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martes, 22 de agosto de 2017

Bellvitge 40


Carta de su padre       (2)

Eso es de lo que en realidad me acusas, a lo largo de sesenta páginas más o menos (he observado que la extensión de la carta varía un poco de una lengua a otra; por supuesto, ha sido traducido a todas, no sé, al hotentote y al islandés, al chino, aunque tú la escribiste para mí, en alemán). Te he sobrevivido, no durante siete años, viejo y enfermo, tras tu muerte, sino mientras eras joven y estabas vivo. Claro como la luz del día, según dos ejemplos que das de tu mie­do de mí, desde que eras un niño pequeño: no tenías miedo, tenías envidia. Al principio, cuando te llevaba a nadar y decías que te sentías una nulidad, insignifi­cante y débil junto a mi cuerpo desnudo grande, fuer­te en la cabina- de acuerdo, también dices que te sen­tías orgulloso de tal padre, un padre con un físico magnífico... ¿Y me permites que te recuerde que ese padre se tomaba la molestia y el tiempo, las pocas ho­ras que podía escapar del negocio, para tratar de ha­cer algo de ese nebich, desarrollar sus músculos, po­ner algo de carne sobre esos pobres huesecitos, para que creciera robusto? Pero aun antes de tu barmitz­vah, el orgullo normal que todo hijo siente de su pa­dre, en ti se convirtió en celos. No podías ser como yo, así que decidiste que no era lo bastante bueno para ti: basto, gritador, comía «como un cerdo» (esas fue­ron tus palabras exactamente), me cortaba las uñas en la mesa, me limpiaba las orejas con un mondadien­tes. Oh sí, ahora ya no me puedes ocultar nada, lo he leído todo; las miles y miles de palabras que has uti­lizado para avergonzar a tu propia familia, a tu pro­pio padre ante el mundo entero. Y con tu habilidad con las palabras, le das la vuelta a todo y demuestras, como un prestidigitador, que es amor, que el pedazo de papel sucio es una hermosa bandera de seda, que amabas a tu padre demasiado. Y entonces, ¿qué? Dí­melo tú. ¿No podías ser como él? ¿Tú querías ser como él? ¿El ghasa, el vociferador, el glotón? Sí, hijo mío, esos «detalles insignificantes» que anotas y pa­sas sobre ellos rápidamente, esos detalles hacen daño. Eternamente. Después de todo, te has hecho inmortal escribiendo, según insistes en que hiciste, sólo so­bre mí, «todo era sobre ti, padre»; cien años después de tu nacimiento, el judío checo, hijo de Hermann y de Julie Kafka, es considerado uno de los mejores es­critores que han existido. Tu obra será leída mientras haya gente para leerla. Eso es lo que dicen en todas partes, incluso los alemanes que quemaron a tu her­mana y a mis nietos en hornos crematorios. Algunos dicen que fuiste también una especie de profeta (Dios sabe en qué estarías pensando, encerrado en tu habi­tación mientras el resto de la familia jugaba una par­tida de cartas por las noches); después de tu muerte, algunos países construyeron campos donde se practi­caban las cosas que inventaste para aquella historia «En la Colonia penitenciaria» y desde entonces ha ha­bido países en diferentes partes del mundo donde la obra del demonio que te vino a la cabeza todavía se lleva a cabo -N o quiero pensar sobre eso.

No recibiste el don de traer algo de felicidad a este mundo con tu genio, hijo mío. Ni al hogar, tampoco. Bueno, teníamos que aceptar lo que Dios daba. ¿Te paraste alguna vez a pensar si no era un motivo de sufrimiento para mí -por una vez dejemos a un lado cómo te sentías tú, que tus dos hermanos, que podrían haber crecido para alegría de tu madre y mía, murie­ran bebés? Y tú sentado ahí a la mesa siempre con una cara pálida, desdichada y melancólica, sin ocurrír­sete qué decir, jugueteando desganadamente con la co­mida... No has olvidado que yo solía levantar el pe­riódico para no tener que ver eso. Tienes rencor. Se lo has dicho a todo el mundo. Pero no piensas en lo que había en el corazón de un padre. Desde el prin­cipio. Tuve que ocultarlo tras un periódico -cualquier cosa. Por tu bien.

