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domingo, 19 de noviembre de 2017

Capital Decor



Kalimán el magnífico y la pérfida Mesalina

Todo empezó un mediodí­a de abril cuando oí­ dentro de mi cabeza aquellas voces extrañas queriendo comunicarme sus mensajes. Entonces yo trabajaba de tipógrafo, el único oficio que habí­a conocido desde niño. Aturdido por el desconcierto me desmayé, arrastrando en mi caí­da el chibalete. Los tipos de bronce se desparramaron por el suelo y tuve que pasar la tarde entera reponiéndolos en las cajas. – Será de hambre que te desmayaste -me dijo lleno de lástima José de Arimatea, el prensista, que habí­a corrido en mi auxilio al oí­r el desbarajuste. Y era cierto que no habí­a desayunado esa mañana como tantas otras mañanas en que me presentaba a la tipografí­a con el estómago vací­o. Eran siete bocas las que tení­a que alimentar para entonces porque mi mujer quedaba preñada con una sola de mis miradas, aunque fueran miradas inocentes. Por lo menos, era lo que yo creí­a en aquel tiempo. Traté de explicarle a José de Arimatea que el hambre no era la causa de mi desvanecimiento, sino que aquellas voces habí­an entrado en tropel tan desenfrenado en mi cabeza que mi mente no habí­a podido soportar la impresión de semejante novedad. – Así­ es el hambre, hermano -insistió él-. Te hace oí­r voces y ver visiones. Es lo que le pasaba a los santos ermitaños. Ya repuesto del susto, y mientras me dedicaba a recoger los tipos para devolverlos a las cajas, leyendo con paciencia las í­nfimas cabecitas según cada letra, las voces volvieron a dejarse oí­r, ya más sosegadas. En adelante -me explicaron- ellas iban a concederme la gracia de la adivinación. Pero mis poderes no iban a tener que ver con el número premiado de la loterí­a, ni con enterramientos de tesoros, sino con las perfidias de amor, las pasiones infieles y los ardides del corazón. Yo debí­a ir por el mundo desengañando a aquellos que, ví­ctimas inocentes de conspiraciones traidoras, ignoraban las viles tramas que llenaban de sombras malignas sus vidas. Ellas iban a dictarme nombres, escondites de cartas comprometedoras, sitios clandestinos donde se consumaban las traiciones. Identificarí­a a las mujeres adúlteras, descubriendo en sus rostros las huellas del pecado que nadie más que yo percibirí­a; y aun antes de enfrentarlas, las voces, convertidos en gemidos de angustia, me advertirí­an de su odiosa presencia, así­ como me revelarí­an el sino de los hombres engañados con sólo verlos levantar la cortina al entrar en mi consultorio. Porque aquella misma tarde decidí­ abrir mi consultorio de adivino y abandonar el oficio de tipógrafo. Una vez que terminé de reponer en las cajas los tipos como despedida compuse la papeleta que José de Arimatea, incrédulo aún de mis facultades, y burlesco como siempre, imprimió en tinta ciclamen, según mis indicaciones. – Ese oficio de andarte metiendo en las vidas ajenas te va a costar caro -me advirtió. Pero yo no estaba para detenerme a oí­r consejos que no fueran los de las voces aliadas. Le robamos al propietario de la imprenta media resma de papel celeste, del mismo que serví­an para imprimir los programas de los circos. El nombre de adivinador que escogí­ – Kalimán el magní­fico- , lo puse en los encabezados, en tipos de fantasí­a, y debajo, la dirección de mi casa en el barrio de Campo Bruce, el único sitio donde podí­a abrir mi consultorio pese a todas las inconveniencias del caso. El propietario de la imprenta se dio cuenta del robo a la mañana siguiente, cuando ya decidido a emprender mi nueva vida de adivinador me presenté en el taller a reclamar mi liquidación, confiado además en poder llevarme los paquetes de papeletas que José de Arimatea ya tení­a traspuestos