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jueves, 27 de abril de 2017

El Paraíso perdido


El Paraíso perdido

Yo, estos poderes los tenía de muchacho. Me acuerdo muy bien de aquella conejera vacía, que era nuestro labora­torio: de mi hermano y mío. Teníamos lagartos en alcohol, mariposas clavadas con alfileres, en planchas de corcho, que no se movían apenas, durante días y días, aunque siempre estaban suspirando por librarse de aquellos clavos hasta que el dibujo de las alas las desaparecía con la esperanza; cami­sas de culebras, saltamontes atados a un hilo, ranas en una palangana con agua, que morían y se volvían de espalda, mostrando su indecente tripa blanca y palpitante; flores de todas clases, mustias en seguida por la nostalgia de los pra­dos, aunque las alimentábamos con aspirinas. Y hacíamos vivisecciones crueles, en las lagartijas, y autopsias de todos los otros bichos como buscando a la vida que se había ido inexplicablemente; y producíamos truenos artificiales con chapas de metal que dejábamos caer con arte, y lluvia de pé­talos para cuando decíamos misa, vestidos con casullas de periódicos y consagrábamos pan y agua. Y también tenía­mos una linterna mágica, que habíamos fabricado, y un imán, y un muñeco chico y otro chica, que se casaban o eran obispos y generales, monjas y reinas; y vendíamos pi­miento de ladrillo molido y aceite y velas, o enterrábamos a un pájaro sin plumas, que se había caído de un nido y po­níamos una cruz sobre su sepultura, al pie del moral. Y es­cuchábamos por las cerraduras lo que hacían los mayores, y, una vez, así asomados al misterio de las habitaciones cerra­das, vimos un equipo de novia, y, otro día, en la iglesia mi­ramos al Cristo del Miserere por debajo de las faldas, por­que tenía faldas como las chicas y a éstas también las mirá­bamos por debajo, pero no vimos nada, como no veíamos nada a las chicas, ni a las otras imágenes que tenían falda y no sabíamos entonces para qué servían las faldas.
Pero sabíamos, sin embargo, muchas cosas y teníamos po­deres sobre la naturaleza toda y experimentábamos el hielo, cuando, en invierno, se helaban las botellas de agua y los mol­des del hielo eran fantásticos cristales y abalorios en nuestras repisas de boticarios, como si algún genio, maestro en vidrie­ras, por la noche de enero, los hubiera tallado.
Sabíamos de dónde venían los niños y los pájaros o los perros que cuidábamos con biberón, y, en el otoño, ligába­mos a los chuchos callejeros y éramos demiurgos, escribía­mos poesías y hacíamos comedias y nos disfrazábamos de personajes o del tonto Muñomer que iba pidiendo por las casas y anunciaba las cosechas o los mellizos que nacerían y llevaba una brújula, pretendiendo que Arévalo siempre caía al norte y no fallaba. Pero, un día, Toño, nuestro veci­no, que era también nuestro inseparable amigo y ayudante fáustico, que trataba de resucitar las lagartijas después de