mangos. Las mesas, dispuestas en un amplio círculo que deja al centro un espacio libre para el baile, están cubiertas con manteles a cuadros verdes y blancos y las paredes lucen escenas bucólicas de la vida campestre de los Alpes: pastoras con trenzas amarillas, fornidos mocetones y vacas impolutas. Los músicos -vestidos con pantalones cortos,  calcetines de lana, suspensores tiroleses y sombreros de fieltro, que con el sudor han perdido la prestancia y de lejos parecen pelucas verdosas- se sitúan sobre una plataforma coronada por un águila embalsamada, a la cual, según dice don Rupert, de vez en cuando le salen plumas nuevas. Uno toca el acordeón, el otro un saxo y el tercero se las arregla con pies y manos para hacer sonar simultáneamente la batería y los platillos. El del acordeón es un maestro de su instrumento y también canta con cálida voz de tenor y un vago acento de Andalucía. A pesar de su disparatado atuendo de tabernero suizo es el favorito de las señoras asiduas al salón y varias de ellas acarician la secreta fantasía de quedar atrapadas con él en alguna aventura mortal, por ejemplo, un derrumbe o un bombardeo, donde exhalarían contentas el último aliento envueltas por esos brazos poderosos, capaces de arrancar tan desgarradores lamentos al acordeón. El hecho de que la edad promedio de esas damas alcance los setenta años, no inhibe la sensualidad evocada por el cantante, más bien le agrega el dulce soplo de la muerte. La orquesta comienza su trabajo después de la puesta del sol y termina a medianoche, excepto los sábados y los domingos, cuando el local se llena de turistas y deben continuar hasta que el último cliente se retire, en la madrugada. Sólo interpretan polcas, mazurcas, valses y danzas regionales de Europa, como si en vez de hallarse enclavado en el Caribe, el Pequeño Heidelberg se encontrara a orillas del Rhin. 
En la cocina reina doña Burgel, la esposa de don Rupert, una matrona formidable a quienes pocos conocen, porque su existencia se desliza entre ollas y pilas de verduras, concentrada en preparar platos extranjeros con ingredientes criollos. Ella inventó el struddel de frutas tropicales y ese guiso afrodisíaco capaz de devolverle el vigor al más apabullado. Las mesas son atendidas por las hijas de los dueños, un par de sólidas mujeres, perfumadas a canela, clavo de olor, vainilla y limón, y algunas otras mozas de la localidad, todas de mejillas rubicundas. La clientela habitual se compone de emigrantes europeos llegados al país escapando de alguna guerra o de la pobreza, comerciantes, agricultores, artesanos, gentes amables y sencillas, que tal vez no siempre lo fueron, pero a quienes el paso de la vida ha nivelado en esa benévola cortesía de los viejos sanos. Los hombres llevan corbatas de mariposa y chaquetas, pero a medida que el sacudimiento del baile y la abundancia de cerveza les calienta el alma, van despojándose de lo superfluo hasta quedar en camisa. Las mujeres visten de colores alegres y estilo anticuado, como si sus trajes hubieran sido rescatados del baúl de novia que trajeron al inmigrar. De vez en cuando aparece un grupo de adolescentes agresivos, cuya presencia es precedida por el bochinche atronador de sus motos y la sonajera de botas, llaves y cadenas, y que llegan con el único propósito de burlarse de los viejos, pero el incidente no pasa de una escaramuza, porque el músico de la batería y el saxofonista están siempre dispuestos a arremangarse e imponer orden. 