Nadine Gordimer

lunes, 21 de agosto de 2017

Valladolid Feria del Libro


Carta de su padre        (1)

Mi querido hijo:
Me escribiste una carta que nunca enviaste. No era para mí -era para que la leyera el mundo entero. (Tú y tus instrucciones de que se quemase todo. ¡Ja!) Nunca fuiste abierto y sincero conmigo- ésa es una de las quejas que dices que yo siempre tenía de ti. Lo dices en la carta que no quisiste que yo leyera. ¿Y a qué suena eso, eh? Pero ahora he leído la carta, la he leído de todos modos, he leído todo, aunque tú decías que yo ponía tus libros en la mesa de noche y nunca los tocaba. Ya sabes cómo es esto, aquí: no es algo que se pueda explicar a quien no está aquí -la gente solía hablar de los secretos que se llevan a la tumba, pero lo divertido es que aquí no hay secretos en ab­soluto. Si había algo que deseabas saber, que deberías haber sabido, si no te deja descansar tranquilo, desde aquí puedes alcanzar ese conocimiento. Sí, eso al me­nos me lo concediste, dijiste que yo era un verdadero Kafka en «fuerza... elocuencia, resistencia, una cierta manera de hacer las cosas a lo grande» y no me he contentado con pudrirme. En eso, sigo siendo el hom­bre que fui, el buscavidas. Infatigable. Infatigable. Capaz de aprovechar cualquier oportunidad. Ahora no hay nada que puedas considerar oculto para mí. Ya sea que digas que lo dejé sin leer en la mesilla de no­che o ya sea que no eras lo bastante hombre, incluso a los treinta y seis años, para enseñarme una carta que al parecer me estaba destinada.
Te escribo cuando ya estamos los dos muertos. Por lo tanto no te mueves. No habrá respuesta por tu par­te, ya lo sé. Empezaste aquella carta diciendo que te­nías miedo de mí -y luego tenías miedo de dejárme­la leer. Y ahora te has escapado definitivamente. Por­que sin la fuerza de voluntad de los Kafka no puedes comunicarte desde la nada y desde ningún lugar. Iba a llamar a esto un desierto, pero dónde está la arena, dónde están los camellos, dónde está el sol -ves, to­davía soy lo bastante mensch como para hacer chis­tes. Oh, perdona, se me había olvidado -a ti no te gustaban mis chistes, mis juegos bobos con los niños. Pobre muchacho mío, desdichadamente tú no tenías vida, en todos esos libros y diarios y cartas (los que enviaste, a extraños, a mujeres) dijiste cien veces an­tes de poner las palabras en mi boca, a tu manera li­teraria, en esa carta: tú eres «inepto para la vida». Así que la muerte te llega, cómo lo dirías tú, de manera completamente natural. No es lo mismo para un hombre vigoroso como era yo, esto te lo aseguro, así que aquí estoy escribiendo, hablando... No sé si hay una palabra para lo que es esto. En cualquier caso, es Hermann Kafka. Te he sobrevivido aquí, igual que en Praga.                   ...(sigue)

Nadine Gordimer



domingo, 20 de agosto de 2017

La Mulassa


    



   

La hormiga argentina        (y 20)