las vivisecciones, acostándolas sobre las placas y haciéndoles la respiración artificial, se puso malo de la garganta y luego del vientre y tuvimos que ir a jugar con él a la cama. Y lue­go, otro día, ya no nos dejaron y, al otro, madre dijo que Toño estaba muerto y que nosotros, mi hermano y yo, lle­varíamos el ataúd blanco con bordes muy dorados con otros dos muchachos. Y fuimos y vimos cómo le bajaban a la fosa, al Toño, todo amarillo, con su traje azul marino que se manchó de pastel el día de la Primera Comunión; y su madre, llorando, nos dio luego un roscón y la cinta del ata­úd, que habíamos llevado, y cuando la fuimos a guardar en nuestro laboratorio ya las ranas y el lagarto grande estaban secos y la linterna mágica nos pareció un tubo engañoso y ridículo, y mi hermano dijo que lo que necesitábamos era una calavera de persona humana de verdad para estudiarla. Y así anduvimos años buscándola, sin otra obsesión, hasta que, un día, mi hermano cumplió quince años y dijo que, una noche después del Rosario, había besado a la Alicia, la hija del doctor, y que estaba bueno el beso y que ya no ne­cesitábamos calaveras, ni mariposas, ni ranas, ni poesías, ni ninguna otra cosa, sino una Alicia. Y yo le di la razón, por­que vi que aquel laboratorio nuestro era ya solamente una conejera abandonada y que aquellas cosas no eran nada más que cachivaches absurdos que nos habían entretenido como a niños ciegos y, además, mi madre dijo que quitásemos de allí aquellas porquerías, que iban a llevar conejos para criar. Y noté que a mi prima Carmencita le habían crecido los pe­chos y que sus labios se habían puesto más gruesos y que se­ría una Alicia para otros, aunque no para mí, aunque me gustaba, y, un día, cuando la besé, me puse colorado y me sofoqué. Y así me hice hombre, según dicen, y perdí mis an­tiguos poderes, que estaban en la conejera y nos compró Alicia con un beso. Pero ¡ahora!, Alicia se casó con un no­tario adinerado y nadie nos ha devuelto aquel viejo paraíso. Con mi hermano hace que no me hablo diez años por la mezquina herencia de mi padre y sobre todo porque él y su mujer se quedaron con el reloj del comedor que tenía una monja que montaba a caballo con un soldado napoleónico, cuando daba las horas enteras hasta las seis y luego de las seis en adelante se bajaba y se iba a su convento. Y ahora vivo solo, en el campo, mucho más desolado todavía por haber leído muchos libros. Pero estoy construyendo una co­nejera en mi casa para que los niños que viven aquí cerca hagan allí su mundo de gusanos de seda y renacuajos. A lo mejor, mirándolos, me crece, de nuevo, en las manos, el viejo Paraíso y pueda renovarlo: como cuando extendía mis alas para volar como un murciélago por las noches oscuras o cuando veía a los conejos, con gabán de cuadros y sombre­ro de copa, ir a pedirle a papá que nos dejara quietos y tran­quilos en la conejera, porque ni comer necesitábamos.