en el cajón de los desperdicios de papel. Al propietario, Don Nicomedes, lo llamábamos a sus espaldas Basilisco, dado su carácter sulfuroso, y ya pueden imaginarse el respeto forzado con que José de Arimatea y yo lo tratábamos. Muy receloso en el control de los materiales, contaba las remesas de papel todas las mañanas, y al notar la falta nos puso en confesión. Como no lograba sacarnos nada, se dedicó a registrar todos los rincones, y ya iba directo al cajón de los desperdicios cuando las voces se presentaron en mi auxilio. Urgidas, me aconsejaron que debí­a revelarle el amargo secreto de que su hija de catorce años iba a fugarse con un hombre casado. En lugar de mostrarse agradecido, como era mi esperanza, más violenta fue su furia. Enardecido por mi atrevimiento abandonó la búsqueda y corrió a su escritorio a sacar de la gaveta una pistola con la que me apuntó, decidido a matarme. Maldije entonces a las voces, y como después va a quedar patente, no iba a ser la única vez que habría de maldecirlas. Pensé que me habí­a quedado para siempre sin habla, mientras esperaba mi fin, pero las voces hicieron el milagro de que me salieran las palabras para decirle, en un balbuceo, que buscara la carta del malhechor en el bulto escolar de la niña, metida entre las páginas del libro de gramática de G.M. Bruño. Mientras tanto, José de Arimatea, acobardado, se habí­a pegado contra la pared. Basilisco me insultó otra vez, pero ya habí­a cierto asomo de duda en su semblante. -Camina -me ordenó. Y poniéndome el cañón de la pistola en las costillas me hizo atravesar la puerta que separaba su vivienda de la tipografí­a. La niña estaba por irse al colegio, y hoy que me acuerdo de la trampa que le habí­a tendido mi portento a la pobre criatura, aún siento lástima por ella; aunque en aquel momento de angustias ni lástima de mí­ mismo tuve tiempo de sentir. La niña, de pie junto a la mesa del comedor, ya el bulto a la espalda, donde permanecí­a escondido el cuerpo del delito, bebí­a su café soplando a cada sorbo la taza enlozada. Basilisco obligó a la niña a entregarle el bulto y la mandó a encerrarse en el aposento, entre los llantos y reclamos de la esposa y de la criada, a las que también ordenó alejarse, mientras seguí­a sonando a todo volumen el tocadiscos que la señora poní­a desde la hora del desayuno con su canción preferida del Trí­o Los Panchos, Flor de Azalea. Apuntándome con la pistola me hizo abrir el bulto y desparramar los libros y cuadernos sobre el piso, hasta que de entre las páginas de la gramática salió a volar la carta perfumada. Las voces, mientras tanto, se trocaron en risas chavacanas, celebrando no sé si mi desdicha o mi primer éxito de adivino. Basilisco la leyó, con la cara descompuesta, y ya no fue a mí­ a quien quiso matar sino a José de Arimatea, porque era él el firmante de la propuesta traicionera, aunque yo no habí­a alcanzado a identificar su nombre en mi profecí­a. Y demás está decir que Basilisco, blandiendo en alto la pistola, corrió hacia la tipografí­a en su busca, sin encontrarlo, demás está decirlo también, porque al no más verme desaparecer cautivo por la puerta, manos arriba, José de Arimatea habí­a emprendido la fuga en su ropa de fajina dejando colgada en el clavo del tabique su mudada catrina. José de Arimatea, en la calle, era el catrí­n entre los catrines, un enamorado empedernido vestido siempre de blanco, la concertina en la bolsa trasera del pantalón, que sacaba siempre en auxilio de sus lances. Y mientras yo me quedaba dentro de la casa, los ojos apretados para saber lo que las voces tení­an que ordenarme, y cabe decir que se obstinaron en callar, mi ensayo de trance fue roto por los disparos que sonaron desde la calle. Di por muerto a José de Arimatea, equivocación