Estábamos delante de la casa: el niño chupaba su juguete, mi mujer se había sentado en una silla, yo miraba el campo infestado, los setos, y una nube de polvo insecticida que subía del jardín del señor Reginaudo, y a la derecha la sombra silenciosa del jardín del capitán, con el continuo goteo de las víctimas. Ese era el lugar donde yo tenía que vivir. Llamé a mi mujer y al niño y dije:
-Vamos a dar una vuelta, vamos hasta el mar.
Caía la tarde. Íbamos por viales y calles en escalera. El sol daba sobre un ángulo de la ciudad vieja, de piedra gris y porosa, con marcos pintados de cal rodeando las ventanas y los techos verdes de hierba. Tierra adentro, la ciudad se abría en abanico, se ondulaba en laderas de colinas, y de una a otra ladera el espacio estaba a esa hora lleno de aire límpido, color cobre. Nuestro hijo se volvía asombrado a mirar cada cosa y nosotros participábamos de su maravilla, y era una manera de acercarse nuevamente al suave sabor que tiene por momentos la vida y de aguerrirse para afrontar el paso de los días.
Nos cruzábamos con mujeres viejas que llevaban en equilibrio sobre la cabeza grandes cestas posadas en un cerquillo, caminando con el torso inmóvil y erguido sobre la cintura, los ojos bajos, y desde un jardín de monjas, un grupo de jóvenes costureras corrió hasta una balaustrada para ver un sapo en un estanque; dijeron: «¡Oh, que angustia!», y detrás de una puerta, bajo una glicina, unas niñas vestidas de blanco, hacían jugar a un ciego con una pelota playera; y un muchacho medio desnudo y con barba, el pelo hasta los hombros, con una caña en forma de horqueta arrancaba higos de tuna de una vieja planta erizada de espinas blancas y largas; y los niños de una casa rica, tristes y gafudos, hacían pompas de jabón en una ventana; y era la hora en que llaman a los viejos de vuelta al asilo y subían por aquellas escaleras uno tras otro, con bastón y sombrero de paja, hablando cada uno para sí; y entonces de los dos obreros de la telefónica el que sujetaba la escalera dijo al que estaba a contraluz, a la altura de los cables:
-Baja, es la hora, terminaremos mañana.
Llegamos al puerto y allí estaba el mar. Había una fila de palmeras y bancos de piedra: mi mujer y yo nos sentamos, y el niño estaba tranquilo. Mi mujer dijo:
-Aquí no hay hormigas.
Yo dije:
-Y hace un fresco agradable: se está bien.
El mar subía y bajaba contra la escollera, moviendo las barcas de pesca que llaman gozzi, y hombres de piel oscura las llenaban de redes rojas y de nasas para la pesca nocturna. El agua estaba calma, con sólo un continuo cambio de colores, azul y negro, más oscura cuanto más lejana. Yo pensaba en las distancias de agua como ésa, en los infinitos granos de fina arena del fondo, allí donde la corriente deposita blancas conchas vacías, pulidas por las olas.

Italo Calvino

sábado, 19 de agosto de 2017

Segar i Batre




La hormiga argentina      (19)

-¡Usted -lo agredió mi mujer, recobrándose tras un instante de vacilación-, debería avergonzarse! ¡Porque viene a casa y ensucia por todas partes y al niño la hormiga en la oreja se la hizo entrar usted, con su melaza!
Le acercaba las manos a la cara, y el señor Baudino, sin abandonar su deteriorada sonrisa, hacía movimientos de animal salvaje para reservarse una salida, y entretanto se encogía de hombros y echaba miradas y guiños a su alrededor -destinados a mí, porque no había nadie más a la vista- como diciendo: «Es tonta», pero su voz sólo enunciaba desmentidos blandos y generales, como:
-No..., no... Qué dice.
-¡Porque todos dicen que es usted el que, en vez de envenenar a las hormigas, les da un reconstituyente! -gritaba mi mujer, y él se deslizó por la pequeña puerta a la calle-patio, y mi mujer lo seguía, insultándolo.
Ahora, los encogimientos de hombros y las ojeadas del señor Baudino iban destinadas a las mujeres de las chabolas de alrededor, y me pareció que ellas hacían una especie de doble juego imperceptible, aceptando que él las tomara como testigos de que mi mujer decía tonterías, y cuando, en cambio, a quien miraban era a mi mujer, la incitaban con cabeceos enérgicos y con los movimientos de las escobas a seguir encarnizándose con el hombre de la hormiga. Yo no me metía, ¿y qué hubiera podido hacer? Desde luego, no iba a cargar yo también contra aquel hombrecito furtivo y ponerle las manos encima, ya bastante grande era la cólera de mi mujer contra él, y tampoco me parecía el caso de moderarla, porque no quería asumir la defensa de Baudino. Hasta que mi mujer, en un nuevo acceso de cólera, gritando:
-¡Usted le ha hecho daño a mi hijo! -le aferró por el cuello y le sacudió. Yo estaba por lanzarme a separarlos, pero él no la tocó, giró sobre sí mismo con movimientos cada vez más parecidos a los de las hormigas, hasta que consiguió escapar con torpes pasos rápidos y después se recompuso y se alejó, siempre encogiéndose de hombros y murmurando frases como:
-Pero qué cosa... Pero quién es... -y haciendo un gesto como para dar a entender: «Es tonta», siempre en dirección al público de las chabolas.
Público del cual, en el momento en que mi mujer se había abalanzado contra Baudino, se había alzado un rumor fuerte, aunque confuso, que se había acallado apenas el hombre se había liberado y que ahora se recomponía en las frases que le espetaban, frases no tanto de protesta y amenaza, sino más bien quejosas, casi pidiendo compasión, pero gritadas como si fueran orgullosas proclamaciones:
-A nosotros las hormigas nos comen vivos... Hormigas en la cama, hormigas en el plato, todos los días, todas las nocheees... Ya teníamos poco que comer y hemos de darles de comer a ellaaas...
Yo había tomado del brazo a mi mujer, que seguía sacudiéndose de vez en cuando y gritando:
-¡Pero esto no va a quedar así! ¡Sabemos quién nos hace el cuento! ¡Sabemos a quién tenemos que dar las gracias! -y otras frases amenazadoras que no tenían eco porque, a nuestro paso, las ventanas y las puertas de las chabolas se cerraban y los habitantes reanudaban sus míseras vidas junto a las hormigas.
Fue pues un triste regreso, y era previsible. Pero lo que sobre todo me disgustaba era haber visto cómo se habían comportado aquellas mujeres. Y me dieron tanto fastidio los que andaban lloriqueando por las hormigas que nunca más volvería a hacerlo, y me venían ganas de encerrarme en un orgullo doloroso como el de la señora Mauro, pero ella era rica y nosotros pobres y no encontraba la vuelta, la manera de seguir viviendo en aquel lugar, y me parecía que ninguna de las personas que conocía y que hasta poco antes me habían parecido tan superiores la hubiera encontrado o estuviera por encontrarla.

