Blogs que sigo

martes, 19 de septiembre de 2017

Amics del Col·leccionisme del Garraf


Eslabones   

Si aquella tarde mi tía Julia no me hubiese pedido quedarme con los niños, yo no habría salido al parque. De no haber ido, no me hubiese cruzado con Laia, quien casualmente y entre el alboroto de los niños sumergidos en el mundo del juego, me informó sobre la charla que daban en la okupa aquella noche -del mismo modo que hubiese podido hablar del mal tiempo o del atentado sucedido recientemente en Barcelona-. No obstante, me habló del evento, al que no se me hubiese ocurrido asistir de no haberme interesado el tema o de no haber estado disponible. Asimismo, caso de no haber ido, tampoco me habría reencontrado con ese viejo conocido, con quien tiempo atrás ya habíamos soñado despiertos, conversando ajenos al paso del tiempo sobre lo emocionante de lanzarse a lo desconocido, para aprender a ver con otros ojos lo que en “nuestro mundo” nos rodea y tomamos automáticamente como definitivo.
Como no podría ser de otra manera, él no tenía mejores planes para luego. Conseguimos unas cervezas y fuimos a charlar a la playa, aprovechando la claridad con que la luna casi llena interrumpía la oscuridad absoluta.
Llegado el momento, confesé en voz alta por primera vez la decisión que había tomado meses atrás.
-Yo me largo.
-¿Te vas? ¿A dónde?
-A descubrir el mundo.
Puede que Los Titiriteros jugasen con Quim su primer movimiento en la que se presagiaba como una larga partida: me acababan de proporcionar compañero de camino, pues no vaciló un instante en sumarse a la iniciativa.
***
Probablemente, si mis padres no fuesen un par de viajeros empedernidos, a mi nunca me hubiese dado tan fuerte por ahí… O puede que sí.
***
Cuando, un tiempo después, hubimos reunido todo lo necesario partimos dejando “nuestro mundo” a un lado, para adentrarnos en aquél que todavía no habíamos tenido oportunidad de conocer… sin la menor noción sobre cuando nos volveríamos a reunir con los nuestros. Ese era el precio por saciar nuestra sed de curiosidad hacia lo que habría y cómo serían las cosas “más allá”.
Es en este punto donde se pone divertida la partida, jugando el factor sorpresa el papel principal…, junto con -por supuesto- el de Los Titiriteros, quienes parecen divertirse de lo más dirigiendo no sólo nuestros hilos, sino los de todos aquellos que se cruzan en nuestro camino. El resultado de esta conjunción: la aventura garantizada.
Algunas veces Los Titiriteros, que parecen estar siempre pendientes, se limitarán a pasar turno; otras optarán por mover, colocando la “ficha” ideal en nuestro camino, con el fin de responder a algunos de nuestros más recientes deseos o necesidades, y dotando así al juego de un giro del todo imprevisible.
Fue remarcable, por ejemplo, el movimiento de hilos ejecutado para permitirnos reencontrarnos con unos buenos amigos conocidos semanas atrás, de quienes nos despedimos olvidando por completo intercambiar contactos. En aquél caso, se tuvieron que dar a un tiempo nuestro paso por una población en la que ignorábamos ellos se hallaban, a la vez que estacionásemos para acercarnos a contemplar el lago; junto con el hecho, por su parte, que tuviesen que realizar una llamada urgente, para la que necesitasen recargar crédito, puesto que se les había acabado en aquél preciso instante. La sorpresa de la imprevista confluencia condujo al gozo de abrazos que detienen la calzada, seguido por varios kilómetros de recorrido compartido, adobados por el placer de la buena conversación y reflexión.
O, por señalar otro caso, si entre tomar la ruta A o la B, llegamos a tomar la A, se nos rompe el motor en mitad del desierto. Sólo porqué nos obsequiaron con la voz pertinente para advertirnos de los obstáculos que dificultaban el acceso por la primera, nos decantamos por la segunda. Casualidades de la vida, ésta nos conducía por el lugar de residencia de la mamá de un poco tratado por nosotros, pero bien estimado amigo de papá. Aun siendo ella consciente de nuestro paso ligero por allá, y sin conocernos en absoluto, nos abrió la puerta de su casa y las de su corazón. Habiéndonos despedido después de un más que agradable aunque fugaz lapso de tiempo con ella y su familia, rearrancamos decididos a devorar kilómetros, cuando llegados al medio de la nada, un sospechoso TAC-TAC-TAC-TAC desinfla nuestro globo de ilusión. La urgencia de un mecánico de imperativa confianza nos devuelve al hogar de nuestra amorosa anfitriona y sus chicas, quienes salpicarían de alegría la tediosa espera, estrechando lazos que ya no se van a desatar.
No menos llamativa fue la que nos jugaron hoy mismo, a punto de desistir de encontrar la información adecuada sobre unas reservas nacionales a las que nos habían recomendado efusivamente ir -en el país donde los “puntos de información turística” confunden con datos incompletos y contradictorios-. Nos disponíamos a seguir camino con intención de acampar lo más cerca posible de ellas. Fue el momento óptimo para que la batería del auto dictaminase fallar. Esta situación, atrajo a nosotros a un curioso personaje que no dudó en brindarnos su tiempo, energía y ánimos hasta que el rugido de nuestro furgón logró deleitarnos de nuevo. Habiendo simpatizado, la charla se prolongó hasta el punto en que nos fuese imposible pensar en avanzar camino antes del anochecer. ¿De qué modo, si no de éste, hubiésemos ido a acampar al único espacio tranquilo del lugar? Allí estaban ellos, como esperándonos. Nuestros proveedores de toda la información precisada y futuros amigos viajeros.
Éstas -entre una infinidad de otras- imprimen una huella en el alma de quien las vive, enriqueciéndola desde la espontaneidad y un conjunto de factores en serie, cuyo jugoso fruto resulta en un cambio de rumbo del todo inesperado en el camino a seguir, complementado por entrañables amistades que, sin lugar a dudas, quedarán entre los más valiosos souvenirs de todo viaje.