José Jiménez Lozano

martes, 25 de abril de 2017

25 de Abril - Portugal - Tile Passion


 A máquina extraviada

Você sempre pergunta pelas novidades daqui deste sertão, e finalmente posso lhe contar uma importante. Fique o compadre sabendo que agora temos aqui uma máquina imponente, que está entusiasmando todo o mundo. Desde que ela chegou - não me lembro quando, não sou muito bom em lembrar datas - quase não temos falado em outra coisa; e da maneira que o povo aqui se apaixona até pelos assuntos mais infantis, é de admirar que ninguém tenha brigado ainda por causa dela, a não ser os políticos.
A máquina chegou uma tarde, quando as famílias estavam jantando ou acabando de jantar, e foi descarregada na frente da Prefeitura. Com os gritos dos choferes e seus ajudantes (a máquina veio em dois ou três caminhões) muita gente cancelou a sobremesa ou o café e foi ver que algazarra era aquela. Como geralmente acontece nessas ocasiões, os homens estavam mal-humorados e não quiseram dar explicações, esbarravam propositalmente nos curiosos, pisavam-lhes os pés e não pediam desculpa, jogavam pontas de cordas sujas de graxa por cima deles, quem não quisesse se sujar ou se machucar que saísse do caminho.
Descarregadas as várias partes da máquina, foram elas cobertas com encerados e os homens entraram num botequim do largo para comer e beber. Muita gente se amontoou na porta mas ninguém teve coragem de se aproximar dos estranhos porque um deles, percebendo essa intenção nos curiosos, de vez em quando enchia a boca de cerveja e esguichava na direção da porta. Atribuímos essa esquiva ao cansaço e à fome deles e deixamos as tentativas de aproximação para o dia seguinte; mas quando os procuramos de manhã cedo na pensão, soubemos que eles tinham montado mais ou menos a máquina durante a noite e viajado de madrugada.
A máquina ficou ao relento, sem que ninguém soubesse quem a encomendou nem para que servia. E claro que cada qual dava o seu palpite, e cada palpite era tão bom quanto outro.
As crianças, que não são de respeitar mistério, como você sabe, trataram de aproveitar a novidade. Sem pedir licença a ninguém (e a quem iam pedir?), retiraram a lona e foram subindo em bando pela máquina acima - até hoje ainda sobem, brincam de esconder entre os cilindros e colunas, embaraçam-se nos dentes das engrenagens e fazem um berreiro dos diabos até que apareça alguém para soltá-las; não adiantam ralhos, castigos, pancadas; as crianças simplesmente se apaixonaram pela tal máquina.
Contrariando a opinião de certas pessoas que não quiseram se entusiasmar, e garantiram que em poucos dias a novidade passaria e a ferrugem tomaria conta do metal, o interesse do povo ainda não diminuiu. Ninguém passa pelo largo sem ainda parar diante da máquina, e de cada vez há um detalhe novo a notar.
Até as velhinhas de igreja, que passam de madrugada e de noitinha, tossindo e rezando, viram o rosto para o lado da máquina e fazem uma curvatura discreta, só faltam se benzer. Homens abrutalhados, como aquele Clodoaldo seu conhecido, que se exibe derrubando boi pelos chifres no pátio do mercado, tratam a máquina com respeito; se um ou outro agarra uma alavanca e sacode com força, ou larga um pontapé numa das colunas, vê-se logo que são bravatas feitas por honra da firma, para manter fama de corajoso.
Ninguém sabe mesmo quem encomendou a máquina. O prefeito jura que não foi ele, e diz que consultou o arquivo e nele não encontrou nenhum documento autorizando a transação. Mesmo assim não quis lavar as mãos, e de certa forma encampou a compra quando designou um funcionário para zelar pela máquina.