Los sábados, a eso de las nueve de la noche, cuando ya todo el mundo ha saboreado su ración del guiso afrodisíaco y se ha abandonado al placer del baile, aparece La Mexicana y se sienta sola. Es una cincuentona provocativa, mujer de cuerpo galeón -quilla alta, barrigona, amplia de popa, rostro de mascarón de proa- que luce un escote maduro, pero aún turgente, y una flor en la oreja. No es la única vestida de bailadora flamenca, por supuesto, pero en ella resulta más natural que en las otras señoras de pelo blanco y cintura triste que ni siquiera hablan un español decente. La Mexicana bailando la polca es una nave a la deriva en olas abruptas, pero al ritmo del vals parece deslizarse en aguas dulces. Así la vislumbraba a veces en sueños El Capitán y despertaba con la inquietud casi olvidada de su adolescencia. Dicen que El Capitán provenía de una flota nórdica cuyo nombre nadie pudo descifrar. Era experto en barcos antiguos y rutas marinas, pero todos esos conocimientos yacían sepultados en lo profundo de su mente, sin la menor posibilidad de ser útiles en el paisaje caliente de esta región, donde el mar es un plácido acuario de aguas verdes y cristalinas, inapropiado para la navegación de los intrépidos barcos del Mar del Norte. Era un hombre alto y seco, un árbol sin hojas, la espalda tiesa y los músculos del cuello todavía firmes, vestido con su chaqueta de botones dorados y envuelto en esa aura trágica de los marinos retirados. No se le escuchó nunca ni una palabra en español o en algún otro idioma conocido. Treinta años atrás don Rupert dijo que El Capitán era seguramente finlandés, por el color de hielo de sus pupilas y la justicia irrenunciable de su mirada, y como nadie lo pudo contradecir, acabaron por aceptarlo. Por lo demás, en el Pequeño Heidelberg el idioma carece de importancia, pues nadie va allí a conversar. 
Algunas reglas del comportamiento han sido modificadas, para comodidad y conveniencia de todos. Cualquiera puede salir a la pista solo o invitar a alguien de otra mesa, y las mujeres también toman la iniciativa de aproximarse a los hombres, si así lo desean. Es una solución justa para las viudas sin compañía. Nadie saca a bailar a La Mexicana, porque se entiende que ella lo consideraría ofensivo, y los caballeros deben aguardar, temblorosos de anticipación, que ella lo haga. La mujer deposita su cigarro en el cenicero, descruza las feroces columnas de sus piernas, se acomoda el corpillo, avanza hasta el escogido y se le planta al frente sin una mirada. Cambia de pareja en cada baile, pero antes reservaba por lo menos cuatro piezas para El Capitán. Él la cogía por la cintura con su firme mano de timonel y la guiaba por la pista sin permitir que sus muchos años le cortaran la inspiración. 
La más antigua parroquiana del salón, que en medio siglo no faltó ni un sábado al Pequeño Heidelberg, era la Niña Eloísa, una dama diminuta, blanda y suave, con piel de papel de arroz y una corona de cabellos transparentes. Por tanto tiempo se ganó la vida fabricando bombones en su cocina, que el aroma del chocolate la impregnó totalmente y olía a fiesta de cumpleaños. A pesar de su edad, aún guardaba algunos gestos de la primera juventud y era capaz de pasar toda la noche dando vueltas en la pista de baile sin descalabrarse los rizos del moño ni perder el ritmo del corazón. Había llegado al país a comienzos del siglo, proveniente de una aldea al sur de Rusia, con su madre, quien entonces era de una belleza deslumbrante. Vivieron juntas fabricando chocolates, ajenas por completo a los rigores del clima, del siglo y de la soledad, sin maridos, sin familia, ni grandes sobresaltos, y sin mas diversión que El Pequeño Heidelberg cada fin de semana. Desde que murió su madre, la Niña Eloísa acudía sola. Don Rupert la recibía en la puerta con gran deferencia