Italo Calvino

viernes, 18 de agosto de 2017

Ediciones La Central



La hormiga argentina      (18)

El llanto del niño y los gritos de mi mujer atrajeron a las vecinas: la señora Reginaudo, que nos fue realmente útil y bastante amable, la señora Brauni que, hay que reconocerlo, hizo también todo lo que pudo por ayudarnos, y otras pobres mujeres que hasta entonces no habíamos visto. Todas se afanaban en dar consejos: verterle aceite en la oreja, mantenerle la boca abierta, sonarle la nariz y no sé cuántas cosas más. Gritaban y terminaban por ser más un estorbo que una ayuda, aunque al principio nos hubieran dado ánimo, y su manera de agitarse alrededor del niño servía sobre todo para acentuar el rencor general contra el hombre de la hormiga. Mi mujer había gritado a los cuatro vientos que él, Baudino, era el culpable; y las vecinas estaban de acuerdo en que aquel hombre merecía que le cantaran las cuarenta de una vez por todas, y que era él quien hacía todo lo posible para que la hormiga se desarrollara bien, a fin de no perder su empleo, y que era muy capaz de haberlo hecho a propósito, porque ya se sabe que estaba siempre del lado de la hormiga, y no del de los cristianos. Exageraciones, claro está, pero en aquella agitación, con el niño llorando, me uní a ellas yo también y, si hubiera tenido en ese mismo momento entre mis manos al señor Baudino, no sé qué le hubiera hecho.
La hormiguita salió con el aceite tibio; el niño, medio aturdido de tanto llorar, tomó un juguete de celuloide y lo agitó y chupó, decidido a olvidarnos. Yo sentía la misma necesidad que él: quedarme solo y aflojar los nervios, pero entre las mujeres continuaba la diatriba contra Baudino, y decían a Elide que probablemente estaba allí cerca en un lugar donde tenía sus enseres, y Elide:
-Ah, yo voy allá, claro que sí, voy a darle su merecido.
Entonces se formó un pequeño cortejo, con Elide a la cabeza, yo naturalmente a su lado, aunque sin pronunciarme sobre la utilidad de la empresa, otras mujeres que incitaban a la mía, siguiéndola y por momentos adelantándosele para mostrarle el camino. La señora Claudia se ofreció a quedarse con el niño, y nos despidió desde la puerta; advertí después que la señora Aglaura tampoco venía con nosotros, y sin embargo se había manifestado como una de las enemigas más encarnizadas de Baudino, pero nos acompañaba un pequeño grupo de mujercitas desconocidas. Avanzábamos ahora por una especie de calle-patio, flanqueada de chabolas de madera, gallineros y huertos medio llenos de desperdicios. Algunas de aquellas mujeres, después de haber hablado tanto, al pasar por sus casas se detenían en el umbral, nos indicaban con gran vehemencia dónde teníamos que ir y  entraban llamando a los niños sucios que jugaban echados en el suelo, o iban a dar de comer a las gallinas. Sólo un par de mujeres nos siguieron hasta el local de Baudino, pero cuando, a los golpes de Elide, se abrió la puerta, resultó que entramos solos ella y yo, aunque sentíamos que nos seguían las miradas de las mujeres desde las ventanas o los gallineros, o que pasaban por allí delante barriendo, y era como si siguieran incitándonos, pero en voz muy baja y sin correr ningún riesgo.
El hombre de la hormiga estaba en el centro del cuchitril, una barraca semidestruida y, en uno de los tabiques que quedaban en pie, había pegado un cartel amarillento que decía con grandes caracteres: ENTE PARA LA LUCHA CONTRA LA HORMIGA ARGENTINA, y alrededor había pilas de platitos para la melaza, y cajas de tarritos de todo tipo, el conjunto en una especie de basural lleno de envoltorios de espinazos de pescado y otros desechos, tanto que en seguida se le antojaba a uno la idea de que aquella era la gran fuente de todas las hormigas de la zona. El señor Baudino estaba frente a nosotros, con una irritante semisonrisa interrogativa que mostraba los huecos de su dentadura.

