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sábado, 21 de octubre de 2017

I.E.S. Virxe do Mar - Casa da Gramática




Vino de lejos

Tres años ya de misión en Guinea, pocos blancos a su alrededor y muchos deseos de volver, de ver a los suyos.
El permiso le llegó al último momento, y le pareció imposible pensar que aquel 24 de diciembre fuera a pasarlo sentado alrededor de la gran mesa familiar, con los padres, con los otros hermanos más jóvenes que él.
Llegó por la tarde, sin avisar, contento de dar la sorpresa. Pero antes de ir a su casa debía cumplir con el encargo. No era agradable. El individuo le resultó siempre repulsivo. Era un blanco, un muchacho joven, enfermo de fiebres y constantemente borracho. En la plantación nadie le quería. Pero él, como médico, tuvo que tratarle. Por frases deshilachadas supo que en España le aguardaban mujer e hijos a los que abandonó años antes.
El individuo había muerto dejando deudas, mal recuerdo, su alianza de oro. También una pequeña foto en donde el rostro fino de una mujer aparecía al lado del de dos niños. Y un sobre con la dirección de los suyos, de los que dejó, como si presintiera que jamás tornaría a su lado.
Tomó un taxi, acomodó en él su equipaje y dio unas señas. «Antes que nada —pensó— vale más terminar con este enojoso asunto.»
Ella no esperaba a nadie.
Desde los primeros tiempos del matrimonio fue desdichada con él, como si la felicidad se le negara por lo difícil, y en todo caso resultase fuera de su alcance. Ni siquiera los dos chicos, nacidos en aquellos primeros y únicos tres años de convivencia, remediaron el carácter del hombre huraño y bebedor. Aprendió a callar, a sufrir, y el día en que se supo definitivamente abandonada pensó que quizá fuera mejor así.
A los niños podría explicarles cualquier cosa: que el padre viajaba; que lo habían destinado a un lugar malsano, y que muy pronto regresaría para nunca más separarse de ellos.
Durante unos años, engañarles fue muy fácil. Se puso a trabajar y la sonrisa volvió a sus labios. Una sonrisa entristecida, derrotada, que los niños tomaron por contento.
—¿Volverá pronto papá?
—Pronto, hijos míos.
—¿Para Navidad?
—Quizá llegue para Navidad.
—¿Y nos traerá regalos?
—Claro. El día que papá llegue volverá lleno de regalos.
Ni una simple carta tuvo durante los años de ausencia. El mayor de los chicos cumpliría pronto los siete años. El menor tenía seis,
Preparaba la cena cuando sonó el timbre. Dijo al mayor de los chicos:
—Abre la puerta.
El pequeño corrió tras el hermano, y ella, desde la cocina, aguzó el oído.
—¡Papá! ¡Papá! —gritaban los chicos.
Y un tumulto de frases y palabras de alegría retumbó en la casa.
Las piernas le flaquearon. La sonrisa se heló en el rostro, empalidecido de pronto, y tuvo que sentarse. Los gritos de gozo de los chicos le llegaban a través de una niebla miedosa. Creyó oír, entre los niños, la voz aborrecida del hombre que la abandonó. Y eso, no. No podía ser. Los años, si no dicha, le aportaron el sosiego. Él no podía, no tenía ningún, derecho a turbar de nuevo esa paz tan duramente adquirida.
Se irguió entonces.
«Le echaré de casa —se dijo—. Ya no es nada para nosotros. Le aborrezco.»
Muy pálida, con deseos de gritar siquiera una sola vez su desprecio, llegó a la entrada.
Un hombre desconocido acariciaba a sus dos pequeños, el asombro pintado en su cara, infinita piedad en los ojos. Buscó la mirada de la mujer, implorando silencio.
Los dos chiquillos se apretujaban contra el recién llegado, sonreían a la madre, decían a gritos:
—Papá ha llegado. Papá ha llegado.
Interpelaban al hombre.
—Mamá dijo que llegarías en Navidad. Y que traerías regalos.
El hombre se acercó a ella, rozó su frente con los labios. Luego le pidió que secara sus lágrimas. Y entonces dijo a los niños:
—Dejadme un momento, un momento nada más con vuestra madre. Si os portáis bien, tendréis los regalos.
—¿Por qué ha hecho eso? —preguntó ella.
—No lo sé. No he tenido tiempo de pensarlo.
—¿Y qué explicación daremos a los chicos?
—Ninguna,
—Ellos querrán que cene esta noche con nosotros. Les he estado diciendo, durante estos últimos años, que el día que su padre regresara no volvería a marcharse.
—El padre de los niños no volverá nunca.
—¿Nunca?
—Nunca —repitió él.
Y le dio cuanto dejó el hombre borracho de la plantación: la alianza de oro y la pequeña foto.
—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó ella entonces, con paz nueva recién llegada a ella, dolida por su ausencia de dolor.
—Lo que ellos han deseado durante este tiempo. Me quedaré a cenar. Me iré cuando estén dormidos.
—¿Y mañana?
—¿Mañana? No lo sé aún. Tenemos la noche para pensarlo.
—¿Y sus padres? Le están esperando.
—No importa.
—Les privas de una ilusión muy grande.
El hombre sonrió.
—Doy una mayor a sus niños. No discuta. En casa somos muchos hermanos, y sus chicos, en cambio, sólo tienen un padre. Quisiera el sitio de ese padre en la cena de hoy.
—Era un hombre indigno —comentó ella con voz llena de lágrimas.
—Lo sé. Pero ellos no lo saben. Por favor, no les diga nada. Cállese una noche más y mañana veremos.
Y, ante la duda de ella, añadió:
—Se lo ruego.