y la acompañaba hasta su mesa, mientras la orquesta le daba la bienvenida con los primeros acordes de su vals favorito. En algunas mesas se alzaban jarras de cerveza para saludarla, porque era la persona más anciana y sin duda la más querida. Era tímida, nunca se atrevió a invitar a un hombre a bailar, pero en todos esos años no tuvo necesidad de hacerlo, porque para cualquiera constituía un privilegio tomar su mano, enlazarla por el talle con delicadeza para no descomponerle algún huesito de cristal y conducirla a la pista. Era una bailarina graciosa y tenía esa fragancia dulce capaz de devolverle a quien la oliera los mejores recuerdos de su infancia. El Capitán se sentaba solo, siempre en la misma mesa, bebía con moderación y no demostró jamás ningún entusiasmo por el guiso afrodisíaco de doña Burgel. Seguía el ritmo de la música con un pie y cuando la Niña Eloísa estaba libre la invitaba, cuadrándosele al frente con un discreto chocar de talones y una leve inclinación. No hablaban nunca, sólo se miraban y sonreían entre los galopes, escapes y diagonales de alguna añeja danza. Un sábado de diciembre, menos húmedo que otros, llegó al Pequeño Heidelberg un par de turistas. Esta vez no eran los disciplinados japoneses de los últimos tiempos, sino unos escandinavos altos, de piel tostada y cabellos pálidos, que se instalaron en una mesa a observar fascinados a los bailarines. Eran alegres y ruidosos, chocaban los jarros de cerveza, se reían con gusto y charlaban a gritos. Las palabras de los extranjeros alcanzaron al Capitán en su mesa y desde muy lejos, desde otro tiempo y otro paisaje, le llegó el sonido de su propia lengua, entero y fresco, como recién inventado, palabras que no había oído desde hacía varias décadas, pero que permanecían intactas en su memoria. Una expresión suavizó su rostro de viejo navegante, haciéndolo vacilar por algunos minutos entre la reserva absoluta donde se sentía cómodo y el deleite casi olvidado de abandonarse en una conversación. Por último se puso de pie y se acercó a los desconocidos. Detrás del bar, don Rupert observó al Capitán, que estaba diciendo algo a los recién llegados, ligeramente inclinado, con las manos en la espalda. Pronto los demás clientes, las mozas y los músicos se dieron cuenta de que ese hombre hablaba por primera vez desde que lo conocían y también se quedaron quietos para escucharlo mejor. Tenía una voz de bisabuelo, cascada y lenta, pero ponía una gran determinación en cada frase. Cuando terminó de sacar todo el contenido de su pecho, hubo tal silencio en el salón que doña Burgel salió de la cocina para enterarse si alguien había muerto. Por fin, después de una pausa larga, uno de los turistas se sacudió el asombro y llamó a don Rupert para decirle en un inglés primitivo, que lo ayudara a traducir el discurso del Capitán. Los nórdicos siguieron al viejo marino hasta la mesa donde la Niña Eloísa aguardaba y don Rupert se aproximó también, quitándose por el camino el delantal, con la intuición de un acontecimiento solemne. El Capitán dijo unas palabras en su idioma, uno de los extranjeros lo interpretó en inglés y don Rupert, con las orejas rojas y el bigote tembleque, lo repitió en su español torcido. 
-Niña Eloísa, pregunta El Capitán si quiere casarse con él. 
La frágil anciana se quedó sentada con los ojos redondos de sorpresa y la boca oculta tras su pañuelo de batista, y todos esperaron suspendidos en un suspiro, hasta que ella logró sacar la voz. 
-¿No le parece que esto es un poco precipitado?-musitó. Sus palabras pasaron por el tabernero y los turistas y la respuesta hizo el mismo recorrido a la inversa. 
-El Capitán dice que ha esperado cuarenta años para decírselo y que no podría esperar hasta que se presente de nuevo alguien que hable su idioma. Dice que por favor le conteste ahora. 