que compartió la esposa de Basilisco, porque corrió como una loca, en camisón, atropellando los muebles. -¡Me lo mataste, cobarde, me lo mataste! -gritaba en desafuero mientras alcanzaba la puerta Revelación que tampoco me habí­a sido dictada por las voces, así­ serí­an otras veces de veleidosos mis poderes. Armándome de valor yo corrí­ tras ella. Pero no habí­a matado Basilisco a José de Arimatea sino que furioso, al no encontrar rastros suyos en la calle, se habí­a contentado con descargar su pistola al aire, espantando a los zanates que rondaban los aleros. Por lo visto, la fatalidad perseguí­a a aquella casa. Las voces aparecieron, otra vez ente risas sofocadas, para recomendarme que mejor me alejara cuanto antes del lugar de los hechos, no sin antes insuflarme el valor suficiente para penetrar en la tipografí­a. que habí­a quedado desierta, en el afán de recoger los paquetes de papeletas. Así­ lo hice, aprovechando el momento en que Basilisco, a falta de tiros, forzaba del pelo a la infiel para arrastrarla de vuelta a la casa; y ya adentro todo fue un estrellarse de sillas y quebrar de trastos. La primera víctima de aquel mar de destrozos fue el tocadiscos, mismo que calló para siempre, lanzado violentamente al piso. Mientras tanto, yo me fui, cargando en la cabeza los paquetes. Hasta entonces comprendí­, sin que las voces me lo dijeran, el porqué de aquel eterno cantar del Trí­o Los Panchos, con su flor de azalea, la más amarga desesperación, que empezaba apenas José de Arimatea poní­a pie en la tipografí­a y que no cesaba hasta que la prensa se apagaba al atardecer, cuando, a manera de despedida, él tocaba la misma melodí­a en su concertina, arrimándose a la puerta medianera. Y comprendí­ el porqué de aquellas sopas de gallina que le enviaba la enamorada, ya lejos la hora del almuerzo, cuando Basilisco roncaba su siesta. Sopas, que dicho sea de paso, jamás fueron para mí­, a pesar de mis respetuosas cortesí­as para con ella. La muy pérfida, no se dignaba compadecerse de mi hambre. Pero aún no habí­a descendido sobre mí­ el poder de la adivinación conferido por las voces, acerca de cuya constancia y fidelidad, tengo, de todas maneras, tantas quejas. Y hasta ahora entiendo que si un error cometió la infiel, fue utilizar a su tierna hija como correo de las sopas. La niña, sonriente, se acercaba a la prensa llevando el tazón caliente, con el cuidado de no derramarlo, y esperaba hasta que José de Arimatea se la bebí­a toda, sin convidarme, mientras cuchicheaban los dos, apartados de mis oí­dos. Después, como despedida, le regalaba una interpretación de Flor de Azalea con la concertina, ajena la madre a todos aquellos coloquios porque, seguramente, su oficio estaba en vigilar los ronquidos de Basilisco junto a la puerta del dormitorio, temerosa de que no fuera a despertarse antes de tiempo. Kalimán el Magní­fico, en poco tiempo se hizo famoso en la ciudad de Managua, capital de la república, y lugares circunvecinos. La dirección de la humilde vivienda de este servidor en el barrio Campo Bruce, pregonada en las papeletas, se convirtió en obligado punto de atracción para todos aquellos que querí­an saber si eran dichosos o infelices en las suertes del amor, si viví­an en la verdad, o en el engaño. Gracias a las voces, atraje sobre mi amistades eternas por los favores concedidos, y por igual, inquinas peligrosas, porque al descifrar los arcanos de la infidelidad alguien salí­a necesariamente perjudicado. Era difí­cil entenderme con las voces, entre la algarabí­a de los crí­os que berreaban y peleaban, y entre los gritos aguardentosos de mi mujer que dada a la bebida, se comportaba de manera hostil con los clientes, a pesar de que los emolumentos percibidos le reparaban beneficios, pródiga