Devemos reconhecer - aliás todos reconhecem - que esse funcionário tem dado boa conta do recado. A qualquer hora do dia, e às vezes também de noite, podemos vê-lo trepado lá por cima espanando cada vão, cada engrenagem, desaparecendo aqui para reaparecer ali, assoviando ou cantando, ativo e incansável. Duas vezes por semana ele aplica kaol nas partes de metal dourado, esfrega, sua, descansa, esfrega de novo - e a máquina fica faiscando como jóia.
Estamos tão habituados com a presença da máquina ali no largo, que se um dia ela desabasse, ou se alguém de outra cidade viesse buscá-la, provando com documentos que tinha direito, eu nem sei o que aconteceria, nem quero pensar.
Ela é o nosso orgulho, e não pense que exagero. Ainda não sabemos para que ela serve, mas isso já não tem maior importância. Fique sabendo que temos recebido delegações de outras cidades, do estado e de fora, que vêm aqui para ver se conseguem comprá-la. Chegam como quem não quer nada, visitam o prefeito, elogiam a cidade, rodeiam, negaceiam, abrem o jogo: por quanto cederíamos a máquina. Felizmente o prefeito é de confiança e é esperto, não cai na conversa macia.
Em todas as datas cívicas a máquina é agora uma parte importante das festividades. Você se lembra que antigamente os feriados eram comemorados no coreto ou no campo de futebol, mas hoje tudo se passa ao pé da máquina. Em tempo de eleição todos os candidatos querem fazer seus comícios à sombra dela, e como isso não é possível, alguém tem de sobrar, nem todos se conformam e sempre surgem conflitos. Felizmente a máquina ainda não foi danificada nesses esparramos, e espero que não seja.
A única pessoa que ainda não rendeu homenagem à máquina é o vigário, mas você sabe como ele é ranzinza, e hoje mais ainda, com a idade. Em todo caso, ainda não tentou nada contra ela, e ai dele. Enquanto ficar nas censuras veladas, vamos tolerando; é um direito que ele tem. Sei que ele andou falando em castigo, mas ninguém se impressionou.
Até agora o único acidente de certa gravidade que tivemos foi quando um caixeiro da loja do velho Adudes (aquele velhinho espigado que passa brilhantina no bigode, se lembra?) prendeu a perna numa engrenagem da máquina, isso por culpa dele mesmo. O rapaz andou bebendo em uma serenata, e em vez de ir para casa achou de dormir em cima da máquina. Não se sabe como, ele subiu à plataforma mais alta, de madrugada rolou de lá, caiu em cima de uma engrenagem e com o peso acionou as rodas. Os gritos acordaram a cidade, correu gente para verificar a causa, foi preciso arranjar uns barrotes e labancas para desandar as rodas que estavam mordendo a perna do rapaz. Também dessa vez a máquina nada sofreu, felizmente. Sem a perna e sem o emprego, o imprudente rapaz ajuda na conservação da máquina, cuidando das partes mais baixas.
Já existe aqui um movimento para declarar a máquina monumento municipal - por enquanto. O vigário, como sempre, está contra; quer sabe a que seria dedicado o monumento. Você já viu que homem mais azedo?
Dizem que a máquina já tem feito até milagre, mas isso - aqui para nós - eu acho que é exagero de gente supersticiosa, e prefiro não ficar falando no assunto. Eu - e creio que também a grande maioria dos munícipes - não espero dela nada em particular; para mim basta que ela fique onde está, nos alegrando, nos inspirando, nos consolando.
O meu receio é que, quando menos esperarmos, desembarque aqui um moço de fora, desses despachados, que entendem de tudo, olhe a máquina por fora, por dentro, pense um pouco e comece a explicar a finalidade dela, e para mostrar que é habilidoso (eles são sempre muito habilidosos), peça na garagem um jogo de ferramentas, e sem ligar a nossos protestos se meta por baixo da máquina e desande a apertar, martelar, engatar, e a máquina comece a trabalhar. Se isso acontecer, estará quebrado o encanto e não existirá mais máquina.