Carmen Kurtz

jueves, 19 de octubre de 2017

Marrecs de Salt



 
La tortura de la esperanza 

¡Una voz, una voz para hablar! 
EDGAR ALLAN POE, 
«El pozo y el péndulo» 

Hace ya muchos años, al caer la noche, el venerable Pedro Arbuez d'Espila, sexto prior de los dominicos de Segovia y tercer Gran Inquisidor de España, seguido de un fraile redentor (maestro de la tortura) y precedido por dos asistentes del Santo Oficio provistos de faroles, descendió a un calabozo escondido bajo las bodegas del provisor de Zaragoza. Chirrió la cerradura de la enorme puerta y la comitiva entró en una pestífera mazmorra subterránea. Un rayo de luz proveniente de lo alto iluminaba, entre los anillos empotrados en las paredes, un potro ennegrecido en sangre, un brasero y una vasija de barro. Sobre un lecho de excremento, sujetado por grilletes y con un aro metálico en el cuello, se encontraba sentado, lleno de terror, un hombre en harapos de edad incierta. 
El prisionero era el rabí Aser Abarbanel, un judío aragonés acusado de usura y de sacrílego menosprecio hacia los pobres, y hacía más de un año que era sometido diariamente a la tortura. Sin embargo, «siendo su obstinación tan dura como su pellejo", rehusaba retractarse. 
Orgulloso de su linaje milenario y de sus antiguos ancestros -ya que todos los judíos dignos de llevar tal nombre se vanaglorian de su sangre- descendía, según el Talmud, de Otoniel, juez de Israel, y en consecuencia de Ipsíboe, esposa de éste, lo cual acrecentaba su valor en los momentos más terribles del incesante suplicio. 
El venerable Pedro Arbuez d'Espila, considerando que un alma tan contumaz quedaba excluida de la salvación, se aproximó con los ojos bañados en lágrimas al rabí tembloroso: 
-Hijo mío, alégrate: tus agonías llegarán pronto a su fin. Aunque muy a mi pesar me vi obligado a permitir, ante tu obcecación, el empleo de las torturas más severas, mi tarea como corrector fraternal tiene sus límites. Tú eres como la higuera reacia que se abstiene de dar frutos y termina por marchitarse... pero sólo Dios puede juzgar tu alma. Quizá la Infinita Clemencia te ilumine en el instante supremo. ¡Tenemos fe! Ha ocurrido antes... ¡Así sea! Descansa en paz esta noche. Mañana formarás parte del auto de fe: serás expuesto en el quemadero, hoguera premonitoria del Fuego Eterno: ésta tarda en quemar, como bien sabes hijo mío, y la muerte demora, por lo menos, dos horas (a veces tres) en consumarse. Las mantillas humedecidas y heladas con que preservamos las frentes y los corazones de los holocaustos son la causa de la dilación. En total serán nada más que cuarenta y tres víctimas. Toma en cuenta que, situado en la última fila, tendrás el tiempo necesario para invocar a Dios, y para ofrendarle este bautismo de fuego que pertenece al Espíritu Santo. Ten esperanza en la Luz, pues, y duerme. 
Cuando don Arbuez terminó de hablar, dio la orden de desencadenar al desgraciado, y lo abrazó con ternura. Luego llegó el turno del fraile redentor quien, en voz baja, le pidió perdón al judío por los tormentos que le había ocasionado con el fin de redimirlo. Enseguida, los dos asistentes lo estrecharon entre sus brazos, y le dieron un silencioso beso a través de las capuchas. Terminada la ceremonia dejaron al prisionero, solo y desconcertado, en la más absoluta oscuridad. 
El rabí Aser Abarbanel, con los labios resecos y el rostro embrutecido por el sufrimiento, miró, de repente, sin ninguna intención en particular, la puerta cerrada. «¿Cerrada?» Aquella palabra, sin que se diera cuenta, despertó en sus confusas cavilaciones una quimera. Había vislumbrado, durante un instante, el destello de los faroles en las fisuras de la puerta. Una mórbida sensación de esperanza, producto del agobio de su mente, conmovió todo su ser. Se arrastró hacia la insólita visión. Con sumo cuidado, deslizó suavemente el dedo en la abertura de la puerta y la atrajo hacia sí... ¡Oh, prodigio! Por una casualidad extraordinaria, el asistente había girado la gruesa llave antes de que el armazón pegara contra el dintel de piedra, de modo que el pestillo oxidado no había logrado entrar en el cerrojo, y la puerta del calabozo se abrió una vez más. 