ahora en comprarse vestidos de tafetán, lápices de labio y coloretes, aunque se olvidara de mi almuerzo, enemiga como se volvió de acercarse a la cocina para no arruinar el esmalte de sus uñas, porque pintarse las uñas, que se habí­a dejado crecer como navajas peligrosas, era una de sus ocupaciones favoritas. Si me atreví­a a reclamarle, enderezaba sus inquinas contra mi, burlándose a carcajadas del turbante de seda adornado con un broche artí­stico, que yo habí­a elegido como la pieza principal de mi atuendo. Pero fue mi fama la que vino a rescatarme de aquel infierno. Acepté la oferta de adivinar por la radio, ya que la YNW, la muy escuchada Radio Mundial, me abrió sus puertas, dándome la hora estelar de la noche, después del repris de El derecho de nacer. Las voces, que se mostraban molestas en aquel ambiente, no se opusieron al cambio y, mas bien, me felicitaron. Además, La Mejoral, que patrocinaba el programa, me retribuí­a con cierta largueza, que superaba en mucho los emolumentos de los clientes. Antes de regresar a mi casa, casi a la medianoche, pasaba comiéndome un sandwich de jamón por el restaurante Munich, me tomaba mi cerveza; ya no padecí­a de hambre. Como los oyentes llamaban por teléfono o enviaban sus cartas bajo seudónimo, para someter a consulta sus casos, corrí­a menos riesgos de ser ví­ctima de alguna venganza. Y para no tener que verle la cara a mi mujer en el dí­a, ni aguantar berridos y bochinches, me iba a los estudios de la Radio Mundial a preparar las respuestas a las cartas para tenerlas listas a la hora de empezar el programa. A prudente distancia del micrófono, tal como el controlista me habí­a indicado, leí­a las cartas y respondí­a a cada llamada que entraba por el parlante de la cabina, con aplomo y parsimonia, como si se tratara de un pastor protestante que predicara casa por casa. A usted su mujer lo engaña, busque la carta en tal sitio, se ven en tal lugar, no está en el cine, está con el otro en la pensión tal, ese hijo que va a tener tiene otro padre, desconfí­e de su más í­ntimo amigo, no le crea a su esposa que su mamá está enferma y por eso se fue a Jinotega, cuando usted se va al trabajo el otro entra, se acuestan en su propia cama, ese collar no se lo sacó en una rifa, es regalo de su amante, ese disco de Nat King Cole que pone a cada rato, es porque le recuerda los momentos de pasión que ha vivido con él, llévela donde un sacerdote, tal vez se arrepiente, déjela de una vez por todas, ya no hay remedio para sus desvarí­os, perdónela por esta vez, quiera a ese niño aunque no sea suyo, la criatura no tiene la culpa, si decide castigarla, no lo haga delante de sus hijos. Sea valiente, que si un amor paga mal, otro vendrá a reponerlo. A veces, las voces se reí­an de mis consejos, y se permití­an comentarios libertinos, pero yo estaba ya acostumbrado a sus mofas, y no me enojaba. Viví­a en paz con ellas, porque al fin y al cabo, me procuraban el sustento. Hasta que una noche, entró por el parlante una voz aguardentosa de mujer, que yo conocí­a – Señor Kalimán, aquí­ le habla Mesalina. Soy una mujer casada, y con hijos. Desde hace tiempo, por distracción, le he sido infiel a mi esposo con varios hombres. Si los hijos que he tenido son o no son de él, que él mismo lo averigíue, para eso tiene poderes sobrenaturales. Pero ahora ardo de pasión por un caballero muy galante, que dice que me adora, y toca muy lindo la concertina. Cuando mi esposo no está en las noches, y es que nunca está, el caballero y yo nos citamos en una pensión frente a la estación del ferrocarril. Otras veces, me lleva al cine, me lleva a bailes. Acaba de proponerme que me vaya con él para Chinandega, y que allí­ vamos a vivir felices. Las voces, más divertidas que nunca estallaron en