Silvia Ripoll Gadea


Marcapaginasporuntubo dedica esta entrada a las autoras de la misma, Rosa Belda  y Silvia.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Mollet



Cierta noche cerrada, cuando ya la Osa había girado de la mano del Boyero y los pueblos mortales todos reposaban agobiados de fatiga, presentándose entonces el Amor sacudió los cerrojos de mi puerta.           
-«¿Quién -dije yo- a mis puertas así llama? ¿Mis sueños así me desbaratas?».    
Y Amor: «Abre -me dice-. Una criatura soy: no te amedrentes. Estoy calado y en noche sin luna voy errante».                                                                        
Tuve compasión de sus palabras, luz encendí al punto y fui a abrirle. Y un niño portador de arco allí contemplo, con alas y una aljaba. Junto al fuego hice se sentase, con mis manos a las suyas di calor, en tanto que su pelo de la humedad libraba.  
Y Amor, curado ya del frío, «probemos, ea, este arco -me propone-, por si el nervio con la lluvia está dañado».
Lo tensa y, como un tábano, me hiere del hígado en el centro. Y brinca y entre risas: «Huésped, alégrate conmigo, que sana tenemos nuestra arma, por más que tú penarás del corazón».

Anacreónticas

viernes, 15 de septiembre de 2017

China









Historia sobre los Libros Sibilinos y el rey Tarquinio el Soberbio

En los antiguos anales se nos da la siguiente noticia relativa a los Libros Sibilinos: una anciana extranjera y desconocida acudió a Tarquinio el Soberbio llevando consigo nueve libros que, según ella, eran oráculos divinos. Tenía intención de venderlos. Tarquinio preguntó cuál era su precio y la mujer pidió una suma desmesurada. El rey, creyendo que la anciana desvariaba, se burló de ella. En­tonces aquella colocó en presencia del rey un brasero en­cendido y quemó completamente tres de los nueve li­bros, y preguntó al rey si quería comprarle los seis que quedaban por el mismo precio. Sin embargo, Tarquinio rió todavía más y dijo que era evidente que la anciana deliraba. Allí mismo y al punto la mujer volvió a quemar otros tres libros, y de nuevo le pregunta tranquilamente si está dispuesto a comprar los tres libros que quedan por el mismo precio. Tarquinio se pone ya serio y presta más atención, pues entiende que no debe subestimar la firmeza y tesón de esta mujer, y compra los tres libros que quedaban no por menor precio que el que le había pedido por todos. Sin embargo, jamás se supo más de esta mujer una vez la perdió de vista Tarquinio. Estos tres libros guardados en el sagrario del templo se llaman Si­bilinos, a ellos acuden los Quindecenviros como si fue­ran un oráculo cuando es preciso hacer una consulta pú­blica a los dioses inmortales. 