-Está bien -susurró apenas la Niña Eloísa y no fue necesario traducir la respuesta, porque todos la entendieron. Don Rupert, eufórico, levantó ambos brazos y anunció el compromiso, El Capitán besó las mejillas de su novia, los turistas estrecharon las manos de todo el mundo, los músicos batieron sus instrumentos en una algarabía de marcha triunfal y los asistentes hicieron una rueda en torno de la pareja. Las mujeres se limpiaban las lágrimas, los hombres brindaban emocionados, don Rupert se sentó ante el bar y escondió la cabeza entre los brazos, sacudido por la emoción, mientras doña Burgel y sus dos hijas destapaban botellas del mejor ron. Enseguida los músicos tocaron el vals del Danubio Azul y todos despejaron la pista. 
El Capitán tomó de la mano a esa suave mujer que había amado sin palabras por tanto tiempo y la llevó hasta el centro del salón, donde bailaron con la gracia de dos garzas en su danza de bodas. El Capitán la sostenía con el mismo amoroso cuidado con que en su juventud atrapaba el viento en las velas de alguna nave etérea, conduciéndola por la pista como si se mecieran en el tranquilo oleaje de una bahía, mientras le decía en su idioma de ventiscas y bosques todo lo que su corazón había callado hasta ese momento. Bailando y bailando El Capitán sintió que se les iba retrocediendo la edad y en cada paso estaban más alegres y livianos. Una vuelta tras otra, los acordes de la música más vibrantes, los pies más rápidos, la cintura de ella más delgada, el peso de su pequeña mano en la suya más ligero, su presencia más incorpórea. Entonces vio que la Niña Eloísa iba tornándose de encaje, de espuma, de niebla, hasta hacerse imperceptible y por último desaparecer del todo y el se encontró girando y girando con los brazos vacíos, sin más compañía que un tenue aroma de chocolate. 
El tenor le indicó a los músicos que se dispusieran a seguir tocando el mismo vals para siempre, porque comprendió que con la última nota El Capitán despertaría de su ensueño y el recuerdo de la Niña Eloísa se esfumaría definitivamente. Conmovidos, los viejos parroquianos del Pequeño Heidelberg permanecieron inmóviles en sus sillas, hasta que por fin La Mexicana, con su arrogancia transformada en caritativa ternura, se levantó y avanzó discretamente hacia las manos temblorosas del Capitán, para bailar con él.

Isabel Allende 

viernes, 9 de marzo de 2018

Peixos del nostre Mediterrá



Bahía Esmeralda 

Barquito lindo —le susurró el pueblecito—-, cómo me gustaría que me observaras y que te quedaras rendido ante mis encantos. Ya sé que tú eres importante y yo insignificante, pero ojalá pudieras ver en mi corazón. 

Comúnmente, toda persona que, desde la costa, le veía luchar bravo contra el oleaje, sentía ese picor en los ojos, propio de la emoción, cuando agolpa gaseoso en la mirada. Y los más ancianos a sus jóvenes, al pernoctar horas después, relataban con esa tenue voz que imprime heroicidad cómo una insignificante balsa retaba al temporal henchida por la arrogancia de un cheyenne. Ya le podía envolver, una y otra vez al barquichuelo, el espumarajo blanquecino que surgía de los océanos con la rabia en que las babas de las fauces de un lobo, que su espiritu y confiado le llenaba de felicidad incluso, o debiera decirse, a causa, de estas  terribles amenazas en las que de buena voluntad se enfrascaba. 
Si las tempestades amainaban, él, que no soportaba los periodos ociosos, se las arreglaba para acudir a una nueva aventura. Y así exploraba litorales ignotos, sufría a veces accidentes devastadores, y era reparado a manos de hombres desconocidos en la mayoría de casos y con bondadosa energía, le ayudaban a reinventarse como embarcación. 