El rabí lanzó una temeraria mirada hacia el exterior.  
Al amparo de la oscuridad blanquecina descubrió, de inmediato, un semicírculo de paredes de adobe horadadas por escalones en espiral; y frente a éste, cinco o seis peldaños de piedra que conducían a una especie de portal negro con acceso a un gran corredor, cuyos arcos sólo eran visibles desde abajo. 
Agachándose, se deslizó hasta el nivel del umbral. Sí, era un pasillo, aunque su longitud era desmesurada. Una luz exangüe, el fulgor de un espejismo, lo alumbraba: las lamparillas suspendidas en la bóveda daban por momentos un tono azulado a la tonalidad brumosa del ambiente, mientras que el fondo lejano permanecía en la sombra. ¡No había una sola puerta en el largo pasadizo! A un solo lado, a su izquierda, tragaluces enrejados, hundidos en la pared, dejaban pasar una claridad encendida, tal vez la caída de la tarde, pues múltiples líneas rojas rayaban el enlosado. ¡Y qué silencio tenebroso! Sin embargo, abajo, en lo profundo de las tinieblas, una salida podría significar su libertad. La esperanza vacilante del judío era firme, puesto que era la última. 
Sin dudar un instante, se aventuró por las baldosas, bordeando la pared de los tragaluces, a la vez que se esforzaba por confundirse en el lóbrego color del largo murallón. Avanzaba con lentitud, arrastrándose sobre el pecho, y hacía lo imposible para no gritar cuando alguna de sus heridas se abría y lo punzaba. 
De pronto, el ruido de una sandalia llegó hasta él a través del eco del sendero de piedra. Lo sacudió un temblor, sintió que la ansiedad lo sofocaba y se le nubló la vista. ¡Bueno! Era el fin, sin duda alguna. Se acurrucó súbitamente en un grieta y, casi muerto de miedo, esperó. 
Era un asistente que caminaba con apuro. Pasó rápidamente, con unas tenazas de tortura en la mano y la capucha baja, terrible, y desapareció. El miedo que tomó por sorpresa al rabino había suspendido sus funciones vitales y estuvo alrededor de una hora sin poder moverse. Acuciado por el temor de sufrir peores tormentos si era descubierto, pensó en volver al calabozo. Pero la vieja esperanza le susurró en el alma aquel divino «Quizá», que reconforta en los tiempos de mayor aflicción. ¡Había ocurrido un milagro! No debía dudar más. Volvió a arrastrarse en busca de la posible huida. Estaba extenuado por el sufrimiento y el hambre; no obstante, temblando de angustia, siguió adelante. El corredor sepulcral parecía alargarse misteriosamente... Pero él, sin dejar de avanzar, miraba siempre la sombra, a lo lejos, donde tendría que estar la salida redentora. 
¡Oh! Nuevamente resonaron pasos, pero esta vez más lentos y más ruidosos. Las siluetas blancas y negras de dos inquisidores, con largos sombreros de alas enrolladas, se le aparecieron desde el fondo del brumoso ambiente. Conversaban en voz baja y parecían discutir sobre un tema importante, pues agitaban las manos con vehemencia. 
El rabí Aser Abarbanel cerró los ojos, mientras el corazón le latía en el pecho con violencia. Sus harapos se empaparon en el frío sudor de la agonía. Se quedó inmóvil, atónito, tendido a lo largo de la pared bajo la débil luz de una lamparilla, estático, implorando al Dios de David. 
Los dos inquisidores se detuvieron bajo la luz del farol en el punto donde él se encontraba. Casualidad increíble, sin duda, originada por la discusión que mantenían. Uno de ellos, mientras escuchaba a su interlocutor, posó la vista sobre el rabino. Bajo aquella mirada de expresión distraída, incomprensible al principio, el infeliz creyó sentir de nuevo las tenazas ardientes en su mísera carne. Se convirtió una vez más en lamento y en llaga. Desfalleciente, sin poder respirar, con párpados temblorosos, se estremeció ante el roce del hábito del clérigo. Pero, cosa extraña y a la vez natural, los ojos del inquisidor eran a todas luces los de un hombre profundamente preocupado por las palabras que deseaba responder, absorto ante lo que escuchaba. Se mantuvieron fijos y recorrieron las formas del judío sin notarlo siquiera. 