 José J. Veiga

domingo, 23 de abril de 2017

Sant Jordi - 2017

Laura Becerril

Desván del Lector - Alba Estrada - Alba Estrada - Abril Fosalba

Víctor Puy - Carme Cases - María Puy - Mya Gaudioso

Débora Sebastián - Nerea Gelavert - Aimil Navarrete - María Portella

Raquel Jiménez - María Suelves - Sofía Rodríguez - Inés Lucena

 Palmira Bellido

Lola Molina - Mª Jesús Sánchez - Jordi Farré - Aida Vázquez

Marcapaginasporuntubo - Punt-a-punt - Punt-a-punt

 Ana Fontanals - Provi Jurado - Provi Jurado - Miquel Uyá

 Miquel Uyá

 Miquel Uyá

viernes, 21 de abril de 2017

Carlos III. Majestad y Ornato




Biografía anónima

A veces pensamos en las explosiones nucleares o en este planeta gas­tado que cuelga en el aire negro porque Dios es grande, y un estremeci­miento nos recorre enteros y nos dan ganas de ponernos a gritar, pero en seguida nos olvidamos y empezamos a imaginar otra vez todo lo que se­ríamos capaces de hacer si un día recibiéramos una carta de California, la­cónica, informándonos que un pariente desconocido nos acaba de legar un millón de dólares. En invierno esperamos el verano con impaciencia, pe­ro cuando estamos bajo el sol de enero, dorándonos, lentos, sin hacer na­da, empezamos a sentir que la mente gira alrededor de un agujero retrác­til, un maelstrom diminuto que tira hacia abajo o hacia adentro, en espiral, implacable. Después vienen los días iguales: trabajo, la escuela para los chicos, la posibilidad de un ascenso o un cambio súbito de direc­ción para nuestra vida, que discutimos cuidadosos con nuestras esposas en la cama, antes de dormir, o bien otro domicilio, un recuerdo, alguna fiesta en la que las primeras copas nos excitan un poco hasta el punto de hacernos decir locuras que nos envanecen un poco porque los demás las encuentran divertidas. Nuestro cuerpo cambia; si nos damos un baño a la mañana no pasa nada, porque hay que salir en seguida para la oficina y además estamos todavía un poco dormidos, pero a veces, de tarde, des­pués de habernos tirado un rato a la vuelta del trabajo porque esa noche iremos con nuestra mujer al cine o a cenar a la casa de unos amigos, nos quedamos un rato bajo el agua tibia y después miramos con atención nues­tro cuerpo desnudo en el espejo del baño o del ropero, en el dormitorio, mientras nos secamos. Con todo, nos mantenemos bastante bien. Un día que hubo revolución decidimos no trabajar y seguimos los acontecimien­tos con una radio a transistores, discutiéndolos. Nos acordamos muy bien de que nos acaloramos, sobre todo contra un tipo nuevo, joven, que no nos gustaba mucho porque tenía los dientes amarillos, medio carcomidos, y que un día, de golpe y porrazo, desapareció sin siquiera dar el preaviso o despedirse de sus compañeros. Ya ni nos acordamos de cómo se llama­ba. Si todo sale bien, el año que viene iremos al Brasil o a Punta del Es­te, en Uruguay. Cuando estamos melancólicos sacamos el auto y nos va­mos a dar unas vueltas por la ciudad, solos; si podemos, nos gusta incluso pasar el control caminero para internarnos en el campo, y una vez llega­mos hasta Esperanza. Era una noche de verano y la gente tomaba cerveza sentada en la vereda, en los bares desplegados alrededor de la plaza. A la vuelta, vimos cómo la luna blanqueaba el interminable trigo inmóvil, que parecía metálico. Dormimos muy bien y no soñamos nunca. En otros tiempos, antes de casarnos, nos sabían dar ataques de insomnio y veíamos los listones verdes y colorados de un letrero luminoso colarse a través de las hendijas de la celosía, intermitentes, y proyectarse en la pared blanca del dormitorio. Más problemas de salud, gracias a Dios, no hemos tenido nunca, ya sea porque no fumamos o ya sea por pura casualidad, y venimos manteniéndonos a salvo de esas cosas terribles que siempre les pasan a los otros. Cuando nuestra esposa queda embarazada nos entretenemos, el último mes, en poner el oído sobre su vientre y oír lo que se mueve adentro, el rumor de la criatura que empieza a preparar su desprendimiento y su caída hacia el interior de esta maravilla múltiple que es el mundo. Instintivamente, cerramos los ojos, palpitantes, aterrados, porque nos parece que de un momento a otro podremos oír, nítido, el estruendo de ese choque formidable.