Italo Calvino

jueves, 17 de agosto de 2017

Mussols






La hormiga argentina        (17)

La señora Mauro apretó los labios:
-No -dijo, tajante. Y después, como comprendiendo que no podíamos creerle,-explicó-: Aquí lo tenemos todo como un espejo. Apenas entra una hormiga del jardín y la vemos, tomamos las medidas del caso.
-¿Cuáles? -preguntamos en seguida a un tiempo mi mujer y yo, y ahora lo único que sentíamos era esperanza y curiosidad. 
-Así -dijo la señora, encogiéndose de hombros-, las barremos fuera con la escoba.
En ese momento notamos en su expresión de estudiada impasibilidad, algo como la tensión de un dolor físico que, allí sentada, desplazaba vivamente su peso hacia un lado, arqueando la cintura. Si no fuera por el contraste con las afirmaciones que salían de su boca, hubiera jurado que una hormiga argentina, metida debajo de su ropa, la había picado; una o varias, que se paseaban por su cuerpo y la picaban, porque aunque se esforzara por no moverse de la silla, se veía claramente que no conseguía estar quieta y compuesta como antes, sino muy tensa, mientras se le dibujaba en la cara el gesto de un sufrimiento cada vez más agudo.
-Pero nosotros tenemos ese terreno negro de hormigas -dije rápidamente- y por limpia que mantengamos la casa, entrarán siempre a miles...
-Es lógico -dijo la señora, y su mano delgada apretaba el brazo del sillón-, es lógico, el terreno está sin cultivar, y en los lugares sin cultivo se crían millones de hormigas. Mi proyecto era limpiar el terreno hace cuatro meses. Usted me hizo esperar y ahora sufre las consecuencias, y no sólo usted, sino todos, porque las hormigas se propagan...
-¿Se propagan también aquí, en su casa? -preguntó mi mujer casi sonriendo.
-¡Aquí no! -exclamó pálida la señora Mauro, y siempre con la diestra aferrada al brazo del sillón, con un pequeño movimiento rotatorio del hombro se frotaba el codo contra el costado.
A mí se me ocurría que la oscuridad, la decoración, la amplitud de las habitaciones y el carácter orgulloso eran las defensas que tenía aquella mujer contra las hormigas, las razones por las cuales era frente a ellas más fuerte que nosotros, pero que todo lo que veíamos alrededor, empezando por ella misma allí sentada, estaba roído por hormigas aún más implacables que las nuestras, casi una especie de termitas africanas que destruían todas las cosas dejando su envoltura, y que de aquella casa sólo quedaba la tapicería desteñida, el paño casi pulverizado de los cortinajes, todo a punto de hacerse pedazos delante de nuestros ojos.
-Justamente, nosotros veníamos a preguntarle si podía darnos algún consejo para librarnos de esta plaga... -dijo mi mujer, que había recobrado una actitud totalmente desenvuelta.
-Mantener la casa limpia y trabajar la tierra. No hay otro remedio. El trabajo: sólo el trabajo -y se puso de pie, y la decisión de despedirnos se añadió a una sacudida instintiva de su cuerpo, que ya no podía estar quieta. Se recompuso, y por su cara pálida pasó como una sombra de alivio.
Bajábamos por el jardín y mi mujer dijo:
-Esperemos que no se haya despertado. Yo también estaba pensando en el niño. Lo oímos llorar aún antes de llegar a casa. Corrimos, lo alzamos en brazos, tratamos de calmarlo, pero seguía llorando fuerte, chillando. Le había entrado una hormiga en un oído: tardamos un poco antes de darnos cuenta, porque lloraba desesperadamente y no nos daba a entender qué le pasaba. Mi mujer lo dijo en seguida:
-¡Tienen que haber sido las hormigas! -pero yo no entendía por qué seguía llorando así, cuando no le encontrábamos ninguna hormiga ni señas de picaduras o de irritación, y lo habíamos desnudado y mirado bien por todas partes.
Sin embargo, encontré algunas en la cesta; y pensar que creía haberla aislado bien, pero no habíamos reparado en las pinceladas de melaza del hombre-hormiga: el caso es que una de las torpes rayas trazadas por el señor Baudino parecía hecha a propósito para atraer a aquellos bichos y hacerlos subir hasta la cuna del niño.