Al cabo de unos minutos, los dos siniestros inquisidores continuaron su camino, a paso lento, y siguieron conversando en voz baja mientras se dirigían al semicírculo desde donde el cautivo había iniciado su escape. ¡No lo habían visto! Y entonces, en el atroz desconcierto que aturdía sus sentidos, se le cruzó por la mente una idea: «¿Acaso estoy muerto y por eso nadie puede verme?». Una horrible imagen lo despertó del letargo: de cara a la pared, creyó ver frente a él dos feroces ojos que lo observaban. Echó la cabeza hacia atrás en un frenético y brusco arrebato, con los pelos de punta... ¡No! ¡No! Su mano tanteó las piedras en busca de respuesta: era el reflejo de los ojos del inquisidor, que, aún impresos en su retina, creía percibir en dos manchas de la pared. 
¡Adelante! Era necesario que se apresurara hacia donde su imaginación enfermiza le indicaba que habría de encontrar la liberación. Solamente lo separaban de las sombras unos treinta pasos. Reanudó la marcha, con mayor rapidez, y recorrió la dolorosa vía de rodillas, de manos, de vientre, y pronto llegó a la parte oscura de aquel terrorífico pasillo. 
De repente, el miserable sintió un viento helado sobre las manos apoyadas en las baldosas: el frío provenía de una fuerte ráfaga de aire que fluía por debajo de una puerta al final del corredor. ¡Oh Dios, si la puerta se abriera desde afuera! El alma del lastimero fugitivo se debatía en el vértigo de la esperanza. Examinó la puerta de arriba abajo, sin poder distinguirla con precisión por la oscuridad que la envolvía. Tanteó: ni había cerrojo ni cerradura. ¡Una aldaba...! Se puso de pie: el picaporte cedió bajo su mano y la puerta se abrió silenciosamente delante de él. 
-¡Aleluya! -murmuró el rabino con un inmenso suspiro de gratitud, parado en el umbral, ante la vista que se le ofrecía. 
La entrada daba a unos jardines bajo la noche estrellada. ¡La primavera! ¡La libertad! ¡La vida! Se veía el campo cercano, que se extendía hacia los cerros cuyas sinuosas líneas azules se perfilaban en el horizonte. Más allá, la salvación. ¡Ah, escaparse! Corrió durante toda la noche por los bosques entre el perfume de los limoneros. Cuando llegara a las montañas estaría a salvo. Respiraba el dichoso aire puro y lo reanimaba el viento; sus pulmones volvían a la vida. Oía, en su corazón henchido, el Veni foras de Lázaro. Y, para bendecir más aún al Dios que le concedía tal misericordia, extendió los brazos y elevó los ojos al cielo. ¡Era un éxtasis de felicidad! 
Entonces, creyó ver la sombra de sus propios brazos yendo hacia él. Le pareció sentir que aquellos brazos lo rodeaban... Y que alguien lo apretaba cariñosamente contra el pecho. Una figura alta se encontraba, en efecto, muy cerca de él. Confiado, bajó la vista hacia aquel personaje... y quedó jadeante, inquieto, la mirada triste, grave, resoplando mientras babeaba de miedo. 
¡Qué horror! Estaba en brazos del Gran Inquisidor en persona, el venerable Pedro Arbuez d'Espila, que lo miraba, con gruesas lágrimas en los ojos y con la expresión del buen pastor que acaba de encontrar a la oveja descarriada. 
El sombrío clérigo estrechó contra su corazón al infeliz judío, en un impulso de caridad tan fervorosa que las púas de su cilicio monacal restregaron el pecho del dominicano por debajo del hábito. Y, al mismo tiempo, el rabí Aser Abarbanel, con los ojos en blanco, mientras gemía angustiosamente en los brazos del ascético don Arbuez, comprendió en su confusión que cada momento de esa fatal noche había sido parte de una tortura urdida con premeditación: la de la Esperanza. 
El Gran Inquisidor, en tono de duro reproche y mirada consternada, le murmuró al oído, con su aliento ardiente y seco por el ayuno: 
-Pero ¿cómo, hijo mío? En la víspera de tu salvación, ¿querías acaso abandonarnos? 

Auguste Villiers de L'Isle Adam