En ese año, el cuarto desde su construcción ya se había convertido en un barco pesquero resultón. Pero conozcamos sus orígenes. Fue inventado, se cuenta, por una aislada comunidad de la Patagonia con el fin de acercarse a pequeños islotes para recoger bayas y arbustos con los que destilar infusiones. Eran trayectos muy reducidos y la unión de maderas sujetas  mediante cuerda constituía simple ingeniería. Meses después se decidió forrar su barriga con aceros que repelían la humedad, pues quedó claro que la ruda resistencia que mostraba ante eventuales contratiempos le hacia merecedor de empresas de mayor envergadura, Así, lo utilizaron para más largas distancias y para más complejos menesteres. Con una  favorable venta mercantil cambio de manos. Sus nuevos tripulantes le  ensancharon la quilla y le alargaron la eslora, Pronto se revistió por completo de hierro y se le adecuó una bodega. Por esos tiempos, se presume, el barquito —poseído por una identidad propia— se quitó el bozal que lo acallaba, las correas que lo dirigían, y, con un carisma demoledor, zarpó a navegar por su cuenta, arriado únicamente de sí mismo. En los dos siguientes años, tales fueron sus hazañas, tales sus experiencias, que vio cambiada su forma en múltiples fases. Se le ahuecó el fondo en  un puerto africano, aprovechando una rotura en el bajo vientre. Le fue remachada, en poblados japoneses, una imponente polea que hacía más fácil la carga y descarga de las redes con las que pescaba. Y, de similar manera, un sinfín de reparaciones y actualizaciones le habían llevado  a la fisonomía de la que  hoy disponia. Aunque, sin embargo, fuera su esencia aguerrida lo que, allende los mares, le hacía ser reconocido.
Atendedme bien, pues esta historia, que lejos de ser un compendio marino es una lección de amor, da comienzo una mañana otoñal cualquiera en la que los colores oro y rojo, reflejados desde los árboles que dominaban los fiordos, bruñían la caldeada superficie del mar. 
Esa mañana templada, como hablo, navegaba por estas latitudes nuestro barquito, virtuoso, aplacado y tranquilo. Desprendía un aura tan jovial que aunque fondeara en un entrante de mar o se detuviera para entregar y rccoger algún polizón, imprimía siempre el efecto de estar en constante movimiento y agitación; de ser, como suele decirse deslenguadamente, un culo inquieto. Apenas hubo rebasado un agreste golfo que quedaba escondido, oyó un cantar quejumbroso, como un lamento, Viró ipso facto, presto como siempre estaba ante la aventura, y se acercó curioso hacia los sonidos que parecían originarse, con la melancolía de un fado, en unas  pocas casitas que con mucha coquetería se disponían sobre la bahía.
—Barquito lindo —le susurró el pueblecito-—, cómo me gustaría que me observaras y que te quedaras rendido ante mis encantos. Ya sé tú eres importante y yo insignificante, pero ojalá pudieras ver en mi corazón. 
El barquito se paralizó ensimismado. Oía la cantinela de las casas como perdida dentro de un sueño lejano. Y mientras esta lenta melodía le envolvía y le embriagaba, su mirada quedó atrapada entre las rieras que descendían paralelas a las viviendas y su anhelo como seducido por sus parajes. El conjunto pictórico le había dejado aturdido sublimemente. Y la disposición de las cabañas, por poner un ejemplo de ello, incrustadas en la naturaleza, le recordaban —con la sensibilidad de un bardo— el cómo se engastan los diamantes en las coronas de los reyes. 
Y a raíz de tan amorosas sensaciones, a nuestro barquito, sin ser muy consciente de ello, se le había dibujado en la expresión una mueca de estupidez, como sucede irremediablemente cuando un alma queda impregnada de otro alma. 
—Barquito lindo, ¿te quedarias a mirarme asi por siempre? ¿A llenar mis sentidos de vanidad? 
Como toda respuesta, nuestro barquito, embelesado, fondeó en la bahia. 
La primera noche que pasaron juntos, el minúsculo esquife le narró con gozo a su amada todas las azarosas andanzas que le había comportado una vida consagrada a la osadía. Y al hacerlo, no pudicron evitar, el uno como el polen y la otra como el pistilo, transmutarse él en el Tenorio y ella en Doña Inés.