Juan José Saer

miércoles, 19 de abril de 2017

Fundación Mapfre



La carrera de los motociclistas pacientes

En esta carrera no vence el más rápido, sino el más lento. Parecería fácil, al principio, ser el más lento de los motoci­clistas, pero no es fácil, porque no forma parte del tempera­mento de un motociclista ser lento o paciente.
Las máquinas se alinean en la salida, cada cual más equipada y costosa, con asientos de piel blanca y apoyabrazos, incrustaciones de caoba y cornamentas en la proa. To­dos estos accesorios las hacen tan impresionantes que es difícil no conducirlas a toda velocidad.
Cuando suena el disparo de salida, los corredores arran­can los motores y se ponen en marcha con extraordinario ruido, pero sólo ganan unos centímetros sobre la pista ca­liente y polvorienta, moviendo como patos sus botazas ne­gras para mantener el equilibrio. Los novatos abren latas de cerveza y empiezan a beber, pero los corredores experimen­tados saben que si beben se pondrán demasiado impacien­tes como para continuar la carrera. En vez de beber, oyen la radio, encienden televisores portátiles, y leen revistas y li­bros de evasión mientras siguen adelante, todos a la par, ni tan rápido como para perder la carrera, ni tan despacio como para detenerse, pues, de acuerdo con las reglas, las motocicletas deben avanzar en todo momento.
Al otro lado de la pista hay unos hombres llamados ve­rificadores que vigilan que nadie viole esta regla. Casi siempre, especialmente en el caso de un piloto verdaderamente experto, el movimiento de la máquina sólo puede percibir­se observando los surcos casi intangibles que los neumáti­cos delanteros abren en el polvo, y el polvo que levantan los neumáticos traseros. Los verificadores se sientan en sillones plegables que desplazan, cada pocos minutos, a lo largo de la pista.
Aunque la línea de llegada está sólo a noventa metros de distancia, cuando la tarde empieza a declinar las grandes máquinas siguen todavía apelotonadas hacia la mitad de la pista. Entonces, uno por uno los novatos se impacientan, aceleran el motor con feliz estruendo, y dejan que sus má­quinas los saquen de la inmóvil polvareda de sus compañe­ros con un latigazo que les echa hacia atrás la cabeza y hace volar los magníficos tupés engominados. En un instante cruzan la línea de meta y están fuera de la carrera, y, al otro lado de la línea, donde el polvo es más gris, lejos de los es­pectadores, lejos del grupo oscuro, fulgurante, perseverante de los motoristas más pacientes, asumen cierto aire de su­perioridad, aunque, en realidad, ahora que nadie los mira ya, se avergüenzan de no haber sido capaces de continuar la carrera.
El final de la carrera se decide siempre por foto-finish. El vencedor suele ser un veterano, no sólo en las carreras para lentos, sino también en las carretas para rápidos. Para un veterano es fácil construir un motor potente, calibrar la configuración y las condiciones de la pista, tomarle la me­dida a sus rivales, y adquirir la fortaleza suficiente para ga­nar carreras para rápidos. Mucho más difícil es entrenarse para la paciencia, templar lo nervios para la velocidad de la babosa, del caracol, tan lenta que, en comparación, el can­grejo se mueve como un caballo al galope y la mariposa como la flecha del rayo. Acostumbrarse a contemplar el mundo visible con un maravilloso potencial para la velocidad entre las piernas, y, sin embargo, avanzar con tanta lentitud que cualquier cambio de posición resulta prácticamente imperceptible y el mundo permanece también imperturbable, salvo por la luz que proyecta el sol en su viaje, y al final de la lenta jornada hasta el sol parece haber sido lanzado con un arco rapidísimo.