un gran riserí­o. Yo, como era natural, me quedé helado, sin responder, mientras el controlista me llamaba la atención, golpeando el vidrio de la cabina. – Aló -se oyó en el parlante. – ¿Cuál es entonces su pregunta? -dije al fin yo, con el puñal de la desesperación clavado en el pecho. – No tengo pregunta -contestó ella-. Sólo quiero que mi esposo sepa que ya le acepté la propuesta al caballero, que ya me fui de la casa. Aquí­ está conmigo el caballero. Buenas noches, se despide, Mesalina. Para colmo de todos los males, en el parlante se escuchó, antes de que ella colgara, una concertina que tocaba flor de azalea la vida en su avalancha te arrastró. -¡­Puta, mil veces puta! -grité yo, remeciendo el micrófono, que se zafó del pedestal y cayó con un golpe sordo al suelo. Yo lo recogí­, y seguí­ gritando. El controlista, espantado, se lanzó sobre la consola a cerrar el switch del sonido, y a la carrera puso en la tornamesa la cuña de la Mejoral, cualquier dolor, cualquier mal, mejor mejora Mejoral. Me abandonaron para siempre las voces; las muy léperas, desaparecieron de mi cabeza sin despedirse. Volví­ a encontrar empleo de tipógrafo en el periódico Flecha, otra vez, siempre con el estómago vací­o, por tantas bocas que alimentar. Componiendo una vez un artí­culo, me encontré en el original mecanografiado el nombre de Mesalina. Allí­ se explicaba que la tal Mesalina fue la esposa del emperador Claudio, una mujer licensiosa que se envanecí­a de haber llevado a su lecho a todos los centuriones de las legiones romanas, y tení­a por gloria superar en la intensidad de sus orgasmos a las hetairas de los lupanares más célebres del imperio. Qué nombre más nefasto, Mesalina. ¿De dónde lo habrá sacado la pérfida para ponérselo de seudónimo, la noche en que me llamó por teléfono para comunicarme que se iba con José de Arimatea? Si jamás leí­a periódicos, si en su vida habí­a tocado un libro. Las voces lo sabrán. Pero a mi cabeza, que no vuelvan nunca.

Sergio Ramírez

viernes, 17 de noviembre de 2017

Caixa Forum Madrid




La Sirena (1541)

Corren a lo largo de los grandes ríos, desde las empalizadas de Buenos Aires hasta la casa fuerte de Nuestra Señora de la Asunción, las noticias sobre los hombres blancos, sobre sus victorias, sus desalientos, sus locos viajes y la traidora pasión con que se matan unos a otros. Las conducen los indios en sus canoas y pasan de tribu en tribu, internándose en los bosques, derramándose por las llanuras, desfigurándose, complicándose, abultándose. Las llevan las bestias feroces o curiosas: los jaguares, los pumas, las vizcachas, los quirquinchos, las serpientes pintarrajeadas, los monos, papagayos y picaflores infinitos. Y las transmiten también en su torbellino los vientos contrarios: el del sudeste, que sopla con olor a agua; el polvoriento pampero; el del norte, que empuja las nubes de langostas; el del sur, que tiene la boca dura de escarcha.
La Sirena oyó hablar de ellos hace años, desde que apare­cieron asombrando al paisaje fluvial las expediciones de Juan Díaz de Solís y Sebastián Gaboto. Por verles abandonó su refugio de la laguna de Itapuá. A todos les ha visto, como vio más tarde a quienes vinieron en la flota magnífica de don Pedro de Mendoza, el funda­dor. Y ha crecido su inquietud. Sus compañeros la interrogaban, burlones:
-¿Has encontrado? ¿Has encontrado?
Y la Sirena se limitaba a mover la cabeza tristemente.
No, no había encontrado. Se lo dijo al Anta de orejas de mula y hocico de ternera que cría en su seno la misteriosa piedra bezoar; se lo dijo al Carbunclo que ostenta en la frente una brasa; se lo dijo al Gigante que habita cerca de las cataratas estruendosas y que acude a pescar en la Peña Pobre, desnudo. No había encontra­do. No había encontrado.