Aulo Gelio

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Testimonio


Soñar en voz alta                                      

Luciano no se encontraba muy a menu­do con su padre. A la madre, en cambio, la veía más frecuentemente, pero más por sentido de responsabilidad que por cariño. Como cualquier hijo de padres divorciados, Luciano se sentía un poco huérfano. No bien pudo se independizó, y después de un noviazgo normal y no muy di­latado se había casado con Cecilia.
Un sábado, cerca del mediodía, se en­contró con su padre, y por iniciativa del Viejo se metieron en un café del Centro.
-Voy a aprovechar este encuentro ca­sual -dijo Luciano- para hacerte una pre­gunta no tan casual.
-Venga nomás.
-¿Por qué te separaste de mamá?
-No es tan sencillo de explicar, sobre todo para el que no lo vivió. A tu madre le tu­ve siempre bastante afecto. No pasión, enten­delo bien, pero sí afecto. Y creía que ella tam­bién sentía algo parecido hacia mí. Pero una noche llegué a casa bastante tarde por razones de trabajo y ella dormía profundamente. De pronto sentí que murmuraba algo en pleno sue­ño y alcancé a distinguir un nombre: Anselmo, Anselmo. Era un vecino con el que teníamos una buena relación. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, le pregunté qué le pasaba con Anselmo. Se echó a llorar y sin atreverse a mirarme, me confesó que eran amantes. Y ése fue el final.
Meses más tarde, Luciano le hizo a la ma­dre la misma pregunta.
-¿Por qué nos separamos? Nunca ha­blé de eso contigo porque lo considero un he­cho muy privado. Con tu padre nos habíamos llevado bien durante dieciocho años de matri­monio. Reconozco que no estábamos enamo­rados, pero soportábamos nuestras diferencias y las frecuentes discusiones hacían más entre­tenida la relación conyugal. Una tarde, a la hora de la siesta (él siempre la duerme; yo, nunca) empezó a hablar entre sueños y dijo varias ve­ces el mismo nombre: Inés, Inés. Lo pronuncia­ba con un tono amoroso que por cierto nunca me había dedicado. Inés es una compañera de mi estudio, que muchas veces almorzaba o cena­ba con nosotros. Linda y muy simpática. Cuan­do tu padre despertó y se dio una ducha, le hice la pregunta de rigor: «¿Soñás siempre tan amo­rosamente con Inés?». Tal como yo lo espera­ba, me confesó que hacía por lo menos dos años que tenían relaciones. Y ahí terminó todo.
Después de esas revelaciones (¿cuál de las dos era cierta?, ¿ambas serían verdad?) Lu­ciano se sintió más huérfano que de costumbre.
Durante dos o tres horas vagó como un zombi por las calles más concurridas, pensando que la multitud podía borrarle la tristeza.
Por fin decidió refugiarse en su casa. Ya era tarde y Cecilia se había acostado. En pleno sueño, ella se dio vuelta en la cama y se abrazó a la almohada. En dos etapas dijo: Luciano, Lu­ciano.
Él se sintió orgulloso y satisfecho. La de­jó dormir tranquila y fue a la cocina a hacerse un café. Lo tomó con gusto y estaba lavando el pocillo cuando se le encendió la lamparita. Ca­rajo, había un primo que también se llamaba Luciano. Él era Luciano Gómez y el primo Lu­ciano Estévez. ¿Sería posible? No quería creer­lo, pero la duda le produjo palpitaciones.
Más o menos angustiado, regresó al dor­mitorio. Cecilia seguía abrazada a la almohada y volvió a articular claramente: Luciano, Lu­ciano.
Él se recostó en la pared y sólo alcan­zó a preguntarse: ¿Por qué será que las mujeres nunca sueñan con apellidos?