Italo Calvino

miércoles, 16 de agosto de 2017

Poble Espanyol - Barcelona


La hormiga argentina      (16)

Como nuestro hijo dormía, pensamos que era el momento apropiado para subir a la casa de la señora Mauro. Teníamos que verla para pedirle las llaves de un cuartucho y también en cierto modo para hacerle una visita de cortesía. Pero nuestros verdaderos motivos para apresurar la visita eran la intención de transmitirle nuestra protesta por habernos alquilado una casa invadida por las hormigas sin habernos prevenido y, sobre todo, la curiosidad de ver cómo se defendía nuestra patrona de aquel flagelo.
La casa de la señora Mauro tenía un jardín más bien grande, en pendiente, con altas palmeras de amarillentas hojas en abanico. Un vial sinuoso conducía a un edificio rodeado de galerías vidriadas y tragaluces, y en lo alto del tejado un gallo oxidado giraba dificultosamente sobre su eje rechinando, en retraso con respecto a las hojas de las palmeras que se quejaban y murmuraban cada vez que se levantaba viento.
Mi mujer y yo subíamos por el vial y desde la balaustrada veíamos abajo la casita donde vivíamos, que todavía nos era tan poco familiar, y la maleza del terreno sin cultivar, y el jardincito de los Reginaudo que parecía el patio de un depósito, y el de los Brauni con su compostura como de cementerio, y en ese momento podíamos olvidar que eran lugares negros de hormigas, podíamos verlos como hubieran sido sin aquel tormento que no era posible evitar ni siquiera un instante, a esa distancia podían parecer un paraíso, pero cuanto más los mirábamos desde arriba, mayor era la compasión que sentíamos por nuestra vida allí abajo, como si viviendo en aquel mezquino, ínfimo horizonte, no pudiéramos sino seguir luchando contra problemas ínfimos y mezquinos.
La señora Mauro era vieja, flaca y alta; nos recibió en una habitación en sombras, sentada en una silla de alto respaldo, junto a una mesita que se abría y contenía lo necesario para coser y escribir. Llevaba un vestido negro, con sólo un cuello blanco de hombre; tenía la cara flaca ligeramente empolvada y un peinado severo. Nos tendió en seguida la llave que el día antes nos había prometido, pero no nos preguntó si nos sentíamos a gusto en la casa, y esto -nos pareció- era señal de que esperaba nuestras quejas.
-Pero las hormigas que hay abajo, señora... -dijo mi mujer, con un tono que esta vez hubiera preferido menos humilde y resignado. Aunque fuese dura y a menudo agresiva, a veces se dejaba dominar por la timidez y en esos momentos me contagiaba su malestar.
Para apoyarla y reforzando el tono resentido, dije:
-Usted nos ha alquilado una casa, señora, que, si hubiéramos sabido de antemano toda esta historia de las hormigas, se lo digo francamente... -y ahí corté, pensando que había sido bastante claro.
La señora ni siquiera alzó la mirada.
-La casa estuvo deshabitada durante mucho tiempo -dijo-. Es lógico que haya alguna hormiga argentina, las hay en todas partes... allí donde no se limpia bien. Usted -me dijo- me ha tenido colgada cuatro meses antes de darme respuesta. Si hubiera venido en seguida, ahora no habría hormigas.
Nosotros mirábamos la habitación casi a oscuras, con los cortinajes corridos y las persianas entornadas, las altas paredes revestidas de tapices antiguos, los oscuros muebles tallados, sobre los cuales, jarras y teteras de plata lanzaban breves centelleos, y nos parecía que aquella oscuridad, aquella pesada decoración, servían a esconder la presencia de ríos de hormigas que seguramente recorrían la vieja casa desde los cimientos hasta el tejado.
-¿Por qué usted, aquí -dijo mi mujer en tono insinuante, casi irónico-, no tiene hormigas?

Italo Calvino