Ya no regresó a la laguna de Itapuá. Nadaba perezosamen­te, semiescondida por el fleco de los sauces, y los pájaros acallaban el bullicio para oírla cantar.
Va de un extremo al otro de los ríos patriarcales. No teme ni a los remolinos ni a los saltos que levantan cortinas de lluvia transparente, ni al rigor del invierno ni a la llama del estío. El agua juega con sus pechos y con su cabellera; con sus brazos ágiles; con la cola de escamas azules prolongada en tenues aletas caudales color del arco iris. A veces se sumerge durante horas y a veces se tiende en la corriente tranquila y un rayo de sol se acuesta sobre la frescura de su torso. Los yacarés la acompañan un trecho; revolotean en torno suyo los patos y las palomas llamadas apicazú, pero presto se fatigan, y la Sirena con­tinúa su viaje, río abajo, río arriba, enarcada como un cisne, flojos los brazos como trenzas, y hace pensar en ciertas alhajas del Renacimien­to, con perlas barrocas, esmaltes y rubíes.
-¿Has encontrado? ¿Has encontrado?
La mofa: ¿Has encontrado?
Suspira porque presiente que nunca hallará. Los hombres blancos son como los aborígenes: sólo hombres. Tienen la piel más fina y más clara, pero son eso: sólo hombres. Y ella no puede amar a un hombre. No puede amar a un hombre que sólo sea hombre, ni a un pez que sea sólo pez.
Ahora nada por el Río de la Plata, rumbo a la aldea de Men­doza. El Gigante le ha referido que unos bergantines descendieron de Asunción, y por los faisanes ha sabido que sus jefes se aprestan a despoblar a Buenos Aires. Precaria fue la vida de la ciudad. Y tris­te. Apenas han transcurrido cinco años desde que el Adelantado alzó allí las chozas. Y la destruirán.
En la vaguedad del crepúsculo, la Sirena: distingue los tres navíos que cabecean en el Riachuelo. Más allá, en la meseta, arden los fuegos del villorrio destinado a morir.
Se aproxima cautelosamente. No ha quedado casi nadie en los bergantines. Eso le permite acercarse. Nunca ha rozado como hoy con el pecho grácil las proas; nunca ha mirado tan vecinas las velas cuadradas que tiemblan al paso de la brisa.
Son unos barcos viejos, mal calafateados. La noche de junio se derrumba sobre ellos. Y la Sirena bracea silenciosamente alrede­dor de los cascos. En el más grande, en lo alto de la roda, bajo el bauprés, advierte una armada figura, y de inmediato se esconde, te­merosa de ser descubierta. Luego reaparece, mojado el cabello ne­gro, goteantes las negras pestañas.
¿Es un hombre? ¿Es un hombre armado de un cuchillo? O no... o no es un hombre... El corazón le brinca. Vuelve a zambu­llirse. La noche lo cubre todo. Únicamente fulgen en el cielo las estrellas frías y en la aldea las fogaradas de quienes preparan el via­je. Han incendiado la nao que hacía de fortaleza, la capilla, las casas. Hay hombres y mujeres que lloran y se resisten a embarcar, y los vacunos lanzan unos mugidos sonoros, desesperados, que suenan como bocinas melancólicas en la desierta oscuridad.
Al amanecer prosigue la carga de los bergantines. Partirán hoy. En lo que fue Buenos Aires, sólo queda una carta con instrucciones para quienes arriben al puerto, aconsejándoles cómo precaverse de los indios y prometiéndoles el Paraíso en Asunción, donde los cristianos cuentan con setecientas esclavas para servirles.
Las naos remontan el río, entre las islas del delta. La Sirena las sigue a la distancia, columpiándose en el vaivén de las estelas espumosas.
¿Es un hombre? ¿Es un hombre armado de un cuchillo?