Mario Benedetti

lunes, 11 de septiembre de 2017

Arctos



Canto a la noche de bodas

Una vez que entraron en la cámara nupcial, cuyo techo formaba piedra pómez, gozan al fin del placer de hablar libremente. Cerca uno del otro, unen sus manos y se tienden sobre el lecho. Pero Citerea y Juno, que preside los himeneos, les impulsan a nuevas empresas y les mueven a combates hasta entonces desconocidos. Mientras él la acaricia con dulce abrazo, siente de repente la llama del amor conyugal. «Oh virgen, rostro nuevo para mí, hermosísima esposa, por fin has venido, mi único y esperado placer. Oh dulce esposa, no ocurre esto sin la voluntad de los dioses. ¿Lucharás toda­vía contra un amor que te es grato?». Mientras decía tales co­sas, ella, que hacía mucho tiempo que tenía vuelta la cabeza, le mira. Vacila temerosa y tiembla ante el dardo que le ame­naza, incierta entre el miedo y la esperanza, y de su boca deja escapar estas palabras: «Por ti, por los padres que te engen­draron de tal condición, hermoso doncel, no más que por esta noche, te lo suplico, socorre a una desamparada y apiá­date de mis súplicas. Desfallezco. Mi lengua está sin fuerzas, mi cuerpo ha perdido el vigor que conocía, la voz y las pala­bras no me obedecen». Pero él replica: «En vano pretextas inútiles excusas», y sin dilación alguna, libera su pudor.

Hasta aquí, para acomodarlo a castos oídos, he velado el secreto nupcial con ambages y circunlocuciones. Pero como la festividad nupcial goza de los fesceninos y esta clase de juego de conocida antigua raigambre admite el atrevimiento del lenguaje, sacaré a la luz también los otros secretos de la alcoba y la cama, espigándolos del mismo autor, hasta enro­jecer de vergüenza dos veces por haber hecho también de Virgilio un desvergonzado. Vosotros, si queréis, poned fin en este punto a la lectura y dejad el resto a los curiosos.

Cuando se encuentran juntos en la soledad de la noche os­cura, y Venus en persona los llena de frenesí, se aprestan a nuevos combates. Se alza él erecto, a pesar de todos los es­fuerzos inútiles de ella, se abalanza sobre su boca y su rostro, y pierna contra pierna, ardiente de pasión, la acosa, tratando de alcanzar implacable partes más ocultas: un vergajo, que la ropa ocultaba, rojo como las sanguinolentas bayas del yezgo y el minio, con la cabeza descubierta y los pies entrelazados, monstruo horrible, deforme, gigantesco y sin ojos, saca él de entre sus piernas y ciego de pasión se abalanza sobre la temblorosa esposa. En un lugar apartado, al que conduce un es­trecho sendero, hay una hendidura inflamada y palpitante; de su oscuridad despide un hedor mefítico. A ningún ser cas­to le es permitido franquear este umbral de infamia. Aquí se abre una caverna horrenda: tales eran las emanaciones que salían de sus tenebrosas fauces que ofendían el olfato. Aquí se encamina el joven por una ruta que conoce bien, y tendién­dose sobre la esposa, blande con el impulso de todas sus fuer­zas una tosca lanza llena de arrugas y áspera de corteza. Híncase la lanza y en el fondo bebió la sangre virginal. La cóncava caverna resonó y dio un gemido. Ella, sintiéndose morir, arranca el dardo con las manos, pero entre los huesos la punta por la herida ha penetrado profundamente en la car­ne viva. Por tres veces ella, incorporándose y apoyándose so­bre el codo, se levantó, tres veces volvió a caer desplomada sobre el lecho. Él permanece impasible. No hay pausa ni des­canso: asido y fijo a su timón, en ningún momento lo soltaba y mantenía los ojos clavados en las estrellas. Recorre ida y vuelta el camino una y otra vez y, sacudiendo el vientre, tras­pasa sus costados y los pulsa con plectro ebúrneo. Ya están casi al final de su carrera y, agotados, se acercaban a la meta: entonces una agitada respiración sacude sus miembros y seca sus bocas; ríos de sudor corren por todo su cuerpo. Él se des­ploma exánime, mientras de su miembro el semen gotea.

AUSONIO, Centón nupcial