Lydia Davis

lunes, 17 de abril de 2017

Biblioteca Foral de Bizkaia




Antes del puente Río-Niterói

Pues sí.
Cuyo papá era amante, con su alfiler en la corbata, amante de la esposa del médico que atendía a la hija, es decir, de la hija del amante y todos lo sabían, y la mujer del médico colgaba una toalla blanca en la ventana, lo que sig­nificaba que el amante podía entrar. Si ponía una toalla de color, él no entraba.
Pero me estoy confundiendo toda o el caso es tan enredado que si puedo voy a desenredarlo. La realidad de éste es inventada. Pido disculpas porque además de contar los hechos también adivino y lo que adivino aquí lo escri­bo, escribana que soy por fatalidad. Yo adivino la realidad. Pero esta historia no es de mi cosecha. Es de la zafra de quien puede más que yo, humilde que soy.
Pues a la hija la invadió la gangrena en la pierna y tuvieron que amputársela. Jandira, de diecisiete años, fogo­sa como un potrillo y con hermoso cabello, estaba compro­metida. Apenas el novio vio la figura en muletas, toda ale­gre, alegría que no entendió que era patética, pues bien, el novio tuvo sencillamente el valor de deshacer el noviazgo sin remordimientos, pues lisiada no la quería. Todos, inclu­so la resignada mamá de la chica, le imploraron que fingie­ra que todavía la amaba, lo que -le decían- no sería tan penoso porque sería a corto plazo: es que la novia tenía vida a corto plazo.
Y después de tres meses -como si hubiera cumpli­do la promesa de no pesar en las débiles ideas del novio-, después de tres meses murió, bonita, con su cabellos sueltos, inconsolable, extrañando al novio y asustada con la muerte como niño que tiene miedo a lo oscuro: la muerte es una gran oscuridad. O tal vez no. No sé cómo es, aún no me muero, y después de morir no sabré. Quién sabe si no es tan oscura. Quién sabe si es un deslumbramiento. A la muer­te, a ésta me refiero.
El novio, conocido por su apellido Bastos, al parecer vivía -aun en el tiempo en que la novia no había muer­to-, vivía con una mujer. Y así continuó con ésta, hacién­dole poco caso.
Bien. Esa mujer ardiente un día tuvo celos. Y era refinada. No puedo no advertir los detalles crueles. Pero ¿dónde estaba yo que ya me perdí? Sólo empezando todo de nuevo, en otro renglón y en otro párrafo para comenzar mejor.
Bien. La mujer tuvo celos y mientras Bastos dor­mía, por el pico de la tetera, le vació agua hirviendo dentro del oído. Sólo tuvo tiempo de dar un berrido antes de desmayarse, berrido, el cual podemos adivinar que era el peor que daba, como un grito de animal. Bastos fue llevado al hospital y permaneció entre la vida y la muerte, ésta en lu­cha feroz con aquélla.
La mujer hombruna, llamada Leontina, pasó un año y pico en la cárcel.
De donde salió para encontrarse, ¿adivinen con quién? Pues fue a reunirse con Bastos. En ese entonces, un Bastos consumido y, claro, sordo para siempre, él, que no perdona­ba ningún defecto físico.
¿Qué sucedió? Pues volvieron a vivir juntos, amor para siempre.
En cuanto a esto, la niña de diecisiete años, muerta hace mucho tiempo, sólo dejó huella en la madre desgra­ciada. Y si me acordé de la muchachita fuera de tiempo, es por el amor que siento por Jandira.
Ahí es cuando entra el papá de ella, como quien no quiere nada. Siguió siendo el amante de la mujer del médi­co, quien había tratado a su hija con devoción. Hija, quiero decir, del amante. Y todos lo sabían, el médico y la mamá de la ex novia muerta. Creo que me perdí de nuevo, está to­do un poco confuso, pero ¿qué puedo hacer?
El médico, incluso sabiendo que el papá de la mucha­chita era el amante de su mujer, había cuidado mucho a la no­viecita demasiado asustada con la oscuridad de la que hablé. La esposa del papá -por tanto, mamá de la ex noviecita-­ sabía de las elegancias adulterinas del marido que usaba reloj de oro en el chaleco, un anillo que era una joya y un alfiler de brillante en la corbata. Negociante acomodado, como se di­ce, pues las gentes respetan y saludan con amplia deferencia a los ricos, a los victoriosos, ¿no es así? Él, el papá de la chica, vestido con traje verde y camisa color de rosa de rayitas. ¿Có­mo es que lo sé? Vaya, simplemente sabiendo, como lo hace la gente con la adivinación imaginativa. Lo sé y listo.
No puedo olvidar un detalle. Es el siguiente: el aman­te tenía al frente un pequeño diente de oro, por puro lujo, y olía a ajo. Toda su aura era ajo puro, pero la amante no le daba importancia, lo que quería era tener amante, con o sin olor a comida. ¿Cómo lo sé?  Sabiendo.
No sé qué fin tuvieron esas personas, no tuve más noticias. ¿Se disgregaron? Pues es una historia antigua y tal vez ya haya habido fallecimientos entre ellas, entre esas perso­nas. La oscura, oscura muerte. Yo no quiero morir.
Agrego un dato importante y que, no sé por qué, explica el maldito lugar de nacimiento de toda esta histo­ria: ésta ocurrió en Niterói, con las tablas del muelle siem­pre húmedas y ennegrecidas, y con el vaivén de sus barcas. Niterói es un lugar misterioso y tiene casas viejas, oscuras. ¿Y ahí pudo haber sucedido lo del agua hirviendo en el oí­do del amante? No lo sé.
¿Qué hacer de esta historia que sucedió cuando el puente Río-Niterói no pasaba de ser un sueño? Tampoco lo sé, la doy de regalo a quien la quiera, pues estoy asqueada de ella. Hasta demasiado. A veces me da asco la gente. Des­pués pasa y me siento de nuevo curiosa y atenta.
Y es tan sólo eso.

Clarice Lispector