Tuvo que aguardar a la luz indecisa de la tarde para verle. No había abandonado su puesto de vigía. Con un tridente en la de­recha y una rodela embrazada, custodiaba el bauprés del cual tiro­neaban los foques al menor balanceo. No, no era un hombre. Era un ser como ella, de su casta ambigua, hombre hasta la mitad del cuer­po, pues el resto, de la cintura a los pies, se transformaba en una mén­sula adherida al barco. Una barba rígida, triangular, le dividía el pecho. Le rodeaba la frente una pequeña corona. Y así, medio hom­bre y medio capitel, todo él moreno, soleado, estriado por las tor­mentas, parecía arrastrar el navío al impulso de su torso recio.
La Sirena ahogó un grito. Surgieron en la borda las cabezas de los soldados. Y ella se ocultó. Se sumergió tan hondo que sus ma­nos se enredaron en plantas extrañas, incoloras, y el olear se llenó de burbujas.
La noche arma de nuevo sus tenebrosas tiendas, y la hija del Mar se arriesga a arrimarse a la popa y a deslizarse hasta el bau­prés, eludiendo las manchas amarillas de los faroles encendidos. A su claridad el Mascarón es más hermoso. Se le sube la luz por las barbas de dios del Océano hacia los ojos que acechan el horizonte.
La Sirena le llama por lo bajo. Le llama y es tan suave su voz que los animales nocturnos que rugen y ríen en la cercana es­pesura callan a un tiempo.
Pero el Mascarón de afilado tridente no contesta y sólo se escucha el chapotear del agua contra los flancos del bergantín y la salmodia del paje que anuncia la hora junto al reloj de arena.
Entonces la Sirena comienza a cantar para seducir al impa­sible, y las bordas de los tres navíos se pueblan de cabezas maravi­llosas. Hasta irrumpe en el puente Domingo Martínez de Irala, el jefe violento. Y todos imaginan que un pájaro está cantando en la floresta y escudriñan la negrura de los árboles. Canta la Sirena y los hombres recuerdan sus caseríos españoles, los ríos familiares que murmuran en las huertas, los cigarrales, las torres de piedra erguidas hacia el vuelo de las golondrinas. y recuerdan sus amores distantes, sus lejanas juventudes, las mujeres que acariciaron a la sombra de las anchas encinas, cuando sonaban los tamboriles y las flautas y el zumbido de las abejas amodorraba los campos. Huelen el perfume del heno y del vino que se mezcla al rumor de las ruecas veloces. Es como si una gran vaharada del aire de Castilla, de Andalucía, de Extremadura, meciera las velas y los pendones del Rey.
El Mascarón es el único en quien no hace mella esa voz peregrina.
Y los hombres se alejan uno a uno cuando cesa la canción. Se arrojan en sus cujas o sobre los rollos de cuerdas, a soñar. Dijérase que los tres bergantines han florecido de repente, que hay guirnaldas tendidas en los velámenes, de tantos sueños.
La Sirena se estira en el agua quieta. Lentamente, angustio­samente, se enlaza a la vieja proa. Su cola golpea contra las tablas carcomidas. Ayudándose con las uñas y las aletas empieza a ascender hacia el Mascarón que, allá arriba, señala el camino de los tesoros. Ya se ciñe a la ménsula rota. Ya rodea con los brazos la cintura de made­ra. Ya aprieta su desesperación contra el tronco insensible.
Le besa los labios esculpidos, los ojos pintados. Le abraza, le abraza y por sus mejillas ruedan las lágrimas que nunca lloró. Siente un dolor dulcísimo y terrible, porque el corto tridente se le ha clavado en el seno y su sangre pálida mana de la herida sobre el cuerpo esbelto del Mascarón.
Entonces se oye un grito lastimero y la estatua se desgaja del bauprés. Caen al río, estrechados en una sola forma, y se hun­den, inseparables, entre la fuga plateada de los pejerreyes, de los sábalos, de los surubíes.

Mújica Lainez