Se sucediron después los dias y el bote pesquero permanecía quedo, mecido por la suave marea, protegido de hundirse por su dios, Arquímedes, y de encallar contra los arrecifes por su querido estuario, a quien el barquito había bautizado como Bahía Esmeralda. 
Ciertamente, en las primeras semanas, hubo días en que se le paso por la cabeza abandonar tal paz y escapar del embrujo en busca de nuevos retos. Pero en todas esas ocasiones, y aunque a veces amagaba con desaparecer tras la puntita del cabo, siempre orientando la proa hacia su amada  Esmeralda.
Al calor de tan constante amante, Esmeralda, que se acicalaba tanto, no tardó en experimentar pequeñas mejoras. Los arrabales se convirtieron en callecitas, y las cabañas de madera en refinadas casitas. La población aumentó por el efecto de la felicidad de las gentes, y de quince viviendas pasó al centenar casi sin esfuerzo. Ornamentó su plazoleta y le lavó la cara a su menguado astillero. Algún que otro turista, incluso, apareció  despistado, atraido por su hermosura. 
Y era inmenso el placer que explosionaba en el barquito. Su enamorada, que antes ya era guapa, ahora multiplicaba su beldad; y no lejos de provocarle este hecho un desánimo abrumador, le producía en cambio el mismo placentero influjo que cuentan que estampa la luna. No en vano, al sentirse el barquito el guardián de su esencia por haberla conocido cuando apenas gateaba, se otorgó a sí mismo el inmenso poder del protector.

Un día, sin embargo, con el otoño ya vencido, le pareció oir los motores de otra embarcación, y, simultáneamente, aquellos cantos de sirena que reconocía del pasado. El barco, un pesquero como él pero mucho más capaz y vigoroso, se acercó presuntuosamente hasta que se detuvo, en el golfo, aún más cerca de Esmeralda que nuestro bote.
—Que bella bahía! —expresó pomposamente, mientras la amura de su casco empujaba con insolencia el estribor del barquito. Y regodeándose de ello, y alejándole al pobre por el efecto de la marea había originado, prosiguió en sus apreciaciones—. ¡Y tiene un astillero nada desdeñable! ¡Podría amarrar aquí y descansar unas jornadas! 
—¡Se llama Esmeralda! —dijo el barquito, molesto—. Y no creo que te quiera aquí, con nosotros.
Pero Esmeralda, como la mujer hermosa que era, recriminó al barquito su comentario. Por supuesto que le agradaba tener otro admirador. Además, la envergadura del nuevo bajel y las capacidades de su pesca no podían por menos que hacerla crecer y evolucionar. Y, de hecho, asi sucedió; en cuestión de semanas adecuó su muelle para el pcsqucro fortachón y se dejó mimar por el recién llegado. 
Nuestro barquito, que entendía nada podía hacer, continuó agazapado a la sombra del otro, observando las bellezad cada vez más evidentes de Su pequeña ciudad. Había ésta, engrandecido las calles, construido puentecitos rústicos y, como una colmena que repleta de miel seduce a los oseznos, atraído a cientos de extranjeros que permanecian durante dias cautivados entre tanto primor. En cuanto a él, nuestro pobre navío, una dolencia indefinida le recorría por las cuadernas desde la quilla hasta la cubierta. Un bisbiseo doloroso que sólo podía derivarse de la frustración.
Con el tiempo, corrió de boca en boca el encanto de Bahía Esmeralda. Al gran pesquero le sucedieron otros de mayor calado y, a estos otros, les siguió un buque mercante con engreidas ínfulas de donaire. Cada nueva flamante embarcación que en ella amarraba le recitaba, al modo de los juglares, sus épicas proezas. Algunas de ellas, aunque engordadas, hablaban de temibles monstruos marinos o de gigantescas tempestades. En cualquier caso, no había ningún aspecto con el que nuestro barquichuelo, ocupado por años en amarla, pudiera competir.
Poco despùés se corrió la voz que desde Europa iba a proyectarse un crucero que haría escala en ella. La ciudad se había puesto inmensa sin perder, al revés, ni un ápice de picardía. Los ojos del barquito, que la observaban a veces de soslayo entre la flota que la pretendía, solo habían podido crecer en adoración hacia ella, prisioneros de las sensaciones que obtuvieron de su esencia en el primer día. Ahora, grandes avenidas  surcaban por encima de otros paseos, edificios majestuosos, un muelle deportivo, y su economía disparada. Los humanos —torpes como de costumbre— la habían rebautizado con un nombre refulgente: Golden City Pero para el barquito continuaba siendo su Bahia Esmeralda. 
Diez años habian transcurrido desde que el barquito fondeara en cuando ésta habló con cierta tristeza.
—Barquito, debes abandonarme ahora. Mi categoria no me permite acogerte y he de generar espacio para nuevas construcciones. He sido muy feliz teniéndote aquí, pero ya es hora de separar caminos. 
Es inimaginable el ahogo que, por dicha observación, presionó en sus minusculas paredes. Cualquier elemento de su estructura se doblaba como uno de esos modernos submarinos a bajas profundidades. Y el casco hacía un ruido un espantoso, como conteniendo un esfuerzo para no volar en mil pedazos.
—¿Pero por qué me haces esto? Yo te quiero tal y como eres... ¿Tú?... ¿Tú... no  me quieres ya?
—¡Pero, barquito, yo he evolucionado y tú no! No es culpa mía que no hayamos crecido a la par. El amor es así. 
Quiso toscamente entonces el barquito reclamar sus derechos. Se enojó muchísimo con él mismo y se sintió tan perdido como en una noche sin estrellas. Trataba de convencer  a su fastuosa querida de cuál era su aguerrida naturaleza; de cómo él había sido tan bravo y tan aventurero como los demás. Pero, vencido, se sumía cada vez más en la desesperación al comprender que sus palabras no causaban efecto alguno, más que el de lástima. 
— Te odio —le dijo sin creérselo. 
—¿Y qué culpa tengo yo si reluzco como Atenas y me pretenden transatlánticos esplendorosos? ¿Me aborreces porque nuestros destinos tienen que divergir? ¿Qué clase de amor, nada generoso, es éste que me profesas? 
Dos rudas embarcaciones de mercancías que en ese día se encontraban, amonestaron al pequeño pesquero por su obstinación. Le conminaron a marcharse urgentemente para dejar de hacer el ridículo. Y le vocearon bravatas despectivas que apuñalaron el corazoncito del bajel, desangrándolo en el acto, al no ser recriminadas por su amor.
—Te odio porque, aunque a mí se me olvidó seguir siendo yo mismo, nómada, valiente, trotamundos y aprendiz, sabiéndolo tú, fuiste incapaz de decirme que me marchara para crecer. 
Y dicho esto, que congcló por unos segundos la altivez de Bahia Esmcralda, puso el barquito proa hacia el océano, y abatido por un tormento insufrible, se alejó, moribundo, entre los arrecifes. 
—Barquito..., barquito mío..., no te vayas así... 
Pero el barquito ya se había ido, cayendo además en la cuenta, con una asfixia que le oprimía el ánimo, de que Esmeralda ni siquiera tenía un nombre para él. 

¿Quién sostiene que no sucedió esta historia en esos remotos puntos del planeta donde en las aguas meten pie las montañas? ¿No es esa la convergencia mágica a la cuál llamamos litoral? ¿Un hacerse el amor? ¿Con delicadeza unas veces o ferozmente en otros casos? ¿Pero, en definitiva, como digo, un hacerse el amor? 

Enri Gourvennec